viernes, 22 de junio de 2018


Profeta y misionero: San Romero de América

Con alegría hemos recibido la noticia de la próxima canonización del Beato Monseñor Oscar Arnulfo Romero o como el pueblo latinoamericano lo ha llamado “San Romero de América” (el pueblo cristiano lo consideró santo mucho antes de esta proclamación oficial). Fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por un francotirador de un comando de ultraderecha de El Salvador, su país natal, mientras oficiaba misa en una capilla. Su muerte fue consecuencia de su compromiso con los más pobres y, sobre todo, por la denuncia que hizo de la violación de los Derechos humanos que se estaba dando en el país. Pero es importante conocer su vida para entenderla. Él se hizo “profeta” o “voz de los sin voz” cuando se puso en contacto con el pueblo sufriente y se dejó tocar por sus necesidades. Fue en esa experiencia que él comprendió que la fe cristiana no puede quedarse callada frente a los atropellos contra los hermanos y, más cuando son los más pobres. Esto lo llevó a convertir su responsabilidad episcopal en un testimonio afectivo y efectivo con los que estaban siendo violentados. Como todo profeta, Monseñor Romero estaba consciente de que podía ganarse la muerte. Pero su fidelidad al evangelio le dio fuerzas para seguir adelante.

Lamentablemente su reconocimiento como Santo tardó demasiado. Y no porque el pueblo de Dios no lo hubiera hecho de antemano (como lo acabamos de decir -“San Romero de América” fue el título que le dio el pueblo después de su muerte-), sino porque los profetas son perseguidos, muchas veces, por los más cercanos. En el caso de Monseñor Romero no faltaron las sospechas, críticas, incomprensiones de parte de algún sector de la institución eclesial que retrasaron demasiado este momento. Así lo reconoció el Papa Francisco frente a un grupo de salvadoreños que tuvieron audiencia con Él, días después de la beatificación: "Quisiera añadir algo también que quizás pasamos de largo. El martirio de monseñor Romero (...) fue también posterior porque una vez muerto -yo era sacerdote joven y fui testigo de eso- una vez muerto fue difamado, calumniado, ensuciado. Su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado". Es así, como precisamente, ha sido el Papa Francisco quien queriendo poner a los pobres en el centro de la pastoral de la iglesia –y no como capricho personal sino como coherencia con lo más auténtico del Reino de Dios anunciado por Jesús (Lc 4, 18)-, ve en Romero un compromiso fuerte con los más pobres de su realidad y quiere que siga brillando –a través de su proclamación como santo- esa dimensión profética del anuncio del Reino.

Ahora bien la figura de San Romero de América nos convoca a vivir la misión con dos dimensiones inherentes a la vida cristiana: estar “con” la gente y “anunciar la Buena Noticia”. Dos dimensiones que orientan la misión. Cuando se está con la gente, cuando se comparte su realidad, cuando no son objetos o destinatarios de un mensaje pensado de antemano, sino que se les trata como sujetos a los que se les escucha, se les busca comprender, se les quiere conocer de verdad, la misión es muy distinta. Sucede lo que le pasó a Monseñor Romero: conocer el sufrimiento e injusticas que sufre la gente nos piden arriesgar la vida y se hace imposible no hacerlo. El dolor del otro llama insistentemente. Las situaciones inhumanas no nos dejan indiferentes. Las injusticias nos hacen levantar la voz. Y, así la vida misionera se hace profundamente profética, como debe ser todo anuncio del reino. Es profeta quien no se contenta con que las cosas sean así y anuncia que han de cambiar. Profeta es quien no se acomoda a la situación para no correr riesgo. Por el contrario, es quien como todos los profetas de la Escritura siente miedo porque la misión le supera pero pone su confianza en Dios y es incapaz de resistir su llamado, llegando a expresar de alguna manera lo mismo que dijo el profeta Isaías aunque se considerara incapaz para tal misión: “Heme aquí, Señor, envíame” (6,8).

Unámonos a esta fuerte corriente latinoamericana que celebra la canonización de Monseñor Romero renovando nuestro compromiso misionero en su dimensión profética. Estamos llamados a no rebajar la radicalidad del Evangelio pero no a la manera legalista o ritualista que algunas veces se evoca sino a la manera que Jesús, en primer lugar, y los santos y santas de nuestra Iglesia, en ese caso Monseñor Romero, han sabido hacerlo. Nos referimos a la radicalidad del amor, de la misericordia, del perdón, de la esperanza, del encuentro, de la alegría, del nuevo comienzo. Estas actitudes son las que el Profeta Isaías invoca al referirse a los que anuncian la Buena noticia del Reino: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación, y dice a Sion: Tu Dios reina!” (52,7). Dios reina en nuestra realidad cuando los profetas como Monseñor Romero no callan su voz y siguen anunciando que Dios está del lado de los pobres y desvalidos. Que su canonización nos inspire y, mejor aún, nos comprometa a no temer ser profetas misioneros en la realidad concreta a donde el Señor nos llama.

domingo, 17 de junio de 2018


De votaciones, ganadores y otras reflexiones

Ya está consolidado el triunfo de Duque como presidente de Colombia. Y los que lo rodean, ya sabemos quiénes son. ¡Qué susto! Desde el exprocurador Ordoñez hasta el “teflón” Uribe (como se le ha dicho porque miles de acusaciones comprobadas le han resbalado). Pero nada de esto era impredecible. El triunfo de David frente a Goliat (1 Sam 17) ocurre muy pocas veces pero la semilla que crece por sí sola, sea que durmamos, sea que trabajemos (evangelio de hoy, Mc 4, 26-34) es una realidad invencible. Es decir, el seguir trabajando en todas las instancias porque las políticas sean las mejores para el pueblo colombiano nos convoca a todos y ese trabajo continúa sea que no hablemos de esto, sea que lo hagamos.

Colombia se alinea con la vuelta a la derecha de muchos países de Latinoamérica que después de haber tenido gobiernos de corte más social (con luces y sombras como “absolutamente todos los gobiernos”) han vuelto a votar por personajes de derecha (aunque no todos han llegado por votación sino también por imposición). Y la “cuestión social” sigue mal y muy mal en esos países. La solución no es la derecha ni la izquierda sino la capacidad de mirar a los más pobres y trabajar porque se cambien todas las políticas que los oprimen y no les dan oportunidades. Es urgente la justicia social, la inclusión y, en Colombia, la consolidación de la paz. Mucho trabajo le espera a Duque. Vamos a acompañar lo que vaya llevando a la práctica y vamos a denunciar todo lo que traiga peores condiciones de vida y todo lo que favorezca sólo a los que tienen más.

Ahora bien, lo que más me preocupa y de lo que en realidad tengo un poquito de más formación para hablar es del compromiso que deberíamos tener las personas de fe con la justicia social.  Sobre esto ¡cuánto trabajo hay todavía por hacer! En una conversación sostenida hace días con gente conocida, recordábamos la década 70/80 con todo lo que trajo de bueno para la vida de la Iglesia. Fueron los tiempos del auge de las comunidades eclesiales de base, de juntar vida y fe, de trabajar por mejorar las condiciones de vida de los más pobres y todo eso se vivía con alegría, testimonio y se expresaba en reflexiones, oraciones, canciones,  marchas, liturgias, etc. Pero todo eso fue contrarrestado con mucha fuerza por los “Goliat” (porque esos también existen en el  seno de la iglesia) de algunos establecimientos eclesiales, acusando de sociologismo a la fe y ahogando por todos los medios esas iniciativas. Pero un pequeño “David”, venido del “fin del mundo” (no es que el Papa sea David pero a través suyo se hace presente un cambio) ha reivindicado ese camino y felicita a Gustavo Gutiérrez (uno de los padres de la teología de la liberación) por sus noventa años y le dice que su contribución ha sido totalmente benéfica a la vida de la iglesia, acelera la canonización de Romero y va por la de Angelelli, todos ellos representantes idóneos de esa iglesia pobre y para los pobres que se compromete con la justicia social. Ahora bien, lamentablemente esa oposición hizo que la iglesia (entendida como sectores de la jerarquía) perdiera esa oportunidad de fe viva y auténtica y hoy nos encontramos con un panorama distinto: una iglesia cada vez más alejada de la realidad, con muchos menos jóvenes participando de ella, herida muy gravemente por tantos abusos sexuales comprobados y la manera como procedió frente a ello, buscando remontar pero sin conseguirlo de fondo. Si, en la iglesia hay crisis y es otra realidad por la cual trabajar.

Algunos afirman que hoy son tiempos no de religión, ni de institución, sino de espiritualidad. Sí, me parece que sí pero lamentablemente es una espiritualidad sin articulación con la justicia social. Hay muchas búsquedas de integración personal, de relajación, de armonía, etc., pero no de justicia social. Por todo esto creo que necesitamos trabajar mucho porque nuestra fe sea comprometida con la realidad como lo anunció Jesús en su discurso programático: “He venido para anunciar la liberación a los cautivos…” (Lc 4, 16-18).

Y volvamos a la política: 8 millones de votantes por otra visión que no sea la de esas fuerzas “camaleónicas” como quedo tan evidente con Gaviria, dan mucha esperanza. ¡Si se puede pensar distinto! Y la semilla que parece no verse, da su fruto y lo podemos saborear. De nuevo otras semillas se siembran para seguir apoyando los cambios que se necesitan en cada momento histórico, mientras que el árbol de Goliat proclama su triunfo en la boca de aquellos personajes de terror que ya señalamos al inicio. Confiemos que las distintas visiones de país hagan fuerza para que Duque no haga barbaridades sino que pueda gobernar para el bien de todos y todas.



jueves, 7 de junio de 2018


50 años de la Conferencia de Medellín

Hace 50 años, entre agosto y septiembre de 1968 se celebró la segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño en Medellín (Colombia), conferencia que representó un antes y un después para la Iglesia del Continente. Algunos le llamaron el “paso” de Dios por estas tierras, un paso claro, contundente, una verdadera “irrupción” del Espíritu en esta realidad como concreción del Concilio Vaticano II –Celebrado de 1962 a 1965- que había invitado a “leer los signos de los tiempos”, invitación que los obispos habían acogido dando como resultado las opciones emanadas de esa Conferencia que hoy vuelven a resonar fuerte con la orientación que Francisco le está dando a su Pontificado.

El tema de esta conferencia deja ver los objetivos que perseguía: “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. Como resultado se pueden señalar, entre otros, los siguientes aspectos: En primer lugar, una lectura de la realidad buscando comprometerse con su transformación. En Medellín lo consignado en la Constitución Gaudium et Spes (de Vaticano II) se hizo realidad. La iglesia latinoamericana miró la situación del continente y descubrió que Dios decía su palabra y pedía una respuesta. Percibió la injusticia estructural que mantenía en la pobreza a las mayorías del Continente, una injusticia que “subía al cielo como un clamor” (semejante al clamor de los israelitas oprimidos por los egipcios, Ex 3, 7-8) y Dios interpelaba de nuevo (como a Moisés) a dar una respuesta por parte de los que dicen reunirse en su nombre.

En segundo lugar, si las palabras de Juan XXIII al inicio del Concilio sobre una “Iglesia de los pobres” no calaron demasiado, en Medellín la Iglesia se sintió llamada a ser una Iglesia de los pobres, capaz de sentir compasión por ellos y trabajar por su liberación. Las palabras de Pablo VI en la inauguración de la Conferencia marcaron ese camino al mostrar la necesidad de que la iglesia diera testimonio de la pobreza: “La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas, es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición (…) imprescindible para dar crédito a su propia misión”.

En tercer lugar, no faltó la persecución y el martirio porque esa manera de ser iglesia molestó a los poderosos, mostrando lo profundo de su compromiso evangélico. Fueron muchos los laicos/as, obispos y sacerdotes, religiosos/as asesinados. No se niegan las posibles desviaciones pero, contando con la limitación humana de cualquier opción, la iglesia que surgió de Medellín fue mucho más cercana al evangelio de Jesús y por tanto más fiel a sus orígenes.

Pero lo más novedoso fue la vitalidad de ese modelo eclesial traducido en las CEBs (comunidades eclesiales de base) donde los laicos y laicas tomaban la palabra y se convertían en verdaderos protagonistas de una nueva manera de ser iglesia, verdadera comunidad, de la que surgían cantos, símbolos, oraciones, liturgias, arte y, sobre todo, mucha solidaridad de los pobres para con los pobres y acciones comprometidas para defender y mejorar las condiciones de vida de los más necesitados. Obispos como Hélder Cámara, Enrique Angelelli, Sergio Méndez Arceo, Leonidas Proaño, Oscar Arnulfo Romero apoyaron este nuevo momento eclesial con sus homilías proféticas que les hicieron ganar la persecución e incluso la muerte.

Como memoria de la Conferencia de Medellín quedaron “Las Conclusiones” en dieciséis capítulos, divididos en tres secciones: (1) Promoción humana (Justicia, Paz, Familia y demografía, Educación, Juventud) (2) Evangelización y crecimiento de la fe (Pastoral popular, Pastoral de élites, Catequesis, Liturgia) (3) La iglesia visible y sus estructuras (Movimientos de laicos, Sacerdotes, Religiosos, Formación del clero, Pobreza de la Iglesia, Pastoral de conjunto, Medios de comunicación social).
Ahora bien, todo documento eclesial es la suma de muchos puntos de vista y por eso en sus páginas se encuentran diferentes perspectivas que, a veces, no confluyen en la misma dirección. Pero salvando esa realidad de todo trabajo grupal, se puede afirmar que en ese documento se manifestaban algunas líneas fundamentales –continuidad con Vaticano II- y, algunas especificidades, que afirmaron el espíritu latinoamericano que se fue consolidando en el continente tanto en el quehacer teológico como en la práctica pastoral.

Para destacar uno de los temas tratados en el documento, fijémonos en cómo la categoría “signos de los tiempos” fue asumida en el documento: “A la luz de la fe que profesamos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo por descubrir el plan de Dios en los “signos de los tiempos”. Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal” (Mensaje a los pueblos de América Latina). Se refiere también a esta categoría al tratar la realidad juvenil y como criterio de una evangelización que “no puede ser atemporal ni ahistórica. Más aún, la considera “un lugar teológico” y una interpelación de Dios (Pastoral de élites, 13) y una pedagogía para los movimientos apostólicos en su proceso de liberación y humanización de la sociedad (Movimientos de laicos,13). Igualmente para responder a los problemas del ser humano de ese momento se invita a los sacerdotes a discernir los signos de los tiempos (Sacerdotes, 28) y que en la formación del seminario se aprenda a interpretarlos para crear actitudes y mentalidades pastorales adecuadas (Formación del clero, 26).

Este año se celebrarán varios eventos para esta conmemoración en la que se irán desarrollando todos los aspectos tratados en esa Conferencia. Conviene estar atentos y, en lo posible, participar de alguno de los que se realicen. Pero sobre todo volver a recrear ese momento histórico de “irrupción del Espíritu” manteniendo el discernimiento de este tiempo presente y preguntándonos cómo vivir la fe hoy en nuestro mundo actual con todos sus desafíos y posibilidades. Dejémonos influir por los frutos de Medellín para que continuemos ese camino eclesial latinoamericano marcado por la centralidad de los pobres y una iglesia viva y comprometida con la transformación social.


jueves, 31 de mayo de 2018


Tres semanas intensas para pensar en la "segunda vuelta"
(Elecciones en Colombia)

Puede resultar repetitivo seguir hablando de este tema pero es nuestro compromiso actual. Hay que “dar la pelea” hasta el final. Ya se definieron Robledo y Fajardo: voto en blanco. Casualmente ayer vi a Mockus en un restaurante y parecería que también se van a inclinar por el voto en blanco. Vamos a ver que dicen. Personalmente creo que esa opción es una actitud irresponsable con el futuro del país. Las dos opciones de país que se vislumbran no son lo mismo. Y, como tantas veces se dice, abstenerse de participar no es mantenerse neutro, es optar por una opción porque es fácil deducir las consecuencias de nuestras abstenciones. La “neutralidad” no existe. Nuestro Dios, el de Jesús de Nazaret, no es “neutro”. Es “parcial”, por los más pobres, por los necesitados, por el que no puede defenderse. Dios se inclina decididamente por los pobres y como lo afirmó Benedicto XVI en la conferencia de Aparecida, “la opción preferencial por los pobres es intrínseca a la fe en Jesucristo”.

¿Con esto quiero decir que una de las dos visiones de país es evangelio puro? Por supuesto que no pero a mí sí me parece que una se acerca más que la otra. Y permanecer neutro es “correr el riesgo” de apoyar la de Duque que tiene detrás a Uribe, Vivian Morales, Ordoñez y todos los demás que han causado tanto pero tanto mal al país.

Y siempre cabe la sorpresa pero mucho más la indignación al escuchar a todos estos personajes “neutros” o “vendidos” al que les traiga beneficios. Robledo dice que votará en blanco porque Petro en el pasado se unió con Santos. O sea, parece que Petro sabe sumar con otros ¿no? ¿no era que Petro es un incendiario, radical, incapaz de sumar? Pues Robledo aduce eso para no unirse a Petro. ¡Qué poca visión política de Robledo! No aduce una causa política, una visión de país, un programa de gobierno con el que no está de acuerdo, sino una postura tomada antes por Petro de retirarse del Polo cuando este partido no quiso hacer alianza con Santos. Fajardo dice que ni Duque ni Petro. Pero ¿es tan difícil entender que si se queda en el limbo está apoyando a Duque? De él ya se decía que no tenía suficiente definición. Pues así lo reafirma. Un profesor que no es capaz de entender que su postura, en este momento histórico, le devuelve el país a Uribe.

Pero rematemos el comentario de hoy con la entrevista a Cesar Gaviria en la W radio. ¡Qué descaro! Los periodistas le colocaban los audios de todo lo que ha dicho en el pasado en contra de la opción que representa Duque y su única respuesta fue decir que así es la política. Como muchos están afirmando, el partido liberal ya tiene su partida de defunción y Gaviria expresa claramente lo que es la política nefasta que nos ha gobernado durante tanto tiempo.

Grande Antonio Navarro que sabe pensar en el país y grandes muchos otros que no quieren dejarse robar este momento histórico de que “otro proyecto distinto” al que nos ha dejado tantas muertes, tanto dolor y tanta pobreza, pueda “intentarse”. Ojala muchos reflexionen y caigan en cuenta que su voto en blanco, en esta ocasión, no expresa opción política, sino el “lavarse las manos de Pilatos” porque saben muy bien las consecuencias de su opción y se mantienen en ella sin importarles la oportunidad histórica que se pierde.

domingo, 27 de mayo de 2018


Elecciones y visiones de País
Terminaron las elecciones para presidente en Colombia y sigue la segunda vuelta. Los candidatos que quedaron en primero y segundo lugar, representan extremos opuestos. Para mí esto muestra con claridad que hay distintas visiones de país y es normal que se opongan y de manera radical. Por eso escribí en un artículo anterior que no temo a las polarizaciones. Estas son la consecuencia lógica de un compromiso fuerte con un proyecto que se quiere llevar adelante. ¿Qué hacer ahora? Seguir trabajando porque la visión de país que creemos -es la mejor-, pueda llegar al triunfo. ¿Qué hay fuerzas inmensas que derrotar para hacerlo posible? Sí, no es para menos. Pero esa es la vida, con montañas que superar pero con todo el entusiasmo humano y cristiano para luchar por ello.
Queda claro con lo que digo, que me inclino por el proyecto de país que propone Petro. No me gusta el proyecto de país de Duque muy lejano de la reconciliación y de los pobres. Ojala que los que le apostaron a otros candidatos vuelvan sobre el proyecto de país que ofrecen los dos candidatos contendores en la segunda vuelta y se inclinen por la propuesta que tenga “más bien común”. Es deseable que no haya abstención. Más vale perder/ganar votando que mantenerse el margen de los destinos que nos implican. Y sea cual sean los próximos resultados, ojalá crezcamos en conciencia política para no ser espectadores sino protagonistas.

De la Calle y Fajardo invitaron a seguir un proyecto de país que haga una Colombia mejor. No sabemos qué postura tomarán y menos la postura que tomen los que votaron por ellos. Pero si esperamos que en coherencia con lo que han ofrecido en sus campañas, apoyen al más cercano a ellos. Veremos qué pasa. Y que sepan sumar fuerzas como tanto lo proclamaron en sus campañas.
Una cosa queda clara y lo dijeron los noticieros: el gran perdedor fue Vargas Lleras, al que no le sirvieron las maquinarias. Terrible que se diga con todas las letras. O sea, se sabe de estas artimañas y se dice pero eso no lo estigmatiza como si estigmatizaría si fuera un candidato de izquierda. ¡Cuánta conciencia crítica falta!

Con el mensaje de Petro me siento identificada como ya dije. Petro tiene un discurso sólido, crítico del sistema y proponiendo cambios reales y posibles. Un país plural, libre, con derechos para todos, especialmente, los más pobres, defendiendo la creación, buscando la reconciliación con todos después de 50 años de conflicto armado.

Duque agradeció a todos los que le ayudaron –especialmente a Uribe, por supuesto- y ofreció un país para todos pero poniendo todo el énfasis en la “mano dura” en todos los sentidos. Eso de mano dura ya lo escuchamos en el país ¿no?  Y tuvo a favor que todos los canales transmitieron sus palabras, cortando el discurso de Petro. Estas tácticas de los medios de comunicación también ya las conocemos. Divulgan lo que quieren y lo que favorece al poder hegemónico. Duque, después de su discurso sobre “mano dura” (legalidad), ofreció mucho más de lo que ofrece Petro, es decir, Duque ¡sí que resultó populista! Se copió de absolutamente todo lo que ofrecieron todos los otros candidatos y prometió que lo hará. Pero claro, los de derecha pueden ofrecer todo y no son populistas. Ellos si lo pueden realizar. Pero los de izquierda no pueden hacerlo. Y, como no puede ser crítico del sistema establecido –ese que mantiene a la mayoría de la población en la pobreza- levanta calumnias del candidato opositor afirmando que promueve la lucha de clases, que va a expropiar, a establecer una dictadura y, por supuesto, que todo lo que promete no lo va a cumplir –que son palabras vacías-. Pero claro, el discurso de Duque no enciende odios, ni crea polarización. Lo que gritó la multitud sobre Petro, al escucharlo, no interesa. A fin de cuentas él critica a uno de izquierda y eso no se percibe negativamente.

Quedan tres semanas para definir el futuro de país. No me extrañará que gane Duque. El poder establecido es muy fuerte, la maquinaria inmensa y las mentes colonizadas mucho más. Pero se puede seguir soñando porque los sueños se van haciendo realidad a fuerza de empeñarse en ellos. David venció a Goliat, Francisco va venciendo tantos años de papados conservadores, de repente es posible que esta vez la vida de los pobres gane la partida. ¡A seguir trabajando por lograrlo! Vale la pena intentarlo.

domingo, 20 de mayo de 2018


¿Evitar las polarizaciones?

Ya falta poco para que definamos el futuro político de Colombia. Y se han dicho muchas cosas que esperemos ayuden a discernir sobre la opción que tomemos el próximo 27 de mayo. Pero hay una situación que quiero comentar. Me refiero a la “polarización” que de hecho existe y frente a la cual algunas personas dicen que no votaran por los candidatos que más parecen encarnarla, precisamente por eso. Entonces votarán por aquellos que dan sensación de más armonía. Esto es legítimo y esperemos que sirva también esa postura. Sin embargo, pienso que la polarización no es mala y, más aún, muchas veces, indispensable para que se realice un cambio. Y es que cuando en verdad se quiere transformar algo no puede menos que producirse rechazo y persecución. Los creyentes en Jesús sabemos de eso, aunque parece se nos olvida. Jesús se ganó  la muerte en cruz por predicar el Reino de Dios que desestabilizaba el status quo establecido en su tiempo. Y digo que, muchas veces se nos olvida ese actuar de Jesús, porque parece que ser cristiano tiene que ir de la mano de la conciliación, de la armonía, del no decir nada, del no crear inquietud, de no hacer ninguna crítica, en otras palabras, todo eso que suena más a ese “ser tibio” del que habla el Apocalipsis (3, 15-16) en su carta a la iglesia de Laodicea.

Sí, debe ser más “virtuoso” (en términos cristianos) saber decir las cosas sin producir rechazo. Aunque casi no conozco a nadie que haya producido un cambio real sin despertar persecución. Si conozco a mucha gente que sabe ser tan “prudente” que nunca dice nada y, eso sí, gana “buena fama” y le dan puestos de responsabilidad porque se sabe de su “incondicionalidad” a lo que diga la autoridad. Lealtad, sin duda debe existir, pero plegarse a lo que diga quien manda, ahoga lo más propio del Espíritu de Jesús que siempre inquieta, interpela, desinstala porque, efectivamente, su presencia “transforma la faz de la tierra”, como decimos cada vez que le invocamos.

No creo que haya ninguna persona que proponga cambios sociales y que, al mismo tiempo, no tenga muchos fallos personales. No sería humano. No creo en procesos de cambio que no tengan muchos tropiezos, equivocaciones y desviaciones. Pero si creo que en medio de la cizaña crece el trigo y que este permite que haya tiempos, espacios y situaciones donde las cosas marchan mejor y se favorece notablemente la vida. En ese contexto yo sitúo todo el caminar latinoamericano que se ha dado en varios países, en la última década, donde las políticas sociales se han dado y han favorecido la vida de los pobres. Después han venido críticas y persecuciones. Algo de verdad hay. Mucho de mentira también. Pero los medios de comunicación hegemónicos han conseguido colocar en muchas personas (y lamentablemente en muchos creyentes y muchas jerarquías eclesiásticas) la idea de que las políticas sociales son populismo y de que lo único que nos salva son las políticas neoliberales (sin llamarlas así, por supuesto).

Yo le sigo apostando a quien más políticas sociales proponga. Sé que esto causa polarización pero creo que vale la pena meterse en este lío. Y aunque se pierda un intento, hay que seguir con el siguiente. Así se han dado todos los cambios. Y algo se va haciendo. Lo que no se puede hacer es caer en el conformismo y dejar que las cosas sigan iguales y pensar que los cambios llegarán sin sufrirlos, sin lucharlos, sin aguantarse todas las críticas y persecuciones de los que se resisten a ello.
Finalmente también he oído a muchas personas decir que para que se sigue hablando de ricos y pobres, que eso es comunismo y eso ya pasó. Estoy de acuerdo con que el comunismo ya nada tiene que hacer hoy. Pero hablar de ricos y pobres sigue tan vigente como lo muestra la realidad en la que vivimos. Hay cada vez más pobres porque unos pocos se hacen cada vez más ricos. ¿Se puede dejar de denunciar esta evidencia? Gracias a Dios el papa Francisco ha vuelto a poner la palabra “pobre” en el centro de la vida cristiana. Y ha dicho que “esta economía mata”. Y que escuchemos las necesidades de los pobres y respondamos a ellas. Y que la iglesia ha de ser pobre y para los pobres. Y, por supuesto, antes que el Papa y con toda autoridad, Jesús de Nazaret anunció el Reino de Dios donde los pobres son los primeros destinatarios.

En conclusión, no creo que lo más importante sea “evitar la polarización”. Lo que interesa es asumirla cuando por el hecho de pensar en los pobres llega. Pero no es posible renunciar a soñar con ese “otro mundo posible” aquel donde la vida de los pobres sea el principal objetivo y desde ahí todo aquello que también necesitamos para hacer de nuestro país un lugar donde “quepan todos y todas” con justicia, equidad y, en ente momento actual, apostando incondicionalmente por la paz. Que el Espíritu nos ilumine realmente a arriesgarlo todo por “transformar la faz de la tierra” porque como estamos, no estamos bien y el miedo no puede paralizarnos si su audacia y profecía nos sostiene.

lunes, 14 de mayo de 2018


Urge un nuevo Pentecostés eclesial

Estamos terminando el tiempo pascual celebrando la Ascensión del Señor y Pentecostés. Ambas  fiestas son otra manera de expresar la experiencia fundamental que tuvieron los primeros y sostiene también hoy nuestra fe: “Jesucristo resucitó  y está vivo en medio de su pueblo”.

El texto de la Ascensión muestra la dificultad de los discípulos –aún después de la resurrección- para entender el reino anunciado por Jesús. La pregunta “¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?” (Hc 1, 6) muestra la concepción geográfica y étnica que todavía tienen del reino. Y Jesús tiene que explicarles nuevamente que el fruto de la experiencia pascual nada tiene que ver con esas precomprensiones, ni con tenerlo todo conseguido, sino con introducirse en la dinámica de la vida del Espíritu que lleva para donde no se espera y sorprende con horizontes nunca antes imaginados.

Pero ponerse en camino cuesta, es difícil. El texto nos relata que se quedaron mirando al cielo hasta que una voz los vuelve a la realidad: “Hombres de Galilea ¿Qué hacen mirando al cielo? (Hc 1,11). Sólo entonces descubren que la vida del Espíritu no los saca del mundo sino que los introduce profundamente en él.

En el texto de Pentecostés el Espíritu irrumpe en sus vidas: “Estando todos reunidos en un mismo lugar, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban” (Hc 2,1) y los hace capaces de hablar lenguas distintas para que todos los que están en aquel lugar puedan entenderlos: “¿Cómo cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra propia lengua?” (Hc 2,8).

Es tiempo de que suceda un nuevo Pentecostés en estos momentos en que la credibilidad de la Iglesia se ha visto afectada. Un Pentecostés que haga surgir una Iglesia libre del poder y dedicada al servicio. Una Iglesia donde el Pueblo de Dios se sienta verdaderamente Iglesia y no solamente se identifique a la iglesia con el ministerio ordenado. Una iglesia capaz de hablar un lenguaje que sea entendido por los varones y mujeres de hoy, sin temor a los cambios culturales y buscando responder a ellos con prontitud y libertad.

Una Iglesia con la misma dinámica de la primera comunidad cristiana donde la libertad, la verdad y la apertura marcaron sus inicios. “Cristo nos liberó para que fuéramos realmente libres y no nos sometamos nuevamente al yugo de la esclavitud” (Gál 5,1) decía Pablo a los Gálatas y hoy estamos continuamente tentados a esclavizarnos de un tradicionalismo que deja a la iglesia anquilosada en formas, discursos y expresiones que ya no dicen nada a los contemporáneos.

“La verdad” como guía de nuestros pasos pero entendiéndola como la vida del mismo Jesús (Jn 14,6) que nos lanza al amor incondicional y a la solidaridad sin límites, muy diferente de una verdad entendida como verdades teóricas o conceptuales que anquilosan la revelación y hacen perder el dinamismo de la vida.

“La apertura” propia de esos inicios, donde el cristianismo se abrió a nuevos contextos y realidades, acogiendo tantas diferencias que cambiaron definitivamente el origen judío que había sido su cuna.
 Así como el Resucitado irrumpió en la vida de los discípulos inundándolos de su mismo Espíritu, así también hoy, que nosotros irrumpamos en el corazón de la historia por la fuerza de ese mismo Espíritu con las armas del servicio, la humildad y la entrega verdaderamente desinteresada. Ese es un camino de credibilidad eclesial que es urgente recorrerlo.