sábado, 29 de diciembre de 2018

CELEBRANDO EL FIN DEL AÑO Y COMENZANDO EL NUEVO

De nuevo nos encontramos celebrando el fin del año y comenzando uno nuevo. Así lo festejamos cada 31 de Diciembre, día que no pasa desapercibido para casi nadie y que implica sentimientos de alegría por lo vivido, de nostalgia por los sucesos negativos, de esperanza porque siempre se puede intentar que las cosas cambien para bien. 

Cronológicamente no hay ningún cambio que permita esa sensación de terminar un año y comenzar otro. Pero psicológicamente si se experimenta un efecto que viene de la celebración externa y que bien aprovechada puede hacer surgir lo mejor de nosotros mismos para iniciar un nuevo comienzo. 

Situándonos en la vida cristiana -que no es otra que la misma vida humana sólo que en ese horizonte del don de la fe que “hace nuevas todas las cosas”, iniciar un año nos puede ayudar a tener buenos propósitos que hagan madurar y hacer más significativa nuestra fe. Disponernos a tener una vida de oración con más constancia y profundidad. Formarnos mejor en la vida de fe para saber dar razón de ella con argumentos sólidos que puedan dialogar con el mundo de hoy. Convencernos de la necesaria articulación entre todo lo que hacemos y la fe que profesamos. Es decir, que la honestidad, la responsabilidad y el bien común sean los rectores de todo nuestro actuar. No hacer dicotomía entre los asuntos de la vida diaria y los espacios destinados a la celebración de la fe. Que en la cotidianidad vivamos la oración y la oración contenga la vida con todos sus desafíos y posibilidades. 

En fin, cada uno sabrá lo que puede proponerse para iniciar un año nuevo que haga más significativa la vida cristiana que profesamos. Pero eso sí que todos busquemos como prioridad “no olvidarnos de los pobres” porque ellos son los preferidos de Dios y si queremos ser cristianos auténticos, no hay un propósito o mandamiento mayor que amar a todos pero, especialmente, a los más necesitados de cada momento porque en ellos habita, de manera preferencial, el Dios a quien amamos y seguimos.

martes, 18 de diciembre de 2018


Navidad: tiempo de anunciar la alegría y la paz

Desde la V Conferencia del Episcopado latinoamericano y caribeño, celebrada en Aparecida, en 2007, la iglesia quiso vivir en actitud de “permanente conversión pastoral” que la sacara de la comodidad y de lo que siempre se hizo así, para “escuchar con atención y discernir ‘lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias’ (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (366). De la misma manera quiso “ponerse en estado permanente de misión (…) sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (551). Por eso animaba a recobrar “el fervor espiritual” y conservar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (552).

Con las mismas ideas, el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium nos invita a evangelizar con la alegría que surge de quien se encuentra con Jesús: “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús (…) quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría e indicar caminos para la marcha de la iglesia en los próximos años” (EG, 1). Y continúa invitando a ser una iglesia en salida misionera, capaz de pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera (EG 15), sin miedo a quedar “accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49).

Pues bien, llega el tiempo de adviento y navidad y es un tiempo privilegiado para la misión y para evangelizar poniendo en práctica estas orientaciones. Lo primero es confrontarnos con el hecho mismo de evangelizar. No ir a misión por hacer una tarea más, o porque se volvió una costumbre, sino porque en verdad, la experiencia de vida cristiana que llevamos dentro, se quiere compartir a los demás. Nadie puede dar lo que no tiene. De ahí que también conviene revisar la vitalidad de nuestra propia vida de fe para darnos cuenta si vibramos por el evangelio, si estamos enamorados de Jesús y esa profundidad de vida nos lleva a querer comunicarlo. Es decir, es vital que sea la propia experiencia la que con sencillez y gratuidad llevemos a los demás.

Un segundo paso es ver la metodología. Ésta siempre ha de renovarse. En este punto hay mucha creatividad y nuevos planteamientos, pero no siempre se pone en práctica. Salir de la pastoral de la mera conservación no es fácil porque tanto los misioneros como los destinatarios estamos acostumbrados a lo de siempre y nos cuesta cambiar. Muchas misiones se quedan en lo litúrgico y se olvidan de la dimensión más integral de la evangelización que ha de ocuparse de todas las realidades que vivimos. Por eso hay que cuidar una formación integral que abarque lo afectivo, lo cultural, lo social, lo simbólico, etc.

Y los contenidos -lo más importante- han de ser el anuncio de la “buena noticia” y no el cumplimiento de normas y mandatos como tantas veces se fomenta. Es porque se da un encuentro con Jesucristo que tiene sentido cambiar de vida y no al contrario. Ahora bien, todo esto no ha sido fácil para una conversión pastoral ni para una experiencia de misión. Siguen existiendo muchas misiones cuyo único objetivo es celebrar los sacramentos -muy loable, pero la vida sacramental ha de ser punto de llegada, no de partida- o recriminar a todos los que no viven según las normas de la iglesia. Es decir, parece que la misericordia no existiera y se antepone la norma al amor, la ley a la misericordia.

¿Qué decir en este tiempo de adviento-navidad? Es un tiempo privilegiado para llevar la alegría del Dios que se hace ser humano, compartiendo nuestra historia. El Dios del cielo se hace como uno de nosotros con lo cual comprende absolutamente toda nuestra realidad, la ama y quiere lo mejor para ella. No viene a condenarnos sino a abrirnos caminos de esperanza. Es muy distinto invitar a la gente a descubrir este Dios humano y lleno de amor que llenar la predicación de mandamientos y leyes que ahuyentan de entrada a muchos de los participantes.

También el lugar social en el que Jesús escoge nacer, los más pobres, tiene mucho que decirnos sobre el mensaje que hemos de comunicar. Dios no quiere la pobreza sino su superación y, por eso, nace entre los más pobres para acompañarlos en la transformación de su realidad. Esto corresponde a la dimensión social de la evangelización que es central en el mensaje que anunciamos. Por eso Navidad es tiempo propicio para seguir anunciando el mundo que Dios quiere: un mundo con justicia social, con solidaridad y donde todas las pobrezas puedan ser transformadas.

Para Colombia uno de los aspectos indispensables es la consolidación de la paz. Muchos tropiezos se han ido teniendo en la implementación, pero un cristiano no puede caer en la masa que se deja vencer por las dificultades o que no cree en la paz. Hay que seguir empujándola y apostando por ella. Una misión que ayude a trabajar porque se consoliden los procesos y las actitudes frente a la paz, está en consonancia con el designio divino: “Paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14) como cantaban los ángeles cuando le anunciaban a los pastores que había nacido el Salvador, Cristo el Señor en la ciudad de Belén.

Qué esté tiempo en que celebramos la alegría del Dios hecho ser humano, sea también tiempo misionero donde comuniquemos con el propio testimonio y con las palabras esa alegría que es para todos y que, en Colombia, tiene el nombre concreto del trabajo por la paz.

miércoles, 12 de diciembre de 2018


Navidad: tiempo de afianzar la esperanza y la utopía


Terminamos el año con varias derrotas en el corazón. Una de ellas a nivel de la democracia. Siendo esta un instrumento adecuado para escoger lo que más nos conviene y sentirnos representados en nuestras opciones, la democracia ha sido, en estos últimos tiempos, escenario de profundas polarizaciones evidenciando mentalidades muy opuestas y contradictorias. Comúnmente lo clasificamos como de “izquierda” o de “derecha” (con muchos matices de por medio). Pero lo cierto es que América Latina está dando un giro a la “derecha” que, en otras palabras, significa neoliberalismo a ultranza y pérdida de las conquistas sociales.


Curiosamente la gente de iglesia casi siempre le “teme” a la “izquierda” pero parece no darse cuenta que la “derecha” también implica políticas de muerte que atentan contra los más pobres. Eso es el neoliberalismo, “esa economía que mata” de la que habló el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium: “Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil (…) Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’” (No. 53). Hemos visto manifestaciones en contra del aborto -los no nacidos- encabezadas por la jerarquía eclesiástica pero aún no vemos manifestaciones en contra de esta economía que mata y que le roba la vida a los –nacidos-. ¿Cuándo cambiaremos la mentalidad de “derecha” por la mentalidad del “evangelio”, la que se inclina decididamente por los más pobres? 


Y en el país hemos sufrido otras derrotas. La consulta anti corrupción se perdió por muy poco. Y no se ve esperanza de que el congreso asuma algunas de esas propuestas. En realidad ellos no quieren tocar ninguno de sus privilegios. 


A nivel eclesial se hicieron muchos congresos para conmemorar los 50 años de la Conferencia de Medellín. Esa Conferencia fue la puesta en práctica del Vaticano II en nuestro continente y fue un momento de gracia y compromiso con los más pobres. De allí viene la opción preferencial por los pobres y el deseo de una iglesia pobre y para los pobres. Pero pasaron los congresos, se escucharon muy buenas conferencias pero no pareciera que la iglesia –jerarquía y pueblo de Dios- se hubiera movido un ápice hacia esas llamadas fuertes de conversión. Y, por su parte, el Papa sigue haciendo gestos proféticos de apertura eclesial, de cercanía a los pobres, de sencillez y ruptura de los protocolos y estructuras establecidas, pero las iglesias particulares no parecen cambiar en ese sentido. 


Y muchas otras realidades podrían nombrarse en la sociedad y en la iglesia que suenan a derrota, en el sentido de que no se modifican las situaciones. Pero también muchas otras pueden nombrase que engendran esperanza y que muestran que la vida puede más: Una juventud que lucha para que se le den los recursos necesarios para una educación de calidad, una JEP (Justicia especial para la paz) que sigue su tarea a pesar de todos los obstáculos que le ponen por todas partes), una Comisión de la verdad que cree que la reconciliación es posible en este país en la medida que salga a la luz cómo fueron las cosas y lleguemos a comprender lo que realmente nos pasó como sociedad para llegar a tener más de 8.000 víctimas del conflicto armado. Y sería bueno que cada uno piense en todas esas situaciones que engendran esperanza, que mantienen la fe, que mueven al amor para superar toda derrota y seguir apostando por la vida.


Con motivo de la elección del presidente de Brasil se socializó por las redes la “Samba de la utopía” que con su letra invitaba a no bajar los brazos, sino a seguir construyendo la utopía a pesar de esa locura de haber elegido a un candidato ultraderechista y lleno  de actitudes contrarias a la dignidad humana:  “Si el mundo queda pesado yo voy pedir prestada la palabra poesía, si el mundo embrutece yo voy a rezar para que llueva la palabra sabiduría, si el mundo anda para atrás voy a escribir en un poster la palabra rebeldía, si la gente se desanima yo voy a cosechar en un huerto la palabra terquedad, si al final sucede que entra en nuestro patio la palabra tiranía vamos a coger un tambor e ir a la calle para gritar la palabra utopía” (la música es linda y en portugués la letra es mucho más linda, se puede escuchar en la red).


Nuestra utopía cristiana tiene un nombre y una historia y eso es lo que celebramos en la Navidad: “Un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. ‘Maravilla de consejero’, ‘Dios fuerte’, ‘Príncipe de la paz’ (Is 9,5). Así expresa el profeta Isaías lo que en el Nuevo Testamento reconoceremos como el “Emmanuel”, “Dios con nosotros” (Mt 1, 23). Él es nuestra esperanza y la fuerza para no dejarnos vencer por la derrota.


El Niño que nace es alegría para nuestros corazones y fortaleza para luchar por cambiar las situaciones. Él es el Mesías esperado capaz de engendrar en nuestros corazones la libertad y la paz, la audacia y el compromiso, la utopía cristiana de que este mundo está llamado a ser casa para todos y todas.


Dispongámonos a celebrar la Navidad abriendo el corazón a su venida, dejándole que fortalezca nuestras luchas y alimentando la esperanza de que Él tiene la palabra de vida que puede vencer todas nuestras derrotas.  

viernes, 7 de diciembre de 2018

jueves, 29 de noviembre de 2018


La Eucaristía dominical: fuente de renovación y compromiso


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Aunque existen experiencias parroquiales donde la misa constituye una rica vivencia espiritual, a veces es difícil encontrar parroquias donde la celebración dominical anime la fe, la fortalezca, la forme y la comprometa con la realidad actual.



La Eucaristía o “fracción del pan” es “mesa compartida”, “pan que se reparte y comparte”. Pero en muchos momentos, desde la estructura exterior de los templos hasta la vivencia interior de la liturgia, no favorece esa experiencia comunitaria. ¿Cómo formar comunidad en templos tan grandes y construidos para privilegiar el lugar del que preside sin tener en cuenta –algunas veces- la participación del resto de los presentes? Es verdad que esa amplitud responde al número elevado de creyentes. Pero hoy, cuando las cosas van cambiando, se impone pensar nuevamente en todos esos aspectos.



Más importante aún, un tema que ha de “ocuparnos” y “preocuparnos” es la vivencia de la liturgia. La Eucaristía tal y como la celebramos hoy, es el fruto de muchos siglos en los que se ha ido consolidando la riqueza de experiencia que conlleva. Cada parte tiene una riqueza de significado que nos va conduciendo al culmen de la misa: la presencia eucarística y el pan compartido. Pero, en la práctica, es difícil mantener la dinámica de la celebración y el implicarse profundamente en ella. En la liturgia actual el que preside lleva casi todo el protagonismo. Los fieles tienen tan pocas intervenciones, que es fácil caer en la pasividad total. El respeto litúrgico se confunde con el silencio y la oración con la actitud pasiva de los participantes.



No ayuda tampoco ver el enojo del celebrante por el niño que llora, el loco que entra gritando en medio de la celebración o las oraciones que repiten los fieles sin que les corresponda. Ese enojo desdice totalmente de lo que se celebra y del Dios que no está apegado a los ritos cuando de responder a la vida concreta, se trata.



Pero nada más difícil, que “aguantar” las homilías. Estas han de estar al servicio de la Palabra de Dios y no al contrario. ¿Se darán cuenta algunos sacerdotes que sus palabras desvirtúan el texto que acaba de proclamarse y le desvían muchas veces su sentido? Si hay algo que ellos deberían preparar con “temor y temblor” es esa parte de la misa. No pueden enseñar lo que no es palabra de Dios. No pueden “imponer cargas pesadas” cuando le hacen decir al texto lo que éste no dice. Menos proyectar en los fieles lo que tal vez ellos ni saben vivir, ni conocen, ni tienen suficiente formación para decirlo. La homilía no es el centro de la Eucaristía por eso no debería llevar la mayor parte, “breve y sustanciosa” sería suficiente para iluminar la reflexión que todos los fieles han de hacer de la palabra escuchada, sin sustituirla y menos, como ya se dijo, desvirtuarla.



Sin duda hay muchos sacerdotes y fieles laicos que preparan muy a conciencia la celebración dominical haciendo de ese espacio una verdadera fuente de alimento espiritual. Pero también, sin duda, esa celebración ha de renovarse desde dentro. Debe expresar lo que significa y su significado debe vivirse en la cotidianidad. Dios no necesita que se cumpla con el precepto. Nosotros sí necesitamos encontrar en esa celebración una renovación a fondo para seguir viviendo el día a día con el compromiso fraterno de partir y compartir nuestra vida, de entregarnos sin miedos, sin reservas.

domingo, 11 de noviembre de 2018


Audacia misionera y anuncio explícito del evangelio


La misión que Jesús nos confió ha tomado diferentes énfasis según la comprensión que se ha ido teniendo a lo largo de la historia. De entenderla como una tarea que había que realizar y casi obligar a los destinatarios a aceptar el mensaje, hoy, en contextos de libertad y pluralismo religioso, resulta totalmente diferente. Ya no se puede imponer la fe a nadie y menos tener una postura de condena y rechazo a las otras tradiciones religiosas. Pero tampoco se puede caer en el otro extremo: perder la audacia del anuncio y dejar de realizar planes y proyectos pastorales que lleven adelante la dimensión misionera de la iglesia. Tomar esa postura sería no responder al envío de Jesús a los suyos: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícelos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt 28, 19-20).

Entonces, ¿cómo combinar la audacia y el anuncio explícito con el respeto y la libertad religiosa? Ese es uno de los grandes desafíos en estos tiempos y podríamos señalar tres aspectos que pueden ayudar. 

En primer lugar, acoger la gracia de la fe recibida y ofrecerla con esa misma libertad: “gratis lo recibieron, denlo gratis” (Mt 10,8). Cuando uno sabe que no es dueño de lo que anuncia, lo puede comunicar con libertad y generosidad y abierto a todos los cambios que la misma voz de Dios encarnada en la historia vaya marcando. No es una empresa que podemos llevar adelante con nuestras fuerzas. Es el Señor el que siembra la semilla y la hace crecer (Mc 4, 26-29). No son nuestros méritos los que pueden conseguir el éxito. Es su sabiduría la que sabe cómo sembrar, cuándo sembrar, dónde sembrar. Cuenta con nosotros, sin duda, y de ahí el encargo recibido, pero como administradores y no como dueños, como servidores y no como amos. Reconoce el origen de este don y vivirlo como tal, da la libertad suficiente para anunciar sin imponer, para dar sin pedir nada a cambio.

En segundo lugar conviene recordar que todas las instituciones religiosas son mediaciones de un misterio mayor. Ese “misterio” es el amor de Dios que nos desborda y que va mucho más allá de las mediaciones históricas. Si hay algo que Jesús nos pide para anunciar el reino es el trabajo por el ser humano: “sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios” (Mt 10, 8). Bien entendido el evangelio, nada de lo anterior se refiere a poderes sobrenaturales o a la sola dimensión interior de las personas. El anuncio del reino realizado por Jesús se concretó en las necesidades históricas de su tiempo, buscando el bienestar de las personas, el reconocimiento de su dignidad, sus derechos fundamentales y el deseo de Dios de ver que sus hijos e hijas desarrollarse integralmente. Por eso el anuncio explícito del evangelio no es sólo una doctrina sino todo un estilo de vida: una praxis de caridad, un compromiso solidario.

Finalmente, el mejor anuncio que se puede dar es el testimonio gozoso de la propia vida. Que se note aquella alegría que da “encontrar el tesoro en el campo” (Mt 13,44). Si las personas ven el gozo y la plenitud de una vida, no se incomodarán al escuchar las razones que mueven esa vida, ni se sentirán fastidiados por una comprensión de mundo que puede no ser la suya pero que ven, hace felices a quienes lo viven. 

La misión sigue siendo actual y necesaria. La misión con los cercanos y la misión “ad gentes”, es decir, el anuncio de Jesús a tantos que nunca han oído hablar de Él. Pero una misión que brota de la propia experiencia de vida y que ofrece con generosidad las propias razones de esa fe. Personas así, no tienen problema de convivir con la pluralidad y la diferencia. Por el contrario, saben recibir las riquezas que los demás tienen –porque de toda realidad se puede aprender algo- y brindar con libertad las propias. Y en un horizonte así vivido, sigue teniendo vigencia la audacia misionera y el anuncio gozoso del evangelio.

miércoles, 31 de octubre de 2018


“Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Cor 12,26)

Mucho se ha hablado de los escándalos de la Iglesia sobre pederastia. Duele tratar el tema, pero no se puede ser ajeno a él. Hay que asumirlo como parte de esta iglesia que llamada a ser santa -y lo es por su origen divino-, es también pecadora y ha de estar en continua conversión. Pero esto último es lo que falta muchas veces. La iglesia como institución ha conseguido un lugar en la sociedad, un reconocimiento en muchas instancias, una seguridad económica, una organización excepcional y esto le da mucha seguridad en lo que es y en lo que hace. Precisamente, por esto, pensar que puede ser distinta, le cuesta mucho.

El pasado 20 de agosto el Santo Padre escribió una carta al Pueblo de Dios en la que asumía este tema y nos invitaba a que todos lo asumiéramos: “Si un miembro sufre, todos sufren con él”. Así iniciaba la carta y continuaba: “Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.

Es verdad que el clero no es el único ni el que más comete abusos con los niños. Primero está el ámbito familiar en el que no cesan de ocurrir cada día mil atropellos contra ellos. Por eso tampoco podemos estigmatizar a la iglesia como la institución que más abusos de ese tipo comete. Pero llegó la hora de reconocer que también los comete y hay que poner medidas eficaces para evitar, siga sucediendo. El Papa Francisco no se ha cansado de repetir “tolerancia cero” y ha tomado algunas medidas: aceptación de la renuncia de varios obispos, el retiro del estado clerical de otros y la disposición para que la justicia civil también investigue. Además, citó a todos los obispos, presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo, a una reunión el próximo mes de febrero para hablar del tema.

La carta es supremamente fuerte pero muy verdadera: “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando en el Vía Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: ¡Cuánta suciedad en la iglesia y, entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!”

El Papa nos invita a que “cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación personal exige la conversión personal y comunitaria y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira”. Así mismo aclara que todos los integrantes del pueblo de Dios hemos de cambiar la manera de entender la autoridad en la Iglesia: no puede ser clericalismo, sino servicio. “El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”.

El Papa se ha referido muchas veces al clericalismo. En su viaje a Colombia cuando les habló a los del CELAM les dijo: “No se puede, por tanto, reducir el Evangelio a un programa al servicio de un gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de iglesia como una burocracia que se auto beneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical”. E insistía: “Es un imperativo superar el clericalismo que infantiliza a los laicos y empobrece la identidad de los ministerios ordenados”. Y en muchos otros discursos, a lo largo de sus viajes, ha insistido en lo mismo. El clericalismo convierte al clero en “señores” y no en “servidores”. Les hace creer que ellos son los únicos que saben, los que mejor deciden, los que pueden ordenar y hacer que todo gire según su voluntad. Y lo grave es que los laicos nos hemos acostumbrado a esto y lo favorecemos de muchas maneras. No son todos los obispos, gracias a Dios, ni todos los laicos. Pero, como bien decía el Papa, a todo el pueblo de Dios le compite hacerse cargo de los errores que ha venido cometiendo y buscar la forma de transformarlos.

Un sacerdote amigo que realmente pone en práctica lo de ser un clero “en salida”, capaz de estar “cuerpo a cuerpo” con el pueblo que le es confiado, me compartió una experiencia que vivió hace pocos días. Estaba celebrando la eucaristía y una señora se le acercó al final y le pidió que fuera a su casa para ponerle los santos óleos a su mamá. Al instante se dispuso para ello. Fue tan disponible que la familia le dijo: en una hora volvemos por usted porque no pensábamos que fuera tan rápido y tenemos que arreglar a nuestra mamá. A la hora lo recogieron y tuvieron una sencilla pero cercana celebración. Fue entonces cuando, de repente, una de las hijas, le dijo: Padre, por usted, voy a volver a la Iglesia. La había dejado porque no aguanto la prepotencia del clero. Pero usted, me ha reconciliado con la iglesia.

Este es un hecho puntual. Muchos otros hechos podrían contarse. De este sacerdote yo puedo dar testimonio de su servicio, sencillez y gratuidad. Pero ojalá podamos hablar así de todo el clero y, por supuesto, de todos los que nos llamamos cristianos, porque es a todo el Pueblo de Dios al que se nos pide servir y amar, a todos y en todo.