miércoles, 5 de enero de 2022

 

¿Y si fuéramos mejores en el 2022?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Cuando algo inicia, se espera que resulte positivo y que de los mejores frutos. Pues bien, estamos iniciando el 2022 y podríamos intentar hacer de este año una experiencia positiva, por lo menos, desde lo que depende de nosotros. En efecto, hay cosas que nos vienen de afuera y no siempre se pueden controlar. Ya tenemos la experiencia de la pandemia que nos acompaña hace dos años, nadie la esperaba y hemos tenido que afrontarla. Así podrán venir otras situaciones a las que responderemos de la mejor manera y confiaremos en superarlas pero que no podemos prever de antemano.

Lo que sí podemos cuidar, cultivar y realizar es nuestro propio interior para que de él salgan las mejores energías, actitudes y acciones para hacer muy fecundo este nuevo año. Podemos cultivar el optimismo, no para evadir la realidad, sino para que sea más fácil hacer algo posible. El optimismo nos empuja hacia adelante, nos hace ver el “vaso medio lleno” en lugar de verlo “medio vacío”. El optimismo nos hace sonreír y abre puertas allí donde parece que todo está cerrado.

Cultivemos la aceptación hacia las demás personas como ellas son y no como quisiéramos que sean. Miremos a los demás comprendiendo sus maneras de ser, actuar, relacionarse con nosotros. No quiere decir que no les ayudemos para que corrijan sus errores y sean personas más íntegras. En la medida que sea posible hemos de aconsejar, proponer, inspirar. Pero el amor auténtico acoge a los demás como son y disculpa sus cansancios, sus errores y, sobre todo, siempre pone en primer lugar lo bueno de los demás -que siempre hay mucho- antes que sus aspectos negativos y que más nos incomodan. A veces esto es muy difícil, pero sí hay algo que vale la pena en la vida, es el camino que hemos recorrido con otros.

Cultivemos la preocupación por los demás, por sus necesidades, sus problemas. Pero hagámoslo como lo dice el evangelio: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt 6, 3). Esto para no creernos salvadores de nadie y para no hace sentir a los otros deudores de nuestras ayudas sino manos amigas que saben extenderse cuando hace falta. Aquí también vale la pena recordar la cita del evangelio “pobres siempre tendrán entre ustedes” (Mc 14,8), texto bíblico que a veces se interpreta como excusa para no buscar erradicar la pobreza porque parece que hasta el evangelio la justifica, pero que, en realidad significa que siempre habrá alguna mano extendida que requiere de la nuestra porque, mientras estemos en este mundo, nos necesitamos mutuamente. Y, con más razón, los más pobres de cada tiempo, siempre serán una exigencia en la que se testimonia la verdad de nuestro amor a Dios porque “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a su hermano a quien no ve” (1 Jn 4,20).

Cultivemos el perdón para que se aligere nuestro corazón y no viva con la amargura del rencor o del recuerdo que atormenta. Hay situaciones que, por más vueltas que le demos, ya no se pueden cambiar porque así fueron y cada persona tiene sus razones para justificar su actuación en determinada situación (si nos referimos a un desencuentro entre personas) y, en casos más graves, lo que se perdió o lo que sucedió no se puede cambiar. Pero perdonar y ser perdonado libera de todo aquello y permite un nuevo comienzo. Es más fácil perdonar y poder seguir caminando con esas personas que romper para siempre y privarse del cariño, la compañía, el sentido de familia o de amistad que se vive cuando se camina con otros.

Cultivemos la fe en el Dios que no nos salva mágicamente de las pandemias, pero si nos da fuerzas para superarlas. Ese Dios que nos ha sostenido en este tiempo y nos ha mostrado que solo “remando todos hacia el mismo lado” -como lo expresó el papa Francisco al inicio de la pandemia-, podemos llegar a buen puerto. La fe cristiana nos ha conectado en esta pandemia con el cuidado de la creación y esto debemos fomentarlo. Nos ha invitado a menos rito y más vida, descubriendo que lo importante no es asistir al templo sino en vivir lo que significan los sacramentos para que, cuando vayamos al templo, celebremos la vida y no la rutina del rito.

Cultivemos la espiritualidad que es mucho más que rezar algunas oraciones. Es dejarnos interpelar por lo que nos dicen los signos de los tiempos, descubriendo por dónde nos lleva el espíritu de Dios. Es distinguir entre una religiosidad alienante y un compromiso con la construcción del bien común.

Cultivemos la sinodalidad, palabra que se introdujo en la vida de la Iglesia el pasado mes de octubre cuando Francisco inauguró el “Sínodo sobre la sinodalidad” frente al cual muchos clérigos y laicado no tienen la menor idea cómo proceder. Pero este año será ocasión propicia para entender mejor que en la iglesia o “caminamos juntos” (significado de la palabra sinodalidad) o esta institución se anquilosará más y muchos se irán de ella. Porque la iglesia solo tiene sentido si se vive la experiencia comunitaria en su ser y proceder. Siempre hemos afirmando que la iglesia es comunidad, pero en ella, unos deciden casi todo y otros permanecen pasivos. Con lo cual, nuestro modo de proceder desdice de lo que la iglesia es. Pero el Espíritu que no deja de soplar -aunque seamos tardos en escucharle- una vez más nos urge a que demos testimonio de esa igualdad fundamental que debe existir entre todos los miembros de la Iglesia -Pueblo de Dios-, aportando sus distintos ministerios y carismas, pero todos para el servicio de la comunidad.

Cada persona puede seguir formulando que le gustaría cultivar para este 2022 desde su propia realidad. Lo importante es no dejar de estar en camino porque la vida continúa y nuestra acción determina, en gran medida, hacia dónde, con quienes y de qué manera.

 

martes, 28 de diciembre de 2021

 

¡Feliz Año!

 

Olga Consuelo Vélez

 

Es interesante constatar que lo que nos deseamos al terminar el año, es felicidad para el año que viene. ¡Feliz año! Repetimos una y otra vez y solo deseamos cosas buenas: que haya más éxito, más salud, más alegrías, más paz, nuevas perspectivas y oportunidades. Esto refleja la capacidad humana de seguir apuntando al bien y de que no nos resignamos con el mal y el fracaso, ni con la enfermedad o la muerte -aunque esta covid la haya explicitado tanto-.

Para los creyentes esta apuesta por un tiempo mejor no proviene solo de esa capacidad humana que acabamos de señalar sino también de la confianza puesta en el “Dios de la vida” en quien creemos. Nuestro Dios es el Dios de las Buenas Noticias. Es buena noticia el Dios que salió al encuentro del pueblo de Israel, no porque fueran el pueblo más grande y numeroso sino precisamente por ser un pueblo pequeño e indefenso (Dt 7,7). Es buena noticia el Dios que liberó a su pueblo del poder de los egipcios y les entregó la tierra que mana leche y miel (Ex 3, 8). Es buena noticia el Dios que, a pesar del pecado del pueblo, jamás se apartó de ellos y no revocó su promesa en ningún instante (Jer 31,33). Pero, sobre todo es buena noticia el Dios en quien creemos que se hizo ser humano en Jesús, “un Dios con nosotros” (Mt 1,23), compartiendo así, nuestra condición humana y mostrándonos que, desde la humanidad que sentimos limitada y pequeña, se puede ser un ser humano de la talla de Dios mismo.

Y ¿qué significa ser humano al estilo de Dios? Para eso hay que mirar a Jesús lo que hizo y dijo y si Él, siendo humano, pudo hacerlo, con toda seguridad podemos hacerlo también nosotros.

Si miramos los textos del Nuevo Testamento, vemos a un Jesús a quien describen como aquel que “pasó haciendo el bien” (Hc 10, 38). Una frase muy corta pero muy profunda para describir a Jesús y para invitarnos a ser como Él.

Todos podemos pasar “haciendo el bien”, cuando nos interesa la vida de los otros y no pasamos de largo frente a ellos. Cuando escuchamos su voz, su punto de vista, sus sentimientos, sus dolores y no juzgamos de antemano. Cuando nos disponemos a dar el primer paso para solucionar un problema, aclarar un desacuerdo, reconstruir una relación rota. Cuando nos dejamos tocar por las necesidades de los demás y descubrimos todo lo que somos capaces de dar de nosotros mismos para remediarlas. Cuando tenemos una actitud agradecida frente a todo lo que son los demás y cómo nos enriquecen con sus dones personales. Y así podríamos seguir enumerando tantas maneras de hacer el bien y todo el fruto que esto daría para hacer del próximo año, un año feliz.

Por supuesto no podemos olvidar las actitudes negativas que también salen de nuestro interior y que percibimos en los que nos rodean. Todo aquello que enturbia la posibilidad de hacer el bien. Tantos rencores, envidias, orgullos, y una infinita lista de actitudes que también viven en el corazón humano y con las que tenemos que lidiar a diario. Pero para eso también nos enseño Jesús con su propia vida, la liberación que da el perdonar, la fuerza que da el volver a comenzar de nuevo, la alegría que inunda la vida cuando reconociendo las propias faltas, volvemos a emprender el camino.

Ser humano es estar caminando, con sus avances y retrocesos, con sus logros y fracasos. Pero ser humano creyendo en Jesús -Dios con nosotros- es tener la certeza de que Él nos lleva por verdes prados y aguas que refrescan pero que también no se aparta de nuestro lado cuando pasamos por valles oscuros (Sal 23).

El mensaje cristiano está siendo dejado de lado por muchas personas, especialmente por los jóvenes. No logran encontrar en él una palabra que les atraiga y les convoque. Tal vez se nos ha olvidado mostrar toda la humanidad que encierra, testimoniar que no es un mensaje de normas por cumplir, de pecados por confesar, sino de vida que vivir. Vida de amor, de justicia, de paz, de compromiso, de futuro, de felicidad.

Tal vez hace falta comunicar más las Bienaventuranzas que son el programa del Reino de Dios anunciado por Jesús y cómo ponerlo en práctica. Felices los “pobres de espíritu”, es decir, los que no viven llenos de sí sino que están abiertos a la relación, al otro y, sobre todo a Dios; Felices los mansos o humildes, que según Santa Teresa, son los que viven en verdad; reconociendo sus riquezas y sus limitaciones y por eso saben comprender las riquezas y limitaciones de los otros; Felices los que lloran, es decir, aquellos que se dejan afectar por el dolor del mundo, no lo rehúyen, lo asumen y buscan transformarlo. En fin, podríamos seguir con cada una de las Bienaventuranzas, pero se pueden resumir en felices lo que se arriesgan a vivir desde el amor y asumen todo lo que él implica (1 Cor 13, 4-8).

Queda poco para decir muchas veces ¡Feliz Año! Que llenemos esa palabra “felicidad” del contenido que la vida del Dios hecho ser humano en Jesús nos comunica. Atrevámonos a ser felices de la manera como lo enseñó Jesús. Seguramente así el año que pronto comenzamos será un año mucho más feliz para nosotros y para todos los que nos rodean.

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

 

¿Qué celebrar en esta Navidad?


 

Hace un año, por estas mismas fechas, decíamos que el año de pandemia nos había confrontado con la limitación humana y con todas las carencias que se develaron por esta situación: más pobreza, más violencia intrafamiliar, más incertidumbre, más miedos y tantas otras realidades. Esperábamos que llegará pronto el tiempo de postpandemia y que nuestro mundo fuera mejor. Pero ha pasado otro año y la pandemia no se ha ido.

Algo hemos mejorado, bien sea por las vacunas (aunque su distribución hasta hoy no ha sido equitativa para todos los países) o bien porque se han retomado las actividades ya que no había más alternativa: sin trabajo hay más pobreza y la situación estaba siendo insostenible. Además, los centros educativos han ido retomando sus actividades porque la socialización es indispensable para el desarrollo psicológico de niños y jóvenes y porque la calidad de la educación ha sido muy poca, especialmente para los más pobres, por la falta de conectividad y mediaciones tecnológicas que solo están al alcance de unos pocos.

Desde este panorama nos preguntamos: ¿Qué celebrar en esta Navidad? ¿Qué nos dice el Niño del pesebre? Posiblemente este año haya más reuniones familiares y más encuentros de fe para conmemorar este misterio. Todo dependerá de cómo estén las cosas en ese momento. Pero lo que sigue presente es lo que significa el Jesús Niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” del que los ángeles dijeron aquel día: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2, 12-14). El Niño Jesús significa vida, esperanza, alegría, futuro.

Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles. Y no nos contentamos con la vida, sino que aspiramos a una vida digna, a una vida plena, a una vida feliz. La fe nos empuja, una y otra vez, a no decaer en este esfuerzo por lograrlo.

Significa ‘esperanza’ porque, aunque a veces da la impresión de que nada ha cambiado y no hemos aprendido lo suficiente de este tiempo de pandemia, hay más conciencia de la necesidad de hacer algo para contrarrestar el cambio climático y para garantizar una vida mejor para la humanidad.

Significa “alegría” porque el Niño que nace nos da la certeza de que Dios se ha encarnado en nuestra historia y todo lo que nos pasa, es de su interés. Más aún, hace suyas nuestras necesidades y sufrimientos y nos acompaña para superarlas. No es una alegría ingenua que proviene de afuera por una experiencia agradable sino es la alegría que viene de dentro, fruto de la confianza y de la certeza de la fe.

Significa ‘futuro’ porque con Jesús en nuestra historia se hace posible un nuevo comienzo no solo de los seres humanos sino de la creación: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5). El libro del Apocalipsis cierra la revelación consignada en la Sagrada Escritura con esa fe firme en el Señor de la historia que cumple su promesa de poner su morada en medio de su pueblo para que se cumpla lo dicho a los israelitas: “ellos serán su pueblo y Él, Dios con ellos, será su Dios” (Ap 21, 3).

Junto a esto que acabamos de señalar está lo que cada uno puede traer a la celebración de esta Navidad. Este tiempo es una buena oportunidad para traer a los pies del niño Jesús lo que nos ha significado este largo tiempo de pandemia. Si los magos llevaron al niño Jesús “oro, incienso y mirra”, como dice el evangelio de Mateo (2,11) y los pastores, como dice el evangelio de Lucas, “que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño (…) fueron y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (2, 8.16-18); nosotros podemos llegar con todo lo que ha significado este tiempo. Algunos podrán recordar a sus familiares difuntos. Otros llevarán las secuelas del covid manifestadas en problemas de salud o en dificultades económicas o pérdidas de otro tipo. No faltarán los que llevarán los caminos abiertos en medio de esa dificultad ya que se dio la llamada ‘re-invención’, con la que muchos lograron abrir las puertas que la pandemia cerró. Pero sea lo que cada uno traiga, Navidad es ese lugar sencillo, pobre, donde esta María “guardando todo en el corazón” (Lc 2, 19) y transmitiéndonos la confianza infinita en el amor de Dios que no se va nunca de nuestra vida, sino que se encarna en ella, quedándose definitivamente entre nosotros.

Preparémonos, por tanto, para una celebración de Navidad que brote de lo que somos, vivimos, traemos en el corazón, soñamos para el futuro. Recuperemos esa alegría que caracteriza esta época y que se expresa en los villancicos, la novena, el compartir fraterno, las luces, la decoración, todo aquello que ha acompañado la navidad colombiana y que el año pasado quedo tan relegado por las circunstancias que vivíamos. No podemos perder la ‘prudencia’ que tenemos que seguir teniendo para controlar la pandemia. Pero aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos. Alegrémonos, entonces porque el niño Dios nace y ¡se queda definitivamente entre nosotros! (Mt 1, 23)

sábado, 11 de diciembre de 2021

 

Adviento: tiempo de preparación y de esperanza

 

Olga Consuelo Vélez

 

Por segundo año consecutivo estamos celebrando Adviento marcados por la pandemia. Parece que la incertidumbre y la esperanza, de nuevo se dan cita para mostrar que así es la vida humana. En efecto, no dejamos de toparnos con la limitación, el sufrimiento, la enfermedad e incluso la muerte, pero al mismo tiempo, mantenemos la esperanza en un futuro mejor.

Por eso la gente, a pesar de los dolores que trae consigo la pandemia, se prepara para vivir este tiempo. Las casas se han adornado, las calles están llenas de luces, la música navideña comienza a sonar a nuestro alrededor y, ya con menos limitaciones de aforos, hay muchos más encuentros y se planean reuniones para celebrar las fiestas que se acercan.

Es un tiempo que contagia alegría, independiente de sí las personas se dicen creyentes o no. Simplemente se entra en ese ambiente que parece distinto y da la sensación de descanso, de tranquilidad, de que se acaba algo y puede empezar otra cosa nueva.

Para los que tenemos fe, este tiempo de adviento nos anuncia una buena noticia, aunque esta, a veces, se diluye entre tantas luces y fiestas. Conmemoramos el nacimiento de Jesús en quién Dios se ha hecho presente en lo humano. Desde entonces, podemos celebrar que ya Dios no es el misterio lejano y desconocido sino el ser humano cercano y solidario, que comparte todas nuestras alegrías y preocupaciones.

Si nos fijamos en las lecturas bíblicas de estos domingos de adviento, encontramos en ellas la invitación a prepararnos para este acontecimiento. En la figura de Juan el Bautista se nos anuncia que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6) en la medida que se “allanen los senderos, los barrancos se rellenen, las colinas se rebajen, lo tortuoso se haga recto” (Lc 3, 4-5). Es decir, que las situaciones cambien y sean favorables para la humanidad. Al oír la predicación del Bautista, la gente le pregunta: ¿Qué hemos de hacer? (Lc 3, 10) y Él les responde: “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3, 11) y el texto continúa con las respuestas de Juan el Bautista a los publicanos y a los soldados que también parecen buscar un cambio y quieren saber cómo hacerlo. De esa manera Juan exhorta a sus contemporáneos para que orienten su vida hacia el amor, la solidaridad, el bien común, la ayuda mutua, de manera que sea posible la buena noticia de la salvación que el Niño Dios ofrece.

Dicho de otra manera, el Dios hecho ser humano en Jesús, nos viene a mostrar que la salvación consiste en el bienestar de la humanidad. Su deseo es que a nadie le falte nada para vivir. Pero eso solo se puede hacer si el que tiene más es capaz de compartir con el que tiene menos. Ese sería el sentido de los regalos navideños: repartir todo aquello que somos y tenemos. Lamentablemente los regalos se convirtieron en un acto social, más expresión del consumismo desmedido que de un compartir solidario o signo de un formalismo social de dar para recibir, de dar para quedar bien ante los otros, de dar para mostrar que se tiene poder adquisitivo.

Fuera de la figura de Juan el Bautista, el evangelio del cuarto domingo nos habla de María e Isabel y el encuentro entre ellas. Allí Isabel reconoce que, en ese niño pequeño en el seno de María, se hace carne la salvación ofrecida por Dios y alaba a María porque, gracias a su fe, se hizo posible el cumplimiento de las promesas divinas (Lc 1, 39-45).

De ahí que nuestra preparación en este tiempo de adviento no consiste en obras extraordinarias sino en mirar nuestra cotidianidad y buscar vivirla con las mejores actitudes posibles. Hay tanto bien que podemos hacer. Tantas palabras que podemos corregir, tantas actitudes que podemos mejorar, tanto pasado que podemos perdonar, tantos desencuentros que podemos superar. Adviento nos invita a toparnos con la humanidad de Dios para que nos ayude a vivir la nuestra a todos los niveles: personal y social.

Aprovechar este tiempo para crecer en las relaciones de familia, de amistad, de colegas de estudio o de trabajo, de vecinos, de todos aquellos con los que de alguna manera nos topamos cada día. Pero también aprovechar el tiempo para pensar en un país distinto en el que la vida se garantice para todos y todas. Por eso, la dimensión socio política de la vida humana, no es ajena a la buena noticia de la salvación que el Niño que nace nos anuncia. Hay que atreverse a soñar con que se puede hacer otro tipo de política, otro tipo de economía, otro tipo de sociedad. Supone riesgo y apuesta por el cambio. Pero también revela nuestros miedos y la incapacidad de pensar que las cosas pueden ser distintas. Tal vez el Niño del pesebre nos ayude a creer que de donde parece no puede surgir nada, es posible que se transforme todo. Y que la esperanza que parece más propia de este tiempo, nos siga fortaleciendo para no dejar de creer en la buena noticia del Reino: “el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene”.

 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

 

¿Experiencia de sinodalidad en la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Finalizada la Primera Asamblea Eclesial nos preguntamos: ¿Qué se logró en ese evento y que queda de aquí en adelante? Para los que participaron directamente en ella les queda una experiencia positiva de encuentro, esperanza, optimismo, gratitud por haber tenido esa oportunidad de estar en primera fila pensando y soñando con una Iglesia distinta. Así lo expresaron muchos de los participantes y se sienten animados para responder a los doce desafíos pastorales que la Asamblea presentó al final de la misma. Dichos desafíos destacaron la necesidad de reconocer el protagonismo de los jóvenes, de las mujeres, del laicado, de los pueblos originarios y afrodescendientes, escuchar el clamor de los pobres, excluidos, descartados, de las víctimas de las injusticias sociales, dar prioridad a una ecología integral y renovar la experiencia de Iglesia como Pueblo de Dios, erradicando el clericalismo y formando en la sinodalidad a todo el pueblo de Dios.

Pero también el desarrollo de la Asamblea mostró las dificultades de hacer un proceso verdaderamente sinodal. Aunque Francisco afirme que la sinodalidad es la forma de ser y de actuar de la Iglesia en este milenio, más valdría decir que es la forma que debe aprender a vivir porque hace mucho no es esa la praxis eclesial.

Una mirada de conjunto nos permite ver que la preeminencia de lo clerical fue notoria. Casi todos los discursos, ponencias y agradecimientos giraron en torno del clero para el clero. Yo esperaba que se destacará mucho más la presencia de la vida religiosa, del laicado, especialmente de los jóvenes, por supuesto de las mujeres, y que se viera una configuración entre los participantes de mayor pluralidad étnica y cultural. Sí hubo gestos, especialmente en los momentos de oración, que rompieron la hegemonía de lo que siempre se hace. Pero las principales celebraciones no contaron con ninguna novedad: un altar lleno de clérigos y un laicado con las pocas participaciones que le son permitidas en la liturgia tal y como hoy la tenemos.

Pero donde veo que sí se pueden notar avances en la sinodalidad es en aquellas voces que se levantaron a lo largo de la Asamblea para hacer caer en cuenta que algo no estaba funcionando como se esperaba. De lo que tuve conocimiento, la Conferencia de Religiosos/as del Perú, envió una carta a la Asamblea Eclesial demandando una metodología en continuidad con el proceso de escucha: “Súbitamente experimentamos que este proceso se frenó para dar paso a una lista de afirmaciones, sensatas y razonables, pero que no corresponden al proceso desarrollado, a lo vivido anteriormente desde la convocatoria de esta I Asamblea Eclesial. De manera particular, queremos llamar la atención a lo ocurrido entre el segundo y el tercer día. En muchas conversaciones de grupo del miércoles hubo voces absortas por el descarrilamiento que tuvo lugar en la redacción de la síntesis. Es como si el proceso de escucha hubiera culminado con la premura de arribar a las cuarenta y tantas afirmaciones y estas quedaron descarriladas de todo lo vivido en las etapas previas. ¿qué ocurrió?”. Fue una interpelación muy clara, directa y oportuna.

En un sentido parecido, los asambleístas de Chile también expresaron disconformidad porque en la Asamblea no se le dio el puesto que se debía a la crisis de abusos en la Iglesia. En su comunicado también expresan la falta de continuidad entre el proceso de escucha y lo que se comenzó a hacer en la Asamblea. Parecía que el Documento para el discernimiento no hubiera sido el punto de partida, sino que comenzaran todo de nuevo.

Pero tal vez lo más significativo fue la comunicación de los jóvenes quienes también expresaron sus sentimientos y reflexiones sobre el camino que habían hecho. Primero reconocieron todo lo positivo que supuso la Asamblea y su experiencia en ella, pero expresaron de manera muy clara lo que habían notado a lo largo de la misma: “hemos notado que muchos mayores quieren liderar y no nos dejan soñar. De 1000 asambleístas es inadmisible que sólo 82 sean jóvenes laicos (menores de 35 años) (…) ha faltado que se nos involucre en los espacios de planificación y toma de decisiones de esta Asamblea (…) existen dificultades para participar como: (…) la anulación de la voz juvenil en algunos grupos de discernimiento. (…) Pareciera que a veces se pidiera la integración de las voces jóvenes de manera infantil o demandante (…) el aporte de los jóvenes queda condicionado al discernimiento, proyecciones y decisiones de alguien más y pierde la vida que hay detrás. Reiteramos, el camino recorrido hasta ahora es muy bonito, pero todavía no hemos superado pasar la estructura episcopal en la que los discursos y espacios se conceden a obispos y presbíteros, las voces de los laicos, las mujeres, los jóvenes y los religiosos no han sido escuchadas”.

De otras apreciaciones que leí en las redes sociales de personas que habían participado, supe que algunos clérigos quedaron molestos con algunas de las intervenciones porque claramente se pedía que el clero dejara su protagonismo y también que algunos invocaban que no deberían levantarse críticas para “no romper la sinodalidad”. Este último comentario es muy interesante porque es algo que es necesario reflexionar. A veces se cree que, para vivir la comunión, la sinodalidad, el amor fraterno, etc., se ha de abandonar la actitud crítica y aceptar las cosas como son, sin exigir nada, sin denunciar nada, sin pedir nada. A los que se atreven a levantar la voz se les mira con recelo y se les acusa de entorpecer los procesos. Personalmente creo que es todo lo contrario y que si podemos rescatar algo de sinodalidad en esta Asamblea Eclesial son los testimonios que acabé de señalar porque son esas voces las que en verdad confrontan el ser y actuar de la Iglesia y son ellas las que contribuyen decisivamente a que algún día, la sinodalidad sea una experiencia más real en la Iglesia.

En conclusión, ¿qué queda de esta Asamblea? Ojalá que los episcopados asuman estos desafíos y se preocupen por responder a ellos, pero, sobre todo, ojalá que reflexionen sobre lo que quedó evidente que no fue sinodalidad para que sean capaces de una conversión y las siguientes experiencias puedan seguir abriendo caminos en esa dirección. No es un camino fácil, pero sin duda es lo que “Dios quiere para la Iglesia” y ya que se habló tanto en la Asamblea de “desborde del Espíritu”, que ese desborde se note en una actitud de conversión de fondo, acogiendo las voces que se levantan para mostrar qué las cosas no están funcionando como deberían porque es en esas voces donde el camino de la sinodalidad comienza a ser posible.

 

 

 

martes, 23 de noviembre de 2021

 

La otra pandemia de nuestro tiempo: la violencia contra las mujeres

Olga Consuelo Vélez

El próximo 25 de noviembre conmemoramos nuevamente el “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la mujer”. Lo ideal sería que ya no hubiera que conmemorarlo, ni fuera necesario seguir insistiendo en la necesidad de erradicar dicha violencia, sino que se pudiera afirmar que ya ninguna mujer sufre en razón de su sexo. Pero mientras llega ese día, sólo queda seguir insistiendo en develar tal violencia que, tantas veces, es solapada, disimulada, justificada y supone todo un esfuerzo evidenciarla y mostrar que no se puede tolerar de ninguna manera. La sociedad patriarcal en la que vivimos la ha introyectado tanto en la conciencia de varones y mujeres, jóvenes y adultos que, por mucho que se muestren las evidencias, más de uno las niega sistemáticamente.

El origen de esta conmemoración se remonta a las hermanas Mirabal -Patria, Minerva y María Teresa- dominicanas que lucharon contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y, como a tantos que luchan, las asesinaron vilmente, pretendiendo hacer pasar su muerte como un accidente. Pero, en realidad, fueron secuestradas y asesinadas por los agentes del Servicio de Inteligencia militar dominicano el 25 de noviembre de 1960. Pero fue el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe de 1981, el que propuso que el asesinato de las hermanas Mirabal fuera recordado como día contra la violencia hacia las mujeres. Más adelante, en 1993, la ONU aprobó la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer reiterando su derecho a la igualdad, la seguridad y la dignidad y en el año 2000, declaró oficialmente esta fecha como Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.

Independiente de conmemoraciones, lo cierto es que la violencia contra las mujeres sigue, como lo constatan, entre otros, los informes de la ONU. Según este organismo, un 35% de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia física o sexual en algún momento de sus vidas y 137 mujeres son asesinadas cada día por miembros de la propia familia. Las mujeres y niñas representan el 72% de las víctimas globales de trata de seres humanos y las adolescentes tienen el mayor riesgo de experimentar relaciones sexuales forzadas. Con la pandemia la violencia contra las mujeres aumentó considerablemente pero solo un 40%, ha denunciado las agresiones que esta situación ha supuesto para ellas.

Las cifras nos alertan y reflejan algo del panorama mundial. Pero cada persona puede detenerse a mirar a su alrededor y darse cuenta cómo se vive esa violencia contra la mujer. Personalmente veo que muchas jovencitas están comenzando a crecer con otra forma de percibirse -exigiendo sus derechos- y eso da esperanza de que llegará el día para el cambio. Pero muchas otras repiten la historia de sus progenitoras: madres a temprana edad y viviendo la interminable cadena de violencias que se desprenden de las relaciones que se establecen en nuestras sociedades patriarcales, donde la mujer carga con la peor parte y depende en muchos sentidos del varón.

Pero, lo que más me sorprende, es la cantidad de mujeres que rondan los treinta-cuarenta años, con estudios y carreras profesionales exitosas que establecen relaciones con parejas violentas, pero no los denuncian, sino que lo disimulan y, las que llegan a separarse, guardan esa historia como un secreto y aducen que no dicen nada para no dañar la carrera profesional de la expareja o para evitar represalias.

También hay muchas mujeres profesionales que dicen no sentirse ofendidas, maltratadas, invisibilizadas, violentadas, ni con gestos, palabras, actitudes, estructuras o acciones concretas. Señalan que las mujeres pueden obtener lo que quieran y no deben existir cuotas de género porque eso es darles alguna ventaja que no deben aceptar. Seguro han vivido situaciones privilegiadas, pero también puede ser que prefieren no enfrentar esta realidad porque algo tendrían que reconocer sobre sí mismas y cuando la verdad es dolorosa, se evita fácilmente. No parece que se hubieran enterado de que la sociedad patriarcal a todos nos condiciona y, de alguna manera, todas hemos sufrido por ella.

Y, conozco también muchas otras que no sufren violencia física sino psicológica: constantemente sus parejas las critican, les exigen incluso económicamente para sostener el hogar y, aunque a simple vista parecen tan liberadas y tranquilas, solo con observar un poco, se percibe esa doble carga de la mujer en el hogar y esa violencia patriarcal expresada de tantas y variadas formas. Por supuesto, las realidades que he señalado no se cumplen en todas las mujeres y, muchas tienen una conciencia feminista muy honda y están abriendo caminos de liberación y nuevas perspectivas para las mujeres.

Pero la reflexión que quiero hacer es sobre todo desde el punto de vista creyente. Todavía no hay muchas voces que se levanten en nombre de la fe denunciando toda la violencia ejercida sobre las mujeres. No hay una autocrítica sobre la espiritualidad que se vive, permitiendo tanta violencia sin que se exija un cambio. Es importante incorporar esta realidad como un compromiso cristiano ineludible en aras de coherencia con la dignidad inviolable de todo ser humano, en este caso, de las mujeres. Y no solo levantar la voz frente a las violencias que se viven en la sociedad sino también las de dentro de la Iglesia porque mantener esquemas asimétricos entre varones y mujeres en su seno, es también violencia ejercida contra ellas, contrario al plan divino de salvación que no admite ninguna diferencia en razón del sexo: “(…) ya hay diferencia entre varón y mujer porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

lunes, 15 de noviembre de 2021

 

Y las mujeres siguen pidiendo lo que les pertenece 

¿cuándo se les devolverá lo que es suyo?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Se ha dado a conocer el “Documento para el Discernimiento comunitario” de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe que fue inaugurada el 24 de enero de 2021, seguida por una fase de escucha cuyo resultado ha sido este Documento y que tendrá su encuentro presencial y virtual en la semana del 21 al 28 de noviembre próximos en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México. Recordemos que esta Asamblea tiene como novedad que no es sólo Episcopal sino de todo el Pueblo de Dios. El propósito de esta Primera Asamblea es hacer memoria de los aportes teológicos y pastorales de la V Conferencia de Aparecida, celebrada en 2007 y formular las orientaciones pastorales prioritarias que animarán nuestro caminar para los próximos años.

 

El Documento para el Discernimiento comunitario tiene cuatro capítulos. El primero presenta el horizonte y propósito de la Asamblea recordando que desde las Conferencias de Medellín y Puebla la opción preferencial por los pobres ha sido una característica central de la Iglesia del Continente. El segundo capítulo muestra el entronque de esta Asamblea con la Conferencia de Aparecida resumiéndolo en la afirmación de “Todos somos discípulos misioneros en salida”. El capítulo tercero se refiere a los signos de nuestro tiempo que nos interpelan: la pandemia, el cuidado de la Casa Común, la creciente violencia en nuestras sociedades, el fortalecimiento de la democracia y la defensa y promoción de los derechos humanos y la educación integral y transformadora. Finalmente, el capítulo cuarto, trata los signos eclesiales que más nos interpelan: la Iglesia sinodal, el reto de anunciar el evangelio a las familias hoy, los jóvenes protagonistas de la sociedad y de la Iglesia hoy, de la pastoral en la ciudad a la pastoral urbana, un nuevo lugar para la mujer en la Iglesia y en la sociedad, el clericalismo, los casos de abuso en la Iglesia y el movimiento evangélico-pentecostal. En cada uno de estos signos se recoge lo expresado en la fase de escucha. Con seguridad no todos los participantes en esa fase expresaron las mismas inquietudes, ni las plantearon desde la misma perspectiva. Pero el Documento hace una síntesis que nos permite ver lo que preocupa, interpela, pide una respuesta.

 

En lo que me quiero fijar es en el signo eclesial sobre las mujeres que es uno de los temas pendientes en la Iglesia y en el que no se acaban de dar todos los pasos necesarios. Si recordamos, en el Documento final del Sínodo sobre la Amazonía (2019), documento que el papa Francisco dice que hay que tener en cuenta junto con la Exhortación Querida Amazonía (2020), se hicieron peticiones muy concretas sobre conferir ministerios a las mujeres y a los varones de forma equitativa e incluso se solicita el diaconado para las mujeres. El papa responde en Querida Amazonía que los ministerios ordenados están reservados a los varones. De todas maneras, hay que reconocer pequeños pasos que se han dado desde entonces. Por una parte, se modificó, por petición del papa, el canon del Derecho Canónico que restringía los ministerios de lectorado y acolitado solo a varones. Ahora ya no hay excusa para que algunos presbíteros impidan que la mujer ejerza esos ministerios. Por otra parte, el papa ha nombrado a varias mujeres en algunos puestos de responsabilidad.

 

Pero la urgencia de una participación plena de las mujeres en la Iglesia sigue pendiente y es así como se expresa en el Documento para el Discernimiento comunitario de la Asamblea eclesial. En el numeral correspondiente a este ítem se estructura con las siguientes expresiones: lo que más duele, lo que nos da esperanza, lo más ausente, lo más presente y propuestas. Se refiere al ámbito social en el que se pide, especialmente, erradicar todas las violencias contra las mujeres y cómo la Iglesia también ha de levantar su voz para denunciar y exigir un cambio en este aspecto. Pero en el ámbito eclesial se sigue insistiendo en lo que todavía falta: que se acabe la desigualdad en razón del género, fruto del machismo, la falta de escucha y el no reconocimiento del empoderamiento de la mujer. Además, se recuerda, que la verdadera Iglesia de Jesucristo será aquella que reconozca en plenitud el trabajo de las mujeres y así contribuya también como institución social, a un mundo sin misoginia ya que, en no pocos casos, algunas autoridades son conservadoras, machistas y clericalistas dificultando el acceso de las mujeres a roles de liderazgo o dirección en una Iglesia dominada por varones, cuando ellas son la gran mayoría del pueblo de Dios. Refiriéndose a las religiosas llama la atención la conciencia, cada vez mayor, de que muchas veces se les relega al servicio doméstico de los varones, supeditadas al sacerdote o diácono permanente, ignorando o minimizando su voz. En ámbitos eclesiales la teología sigue siendo patriarcal, no liberadora, sin considerar el pensamiento de la mujer. La Iglesia no se abre seriamente a la reflexión sobre la posibilidad de recepción de ministerios ordenados para las mujeres cuando la Iglesia está poblada mayoritariamente por mujeres y duele que la mujer no pueda votar en algunas de las estructuras formales de la Iglesia.

 

Como puede verse, las mujeres siguen pidiendo lo que les pertenece. En efecto, los estudios sobre la praxis de Jesús -su anuncio del reinado de Dios y el discipulado que se formó en torno suyo- y la organización de las primeras comunidades cristianas muestran la inclusión efectiva de las mujeres en roles de decisión, liderazgo y ministerial. O sea, las mujeres no están pidiendo algo inédito para ellas sino lo que les pertenece pero que la institucionalización y sacerdotalización posterior de la Iglesia fue quitándoles. Y, lamentablemente, la resistencia a hacer cambios es muy grande, expresándose en la creación de comisiones para estudiar si hubo diaconas en los orígenes de la Iglesia -vamos por la segunda comisión con el papa Francisco pero este tema ya había sido abordado antes, sin resultados positivos- y también en la resistencia de muchos cristianos, no solo clérigos sino varones y muchas mujeres, que no logran entender el sistema patriarcal en el que vivimos y se refleja en una iglesia encarnada en la historia y por eso, el documento para el discernimiento, afirma explícitamente: “falta a la mujer una mayor educación para cambiar el paradigma de sí misma y de su aporte a la sociedad y a la Iglesia”.

 

En definitiva, la Asamblea ya está a puertas de realizarse y esperemos dé frutos abundantes de renovación no solo para esta deuda pendiente con las mujeres sino para todos los otros signos sociales y eclesiales que interpelan y exigen una respuesta desde la fe. No me cabe la mejor duda de todo el esfuerzo, dedicación y compromiso que han puesto los organizadores. Pero mirando la dinámica de lo propuesto para su realización ya se ven ciertas ausencias del protagonismo laical: los saludos de bienvenida y discursos iniciales serán hechos por el clero. Las tres charlas sobre temas de reflexión están a cargo de presbíteros. La secretaria general la encabezan los clérigos. Sólo en algunos paneles y en ayudas para las síntesis y discernimiento aparecen algunos laicos/as y religiosas. Por supuesto los grupos de discusión contarán con la presencia fuerte del laicado, pero sigue la pregunta: ¿cuándo la estructura de la Iglesia y la de los eventos eclesiales comenzará a reflejar una Iglesia sinodal? Esperemos que algo se avance aquí y el Sínodo sobre la sinodalidad continue trabajando hacia ello.