martes, 7 de abril de 2020


Este año, la Pascua no solamente se conmemora … ¡se vive!

 

Llega el triduo pascual y esta vez se hace más evidente que los “misterios de nuestra fe” no son un recuerdo del pasado o una celebración litúrgica, sino que expresan lo que vivimos en el día a día y, en esta ocasión, incluso, lo que vivimos a nivel mundial. Este año la muerte ha llegado inesperadamente y se ha llevado -y sigue llevándose- a muchas personas de todas partes del mundo. Y, al mismo tiempo, la esperanza se ha reforzado de muchas maneras, en todos los lugares del planeta, y lo constatamos en tantos gestos de bondad y solidaridad que surgen del corazón humano cuando topamos con los caídos en el camino.

Ahora bien, podemos quedarnos en este devenir de la historia externo, lo que vemos, lo que pasa, lo que hacemos y no profundizar en lo que hay detrás de los acontecimientos para descubrir los errores y pecados a nivel mundial y las inmensas transformaciones que la actual situación nos exige.

Eso pasa con el significado que damos al misterio pascual vivido por Jesús y que se expresa en los ritos litúrgicos que se celebran en esta época. Se predica el amor inmenso que Jesús nos tiene, su muerte por nuestros pecados y su fidelidad a la voluntad del Padre. Se explota muchas veces todo el dolor que pasó al ser flagelado y crucificado. En verdad, nos da compunción de corazón y se espera el pregón pascual para volver a sentir la alegría de que Cristo venció a la muerte. Sin embargo, muy poco se explicitan las causas históricas de la muerte de Jesús y de ahí, el significado también histórico de nuestra confesión de fe en su resurrección. 

A Jesús lo matan porque anunció el reino de Dios que implica la justicia, la misericordia, la inclusión, la paz. Y todo esto solo es posible si las estructuras humanas las favorecen y cada uno sale de su propio egoísmo para sentirse prójimo de los otros y se toma en serio que el bien común es superior al bien propio. Además, Jesús cuestionó la imagen de Dios que surge de una religión acomodada a los propios intereses. Por eso su enfrentamiento con las élites religiosas de su tiempo, con aquellos que “velaban” por el estricto cumplimiento del rito y la interpretación “correcta” de la Escritura. Los llamó “sepulcros blanqueados” y realizó signos “provocativos” frente a lo que estas élites consideraban ortodoxo: curar en sábado, comer con pecadores, juntarse con publicanos, samaritanos, mujeres, niños, etc. No anunció un reinado de poder, grandeza, honores sino un reinado de servicio, sencillez, humildad.

Es todo esto lo que hemos de actualizar en este presente que vivimos, en la pandemia que nos atemoriza. Y ya lo hemos expresado en otros momentos. La pandemia en sí expresa nuestra vulnerabilidad, nuestra limitación como seres humanos. Pero los remedios a la pandemia nos confrontan con el modelo de mundo que hemos construido que no estaba preparado para garantizar la vida de todos y todas en los aspectos imprescindibles: salud, alimentación, vivienda, servicios públicos, y todos los demás bienes que deberían pertenecer a la humanidad y no a los pocos “privilegiados” de cada país. La pandemia ha revelado que, si todos no cuentan con todos estos derechos, en una situación así, a todos los afecta, aún a los más privilegiados. 

Por tanto, la celebración de este triduo pascual no necesita de mucha imaginación o introspección. La vida real está ahí afectándonos, interpelándonos. El lavatorio de los pies, esta vez, denuncia el poco servicio que hemos realizado con los más pobres: hemos convivido, en cierta manera -tranquilamente- con tantas personas sin bienes básicos, y no nos detuvimos suficientemente a luchar porque se les reconocieran esos derechos. El partir el pan y tomar el vino, signo del Jesús que se entrega, nos revela que comulgar nos exige una fraternidad y sororidad efectiva: si todos no se pueden sentar a la misma mesa, aún no realizamos la cena del Señor. 

Así llegamos al viernes de pasión donde tenemos mucho porque pedir perdón. Ya hablamos de la injusticia que ha producido, mantiene y promueve el sistema neoliberal que rige nuestro mundo. Pero también han salido otros sufrimientos cotidianos: la violencia intrafamiliar se ha disparado en muchos lugares, los feminicidios han aumentado, la convivencia se ha hecho difícil pero también la soledad de muchos se ha hecho evidente en este encierro. También se nota la diferencia entre quienes tienen grandes casas y pueden salir a caminar en sus grandes jardines y los que tienen un espacio tan pequeño que ya no saben cómo pasar un día más encerrados en sus cuatro paredes. Y qué decir de los medios digitales a los que no todos tienen acceso para estudiar, para informarse, para distraerse, para comunicarse. Estas y muchas otras realidades hacen evidente la pasión de Cristo real en nuestro mundo. 

¿Cómo creer en la resurrección? ¿cómo esperarla? ¿cómo celebrarla? Si miramos el evangelio los apóstoles están desconsolados, miedosos e incrédulos. Pero Jesús se les aparece, les dice “no teman” y los envía a anunciar la buena noticia de su resurrección. Y así comenzó la iglesia. Hoy la presencia del resucitado se hará realidad cuando retomemos el camino y trabajemos por hacer de este mundo un lugar habitable para todos y todas. Solo entonces el pregón pascual no lo repetiremos como fórmula, sino como vida; solo entonces el triduo pascual será una celebración no encerrada en una liturgia impecable o en un espectáculo televisivo. Será la vida que una vez más se impone ante la muerte fruto de la condición humana y del pecado del mundo.

sábado, 4 de abril de 2020


Domingo de Ramos: Hoy Jesús entra a la Jerusalén de nuestro mundo







Comienza la semana santa con la lectura de Jesús entrando a Jerusalén (Mt 21, 1-10). En este relato, Jesús llega como un rey, pero de características distintas a la de los reyes de la época, encarnando lo que ya había dicho el profeta Zacarías: “Mira que tu rey viene a ti con toda sencillez, montado en una burra, una burra de carga, junto a su burrito” (9,9). Aunque solemos referirnos a este texto como la entrada “triunfante” de Jesús a Jerusalén, en realidad, Jesús está contrastando las expectativas de los judíos que estaban allí y por eso ellos se preguntan conmocionados: ¿quién es este? Y, tal vez, son los sencillos los que lo pueden responder: “Este es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 10).

Pero en este domingo, en nuestro mundo hay conmoción por una pandemia que nos mata. Y ¿qué puede decirnos este texto frente a la situación que vivimos? Es probable esperar que Jesús nos traiga la salud, porque en aquella época, cuando llegaba el rey podía conceder algún favor y el pueblo esperaba ansioso esa benevolencia de su parte. Seguramente muchas de las oraciones o celebraciones litúrgicas de hoy pidan el superar esta situación. Por supuesto es válido contarle nuestra angustia y pedirle su fuerza. Pero esto nos puede separar de lo esencial: reconocer la manera como Dios es rey y el camino que escoge para hacernos presente el reino. La propuesta de Jesús arranca por los pequeños y apuesta por la vida de todos. No viene a alabar a los que cumplen la ley o pueden ir al templo. De hecho, el texto que sigue en el relato del evangelio es la ida de Jesús al templo y los gestos simbólicos que allí realiza -expulsión de los vendedores- muestran que la oración no es un negocio sino el sanar a todo el que lo necesita como Él lo hizo con los ciegos y cojos que le presentaron en el Templo (Mt 21, 14).

La pandemia nos está revelando que nuestro mundo continúa en la injusticia. Porque la salud que es un derecho básico no tiene la estructura adecuada para atender a todos los hijos e hijas de Dios. Y eso en los países pobres y en los ricos. Y, especialmente, en nuestros países pobres, ha quedado manifiesto que mucha gente vive “del día a día” y si llega una calamidad, no puede afrontarla. Los gobiernos están dando ayudas, pero ¡escandalizan! porque al menos en Colombia se les da una cantidad irrisoria para que vivan todo el mes. Y la educación virtual ha salido al paso para que no se suspendan los estudios. Pero en muchas familias no hay computador, ni mucho menos internet. Y, lo más grave, la pandemia propone como medio indispensable para protegerse, el lavado frecuente de manos. Pero muchos no tienen agua en casa -si tienen casa, claro-. 

Y no sólo con los más pobres esto está quedando evidente. Hay una clase media que está también sufriendo las consecuencias porque sus negocios o empleos, dependen del flujo de capital donde todo se compra y se vende y si no hay movimiento no están cubiertos los derechos básicos para todas las personas de un país. Muchas otras situaciones puntuales podrían ser invocadas. Pero bastan estas para conmemorar la entrada de Jesús a Jerusalén en su tiempo y hoy en el nuestro. ¿Quién es este al que no le hemos entendido el mensaje? ¿cómo podemos afirmar que es Jesús de Nazaret si no hemos gastado nuestra vida en garantizar los derechos básicos de salud, agua, vivienda, alimentación, educación, empleo, para todos y todas?

Jesús llega hoy a nuestro mundo y estamos lejos de haber entendido su propuesta de vida. Todos, incluidos los que nos llamamos cristianos, nos hemos casado con un sistema económico injusto y lo hemos justificado de mil maneras. Hemos defendido las políticas neoliberales porque hemos tenido con que “pagar” los servicios básicos que deberían ser “gratuitos”. Hemos demonizado las políticas sociales que apuntan a garantizar esos derechos básicos porque las hemos considerado “populistas”. Simplemente, metidos en un mundo que privilegia la riqueza de los que pueden, nos hemos acomodado y mejor o peor hemos venido sobreviviendo. Pero una pandemia nos ha sacado a la luz las consecuencias de este neoliberalismo salvaje, tal como lo denunció el editorial del “Washington Post”: “La realidad ha quitado el efecto de la anestesia del capitalismo salvaje; y ha tirado sus cartas sobre la mesa. Ha llegado la hora de replantear y de humanizar este modelo económico; y hacernos el siguiente planteamiento: ¡O muere el Capitalismo Salvaje, o muere la Civilización Humana!

Hoy Jesús entra a la Jerusalén de nuestro mundo, que las palmas que levantemos sean las de la justicia para que todos y todas tengan vida y ¡vida en abundancia! (Jn 10, 10)

viernes, 3 de abril de 2020


Y ¿hasta cuándo podremos comulgar sacramentalmente?




Dictando clases de sacramentos y, por supuesto, haciendo referencia a la liturgia por su estrecha relación, siempre hago énfasis en la “vida” que se celebra en el sacramento, especialmente la vida de amor y servicio a todos y con más atención a los pobres, para no caer en un rito vacío. Curiosamente no han faltado los estudiantes que no aceptan esa forma de presentar los sacramentos y defienden el rito litúrgico diciendo que lo otro tiene el peligro de caer en sociologismos. Detrás de esas distintas visiones está la diferente formación que hemos recibido y, lamentablemente, algunos jóvenes, hoy en día, han sido más formados en defender la estructura externa de la iglesia y con mucho rechazo a lo social por todos esos temores y hasta persecuciones que se vivieron en las décadas anteriores.

Pero ahora ya no es una clase, ya no son diferentes visiones, sino una realidad externa que nos ha afectado a todos y ha cambiado nuestra forma de celebrar la fe. Al principio, hubo muchas resistencias a cualquier cambio. En Bogotá, algunos fieles protestaron por las indicaciones del Cardenal de dar la comunión en la mano. Pero ahora ya ni se puede dar en la mano porque, simplemente, ya no habrá celebraciones de Semana Santa en los templos. 

Han abundado las propuestas de eucaristías por televisión y por las redes sociales y se anuncian los horarios para transmitir todas las celebraciones de esta Semana Mayor, incluso por los canales comerciales. Ahora bien, es loable el uso de todos estos medios (que valga el comentario, en otros momentos hemos criticado por su uso excesivo, pero que ahora casi “bendecimos” porque son los que nos permiten mantener las relaciones, aunque estemos en cuarentena) pero quedan algunos interrogantes: ¿estaremos “celebrando” o “asistiendo como espectadores”? y, personalmente, cuando vi por Facebook a un amigo sacerdote con toda su comunidad celebrando la eucaristía sentí la diferencia entre el clero y el laicado. Los clérigos siguen la vida -casi como si no pasara nada afuera- y pueden celebrar la eucaristía diariamente. El laicado puede seguir las transmisiones. Le comenté esto a mi amigo sacerdote y me respondió que por eso ellos dejaban bastante tiempo para que los laicos -espectadores- hagamos la comunión espiritual. En fin, no dudo de la buena voluntad en todos estos intentos por vivir la fe y animar a todo el pueblo de Dios a vivirla, pero quedan muchos desafíos en el aire. Y si esto se prolongara indefinidamente, ¿no podría la iglesia doméstica celebrar verdaderas eucaristías, con una persona que presida? ¿No sería el momento de ejercer el sacerdocio bautismal? ¿no podríamos recuperar esa experiencia de las primeras comunidades cristianas que el libro de Hechos nos relata de partir el pan en las casas con alegría y sencillez (2, 44-46)?

Estos pensamientos me hacen recordar las muchas discusiones que se dieron a propósito del Sínodo de Amazonía sobre permitir el sacerdocio para varones casados y sobre el diaconado de las mujeres. Se ofrecieron tantos argumentos teológicos, pastorales, sociales para rechazar cualquier cambio que ahora me pregunto: ¿no nos dicen las circunstancias concretas lo relativo de tanto argumento y lo urgente de responder a la vida? Sinceramente creo que es necesario poner la liturgia y toda la experiencia eclesial al servicio de la vida y ser mucho más libres como lo fue la primera comunidad cristiana en sus condiciones concretas. Por supuesto no quiero quitarle valor al sacramento como la tradición de la iglesia lo ha preservado. Tampoco quiero caer en el relativismo de que ahora cualquiera presida la eucaristía. No digo que no nos unamos a las transmisiones televisivas. Digo que nos preguntemos muy a fondo ¿cuál es la vida que yo llevaría a celebrar en esta Semana Santa el Domingo de Ramos, el jueves santo, el viernes santo y el domingo de resurrección? ¿Qué es lo que yo celebraría? ¿O pensaba ir al templo a “asistir” a los ritos litúrgicos que tantas veces tranquilizan la conciencia? 

Todas las circunstancias difíciles nos confrontan en muchos sentidos. Creo que esta cuarentena es una ocasión para no echar en falta el rito como tal sino vivirlo desde la circunstancia en la que nos encontramos, teniendo como contenido de fe -no la celebración ritual dirigida por el clero- sino la propia vida que en tantos momentos y de tantas maneras experimenta el misterio pascual y descubre la fuerza de la resurrección de Jesús en la propia vida. En otras palabras, tenemos por delante la oportunidad de “vivir la fe” y “celebrar la vida” en el seno de la iglesia doméstica.

viernes, 27 de marzo de 2020


La fuerza de la fe y la bendición papal







Fue bonito, sencillo y sentido el gesto del Papa de convocar al Pueblo de Dios a la bendición con la Eucaristía en este 27 de marzo. Realmente, esa bendición alimentó la confianza y la fe. La fe no nos va a librar de sufrir las consecuencias de la pandemia. Tampoco va a conseguir el milagro de que esto termine. Pero nos da la serenidad del corazón al sabernos en manos del dueño de la vida, la urgencia de mirar a los más necesitados para socorrerlos en medio de esta circunstancia, la paciencia histórica para esperar que esto pase y podamos seguir adelante, trabajando porque nuestro mundo sea cada vez mejor para todos y todas.

La lectura que el Papa escogió para este momento fue la de la tempestad calmada (Mc 5, 35-41). En realidad, nadie esperaba la tempestad de un virus que iba a afectar mundialmente y a todos, sin que nadie pudiera sentirse a salvo. Así lo expresó el Papa: “Al igual que a los discípulos del evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”.

En el texto, Jesús calma la tempestad e interpela a sus discípulos: ¿por qué temen, hombres de poca fe? Una vez, calmada la tempestad, los apóstoles se preguntan sobre quién es Jesús que tiene poder sobre las aguas. Estamos acostumbrados a interpretar la sagrada escritura de manera literal y entonces algunos pensarán que es por falta fe, de rezar, de sacrificarnos o alguna otra realidad religiosa que Jesús no ha parado esta tempestad pero que, si redoblamos en oración y en sacrificio, Él detendrá la pandemia. Pero esa no es la interpretación del texto bíblico porque los milagros son signos del reino y no demostraciones de poder. En este caso lo que interesa ver es cómo los discípulos se preguntan sobre quién es Jesús, por qué actúa de esa manera y por qué ellos dudan de seguir ese mismo camino. La falta de fe se refiere a ese no ser capaces de seguir empeñados en el bien y en la verdad cuando vienen las dificultades, cuando afrontamos el fracaso, cuando las cosas parecen no cambiar, cuando nos superan las fuerzas para transformar una situación.

Pero, por supuesto, las tempestades nos hacen revisar lo que somos y hacemos. Por eso el Papa nos hizo ver que una tempestad así “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades (…) también nos muestra que no hemos escuchado el grito de nuestro planeta enfermo, ni el grito de los pobres. Tampoco nos hemos despertado ante las guerras y las injusticias del mundo”. Y nos llama a la conversión en este tiempo de cuaresma en este sentido de preocupación por nuestro mundo, de sentirnos en la misma barca y de ver que nos salvamos todos o todos perecemos.

El Papa también recordó a los que hoy dan la vida controlando esa pandemia. No los conocíamos, no eran famosos y, sin embargo, hoy trabajan sin descanso por salvar vidas. Y junto al personal sanitario, también recordó a todos aquellos de servicios básicos, como los de la limpieza, del transporte, de los supermercados, que hoy siguen trabajando para librarnos a todos de mayores consecuencias. Tal vez la mayoría de ellos no pudieron asistir a la bendición del Papa, pero con su entrega en esta situación están viviendo lo único que, en definitiva, nos hace hijos e hijas de Dios: el servicio, la entrega, la generosidad.

Son tiempos de fe y de esperanza, son tiempos de confianza y generosidad. No temamos porque el Señor está con nosotros y, por eso, será posible vivir este ritmo de vida que no imaginábamos, este confinamiento que algunos ya empiezan a sentir como agobiante, este confrontarnos con lo único que está en juego a cada instante: la vida humana. Es un tiempo de cuaresma privilegiado que tal vez no olvidemos por mucho tiempo porque no tenemos que hacer cosas extraordinarias, solo mantener la fe y darnos cuenta que mientras ella esté, no hay tempestad que nos hunda.

martes, 24 de marzo de 2020


Que la pandemia del coronavirus no nos impida ver la de la pobreza estructural



Hoy comienza en Colombia la cuarentena decretada por el presidente para todo el país hasta el 13 de abril. Ya veníamos de 4 días de lo que la alcaldesa de Bogotá llamó “simulacro de cuarentena”. Sabemos que en los países donde la pandemia es grave, ya viven esa experiencia y abundan los videos de cómo lo han vivido, unos mostrando lo positivo en medio de la dificultad, otros más dramáticos por las consecuencias de tantas muertes que efectivamente se han dado. 

Pero en nuestros países marcados por la desigualdad se juntan más problemas que el mismo coronavirus. Se pide que la gente “se quede en casa” para “cuidar su vida” pero las protestas, saqueos, motines, etc., que hoy se vieron en algunas ciudades muestran que la vida no solo se cuida con la cuarentena, sino que hay un segmento muy grande de la población que necesita salir de casa “todos los días” para poder “cuidar” muy precariamente su vida. Esta circunstancia permite ver la magnitud del drama de la pobreza. Hay demasiadas personas que viven del “día a día”, del “rebusque”. Hay muchos que no se pueden dar el lujo de quedarse un solo día en su casa, porque ese día no comen. En otras palabras, otra vez más, aunque el virus ha atacado a grandes personalidades y a gente con medios suficientes para vivir, los más afectados son los más pobres, los que este sistema capitalista mantiene en la exclusión, a los que no hay gobierno que responda efectivamente a sus necesidades, al cambio estructural que se necesita para que todos puedan “cuidar” efectivamente de su vida. Lamentablemente algunos gobiernos no están preocupados por estas personas sino por las “ganancias” que no van a tener los más ricos, porque, por supuesto, su riqueza no terminara.

Ojalá que el miedo al “coronavirus” no nos impide ver este problema que también es una “pandemia” para tantos, pero con la que ya vivíamos, pero a la que no le acabamos de dar la importancia suficiente porque es fácil vivir “encerrados” en nuestras comodidades, distracciones y adquisiciones, sin darnos cuenta de este “coronavirus de la miseria” que afecta a tantos y les roba la vida a diario.  

En medio de esta situación los cristianos invitan a orar, a hacer cadenas de oración, a unirnos para pedir que acabe pronto esta pandemia. Muchos sacerdotes nos ofrecen sus videos con oraciones, celebraciones eucarísticas, novenas, etc. Pero me da mucho temor que esas expresiones no nos lleven a ver la profundidad del drama que este coronavirus ha sacado a la luz, al menos en nuestros países. Es de desear que todas esas experiencias de oración no se queden en “remansos de paz” que calmen nuestra legitima preocupación por el coronavirus, sino que nos comprometan con la transformación estructural de nuestras sociedades, porque el coronavirus será controlado en algún momento -ya lo están haciendo en China- pero el de la pobreza es muy hondo y puede que, una vez más, esta circunstancia actual la dejemos pasar de largo y no demos al paso a trabajar desde nuestra fe en el Dios del reino para acabar con la injusticia, superar la pobreza, garantizar la vida digna para todos y todas.

lunes, 23 de marzo de 2020


En cuarentena… orar de verdad y como a Dios le agrada





Un texto del evangelio de Mateo nos habla de las actitudes propias para este tiempo de cuaresma: el ayuno, la limosna y la oración. En los tres casos Jesús nos invita a no hacerlo para ser vistos por los demás porque lo único que interesa es que Dios nos vea. En concreto sobre la oración, Jesús dice: “Cuando recen no hagan como los hipócritas que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que todos los vean. Tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos y tu Padre, que ve los secretos, te premiará. Al orar no multipliquen las palabras, como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo, porque, antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan” (6, 5-8).

Este texto me parece muy acorde con la situación que hoy vivimos. Nunca como ahora no hay otra alternativa para orar. No se puede ir al templo y no se puede participar de la Eucaristía. Pero confinados como estamos al encierro en nuestras propias casas, podemos entrar “en la habitación” y encontrarnos con el Dios de la vida. Y es que esto es realmente la oración. No es repetir muchas palabras, no es pedir que las situaciones cambien -como lo dice el mismo texto de Mateo- porque el Señor ya sabe lo que necesitamos y como le reafirma el salmo 139, el Señor conoce todos nuestros caminos, sabe cuándo nos sentamos y nos levantamos, conoce desde lejos lo que pensamos, conoce todos nuestros pasos.

Santa Teresa definía la oración como un “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” y también decía que la oración “no es pensar mucho sino amar mucho”. “Entrar en la habitación” es esta experiencia de estar las 24 horas en el mismo lugar y saber que no puedes salir; es mirar hacia la calle y ver tan poca gente; es extrañar el ruido de la ciudad y sentir que hay demasiado silencio; es hablar con la gente, pero darse cuenta de que no se puede planear ningún encuentro presencial; en otras palabras, es tomar conciencia de este momento presente y vivirlo con el Señor. A su lado y de su mano contemplar lo que ahora es posible hacer y esperar que todo esto pase. No hacen falta muchas palabras, solo estar con “Él”, confiando que jamás se va de nuestro lado.

sábado, 21 de marzo de 2020


Y ¿dónde está Dios en estos tiempos de coronavirus?


En poco tiempo el mundo cambió de rumbo. Lo que creíamos imposible, sucedió. El ritmo acelerado de la vida, la falta de tiempo para tantas cosas, las prisas y la aglomeración cada vez mayor, se detuvieron. Y ahora, en muchos países, estamos experimentando la cuarentena en casa. ¿Qué pensar en esta situación? Creo que es una experiencia que nos confronta con la limitación humana. Somos creaturas vulnerables y limitadas. Aunque el progreso y el dinero parecen abrirnos todas las puertas y hacernos creer que lo dominamos todo, la misma realidad se encarga de recordarnos que el “misterio” de la vida y de la muerte, siempre nos desborda y no podemos agarrarlo en nuestras manos y determinar completamente el presente y menos el futuro. 

Y ¿dónde está Dios mientras pasa todo esto? Es la pregunta que nos hacemos siempre que topamos con momentos límite y algunos aprovechan para interpretar esa realidad como un “castigo divino”. Ya escuché a un clérigo decir que Dios nos estaba castigando porque la gente no estaba celebrando las Semana Santa, sino que se iba a pasear. Por supuesto, esto es falso, aunque bastante gente se lo cree y más todavía cuando se nos invita a hacer oraciones casi tipo exorcismos como “espantando” ese mal que ahora nos ha caído encima.

En realidad, Dios está acompañando este momento y acompañándonos a cada uno/a para que asumamos esta realidad y salgamos adelante. Él muere con cada víctima del contagio, se cura con todos los que se han podido recuperar, tiene miedo con todos los que están llenos de temor a contagiarse, sufre con las consecuencias que trae esta situación, especialmente, a nivel económico, para los más pobres. Pero ¿acaso Dios no tiene poder para librarnos de este mal definitivamente? Una vez más podemos constatar cómo es el Dios del reino, anunciado por Jesús: no es un Dios de poder que cambia por arte de magia las cosas, sino es el Dios encarnado en esta humanidad que cuenta con cada uno/a de sus hijos e hijas para llevar adelante la historia humana. Para salir de la pandemia necesitamos del esfuerzo humano a nivel de la ciencia para detener el virus y producir una vacuna y necesitamos de la generosidad de todas las personas para sobrellevar esta dificultad y vencerla. Así lo ha dispuesto Dios en su manera de crear este mundo y confía que sepamos hacerlo. 

Muchas cosas podemos aprender de esta situación, pero es necesario estar atentos a lo que pasa y aprender de ello. Entre muchas, nombremos algunas que se me ocurren ahora.
Que importante es que se destinen recursos para la salud, para la investigación, para la ciencia. Pero ya sabemos de las trabas que ponen los gobiernos para disponer de esos recursos. Como no dan ganancias económicas, no se les presta el debido interés. Que importante es también, crecer en generosidad y en eso de que “nadie pase necesidad”. En situaciones como estas es que se verá que tanto somos capaces de compartir. Los gobiernos lanzan algunas medidas para aliviar los pagos, los créditos y dar alguna bonificación a los que se sabe no tendrán ingresos económicos. Pero hay mucho que no se alivia con estos recursos y cada persona debería ver donde hay necesidad, para salir al paso. Por supuesto quienes tienen salario fijo son los que pueden hacer esto. Todos aquellos que viven del día a día y los que tienen negocios son los más afectados. A todos ellos hemos de buscar cómo ayudarlos y, exigir, por supuesto, que los gobiernos dispongan recursos para ello, aunque las reservas del país disminuyan. Aquí podríamos invocar aquella parábola del rico insensato (Lc 12, 16-21) que tuvo una abundante cosecha y en lugar de pensar en repartirla, se puso a construir graneros para almacenarla para sí. ¡Rico insensato! Dice el evangelio y así se podrá decir de todos aquellos gobiernos que no decretaron rápidamente la cuarentena porque solo pensaban en que no se detuviera la producción de riqueza para acumular más y más y en todos los que ahora se encierran en su pequeño mundo y no quedan atentos a las necesidades de sus semejantes. 

Pero mirándolo desde el punto de vista cristiano, además de contrastar la imagen de Dios que tenemos -como lo señalamos arriba-, esta realidad nos confronta con esa mentalidad de algunos cristianos que ponen toda su vivencia de fe en los sacramentos, en el “cumplimiento estricto” de las normas litúrgicas, en las fiestas religiosas, en el clérigo, etc. En Colombia algunos cristianos protestaron porque se había dado la directriz de recibir la comunión en la mano. Ahora ya no es solo esa directriz, sino que no habrá celebración ni de eucaristías dominicales ni de Semana Santa. Ojalá que la circunstancia sirva para que abran las mentes y sobre todo los corazones y entiendan aquello de que el ser humano va antes que el cumplimento de la ley. 

Sin duda, no son tiempos fáciles porque el sentirnos confinados en casa desgasta, por mucho ánimo que pongamos. También porque las salidas que hacemos para comprar lo básico, van con el temor de ser contagiados y el otro parece más un peligro que un hermano. Pero tenemos la oportunidad de vivir todo desde la fe, no en el Dios mágico -que no es el Dios cristiano- pero si la fe en el Dios que encarnado en nuestra historia nos mueve a vivir -una vez más- una situación que nos sobrepasa, pero en la que -de la mano del Señor- saldremos adelante. La limitación humana no nos ahorrará sufrimiento, desconcierto y miedo, pero la fe nos fortalecerá para seguir adelante, superando todos los obstáculos. 

También es esperanzador comprobar que tanta gente que no tiene fe o no lo dice explícitamente, cuando se trata de comprometerse con la vida humana, lo hacen y ¡en qué medida! Todo el personal de la salud, pero también los jóvenes que en Europa y en China se han ofrecido a ayudar a las personas mayores o que han alegrado con sus músicas y símbolos estos días de soledad y encierro. No celebraremos litúrgicamente la Semana Santa, pero la estamos viviendo en este presente y cuando todo esto se controle y supere, llegará la Pascua de la vida, en la que podremos proclamar desde dentro: El Señor ha resucitado y, una vez más, Su vida en nuestra vida, ha ganado la partida.