lunes, 23 de marzo de 2020


En cuarentena… orar de verdad y como a Dios le agrada





Un texto del evangelio de Mateo nos habla de las actitudes propias para este tiempo de cuaresma: el ayuno, la limosna y la oración. En los tres casos Jesús nos invita a no hacerlo para ser vistos por los demás porque lo único que interesa es que Dios nos vea. En concreto sobre la oración, Jesús dice: “Cuando recen no hagan como los hipócritas que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que todos los vean. Tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos y tu Padre, que ve los secretos, te premiará. Al orar no multipliquen las palabras, como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo, porque, antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan” (6, 5-8).

Este texto me parece muy acorde con la situación que hoy vivimos. Nunca como ahora no hay otra alternativa para orar. No se puede ir al templo y no se puede participar de la Eucaristía. Pero confinados como estamos al encierro en nuestras propias casas, podemos entrar “en la habitación” y encontrarnos con el Dios de la vida. Y es que esto es realmente la oración. No es repetir muchas palabras, no es pedir que las situaciones cambien -como lo dice el mismo texto de Mateo- porque el Señor ya sabe lo que necesitamos y como le reafirma el salmo 139, el Señor conoce todos nuestros caminos, sabe cuándo nos sentamos y nos levantamos, conoce desde lejos lo que pensamos, conoce todos nuestros pasos.

Santa Teresa definía la oración como un “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” y también decía que la oración “no es pensar mucho sino amar mucho”. “Entrar en la habitación” es esta experiencia de estar las 24 horas en el mismo lugar y saber que no puedes salir; es mirar hacia la calle y ver tan poca gente; es extrañar el ruido de la ciudad y sentir que hay demasiado silencio; es hablar con la gente, pero darse cuenta de que no se puede planear ningún encuentro presencial; en otras palabras, es tomar conciencia de este momento presente y vivirlo con el Señor. A su lado y de su mano contemplar lo que ahora es posible hacer y esperar que todo esto pase. No hacen falta muchas palabras, solo estar con “Él”, confiando que jamás se va de nuestro lado.

sábado, 21 de marzo de 2020


Y ¿dónde está Dios en estos tiempos de coronavirus?


En poco tiempo el mundo cambió de rumbo. Lo que creíamos imposible, sucedió. El ritmo acelerado de la vida, la falta de tiempo para tantas cosas, las prisas y la aglomeración cada vez mayor, se detuvieron. Y ahora, en muchos países, estamos experimentando la cuarentena en casa. ¿Qué pensar en esta situación? Creo que es una experiencia que nos confronta con la limitación humana. Somos creaturas vulnerables y limitadas. Aunque el progreso y el dinero parecen abrirnos todas las puertas y hacernos creer que lo dominamos todo, la misma realidad se encarga de recordarnos que el “misterio” de la vida y de la muerte, siempre nos desborda y no podemos agarrarlo en nuestras manos y determinar completamente el presente y menos el futuro. 

Y ¿dónde está Dios mientras pasa todo esto? Es la pregunta que nos hacemos siempre que topamos con momentos límite y algunos aprovechan para interpretar esa realidad como un “castigo divino”. Ya escuché a un clérigo decir que Dios nos estaba castigando porque la gente no estaba celebrando las Semana Santa, sino que se iba a pasear. Por supuesto, esto es falso, aunque bastante gente se lo cree y más todavía cuando se nos invita a hacer oraciones casi tipo exorcismos como “espantando” ese mal que ahora nos ha caído encima.

En realidad, Dios está acompañando este momento y acompañándonos a cada uno/a para que asumamos esta realidad y salgamos adelante. Él muere con cada víctima del contagio, se cura con todos los que se han podido recuperar, tiene miedo con todos los que están llenos de temor a contagiarse, sufre con las consecuencias que trae esta situación, especialmente, a nivel económico, para los más pobres. Pero ¿acaso Dios no tiene poder para librarnos de este mal definitivamente? Una vez más podemos constatar cómo es el Dios del reino, anunciado por Jesús: no es un Dios de poder que cambia por arte de magia las cosas, sino es el Dios encarnado en esta humanidad que cuenta con cada uno/a de sus hijos e hijas para llevar adelante la historia humana. Para salir de la pandemia necesitamos del esfuerzo humano a nivel de la ciencia para detener el virus y producir una vacuna y necesitamos de la generosidad de todas las personas para sobrellevar esta dificultad y vencerla. Así lo ha dispuesto Dios en su manera de crear este mundo y confía que sepamos hacerlo. 

Muchas cosas podemos aprender de esta situación, pero es necesario estar atentos a lo que pasa y aprender de ello. Entre muchas, nombremos algunas que se me ocurren ahora.
Que importante es que se destinen recursos para la salud, para la investigación, para la ciencia. Pero ya sabemos de las trabas que ponen los gobiernos para disponer de esos recursos. Como no dan ganancias económicas, no se les presta el debido interés. Que importante es también, crecer en generosidad y en eso de que “nadie pase necesidad”. En situaciones como estas es que se verá que tanto somos capaces de compartir. Los gobiernos lanzan algunas medidas para aliviar los pagos, los créditos y dar alguna bonificación a los que se sabe no tendrán ingresos económicos. Pero hay mucho que no se alivia con estos recursos y cada persona debería ver donde hay necesidad, para salir al paso. Por supuesto quienes tienen salario fijo son los que pueden hacer esto. Todos aquellos que viven del día a día y los que tienen negocios son los más afectados. A todos ellos hemos de buscar cómo ayudarlos y, exigir, por supuesto, que los gobiernos dispongan recursos para ello, aunque las reservas del país disminuyan. Aquí podríamos invocar aquella parábola del rico insensato (Lc 12, 16-21) que tuvo una abundante cosecha y en lugar de pensar en repartirla, se puso a construir graneros para almacenarla para sí. ¡Rico insensato! Dice el evangelio y así se podrá decir de todos aquellos gobiernos que no decretaron rápidamente la cuarentena porque solo pensaban en que no se detuviera la producción de riqueza para acumular más y más y en todos los que ahora se encierran en su pequeño mundo y no quedan atentos a las necesidades de sus semejantes. 

Pero mirándolo desde el punto de vista cristiano, además de contrastar la imagen de Dios que tenemos -como lo señalamos arriba-, esta realidad nos confronta con esa mentalidad de algunos cristianos que ponen toda su vivencia de fe en los sacramentos, en el “cumplimiento estricto” de las normas litúrgicas, en las fiestas religiosas, en el clérigo, etc. En Colombia algunos cristianos protestaron porque se había dado la directriz de recibir la comunión en la mano. Ahora ya no es solo esa directriz, sino que no habrá celebración ni de eucaristías dominicales ni de Semana Santa. Ojalá que la circunstancia sirva para que abran las mentes y sobre todo los corazones y entiendan aquello de que el ser humano va antes que el cumplimento de la ley. 

Sin duda, no son tiempos fáciles porque el sentirnos confinados en casa desgasta, por mucho ánimo que pongamos. También porque las salidas que hacemos para comprar lo básico, van con el temor de ser contagiados y el otro parece más un peligro que un hermano. Pero tenemos la oportunidad de vivir todo desde la fe, no en el Dios mágico -que no es el Dios cristiano- pero si la fe en el Dios que encarnado en nuestra historia nos mueve a vivir -una vez más- una situación que nos sobrepasa, pero en la que -de la mano del Señor- saldremos adelante. La limitación humana no nos ahorrará sufrimiento, desconcierto y miedo, pero la fe nos fortalecerá para seguir adelante, superando todos los obstáculos. 

También es esperanzador comprobar que tanta gente que no tiene fe o no lo dice explícitamente, cuando se trata de comprometerse con la vida humana, lo hacen y ¡en qué medida! Todo el personal de la salud, pero también los jóvenes que en Europa y en China se han ofrecido a ayudar a las personas mayores o que han alegrado con sus músicas y símbolos estos días de soledad y encierro. No celebraremos litúrgicamente la Semana Santa, pero la estamos viviendo en este presente y cuando todo esto se controle y supere, llegará la Pascua de la vida, en la que podremos proclamar desde dentro: El Señor ha resucitado y, una vez más, Su vida en nuestra vida, ha ganado la partida.

viernes, 13 de marzo de 2020


Algunas reflexiones a propósito del 8 de marzo



Pasó el 8 de marzo, “Día Internacional de la mujer”, pero no pasó la situación de las mujeres en busca de sus derechos. Las marchas fueron nutridas en muchos países como, por ejemplo, en España, México, Chile, Argentina, Colombia. Los medios informativos no les dieron mucha relevancia. Pareciera que no hay una voluntad política de apoyar estas demandas. Lo que transmitieron y repitieron varias veces, fue un video en que se veía a un grupo de encapuchadas rompiendo vidrios, atacando monumentos y haciendo destrozos en ciudad de México. Por supuesto que no estoy de acuerdo con la violencia, pero conviene reflexionar más esos hechos. En realidad, casi ningún cambio se ha conseguido por las buenas. Hay que gritar “muy alto” para ser escuchado. Además, hay muchas maneras de enfocar las demandas y, para algunas, esta es una vía. No las justifico, pero respeto su visión y me hacen seguir trabajando a favor de las mujeres, para que dejen de existir los motivos que las llevan a ese tipo de manifestaciones.

Otro aspecto que parece coaptar las marchas de las mujeres en la mayoría de los países, es la petición de la legalización del aborto en todos los casos. Hay que partir aclarando que la mayoría de las mujeres no están a favor del aborto, sino de la despenalización. Eso ya pone el diálogo a otro nivel. Y, aunque no estoy a favor del aborto, cuando veo los mensajes con la que algunos católicos “no dialogan” sino que “atacan” esas demandas, no puedo menos que sentir que hay una postura que no toma en serio la complejidad del asunto y el respeto por todas las personas. Al menos la frase “El aborto: Pena de muerte contra los inocentes”, no tiene en cuenta otra realidad que es muy dura: la violencia ejercida contra tantas mujeres -y la mayoría niñas- al ser violadas. Esa frase no permite entender el drama que también se ha cometido contra otra inocente, no hay cabida para ello en esas frases que siguen culpabilizando a las mujeres y les impiden asumir a fondo que pasa con la realidad que viven y cómo encontrar caminos para superar lo que les ha sucedido. Por supuesto este tema merece un largo y hondo debate, pero mientras no haya una postura de apertura, de respeto y de entender que cada vez se vive más en estados laicos, la palabra de la Iglesia en lugar de animar a defender la vida, parece que provoca más rechazo y radicalización de la postura contraria. 

Pero, lo que es más valioso de estas marchas es constatar que las mujeres siguen pidiendo sus derechos y cada vez con más fuerza, convicción y decisión. Porque en realidad sigue faltando mucho para que las cosas estén como deben estar. Precisamente una religiosa benedictina de Pensilvania (EEUU), Joan Chittister, escribió que a 25 años de la Conferencia de Beijing (1995) muchas de las demandas de esa conferencia permanecían “en espera”. Esta religiosa participó de ese evento y lo relata como una de las mejores experiencias de su vida. Pero, precisamente por haber sido testiga de ese momento tan importante para las mujeres donde pidieron con fuerza la igualdad, la visibilidad, la no exclusión y el empoderamiento al que tienen derecho, puede afirmar que, a veinte cinco años de ese acontecimiento, muy poco se ha conseguido. Y hace una distinción que bien vale la pena reflexionar. Ella diferencia feminismo de sexismo. Constata que el feminismo ha avanzado -leyes en muchos sentidos para favorecer la participación de las mujeres- pero lo que parece inamovible es el sexismo. Las puertas pueden estar abiertas pero los temores, rechazos, descalificaciones, exigencias, etc., para las mujeres continúan. 

Y eso fue lo que constate el propio 8 de marzo en mi conversación con algunas mujeres. Me decían que ya era hora que las mujeres acabaran con las marchas. Que no debían quejarse más. Que ya se les había dado mucho. Y alertaban que ahora las víctimas eran los “varones” porque las mujeres los demandaban por cualquier cosa y ellos no lograban defenderse. Aunque fue un pequeño grupo el que opinaba esto, en realidad, muchas mujeres todavía viven sin ninguna conciencia sobre el sexismo que ellas mismas sufren a diario. Están acomodadas a vivir en la rutina del día a día -lógicamente con más derechos que sus abuelas por las conquistas realizadas en estos años a nivel legal- pero sin darse cuenta del sexismo vigente en la sociedad, incluida la violencia física que ellas naturalizan o disimulan y retrasan así, con sus comentarios, actitudes, valoraciones y acciones esta lucha tan difícil y compleja como es “reconocer y entender” la sociedad patriarcal en la que vivimos y la violencia tan grande, brutal, inhumana y absurda que por siglos han vivido las mujeres. 

Definitivamente, los cambios se logran gracias a “pocas” personas que entienden lo qué realmente pasa y lo dan todo por esa causa. Esas personas se ganan, muchas veces, el desprecio o la crítica del común de las gentes que no quieren ir más allá. Pero esas mujeres que marchan, piensan, exigen, actúan, convocan, reflexionan, interpelan son, en verdad, personas audaces, profetas, valientes que abren caminos de transformación y, poco a poco, hacen posible un mundo más humano que garantice la dignidad y vida para todas y todos. Mi admiración y agradecimiento a esas “muchas mujeres” pero a la vez “pocas” (si se mira la proporción) que salieron a marchar y que siguen en el día a día luchando desde el feminismo para que el sexismo sea erradicado de la faz de la tierra.


miércoles, 4 de marzo de 2020


¿Conmemorar otra vez el 8 de marzo?






Llega otro 8 de marzo, “Día internacional de la mujer”, y no conviene pasar desapercibida esta conmemoración -aunque algunos y algunas crean que ya no hay que hablar más de esa realidad- porque -se dice- las mujeres ya tienen todo lo que necesitan y seguir con esas demandas es “cansar a la sociedad y a la iglesia” y convertirse en esos estereotipos de mujeres que se rechazan porque pierden la llamada “feminidad”.

Pero no parece razonable callar o quitar dicha conmemoración del calendario por muchas causas. En primer lugar, todavía muchas personas no se enteran de que “el día internacional de la mujer” no es una celebración, sino un día para mantener viva la memoria de que unas trabajadoras textileras de New York, en 1908, fueron capaces de reclamar condiciones justas de trabajo, costándoles la vida a 146 de ellas, ya que los dueños de la fábrica lanzaron bombas incendiarias, para reprimir sus peticiones. Se conmemora el valor de esas mujeres, que abrió el camino para seguir pidiendo que la mujer goce de todos sus derechos en la sociedad y en la iglesia y no sufra ningún atropello, por el hecho de ser mujer. Antes de estas mujeres ya muchas otras habían levantado su voz, con consecuencias de represión para la mayoría de ellas, pero es este hecho el que sirvió para establecer y conmemorar un día internacional de la mujer. 

En segundo lugar, la violencia física y psicológica contra la mujer continúa. Se pensaría que la preparación académica o la condición socioeconómica de las mujeres hoy, no permitiría que se siguiera dando ese fenómeno, al menos en estas capas de la sociedad. Pero no es así. Sigue vigente el crecido número de mujeres que son violentadas y la incapacidad de estas para levantar su voz y cortar con esa situación. Además, la sociedad patriarcal en la que viven, las cobija para que callen, para que acepten que, en cierto sentido es normal que suceda. Se escucha a veces decir que “te golpea porque te quiere” o “tú llegarás a cambiarlo algún día”. Además, no hay todavía la suficiente sanción social para los varones maltratadores. Ellos siguen gozando de privilegios, prestigio, estima, por parte de sus círculos familiares y laborales. Por otra parte, en los ambientes más pobres, tampoco ha parado la violencia. Los golpes contra las mujeres continúan y, en todos los estratos sociales, el peligro del feminicidio está a la vuelta de la esquina. 

En tercer lugar, aún los varones no caen en cuenta de que no es a ellos a los que se les ataca sino a la sociedad patriarcal en la que han sido educados. Pero que ellos y ellas han de tomar conciencia de esa realidad y disponerse a cambiar esa cultura de muerte. En verdad, la sociedad patriarcal es una cultura de muerte, tanto física como psicológica. ¿Cuántas mujeres siguen “soportando” un matrimonio por condiciones económicas en desventaja y por “culpas introyectadas” de que no pueden separarse porque serían ellas las responsables de que se acabe la familia y los hijos queden sin padre? ¿Qué clase de padre? Sería una pregunta legítima para estos casos.

En cuarto lugar, es evidente que todavía los puestos de liderazgo, las mejores remuneraciones y, sobre todo, la confianza social en que algo se hará bien sigue estando en manos de varones y, cuando está en manos de mujeres, éstas deben esforzarse el doble para no ser criticadas por cualquier actitud, palabra o decisión que tomen y para “probar” que efectivamente sí tienen las competencias requeridas para ejercer algún cargo. A los varones, raramente, se les hace esa misma exigencia. 

Pero, tal vez lo más doloroso, es que la institución eclesial que tendría que dar testimonio de esa lucha decidida por los derechos de las mujeres es, a veces, más misógina y desigual que muchas otras instituciones civiles. Por eso no faltan las voces que se levantan para pedir esta igualdad en la iglesia. Por ejemplo, este año en España, se organizó el pasado 1 de marzo, una “Revuelta de las mujeres en la Iglesia hasta que la igualdad se haga costumbre”. Algunos/as no entienden esta queja aduciendo que la Virgen María fue mujer y ya esto es suficiente para que las mujeres sientan que tienen un papel importante en la iglesia. Pero, conviene aclarar algo: ¿Acaso la Virgen María no es la primera creyente y la primera discípula para que mujeres y varones sigamos su ejemplo? En realidad, aducir esa razón, es más una excusa, fruto del clericalismo que no quiere compartir los niveles de decisión. Por supuesto, en algunos espacios, hay ministros que tienen otra actitud y están comprometidos con el cambio, pero no es lo habitual y frecuente.

Por no alargar más esta reflexión, no aducimos más razones, pero tal vez, ni hagan falta porque hay que estar muy ciegos para no afirmar que aún la equidad de género no es una realidad. Ojalá este 8 de marzo tengamos un espacio de reflexión personal y nos preguntemos a fondo si en verdad hemos entendido que las mujeres aún no gozan de todos sus derechos y todos, varones y mujeres, tenemos que seguir trabajando por alcanzarlos. Y, ojalá tengamos el valor, cada uno, en nuestra propia vida, de reconocer esa mentalidad patriarcal que a todos nos permea, para cambiarla y no permitir que las cosas sigan como están. Eso es un compromiso humano y, con más razón, un compromiso de fe.

martes, 25 de febrero de 2020


Vivir la cuaresma comprometidos con nuestra propia realidad


El año litúrgico nos permite celebrar los misterios de la fe y, aunque da la impresión de una repetición cíclica, su objetivo es poder profundizar, celebrar, renovar, la historia de salvación que Dios teje con su pueblo y que ha de concretarse en nuestras propias vidas en cada contexto particular. Por eso, comenzar la cuaresma este miércoles de ceniza es ocasión de volver sobre su significado y llenarlo de experiencias actuales que mantengan la vitalidad de nuestro cristianismo y nos libre de una mera repetición litúrgica.  

Con la imposición de la ceniza se nos dice: “conviértete y cree en el evangelio”. Pero, en estos tiempos que vivimos, ¿de qué convertirse?, ¿en cuál evangelio creer? Son necesarias estas preguntas porque, aunque parecerían obvias las respuestas, no lo son tanto. En efecto, la conversión no puede limitarse a la dimensión individual, sino que ha de abarcar también lo social. El profeta Isaías (58, 1-12) claramente habla del ayuno que Dios quiere, ayuno que cuestionaría las largas filas que se ven de gente imponiéndose la ceniza (no ocurre en todos los países, pero al menos en Colombia, muchas personas acuden a ponérsela) pero que no siempre implica un compromiso transformador por parte de aquellos que la reciben. El profeta deja claro que Dios quiere que se quiebre todo yugo, se parta el pan con el hambriento, se albergue al que no tiene casa, se vista al desnudo, en otras palabras, se enfrente la situación del hermano y se busque cambiarla. 

Señalemos algunas de las situaciones que hoy se viven en Colombia y que no deberían estar ausentes en la cuaresma: el inmenso trabajo por construir la paz, tanto exigiendo que el gobierno implemente los acuerdos de paz ya firmados como el que busque instancias de diálogo con los otros grupos armados para seguir construyéndola. También está la situación de la migración venezolana que, efectivamente, está cambiando la realidad colombiana. Pero es fácil exigir a los europeos que no cierren las fronteras a los migrantes africanos que llegan a sus costas, pero ahora nos resulta duro abrir las nuestras a los migrantes de este país hermano. Que decir de los líderes asesinados y de todo este malestar social que se está expresando en las marchas que se han dado en los últimos meses. Ahora bien, tener estas situaciones y tantas otras presentes en cuaresma no puede ser con la lógica del que se empeña en acabar con los otros a la fuerza (los que no quieren diálogos de paz) o de creer que todos los que protestan son unos maleantes que quieren destruir lo público. Por el contrario, la vida cristiana debería ser esa “levadura” que va fermentando la masa (Mt 13,33) con los valores del reino: misericordia, perdón, reconciliación, paz, diálogo, discernimiento, denuncia y anuncio, etc., sin dejarse llevar por la lectura acrítica o ingenua o mentirosa (fake news), tan presente en estos tiempos. 

Y ante la pregunta ¿en qué evangelio creer? No puedo menos que tener presente el Carnaval de Río de Janeiro que acaba de pasar, en el que una de las escuelas de samba “Mangueira” presentó en su desfile una canción titulada “la verdad te hará libre”, con una letra que, en verdad, “sabe” a evangelio.  En la canción se identifica a Jesús con “rostro negro, sangre indígena, cuerpo de mujer, joven de favela”, “hijo de un carpintero desempleado y de María de los dolores de Brasil”, denuncia la situación que viven y sigue apostando por el compartir, por el desarme, por la esperanza en medio de las situaciones tan duras que atraviesan, donde Cristo es crucificado nuevamente “por los profetas de la intolerancia”. Es imposible describir el significado completo de esa canción sin meterse en el corazón del carnaval y en el sentimiento de las, tal vez 4.000 personas que componen ese grupo, cantándola durante una hora en su desfile por el Sambodromo, acompañados de la majestuosidad de las carrozas y disfraces de los integrantes.  Lógicamente, el evangelio no es una presentación de carnaval, pero allí se dijo con más claridad, más vida, más encarnación, lo que muchas predicaciones no saben decir. Con seguridad algunos habrán quedado escandalizados de que se hablara y se personificara a Jesús en el carnaval. Pero seguro que Jesús no se escandaliza. Él vive en el corazón de los pueblos y sabe reconocer en sus expresiones una fe sincera, viva, con todo lo que son y sienten. 

En fin, el objetivo no es discutir sobre el carnaval sino preguntarse, una vez más, sobre lo esencial del evangelio y sí es eso lo que vivimos y anunciamos. Cuaresma es tiempo de conversión al evangelio de Jesús, pero al de los orígenes, al del anuncio del reino, a aquel que no se acomoda al status quo establecido. Que este tiempo de preparación, reflexión, interiorización, compromiso para vivir la Pascua este lleno de la vida concreta, identificando las cruces actuales de manera que no ahorremos esfuerzos para hacer posible que la resurrección de Jesús las venza definitivamente.

viernes, 14 de febrero de 2020


No todos los “sueños” de la “Querida Amazonia”, implican profetismo y audacia




Acaba de salir la Exhortación post sinodal “Querida Amazonia” y los comentarios no se han hecho esperar. Los hay de todo tipo. Unos, tratando de ensalzar el documento con expresiones como “es un texto suficientemente bello, quizás el más bello de los que ha escrito Francisco” o “La exhortación es una carta de amor”; otros, dándole la mejor interpretación posible para suavizar, tal vez, ese sabor “agridulce” que trae la exhortación al no responder a muchas de las grandes expectativas que el Documento final del Sínodo había dejado: “La emergencia de una ‘nueva hermenéutica’ en el magisterio” o “La exhortación ‘complementa’ el documento sinodal sin anularlo”. Algunos otros no ocultan su decepción, pero apelan a la esperanza de que lo nuevo que ha traído Francisco vale la pena seguir apoyándolo: “Tristeza y decepción, con un leve atisbo de esperanza”. Ante tanto comentario, no queda más que intentar el propio porque, a fin de cuentas, es el que nos pone en camino para vivir la misión a la que nos sentimos llamados. El título que señalé, confieso que me fue difícil formularlo pero me parece resume lo que comentaré a continuación. 

Comencé a leer la Exhortación con mucho interés y encontré el lenguaje cercano, comprensible, realista, concreto al que nos ha acostumbrado el Papa Francisco. Después me entusiasmó encontrar lo que había leído en algunos de los comentarios antes señalados de que el Papa no anulaba el documento final del Sínodo, sino que invitaba a que “los pastores, consagrados, consagradas y fieles laicos de la Amazonia se empeñaran en su aplicación, y pudiera inspirar de algún modo a todas las personas de buena voluntad” (n. 4). 

Así me adentré en los “cuatro sueños” que la Amazonia le inspira al Papa Francisco y que conforman los cuatro capítulos de la Exhortación: (1) Un sueño social: luchar por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios; (2) Un sueño cultural: preservar su riqueza cultural; (3) Un sueño ecológico: custodiar la abrumadora hermosura natural; y (4) un sueño eclesial: suscitar comunidades cristianas con rostro amazónico” (n.7). 

Sobre el “sueño social” el Papa vuelve a unir lo social con lo ecológico: es urgente escuchar el clamor de la tierra y el clamor de los pobres, no como dos realidades separadas sino como una misma causa que ha de comprometer la vida cristiana. El compromiso con los pobres no se puede hacer sin llamar por su nombre a los que causan esa situación. Por eso se refiere a “los intereses colonizadores” del pasado y de ahora (n.9) que producen la migración de los indígenas a las ciudades, lugares donde padecen la xenofobia, la explotación sexual y el tráfico de personas (n.10). Todo lo que padecen estos pueblos tiene un nombre “injusticia y crimen” (n.14) que hace necesario “indignarse” como Dios mismo se indigna ante la injusticia (n.15). Ante tanto dolor, la “Iglesia no puede estar menos comprometida y está llamada a escuchar los clamores de los pueblos amazónicos para poder ejercer con transparencia su rol profético”, reconociendo, avergonzándose y pidiendo perdón porque no siempre supo ponerse del lado de los oprimidos en la conquista de América (n.19). 

Lo social no solo implica lo individual sino también lo comunitario, de ahí la urgencia de promover todo lo que ayude a conservar los valores y estilos de vida de los pueblos originarios (n.21). Preguntándose por las instituciones de la sociedad civil se constata que no son ajenas a la corrupción (n.24) y, lo más grave, no se puede negar que algunos miembros de la iglesia han sido cómplices de tales corrupciones con el objetivo de obtener ayudas económicas para las obras eclesiales (n.25). 

Sobre el “sueño cultural”, Francisco insiste en evitar toda colonización de la Amazonia. Hay que ayudarla a sacar lo mejor de sí: “cultivar sin desarraigar, hacer crecer sin debilitar la identidad, promover sin invadir” (n. 28). Todo ello confluye en la necesidad del encuentro intercultural en el que la identidad y el diálogo no son enemigos, sino que pueden fecundarse para crecer mutuamente ya que toda cultura puede volverse estéril si se encierra en ella misma (n.37). La diversidad no debe significar amenazas, ni justificar jerarquías de poder sino diálogo desde visiones culturales diferentes, de reavivamiento de la esperanza (n. 38).

Sobre el “sueño ecológico” supone recuperar esa relación estrecha del ser humano con la naturaleza donde la existencia cotidiana es siempre cósmica (n.41). Por eso el grito de la Amazonia alcanza a todos porque la conquista y explotación de los recursos amenaza hoy la misma capacidad de acogida del medioambiente: el ambiente como “recurso” pone en peligro el ambiente como “casa”. Aquí el Papa denuncia “el interés de unas pocas empresas poderosas” que se pone por encima del bien de la Amazonia y de la humanidad entera (n. 48). Por eso es loable la tarea de organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil que cooperan críticamente, utilizando legítimos mecanismos de presión, para que los gobiernos cumplan con el deber de preservar el ambiente sin venderse a intereses locales o internacionales (n.50). Es importante tener también una mirada contemplativa para hacer de la Amazonia un lugar teológico, un espacio donde Dios mismo se muestra y convoca a sus hijos (n.57). Todo ello nos convoca a la “ecología integral” que tan extensamente el Papa desarrolló en la Encíclica Laudato si (n.58) y que convoca a la Iglesia a aportar también al cuidado y al crecimiento de la Amazonia (n. 60). En todos estos sueños el Papa recuerda la Doctrina social de la iglesia, aludiendo a textos importantes de esta doctrina. 

Sobre el “sueño eclesial”, el Papa se dirige concretamente a los pastores y fieles católicos (n. 60). Comienza recordando la necesidad del anuncio del kerygma (n. 65) y continúa insistiendo en la inculturación de la fe para no avasallar a los pueblos originarios, para valorar su cultura, su sabiduría, su religiosidad popular (n.70). Señala, además, la dimensión social que implica la firme defensa de los derechos humanos porque no se puede separar la evangelización de la promoción humana (n.75.78). Hasta aquí el Papa mantiene su discurso social, del lado de los pobres, interpelando la conciencia social y uniendo fe y realidad. Todo esto ¡muy bueno! Para animar, comprometer e impulsar la misión eclesial con la Amazonia.

Pero cuando se refiere al ámbito intraeclesial, es difícil no sentir decepción. Fuera de la liturgia inculturada (n.82) y la opción por la “misericordia” antes que por las “normas” (n.84), la referencia a la “inculturación de los ministerios” no puede más que reflejar “poco profetismo, poca audacia, poca capacidad de soñar”. Aunque constata las dificultades de la Amazonia para una celebración asidua de los sacramentos y para una mayor presencia eclesial allí, la respuesta que propone es ratificar que puesto que sólo el sacerdote puede celebrar la eucaristía (n.88) no queda más remedio que promover la oración por las vocaciones sacerdotales y buscar que más sacerdotes misioneros vayan a la Amazonia (n.90). No descarta el avivar a las comunidades cristianas y mantener la presencia estable de líderes y laicos maduros y dotados de autoridad para permitir el desarrollo de una cultura eclesial propia, marcadamente laical (n.94) pero no hay ningún otro camino abierto, ninguna propuesta que en verdad ofrezca una esperanza eclesial. Pero aquí no termina todo. En el afán de justificar que a las mujeres no se le puede dar acceso al orden sagrado, se invocan unas razones absolutamente insuficientes que causan dolor e indignación. Al identificar a las mujeres con María y a los sacerdotes con Jesús, identificación teológicamente insostenible, por cierto, una vez más limita a las mujeres al papel de “sostener, contener y cuidar” a la comunidad, mientras que los roles de dirección, organización, planeación, conducción, decisión, siguen en mano de los varones (n. 101) porque en la iglesia actual, esas instancias están en mano de los clérigos y, por supuesto, allí no están las mujeres. 

Una vez más, se pierde en la iglesia la posibilidad de una reforma eclesial de fondo y verdadera: la igualdad fundamental de todo el pueblo de Dios, con diversidad de ministerios, sí, pero no con relegación de las mujeres a un segundo lugar. Una iglesia llena de miedos a los cambios no parece una iglesia fiel al profetismo de los orígenes cristianos. De todas maneras, como decía San Pedro Poveda: “Tenemos mucha fe, mucha esperanza, y no dejamos de soñar y hasta realizamos algunos sueños". Una vez más, hay que mantener la esperanza de que el sueño de una iglesia más acorde al sueño de Jesús, algún día llegará a ser posible.

viernes, 31 de enero de 2020


La Palabra de Dios “está muy cera de ti: en tu corazón y en tu boca 
para que la pongas en práctica”

 (Dt 30,14)



El año pasado el Papa Francisco estableció el “Domingo de la Palabra de Dios” y pidió que se celebrara el Tercer domingo del Tiempo Ordinario, es decir, acabamos de celebrarlo, el pasado 26 de enero. En realidad, no sé qué resonancia tuvo en las eucaristías de ese domingo y si se le dio la importancia que el Papa pedía en el “Motu Proprio Aperuit illis” (Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras Lc 24,45). Muchas cosas que se instituyen de “arriba hacia abajo” no logran enraizarse en el pueblo de Dios. Así, por ejemplo, la “Jornada mundial por los pobres” que también el Papa propuso desde 2017 para el XXXIII domingo del Tiempo Ordinario, desde mi punto de vista, ha venido celebrándose sin demasiada trascendencia. 

Sin embargo, aunque se constate la dificultad de que las iniciativas se acojan plenamente, es bueno impulsar su arraigo en la medida que se pueda. Por eso quiero insistir en la importancia de la Palabra de Dios para la vida cristiana. Algunos dirán que estamos en la era de la imagen y por eso es más difícil disponerse a leer la Sagrada Escritura. Pero, por otra parte, leer sigue siendo una actividad indispensable y, a nivel de formación humana, hay toda una literatura de autoayuda, motivación e incluso, exorcismo y esoterismo, que se sigue vendiendo (e incluso ocupa muchos estantes de librerías católicas -situación que a veces he cuestionado porque algunos autores, personalmente, no los promocionaría desde estas librerías que pretenden evangelizar). 

Con este propósito el Papa en el Motu Proprio con el que instituyó el domingo de la Palabra, insiste en las homilías, llamando a los sacerdotes a que la preparen para que no se alarguen “desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños”; por el contrario, que “ayuden a profundizar en la Palabra de Dios con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha (…) mostrando también la belleza de las imágenes que el Señor utiliza para estimular a la práctica del bien” (n.5). Bastante ha insistido el Papa en la homilía -en este texto y en otras ocasiones-, pero me temo que muchos sacerdotes no se dan por aludidos. Muchas homilías siguen siendo un discurso moralizante e incluso un discurso político, a veces apoyando a gobiernos de derecha (por eso de que ellos van en contra del aborto); pero, en definitiva, la mayoría de las veces, sin mucha referencia a las lecturas correspondientes a la celebración eucarística. 

La Sagrada Escritura es Palabra de Dios, por tanto, es nuestra primera fuente de referencia para conocer al Señor y comprender su deseo sobre la humanidad. Como lo señala el Papa Francisco, Vaticano II en la Constitución Dei Verbum buscó recuperar esa centralidad de la Palabra y lo importante que es tenerla como referente principal en la tarea teológica (n.2). Además, “expresa un valor ecuménico porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad” (n.3).

Por supuesto esta Palabra de Dios ha de interpretarse correctamente para no hacerle decir lo que no dice o caer en esa actitud fundamentalista de que la Biblia dice esto o aquello. En este último punto, no se entiende como aquellos que abogan por tomar al pie de la letra la sagrada escritura, no caen en cuenta de la multitud de pasajes que no podemos aplicarlos así porque nos llevarían a unos absurdos como el de arrancarse un ojo o cortase una mano (Mt 5, 27-30) o no permitir la transfusión de sangre (Lv 17,14, Hc 15,24).  

El texto de Emaús (Lc 24, 13-25) es muy claro para entender esa relación intrínseca entre la Palabra, el sacramento y la vida. Los discípulos vuelven tristes después de los acontecimientos vividos en Jerusalén y el forastero que camina a su lado les va explicando las escrituras. Al llegar a la aldea, ellos le invitan a quedarse y en el gesto del partir el pan, los discípulos lo reconocen. Jesús desaparece y es cuando ellos se preguntan: ¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? Inmediatamente vuelven a Jerusalén con la certeza profunda de la resurrección del Señor. En efecto, “antes de convertirse en texto escrito, la Palabra de Dios se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro” (n.11).

Y, tal vez, algo fundamental “todo texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra (…) quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra” (n.12).

Volver a la Palabra, leerla, estudiarla, meditarla, dejarnos interpelar por ella, hacerla vida en nuestra vida, todo esto que el apóstol Pablo le recomienda a Timoteo (2 Tim 3, 15-17) es una tarea que bien vale la pena realizar e invitar a que otros la realicen. La Palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4, 12), es como la lluvia que empapa y fecunda la tierra (Is 55,10), es la manera como Dios ha querido hablar en lenguaje humano para que le entendamos y arda nuestro corazón al sentir su presencia en todo lo que existe. 

El “domingo de la Palabra de Dios” es poco para recuperar y darle el valor que tiene la Sagrada Escritura. Pero ese domingo puede ser referente para iluminar toda la vida, en el día a día, con el horizonte salvador de amor compasivo y misericordioso, que nos trae la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer de este mundo un lugar de justicia y paz para todos y todas.