viernes, 13 de marzo de 2020


Algunas reflexiones a propósito del 8 de marzo



Pasó el 8 de marzo, “Día Internacional de la mujer”, pero no pasó la situación de las mujeres en busca de sus derechos. Las marchas fueron nutridas en muchos países como, por ejemplo, en España, México, Chile, Argentina, Colombia. Los medios informativos no les dieron mucha relevancia. Pareciera que no hay una voluntad política de apoyar estas demandas. Lo que transmitieron y repitieron varias veces, fue un video en que se veía a un grupo de encapuchadas rompiendo vidrios, atacando monumentos y haciendo destrozos en ciudad de México. Por supuesto que no estoy de acuerdo con la violencia, pero conviene reflexionar más esos hechos. En realidad, casi ningún cambio se ha conseguido por las buenas. Hay que gritar “muy alto” para ser escuchado. Además, hay muchas maneras de enfocar las demandas y, para algunas, esta es una vía. No las justifico, pero respeto su visión y me hacen seguir trabajando a favor de las mujeres, para que dejen de existir los motivos que las llevan a ese tipo de manifestaciones.

Otro aspecto que parece coaptar las marchas de las mujeres en la mayoría de los países, es la petición de la legalización del aborto en todos los casos. Hay que partir aclarando que la mayoría de las mujeres no están a favor del aborto, sino de la despenalización. Eso ya pone el diálogo a otro nivel. Y, aunque no estoy a favor del aborto, cuando veo los mensajes con la que algunos católicos “no dialogan” sino que “atacan” esas demandas, no puedo menos que sentir que hay una postura que no toma en serio la complejidad del asunto y el respeto por todas las personas. Al menos la frase “El aborto: Pena de muerte contra los inocentes”, no tiene en cuenta otra realidad que es muy dura: la violencia ejercida contra tantas mujeres -y la mayoría niñas- al ser violadas. Esa frase no permite entender el drama que también se ha cometido contra otra inocente, no hay cabida para ello en esas frases que siguen culpabilizando a las mujeres y les impiden asumir a fondo que pasa con la realidad que viven y cómo encontrar caminos para superar lo que les ha sucedido. Por supuesto este tema merece un largo y hondo debate, pero mientras no haya una postura de apertura, de respeto y de entender que cada vez se vive más en estados laicos, la palabra de la Iglesia en lugar de animar a defender la vida, parece que provoca más rechazo y radicalización de la postura contraria. 

Pero, lo que es más valioso de estas marchas es constatar que las mujeres siguen pidiendo sus derechos y cada vez con más fuerza, convicción y decisión. Porque en realidad sigue faltando mucho para que las cosas estén como deben estar. Precisamente una religiosa benedictina de Pensilvania (EEUU), Joan Chittister, escribió que a 25 años de la Conferencia de Beijing (1995) muchas de las demandas de esa conferencia permanecían “en espera”. Esta religiosa participó de ese evento y lo relata como una de las mejores experiencias de su vida. Pero, precisamente por haber sido testiga de ese momento tan importante para las mujeres donde pidieron con fuerza la igualdad, la visibilidad, la no exclusión y el empoderamiento al que tienen derecho, puede afirmar que, a veinte cinco años de ese acontecimiento, muy poco se ha conseguido. Y hace una distinción que bien vale la pena reflexionar. Ella diferencia feminismo de sexismo. Constata que el feminismo ha avanzado -leyes en muchos sentidos para favorecer la participación de las mujeres- pero lo que parece inamovible es el sexismo. Las puertas pueden estar abiertas pero los temores, rechazos, descalificaciones, exigencias, etc., para las mujeres continúan. 

Y eso fue lo que constate el propio 8 de marzo en mi conversación con algunas mujeres. Me decían que ya era hora que las mujeres acabaran con las marchas. Que no debían quejarse más. Que ya se les había dado mucho. Y alertaban que ahora las víctimas eran los “varones” porque las mujeres los demandaban por cualquier cosa y ellos no lograban defenderse. Aunque fue un pequeño grupo el que opinaba esto, en realidad, muchas mujeres todavía viven sin ninguna conciencia sobre el sexismo que ellas mismas sufren a diario. Están acomodadas a vivir en la rutina del día a día -lógicamente con más derechos que sus abuelas por las conquistas realizadas en estos años a nivel legal- pero sin darse cuenta del sexismo vigente en la sociedad, incluida la violencia física que ellas naturalizan o disimulan y retrasan así, con sus comentarios, actitudes, valoraciones y acciones esta lucha tan difícil y compleja como es “reconocer y entender” la sociedad patriarcal en la que vivimos y la violencia tan grande, brutal, inhumana y absurda que por siglos han vivido las mujeres. 

Definitivamente, los cambios se logran gracias a “pocas” personas que entienden lo qué realmente pasa y lo dan todo por esa causa. Esas personas se ganan, muchas veces, el desprecio o la crítica del común de las gentes que no quieren ir más allá. Pero esas mujeres que marchan, piensan, exigen, actúan, convocan, reflexionan, interpelan son, en verdad, personas audaces, profetas, valientes que abren caminos de transformación y, poco a poco, hacen posible un mundo más humano que garantice la dignidad y vida para todas y todos. Mi admiración y agradecimiento a esas “muchas mujeres” pero a la vez “pocas” (si se mira la proporción) que salieron a marchar y que siguen en el día a día luchando desde el feminismo para que el sexismo sea erradicado de la faz de la tierra.


miércoles, 4 de marzo de 2020


¿Conmemorar otra vez el 8 de marzo?






Llega otro 8 de marzo, “Día internacional de la mujer”, y no conviene pasar desapercibida esta conmemoración -aunque algunos y algunas crean que ya no hay que hablar más de esa realidad- porque -se dice- las mujeres ya tienen todo lo que necesitan y seguir con esas demandas es “cansar a la sociedad y a la iglesia” y convertirse en esos estereotipos de mujeres que se rechazan porque pierden la llamada “feminidad”.

Pero no parece razonable callar o quitar dicha conmemoración del calendario por muchas causas. En primer lugar, todavía muchas personas no se enteran de que “el día internacional de la mujer” no es una celebración, sino un día para mantener viva la memoria de que unas trabajadoras textileras de New York, en 1908, fueron capaces de reclamar condiciones justas de trabajo, costándoles la vida a 146 de ellas, ya que los dueños de la fábrica lanzaron bombas incendiarias, para reprimir sus peticiones. Se conmemora el valor de esas mujeres, que abrió el camino para seguir pidiendo que la mujer goce de todos sus derechos en la sociedad y en la iglesia y no sufra ningún atropello, por el hecho de ser mujer. Antes de estas mujeres ya muchas otras habían levantado su voz, con consecuencias de represión para la mayoría de ellas, pero es este hecho el que sirvió para establecer y conmemorar un día internacional de la mujer. 

En segundo lugar, la violencia física y psicológica contra la mujer continúa. Se pensaría que la preparación académica o la condición socioeconómica de las mujeres hoy, no permitiría que se siguiera dando ese fenómeno, al menos en estas capas de la sociedad. Pero no es así. Sigue vigente el crecido número de mujeres que son violentadas y la incapacidad de estas para levantar su voz y cortar con esa situación. Además, la sociedad patriarcal en la que viven, las cobija para que callen, para que acepten que, en cierto sentido es normal que suceda. Se escucha a veces decir que “te golpea porque te quiere” o “tú llegarás a cambiarlo algún día”. Además, no hay todavía la suficiente sanción social para los varones maltratadores. Ellos siguen gozando de privilegios, prestigio, estima, por parte de sus círculos familiares y laborales. Por otra parte, en los ambientes más pobres, tampoco ha parado la violencia. Los golpes contra las mujeres continúan y, en todos los estratos sociales, el peligro del feminicidio está a la vuelta de la esquina. 

En tercer lugar, aún los varones no caen en cuenta de que no es a ellos a los que se les ataca sino a la sociedad patriarcal en la que han sido educados. Pero que ellos y ellas han de tomar conciencia de esa realidad y disponerse a cambiar esa cultura de muerte. En verdad, la sociedad patriarcal es una cultura de muerte, tanto física como psicológica. ¿Cuántas mujeres siguen “soportando” un matrimonio por condiciones económicas en desventaja y por “culpas introyectadas” de que no pueden separarse porque serían ellas las responsables de que se acabe la familia y los hijos queden sin padre? ¿Qué clase de padre? Sería una pregunta legítima para estos casos.

En cuarto lugar, es evidente que todavía los puestos de liderazgo, las mejores remuneraciones y, sobre todo, la confianza social en que algo se hará bien sigue estando en manos de varones y, cuando está en manos de mujeres, éstas deben esforzarse el doble para no ser criticadas por cualquier actitud, palabra o decisión que tomen y para “probar” que efectivamente sí tienen las competencias requeridas para ejercer algún cargo. A los varones, raramente, se les hace esa misma exigencia. 

Pero, tal vez lo más doloroso, es que la institución eclesial que tendría que dar testimonio de esa lucha decidida por los derechos de las mujeres es, a veces, más misógina y desigual que muchas otras instituciones civiles. Por eso no faltan las voces que se levantan para pedir esta igualdad en la iglesia. Por ejemplo, este año en España, se organizó el pasado 1 de marzo, una “Revuelta de las mujeres en la Iglesia hasta que la igualdad se haga costumbre”. Algunos/as no entienden esta queja aduciendo que la Virgen María fue mujer y ya esto es suficiente para que las mujeres sientan que tienen un papel importante en la iglesia. Pero, conviene aclarar algo: ¿Acaso la Virgen María no es la primera creyente y la primera discípula para que mujeres y varones sigamos su ejemplo? En realidad, aducir esa razón, es más una excusa, fruto del clericalismo que no quiere compartir los niveles de decisión. Por supuesto, en algunos espacios, hay ministros que tienen otra actitud y están comprometidos con el cambio, pero no es lo habitual y frecuente.

Por no alargar más esta reflexión, no aducimos más razones, pero tal vez, ni hagan falta porque hay que estar muy ciegos para no afirmar que aún la equidad de género no es una realidad. Ojalá este 8 de marzo tengamos un espacio de reflexión personal y nos preguntemos a fondo si en verdad hemos entendido que las mujeres aún no gozan de todos sus derechos y todos, varones y mujeres, tenemos que seguir trabajando por alcanzarlos. Y, ojalá tengamos el valor, cada uno, en nuestra propia vida, de reconocer esa mentalidad patriarcal que a todos nos permea, para cambiarla y no permitir que las cosas sigan como están. Eso es un compromiso humano y, con más razón, un compromiso de fe.

martes, 25 de febrero de 2020


Vivir la cuaresma comprometidos con nuestra propia realidad


El año litúrgico nos permite celebrar los misterios de la fe y, aunque da la impresión de una repetición cíclica, su objetivo es poder profundizar, celebrar, renovar, la historia de salvación que Dios teje con su pueblo y que ha de concretarse en nuestras propias vidas en cada contexto particular. Por eso, comenzar la cuaresma este miércoles de ceniza es ocasión de volver sobre su significado y llenarlo de experiencias actuales que mantengan la vitalidad de nuestro cristianismo y nos libre de una mera repetición litúrgica.  

Con la imposición de la ceniza se nos dice: “conviértete y cree en el evangelio”. Pero, en estos tiempos que vivimos, ¿de qué convertirse?, ¿en cuál evangelio creer? Son necesarias estas preguntas porque, aunque parecerían obvias las respuestas, no lo son tanto. En efecto, la conversión no puede limitarse a la dimensión individual, sino que ha de abarcar también lo social. El profeta Isaías (58, 1-12) claramente habla del ayuno que Dios quiere, ayuno que cuestionaría las largas filas que se ven de gente imponiéndose la ceniza (no ocurre en todos los países, pero al menos en Colombia, muchas personas acuden a ponérsela) pero que no siempre implica un compromiso transformador por parte de aquellos que la reciben. El profeta deja claro que Dios quiere que se quiebre todo yugo, se parta el pan con el hambriento, se albergue al que no tiene casa, se vista al desnudo, en otras palabras, se enfrente la situación del hermano y se busque cambiarla. 

Señalemos algunas de las situaciones que hoy se viven en Colombia y que no deberían estar ausentes en la cuaresma: el inmenso trabajo por construir la paz, tanto exigiendo que el gobierno implemente los acuerdos de paz ya firmados como el que busque instancias de diálogo con los otros grupos armados para seguir construyéndola. También está la situación de la migración venezolana que, efectivamente, está cambiando la realidad colombiana. Pero es fácil exigir a los europeos que no cierren las fronteras a los migrantes africanos que llegan a sus costas, pero ahora nos resulta duro abrir las nuestras a los migrantes de este país hermano. Que decir de los líderes asesinados y de todo este malestar social que se está expresando en las marchas que se han dado en los últimos meses. Ahora bien, tener estas situaciones y tantas otras presentes en cuaresma no puede ser con la lógica del que se empeña en acabar con los otros a la fuerza (los que no quieren diálogos de paz) o de creer que todos los que protestan son unos maleantes que quieren destruir lo público. Por el contrario, la vida cristiana debería ser esa “levadura” que va fermentando la masa (Mt 13,33) con los valores del reino: misericordia, perdón, reconciliación, paz, diálogo, discernimiento, denuncia y anuncio, etc., sin dejarse llevar por la lectura acrítica o ingenua o mentirosa (fake news), tan presente en estos tiempos. 

Y ante la pregunta ¿en qué evangelio creer? No puedo menos que tener presente el Carnaval de Río de Janeiro que acaba de pasar, en el que una de las escuelas de samba “Mangueira” presentó en su desfile una canción titulada “la verdad te hará libre”, con una letra que, en verdad, “sabe” a evangelio.  En la canción se identifica a Jesús con “rostro negro, sangre indígena, cuerpo de mujer, joven de favela”, “hijo de un carpintero desempleado y de María de los dolores de Brasil”, denuncia la situación que viven y sigue apostando por el compartir, por el desarme, por la esperanza en medio de las situaciones tan duras que atraviesan, donde Cristo es crucificado nuevamente “por los profetas de la intolerancia”. Es imposible describir el significado completo de esa canción sin meterse en el corazón del carnaval y en el sentimiento de las, tal vez 4.000 personas que componen ese grupo, cantándola durante una hora en su desfile por el Sambodromo, acompañados de la majestuosidad de las carrozas y disfraces de los integrantes.  Lógicamente, el evangelio no es una presentación de carnaval, pero allí se dijo con más claridad, más vida, más encarnación, lo que muchas predicaciones no saben decir. Con seguridad algunos habrán quedado escandalizados de que se hablara y se personificara a Jesús en el carnaval. Pero seguro que Jesús no se escandaliza. Él vive en el corazón de los pueblos y sabe reconocer en sus expresiones una fe sincera, viva, con todo lo que son y sienten. 

En fin, el objetivo no es discutir sobre el carnaval sino preguntarse, una vez más, sobre lo esencial del evangelio y sí es eso lo que vivimos y anunciamos. Cuaresma es tiempo de conversión al evangelio de Jesús, pero al de los orígenes, al del anuncio del reino, a aquel que no se acomoda al status quo establecido. Que este tiempo de preparación, reflexión, interiorización, compromiso para vivir la Pascua este lleno de la vida concreta, identificando las cruces actuales de manera que no ahorremos esfuerzos para hacer posible que la resurrección de Jesús las venza definitivamente.

viernes, 14 de febrero de 2020


No todos los “sueños” de la “Querida Amazonia”, implican profetismo y audacia




Acaba de salir la Exhortación post sinodal “Querida Amazonia” y los comentarios no se han hecho esperar. Los hay de todo tipo. Unos, tratando de ensalzar el documento con expresiones como “es un texto suficientemente bello, quizás el más bello de los que ha escrito Francisco” o “La exhortación es una carta de amor”; otros, dándole la mejor interpretación posible para suavizar, tal vez, ese sabor “agridulce” que trae la exhortación al no responder a muchas de las grandes expectativas que el Documento final del Sínodo había dejado: “La emergencia de una ‘nueva hermenéutica’ en el magisterio” o “La exhortación ‘complementa’ el documento sinodal sin anularlo”. Algunos otros no ocultan su decepción, pero apelan a la esperanza de que lo nuevo que ha traído Francisco vale la pena seguir apoyándolo: “Tristeza y decepción, con un leve atisbo de esperanza”. Ante tanto comentario, no queda más que intentar el propio porque, a fin de cuentas, es el que nos pone en camino para vivir la misión a la que nos sentimos llamados. El título que señalé, confieso que me fue difícil formularlo pero me parece resume lo que comentaré a continuación. 

Comencé a leer la Exhortación con mucho interés y encontré el lenguaje cercano, comprensible, realista, concreto al que nos ha acostumbrado el Papa Francisco. Después me entusiasmó encontrar lo que había leído en algunos de los comentarios antes señalados de que el Papa no anulaba el documento final del Sínodo, sino que invitaba a que “los pastores, consagrados, consagradas y fieles laicos de la Amazonia se empeñaran en su aplicación, y pudiera inspirar de algún modo a todas las personas de buena voluntad” (n. 4). 

Así me adentré en los “cuatro sueños” que la Amazonia le inspira al Papa Francisco y que conforman los cuatro capítulos de la Exhortación: (1) Un sueño social: luchar por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios; (2) Un sueño cultural: preservar su riqueza cultural; (3) Un sueño ecológico: custodiar la abrumadora hermosura natural; y (4) un sueño eclesial: suscitar comunidades cristianas con rostro amazónico” (n.7). 

Sobre el “sueño social” el Papa vuelve a unir lo social con lo ecológico: es urgente escuchar el clamor de la tierra y el clamor de los pobres, no como dos realidades separadas sino como una misma causa que ha de comprometer la vida cristiana. El compromiso con los pobres no se puede hacer sin llamar por su nombre a los que causan esa situación. Por eso se refiere a “los intereses colonizadores” del pasado y de ahora (n.9) que producen la migración de los indígenas a las ciudades, lugares donde padecen la xenofobia, la explotación sexual y el tráfico de personas (n.10). Todo lo que padecen estos pueblos tiene un nombre “injusticia y crimen” (n.14) que hace necesario “indignarse” como Dios mismo se indigna ante la injusticia (n.15). Ante tanto dolor, la “Iglesia no puede estar menos comprometida y está llamada a escuchar los clamores de los pueblos amazónicos para poder ejercer con transparencia su rol profético”, reconociendo, avergonzándose y pidiendo perdón porque no siempre supo ponerse del lado de los oprimidos en la conquista de América (n.19). 

Lo social no solo implica lo individual sino también lo comunitario, de ahí la urgencia de promover todo lo que ayude a conservar los valores y estilos de vida de los pueblos originarios (n.21). Preguntándose por las instituciones de la sociedad civil se constata que no son ajenas a la corrupción (n.24) y, lo más grave, no se puede negar que algunos miembros de la iglesia han sido cómplices de tales corrupciones con el objetivo de obtener ayudas económicas para las obras eclesiales (n.25). 

Sobre el “sueño cultural”, Francisco insiste en evitar toda colonización de la Amazonia. Hay que ayudarla a sacar lo mejor de sí: “cultivar sin desarraigar, hacer crecer sin debilitar la identidad, promover sin invadir” (n. 28). Todo ello confluye en la necesidad del encuentro intercultural en el que la identidad y el diálogo no son enemigos, sino que pueden fecundarse para crecer mutuamente ya que toda cultura puede volverse estéril si se encierra en ella misma (n.37). La diversidad no debe significar amenazas, ni justificar jerarquías de poder sino diálogo desde visiones culturales diferentes, de reavivamiento de la esperanza (n. 38).

Sobre el “sueño ecológico” supone recuperar esa relación estrecha del ser humano con la naturaleza donde la existencia cotidiana es siempre cósmica (n.41). Por eso el grito de la Amazonia alcanza a todos porque la conquista y explotación de los recursos amenaza hoy la misma capacidad de acogida del medioambiente: el ambiente como “recurso” pone en peligro el ambiente como “casa”. Aquí el Papa denuncia “el interés de unas pocas empresas poderosas” que se pone por encima del bien de la Amazonia y de la humanidad entera (n. 48). Por eso es loable la tarea de organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil que cooperan críticamente, utilizando legítimos mecanismos de presión, para que los gobiernos cumplan con el deber de preservar el ambiente sin venderse a intereses locales o internacionales (n.50). Es importante tener también una mirada contemplativa para hacer de la Amazonia un lugar teológico, un espacio donde Dios mismo se muestra y convoca a sus hijos (n.57). Todo ello nos convoca a la “ecología integral” que tan extensamente el Papa desarrolló en la Encíclica Laudato si (n.58) y que convoca a la Iglesia a aportar también al cuidado y al crecimiento de la Amazonia (n. 60). En todos estos sueños el Papa recuerda la Doctrina social de la iglesia, aludiendo a textos importantes de esta doctrina. 

Sobre el “sueño eclesial”, el Papa se dirige concretamente a los pastores y fieles católicos (n. 60). Comienza recordando la necesidad del anuncio del kerygma (n. 65) y continúa insistiendo en la inculturación de la fe para no avasallar a los pueblos originarios, para valorar su cultura, su sabiduría, su religiosidad popular (n.70). Señala, además, la dimensión social que implica la firme defensa de los derechos humanos porque no se puede separar la evangelización de la promoción humana (n.75.78). Hasta aquí el Papa mantiene su discurso social, del lado de los pobres, interpelando la conciencia social y uniendo fe y realidad. Todo esto ¡muy bueno! Para animar, comprometer e impulsar la misión eclesial con la Amazonia.

Pero cuando se refiere al ámbito intraeclesial, es difícil no sentir decepción. Fuera de la liturgia inculturada (n.82) y la opción por la “misericordia” antes que por las “normas” (n.84), la referencia a la “inculturación de los ministerios” no puede más que reflejar “poco profetismo, poca audacia, poca capacidad de soñar”. Aunque constata las dificultades de la Amazonia para una celebración asidua de los sacramentos y para una mayor presencia eclesial allí, la respuesta que propone es ratificar que puesto que sólo el sacerdote puede celebrar la eucaristía (n.88) no queda más remedio que promover la oración por las vocaciones sacerdotales y buscar que más sacerdotes misioneros vayan a la Amazonia (n.90). No descarta el avivar a las comunidades cristianas y mantener la presencia estable de líderes y laicos maduros y dotados de autoridad para permitir el desarrollo de una cultura eclesial propia, marcadamente laical (n.94) pero no hay ningún otro camino abierto, ninguna propuesta que en verdad ofrezca una esperanza eclesial. Pero aquí no termina todo. En el afán de justificar que a las mujeres no se le puede dar acceso al orden sagrado, se invocan unas razones absolutamente insuficientes que causan dolor e indignación. Al identificar a las mujeres con María y a los sacerdotes con Jesús, identificación teológicamente insostenible, por cierto, una vez más limita a las mujeres al papel de “sostener, contener y cuidar” a la comunidad, mientras que los roles de dirección, organización, planeación, conducción, decisión, siguen en mano de los varones (n. 101) porque en la iglesia actual, esas instancias están en mano de los clérigos y, por supuesto, allí no están las mujeres. 

Una vez más, se pierde en la iglesia la posibilidad de una reforma eclesial de fondo y verdadera: la igualdad fundamental de todo el pueblo de Dios, con diversidad de ministerios, sí, pero no con relegación de las mujeres a un segundo lugar. Una iglesia llena de miedos a los cambios no parece una iglesia fiel al profetismo de los orígenes cristianos. De todas maneras, como decía San Pedro Poveda: “Tenemos mucha fe, mucha esperanza, y no dejamos de soñar y hasta realizamos algunos sueños". Una vez más, hay que mantener la esperanza de que el sueño de una iglesia más acorde al sueño de Jesús, algún día llegará a ser posible.

viernes, 31 de enero de 2020


La Palabra de Dios “está muy cera de ti: en tu corazón y en tu boca 
para que la pongas en práctica”

 (Dt 30,14)



El año pasado el Papa Francisco estableció el “Domingo de la Palabra de Dios” y pidió que se celebrara el Tercer domingo del Tiempo Ordinario, es decir, acabamos de celebrarlo, el pasado 26 de enero. En realidad, no sé qué resonancia tuvo en las eucaristías de ese domingo y si se le dio la importancia que el Papa pedía en el “Motu Proprio Aperuit illis” (Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras Lc 24,45). Muchas cosas que se instituyen de “arriba hacia abajo” no logran enraizarse en el pueblo de Dios. Así, por ejemplo, la “Jornada mundial por los pobres” que también el Papa propuso desde 2017 para el XXXIII domingo del Tiempo Ordinario, desde mi punto de vista, ha venido celebrándose sin demasiada trascendencia. 

Sin embargo, aunque se constate la dificultad de que las iniciativas se acojan plenamente, es bueno impulsar su arraigo en la medida que se pueda. Por eso quiero insistir en la importancia de la Palabra de Dios para la vida cristiana. Algunos dirán que estamos en la era de la imagen y por eso es más difícil disponerse a leer la Sagrada Escritura. Pero, por otra parte, leer sigue siendo una actividad indispensable y, a nivel de formación humana, hay toda una literatura de autoayuda, motivación e incluso, exorcismo y esoterismo, que se sigue vendiendo (e incluso ocupa muchos estantes de librerías católicas -situación que a veces he cuestionado porque algunos autores, personalmente, no los promocionaría desde estas librerías que pretenden evangelizar). 

Con este propósito el Papa en el Motu Proprio con el que instituyó el domingo de la Palabra, insiste en las homilías, llamando a los sacerdotes a que la preparen para que no se alarguen “desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños”; por el contrario, que “ayuden a profundizar en la Palabra de Dios con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha (…) mostrando también la belleza de las imágenes que el Señor utiliza para estimular a la práctica del bien” (n.5). Bastante ha insistido el Papa en la homilía -en este texto y en otras ocasiones-, pero me temo que muchos sacerdotes no se dan por aludidos. Muchas homilías siguen siendo un discurso moralizante e incluso un discurso político, a veces apoyando a gobiernos de derecha (por eso de que ellos van en contra del aborto); pero, en definitiva, la mayoría de las veces, sin mucha referencia a las lecturas correspondientes a la celebración eucarística. 

La Sagrada Escritura es Palabra de Dios, por tanto, es nuestra primera fuente de referencia para conocer al Señor y comprender su deseo sobre la humanidad. Como lo señala el Papa Francisco, Vaticano II en la Constitución Dei Verbum buscó recuperar esa centralidad de la Palabra y lo importante que es tenerla como referente principal en la tarea teológica (n.2). Además, “expresa un valor ecuménico porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad” (n.3).

Por supuesto esta Palabra de Dios ha de interpretarse correctamente para no hacerle decir lo que no dice o caer en esa actitud fundamentalista de que la Biblia dice esto o aquello. En este último punto, no se entiende como aquellos que abogan por tomar al pie de la letra la sagrada escritura, no caen en cuenta de la multitud de pasajes que no podemos aplicarlos así porque nos llevarían a unos absurdos como el de arrancarse un ojo o cortase una mano (Mt 5, 27-30) o no permitir la transfusión de sangre (Lv 17,14, Hc 15,24).  

El texto de Emaús (Lc 24, 13-25) es muy claro para entender esa relación intrínseca entre la Palabra, el sacramento y la vida. Los discípulos vuelven tristes después de los acontecimientos vividos en Jerusalén y el forastero que camina a su lado les va explicando las escrituras. Al llegar a la aldea, ellos le invitan a quedarse y en el gesto del partir el pan, los discípulos lo reconocen. Jesús desaparece y es cuando ellos se preguntan: ¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? Inmediatamente vuelven a Jerusalén con la certeza profunda de la resurrección del Señor. En efecto, “antes de convertirse en texto escrito, la Palabra de Dios se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro” (n.11).

Y, tal vez, algo fundamental “todo texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra (…) quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra” (n.12).

Volver a la Palabra, leerla, estudiarla, meditarla, dejarnos interpelar por ella, hacerla vida en nuestra vida, todo esto que el apóstol Pablo le recomienda a Timoteo (2 Tim 3, 15-17) es una tarea que bien vale la pena realizar e invitar a que otros la realicen. La Palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4, 12), es como la lluvia que empapa y fecunda la tierra (Is 55,10), es la manera como Dios ha querido hablar en lenguaje humano para que le entendamos y arda nuestro corazón al sentir su presencia en todo lo que existe. 

El “domingo de la Palabra de Dios” es poco para recuperar y darle el valor que tiene la Sagrada Escritura. Pero ese domingo puede ser referente para iluminar toda la vida, en el día a día, con el horizonte salvador de amor compasivo y misericordioso, que nos trae la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer de este mundo un lugar de justicia y paz para todos y todas.



miércoles, 22 de enero de 2020


¿Por qué hablar de “una iglesia pobre y para los pobres”?


Con toda razón algunas personas se preguntan qué significa la expresión “una iglesia pobre y para los pobres”, tan en boga en el Pontificado de Francisco. Gente de mucha honestidad personal está inquieta porque no sabe si al tener los medios para vivir, -con holgura-, están excluidos de pertenecer a esta iglesia pobre. Con más razón, si se refiere a gente muy rica. Algunos se cuestionan porque si Dios no excluye a nadie, donde quedan los ricos en una iglesia pobre y para los pobres. Por esto es bueno ahondar en esa expresión. La riqueza no es mala y la pobreza no es buena. Pero la riqueza se torna mala cuando es fruto o produce la injusticia social, cuando “no se distribuye dando a cada uno según su necesidad”, como lo intentó vivir la primera comunidad cristiana (Hc 2, 45). También la riqueza puede llevar al consumismo o al apego a los bienes convirtiéndolos en razón para vivir. En estos casos la riqueza es mala. La pobreza es buena cuando es libertad del consumismo, cuando es solidaridad con los más pobres o como consecuencia del compartir de bienes cuando otros pasan necesidad. También como testimonio de los valores del reino, como explícitamente lo profesan los/as religiosos/as con el voto de pobreza.  

Pero todo esto no se entiende sin mirar al Jesús de los evangelios y el núcleo de su predicación. Su figura es la de un hombre libre, en un contexto pobre. Además, Lucas presenta a Jesús iniciando su misión con el texto del profeta Isaías: “He venido a anunciar la liberación a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos” (4, 18). Y toda la predicación de Jesús continua en la misma línea. Sus parábolas denuncian la situación de los más pobres y sus obras buscan transformar todo aquello que afecta a sus contemporáneos. Precisamente porque sus palabras y obras cuestionan una religión que no se compromete con la vida de los más pobres, Jesús es perseguido y crucificado por sus opositores -lamentablemente las instituciones religiosas de su tiempo son las que consiguen esa ejecución- y solo queda la palabra definitiva de Dios en la resurrección: quien tiene la razón en el culto que agrada a Dios es Jesús y no los defensores de la ley y el templo.

La iglesia ha de hacer visible a Jesús y su misión. Pero, históricamente, las circunstancias la fueron llevando a hacerse poderosa y rica. Ha llegado a tener un Estado – el Estado Vaticano- y al estilo de cualquier organización humana se ha llenado de títulos, honores, privilegios. Como institución humana no puede despojarse de los medios que hacen posible su misión, pero si puede vigilar para que estén al servicio de esta y no sustituyan la libertad de “los pobres de Yahvé” -los que ponen la confianza sólo en Dios-. Sus medios no pueden convertirla en una institución que opaque la sencillez del evangelio o que se empleen para aumentar su poder o prestigio. Toda ha de ser para garantizar la vida de la gente, especialmente, de los más pobres, débiles, sufrientes, de cada tiempo histórico. La iglesia ha de vivir con libertad frente a las cosas de este mundo y dedicarse a que todos los hijos e hijas de Dios tengan vida digna.

Por lo tanto, querer una “iglesia pobre y para los pobres” es una llamada a una conversión profunda a lo que la iglesia siempre debe ser y a lo que sus miembros deben aspirar. Una vida al servicio de los demás donde se garantice la vida de todos, no solamente de unos pocos. Y ¿los ricos? Pues ayer y hoy pasa lo mismo: los que llegan a entender a Jesús ponen todo al servicio del amor y sin duda su riqueza disminuirá porque se comparte con todos los que lo necesitan. Sin embargo, algunos lo pueden entender, pero irse tristes -como el joven rico del evangelio (Mc 10, 17-22)- porque, el acaparar para sí, es una tentación constante. Y, acomodan la fe a sus intereses y no quieren oír el evangelio. Estos últimos hablan de la “pobreza de espíritu” y de que se puede ser rico si se tiene esa pobreza espiritual. Todos hemos de tener pobreza espiritual -esa de los pobres de Yahvé de la que ya hablamos- pero también nadie puede tener más de lo que necesita sabiendo que tantos otros -hijos e hijas del mismo Dios- pasan necesidades.

Definitivamente, el evangelio es un mensaje de conversión y, por supuesto, incomoda, molesta, inquieta. Por tanto, hablar de “una iglesia pobre y para los pobres” no es un mensaje fácil, pero es un mensaje verdadero. Esta es la iglesia que habla de Jesús, del evangelio, de la libertad, de la sencillez, del servicio, del amor. A esto nos llama el momento presente si queremos que la iglesia sea creíble y diga algo a nuestros contemporáneos. ¡Ojala que esta conversión eclesial se haga realidad!

lunes, 6 de enero de 2020


Un nuevo año para avivar la esperanza


El último capítulo del libro del Apocalipsis se refiere a la “Jerusalén Celestial”. Es decir, después de todos los sufrimientos y persecuciones que ha sufrido el pueblo escogido, la promesa de Dios se cumplirá y “con creces”. “Dios enjugará toda lágrima de los ojos y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4). “Descenderá del cielo, ataviada como una novia, la Jerusalén celestial, morada de Dios entre los hombres donde ellos serán su pueblo y Él, -Dios con ellos- será su Dios” (Ap 21, 2-3). Es este, por tanto, un libro profundamente esperanzador (aunque una mala interpretación o una interpretación literal lo haya hecho ver como libro de castigos anunciando el fin del mundo), en el que la esperanza está puesta absolutamente en Dios y nada ni nadie hace que decaiga la esperanza firme en la vida buena y abundante que viene de Dios, más aún, que es Él mismo: “Ven, Señor Jesús” (Ap 21,20).

Por esto los cristianos estamos llamados a ser personas de esperanza profunda. Este ha de ser nuestro testimonio y constituye lo mejor que podemos aportar a la construcción de esta casa común. Y, en tiempos como los actuales, más que nunca se necesita la esperanza porque terminamos el año con una América Latina llena de desafíos que han llevado a manifestaciones públicas que exigen un cambio de rumbo. No se puede tolerar tanta desigualdad social. No se aguanta más la precariedad que hace vivir -o sobrevivir- a tantos, en el día a día, sin poder esperar un futuro posible para los jóvenes o una vejez digna para los ancianos. Pero estos cambios no son fáciles y necesitan de mucho compromiso, mucho trabajo, mucha entrega.

En efecto, la Jerusalén celestial de que nos habla el Apocalipsis parece que es una realidad que va a llegar algún día y a partir de entonces ya todo será mejor. Pero no es así la condición histórica en la que vivimos. La Jerusalén celeste es la utopía que esperamos, pero, al mismo tiempo, es la que nos fortalece para irla realizando en lo concreto que nos toca vivir. Precisamente porque esperamos esa plenitud definitiva, nos entregamos a fondo por hacerla posible desde este presente. 

Así, el nuevo año que comenzamos, nos convoca a avivar la esperanza cristiana. Desde ella, el cristiano no puede ser indiferente a la realidad social. La lucha por la justicia es parte integrante de la fe, es su dimensión social. Y solo buscando sistemas económicos que permitan la vida digna para todos, estaremos construyendo esa Jerusalén que esperamos. Sin unas estructuras justas en el aquí y en el ahora que el Señor nos regala, no será posible llegar a la plenitud prometida. 

También forma parte de nuestro compromiso cristiano velar por el cuidado de la casa común. El sínodo amazónico no terminó el año pasado, sino que hemos de hacerlo realidad en nuestras decisiones actuales. La esperanza se siembra y se vive, con una conciencia ecológica que sea responsable de cuidar la creación y preservarla para las futuras generaciones. 

Tenemos un nuevo año para avivar la esperanza en los jóvenes. Ellos han mostrado -con su voz de protesta en las marchas que se han dado en América Latina- que ellos si están atentos a su destino y sueñan con un mundo distinto. Apoyar sus sueños y trabajar porque los consigan forma parte del compromiso cristiano.

Y no olvidar, en este año que comienza, las reformas de la Iglesia. Con la llegada de Francisco se avivo la esperanza de que una iglesia jerárquica más sencilla, más natural, más espontanea, fuera posible. Bien sabemos que Francisco ha roto muchos protocolos y ha buscado ser más un pastor con olor a oveja que un príncipe, como parecía se había acostumbrado a ser, un sector de la jerarquía. Lamentablemente, no todos en la iglesia, han entendido este cambio porque el poder y el honor conquistan muy fácilmente el corazón, mientras que la sencillez del evangelio necesita personas muy libres para ser acogida y vivida. Pero la esperanza nos impulsa a “volver a los orígenes”, construyendo esas comunidades cristianas sencillas e incluyentes, que transparenten en verdad el evangelio de Jesús.

Es necesario también seguir con esperanza trabajando por la igualdad de las mujeres en nuestras sociedades patriarcales. Se han dado avances, pero sigue faltando mucho. Todavía no hay un respeto en todas las instancias hacia las mujeres, aún los salarios no son iguales que los de los varones y, sobre todo, aún todas las instancias de decisión cuentan con una gran ausencia del género femenino. Mientras esto no cambie, nuestro mundo vive un desequilibrio de género, verdadera “ideología” que permea, nuestras mentes y estructuras.

Y muchas otras realidades podríamos nombrar en las que la esperanza cristiana ha de hacerse presente. Porque cuando en la primera carta de Pedro se nos dice: “Estén siempre preparados a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (3,15), nos están diciendo que demos testimonio con nuestras obras -es lo que pueden ver las personas que no creen- de que nuestra esperanza está puesta en el Dios de la vida, cuya promesa sigue actual y se va realizando en cada uno de los compromisos que emprendemos, en cada una de las obras que llevamos a cabo. Que este 2020 sea un año de avivar la esperanza cristiana y, como decía un santo de nuestro tiempo, Pedro Poveda, “Las obras sí, ellas son las que dan testimonio de nosotros y las que dicen con elocuencia incomparable lo que somos”.