viernes, 26 de mayo de 2023

 

Que venga el Espíritu de Dios y nos transforme

Olga Consuelo Vélez

La fiesta de Pentecostés nos convoca a renovar la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia.  ¡Y cuanta falta hace! Porque, aunque es verdad que las sociedades han cambiado y hay menos presencia de lo religioso, también es verdad que la gente sigue buscando experiencias que le den sentido a su vida, que les permitan encontrar nuevos horizontes. Pero no parece que la institución eclesial supiera responder a estas nuevas búsquedas. ¿Será que no deja que aflore al Espíritu? Veamos algunos textos bíblicos que pueden ayudarnos a ver si de esa manera actúa el Espíritu en la vida eclesial.

El Espíritu de Dios “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Entonces, ¿por qué tanto temor a lo nuevo? La historia muestra que la Iglesia casi siempre llega tarde a los cambios. Se resiste una y otra vez a lo que la ciencia, la cultura, lo social o lo teológico postulan. Sobre todo, es muy llamativo que, teniendo una reflexión bíblica y teológica tan desarrollada, esta no se refleje en las predicaciones, en la liturgia, ni en las posturas de la Institución. Se mantiene, en algunas instancias, una teología más centrada en conceptos y dogmas que abierta al dinamismo de la historia, de la exégesis, de la hermenéutica, de lo existencial, del compromiso con lo social, como bien lo indica Vaticano II.

“Donde está el Espíritu, allí hay libertad” (2 Cor 3,17) y en la Iglesia hace falta ese espíritu de libertad que la haga ágil, transparente, sencilla, para dejar lo que se ha convertido en lastre o en irrelevante y acoger lo que puede decirle algo a la gente de hoy. Pero la institución eclesial muchas veces se apega a la letra de la ley convirtiéndola a ella en garante de fidelidad. Parece olvidar toda la praxis de Jesús frente a las instituciones religiosas de su tiempo, en la que mostró que estas han de estar al servicio del ser humano y no al contrario. Pero es más fácil justificarse con lo establecido que practicar la misericordia. Otras veces la institución eclesial vive apegada a sus estructuras, a sus obras, a sus campos de apostolado, sin permitirse pensar si no podrían ser de otra manera, si no deberían dejar algunas tareas -que  ya las atiende el estado o tantas personas del ámbito civil- y arriesgarse a comenzar de nuevo, ofertando con sencillez y en pobreza, el anuncio de la Buena Noticia del Reino.

 “Porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios impulsados por el Espíritu Santo” (2 Pe 1,21). Se nota mucho la falta de profecía en la institución eclesial. Su palabra se levanta para oponerse a lo que parece la ataca a ella, pero no para defender la vida de los pobres, la dignidad de todo ser humano, la justicia social, los derechos humanos. Su palabra en estos campos es muy tímida -si es que llega a pronunciarla-. Parece que ha de ser garante del status quo establecido -así sean gobiernos neoliberales, explotadores e injustos- porque tal vez con eso asegura su propio status, olvidando que su razón de ser no es para sí misma sino para estar del lado de los más necesitados. Invoca continuamente la “neutralidad”, cuando en este mundo es imposible ser neutral porque siempre se habla, se piensa, se decide desde un lugar. Y, precisamente por eso, Jesús escogió vivir desde el lado de los últimos y esto es lo que no debería olvidarse en la institución eclesial.

“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gal 5, 22-23). De todo esto la institución eclesial debería dar más testimonio para mostrar la vida del Espíritu en ella. Pero sus liturgias tantas veces son tristes, su paciencia y amabilidad no se nota demasiado en el trato diario, además porque los lugares eclesiásticos se han convertido en estructuras cerradas donde solo entra quien goza de algún privilegio, pero no el común de las gentes para quien, dichas estructuras, deberían estar a su servicio, ya que el pueblo de Dios son su razón de ser. Pero también la institución eclesial podría ser más humilde, no pretender imponer sus criterios a toda la sociedad sino ofrecerlos con sencillez y sin oposición. Posiblemente así sería más reconocida y aceptada.

Podríamos seguir recordando tantos textos bíblicos que nos hablan del Espíritu de Dios y su modo de actuar en el mundo. Pero basta decir que, la celebración eucarística de este domingo al conmemorar la venida del Espíritu sobre la comunidad eclesial es una magnifica ocasión de pedir nuevamente “que el espíritu sea derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5) para que todo aquello que Él nos regala se haga vida en cada uno y, sobre todo, en la institución eclesial, llamada a ser signo del Reino.  “Que riegue la tierra en sequía, sane el corazón enfermo, lave las manchas (demasiadas en este último tiempo sobre todo a raíz de la pederastia y la falta de transparencia) y de calor de vida en el hielo”. Que la luz del Espíritu pueda irradiarse sobre este mundo, no para condenarlo sino para alentarlo, acompañarlo, sanarlo, transformarlo.

domingo, 14 de mayo de 2023

 

¡Qué fácil es añorar las cebollas de Egipto!

Olga Consuelo Vélez

Hace nueve meses cuando ganó el actual gobierno manifesté mi beneplácito y mi confianza en sus propuestas. Hoy en día lo reafirmo porque me sigue entusiasmando la visión de país que se proyecta y los pasos que poco a poco se van dando. Pero últimamente crece la sensación -en gran parte alimentada por los medios de comunicación- de que vamos camino al fracaso y de que solo hay errores en lo que se va haciendo. Por eso quiero hacer algunos comentarios, no con la pretensión de hacer un análisis político del momento, sino desde el sentido común.

La actual situación me hace pensar en la experiencia de liberación del pueblo hebreo. Según relata el libro del Éxodo, Dios con mano poderosa hizo pasar a los israelitas el mar rojo, liberándolos de la esclavitud a la que los tenían sometidos los egipcios. Pero una vez comenzaron la travesía por el desierto, entraron los miedos y las añoranzas. El pueblo comenzó a decir: “¿Quién nos dará carne para comer? ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio, ahora tenemos el alma seca” (Núm 11, 4-6). Era tal la queja del pueblo que Moisés le reclama a Dios porque no sabe de dónde va a sacar carne para alimentarlo y siente que esa situación es demasiado pesada para él (Núm 11, 10-15).

Lo que me interesa subrayar de esa comparación con el pueblo de Israel, es la experiencia de miedo ante cualquier propuesta transformadora que se presenta. Con seguridad, las reformas que se proponen no son las mejores y contarán con muchas falencias. Sin embargo, son un intento de buscar la justicia social. Pero hay demasiadas resistencias. Por poner un ejemplo, me asombra escuchar cómo tantas personas se quejan por el mal servicio que reciben de las prestadoras de salud y que no consiguen citas con los especialistas, ni les dan las medicinas más especializadas, pero ante la propuesta de acabar con ellas, salen a defenderlas cómo si fueran suyas o fueran la única posibilidad de ofrecer un servicio de salud. O, ante la reforma laboral, que busca garantizar una remuneración justa para los trabajadores, nos asustan con que se acabarán muchos empleos porque los empresarios no van a pagar ese salario. Es decir, hemos de contentarnos con un salario injusto para que se creen puestos de trabajo. Son lógicas bastante extrañas, pero funcionan perfectamente en gran parte de la población y así se convierten en esas fuerzas resistentes ante cualquier cambio.

Creo que este gobierno desde el primer día se puso en camino con las promesas hechas en campaña y no es de extrañar que lleguen las experiencias de desierto. No hay que olvidar que son muchos los problemas que tenemos en nuestro país y demasiados los frentes que se tienen que atender. El conflicto armado, la delincuencia, el narcotráfico, la injusticia social, no llegó con este gobierno. Todos estos problemas los arrastramos hace mucho y es normal que cada vez quieran ganar más terreno. De ahí que la tarea sea tan ardua. Ni este gobierno, ni ningún otro, lograra cambiar las cosas de un momento para otro. Pero este gobierno tiene una desventaja: se alimentan continuamente los imaginarios de que todo lo está haciendo mal. Y aunque la prensa se queja de que el presidente les quiere quitar la libertad de expresión, basta leer los titulares para entender que las noticias que presentan tienen el sesgo de lo que falta -y muchas veces aumentado-, y no de lo alcanzado. La oposición al gobierno no es principalmente por el contenido mismo de las reformas, sino por ese ánimo perverso de que le vaya mal, porque no logran soportar que un cambio venga de las clases populares, de un exguerrillero, de una mujer negra y pobre, en definitiva, del corazón del pueblo al que siempre han manipulado.

Que bien haría a la llamada oposición y a tanta gente del común que se adhiere a esa perspectiva, volver sobre las palabras de Francisco, cuando se refiere al contexto sociopolítico. Por lo menos podrían entender algo de los profundos cambios que se necesitan. Por ejemplo, en su primera exhortación, Evangelii Gaudium, refiriéndose a la realidad económica afirma las falacias de las políticas del libre mercado: “algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’ que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por si mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”. (n. 54). O en la Encíclica Fratelli Tutti, refiriéndose a la propiedad privada, dice: “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada (…) El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica” (n. 120).

En definitiva, ¡Qué fácil es añorar las cebollas de Egipto! Esto es lo que está pasando en varios países que giran a la ultraderecha, cuando sus gobiernos progresistas inician reformas. No sería raro que pasara eso también en este país. Pero vale la pena seguir apoyando los cambios todo lo que se pueda. Habrá que reconocer errores, desaciertos y equivocaciones. Pero también se podrán abrir caminos que tarde o temprano darán buenos frutos. Esta es la esperanza que acompaña mi perspectiva de país y no quiero dejar de alimentarla.

 

viernes, 7 de abril de 2023

 

Vigilia Pascual: alegría, anuncio, compromiso

Olga Consuelo Vélez

La Vigilia Pascual es el momento de mayor solemnidad y de mayor significado en la vida cristiana. En una confesión de fe, condensamos aquello que nos convoca y que estamos dispuestos a testimoniar. Con palabras del Apóstol Pedro, según Hechos de los Apóstoles, afirmamos que “a este Jesús, Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos” (2, 32). También con palabras de Pablo, hacemos esta misma confesión de fe, mostrando las consecuencias de que Cristo no hubiera resucitado: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe (1 Cor 15, 14). Es decir, proclamamos que la muerte no fue la vencedora y la resurrección, ratificó la praxis de Jesús, mostrándonos que hacer lo que Jesús hizo, permite la vida, posibilita la vida, asegura la vida.

En efecto, cuando como Jesús nos disponemos a amar a todos sin condiciones, ni medidas, se hace más fácil la convivencia, la aceptación mutua, el respeto. Cuando como Jesús nos disponemos a fijarnos en los últimos, en los que más sufren por diversas realidades, nuestra vida se llena de proyectos a realizar, buscando transformar la injusticia en la justicia del reino. Cuando como Jesús no buscamos el poder, ni el prestigio, la vida se vuelve ágil y libre, sin temor a perder nada. Cuando como Jesús levantamos la voz para denunciar lo que debía ser de otra manera, se va entendido el proyecto del reino y todo se va enfocando hacia hacerlo posible. Simplemente, cuando intentamos vivir como Jesús vivió, amar como él lo hizo, servir como él nos enseñó, los signos de resurrección se hacen más claros, más fuertes, más ciertos.

Ahora bien, no significa que todo será fácil y fluirá sin ningún tropiezo. Por el contrario, muchas veces las dificultades llegan más rápido de lo que esperamos. Buscando amar, encontramos malentendidos. Buscando servir, encontramos desaires. Buscando aportar, encontramos poco reconocimiento. Y así podríamos enumerar tantas situaciones que no logramos cambiar. Sin embargo, esto es lo que nos permite entender que el misterio pascual no quedó ya vivido en esta semana santa, sino que constituye la dinámica del día a día. La muerte y la vida van de la mano, la dificultad y la solución se van sucediendo, la bondad y el servicio se tropiezan con la realidad humana que no siempre responde a lo esperado. Pero en esa situación es que la confesión de fe en Cristo resucitado nos sostiene una y otra vez, permitiéndonos mantener la esperanza, la fortaleza, la confianza.

Que el pregón pascual nos llene de alegría y nos lance a la misión de compartir la buena noticia del reino, pero con los pies en la tierra -como lo he descrito antes- porque, aunque abundan los obstáculos, hay mucha tarea por hacer, muchos caminos por estrenar, mucha esperanza por mantener. De la misma manera que los discípulos de Jesús se pusieron en camino, superando sus miedos y convocando a otros, el pregón pascual nos recuerda que hoy la posta -como en una carrera de relevos- está en nuestras manos y dependerá de nuestro empeño en que avance mucho más.

¡Si! La Vigilia Pascual enciende el corazón y renueva las fuerzas porque el Espíritu de Jesús Resucitado se hace presente en nuestras vidas y nos lanza hacia adelante. Secundemos su impulso para que un mundo con muchos signos de resurrección se haga posible en el aquí y ahora de nuestra historia a todos los niveles: es posible cuidar de nuestra “casa común”, es posible amar más y mejor a los pobres, es posible hacer una política que privilegie el bien común por encima de los intereses individuales, es posible construir un mundo donde haya lugar para todos, es posible un mundo más cercano a lo que Dios ha soñado desde siempre para la humanidad y, por supuesto, es posible una Iglesia que dejando sus lujos y privilegios, su clericalismo y exclusión de los laicos -y entre ellos las mujeres-, su doble moral y su lentitud para denunciar los abusos de todo tipo, se arriesgue a ser una iglesia de puertas abiertas, una iglesia servidora, una iglesia misericordiosa, una iglesia donde el “caminar juntos” sea la práctica cotidiana. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado y nuevamente en esta pascua del 2023, lo creemos y lo anunciamos.

 

jueves, 6 de abril de 2023

 

En este Viernes Santo: ¿qué cruces podríamos erradicar?

Olga Consuelo Vélez

El viernes santo se dedica a confrontarnos con el hecho más escalofriante que ha realizado la humanidad: al mismo Hijo de Dios, los seres humanos lo crucificaron: sin piedad, sin justicia, sin causas suficientes, sin posibilidad de apelación. Se puede aducir que quienes lo crucificaron no sabían que era el Hijo de Dios. Es verdad en sentido estricto, pero toda la vida de Jesús había sido un anuncio de quien es Dios, quién es el ser humano para Él, cuál es la realización de la humanidad, de qué forma vivir, amar, rezar, gozar, para ser felices. Pero los contemporáneos de Jesús no lograron, no quisieron o no pudieron entenderle y decidieron asesinarlo. Lo mismo se sigue repitiendo a lo largo de la historia de la humanidad. La Buena Noticia del reino continua anunciándose a través de tantas personas que de alguna manera son la presencia de Cristo hoy en medio de nuestro mundo -personas amorosas, transparentes, serviciales, libres, comprometidas, misericordiosas, justas, líderes y lideresas sociales, “santos de la puerta de al lado”, pero seguimos dejándolas de lado y, muchas veces, asesinando tantos brotes de bien y bondad que surgen en nuestro mundo.

Por lo tanto, sería bueno preguntarnos qué tanto nuestra vida no sigue crucificando a Jesús en este presente y qué podríamos hacer para no quedarnos contemplando el hecho, tal vez sintiendo compasión por esa historia de dolor, posiblemente agradeciendo que Él “haya muerto por nuestros pecados” -como lo repite insistentemente la liturgia de hoy- pero sin una determinación de no ser cómplices de más cruces, denunciándolas y poniendo todo lo que está de nuestra parte para que no se sigan dando.

Cada uno sabrá qué cruces podría confrontar e intentar erradicar. Pero se podrían nombrar algunas que son evidentes y que no acabamos de afrontar.

Es una cruz actual este sistema neoliberal que mete en nuestra mente la lógica del más consumir, del más ganar, del más producir, del más controlar, del más poder. Un sistema que no permite reformas que favorezcan a los más pobres porque es mejor que ellos vivan de migajas a que las ganancias disminuyan. Lo dijo el papa Francisco claramente en su primera exhortación: “En este contexto, algunos todavía defien­den las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mis­mo mayor equidad e inclusión social en el mun­do. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e in­genua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sos­tener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia “(Evangelii Gaudium n. 54).

Es una cruz actual el patriarcado y el clericalismo -que en una combinación perversa- siguen modelando este mundo en masculino donde la mujer no logra garantizar una vida libre de violencias. Sea en casa, en el trabajo, en la política, en la economía, en la Iglesia, lo femenino ocupa un segundo lugar y vive bajo la sospecha de no alcanzar el nivel adecuado para erigirse en igualdad con lo masculino. Por supuesto hay muchos avances gracias a la insistencia de muchas mujeres valientes y lúcidas, pero sigue siendo un movimiento social mirado con sospecha, con temor, con desprecio, incluso por las mismas mujeres.

Es una cruz actual el racismo y toda clase de exclusión por razón de etnia, de condición social, de nivel de estudios, de títulos honoríficos, de orientación sexual, de opción religiosa, es decir, es una cruz actual el que no se ha instalado en la sociedad ni en la iglesia que la pluralidad existe y no se puede vivir ya más en sociedades hegemónicas. Aquella ética de mínimos es necesaria para lograr convivir en las diferencias, sin que eso niegue la ética de máximos que en contextos concretos se quiera vivir, pero sin ninguna imposición universal.

Es una cruz actual la explotación que vive nuestra “casa común” y a la que le seguimos dando largas para tomar medidas correctivas. Basta ver las resistencias que se dan en el mundo entero para implementar políticas que cambien la lógica de la explotación por la del cuidado del mundo que habitamos.

Es una cruz actual la suerte de los migrantes, condenados a ser expulsados de todos lados o a vivir en los bordes, recibiendo migajas porque solo son bienvenidos los que tienen poder, honor y riqueza. Un mundo en el que no deberían existir fronteras porque la tierra es la casa de todos pero que sigue condenado a ver reforzadas las leyes migratorias y a tener cada vez más pánico de viajar porque cualquiera puede ser impedido de entrar por la simple razón de provenir de un país de segunda, tercera o cuarta categoría.

Es una cruz actual una cotidianidad que no puede vivir con naturalidad, sin consumismo, favoreciendo el encuentro, la alegría, el servicio, el cuidado, la amabilidad, porque el ritmo de vida casi siempre es de prisas, de desconfianza hacia los otros, sin detenernos a mirar lo bueno que tiene toda persona y la riqueza que puede comunicarnos.

En conclusión, en la liturgia de hoy se hablará del dolor del mundo, se recordarán muchas situaciones difíciles que vivimos, se traerán a la memoria muchas situaciones inhumanas, pero para que no se quede entre los muros de las iglesias, conviene hacerse preguntas similares a lo que aquí propongo. Qué tanto me decido a contrarrestar las cruces de este mundo y hasta dónde llega mi compromiso con esas urgencias. Si no logramos implicarnos personalmente, habremos vivido un viernes santo más, como meros espectadores, una vez más como el pueblo indiferente de tiempos de Jesús, que no supo exigir su liberación o su indulto, porque lo inmediato les impidió ver lo esencial, lo único que importa: la dignidad del ser humano y su derecho, como lo formulan los pueblos ancestrales, a tener “un buen vivir”, donde nadie sea excluido y la vida se garantice para todos, todas y todes, comenzando con los últimos de este tiempo presente.

 

miércoles, 5 de abril de 2023

 

En este Jueves Santo: ¿A quiénes podríamos lavar los pies?

Olga Consuelo Vélez

Comenzamos el Triduo Pascual y el evangelio de Juan (13, 1-15) nos coloca en el centro de esta celebración: el amor entendido como servicio, como igualdad, como reciprocidad, como sencillez, como ponerse en el lugar de los últimos. Hay que tener cuidado que la liturgia de estos días -tan llena de símbolos, lecturas, inciensos y solemnidad- no opaque lo único importante de la vida cristiana -el amor-, razón por la cual Jesús da la vida y llega a este momento crucial.

En efecto, Jesús en su vida histórica no se distinguió por mucha liturgia (o mejor por ninguna), nos invitó a la oración de esa manera sencilla con el Dios Padre/Madre de todos –“cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto” (Mt 6, 6), pero sobre todo nos mostró que el reino consiste en el amor real, concreto, situado, encarnado en cada momento presente. Por eso, esta podría ser una pregunta que ayudara a nuestra vivencia de fe en este día: ¿a quién lavaría los pies Jesús en este momento histórico? ¿a quiénes deberíamos lavárselos nosotros hoy? No es tanto el gesto externo sino la actitud interior de acogida a los otros, poniéndonos en su lugar.

En Colombia, por ejemplo, sería bueno lavar los pies a tantas personas excluidas por el racismo que sigue tan vivo en todos los ambientes. Nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestros pensamientos, develan muchas veces ese racismo introyectado por la cultura y que se manifiesta de muchas maneras en nuestra cotidianidad. Revisar si la poca valoración hacia el otro o inclusive el desprecio, no tiene entre, otras causas, su color de piel o la etnia a la que pertenece.

Sería bueno lavar los pies a tantas personas excluidas por ser migrantes pobres (porque como dice Adela Cortina, los migrantes ricos no causan ningún problema) y a los que fácilmente podemos culpar de la inseguridad en nuestras calles o explotarlos con menor pago aprovechando su condición de ilegal. Tendríamos que repetir, una y otra vez, lo que el código de la alianza proponía a los israelitas: “No maltratarás al forastero, ni lo oprimirás, porque ustedes también fueron forasteros en la tierra de Egipto” (Ex 22, 21).

Sería bueno lavar los pies de tantas mujeres víctimas de la violencia de género a las que se les ha aconsejado que sigan callando para, supuestamente, “salvar a la familia”. Todo lo que atenta contra la dignidad de una persona no puede ser justificado, ni tolerado. Y falta demasiado para entender el sistema patriarcal que nos ha constituido tan profundamente, para la denuncia contundente frente a toda violencia, por pequeña que parezca.

Sería bueno lavar los pies de la multitud de pobres de la sociedad que no gozan de un trabajo digno, un sistema de salud que garantice su vida, un sistema pensional que los pueda cobijar hasta el final de los días, y tantos otros derechos como vivienda, alimentación, educación, recreación, etc., del que deberían disfrutar todos plenamente y no solo recibiendo “algunas migajas” con la excusa de que darles más es poner el sistema económico en aprietos porque no se podrá sostener. Si los que reciben la mayoría de ganancia repartieran efectivamente sus abundantes riquezas, no habría temores.

Sería bueno lavar los pies de tantas víctimas de la violencia que en este país siguen pidiendo la paz, sin sed de venganza. Aprender de ellos para no cansarnos de intentar construir la paz, no con la fuerza de la guerra -que solo engendra más guerra-, sino con la mediación humana por excelencia: el diálogo, el respeto, la paciencia, la comprensión, la disponibilidad para soltar algo, la capacidad de valorar los pasos dados por pequeños que parezcan.

Y así podríamos seguir enumerando a quienes sería bueno hoy lavar los pies, dependiendo cada cual del contexto en que vive y de las situaciones que le parezcan más pertinentes. Pero lo que quería señalar es que de nada servirá ir a la liturgia del jueves santo y quedar tranquilos porque en algunas celebraciones lavarán los pies de laicos, mujeres, niños, etc., (en otras esto no se hará porque les parece que no es litúrgicamente “correcto”) sin implicar toda nuestra vida en esta celebración. Recordemos que Dios no quiere el culto vacío que se contenta con repetir gestos y palabras, sino la justicia y el derecho y, en este jueves santo, la disposición efectiva de lavar los pies de los últimos de nuestro tiempo presente. Solo así, los frutos de este primer día del triduo pascual podrán tener la coherencia que Jesús mismo les dijo a los discípulos: “Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”.

miércoles, 29 de marzo de 2023

 

Conocer más la vida de Jesús para vivir mejor el Misterio Pascual

Olga Consuelo Vélez

Semana Santa siempre se ha considerado un tiempo fuerte de vivencia de la fe, participación litúrgica y compromiso cristiano. No ha de ser menos este año en que, controlada la pandemia, ya no existe restricción para la presencialidad plena. Sin embargo, estas condiciones externas no garantizan que la vivencia de esta Semana Mayor se realice con la intensidad que debería tener. Por eso, reflexionar sobre el significado de los momentos centrales de estos días, puede ayudarnos a profundizar en su significado.

La Semana Santa no podemos vivirla independiente de la predicación del Reino de Dios hecha por Jesús y de las acciones proféticas de su vida pública. Si no hacemos esta conexión, nos encontramos conmemorando un asesinato -el de Jesús- sin saber los motivos de tal atrocidad y lo que, en realidad, significa para nosotros. Lamentablemente esta conexión, muchas veces, no se hace. En la catequesis comúnmente se explica que Judas traicionó a Jesús, las autoridades romanas le dieron muerte, de esa manera Él nos salvó de nuestros pecados -perdonando a sus verdugos- y con su resurrección nos abrió la puerta para la resurrección que esperamos. Pero esa historia no implica mucho nuestra vida, solo despierta sentimientos de dolor y compasión por todo el sufrimiento que tuvo Jesús y sentimientos de alegría porque, al final, Jesús venció la muerte.

Por el contrario, cuando nos preguntamos por las causas del asesinato de Jesús y nos remitimos a su vida pública, podemos entender mejor lo que significa ser cristiano. Jesús predicó el reino de Dios para todas las personas. Sus curaciones y encuentros con los que se consideraban excluidos en su tiempo -mujeres, publicanos, niños, extranjeros, enfermos, etc., hacían presente el reino que anunciaba, mostrando con sus hechos que la visión de Dios sobre la humanidad es de total inclusión, sin aceptar ninguna razón para dejar a alguien al margen. Además, Jesús enseñó, con sus curaciones en sábado, que la Ley debe estar al servicio de las personas y no al contrario. Pero esto último es bien difícil que se ponga en práctica. Hay demasiado rigorismo moral y muy poca misericordia. Precisamente, la misericordia, es la actitud fundamental del Dios predicado por Jesús. El padre misericordioso de la parábola -que tanto se medita en este tiempo- no pone ninguna condición para acoger al Hijo, no le exige absolutamente nada y solo hace fiesta por su regreso. Pero, muchas veces, cuando se predica esta parábola se hace énfasis en que el hijo se arrepintió y no en la misericordia absoluta de nuestro Dios. Y casi no se explica que la parábola estaba dirigida para el hijo mayor, quien representa a los escribas y fariseos, los cuales no se alegran con la bondad del Padre de la parábola (Lc 15, 11-32). La predicación de Jesús, de un Dios que es amor y solo amor, le lleva a ganarse la persecución de los “maestros de la ley” y de los “sacerdotes del templo”, aquellos que creían conocer a Dios y no aceptaban que Jesús les mostrara, con sus hechos, que el Dios del reino no es a la medida de los criterios de la justicia humana -ojo por ojo, diente por diente- sino de la bondad infinita de Dios.

El Jueves Santo, Jesús se reúne con los suyos para decirles -una vez más- cómo es el Dios Padre/Madre que Él predica. Por eso les lava los pies y se pone como servidor de todos (Jn 13, 1-13). Pero sus discípulos no acaban de entender y el viernes santo huyen porque no quieren correr la suerte del Maestro. Así es como Jesús se enfrenta a la muerte, incomprendido hasta por los suyos, pero manteniendo su fidelidad a su misión. Él no vino a cumplir un plan determinado por Dios para salvarnos sino a mostrarnos cómo es Dios y cómo nosotros podemos ser ese “otro Cristo” -como diría San Pablo (Flp 3, 7-11), viviendo la comunión con Él en este presente y, esperando la plenitud definitiva, en la eternidad.

Jesús es ajusticiado y los poderosos de su tiempo se sienten satisfechos de haber podido eliminar a quien les incomodaba. Pero la vida triunfa sobre la muerte y ese es el anuncio que las mujeres valientes y fuertes que van el sábado al sepulcro, comunican a los discípulos, los cuales están temerosos y convencidos del fracaso de Jesús. Por eso no creen en las palabras de María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás que estaban con ellas (Lc 24, 9-11) (También no creen por el hecho de ser mujeres). Sin embargo, poco a poco la vida sigue imponiéndose sobre la muerte y por la fuerza del Espíritu de Jesús esas primeras mujeres y varones testigos de la resurrección de Jesús, continúan transmitiendo su experiencia de fe y así, de generación en generación, ha llegado hasta nosotros la Buena Noticia del pregón pascual porque, efectivamente, a Jesús Nazareno, al que mataron los que se creían guardianes de la Ley, “Dios lo resucitó” (Hc 2, 22-24).

Sería necesario profundizar más en la vida de Jesús y en el significado de esta para nuestro presente buscando que la liturgia de estos días no se quede en el rito y en la solemnidad, sino que este cargada de la vida concreta que llevamos entre manos. De esta manera, el misterio pascual no será un recuerdo del pasado sino la actitud presente para asumir la realidad, confiados en que nuestra fidelidad al proyecto del reino, hará posible los frutos del Misterio Pascual: la paz, la justicia, en otras palabras, un mundo capaz de defender la vida plena de todas las personas y en todas las situaciones.

viernes, 24 de marzo de 2023

 

Algunos comentarios sobre cómo va Colombia con el gobierno Petro

Olga Consuelo Vélez

El año pasado elegimos al presidente actual de Colombia, Gustavo Petro. Digo “elegimos” porque, en realidad, participé activamente en esas elecciones, estuve muy entusiasmada con el programa propuesto por este gobierno y recuerdo la posesión presidencial, también la de Francia Márquez, como vicepresidenta, como un hecho de alegría, de afirmación de una narrativa distinta a la que habíamos manejado hasta ahora en los gobiernos anteriores y como el comienzo de un nuevo momento para Colombia.

Pasados ya ocho meses de este gobierno, sigo entusiasmada con esta propuesta y, cada vez que puedo, escucho los discursos del presidente o de la vicepresidenta, porque me sigue gustando la visión de país que proponen y creo en la posibilidad de hacerlo realidad. Por supuesto, no tengo la suficiente competencia para hacer una evaluación de lo realizado en este tiempo y, con toda seguridad, muchas afirmaciones se podrán rebatir y hasta tendrán razón los que lo hagan. Pero quiero compartir lo que veo de este tiempo de gobierno y por qué sigo creyendo en sus propuestas.

Nunca había visto un gobierno que, acabando de posesionarse, comenzará a buscar caminos para hacer realidad sus propuestas. Me parece que ha habido diligencia, compromiso y decisión por llevar a cabo lo prometido. Pero tampoco había visto un gobierno que fuera tan perseguido, tan calumniado, tan enfrentado, tan atacado. Monseñor Darío Monsalve lo expresó muy bien hace pocos días: “Sí, es el Gobierno más frágil porque tiene a los organismos del Estado en contra de una forma impresionante. Eso no se había visto en la historia del país; una procuraduría y una fiscalía en su contra, tiene a unas fuerzas políticas poderosísimas con gran poder económico y a un andamiaje mediático en contra. Los colombianos tenemos que recurrir a los canales internaciones para conocer un poco más lo que pasa dentro del país porque ya no vemos sino una sola cara de la moneda”. En efecto, personalmente he dejado de ver los canales de televisión con más audiencia e incluso algunos programas de radio que han tenido prestigio, porque el periodismo que ejercen no es objetivo. Es contra el gobierno actual. Pareciera que los periodistas disfrutan de hablar mal del gobierno y no parecen tener otras noticias para desarrollar. Ahora bien, estos medios ahora dicen que se les está violando su libertad o se les quiere poner mordaza. Creo que no es eso, sino la razonable necesidad de decir que los titulares y las noticias que desarrollan solo buscan desacreditar al gobierno y que omiten demasiadas cosas que, en un periodismo honesto, deberían comunicarse para tener todos los elementos de la realidad ante los hechos que se van sucediendo.

Esto no significa que no quiera escuchar críticas a este gobierno, ni que no reconozca que es un gobierno tan “humano”, como todo lo que está formado por personas de “carne y hueso”. Seguramente más de una propuesta podría tener otras posibilidades que serían mejores. Con toda certeza, más de uno de los que participan del gobierno no responderá a la tarea confiada, no solo porque no sabrá hacerlo, sino también porque los intereses personales nublan los ideales nobles que dijeron apoyar. Por eso no hay que extrañarse de decepciones frente a nombramientos o de traiciones al proyecto trazado. Pero este gobierno va recomponiendo lo que no ha salido bien y, sobre todo, ha dado señales claras de que sí es capaz de dialogar y de lograr consensos.

No podemos esperar que las cosas cambien de un día para otro porque cualquier transformación social lleva demasiado tiempo. ¿Podrá iniciarse al menos el camino con este gobierno? Por mi parte se está haciendo el esfuerzo, pero como ya dijimos, las oposiciones son mucho más que los apoyos. Además, la presencia de este gobierno no significa que la violencia armada, la desigualdad social, el narcotráfico y tantos otros problemas que hemos vivido por décadas, desaparezcan de la noche a la mañana. Es muy posible que haya problemas que se agudicen más y responder a ellos no será fácil. Pero ninguno de estos problemas comenzó con este gobierno, pero ha de responder a ellos y no siempre podrá acertar como desearíamos.

Una de las propuestas que me parecen más importantes es la de la “Paz total”. Estamos tan acostumbrados a ser un país con tanta violencia que preferimos seguir en ella que buscar caminos para construir la paz. No parece que hubiéramos aprendido nada de tantas décadas de querer vencer a los enemigos por la fuerza, sin conseguirlo, porque muchos siguen pidiendo que sigamos en esa misma lógica y no se busquen caminos de diálogo, de acuerdos, de reconciliación. Estos valores tan inherentes a la vida cristiana, parece que son defendidos por un gobierno que no ostenta una filiación eclesial y no por el pueblo colombiano que se declara creyente y que, todavía hoy, constituye un número representativo de la población. Precisamente en la visita que los Obispos colombianos están haciendo al Papa en estos días, Francisco les dijo que había que apoyar la paz “venga de donde venga”. Es verdad que la iglesia institucional está apoyando la paz-hay dos obispos en los diálogos con la guerrilla del ELN- pero hay un grueso del pueblo de Dios que parece alegrarse con los tropiezos que este proyecto va teniendo y no apoya para nada los avances. ¡Extraña fe que no apuesta por la paz!

En conclusión, sigo creyendo que los caminos trazados por este gobierno van en sintonía con la fe que profeso porque buscan cambios estructurales que garanticen los derechos de todos -y no solo de una minoría privilegiada- y lo veo trabajando en ello. No me extraña ni un poquito que haya tanta oposición. Me incomodan muchísimo los medios de comunicación que instalan en el imaginario social tanta cizaña frente a este gobierno. Me duelen los creyentes que, no logran reconocer lo bueno que este gobierno está tratando de realizar y se empeñan en destruirlo para seguir “con más de lo mismo”: gobiernos que solo defienden los derechos de los poderosos y justifican muy hábilmente la situación de pobreza estructural que tienen que vivir la mayoría.

No es un apoyo ciego a un gobierno sino un apoyo razonable al primer gobierno que me habla de defender a los pobres, buscando cómo garantizar sus derechos, cómo poner a la persona por encima del lucro, cómo tener una mirada integral con la creación, proponiendo detener su explotación irracional, un gobierno que apuesta por la paz, en definitiva, un gobierno capaz de recordarme que es posible soñar con una Colombia donde la vida, la justicia y la paz sean posibles. Seguimos manteniendo la esperanza de que “vivir sabroso” puede ser posible.