miércoles, 16 de febrero de 2022

 

¿Será posible ser feliz?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Todas las personas buscan la felicidad y esta, muchas veces, resulta esquiva. Cuando se cree que todo está en orden y ahora sí todo irá bien, aparece algún imprevisto que no se espera. Este puede ser una enfermedad, una situación familiar, un hecho social, un evento laboral, en fin, múltiples situaciones humanas, las cuales no se esperaba que sucedieran y que nos traen preocupación e incertidumbre. En realidad, nadie puede planificar que las cosas marchen bien ni que haciendo esto o aquello se podrá ser feliz. Más aún, la felicidad como un estado inalterable, es imposible alcanzarlo mientras estemos en estas coordenadas espacio-temporales. Pero, por supuesto, si se pueden experimentar muchos momentos felices y, en cierta medida, alcanzar un nivel de vida que lo haga posible.

Tanto Mateo como Lucas, cada uno en su propia versión, nos hablan de la felicidad en el conocido pasaje de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26). No pretendo aquí detenerme en esos textos, supremamente ricos, desde sus diferencias, sino solamente decir una afirmación general: Felices los que se entusiasman por vivir al estilo de Jesús y quieren hacer de este mundo algo mejor; felices los que trabajan por hacer que las cosas marchen bien porque Dios mismo se pone de su lado asegurando que nadie quedará defraudado cuando las personas se disponen a ser constructoras de bien y de bondad.

Claro que, a primera vista, se puede pensar que son felices las personas que tienen mucho dinero (y por eso tantos quieren tener más), o que tienen mucha fama (y por eso tanta preocupación por el qué dirán), o que tienen mucho poder (y por eso tantas ganas de estar en esos niveles para disponer de las cosas a su antojo) y, efectivamente, quienes alcanzan esos estilos de vida, logran muchas cosas a su favor y tienen muchos momentos de bienestar, de comodidad, de placer, etc. Es deseable, por supuesto, que todos tengan los medios económicos suficientes para vivir con tranquilidad porque es el mínimo necesario para tener una vida digna y desde ahí alcanzar un desarrollo integral. Pero también conocemos que estos mismos medios, cuando se convierten en el único objetivo de la vida, atrapan el corazón, de tal manera, que la mayoría de las veces estas personas acaban presas de sus propios deseos y la felicidad tampoco se hace realidad en sus vidas. Podrán ostentar muchas cosas, pero será difícil que consigan la plenitud de vida que brota de la armonía consigo mismo, con los demás y con toda la creación.

Precisamente la manera de vivir que Jesús nos propone, advierte de esas desviaciones tan frecuentes en el corazón humano. Jesús nos propone que en lugar del tener o acumular, la felicidad se da en el compartir; en lugar de la fama o vanagloria, la felicidad se alcanza en la libertad de quien sabe que su dignidad no se basa en títulos sobrepuestos sino en lo que se es como persona y, en lugar del dominio, Jesús propone el servicio, entendido como esa capacidad de salir de sí para encontrarse con el rostro de los demás; rostros que nos enriquecen e interpelan, haciéndonos entender que todos nos necesitamos mutuamente: unas veces para ayudar a los otros y, tantas otras,  para que ellos nos ayuden a nosotros.

Todo esto puede parecer muy idealista y, en la práctica, es difícil vivirlo. Pero no es imposible. Jesús que se hizo en todo semejante a nosotros (Flp 2, 7), fue capaz de hacerlo realidad y por eso lo recuerdan sus seguidores como aquel que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Y ser cristiano no es otra cosa que asumir ese mismo estilo de vida. Por eso el apóstol Pablo les escribe a los gálatas: “No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos. Así que, mientras tangamos oportunidad, hagamos el bien a todos” (Gál 6, 9-11).

La felicidad no es tener un estado en el que no acontece nada que nos haga sufrir, sino empeñarse por salir al paso del sufrimiento humano para transformarlo. Muchas veces será con la aceptación. Pero otras veces será con la acción activa. Unas veces será con la actitud agradecida que permite reconocer tanto bien que nos rodea, otras veces será con el perdón que libera el corazón de tanto resentimiento y permite un nuevo comienzo. Toda actitud que construya el bien común es fuente de felicidad mientras que todo aquello que lo destruye la impiden. Esta es la propuesta del reino y los cristianos, si la vivimos, podríamos ser más gestores de felicidad en este mundo tan necesitado de ella.

miércoles, 2 de febrero de 2022

 

Hablar en la Iglesia de lo que se habla en la sociedad

 

Olga Consuelo Vélez

 

En días pasados escuché hablar sobre “Teorías de género” en un conversatorio virtual auspiciado por instancias eclesiales oficiales. Me pareció muy positivo porque hace falta que se hable al interior de la Iglesia de los temas de los que se hablan en la sociedad. Por supuesto dentro de la Iglesia se habla de algunos temas, pero muchas veces, para “condenarlos”, “levantar sospechas sobre ellos”, “alertar de sus peligros y de cómo atentan a la fe”, etc. Pero esta vez, fue una charla bastante abierta, acogiendo las reflexiones filosóficas sobre el tema y mostrando cómo hay diferentes teorías de género y muchas de ellas están en consonancia con el cristianismo.

Las teorías de género llevan muchas décadas siendo desarrolladas y permean, cada vez más, la academia y la vida social. Pero en las instancias eclesiales oficiales, muchos temas llegan tarde después de haberlos perseguido -a veces sin suficiente conocimiento-, pero que calan bastante en la comunidad eclesial. De hecho, en ese conversatorio, una de las personas que intervino manifestó que no estaba de acuerdo con lo dicho porque, como se había afirmado siempre, esas teorías eran totalmente contrarias a la fe. No había demasiado espacio para hablar por lo cual, no se sabe si más personas pensaban así. Algunas otras que hablaron, agradecieron el aporte porque ellas veían que la fe tenía que acoger las nuevas realidades.

Fijándonos en cómo las instancias eclesiales oficiales se aproximan a estas temáticas, podemos ver, por ejemplo, que en ese conversatorio casi todas las participantes eran mujeres, con lo cual, queda claro que el clero participa muy poco de esas reflexiones y, sin embargo, son quienes luego pontifican sobre el tema. Por otra parte, me parece que hay la tendencia a formular los temas con la palabra “nuevo”, como para liberarlos de lo negativo que la Iglesia ha afirmado que tiene esa temática. Por ejemplo, cuando se habla de feminismo, últimamente he escuchado en algunos sectores eclesiales que se acepta el “nuevo feminismo”. Creo que, con ese término “nuevo” se intenta “purificar” el feminismo que tanto se ha criticado o mostrar que no es que se esté cambiando de postura, sino que se asume de “otra manera”.

Desde mi punto de vista, estos esfuerzos por “purificar” los temas o por “apartarse” de la manera cómo se concibe en la sociedad cierta realidad, no tiene sentido. Es verdad que hay muchos feminismos, porque históricamente se ha ido tomando conciencia de distintas demandas y no todas las mujeres han coincidido en las mismas demandas al mismo tiempo. Pero lo fundamental del feminismo que es la reivindicación de los derechos de las mujeres -porque no los hemos tenido- no es un “nuevo feminismo” para que entre a la Iglesia, sino que es el feminismo en sí que, las instancias eclesiales oficiales han de acoger, si quieren caminar al ritmo de los tiempos, si quieren responder a los desafíos actuales.

Lo mismo podríamos decir de las teorías de género que, admitiendo diferencias como lo expuso la conferencista, en su esencia han develado los roles que se atribuyen a las personas en virtud de su sexo, haciendo que tanto varones como mujeres hayan sido limitados, condicionados, restringidos a un tipo de comportamientos –las mujeres son intuitivas, los varones son inteligentes; las mujeres son sentimentales, los varones no lloran, etc.-; pero aceptar dichas teorías no implica “purificarlas” o darles algún adjetivo que parezca que ahora sí pueden entrar en la reflexión eclesial.

Lógicamente las reflexiones y puesta en práctica de estos temas son mucho más complejas de lo expuesto aquí. Las teorías de género que trabajan los colectivos de diversidad sexual, hacen más planteamientos que es necesario estudiar para comprender y acompañar. Pero lo que quiero decir es que no vivimos en dos planos de realidad: lo que se vive en la sociedad y lo que una vez “supuestamente purificado”, admitimos en nuestra experiencia de fe. Por el contrario, si queremos ser una Iglesia que, en verdad, este atenta a los “signos de los tiempos” y quiere suscitar reflexiones sobre las cuestiones actuales, no necesita purificar los temas, sino asumir lo que va siendo conciencia actual de la humanidad porque la ciencia, la cultura, la sociedad van dando esos pasos, los van incorporando y cada vez lo viven más personas.

Algunos aducen que la fe no debe “contemporizar” con el mundo. Esto es cuestionable. Si algo es propio del cristianismo es la encarnación en la historia, el asumir este mundo como él es. Jesús se encarnó como varón, en un tiempo concreto, en un pueblo con una lengua, unas costumbres, fue profeta itinerante, en fin, asumió su tiempo y vivió en él. Cuestionó lo que no correspondía al Dios del reino: ese Dios de la igualdad, de la inclusión, de la misericordia, de la acogida, de las buenas noticias. Nuestra fe, por tanto, es una fe encarnada que ha de asumir el mundo y vivir la fe en él.

Por supuesto la Iglesia ha de ayudar en el discernimiento, ofreciendo una palabra de sentido e interpelando lo que vea necesario, pero en actitud de diálogo, de escucha, de buscar comprender los fundamentos de lo que se va proponiendo. Ha de reconocer que muchas veces hay más ignorancia y dogmatismo que conocimiento de aquello a lo que se opone. La Iglesia necesita aprender mucho más del mundo para responder adecuadamente a él.

De hecho, en aquel conversatorio yo pregunté sobre el lenguaje inclusivo, sobre la teología feminista, sobre el método de deconstrucción y construcción y por las respuestas dadas, nada de esto parecía ser objeto todavía de reflexión en esas instancias eclesiales. Señal de la lentitud con la que se camina y, no dudo, de que esa es una de las causas por las que más personas se alejan de la Iglesia. Conviene, por tanto, liberarse de tanto prejuicio y entrar en diálogo con los desarrollos presentes. Posiblemente así, la Iglesia mostrará que se toma en serio la encarnación del Verbo y por eso asume en verdad la realidad, sin tanto prejuicio o ignorancias que le impiden hacerlo.

 

 

lunes, 24 de enero de 2022

 

No da lo mismo tomar una opción que otra

Olga Consuelo Vélez

En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia. Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse. Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29). Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia. A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismo. No da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan. No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente.

 

jueves, 20 de enero de 2022

 

¿Cómo dialogar en tiempos de polarizaciones?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Vamos retomando las actividades de inicio de año y cada país tiene sus propios acontecimientos que tenemos que ir asumiendo. En Colombia nos espera, entre otras cosas, un tiempo electoral que trae no solo la responsabilidad de elegir bien sino de saber sortear el cómo dialogar entre nosotros, el cómo hacer camino juntos para tomar las mejores decisiones. Y esto no es fácil porque, aunque siempre se han dado confrontaciones (por ejemplo, en Colombia, entre liberales y conservadores), en estos últimos años las polarizaciones se han vuelto estructurantes de nuestras sociedades (los de izquierda y los de derecha, los populismos y los liberalismos, los provacunas y los antivacunas, por nombrar algunas), estas nos colocan en confrontaciones reales con los que piensan distinto. ¿Cómo asumir tanta polarización? Y en política -que ya nos ocupa a los colombianos- ¿Qué hacer ante las diferencias? No tengo la respuesta, pero quiero proponer algunas reflexiones desde una postura de fe.

Muchas personas afirman que es mejor no hablar de política (ni de religión, ni de vacunas, etc.) para evitar el conflicto y que no se rompan las familias o las amistades. Parecería que es la postura más sana y, algunos dirán, la más cristiana. Sin embargo, personalmente creo que no hablar de estos temas no es la opción. Sin involucrarnos y tomar postura en lo que nos afecta, uno no se compromete con el futuro que es necesario construir y del que nadie debería sentirse ajeno.

Por eso creo que es indispensable dialogar. Pero todo diálogo supone condiciones para que efectivamente sea diálogo y no monólogo. En primera instancia supone la escucha efectiva del otro y que también se nos escuche. Solo escucha quien reconoce que no es poseedor de la verdad sino buscador de la misma. Que no lo sabe todo, sino que aprende de los demás (y se supone y se espera lo mismo de la otra parte del diálogo). Pero el diálogo exige también unos fundamentos válidos y con fuentes veraces. Y aquí es donde surge una gran dificultad. Hablamos de algunos temas basándonos en slogans, en frases que nos venden los medios de comunicación, en posturas de alguna persona que tienen fama, es decir, en lo que se llamaría “fundamentalismos” -afirmaciones sin sustento- y no pareciera que nos interesara llegar a la verdad, comprobar los hechos, verificar que aquello es correcto. Dialogar no puede ser repetir lo que he oído decir a otros. Dialogar supone la capacidad del ser humano de buscar la verdad y exponer los fundamentos (no los fundamentalismos) de aquello que expone.

Por eso dialogar no es fácil, porque exige madurez humana, autenticidad personal, rectitud moral. Y, lamentablemente vivimos en un mundo lleno de superficialidades donde cada vez todo es más rápido, más inmediato, más opinable, más desechable. Por eso, a veces, sinceramente no se puede dialogar y no vale la pena perder el tiempo hablando con algunas personas. Ahora bien, esto no significa que se opta por no hablar para no romper la relación con los otros, sino que se toma conciencia de la inmadurez que pueden tener nuestros familiares o amigos y -también nosotros por supuesto- y, por eso no es de extrañar, que nuestro mundo tantas veces vaya por tan malos caminos ya que no logramos asumir la responsabilidad que nos corresponde.

Pero a veces no se puede dialogar con los otros, no solo por lo que acabamos de señalar, sino porque uno camina con aquellos con los que tiene proyectos compartidos que, no quiere decir homogéneos, pero sí compartidos. Y momentos difíciles, como el de tomar decisiones, validan esa comunión de ideales y sueños con las personas cercanas. Y, tristemente, a veces las relaciones se rompen porque si no hay comunidad de intereses, no se puede caminar con aquellos que están remando para otro lado. Cuando esto no se logra, hay rupturas inevitables. Más aún, por doloroso que esto sea, a veces es imposible que no suceda. Parece una actitud muy poco cristiana. Pero, no es así. Es cristiano comprometerse con la realidad que vivimos y asumirla con todas las consecuencias. Esto fue lo que hizo Jesús: no pasó de largo en la historia que le tocó vivir, sino que la asumió con gestos, palabras, actitudes, convicciones. Si Jesús hubiera permanecido neutral (aunque decir que se es neutral es tomar una posición, como decía el gran líder, recientemente fallecido, Desmond Tutu “si eres neutral en situaciones de injusticia es que has elegido el lado opresor”) no se hubiera ganado ni la traición de algunos de sus discípulos y, mucho menos, su asesinato de manos de sus enemigos.

La vida cristiana no es para “tibios”, como dice el Apocalipsis: “puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (3, 16). Y, en actitud de diálogo, sin odios, hay que tomar posturas, realizar gestos, explicitar las convicciones, decir lo que se ve necesario. Y los enemigos llegan y, a veces, entre los más cercanos. Solo queda seguir luchando por aquello que creemos es mejor para todos, comenzando por los más pobres y, confiar que los tiempos de resurrección llegarán en la medida que nos mantengamos fieles en los momentos de conflicto y muerte.

Así de fuerte me parece este tiempo de elecciones que se avecina. Lo que está en juego no es la elección de un candidato u otro, sino la elección de un proyecto de país que sea más favorable para las mayorías más afectadas. Es necesario dialogar mucho pero también buscar fundamentos y no quedarnos con los fundamentalismos o fake news que abundan, especialmente sobre los proyectos sociales que se atreven a romper moldes, que imaginan y proponen otras maneras de garantizar los derechos para todos. Para el cristiano es imperativo dialogar y comprometerse con lo político. Por esto, buena tarea nos espera, aunque no sea nada fácil.

 

 

 

miércoles, 5 de enero de 2022

 

¿Y si fuéramos mejores en el 2022?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Cuando algo inicia, se espera que resulte positivo y que de los mejores frutos. Pues bien, estamos iniciando el 2022 y podríamos intentar hacer de este año una experiencia positiva, por lo menos, desde lo que depende de nosotros. En efecto, hay cosas que nos vienen de afuera y no siempre se pueden controlar. Ya tenemos la experiencia de la pandemia que nos acompaña hace dos años, nadie la esperaba y hemos tenido que afrontarla. Así podrán venir otras situaciones a las que responderemos de la mejor manera y confiaremos en superarlas pero que no podemos prever de antemano.

Lo que sí podemos cuidar, cultivar y realizar es nuestro propio interior para que de él salgan las mejores energías, actitudes y acciones para hacer muy fecundo este nuevo año. Podemos cultivar el optimismo, no para evadir la realidad, sino para que sea más fácil hacer algo posible. El optimismo nos empuja hacia adelante, nos hace ver el “vaso medio lleno” en lugar de verlo “medio vacío”. El optimismo nos hace sonreír y abre puertas allí donde parece que todo está cerrado.

Cultivemos la aceptación hacia las demás personas como ellas son y no como quisiéramos que sean. Miremos a los demás comprendiendo sus maneras de ser, actuar, relacionarse con nosotros. No quiere decir que no les ayudemos para que corrijan sus errores y sean personas más íntegras. En la medida que sea posible hemos de aconsejar, proponer, inspirar. Pero el amor auténtico acoge a los demás como son y disculpa sus cansancios, sus errores y, sobre todo, siempre pone en primer lugar lo bueno de los demás -que siempre hay mucho- antes que sus aspectos negativos y que más nos incomodan. A veces esto es muy difícil, pero sí hay algo que vale la pena en la vida, es el camino que hemos recorrido con otros.

Cultivemos la preocupación por los demás, por sus necesidades, sus problemas. Pero hagámoslo como lo dice el evangelio: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt 6, 3). Esto para no creernos salvadores de nadie y para no hace sentir a los otros deudores de nuestras ayudas sino manos amigas que saben extenderse cuando hace falta. Aquí también vale la pena recordar la cita del evangelio “pobres siempre tendrán entre ustedes” (Mc 14,8), texto bíblico que a veces se interpreta como excusa para no buscar erradicar la pobreza porque parece que hasta el evangelio la justifica, pero que, en realidad significa que siempre habrá alguna mano extendida que requiere de la nuestra porque, mientras estemos en este mundo, nos necesitamos mutuamente. Y, con más razón, los más pobres de cada tiempo, siempre serán una exigencia en la que se testimonia la verdad de nuestro amor a Dios porque “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a su hermano a quien no ve” (1 Jn 4,20).

Cultivemos el perdón para que se aligere nuestro corazón y no viva con la amargura del rencor o del recuerdo que atormenta. Hay situaciones que, por más vueltas que le demos, ya no se pueden cambiar porque así fueron y cada persona tiene sus razones para justificar su actuación en determinada situación (si nos referimos a un desencuentro entre personas) y, en casos más graves, lo que se perdió o lo que sucedió no se puede cambiar. Pero perdonar y ser perdonado libera de todo aquello y permite un nuevo comienzo. Es más fácil perdonar y poder seguir caminando con esas personas que romper para siempre y privarse del cariño, la compañía, el sentido de familia o de amistad que se vive cuando se camina con otros.

Cultivemos la fe en el Dios que no nos salva mágicamente de las pandemias, pero si nos da fuerzas para superarlas. Ese Dios que nos ha sostenido en este tiempo y nos ha mostrado que solo “remando todos hacia el mismo lado” -como lo expresó el papa Francisco al inicio de la pandemia-, podemos llegar a buen puerto. La fe cristiana nos ha conectado en esta pandemia con el cuidado de la creación y esto debemos fomentarlo. Nos ha invitado a menos rito y más vida, descubriendo que lo importante no es asistir al templo sino en vivir lo que significan los sacramentos para que, cuando vayamos al templo, celebremos la vida y no la rutina del rito.

Cultivemos la espiritualidad que es mucho más que rezar algunas oraciones. Es dejarnos interpelar por lo que nos dicen los signos de los tiempos, descubriendo por dónde nos lleva el espíritu de Dios. Es distinguir entre una religiosidad alienante y un compromiso con la construcción del bien común.

Cultivemos la sinodalidad, palabra que se introdujo en la vida de la Iglesia el pasado mes de octubre cuando Francisco inauguró el “Sínodo sobre la sinodalidad” frente al cual muchos clérigos y laicado no tienen la menor idea cómo proceder. Pero este año será ocasión propicia para entender mejor que en la iglesia o “caminamos juntos” (significado de la palabra sinodalidad) o esta institución se anquilosará más y muchos se irán de ella. Porque la iglesia solo tiene sentido si se vive la experiencia comunitaria en su ser y proceder. Siempre hemos afirmando que la iglesia es comunidad, pero en ella, unos deciden casi todo y otros permanecen pasivos. Con lo cual, nuestro modo de proceder desdice de lo que la iglesia es. Pero el Espíritu que no deja de soplar -aunque seamos tardos en escucharle- una vez más nos urge a que demos testimonio de esa igualdad fundamental que debe existir entre todos los miembros de la Iglesia -Pueblo de Dios-, aportando sus distintos ministerios y carismas, pero todos para el servicio de la comunidad.

Cada persona puede seguir formulando que le gustaría cultivar para este 2022 desde su propia realidad. Lo importante es no dejar de estar en camino porque la vida continúa y nuestra acción determina, en gran medida, hacia dónde, con quienes y de qué manera.

 

martes, 28 de diciembre de 2021

 

¡Feliz Año!

 

Olga Consuelo Vélez

 

Es interesante constatar que lo que nos deseamos al terminar el año, es felicidad para el año que viene. ¡Feliz año! Repetimos una y otra vez y solo deseamos cosas buenas: que haya más éxito, más salud, más alegrías, más paz, nuevas perspectivas y oportunidades. Esto refleja la capacidad humana de seguir apuntando al bien y de que no nos resignamos con el mal y el fracaso, ni con la enfermedad o la muerte -aunque esta covid la haya explicitado tanto-.

Para los creyentes esta apuesta por un tiempo mejor no proviene solo de esa capacidad humana que acabamos de señalar sino también de la confianza puesta en el “Dios de la vida” en quien creemos. Nuestro Dios es el Dios de las Buenas Noticias. Es buena noticia el Dios que salió al encuentro del pueblo de Israel, no porque fueran el pueblo más grande y numeroso sino precisamente por ser un pueblo pequeño e indefenso (Dt 7,7). Es buena noticia el Dios que liberó a su pueblo del poder de los egipcios y les entregó la tierra que mana leche y miel (Ex 3, 8). Es buena noticia el Dios que, a pesar del pecado del pueblo, jamás se apartó de ellos y no revocó su promesa en ningún instante (Jer 31,33). Pero, sobre todo es buena noticia el Dios en quien creemos que se hizo ser humano en Jesús, “un Dios con nosotros” (Mt 1,23), compartiendo así, nuestra condición humana y mostrándonos que, desde la humanidad que sentimos limitada y pequeña, se puede ser un ser humano de la talla de Dios mismo.

Y ¿qué significa ser humano al estilo de Dios? Para eso hay que mirar a Jesús lo que hizo y dijo y si Él, siendo humano, pudo hacerlo, con toda seguridad podemos hacerlo también nosotros.

Si miramos los textos del Nuevo Testamento, vemos a un Jesús a quien describen como aquel que “pasó haciendo el bien” (Hc 10, 38). Una frase muy corta pero muy profunda para describir a Jesús y para invitarnos a ser como Él.

Todos podemos pasar “haciendo el bien”, cuando nos interesa la vida de los otros y no pasamos de largo frente a ellos. Cuando escuchamos su voz, su punto de vista, sus sentimientos, sus dolores y no juzgamos de antemano. Cuando nos disponemos a dar el primer paso para solucionar un problema, aclarar un desacuerdo, reconstruir una relación rota. Cuando nos dejamos tocar por las necesidades de los demás y descubrimos todo lo que somos capaces de dar de nosotros mismos para remediarlas. Cuando tenemos una actitud agradecida frente a todo lo que son los demás y cómo nos enriquecen con sus dones personales. Y así podríamos seguir enumerando tantas maneras de hacer el bien y todo el fruto que esto daría para hacer del próximo año, un año feliz.

Por supuesto no podemos olvidar las actitudes negativas que también salen de nuestro interior y que percibimos en los que nos rodean. Todo aquello que enturbia la posibilidad de hacer el bien. Tantos rencores, envidias, orgullos, y una infinita lista de actitudes que también viven en el corazón humano y con las que tenemos que lidiar a diario. Pero para eso también nos enseño Jesús con su propia vida, la liberación que da el perdonar, la fuerza que da el volver a comenzar de nuevo, la alegría que inunda la vida cuando reconociendo las propias faltas, volvemos a emprender el camino.

Ser humano es estar caminando, con sus avances y retrocesos, con sus logros y fracasos. Pero ser humano creyendo en Jesús -Dios con nosotros- es tener la certeza de que Él nos lleva por verdes prados y aguas que refrescan pero que también no se aparta de nuestro lado cuando pasamos por valles oscuros (Sal 23).

El mensaje cristiano está siendo dejado de lado por muchas personas, especialmente por los jóvenes. No logran encontrar en él una palabra que les atraiga y les convoque. Tal vez se nos ha olvidado mostrar toda la humanidad que encierra, testimoniar que no es un mensaje de normas por cumplir, de pecados por confesar, sino de vida que vivir. Vida de amor, de justicia, de paz, de compromiso, de futuro, de felicidad.

Tal vez hace falta comunicar más las Bienaventuranzas que son el programa del Reino de Dios anunciado por Jesús y cómo ponerlo en práctica. Felices los “pobres de espíritu”, es decir, los que no viven llenos de sí sino que están abiertos a la relación, al otro y, sobre todo a Dios; Felices los mansos o humildes, que según Santa Teresa, son los que viven en verdad; reconociendo sus riquezas y sus limitaciones y por eso saben comprender las riquezas y limitaciones de los otros; Felices los que lloran, es decir, aquellos que se dejan afectar por el dolor del mundo, no lo rehúyen, lo asumen y buscan transformarlo. En fin, podríamos seguir con cada una de las Bienaventuranzas, pero se pueden resumir en felices lo que se arriesgan a vivir desde el amor y asumen todo lo que él implica (1 Cor 13, 4-8).

Queda poco para decir muchas veces ¡Feliz Año! Que llenemos esa palabra “felicidad” del contenido que la vida del Dios hecho ser humano en Jesús nos comunica. Atrevámonos a ser felices de la manera como lo enseñó Jesús. Seguramente así el año que pronto comenzamos será un año mucho más feliz para nosotros y para todos los que nos rodean.

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

 

¿Qué celebrar en esta Navidad?


 

Hace un año, por estas mismas fechas, decíamos que el año de pandemia nos había confrontado con la limitación humana y con todas las carencias que se develaron por esta situación: más pobreza, más violencia intrafamiliar, más incertidumbre, más miedos y tantas otras realidades. Esperábamos que llegará pronto el tiempo de postpandemia y que nuestro mundo fuera mejor. Pero ha pasado otro año y la pandemia no se ha ido.

Algo hemos mejorado, bien sea por las vacunas (aunque su distribución hasta hoy no ha sido equitativa para todos los países) o bien porque se han retomado las actividades ya que no había más alternativa: sin trabajo hay más pobreza y la situación estaba siendo insostenible. Además, los centros educativos han ido retomando sus actividades porque la socialización es indispensable para el desarrollo psicológico de niños y jóvenes y porque la calidad de la educación ha sido muy poca, especialmente para los más pobres, por la falta de conectividad y mediaciones tecnológicas que solo están al alcance de unos pocos.

Desde este panorama nos preguntamos: ¿Qué celebrar en esta Navidad? ¿Qué nos dice el Niño del pesebre? Posiblemente este año haya más reuniones familiares y más encuentros de fe para conmemorar este misterio. Todo dependerá de cómo estén las cosas en ese momento. Pero lo que sigue presente es lo que significa el Jesús Niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” del que los ángeles dijeron aquel día: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2, 12-14). El Niño Jesús significa vida, esperanza, alegría, futuro.

Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles. Y no nos contentamos con la vida, sino que aspiramos a una vida digna, a una vida plena, a una vida feliz. La fe nos empuja, una y otra vez, a no decaer en este esfuerzo por lograrlo.

Significa ‘esperanza’ porque, aunque a veces da la impresión de que nada ha cambiado y no hemos aprendido lo suficiente de este tiempo de pandemia, hay más conciencia de la necesidad de hacer algo para contrarrestar el cambio climático y para garantizar una vida mejor para la humanidad.

Significa “alegría” porque el Niño que nace nos da la certeza de que Dios se ha encarnado en nuestra historia y todo lo que nos pasa, es de su interés. Más aún, hace suyas nuestras necesidades y sufrimientos y nos acompaña para superarlas. No es una alegría ingenua que proviene de afuera por una experiencia agradable sino es la alegría que viene de dentro, fruto de la confianza y de la certeza de la fe.

Significa ‘futuro’ porque con Jesús en nuestra historia se hace posible un nuevo comienzo no solo de los seres humanos sino de la creación: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5). El libro del Apocalipsis cierra la revelación consignada en la Sagrada Escritura con esa fe firme en el Señor de la historia que cumple su promesa de poner su morada en medio de su pueblo para que se cumpla lo dicho a los israelitas: “ellos serán su pueblo y Él, Dios con ellos, será su Dios” (Ap 21, 3).

Junto a esto que acabamos de señalar está lo que cada uno puede traer a la celebración de esta Navidad. Este tiempo es una buena oportunidad para traer a los pies del niño Jesús lo que nos ha significado este largo tiempo de pandemia. Si los magos llevaron al niño Jesús “oro, incienso y mirra”, como dice el evangelio de Mateo (2,11) y los pastores, como dice el evangelio de Lucas, “que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño (…) fueron y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (2, 8.16-18); nosotros podemos llegar con todo lo que ha significado este tiempo. Algunos podrán recordar a sus familiares difuntos. Otros llevarán las secuelas del covid manifestadas en problemas de salud o en dificultades económicas o pérdidas de otro tipo. No faltarán los que llevarán los caminos abiertos en medio de esa dificultad ya que se dio la llamada ‘re-invención’, con la que muchos lograron abrir las puertas que la pandemia cerró. Pero sea lo que cada uno traiga, Navidad es ese lugar sencillo, pobre, donde esta María “guardando todo en el corazón” (Lc 2, 19) y transmitiéndonos la confianza infinita en el amor de Dios que no se va nunca de nuestra vida, sino que se encarna en ella, quedándose definitivamente entre nosotros.

Preparémonos, por tanto, para una celebración de Navidad que brote de lo que somos, vivimos, traemos en el corazón, soñamos para el futuro. Recuperemos esa alegría que caracteriza esta época y que se expresa en los villancicos, la novena, el compartir fraterno, las luces, la decoración, todo aquello que ha acompañado la navidad colombiana y que el año pasado quedo tan relegado por las circunstancias que vivíamos. No podemos perder la ‘prudencia’ que tenemos que seguir teniendo para controlar la pandemia. Pero aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos. Alegrémonos, entonces porque el niño Dios nace y ¡se queda definitivamente entre nosotros! (Mt 1, 23)