lunes, 22 de febrero de 2021

En cuaresma: purificar nuestras imágenes de Dios

 

El tiempo de cuaresma que estamos viviendo es tiempo de preparación para la Pascua. Recuerda los 40 días de Jesús en el desierto y nos invita a tener también nuestro propio desierto para confrontar nuestra vida cristiana. En el caso de Jesús, los 40 días en el desierto ocurren antes de que comience su vida pública. El texto de Mateo (4, 1-11) nos relata que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu y luego de 40 días de ayuno, se aparece el tentador para hacerle diferentes propuestas. La primera, convertir las piedras en pan; la segunda, lanzarse desde el alero del templo para que los ángeles lo reciban y, la tercera, darle todos los reinos del mundo a cambio de adorarlo. Jesús rechaza cada una de estas tentaciones porque comprende bien que lo que está en juego es la misión que ha de realizar.

Por lo tanto, estas tentaciones son tentaciones frente al mesianismo de Jesús. No suponen las tentaciones del día al día -de las que conocemos por experiencia propia- sino tentaciones frente a la misión que se le ha encomendado. En otros términos, el tentador le propone a Jesús ser un mesías de “poder” demostrándolo con esas acciones que dejarían a los demás sorprendidos o temerosos porque verían que puede controlarlo todo, menos al mismo Satanás, a quien debería adorar.

El mesianismo de Jesús va por otra vía. Es la vía del servicio, de la misericordia, de lo pequeño, de lo que comúnmente se desprecia, del respeto incondicional al otro. Es la vía de la oferta gratuita (no depende de los méritos propios) y del saber esperar a que la semilla crezca por sí sola (Mc 4, 26-29). Pero este camino mesiánico es incomprendido por los contemporáneos de Jesús y por nosotros. Así lo expresa el evangelista Marcos, cuando Jesús está en la cruz y es ultrajado: “Y los que pasaban por allí le insultaban, menando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y lo levantas en tres días, ¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz! Igualmente, los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡El Cristo, el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos. También le injuriaban los que con él estaban crucificados” (15, 29-32). Incluso Mateo en el texto de Jesús en la cruz, repite las mismas palabras de las tentaciones (4, 3.6): “Si eres el hijo de Dios” (Mt 27, 40.43). Con estos textos vemos como sus contemporáneos se burlaban de él y le pedían signos extraordinarios.

Pero la comprensión de Jesús de su mesianismo sigue firme. Así como en el desierto supo rechazar las ofertas del tentador, en la cruz también mantiene la fidelidad hasta la entrega de su propia vida. No quiere decir esto, que le fuera fácil. El evangelista nos narra aquellas palabras desgarradoras de Jesús en el momento final de su vida: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46; Mc 15, 34).

Este tiempo de cuaresma nos lleva también a revisar nuestras propias imágenes de Dios y lo que nos cuesta aceptar al Dios que nos revela Jesús. Muchas veces nos gustaría que fuera ese Dios poderoso que, atendiendo a nuestras peticiones, resolviera “mágicamente” nuestros problemas. Así ha pasado con el coronavirus que, en el fondo, nos ha confrontado con la imagen de Dios que tenemos. Algunos creyentes han invocado a Dios para que “quite”, “termine”, “acabe” con la pandemia. Con estas peticiones se refleja que piensan que Dios puede quitar y poner a su gusto o dependiendo de nuestros rezos. Pero no es así. Dios, coherente con su creación, la ha confiado a nuestras manos y de ahí que la responsabilidad humana no puede evadirse. La pandemia hemos de vencerla a fuerza de ciencia (buscando la vacuna), a fuerza de igualdad (velando por que las vacunas lleguen a todos -cosa que ya se ve que no está siendo posible porque tal y como está organizado nuestro mundo, la salud es un negocio y las farmacéuticas lo encarnan en este momento. Además, en muchas partes del mundo se ven signos de corrupción frente a las vacunas), a fuerza de optar por el bien común (acogiendo todas las medidas que sean necesarias para cuidar la vida, evitando el contagio), a fuerza de solidaridad (repartiendo los bienes para que nadie pasa necesidad).

Y, entonces, ¿para qué rezar o cómo rezar al Dios de Jesús? Precisamente para que nos introduzca en esta lógica del amor fraterno/sororal y seamos capaces de “sintiéndonos en la misma barca” -como dijo el Papa Francisco-, naveguemos juntos hasta que podamos vencer la pandemia. La oración no es una receta mágica para superar la limitación humana o las injusticias que nosotros mismos causamos. La oración es fuerza irresistible para seguir haciendo el bien, sin cansarse, sin doblegarse, sin darse por vencido, sin abandonar la tarea.

Cuaresma es tiempo de conversión, de reflexión, de cambio. Es tiempo de mirar a Jesús y pedirle que nos enseñe a entender su mesianismo. Que nos confronte con las imágenes de Dios que tenemos y las purifique para que, en realidad, sigamos al Dios del Reino. Ese Dios que ama sin límites, ni medida, que ofrece una misericordia infinita, que no excluye a nadie -por ninguna razón-. El Dios que nos hace responsables del mundo en que vivimos y nos pide poner el amor y solidaridad como valor fundamental de nuestra existencia. El Dios que, a pedido de Jesús, en el Evangelio de Juan, nos promete su espíritu “Yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la vedad (…) no los dejaré huérfanos” (Jn 14, 16-18), para sostenernos y ayudarnos en todas nuestras dificultades.

Aprovechemos este tiempo de cuaresma para renovar nuestra fidelidad al Dios de Jesús, preparándonos así a vivir el Misterio Pascual que se hace carne en nosotros en la medida que, como Pablo, podemos desear: “conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fip 3, 10-11).


lunes, 15 de febrero de 2021

 

Algunos “ayunos” para este tiempo de cuaresma

 

Comenzamos la cuaresma este 17 de febrero con el miércoles de ceniza y la pandemia sigue acompañándonos. Eso quiere decir que los aforos en los templos siguen limitados y ya se vislumbra que las celebraciones de Semana Santa serán muy restringidas. Por lo tanto, hemos de seguir insistiendo en volver a lo esencial y aprender nuevas maneras de vivir los tiempos fuertes de nuestra fe.

La imposición de la ceniza nos llama a la conversión, actitud que ha de acompañarnos siempre pero que se refuerza en este tiempo litúrgico. Anteriormente, al imponer la ceniza se decía “polvo eres y en polvo te convertirás” pero ahora se dice: “conviértete y cree en el evangelio”. Sin embargo, lo que se decía antes nos confronta más con lo que vivimos actualmente: estamos palpando la fragilidad de nuestra condición humana, lo limitado de nuestra vida y lo que nunca habíamos imaginado -la pandemia-, nos ha desinstalado en muchos sentidos y no solo a nivel personal sino también a nivel global. Ahora bien, esta realidad cruda, dura, difícil, no la vivimos en un túnel sin salida, sino por el contrario: desde la fe, creemos que la muerte no tiene la última palabra y esperamos la comunión definitiva con el Dios que resucitó a Jesús y nos regaló su Espíritu. Y mientras llega el día definitivo, saboreamos la vida con Dios en las circunstancias fáciles y en las difíciles, en lo conocido y en lo desconocido, en lo que controlamos y en lo que se escapa de nuestras manos.

Es así como podemos plantear para este tiempo de cuaresma “nuevos ayunos”, que puedan darle sentido y profundidad al tiempo que vivimos. Me atrevo a proponer algunos:

- Ayuno de “religión” para fortalecer la “espiritualidad”. En efecto, lo que interesa es descubrir la presencia divina, entrar en comunión con ella, desplegar nuestra vida desde ese ámbito de trascendencia que hace ver la realidad con los ojos de la fe, la esperanza y el amor. Las religiones han de ser mediaciones para esa experiencia, pero no tienen sentido por ellas mismas, ni la finalidad es preservarlas o hacerlas gloriosas. Bien dice San Pablo en la primera carta a los Corintios: “Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia (…) Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (13, 8-12). En el contexto plurirreligioso que vivimos, esto cada día es más evidente. Mucha gente puede dejar las religiones, pero sigue buscando espiritualidad porque la pregunta por el sentido de la vida y por el bien no deja de resonar en el corazón humano. Con eso no estoy despreciando las religiones, estoy recordando que ellas son medios, valiosos, necesarios y casi imprescindibles para encarnar nuestra fe, pero su valor es alimentar la espiritualidad, en otras palabras, esa vida interior que desea, cultiva y promueve el bien y la bondad, el amor y la justicia. Podemos dejar de asistir al templo por razones tan obvias como preservar la vida, pero nadie nos priva de cultivar la espiritualidad que para los cristianos es reconocer la presencia del Espíritu en la historia que vivimos y atender a sus llamados.

- Ayuno de “celebración sacramental” para fortalecer el “compromiso social”. Esto ya lo he reflexionado muchas veces en este tiempo. Y bien conocemos que una de las celebraciones bastante concurridas de la Semana Santa es el lavatorio de los pies. Ese gesto es un símbolo transparente del único mandamiento que Jesús considera importante: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mt 22, 36-39). Lavar los pies a los demás es disponerse al servicio, agacharse frente a la necesidad ajena, brindar con generosidad todo lo que se tiene para socorrer a quien lo necesite. Si esto no es una eucaristía “existencial”, no sabemos que contenido puede tener la eucaristía sacramental que el evangelista Juan relata valiéndose, precisamente del pasaje del lavatorio de los pies como contexto de la última Cena (Jn 13, 1-20)

- Ayuno de “seguridades y certezas” para fortalecer el “caminar a la intemperie”. La llamada al seguimiento que hace Jesús a los varones y mujeres en el evangelio supone dejar casa, familia, trabajo, ciudad para subir con Él a Jerusalén (Mt 4, 18-22; Mc 15, 41). Queremos apuntarnos al seguimiento, pero no a las consecuencias que de él se desprenden. Y entre muchas de sus consecuencias está el afrontar lo que cada momento trae y seguir caminando por difícil que parezca. La pandemia nos ha hecho experimentar que hasta la seguridad de un templo y unos ritos se han puesto en crisis. Que incluso el mandato de comulgar “al menos una vez por Pascua” puede no ser posible por segundo año consecutivo. Y ahí es donde se nos invita a seguir ayunando con la certeza de que no faltará el pan del cielo, como no les faltó el maná a los israelitas en el desierto (Jn 6, 28-35).

- Ayuno de “pastorales programadas” para fortalecer la iglesia “en salida”, capaz de una conversión pastoral. Dicha conversión implica, como escribió el papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium, una reforma de estructuras que “sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas -las estructuras- se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida” (n. 27). Este puede ser un tiempo propicio para dejar de hacer las cosas como siempre se hacían y proponer otras formas, esas que puedan ser más entendidas por los jóvenes de hoy -grandes ausentes de nuestros templos- y por la gente que incursiona otros campos sociales, culturales, científicos y que no encuentra resonancias de su caminar histórico con los planteamientos, tantas veces caducos, de la pastoral eclesial.

Comencemos cuaresma con esa actitud de conversión real, de quien no teme perder lo de siempre para ganar la presencia del espíritu que siempre hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

 

 

lunes, 8 de febrero de 2021

 

¿Y hasta cuándo una sola mujer en los espacios sinodales?

 


Hace unos días escuchamos una nueva noticia sobre puertas que se abren para las mujeres en la Iglesia. Son pequeñas, son muy tímidas, pero hay que tener la paciencia histórica hasta que se abran más. Esta vez se refiere al nombramiento de la hermana Nathalie Becquart, como subsecretaria del Sínodo de Obispos, junto con un agustino, Mons. Luis Marín de San Martín. Ella es francesa, religiosa de las Misioneras de Cristo Jesús y ha sido consultora de la Secretaría General del Sínodo de Obispos desde 2019. Según la Constitución Apostólica “Episcopalis Communio” (Francisco, 2018), “El Secretario General y el Subsecretario son nombrados por el Romano Pontífice y son miembros de la Asamblea del Sínodo” (Art. 22§3), es decir, la Hna. Nathalie podrá tener derecho a votar en el próximo Sínodo que se realice.

Esta noticia hay que verla en el contexto de la sinodalidad de la que tanto se está hablando y que el papa Francisco está queriendo impulsar. La sinodalidad, dice Francisco, no es un añadido sino algo “consustancial a la Iglesia”. Sinodalidad significa, “caminar juntos”, laicos/as, pastores y obispos. Según el documento sobre “Sinodalidad” de la Comisión Teológica Internacional (2018) hay diversos niveles de sinodalidad: (1) la iglesia particular (2) Las iglesias a nivel regional (3) La Iglesia universal. En este último nivel se sitúa, la Institución del “Sínodo de Obispos”, creada por Pablo VI en 1965, como una de las herencias del Vaticano II, propiciando la colegialidad episcopal.

Los Sínodos son citados por el Papa para tratar temas que Él considera importantes para la iglesia. Tienen carácter consultivo y, normalmente, una vez finalizado, el Papa escribe una Exhortación postsinodal que expresa el sentir del pontífice sobre lo tratado allí. En el último sínodo, el de Amazonía, además de la Exhortación “Querida Amazonía” el Papa recordó que el sínodo elaboró un “Documento conclusivo” e invitó a leerlo porque expresa mejor lo que sucede en la Amazonía ya que proviene de las personas que conocen la situación mucho más que Él mismo o que la Curia romana (Querida Amazonia, nn. 2-3). Estas palabras son muy importantes, pero me parece que no se le ha dado demasiada importancia a ese documento porque estamos muy acostumbrados a oír solo la voz de la jerarquía y no escuchamos la voz del pueblo.

Los sínodos convocados por Francisco (sobre la familia, los jóvenes y la Amazonia) le han dado importancia a la etapa de consulta y tal vez por eso llegaron propuestas audaces a la sala sinodal. Esto creó la expectativa de que, finalizados estos sínodos, se abrirían puertas a las demandas del “sentir” del pueblo de Dios. Pero no ha sido así. Las Exhortaciones postsinodales tienen afirmaciones muy valiosas, retoman temas muy actuales y se tratan con un lenguaje muy asequible para la mayoría de las personas, pero cambios estructurales no se logran dar.

Por eso se necesita tanta formación para la sinodalidad. En otras palabras, formación para la escucha y el discernimiento. El papa ha insistido a los obispos que escuchen el sentir del pueblo. Así lo expresó en la Episcopalis Communio: “El Obispo, por esto, está llamado a la vez a caminar delante, indicando el camino, indicando la vía; caminar en medio, para reforzarlo en la unidad; caminar detrás, para que ninguno se quede rezagado, pero, sobre todo, para seguir el olfato que tiene el Pueblo de Dios para hallar nuevos caminos. Un obispo que vive en medio de sus fieles tiene los oídos abiertos para escuchar ‘lo que el Espíritu dice a las Iglesias’ (Ap 2, 7) y la ‘voz de las ovejas’, también a través de los organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al Obispo, promoviendo un diálogo leal y constructivo” (n. 5). ¿Cuántos obispos en verdad se meten en el corazón del pueblo y escuchan su sentir? Hay algunos, pero no parecen ser demasiados porque si se ven las votaciones que se hacen en los sínodos para aprobar las afirmaciones de los documentos conclusivos, casi siempre, las que en verdad implican cambios, tienen la mayor votación negativa. Que no siempre la democracia tiene la razón, es verdad, pero que hay verdades que “gritan al cielo” y que podrían ser escuchadas por la jerarquía eclesiástica, también es verdad.

Pero mientras llega la hora de que los pastores escuchen el sentir del pueblo, una iglesia sinodal implica que el laicado escuche su propio sentir y lo manifieste. Pero en un sector significativo del laicado encuentro mucho temor a levantar la voz. Oigo demasiadas voces recomendando que tengamos prudencia, que es mejor andar despacio, mejor no presionar los cambios, etc. Que yo sepa, casi todos los cambios vienen de la base. Se producen porque se levanta la voz. Se hacen necesarios porque ya no se aguanta más en una situación que no es compatible con lo que debe ser. Por eso creo que hay que alegrarse con el nombramiento de una mujer en el Sínodo, pero seguir levantando la voz: y ¿hasta cuándo será una sola mujer? ¿y cuando se abren más puertas? ¿y porque tanta resistencia a los cambios que harían de la iglesia una comunidad de iguales? Algunas personas temen que levantar la voz puede llevar a romper la comunión eclesial. Por supuesto hay opositores a los cambios y luchan con todo por evitarlos y se crean tensiones y dificultades. Pero la comunión también puede romperse con la pasividad, el aguante, el conformismo, los miedos, el creer que nada puede cambiar. No es posible evitar las dificultades y los riesgos, o la “Iglesia accidentada” de la que habla el papa Francisco, pero más cercano al Espíritu de Jesús es no dejar de hablar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) para hacer posible una iglesia sinodal, una iglesia que camina junta no solo en palabras sino en hechos y estructuras.  

 

miércoles, 27 de enero de 2021

 

La sinodalidad, la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe y tantos desafíos pendientes

 


El papa Francisco en 2015 dijo que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Sinodalidad se refiere a “caminar juntos”: laicado (incluyendo vida religiosa), pastores, obispo de Roma. El papa lo propone como un “camino de vivir y obrar” en la Iglesia. Desde entonces se está hablando de la sinodalidad, incluso la Comisión Teológica Internacional publicó en 2018 un documento llamado “La sinodalidad en la vida y en la misión de la iglesia” considerándola como un “Kairós” para el momento presente, ofreciendo fundamentos teológicos y cómo, la sinodalidad, debe manifestarse en los sujetos, las estructuras, los procesos y los acontecimientos eclesiales. Todo esto supone una conversión, unas actitudes de escucha y discernimiento, una espiritualidad que sustente dicho camino y una apertura al ecumenismo y a la diaconía social.

En esa misma línea, el pasado 24 de enero se presentó la “Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe” que se llevará a cabo del 21 al 28 de noviembre de este año, en México. El lema de dicha Asamblea es “Todos somos discípulos misioneros en salida”, haciendo eco de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño celebrada en 2007 en Aparecida (Brasil). El propósito de la Asamblea es hacer memoria, como discípulos misioneros, reunidos sinodalmente, de lo acontecido en la V Conferencia y, mirando contemplativamente la realidad latinoamericana, revivir el compromiso pastoral para que, en Jesucristo, nuestros pueblos tangan una vida plena.

Estas iniciativas hay que valorarlas, apoyarlas, acompañarlas y, en la medida de lo posible, participar de ellas. Ya es hora de que en nuestra iglesia la sinodalidad se haga una forma de ser y actuar porque así fue la iglesia de los orígenes de la que el libro de los Hechos nos presenta un sumario que sigue siendo referencia obligada para nuestro ser iglesia hoy: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según de la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad los que se habían de salvar” (2, 44-47).

Pero junto a esta buena disposición para acompañar todas las iniciativas que favorezcan la sinodalidad, hemos de estar atentos para señalar tantas cosas que deben cambiar. Cuando Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium (27) habla de la “conversión necesaria para la reforma de la Iglesia” apunta muy alto: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”.

Cambiarlo todo nos invita a tomar en serio la “pirámide invertida” (figura que utiliza el papa para expresar la sinodalidad), integrando el Pueblo de Dios, el Colegio Episcopal y en él, con su específico ministerio de unidad, el Sucesor de Pedro. En ella el vértice se encuentra debajo de la base. Es decir, es una llamada a recuperar el protagonismo del laicado -protagonismo que nunca debió perder- y recuperar la esencia de los ministerios ordenados: el servicio a la Iglesia. Dicho así, puede escandalizar a más de uno porque puede sonar a darle la vuelta a la tortilla y nadie quiere quedar debajo de nadie. En realidad, la iglesia debería ser una “comunidad de iguales” cuyo símbolo más claro sería el de un “círculo”, pero dados los siglos de protagonismo clerical e invisibilización laical que llevamos, es casi necesario que se de ese cambio radical para recuperar lo esencial de los ministerios -servicio, no poder- y la corresponsabilidad y participación plena del laicado.

Lamentablemente esto es bien difícil. Como ejemplo reciente, fijémonos en la presentación de la Asamblea Eclesial a la que nos referimos antes. Aunque en la celebración que se hizo el 24 de enero participaron religiosas y laicado, si entramos a la página web (asambleaeclesial.lat), encontramos en primera plana, los mensajes centrales de dicho acontecimiento dados por el presidente del Celam, el secretario del Celam, la homilía de la misa dada por el cardenal de México y el mensaje del papa Francisco. Es decir, ninguno que no fuera clero presentó un mensaje que explicará la importancia de dicha Asamblea o que comenzará a mostrar que será una asamblea “eclesial”, con verdadero protagonismo de todo el pueblo de Dios. Algunos dirán que son detalles menores; otros que a fin de cuentas la Asamblea es organizada por el Celam y de ahí la presentación por parte de los miembros de este organismo. Sí, podrá ser, pero los cambios han de darse con más contundencia para que el sueño de una iglesia sinodal sea posible. Otro detalle, aunque parezca más pequeño aún: el lema dice “Todos somos discípulos…” y aunque luego explicitan (mujeres y varones, religiosos y religiosas) ¿por qué no asumir el lenguaje inclusivo para ayudar a visibilizar la presencia femenina? Pero las resistencias al cambio están en más personas de las que pensamos.

Y si quisiéramos nombrar otros cambios urgentes para vivir una iglesia sinodal no podemos dejar de lado los ministerios para las mujeres, las consultas al laicado en todos los ámbitos (comenzando por las parroquias y diócesis), la escucha real de lo que el laicado demanda (si repasamos las iniciativas que llegaron a los últimos sínodos, muchas cosas quedaron por fuera de los documentos finales) y, por qué no, revisar la Institución del Sínodo de los Obispos para que allí, ámbito donde se toman las decisiones, haya espacios para que todo el pueblo de Dios tenga voz y voto.

Esperemos que la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe tenga la trascendencia que se espera y en verdad el Kairós que tanto esperamos en la iglesia, se concrete no solo en palabras sino en realizaciones y cambios estructurales.

 

 

miércoles, 20 de enero de 2021

 

Y después de la pandemia ¿volverán los cristianos al templo?

  

La pandemia no ha terminado y, aunque en algunos contextos comienza la vacunación, en otros lugares aún se ve lejos porque la injusticia social también se hace patente en este momento: unos países han comprado 6 dosis por cada habitante y otros ni siquiera han comenzado a negociar la compra. Lo cierto es que aún estaremos confinados por un buen tiempo, con las consecuencias que eso trae para tantos aspectos de nuestra vida, pero también para nuestras celebraciones litúrgicas. Y a esto último me quiero referir. ¿Qué habremos aprendido en este aspecto en este tiempo de confinamiento?

La primera realidad, a la que ya me he referido en otras ocasiones, es la vivencia del culto existencial por encima del culto litúrgico. Creo que la pandemia nos confronta con esto porque antes que ritos, la fe es vida, antes que celebración, la fe es compromiso. Ahora bien, esto parecen no entenderlo aquellos que siguen sufriendo porque los templos tienen que cerrarse de nuevo. Aunque no pudiéramos volver a celebrar el rito, ninguno está privado de ofrecer el culto agradable a Dios que consiste en “desistir del mal, aprender a hacer el bien, buscar lo justo, dar sus derechos al oprimido, hacer la justicia al huérfano y abogar por la viuda” (Is 1, 16-17).

Otra realidad es la experiencia comunitaria. El culto, la liturgia ha de ser una experiencia comunitaria. Es el pueblo de Dios que se reúne como comunidad para encontrarse con el Señor. Como dice el evangelista Mateo, “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (18, 20), es decir, la comunidad no es un añadido sino una mediación de la presencia de Cristo. Y en este sentido, la pandemia nos confronta seriamente con la experiencia comunitaria de nuestras parroquias. ¿De qué se ha sentido falta? de ¿la comunidad? ¿los hermanos y hermanas? ¿el culto? ¿la oración hecha en el templo que hace creer que se está más cerca de Dios? Por supuesto pueden darse muchas respuestas, pero me parece que lo que más se extraña es el culto en sí y no tanto la comunidad. Se habla de no poder recibir a Jesús en la eucaristía, pero se olvida el contexto propio de este sacramento: una mesa común en la que todos comparten el mismo pan y el mismo vino (Mc 14, 22-25) o, en el caso del evangelista Juan, un lavatorio de pies donde lo que sobresale es el servicio de unos con los otros (Jn 13, 1-15).

En este sentido, se ha hablado mucho de la necesidad de crear comunidades o de que la parroquia sea una comunidad de comunidades, pero esto no se ha logrado suficientemente. La parroquia sigue siendo un lugar al que se asiste de manera anónima, nadie te echa en falta si no vas un domingo a no ser que formes parte del círculo más pequeño de colaboradores los cuales mantienen cierta relación, aunque a veces, cierta competencia de quien hace qué o quien controla mejor lo que ocurre en el templo.

Por eso ha sido relativamente fácil pasar del ir al templo a participar por algún medio digital de la celebración eucarística. En los dos casos “ves” o “escuchas” la eucaristía y, por supuesto, rezas en la intimidad de tu corazón, pero no hay una diferencia fundamental. Se cumple con el rito y eso para muchos es suficiente. Esa comunidad de hermanos que se quieren entrañablemente, que comparten la fe, la oración, las alegrías y las dificultades, no es la experiencia más común en muchos de los círculos católicos. En la década de los 70s-80s, las Comunidades Eclesiales de Base fueron una experiencia viva de un tipo de iglesia así: comunitaria, entrañable, con una fe que sobrepasaba las fronteras del templo y se ocupaba de la realidad social que se vivía. Pero ya conocemos la persecución y desprestigio que sufrieron y, aunque siguen presentes en algunos contextos, la fuerza de aquellos momentos no es la misma. Y nada ha conseguido suplirlas. Algunos movimientos de laicos que han surgido últimamente se constituyen en unos grupos selectos que realizan algunas celebraciones y cumplen algunos preceptos -casi siempre desde una perspectiva muy tradicionalista y casi contraria al dinamismo de Vaticano II- y consideran que los demás no “son como ellos” (algo parecido a la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14).

Y otra realidad, es la iglesia doméstica. La pandemia ha sido ocasión propicia para vivir la fe en casa, pero me temo que muchos no han sabido cómo hacerlo -develando la poca formación del laicado- y tampoco se ha promovido -por parte del clero- con mucha intensidad.

En definitiva, si este tiempo no nos sirve para tomar el pulso de lo que hay que fortalecer en la iglesia, habrá sido tiempo perdido. Y lo que sí alarma un poco es que, en algunos templos, el aforo permitido ha sido de 50 personas, por ejemplo, pero en realidad, solo asisten 10 personas. Es decir, aunque algunos han pedido y exigido la reapertura de los templos, muchos otros simplemente dejaron de ir y no sé si volverán. Por lo tanto, la tarea evangelizadora no se ha de detener por la pandemia sino, por el contrario, es tiempo propicio para una reflexión seria de manera que se puedan dar respuestas acertadas a tantos desafíos que este tiempo ha evidenciado con más fuerza.  

 

lunes, 11 de enero de 2021

 

Lectorado y acolitado para las mujeres ¿un paso adelante?

 

El papa Francisco publicó el 10 de enero la “Carta Apostólica en forma de ‘Motu Proprio’ Spiritus Domini” con la que modifica el Canon 230 §1 del Código de Derecho Canónico acerca del acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. Si el canon decía que estos ministerios eran para los laicos “varones”, el cambio que ha introducido el papa es quitar la palabra varones, abriendo así la posibilidad para todo el laicado. Pero estos cambios muestran el “paso lento” que lleva nuestra iglesia y la “multitud de justificaciones” que se dan para no dar un verdadero paso.

 

En realidad, aunque sea necesario modificar los cánones para que la ley acompañe la práctica, la presencia de las mujeres en estos servicios ya es de larga data. Sin esa presencia, ¡cuántas celebraciones litúrgicas serían imposibles! Las mujeres son las que en su mayoría participan de la liturgia y las que ejercen casi todos los servicios. Por lo tanto, podría entenderse que más que un paso adelante debería ser el ponerse al día en la “deuda pendiente” que la iglesia tiene con las mujeres en esto (y en tantos otros aspectos). Casi debería dar vergüenza que en pleno siglo XXI, los cánones eclesiásticos tengan formulaciones que excluyen a las mujeres.

 

Además, en la carta que el papa dirige al Cardenal Ladaria -Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- presentándole este “Motu Proprio”, se pueden visibilizar las “múltiples justificaciones” que la iglesia continuamente aduce para no dar pasos hacia adelante. Señalemos algunas. Se justifica que las “adaptaciones” no deben interpretarse como “superación de la doctrina anterior sino como una actuación del dinamismo que caracteriza la naturaleza misma de la Iglesia, siempre llamada con la ayuda del Espíritu de Verdad a responder a los desafíos de cada época, en obediencia a la Revelación”. Por supuesto, ese ha de ser el dinamismo de la iglesia y la igualdad de las mujeres en la iglesia es un desafío inaplazable en esta época, pero ¿por qué tanto temor a hacer cambios? ¿por qué tienen tanta seguridad de que lo que respecta con las mujeres y su participación eclesial en otros ministerios no pueden “modificarlo”? ¿no escuchan a este Espíritu de Verdad?

 

La carta continúa diciendo que “La variación de las formas de ejercicio de los ministerios ordenados, no es la simple consecuencia en el plano sociológico de adaptarse a las sensibilidades o a las culturas de las épocas y de los lugares, sino que está determinada por la necesidad de permitir a cada Iglesia (…) a vivir la acción litúrgica, el servicio de los pobres y el anuncio del Evangelio”. Hay tanto temor al plano sociológico como si Jesús no se hubiera “encarnado” en lo concreto de un pueblo y unas costumbres, es decir, si no se hubiera hecho historia humana donde tenemos que descubrirle y entender la presencia de su espíritu. No acabamos de superar esa división de planos, donde la realidad parece alejada de lo divino y lo divino no sabemos de dónde saca sus reflexiones.

 

Creo que la institución eclesiástica no es ingenua y sabe que estos pasos tan lentos no pueden dejar de suscitar críticas. Por eso sale al paso diciendo que “este servicio al mundo (…) amplía los horizontes de la misión de la Iglesia, evitando que se encierre en lógicas estériles encaminadas sobre todo a reivindicar espacios de poder”. Las lógicas de poder clerical son otra deuda pendiente que debería ser asumida para una verdadera reforma de la iglesia.

 

Finalmente, el papa señala en la carta que este cambio “da lugar a que las mujeres tengan una incidencia real y efectiva en la organización, en las decisiones más importantes y en la guía de las comunidades, pero sin dejar de hacerlo con el estilo propio de su impronta femenina”. ¿Qué será esto de la impronta femenina? ¿sin pedir reivindicaciones? ¿con sumisión? ¿de manera suave? ¿con generosidad ilimitada? Sinceramente creo que esa impronta femenina se refiere a lo que “culturalmente” se ha atribuido a las mujeres y esta es la razón de las preguntas que acabo de formular. Pero acaso ¿todas esas características no han de ser valores humanos para varones y mujeres, posibilitando así una sociedad de la bondad, el servicio, la generosidad, tan necesaria, pero sin caer en la falta de profetismo y audacia para denunciar lo que aún no está bien?

 

Definitivamente, los cambios eclesiales van a un paso demasiado lento y están llenos de temores, justificaciones y cegueras. Lamentablemente cuando la institución eclesiástica se atreva a dar los pasos necesarios, mucha gente habrá tomado otros caminos y no porque no quieran seguir a Jesús sino porque con su lentitud la gente habrá visto necesario tomar otros caminos.

 

 

 

 

 

martes, 5 de enero de 2021

 

¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo?

 

Estamos iniciando el 2021 y parece que será un año de paciencia, confianza y buena disposición para lograr afrontar el covid-19 y conseguir que deje de ser una pandemia. Todo dependerá de las disposiciones de los países para hacer posible la vacuna y que llegue a todos. Ojalá que sean diligentes, pero mientras todo eso pasa, nuestra fe ha de estar más viva que nunca, porque es en estos momentos difíciles en los que se constata el significado de ella en nuestra vida.

El apóstol Pablo puede iluminar nuestra vivencia de estos tiempos, cómo lo hacía con sus comunidades, en las circunstancias que ellos tuvieron que vivir. Los instaba a la perseverancia confiada y a la esperanza gozosa con la práctica continúa de la caridad. A la comunidad de Filipos, por ejemplo, les invita a “estar siempre alegres en el Señor” (Flp 4, 4), no porque los tiempos fueran fáciles, sino por la confianza puesta en el Señor. Les pide también “no inquietarse por cosa alguna, antes bien, en toda ocasión, presentar a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias” (Flp 4, 6). Les promete que “la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,7). No una paz mágica, ni por ausencia de conflictos, sino porque viene de Dios y no depende de sí las cosas van bien o no, sino del Señor Jesús, “en quien todo se puede ya que Él mismo es quien nos conforta” (Flp 4, 13).

En la carta a los Romanos Pablo presenta las circunstancias límite que podemos vivir y antes las cuáles el amor de Dios permanece, sosteniéndonos firmes: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación? ¿la angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿los peligros? ¿la espada? (…) en todo ello salimos vencedores, gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que, ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 35-39).

Es muy honda la experiencia que el apóstol espera que vivamos en el amor del Señor Jesús. “Si él está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8, 31). Por supuesto estas palabras no significan que no nos va a pasar nada, ni que la enfermedad o la muerte no golpeará nuestras casas o las situaciones económicas serán todas positivas. Pero si significan que la complejidad de esta situación que vivimos no puede apagar nuestra fe, sino que, por el contrario, desde ella, seguir mirando el futuro con optimismo, trabajando sin descanso por un futuro mejor para la humanidad.

Esto supondría que en este año nos empeñemos en varias deudas pendientes de nuestro compromiso cristiano. Enumeremos algunas de ellas.

-        Un verdadero compromiso con el cuidado de “la casa común”. Al inicio de la pandemia vimos como los cielos se limpiaban debido a la quietud y el no uso de transporte. Por supuesto eso solo fue una sensación que no es suficiente para detener el cambio climático, que con tanta urgencia necesitamos. Pero tal vez todo lo vivido en estos meses nos haga conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos, comenzando por las acciones que podemos hacer en nuestras casas y exigiendo políticas públicas que preserven por encima de cualquier ganancia económica, el cuidado del medio ambiente. Esto no es un trabajo solo de los ecologistas, es también de los creyentes que afirmamos a Dios como creador del cielo y la tierra, una casa común que se nos ha confiado y de la que se pueda afirmar: “Y vio Dios que todo estaba bien” (Gn 1, 28-31).

-        Un verdadero compromiso con la dimensión social de la fe. Es decir, sacar nuestra fe de las iglesias -en el sentido de no reducirla a las celebraciones litúrgicas-, sino que ella se viva en la realidad sociopolítica y económica de nuestros pueblos. Hemos visto y palpado la precariedad económica que golpea a la mayoría y esto no es voluntad de Dios, ni consecuencia de la pandemia. Es a raíz de sistemas económicos que solo privilegian la ganancia y no el derecho al trabajo digno. Exigir esos derechos no es solo tarea de los líderes sociales es también de todo cristiano que vive la dimensión política de su existencia y sabe que allí se concreta también la fe que profesa.

-        Un verdadero compromiso con el diálogo intercultural e interreligioso porque la pluralidad es un signo de nuestros tiempos y hay que verlo como oportunidad de diálogo y enriquecimiento mutuo y no de actitudes intolerantes y llenas de “fobias”, llámense homofobia, xenofobia, aporofobia, etc.  En este último sentido la Encíclica Fratelli Tutti hace un llamado contundente al diálogo y la amistad social, a la fraternidad/sororidad, como el núcleo más profundo de la fe, el que en verdad nos hace vivir la vida “con sabor a evangelio” (FT n. 1)

En definitiva, la vida humana siempre tendrá muchos desafíos que tenemos que afrontar y hemos de hacerlo con toda la responsabilidad posible. Y nuestra fe ha de ser el motor y la fuerza para vivir a fondo lo que cada tiempo presente trae. Y para nosotros hoy, es luchar contra el covid, pero en el horizonte de toda la problemática que ha revelado, exigiéndonos buscar soluciones integrales, más allá de la sola vacuna. No olvidemos que “la fe sin obras es muerta” (St 2,17) y solo en el compromiso con el tiempo presente mostraremos que ella está viva y vale la pena ser creyente.