viernes, 16 de junio de 2023

 

Pasar “haciendo el bien” como Jesús

Olga Consuelo Vélez

En general las personas persiguen ideales y sueñan con grandes realizaciones. Pero la vida se va encargando de mostrar que lo alcanzado no es tan glorioso como tal vez se soñaba y, además, muchas cosas no se pueden lograr por circunstancias externas no controlables por nosotros mismos. Algunas personas consiguen éxitos que parecían imposibles y otras, lamentablemente, se conforman con demasiado poco y no luchan lo suficiente por alcanzar sus metas. Esta es la diversidad de personas que somos; sin embargo, unas y otras, vivimos, sufrimos, gozamos, luchamos y esperamos mejores tiempos.

De Jesús en su vida histórica, el libro de Hechos nos lo describe como aquel que “pasó haciendo el bien” (10, 38). ¿Qué quisieron decir con esto? Jesús no tuvo éxitos, ni fortuna, ni glorias, pero fue una persona que hizo el bien. Parece que esto fue lo que sus contemporáneos resumieron de su vida con ellos. Esto no es poco. Es mucho porque en hacer el bien o el mal se juega nuestra propia felicidad y la de nuestro mundo. Por eso la invitación para los que intentamos seguirle no va por una perfección de determinada manera sino en esta línea de pasar por la vida haciendo el bien.

¿Cómo ser personas que pasen haciendo el bien? Mirando a Jesús encontramos al menos dos maneras de hacer este bien. La primera se refiere a su actuar con respecto a los excluidos de su tiempo, sea por su enfermedad, por su sexo, por el trabajo que ejercían, por su procedencia étnica, etc. Sus milagros no se refieren a actos extraordinarios para mostrar su poder, sino a los “signos del reino”, es decir, a la puesta en práctica del actuar de Dios que nunca excluye, que nunca castiga, que nunca va en contra de la dignidad del ser humano. Jesús cura a los enfermos porque les apartan de la comunidad, en nombre de la Ley ya que se les consideraba pecadores; habla con los extranjeros porque el reino va más allá de las fronteras de Israel; come con los pecadores porque ellos también están incluidos en la mesa del reino. Pero la segunda manera de practicar el bien es con sus actitudes frente a las instituciones religiosas de su tiempo -La Ley y el Templo- cuando estas oprimen a las personas, esclavizándolas con sus mandatos en lugar de ponerlas al servicio del ser humano. El gesto provocador de Jesús de curar en sábado -cuando podía haberlo hecho cualquier otro día- es un gesto profético para denunciar que eso va en contra del querer de Dios. Todas estas acciones buenas le complican la vida y Jesús se gana la muerte. Lo crucifican porque anuncia la buena noticia de la misericordia para todos y denuncia la tiranía de las instituciones cuando no están al servicio del ser humano.

A un actuar similar estamos llamados los cristianos. Si queremos, todos podemos pasar haciendo el bien. El bien siempre da gozo, paz al corazón, satisfacción personal, alegría serena. Y, en la medida que buscamos hacer el bien, logramos hacer un mundo mejor. Aunque nos asaltan las noticias sobre la maldad humana sobre otros seres humanos, la cotidianidad está también repleta de bien porque de lo contrario no podríamos vivir el día a día. El bien se manifiesta en tener otro día de vida. En la creación que sigue brindándonos sus dones como casa común en la que habitamos. Bien es la organización social -por precaria que sea- que nos permite desarrollar nuestras tareas diarias. Bien es el poder estar con otros en la calle, en el transporte, en los centros educativos, en las empresas y llevar adelante los oficios que ahí se desarrollan. Bien es poder descansar del trabajo realizado y recobrar fuerzas para comenzar un nuevo día.

Y mayor bien es cuando nos detenemos ante las necesidades de los otros y buscamos socorrerlas de alguna manera. Desde un pequeño gesto de ayuda en las cosas cotidianas hasta en la solución de problemas más complejos para los cuales desde un consejo, una ayuda material o un apoyo moral, son indispensables. Bien es también aprender a agradecer todo lo que recibimos y a no pedir más de lo que los demás pueden darnos. Un corazón agradecido disfruta verdaderamente de la vida, mientras que aquellos que solo exigen de los otros algo, van cosechando amarguras en su corazón cuando no reciben lo que esperan. En otras palabras, pasar haciendo el bien como lo hizo Jesús es orientar la vida hacia el servicio, la generosidad, la gratitud, la benevolencia, la misericordia, el perdón, la posibilidad de comenzar siempre de nuevo.

Pero también pasar haciendo el bien supone levantar la voz para denunciar lo que no permite la vida de los otros. Es vivir el profetismo al estilo de Jesús que denunció a las instituciones religiosas y sociales de su tiempo por poner cargas pesadas sobre las personas en lugar de ser signos de acogida y misericordia al estilo de Dios. Esta manera de hacer el bien es más difícil porque también despierta la persecución de los que son denunciados y no se está lejos de ser perseguido y asesinado. Eso pasa con tantos líderes sociales que, especialmente, en Colombia son asesinados a diario. Y pasa con tantos profetas cotidianos en la familia -al denunciar la violencia doméstica-, en las empresas al denunciar las malas condiciones y pocas garantías laborales, en las instituciones educativas al denunciar la mediocridad o el negocio que se forma alrededor de ellas; en las instituciones religiosas cuando se denuncia abusos, intereses económicos, manipulación de la fe sincera de las personas.

Por aquí va la propuesta de la vida cristiana. Algunos la limitan a lo sagrado llenando la vida de prácticas religiosas. Estas han de ser expresión del pasar haciendo el bien en la vida concreta. De lo contrario, son prácticas vacías que Dios aborrece. Tal vez nos ayude revisar cómo hacemos el bien en lo grande y lo pequeño, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo estructural. Posiblemente así nos vamos acercando más al Jesús a quien decimos amar y queremos seguir.

 

 

viernes, 9 de junio de 2023

 

Un lenguaje coherente con un testimonio eclesial creíble

Olga Consuelo Vélez

En estos tiempos se ha tomado conciencia de la importancia del lenguaje porque este no es neutro. El lenguaje crea realidad y modela nuestro mundo, nuestra vida. La fuerza del patriarcado ha estado también en el lenguaje masculino que lo sostiene. Por eso, una de las luchas actuales es por un lenguaje “inclusivo”, es decir, que incluya a las mujeres, las visibilice, normalizando que hablar en femenino es tan normal como hablar en masculino. Por poner un ejemplo, si en una sala hay pocas mujeres y muchos varones se dice “nosotros” y es aceptado tranquilamente pero cuando hay pocos varones y muchas mujeres y se dice “nosotras”, hay una sensación de que se ha ofendido a los pocos varones allí presentes, y se hace rápidamente la corrección: nosotras y nosotros.

Por eso, aunque a muchas personas les parece innecesaria esta reflexión sobre el lenguaje, en realidad, es imprescindible, también para derrocar al patriarcado y para acostumbrarnos a oír que hay “teólogas” (y no sólo teólogos), “presidentas” (y no solo presidentes), juezas (y no solo jueces) y así, sucesivamente, tantas profesiones y tantos espacios que son ejercidos por mujeres, pero que, al no nombrarlas, seguimos invisibilizando todo este mundo femenino, ya  presente en las esferas que tradicionalmente solo habían sido ocupadas por varones.

Sobre el lenguaje inclusivo se han escrito muchas cosas y no faltan los que, invocando a la Real Academia de la Lengua, se oponen a tal lenguaje porque creen que daña el idioma y que no hace falta. Parece que el idioma es propiedad de tal entidad y olvidan que el lenguaje es algo vivo que expresa la vida concreta y por eso cambia, como cambian las personas, los contextos, las situaciones.

Pero este aspecto del lenguaje inclusivo no es el único que vale la pena comentar. También es bueno revisar el lenguaje que se usa en los ámbitos eclesiales, preguntándonos si, realmente es el más adecuado. Cabe anotar que en la iglesia como, en la sociedad, existen protocolos que “obligan” a seguirlos, so pena de cometer faltas contra lo establecido y no ser bien visto. Ahora bien, todo protocolo es fruto de decisiones humanas que por circunstancias concretas se estableció para garantizar cierto orden y jerarquía, tal vez necesario para mantener las relaciones sociales. Sin embargo, mirándolo desde el punto de vista del testimonio, se pueden hacer preguntas legítimas. En verdad ¿es necesario usar títulos nobiliarios como excelencia, eminencia, santidad, monseñor, etc., para relacionarnos en los ámbitos eclesiales? ¿no sería más del evangelio dejar el uso de títulos nobiliarios para ámbitos civiles (aunque también sería bueno erradicarlos), pero no usarlos en los espacios eclesiales, donde se pretende vivir la igualdad fundamental de todos los bautizados? aquello de no ser servido sino servir, ¿puede entenderse con esa manera de nombrar a los ministros ordenados? Sinceramente cada vez resulta más contrario al evangelio seguir manteniendo dichos títulos, en estos tiempos donde la gente se aleja de la iglesia, por muchas causas, pero también por ese estilo tan clerical, clasista, elitista, que muchos clérigos exigen. No puede ser normal que la mamá de un jerarca ya no llame a su hijo por el nombre, una vez que es ordenado -como lo he visto en algunas diócesis- o que después de años de tratar a un seminarista por su nombre propio, haya que comenzar a usar dichos títulos, cuando recibe el ministerio ordenado, porque lo exige y se ofende si no se le llama de esa forma.

La iglesia no debería olvidar que el seguimiento de Jesús implica que “ya no hay que dejase llamar Rabbi, porque solo uno es el Maestro y todos son hermanos y hermanas; ni llamar a nadie Padre porque solo uno es el Padre, el del cielo (Mt 23, 8.9). Conviene, por lo menos, pensar todo esto, para que el lenguaje no traicione lo que se pretende testimoniar.

Siguiendo con esto del lenguaje en los ámbitos eclesiales, también hay otros títulos que se usan en la vida religiosa tales como, madre superiora, responsable, madre maestra, superior, reverenda madre o reverendo padre, etc., que también podrían revisarse. Hay comunidades que ya lo han hecho y se tratan con mucha naturalidad, pero todavía faltan muchas otras. Fuera de crear esas jerarquías entre quienes deberían ser hermanos y hermanas -comunidad de Jesús-, esos títulos oídos desde el ámbito civil resultan bastante llamativos. Pareciera que se le quita la autonomía que debería tener toda persona -incluidos los religiosos y religiosas- cuando invocan la voluntad de sus superiores para no poder tomar una determinada decisión en asuntos cotidianos o cuando incluso los invocan para justificar las decisiones sobre su vida en el futuro inmediato. Aunque se hacen esfuerzos en la vida religiosa por practicar el discernimiento y la llamada “obediencia responsable”, el lenguaje muestra, muchas veces, que las decisiones son de arriba para abajo y que el sujeto que las aplica se siente realmente mandado, dirigido, obligado.

En conclusión, como dijimos al principio, el lenguaje no es neutro y configura nuestra vida y nuestras instituciones. Si la Iglesia quiere dar testimonio de sinodalidad, de fraternidad/sororidad, de servicio y sencillez, no puede dejar de revisar su lenguaje, buscando que exprese mejor la coherencia con lo que ella aspira a ser.

 

jueves, 1 de junio de 2023

 

Género, violencia de género y compromiso eclesial

Olga Consuelo Vélez

El término género es una categoría de las ciencias sociales que además de expresar la identidad biológica de los seres humanos según sus órganos sexuales (varón o mujer), expresa la identidad cultural construida sobre los sexos biológicos. Esto último significa que a las mujeres se les han asignado culturalmente unos roles y a los varones otros. El problema es que los asignados a las mujeres han supuesto que ellas tengan un lugar subordinado -por eso se les negó, hasta hace relativamente poco, la ciudadanía, el estudio, el ejercer todas las profesiones, el ocupar puestos de responsabilidad, etc.; mientras que los roles asignados a los varones han permitido construir un mundo en modo masculino -a esto se le llama patriarcado- porque a ellos se les ha reservado la autoridad, la gestión, las profesiones más importantes y de hecho han conducido el mundo como jefes de gobierno en casi todos los países y lo siguen haciendo.

Además, por este papel subordinado que han tenido las mujeres, ellas han sido más propensas a sufrir violencia de todo tipo: física, psicológica, afectiva, sexual, social, cultural, económica, simbólica, religiosa. A esto se le llama “violencia de género” porque se ha ejercido contra ellas, debido a su género femenino. La violencia doméstica, por ejemplo, es fruto de la sociedad patriarcal, en la que al varón le hicieron creer que era dueño de la mujer y por eso tenía derecho a ejercer su autoridad sobre ella e incluso a golpearla si lo consideraba necesario. El caso extremo es el feminicidio, como lo ha tipificado la Ley, porque a muchas mujeres las asesinan no solo por la violencia generalizada, que se da también contra los varones, sino por el hecho de ellas ser mujeres.

Los movimientos feministas han posibilitado que a las mujeres se les reconozcan los derechos que se les habían negado y es, cada vez más evidente, que las sociedades patriarcales van cambiando. Esto ha permitido que ellas estén participando en condiciones de mayor igualdad, en casi todos los espacios, con los varones. Este cambio no solo ha sido positivo para las mujeres. Gracias a esto, los varones también han descubierto que pueden ser tiernos, serviciales, cuidadores – papeles que parecían eran solo de las mujeres – e inclusive, que el único papel sagrado no es el de ser “mamá”, sino que también ser “papá” es un don que ellos poseen y lo están ejerciendo con mucha ternura y responsabilidad. Actualmente no son pocos los varones que crían solos a sus hijos o que, al compartir la custodia con la mamá, se encargan de sus hijos con la misma responsabilidad y afecto que tradicionalmente se creía era solo cualidad femenina.

Pero estos cambios, aunque como lo acabamos de anotar, son positivos, también encuentran una resistencia “enorme”. No es nada fácil cambiar los roles culturales que constituyen a las personas desde su infancia y, por eso, no son pocas las mujeres, ni pocos los varones, ni pocos los clérigos que han “demonizado” la palabra “género” y la han identificado con una “ideología” y luchan vehementemente contra todo lo que tenga cualquier referencia a este término. Cabe anotar que además de lo anterior unen este término a la “diversidad sexual” – una realidad que es irreversible y que merecería una reflexión profunda y fundamentada para entenderla bien, antes de condenarla – y por eso se les hace más difícil todavía aceptar este término. Aquí no podemos entrar a explicar esa complejidad, pero basta con quedarnos con la reflexión que hemos hecho sobre los roles de género, para mostrar que la Iglesia no puede estar de espaldas a lo que ha supuesto una conquista de derechos para las mujeres y, por eso, no debería mezclar género con ideología, sin distinguir las cosas como hemos intentado hacerlo aquí, con otras posibles realidades que podrían ameritar esa identificación.

Es necesario que desde la institución eclesial y, los cristianos en general, acompañemos más estos cambios sociales y culturales porque significan un mundo menos patriarcal y más inclusivo, un mundo más justo con las mujeres, como Dios lo quiere.  El papa Francisco ha denunciado esta violencia que sufren las mujeres porque, aunque haya resistencias para acoger los cambios, es evidente que la violencia de género existe y no es posible que se pase de largo frente a ella. Desde los púlpitos, desde las catequesis, desde la liturgia, es necesario que se denuncie esa violencia y se invite a un compromiso decisivo frente a ella. Lamentablemente, a algún sector de la institución le parece irrelevante esta violencia de género y hasta proponen que no se hable de ella porque es suficiente con hablar de violencia en general. Esto resulta contrario a la praxis de Jesús que se detuvo ante cada uno de sus contemporáneos, entendió su situación y buscó remediarla. Para Jesús también fueron muy importantes las mujeres y supo defenderlas y devolverles su dignidad negada. Por eso, es coherente con la vida cristiana comprender a fondo lo qué significa la sociedad patriarcal y la violencia de género que esta produce para que forme parte de su compromiso de fe. Duele pensar que, a veces, la sociedad civil parece más comprometida con transformar esta realidad que las instancias eclesiales.

Es importante recordar que las mujeres siempre han sido mucho más asiduas a la participación eclesial que los varones, pero los tiempos cambian y las jóvenes se van alejando de la iglesia porque esta parece no comprender su realidad, ni apoyarla con todas las consecuencias. Sin embargo, se abren caminos y estamos a tiempo de recorrerlos. Ojalá que, en lugar de resistirse a los cambios, nos dispongamos a entenderlos y a secundarlos en todo lo que tienen de bueno. Eso haría más significativa la institución eclesial y es muy probable que las jóvenes vuelvan la mirada hacia ella y, tal vez, quieran formar parte de una Iglesia, verdaderamente comprometida con erradicar toda violencia y, especialmente, aquella que se ejerce por razón del género.  

 

viernes, 26 de mayo de 2023

 

Que venga el Espíritu de Dios y nos transforme

Olga Consuelo Vélez

La fiesta de Pentecostés nos convoca a renovar la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia.  ¡Y cuanta falta hace! Porque, aunque es verdad que las sociedades han cambiado y hay menos presencia de lo religioso, también es verdad que la gente sigue buscando experiencias que le den sentido a su vida, que les permitan encontrar nuevos horizontes. Pero no parece que la institución eclesial supiera responder a estas nuevas búsquedas. ¿Será que no deja que aflore al Espíritu? Veamos algunos textos bíblicos que pueden ayudarnos a ver si de esa manera actúa el Espíritu en la vida eclesial.

El Espíritu de Dios “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Entonces, ¿por qué tanto temor a lo nuevo? La historia muestra que la Iglesia casi siempre llega tarde a los cambios. Se resiste una y otra vez a lo que la ciencia, la cultura, lo social o lo teológico postulan. Sobre todo, es muy llamativo que, teniendo una reflexión bíblica y teológica tan desarrollada, esta no se refleje en las predicaciones, en la liturgia, ni en las posturas de la Institución. Se mantiene, en algunas instancias, una teología más centrada en conceptos y dogmas que abierta al dinamismo de la historia, de la exégesis, de la hermenéutica, de lo existencial, del compromiso con lo social, como bien lo indica Vaticano II.

“Donde está el Espíritu, allí hay libertad” (2 Cor 3,17) y en la Iglesia hace falta ese espíritu de libertad que la haga ágil, transparente, sencilla, para dejar lo que se ha convertido en lastre o en irrelevante y acoger lo que puede decirle algo a la gente de hoy. Pero la institución eclesial muchas veces se apega a la letra de la ley convirtiéndola a ella en garante de fidelidad. Parece olvidar toda la praxis de Jesús frente a las instituciones religiosas de su tiempo, en la que mostró que estas han de estar al servicio del ser humano y no al contrario. Pero es más fácil justificarse con lo establecido que practicar la misericordia. Otras veces la institución eclesial vive apegada a sus estructuras, a sus obras, a sus campos de apostolado, sin permitirse pensar si no podrían ser de otra manera, si no deberían dejar algunas tareas -que  ya las atiende el estado o tantas personas del ámbito civil- y arriesgarse a comenzar de nuevo, ofertando con sencillez y en pobreza, el anuncio de la Buena Noticia del Reino.

 “Porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios impulsados por el Espíritu Santo” (2 Pe 1,21). Se nota mucho la falta de profecía en la institución eclesial. Su palabra se levanta para oponerse a lo que parece la ataca a ella, pero no para defender la vida de los pobres, la dignidad de todo ser humano, la justicia social, los derechos humanos. Su palabra en estos campos es muy tímida -si es que llega a pronunciarla-. Parece que ha de ser garante del status quo establecido -así sean gobiernos neoliberales, explotadores e injustos- porque tal vez con eso asegura su propio status, olvidando que su razón de ser no es para sí misma sino para estar del lado de los más necesitados. Invoca continuamente la “neutralidad”, cuando en este mundo es imposible ser neutral porque siempre se habla, se piensa, se decide desde un lugar. Y, precisamente por eso, Jesús escogió vivir desde el lado de los últimos y esto es lo que no debería olvidarse en la institución eclesial.

“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gal 5, 22-23). De todo esto la institución eclesial debería dar más testimonio para mostrar la vida del Espíritu en ella. Pero sus liturgias tantas veces son tristes, su paciencia y amabilidad no se nota demasiado en el trato diario, además porque los lugares eclesiásticos se han convertido en estructuras cerradas donde solo entra quien goza de algún privilegio, pero no el común de las gentes para quien, dichas estructuras, deberían estar a su servicio, ya que el pueblo de Dios son su razón de ser. Pero también la institución eclesial podría ser más humilde, no pretender imponer sus criterios a toda la sociedad sino ofrecerlos con sencillez y sin oposición. Posiblemente así sería más reconocida y aceptada.

Podríamos seguir recordando tantos textos bíblicos que nos hablan del Espíritu de Dios y su modo de actuar en el mundo. Pero basta decir que, la celebración eucarística de este domingo al conmemorar la venida del Espíritu sobre la comunidad eclesial es una magnifica ocasión de pedir nuevamente “que el espíritu sea derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5) para que todo aquello que Él nos regala se haga vida en cada uno y, sobre todo, en la institución eclesial, llamada a ser signo del Reino.  “Que riegue la tierra en sequía, sane el corazón enfermo, lave las manchas (demasiadas en este último tiempo sobre todo a raíz de la pederastia y la falta de transparencia) y de calor de vida en el hielo”. Que la luz del Espíritu pueda irradiarse sobre este mundo, no para condenarlo sino para alentarlo, acompañarlo, sanarlo, transformarlo.

domingo, 14 de mayo de 2023

 

¡Qué fácil es añorar las cebollas de Egipto!

Olga Consuelo Vélez

Hace nueve meses cuando ganó el actual gobierno manifesté mi beneplácito y mi confianza en sus propuestas. Hoy en día lo reafirmo porque me sigue entusiasmando la visión de país que se proyecta y los pasos que poco a poco se van dando. Pero últimamente crece la sensación -en gran parte alimentada por los medios de comunicación- de que vamos camino al fracaso y de que solo hay errores en lo que se va haciendo. Por eso quiero hacer algunos comentarios, no con la pretensión de hacer un análisis político del momento, sino desde el sentido común.

La actual situación me hace pensar en la experiencia de liberación del pueblo hebreo. Según relata el libro del Éxodo, Dios con mano poderosa hizo pasar a los israelitas el mar rojo, liberándolos de la esclavitud a la que los tenían sometidos los egipcios. Pero una vez comenzaron la travesía por el desierto, entraron los miedos y las añoranzas. El pueblo comenzó a decir: “¿Quién nos dará carne para comer? ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio, ahora tenemos el alma seca” (Núm 11, 4-6). Era tal la queja del pueblo que Moisés le reclama a Dios porque no sabe de dónde va a sacar carne para alimentarlo y siente que esa situación es demasiado pesada para él (Núm 11, 10-15).

Lo que me interesa subrayar de esa comparación con el pueblo de Israel, es la experiencia de miedo ante cualquier propuesta transformadora que se presenta. Con seguridad, las reformas que se proponen no son las mejores y contarán con muchas falencias. Sin embargo, son un intento de buscar la justicia social. Pero hay demasiadas resistencias. Por poner un ejemplo, me asombra escuchar cómo tantas personas se quejan por el mal servicio que reciben de las prestadoras de salud y que no consiguen citas con los especialistas, ni les dan las medicinas más especializadas, pero ante la propuesta de acabar con ellas, salen a defenderlas cómo si fueran suyas o fueran la única posibilidad de ofrecer un servicio de salud. O, ante la reforma laboral, que busca garantizar una remuneración justa para los trabajadores, nos asustan con que se acabarán muchos empleos porque los empresarios no van a pagar ese salario. Es decir, hemos de contentarnos con un salario injusto para que se creen puestos de trabajo. Son lógicas bastante extrañas, pero funcionan perfectamente en gran parte de la población y así se convierten en esas fuerzas resistentes ante cualquier cambio.

Creo que este gobierno desde el primer día se puso en camino con las promesas hechas en campaña y no es de extrañar que lleguen las experiencias de desierto. No hay que olvidar que son muchos los problemas que tenemos en nuestro país y demasiados los frentes que se tienen que atender. El conflicto armado, la delincuencia, el narcotráfico, la injusticia social, no llegó con este gobierno. Todos estos problemas los arrastramos hace mucho y es normal que cada vez quieran ganar más terreno. De ahí que la tarea sea tan ardua. Ni este gobierno, ni ningún otro, lograra cambiar las cosas de un momento para otro. Pero este gobierno tiene una desventaja: se alimentan continuamente los imaginarios de que todo lo está haciendo mal. Y aunque la prensa se queja de que el presidente les quiere quitar la libertad de expresión, basta leer los titulares para entender que las noticias que presentan tienen el sesgo de lo que falta -y muchas veces aumentado-, y no de lo alcanzado. La oposición al gobierno no es principalmente por el contenido mismo de las reformas, sino por ese ánimo perverso de que le vaya mal, porque no logran soportar que un cambio venga de las clases populares, de un exguerrillero, de una mujer negra y pobre, en definitiva, del corazón del pueblo al que siempre han manipulado.

Que bien haría a la llamada oposición y a tanta gente del común que se adhiere a esa perspectiva, volver sobre las palabras de Francisco, cuando se refiere al contexto sociopolítico. Por lo menos podrían entender algo de los profundos cambios que se necesitan. Por ejemplo, en su primera exhortación, Evangelii Gaudium, refiriéndose a la realidad económica afirma las falacias de las políticas del libre mercado: “algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’ que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por si mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”. (n. 54). O en la Encíclica Fratelli Tutti, refiriéndose a la propiedad privada, dice: “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada (…) El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica” (n. 120).

En definitiva, ¡Qué fácil es añorar las cebollas de Egipto! Esto es lo que está pasando en varios países que giran a la ultraderecha, cuando sus gobiernos progresistas inician reformas. No sería raro que pasara eso también en este país. Pero vale la pena seguir apoyando los cambios todo lo que se pueda. Habrá que reconocer errores, desaciertos y equivocaciones. Pero también se podrán abrir caminos que tarde o temprano darán buenos frutos. Esta es la esperanza que acompaña mi perspectiva de país y no quiero dejar de alimentarla.

 

viernes, 7 de abril de 2023

 

Vigilia Pascual: alegría, anuncio, compromiso

Olga Consuelo Vélez

La Vigilia Pascual es el momento de mayor solemnidad y de mayor significado en la vida cristiana. En una confesión de fe, condensamos aquello que nos convoca y que estamos dispuestos a testimoniar. Con palabras del Apóstol Pedro, según Hechos de los Apóstoles, afirmamos que “a este Jesús, Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos” (2, 32). También con palabras de Pablo, hacemos esta misma confesión de fe, mostrando las consecuencias de que Cristo no hubiera resucitado: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe (1 Cor 15, 14). Es decir, proclamamos que la muerte no fue la vencedora y la resurrección, ratificó la praxis de Jesús, mostrándonos que hacer lo que Jesús hizo, permite la vida, posibilita la vida, asegura la vida.

En efecto, cuando como Jesús nos disponemos a amar a todos sin condiciones, ni medidas, se hace más fácil la convivencia, la aceptación mutua, el respeto. Cuando como Jesús nos disponemos a fijarnos en los últimos, en los que más sufren por diversas realidades, nuestra vida se llena de proyectos a realizar, buscando transformar la injusticia en la justicia del reino. Cuando como Jesús no buscamos el poder, ni el prestigio, la vida se vuelve ágil y libre, sin temor a perder nada. Cuando como Jesús levantamos la voz para denunciar lo que debía ser de otra manera, se va entendido el proyecto del reino y todo se va enfocando hacia hacerlo posible. Simplemente, cuando intentamos vivir como Jesús vivió, amar como él lo hizo, servir como él nos enseñó, los signos de resurrección se hacen más claros, más fuertes, más ciertos.

Ahora bien, no significa que todo será fácil y fluirá sin ningún tropiezo. Por el contrario, muchas veces las dificultades llegan más rápido de lo que esperamos. Buscando amar, encontramos malentendidos. Buscando servir, encontramos desaires. Buscando aportar, encontramos poco reconocimiento. Y así podríamos enumerar tantas situaciones que no logramos cambiar. Sin embargo, esto es lo que nos permite entender que el misterio pascual no quedó ya vivido en esta semana santa, sino que constituye la dinámica del día a día. La muerte y la vida van de la mano, la dificultad y la solución se van sucediendo, la bondad y el servicio se tropiezan con la realidad humana que no siempre responde a lo esperado. Pero en esa situación es que la confesión de fe en Cristo resucitado nos sostiene una y otra vez, permitiéndonos mantener la esperanza, la fortaleza, la confianza.

Que el pregón pascual nos llene de alegría y nos lance a la misión de compartir la buena noticia del reino, pero con los pies en la tierra -como lo he descrito antes- porque, aunque abundan los obstáculos, hay mucha tarea por hacer, muchos caminos por estrenar, mucha esperanza por mantener. De la misma manera que los discípulos de Jesús se pusieron en camino, superando sus miedos y convocando a otros, el pregón pascual nos recuerda que hoy la posta -como en una carrera de relevos- está en nuestras manos y dependerá de nuestro empeño en que avance mucho más.

¡Si! La Vigilia Pascual enciende el corazón y renueva las fuerzas porque el Espíritu de Jesús Resucitado se hace presente en nuestras vidas y nos lanza hacia adelante. Secundemos su impulso para que un mundo con muchos signos de resurrección se haga posible en el aquí y ahora de nuestra historia a todos los niveles: es posible cuidar de nuestra “casa común”, es posible amar más y mejor a los pobres, es posible hacer una política que privilegie el bien común por encima de los intereses individuales, es posible construir un mundo donde haya lugar para todos, es posible un mundo más cercano a lo que Dios ha soñado desde siempre para la humanidad y, por supuesto, es posible una Iglesia que dejando sus lujos y privilegios, su clericalismo y exclusión de los laicos -y entre ellos las mujeres-, su doble moral y su lentitud para denunciar los abusos de todo tipo, se arriesgue a ser una iglesia de puertas abiertas, una iglesia servidora, una iglesia misericordiosa, una iglesia donde el “caminar juntos” sea la práctica cotidiana. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado y nuevamente en esta pascua del 2023, lo creemos y lo anunciamos.

 

jueves, 6 de abril de 2023

 

En este Viernes Santo: ¿qué cruces podríamos erradicar?

Olga Consuelo Vélez

El viernes santo se dedica a confrontarnos con el hecho más escalofriante que ha realizado la humanidad: al mismo Hijo de Dios, los seres humanos lo crucificaron: sin piedad, sin justicia, sin causas suficientes, sin posibilidad de apelación. Se puede aducir que quienes lo crucificaron no sabían que era el Hijo de Dios. Es verdad en sentido estricto, pero toda la vida de Jesús había sido un anuncio de quien es Dios, quién es el ser humano para Él, cuál es la realización de la humanidad, de qué forma vivir, amar, rezar, gozar, para ser felices. Pero los contemporáneos de Jesús no lograron, no quisieron o no pudieron entenderle y decidieron asesinarlo. Lo mismo se sigue repitiendo a lo largo de la historia de la humanidad. La Buena Noticia del reino continua anunciándose a través de tantas personas que de alguna manera son la presencia de Cristo hoy en medio de nuestro mundo -personas amorosas, transparentes, serviciales, libres, comprometidas, misericordiosas, justas, líderes y lideresas sociales, “santos de la puerta de al lado”, pero seguimos dejándolas de lado y, muchas veces, asesinando tantos brotes de bien y bondad que surgen en nuestro mundo.

Por lo tanto, sería bueno preguntarnos qué tanto nuestra vida no sigue crucificando a Jesús en este presente y qué podríamos hacer para no quedarnos contemplando el hecho, tal vez sintiendo compasión por esa historia de dolor, posiblemente agradeciendo que Él “haya muerto por nuestros pecados” -como lo repite insistentemente la liturgia de hoy- pero sin una determinación de no ser cómplices de más cruces, denunciándolas y poniendo todo lo que está de nuestra parte para que no se sigan dando.

Cada uno sabrá qué cruces podría confrontar e intentar erradicar. Pero se podrían nombrar algunas que son evidentes y que no acabamos de afrontar.

Es una cruz actual este sistema neoliberal que mete en nuestra mente la lógica del más consumir, del más ganar, del más producir, del más controlar, del más poder. Un sistema que no permite reformas que favorezcan a los más pobres porque es mejor que ellos vivan de migajas a que las ganancias disminuyan. Lo dijo el papa Francisco claramente en su primera exhortación: “En este contexto, algunos todavía defien­den las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mis­mo mayor equidad e inclusión social en el mun­do. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e in­genua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sos­tener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia “(Evangelii Gaudium n. 54).

Es una cruz actual el patriarcado y el clericalismo -que en una combinación perversa- siguen modelando este mundo en masculino donde la mujer no logra garantizar una vida libre de violencias. Sea en casa, en el trabajo, en la política, en la economía, en la Iglesia, lo femenino ocupa un segundo lugar y vive bajo la sospecha de no alcanzar el nivel adecuado para erigirse en igualdad con lo masculino. Por supuesto hay muchos avances gracias a la insistencia de muchas mujeres valientes y lúcidas, pero sigue siendo un movimiento social mirado con sospecha, con temor, con desprecio, incluso por las mismas mujeres.

Es una cruz actual el racismo y toda clase de exclusión por razón de etnia, de condición social, de nivel de estudios, de títulos honoríficos, de orientación sexual, de opción religiosa, es decir, es una cruz actual el que no se ha instalado en la sociedad ni en la iglesia que la pluralidad existe y no se puede vivir ya más en sociedades hegemónicas. Aquella ética de mínimos es necesaria para lograr convivir en las diferencias, sin que eso niegue la ética de máximos que en contextos concretos se quiera vivir, pero sin ninguna imposición universal.

Es una cruz actual la explotación que vive nuestra “casa común” y a la que le seguimos dando largas para tomar medidas correctivas. Basta ver las resistencias que se dan en el mundo entero para implementar políticas que cambien la lógica de la explotación por la del cuidado del mundo que habitamos.

Es una cruz actual la suerte de los migrantes, condenados a ser expulsados de todos lados o a vivir en los bordes, recibiendo migajas porque solo son bienvenidos los que tienen poder, honor y riqueza. Un mundo en el que no deberían existir fronteras porque la tierra es la casa de todos pero que sigue condenado a ver reforzadas las leyes migratorias y a tener cada vez más pánico de viajar porque cualquiera puede ser impedido de entrar por la simple razón de provenir de un país de segunda, tercera o cuarta categoría.

Es una cruz actual una cotidianidad que no puede vivir con naturalidad, sin consumismo, favoreciendo el encuentro, la alegría, el servicio, el cuidado, la amabilidad, porque el ritmo de vida casi siempre es de prisas, de desconfianza hacia los otros, sin detenernos a mirar lo bueno que tiene toda persona y la riqueza que puede comunicarnos.

En conclusión, en la liturgia de hoy se hablará del dolor del mundo, se recordarán muchas situaciones difíciles que vivimos, se traerán a la memoria muchas situaciones inhumanas, pero para que no se quede entre los muros de las iglesias, conviene hacerse preguntas similares a lo que aquí propongo. Qué tanto me decido a contrarrestar las cruces de este mundo y hasta dónde llega mi compromiso con esas urgencias. Si no logramos implicarnos personalmente, habremos vivido un viernes santo más, como meros espectadores, una vez más como el pueblo indiferente de tiempos de Jesús, que no supo exigir su liberación o su indulto, porque lo inmediato les impidió ver lo esencial, lo único que importa: la dignidad del ser humano y su derecho, como lo formulan los pueblos ancestrales, a tener “un buen vivir”, donde nadie sea excluido y la vida se garantice para todos, todas y todes, comenzando con los últimos de este tiempo presente.