lunes, 7 de marzo de 2022

 

Todavía falta mucho para que cambie la situación de las mujeres

 

Olga Consuelo Vélez

 

Llega de nuevo la conmoración del “Día Internacional de la mujer” y se esperaría que las cosas ya fueran diferentes. Por supuesto hay muchos cambios: a nivel legal se han ganado los derechos negados por tantos siglos y algunos “techos de cristal” se han roto. Hay muchísimas más mujeres profesionales y su liderazgo y presencia en distintos ámbitos es innegable. Otra imagen de mujer emerge, con más conciencia de sus derechos y con voz firme para exigirlos. Pero junto a estos logros siguen pendientes demasiados cambios.

Me atrevo a nombrar algunos. Las mujeres ya ocupan muchos campos en el ámbito civil pero cuando cierran la puerta de su casa, las cosas no siempre han cambiado. Así lo describía una mujer hace pocos días mostrando como el doble trabajo para la mujer sigue siendo una realidad. No siempre es porque los varones no realicen taras domésticas. También es porque está tan metido el imaginario de la mujer encargada de la casa, que muchas de ellas no logran repartir tareas porque creen que por “ser mujer” lo hacen mejor, o les toca o sin ellas todo se haría un caos. Algunas dicen que en su casa no hay machismo porque su marido “ayuda” en las tareas de la casa. Esas expresiones muestran que la paridad en el hogar es todavía algo a conquistar, en los actos, pero sobre todo en la mentalidad.

Otro aspecto que muestra todo lo que falta son los llamados “micromachismos” que se dan en todos los ambientes. Como ya las mujeres están más conscientes de la sociedad patriarcal, notan mucho más la cantidad de gestos, palabras, comentarios, chistes, etc., que siguen manteniendo la discriminación hacia las mujeres. Pero los varones se molestan cuando se les hace caer en cuenta de que esas expresiones no son las adecuadas y dicen que prefieren a las mujeres que no se fijan en eso. Y no faltan las mujeres que caen en ese juego sutil y afirman que ellas no viven ninguna opresión. En realidad, con eso reflejan, que la mentalidad patriarcal esta tan introyectada en las mujeres y que el miedo a perder algún tipo de aceptación es tan fuerte, que eluden estas reflexiones y así se fortalece el patriarcalismo.

En la televisión es llamativo ver que hay mujeres muy valiosas en su papel de periodistas, conductoras de programas, etc., pero si se observa con atención, tienen una exigencia tan alta de lucir su belleza y mostrarlo con su maquillaje, vestido, zapatos, etc., que se nota fácilmente lo acartonadas que tienen que estar mientras que sus compañeros varones que ejercen el mismo rol, se visten de manera cómoda. Pero a los varones no se les exige de la misma manera la apariencia física, mostrando así que la mujer sigue siendo de alguna manera un objeto estético que contribuye al posicionamiento de ese programa no tanto por sus capacidades sino por la belleza que pueda ostentar. Por supuesto también esta el mundo de los “galanes” pero a las mujeres se les exige, como en casi todo, el doble.

Pero nada de lo anterior se compara con la violencia física, sexual, psicológica, social, cultural que siguen sufriendo las mujeres. Los feminicidios no paran, sino que aumentan. Y en el ámbito público la violencia sexual camuflada sigue siendo una realidad. Se van destapando poco a poco dichas violencias en las empresas, en la política, e incluso en los colegios, como sucedió hace poco en Bogotá con un colegio de prestigio que tuvo mucha repercusión mediática pero que deja ver que las jóvenes que denunciaron lo hicieron cuando ya habían salido del colegio. ¿En cuantos colegios y en instituciones universitarias suceden cosas semejantes y cuántas niñas y jóvenes siguen sin denunciar por temor al estigma social? Es mejor quedarse calladas e intentar olvidarlo para no ser parte de esa larga lista de mujeres que han padecido tantas clases de violencia, especialmente sexual, pero que la sociedad patriarcal no denuncia, ni castiga, sino que estigmatiza y elude la responsabilidad.

Y, en todo esto, es imposible no mencionar a la iglesia que todavía no abre las puertas para que las mujeres tengan voz en los niveles de decisión. Últimamente se ha anunciado el nombramiento de algunas mujeres en cargos directivos en Roma. Pero cuando se escudriña un poco más el papel que juegan dichas mujeres en esos cargos, se ve que casi siempre -por no decir siempre- comparten dicho cargo con un varón. Anteriormente no era así, solo un varón ocupaba ese cargo. Resulta extraño que pareciera que la condición para nombrar mujeres es que también haya un varón en ese mismo nivel de responsabilidad. De todas maneras, son tan contadas las mujeres que están en esos niveles de decisión que se comprueba, una vez, más que todavía falta mucho para que haya esa paridad real entre varones y mujeres.

Por todo esto, conmemorar este día no solo es importante sino necesario. Ahora bien, hace falta tener coraje para seguir insistiendo en este cambio porque crece también el rechazo a quienes lo seguimos promoviendo. Sin duda es más fácil contentarse con lo que hay. Gloriarse por lo que se ha alcanzado. No arriesgarse a ser enlistadas en el grupo de mujeres que rompen la armonía que tiene la sociedad patriarcal frente a varones y mujeres. Mejor proponer que se tenga paciencia y no se levante demasiado la voz porque va a incomodar y eso puede ser peor. Tal vez puedan ser válidas esas actitudes. Pero si tantas mujeres levantan su voz desde los ámbitos sociales, no menos podemos dejar de hacerlo las que estando en los ámbitos religiosos decimos seguir a Jesús. De no hacerlo estaremos mostrando que no hemos entendido nada del reino de Dios que exige la inclusión efectiva de todas, todos y todes.

Que esta conmemoración siga develando la persistencia de la sociedad patriarcal y se continúe trabajando por esta causa, hasta que “la igualdad se haga costumbre”, como bien lo proclaman las mujeres de España participantes en la llamada “Revuelta de las mujeres en la Iglesia” que por estos días siguen levantando su voz con la esperanza de que se logren los cambios inaplazables para las mujeres de hoy y de mañana.

 

martes, 1 de marzo de 2022

 

Vivir la cuaresma con lo que traemos de esta pandemia

 

Olga Consuelo Vélez

 

Estamos comenzando el tiempo de cuaresma y este año podremos participar con más aforos presenciales en las celebraciones litúrgicas. Será ocasión, entonces, de avivar nuestra fe y recuperar el sentido comunitario de la experiencia eclesial. Pero no podemos volver a estas celebraciones de la misma manera que las dejamos hace dos años por la pandemia. Por el contrario, convendría que fuera un tiempo distinto, donde traigamos la experiencia vivida y proyectemos el futuro.

¿Qué podemos traer? Los miedos que nos provocó la pandemia, que fueron muchos: al contagio, a la enfermedad, a la muerte. El miedo al contagio, nos hizo alejarnos de los demás. Fue una experiencia fuerte, donde por muchos meses no pudimos estar cerca de los seres queridos. La enfermedad y la muerte trajeron preocupaciones, tristezas y dolor porque muchos parientes y amigos, aún hoy, resienten las consecuencias del covid y otras ya se fueron definitivamente dejando ese vacío profundo que nada ni nadie logra llenar y solo queda la aceptación y la confianza de que ellos ya gozan de la presencia de Dios.

Podemos traer también la incertidumbre que ha dejado toda esta situación. Aún ni sabemos si este virus ha sido derrotado, si conviviremos con él por mucho tiempo o si aparecerán otros semejantes. Lo que sabemos es que las consecuencias de todo este tiempo están ahí y hemos de asumirlas: mayor pobreza, deterioro en la salud mental de muchas personas, más violencia padecida por las mujeres, peor calidad en la educación, especialmente entre los más pobres, por la falta de conectividad y, así, muchas otras consecuencias, que cada quien podría nombrar.

Precisamente, la realidad de cada persona y la de nuestro mundo es lo que ha de estar presente en esta cuaresma. Este tiempo litúrgico, no es para “imaginar” o “recordar” la pasión del Señor sino para vivirla. De hecho, la pasión de Jesús sigue actual en todo aquello que no está acorde con el reino de Dios. Aún las cruces persisten, las que son fruto de la limitación humana y de nuestra naturaleza creatural pero, sobre todo, las que produce el egoísmo humano y la negatividad que albergan muchos corazones. Esas cruces son las que hemos de reconocer y buscar erradicar porque Dios no quiere la cruz, ni el sufrimiento, sino la vida plena para todos sus hijos e hijas.

La pasión de Jesús nos habla de su fidelidad a la buena noticia del reino. Jesús se va dando cuenta que despertaba contradictores y enemigos, incluso que se confabulan contra él para matarlo. Él habría podido huir o desistir de su misión, pero permaneció fiel porque echarse para atrás era impedir que el proyecto de Dios sobre la humanidad se hiciera posible. Por eso, a Jesús lo asesinaron los enemigos, pero “Dios lo resucitó y de eso somos testigos” (Hc 2, 32), afirmaron los discípulos los cuales, gracias a su testimonio, hicieron posible esa corriente de bien y de bondad, de triunfo de la vida sobre la muerte que ha llegado hasta nosotros, invitándonos a continuarla.

Es así como, reconociendo las cruces actuales, la cuaresma nos mueve a buscar cómo erradicarlas. Nada del sufrimiento humano nos es ajeno. Es tiempo de trabajar por la justicia social para que ni una pandemia, ni un desastre natural, ni la organización social, impidan la vida de la gente. En Colombia, en concreto, la cuaresma coincide con el tiempo de elecciones. Nuestro voto determinará hacía donde apostamos. Si escogemos políticas de muerte o de vida. Políticas que favorezcan a los más pobres o que mantengan los privilegios de algunos. Ojalá no olvidemos lo que el papa Francisco ha dicho con tanta claridad: “En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto los excluidos siguen esperando” (Evangelii Gaudium n. 54). Sin políticas sociales efectivas, no habrá mercado, ni libre competencia que transforme la injusticia social de nuestro mundo.

Pero también es urgente cuidar la “casa común”, porque tal y como estamos, no se augura un futuro prometedor para las próximas generaciones. Sabemos que muchos de los fenómenos naturales que nos afectan son fruto de la explotación irracional del planeta y del empeño de solo buscar ganancia en lugar de preservar el equilibrio ambiental. Una conversión “ecológica”, sería una manera muy concreta de vivir esta cuaresma.

Y por supuesto, nunca como ahora, es tarea la construcción de la paz pensando en las guerras que se desatan en nuestro mundo. Ahora bien, no podemos afrontarlas con el binomio “buenos y malos”, sino develando los intereses oscuros que se tejen de lado y lado para exigir que “de lado y lado” se den cambios sustanciales que hagan posible la paz.

Y cada cual podrá seguir definiendo, cómo y de qué manera, erradicar las cruces de nuestro mundo, cruces que necesitan ser transformadas para vivir el misterio pascual. Jesús que lo hizo posible con su propia vida, necesita de nosotros para que su resurrección dé los frutos esperados en el aquí y ahora de nuestro tiempo. De nuestra fidelidad al proyecto del reino dependerá que este año podamos celebrar el misterio pascual, no como un recuerdo de pasado sino como una realidad presente. En otras palabras, reconociendo tantas cruces que afectan a la humanidad, el tiempo de cuaresma se hace propicio para convertirnos a la justicia, a la bondad, a la solidaridad, al bien común, al cuidado de la creación, la construcción de la paz, en otras palabras, a hacer creíble la resurrección de Jesús en la historia que nos ha tocado vivir.

 

miércoles, 23 de febrero de 2022

 

Despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Algunas reflexiones

 

Olga Consuelo Vélez

 

En Colombia llevamos dos días hablando del aborto por la sentencia de la Corte Constitucional que despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana 24. Desde 2006 ya existía esta despenalización por las tres causales ya conocidas: (1) cuando existe peligro para la salud física o mental de la mujer; (2) cuando existe grave malformación del feto que hace inviable su vida extrauterina; (3) en caso de violación, transferencia de óvulo fecundado o inseminación artificial no consentida. Esta despenalización ya existe en otros países de Latinoamérica como Argentina y México, solo que estos países ponen como plazo límite, doce semanas.

Personalmente deseo y apoyo el que no haya ningún aborto. Desde nuestra fe, buscamos que la vida -toda vida- se valore y se defienda por encima de todo. Toda vida es sagrada, repetimos muchas veces, y si hay un valor fundamental, es el de la vida. Pero nos encontramos en sociedades plurales que afirman el valor de la vida, pero también afirman otros valores que no dejan nada que desear. El reconocer que la autonomía de la persona es un derecho fundamental y esto conlleva su libertad para tomar las decisiones que cree acordes a sus convicciones, es también propio de la doctrina cristiana. De hecho, en la moral católica la conciencia es el último juez moral y esta es inviolable. De ahí la posibilidad de la objeción de conciencia. Por supuesto, lo que acabamos de expresar, supone algunos complementos: toda decisión personal no puede afectar el bien de los demás y la conciencia moral ha de ser una conciencia formada, madura y autónoma.

La defensa de la fe es algo que desde los orígenes se ha practicado. Los padres de la Iglesia lo hicieron para librar la fe cristiana de las herejías y así, poco a poco, se fue consolidando el cristianismo. Luego vino la modernidad y no fueron pocos los científicos condenados. El protestantismo también fue combatido con todas las fuerzas. Y, así, cada época ha traído sus preocupaciones y la iglesia ha mostrado sus argumentos de defensa. Pero con Vaticano II, esa misma defensa tomó otra perspectiva: el diálogo, la aceptación de la autonomía de las realidades terrestres, la toma de conciencia del mundo plural en el que vivimos, donde todos tenemos derecho a existir. Por eso cada vez que surge algo nuevo que nos descoloca, nos inquieta, nos enfrenta, tenemos dos caminos posibles: ponernos a la defensiva sin escuchar ninguna razón del adversario o mantenemos en la línea de Vaticano II para seguir buscando el diálogo y estrenar caminos que nos permitan vivir a todos desde nuestras diferencias que pueden ser demasiado grandes.

Lo anterior no significa que estoy a favor de la sentencia porque siendo sincera hasta el día de hoy no tengo una respuesta contundente que me permita encontrar una salida para esos derechos que se contraponen y que mirados de un lado y de otro parecen tener toda la razón. Pero si quiero referirme a algunos compromisos que creo deberíamos asumir los cristianos frente a esta situación.

Lo primero, recordar de nuevo que vivimos en una sociedad plural y no todo puede expresarse en los términos de nuestra fe. Nos gustaría que así fuera, pero eso ya es imposible. No significa que no lo intentemos, pero este pluralismo es irreversible y creo que deberíamos ser los primeros en aceptarlo, valorarlo y permitirlo.

En segundo lugar, esta sentencia no obliga a ninguna mujer a abortar. A veces, como sucede en los procesos educativos, entre más se prohíbe algo, más se transgrede la ley. ¿No podría cumplirse esto en este caso? De pronto no, pero ¿y si así ocurriera?  Pero bien, lo definitivo es eso, a nadie están obligando a abortar y menos a las 24 semanas. Resulta grotesco pensar que las mujeres van a esperar a la 24 semana para ir a abortar y así mostrar que son “asesinas” de niños. Eso además de grotesco, es injusto con las mujeres.

En este último sentido, en tercer lugar, me parece complejo que pensemos que las mujeres son tan malas, tan irresponsables, tan incapaces de tomar opciones morales, tan inmaduras que por eso todas van a comenzar a abortar y que, en verdad, van a tomar el aborto como método anticonceptivo. Me niego a aceptar esa imagen de mujer. Habrá irresponsables, sí, pero a la mayoría que conozco, inclusive mucha gente joven, apuestan por hacer de su vida lo mejor que pueden. Se equivocan, sí, pero son capaces de corregir el camino. Y, también sé, con algún conocimiento de causa, que la mayoría de personas que acuden al aborto tienen un drama personal frente a la causa de ese embarazo. Las violaciones son demasiadas, incluso de los mismos maridos a sus esposas -es un tema que no se habla, pero conozco a más de una mujer con ese drama en su propio hogar-, las infancias robadas por esa violencia sexual son demasiadas, y la falta de formación sexual es también la causa de que, una y otra vez, la mujer se vea envuelta en el ciclo de embarazos indeseados.

En cuarto lugar, si la gente de iglesia queremos defender la vida, hemos de comprometernos con brindar una formación sexual adecuada, pero no solo a las mujeres como si ellas fueran las únicas responsables, sino también a los varones. Y la moral cristiana tiene como deuda pendiente ofrecer una manera de prevención de los embarazos que exceda los métodos naturales que, parece no funcionan demasiado. ¿Cuándo lo que se aprende en la moral sexual actualizada se hará magisterio y abrirá caminos de vida para las mujeres creyentes?

Y, por último, aunque se podrían hacer más reflexiones, creo que ser provida es levantar la voz por la violencia sexual contra las mujeres, por la explotación de su sexualidad, por el imaginario que la sociedad patriarcal vende sobre ellas, por los estereotipos de género que seguimos manejando. Me gustaría que hubiera más manifestaciones públicas frente a toda violencia contra las mujeres, especialmente, la violencia sexual. Y, en el mismo sentido que haya más manifestaciones públicas frente a los asesinatos de los líderes sociales, de los migrantes y de tantas otras poblaciones que sufren tanta explotación, discriminación, exclusión. Mientras nuestra defensa no sea por “toda vida” en los ámbitos sociales, económicos, políticos, culturales, los gritos que lanzamos defendiendo a los no nacidos quedan tan débiles que las personas de estas sociedades plurales en las que vivimos no logran entender en qué consiste nuestra fe, ni que es lo que defendemos, cuando ellos tantas veces, sin referencia a Dios, se comprometen con la creación de un mundo que garantice la vida para todos.

Caben, como ya dije, más reflexiones y, seguramente, lo que exprese puede matizarse y permite otras posturas, pero que sirva esto para seguir pensando y actuando desde la fe cristiana que no puede olvidar el diálogo, la aceptación de la diferencia, la misericordia y tantos otros valores que, si los pusiéramos en práctica, evitarían la formulación de leyes, porque sencillamente, las situaciones serían distintas y no se necesitarían.

miércoles, 16 de febrero de 2022

 

¿Será posible ser feliz?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Todas las personas buscan la felicidad y esta, muchas veces, resulta esquiva. Cuando se cree que todo está en orden y ahora sí todo irá bien, aparece algún imprevisto que no se espera. Este puede ser una enfermedad, una situación familiar, un hecho social, un evento laboral, en fin, múltiples situaciones humanas, las cuales no se esperaba que sucedieran y que nos traen preocupación e incertidumbre. En realidad, nadie puede planificar que las cosas marchen bien ni que haciendo esto o aquello se podrá ser feliz. Más aún, la felicidad como un estado inalterable, es imposible alcanzarlo mientras estemos en estas coordenadas espacio-temporales. Pero, por supuesto, si se pueden experimentar muchos momentos felices y, en cierta medida, alcanzar un nivel de vida que lo haga posible.

Tanto Mateo como Lucas, cada uno en su propia versión, nos hablan de la felicidad en el conocido pasaje de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26). No pretendo aquí detenerme en esos textos, supremamente ricos, desde sus diferencias, sino solamente decir una afirmación general: Felices los que se entusiasman por vivir al estilo de Jesús y quieren hacer de este mundo algo mejor; felices los que trabajan por hacer que las cosas marchen bien porque Dios mismo se pone de su lado asegurando que nadie quedará defraudado cuando las personas se disponen a ser constructoras de bien y de bondad.

Claro que, a primera vista, se puede pensar que son felices las personas que tienen mucho dinero (y por eso tantos quieren tener más), o que tienen mucha fama (y por eso tanta preocupación por el qué dirán), o que tienen mucho poder (y por eso tantas ganas de estar en esos niveles para disponer de las cosas a su antojo) y, efectivamente, quienes alcanzan esos estilos de vida, logran muchas cosas a su favor y tienen muchos momentos de bienestar, de comodidad, de placer, etc. Es deseable, por supuesto, que todos tengan los medios económicos suficientes para vivir con tranquilidad porque es el mínimo necesario para tener una vida digna y desde ahí alcanzar un desarrollo integral. Pero también conocemos que estos mismos medios, cuando se convierten en el único objetivo de la vida, atrapan el corazón, de tal manera, que la mayoría de las veces estas personas acaban presas de sus propios deseos y la felicidad tampoco se hace realidad en sus vidas. Podrán ostentar muchas cosas, pero será difícil que consigan la plenitud de vida que brota de la armonía consigo mismo, con los demás y con toda la creación.

Precisamente la manera de vivir que Jesús nos propone, advierte de esas desviaciones tan frecuentes en el corazón humano. Jesús nos propone que en lugar del tener o acumular, la felicidad se da en el compartir; en lugar de la fama o vanagloria, la felicidad se alcanza en la libertad de quien sabe que su dignidad no se basa en títulos sobrepuestos sino en lo que se es como persona y, en lugar del dominio, Jesús propone el servicio, entendido como esa capacidad de salir de sí para encontrarse con el rostro de los demás; rostros que nos enriquecen e interpelan, haciéndonos entender que todos nos necesitamos mutuamente: unas veces para ayudar a los otros y, tantas otras,  para que ellos nos ayuden a nosotros.

Todo esto puede parecer muy idealista y, en la práctica, es difícil vivirlo. Pero no es imposible. Jesús que se hizo en todo semejante a nosotros (Flp 2, 7), fue capaz de hacerlo realidad y por eso lo recuerdan sus seguidores como aquel que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Y ser cristiano no es otra cosa que asumir ese mismo estilo de vida. Por eso el apóstol Pablo les escribe a los gálatas: “No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos. Así que, mientras tangamos oportunidad, hagamos el bien a todos” (Gál 6, 9-11).

La felicidad no es tener un estado en el que no acontece nada que nos haga sufrir, sino empeñarse por salir al paso del sufrimiento humano para transformarlo. Muchas veces será con la aceptación. Pero otras veces será con la acción activa. Unas veces será con la actitud agradecida que permite reconocer tanto bien que nos rodea, otras veces será con el perdón que libera el corazón de tanto resentimiento y permite un nuevo comienzo. Toda actitud que construya el bien común es fuente de felicidad mientras que todo aquello que lo destruye la impiden. Esta es la propuesta del reino y los cristianos, si la vivimos, podríamos ser más gestores de felicidad en este mundo tan necesitado de ella.

miércoles, 2 de febrero de 2022

 

Hablar en la Iglesia de lo que se habla en la sociedad

 

Olga Consuelo Vélez

 

En días pasados escuché hablar sobre “Teorías de género” en un conversatorio virtual auspiciado por instancias eclesiales oficiales. Me pareció muy positivo porque hace falta que se hable al interior de la Iglesia de los temas de los que se hablan en la sociedad. Por supuesto dentro de la Iglesia se habla de algunos temas, pero muchas veces, para “condenarlos”, “levantar sospechas sobre ellos”, “alertar de sus peligros y de cómo atentan a la fe”, etc. Pero esta vez, fue una charla bastante abierta, acogiendo las reflexiones filosóficas sobre el tema y mostrando cómo hay diferentes teorías de género y muchas de ellas están en consonancia con el cristianismo.

Las teorías de género llevan muchas décadas siendo desarrolladas y permean, cada vez más, la academia y la vida social. Pero en las instancias eclesiales oficiales, muchos temas llegan tarde después de haberlos perseguido -a veces sin suficiente conocimiento-, pero que calan bastante en la comunidad eclesial. De hecho, en ese conversatorio, una de las personas que intervino manifestó que no estaba de acuerdo con lo dicho porque, como se había afirmado siempre, esas teorías eran totalmente contrarias a la fe. No había demasiado espacio para hablar por lo cual, no se sabe si más personas pensaban así. Algunas otras que hablaron, agradecieron el aporte porque ellas veían que la fe tenía que acoger las nuevas realidades.

Fijándonos en cómo las instancias eclesiales oficiales se aproximan a estas temáticas, podemos ver, por ejemplo, que en ese conversatorio casi todas las participantes eran mujeres, con lo cual, queda claro que el clero participa muy poco de esas reflexiones y, sin embargo, son quienes luego pontifican sobre el tema. Por otra parte, me parece que hay la tendencia a formular los temas con la palabra “nuevo”, como para liberarlos de lo negativo que la Iglesia ha afirmado que tiene esa temática. Por ejemplo, cuando se habla de feminismo, últimamente he escuchado en algunos sectores eclesiales que se acepta el “nuevo feminismo”. Creo que, con ese término “nuevo” se intenta “purificar” el feminismo que tanto se ha criticado o mostrar que no es que se esté cambiando de postura, sino que se asume de “otra manera”.

Desde mi punto de vista, estos esfuerzos por “purificar” los temas o por “apartarse” de la manera cómo se concibe en la sociedad cierta realidad, no tiene sentido. Es verdad que hay muchos feminismos, porque históricamente se ha ido tomando conciencia de distintas demandas y no todas las mujeres han coincidido en las mismas demandas al mismo tiempo. Pero lo fundamental del feminismo que es la reivindicación de los derechos de las mujeres -porque no los hemos tenido- no es un “nuevo feminismo” para que entre a la Iglesia, sino que es el feminismo en sí que, las instancias eclesiales oficiales han de acoger, si quieren caminar al ritmo de los tiempos, si quieren responder a los desafíos actuales.

Lo mismo podríamos decir de las teorías de género que, admitiendo diferencias como lo expuso la conferencista, en su esencia han develado los roles que se atribuyen a las personas en virtud de su sexo, haciendo que tanto varones como mujeres hayan sido limitados, condicionados, restringidos a un tipo de comportamientos –las mujeres son intuitivas, los varones son inteligentes; las mujeres son sentimentales, los varones no lloran, etc.-; pero aceptar dichas teorías no implica “purificarlas” o darles algún adjetivo que parezca que ahora sí pueden entrar en la reflexión eclesial.

Lógicamente las reflexiones y puesta en práctica de estos temas son mucho más complejas de lo expuesto aquí. Las teorías de género que trabajan los colectivos de diversidad sexual, hacen más planteamientos que es necesario estudiar para comprender y acompañar. Pero lo que quiero decir es que no vivimos en dos planos de realidad: lo que se vive en la sociedad y lo que una vez “supuestamente purificado”, admitimos en nuestra experiencia de fe. Por el contrario, si queremos ser una Iglesia que, en verdad, este atenta a los “signos de los tiempos” y quiere suscitar reflexiones sobre las cuestiones actuales, no necesita purificar los temas, sino asumir lo que va siendo conciencia actual de la humanidad porque la ciencia, la cultura, la sociedad van dando esos pasos, los van incorporando y cada vez lo viven más personas.

Algunos aducen que la fe no debe “contemporizar” con el mundo. Esto es cuestionable. Si algo es propio del cristianismo es la encarnación en la historia, el asumir este mundo como él es. Jesús se encarnó como varón, en un tiempo concreto, en un pueblo con una lengua, unas costumbres, fue profeta itinerante, en fin, asumió su tiempo y vivió en él. Cuestionó lo que no correspondía al Dios del reino: ese Dios de la igualdad, de la inclusión, de la misericordia, de la acogida, de las buenas noticias. Nuestra fe, por tanto, es una fe encarnada que ha de asumir el mundo y vivir la fe en él.

Por supuesto la Iglesia ha de ayudar en el discernimiento, ofreciendo una palabra de sentido e interpelando lo que vea necesario, pero en actitud de diálogo, de escucha, de buscar comprender los fundamentos de lo que se va proponiendo. Ha de reconocer que muchas veces hay más ignorancia y dogmatismo que conocimiento de aquello a lo que se opone. La Iglesia necesita aprender mucho más del mundo para responder adecuadamente a él.

De hecho, en aquel conversatorio yo pregunté sobre el lenguaje inclusivo, sobre la teología feminista, sobre el método de deconstrucción y construcción y por las respuestas dadas, nada de esto parecía ser objeto todavía de reflexión en esas instancias eclesiales. Señal de la lentitud con la que se camina y, no dudo, de que esa es una de las causas por las que más personas se alejan de la Iglesia. Conviene, por tanto, liberarse de tanto prejuicio y entrar en diálogo con los desarrollos presentes. Posiblemente así, la Iglesia mostrará que se toma en serio la encarnación del Verbo y por eso asume en verdad la realidad, sin tanto prejuicio o ignorancias que le impiden hacerlo.

 

 

lunes, 24 de enero de 2022

 

No da lo mismo tomar una opción que otra

Olga Consuelo Vélez

En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia. Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse. Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29). Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia. A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismo. No da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan. No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente.

 

jueves, 20 de enero de 2022

 

¿Cómo dialogar en tiempos de polarizaciones?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Vamos retomando las actividades de inicio de año y cada país tiene sus propios acontecimientos que tenemos que ir asumiendo. En Colombia nos espera, entre otras cosas, un tiempo electoral que trae no solo la responsabilidad de elegir bien sino de saber sortear el cómo dialogar entre nosotros, el cómo hacer camino juntos para tomar las mejores decisiones. Y esto no es fácil porque, aunque siempre se han dado confrontaciones (por ejemplo, en Colombia, entre liberales y conservadores), en estos últimos años las polarizaciones se han vuelto estructurantes de nuestras sociedades (los de izquierda y los de derecha, los populismos y los liberalismos, los provacunas y los antivacunas, por nombrar algunas), estas nos colocan en confrontaciones reales con los que piensan distinto. ¿Cómo asumir tanta polarización? Y en política -que ya nos ocupa a los colombianos- ¿Qué hacer ante las diferencias? No tengo la respuesta, pero quiero proponer algunas reflexiones desde una postura de fe.

Muchas personas afirman que es mejor no hablar de política (ni de religión, ni de vacunas, etc.) para evitar el conflicto y que no se rompan las familias o las amistades. Parecería que es la postura más sana y, algunos dirán, la más cristiana. Sin embargo, personalmente creo que no hablar de estos temas no es la opción. Sin involucrarnos y tomar postura en lo que nos afecta, uno no se compromete con el futuro que es necesario construir y del que nadie debería sentirse ajeno.

Por eso creo que es indispensable dialogar. Pero todo diálogo supone condiciones para que efectivamente sea diálogo y no monólogo. En primera instancia supone la escucha efectiva del otro y que también se nos escuche. Solo escucha quien reconoce que no es poseedor de la verdad sino buscador de la misma. Que no lo sabe todo, sino que aprende de los demás (y se supone y se espera lo mismo de la otra parte del diálogo). Pero el diálogo exige también unos fundamentos válidos y con fuentes veraces. Y aquí es donde surge una gran dificultad. Hablamos de algunos temas basándonos en slogans, en frases que nos venden los medios de comunicación, en posturas de alguna persona que tienen fama, es decir, en lo que se llamaría “fundamentalismos” -afirmaciones sin sustento- y no pareciera que nos interesara llegar a la verdad, comprobar los hechos, verificar que aquello es correcto. Dialogar no puede ser repetir lo que he oído decir a otros. Dialogar supone la capacidad del ser humano de buscar la verdad y exponer los fundamentos (no los fundamentalismos) de aquello que expone.

Por eso dialogar no es fácil, porque exige madurez humana, autenticidad personal, rectitud moral. Y, lamentablemente vivimos en un mundo lleno de superficialidades donde cada vez todo es más rápido, más inmediato, más opinable, más desechable. Por eso, a veces, sinceramente no se puede dialogar y no vale la pena perder el tiempo hablando con algunas personas. Ahora bien, esto no significa que se opta por no hablar para no romper la relación con los otros, sino que se toma conciencia de la inmadurez que pueden tener nuestros familiares o amigos y -también nosotros por supuesto- y, por eso no es de extrañar, que nuestro mundo tantas veces vaya por tan malos caminos ya que no logramos asumir la responsabilidad que nos corresponde.

Pero a veces no se puede dialogar con los otros, no solo por lo que acabamos de señalar, sino porque uno camina con aquellos con los que tiene proyectos compartidos que, no quiere decir homogéneos, pero sí compartidos. Y momentos difíciles, como el de tomar decisiones, validan esa comunión de ideales y sueños con las personas cercanas. Y, tristemente, a veces las relaciones se rompen porque si no hay comunidad de intereses, no se puede caminar con aquellos que están remando para otro lado. Cuando esto no se logra, hay rupturas inevitables. Más aún, por doloroso que esto sea, a veces es imposible que no suceda. Parece una actitud muy poco cristiana. Pero, no es así. Es cristiano comprometerse con la realidad que vivimos y asumirla con todas las consecuencias. Esto fue lo que hizo Jesús: no pasó de largo en la historia que le tocó vivir, sino que la asumió con gestos, palabras, actitudes, convicciones. Si Jesús hubiera permanecido neutral (aunque decir que se es neutral es tomar una posición, como decía el gran líder, recientemente fallecido, Desmond Tutu “si eres neutral en situaciones de injusticia es que has elegido el lado opresor”) no se hubiera ganado ni la traición de algunos de sus discípulos y, mucho menos, su asesinato de manos de sus enemigos.

La vida cristiana no es para “tibios”, como dice el Apocalipsis: “puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (3, 16). Y, en actitud de diálogo, sin odios, hay que tomar posturas, realizar gestos, explicitar las convicciones, decir lo que se ve necesario. Y los enemigos llegan y, a veces, entre los más cercanos. Solo queda seguir luchando por aquello que creemos es mejor para todos, comenzando por los más pobres y, confiar que los tiempos de resurrección llegarán en la medida que nos mantengamos fieles en los momentos de conflicto y muerte.

Así de fuerte me parece este tiempo de elecciones que se avecina. Lo que está en juego no es la elección de un candidato u otro, sino la elección de un proyecto de país que sea más favorable para las mayorías más afectadas. Es necesario dialogar mucho pero también buscar fundamentos y no quedarnos con los fundamentalismos o fake news que abundan, especialmente sobre los proyectos sociales que se atreven a romper moldes, que imaginan y proponen otras maneras de garantizar los derechos para todos. Para el cristiano es imperativo dialogar y comprometerse con lo político. Por esto, buena tarea nos espera, aunque no sea nada fácil.