jueves, 7 de marzo de 2024

 

¿Cuándo llegaremos a celebrar que no existe más la exclusión en razón del sexo?

Olga Consuelo Vélez

Otro año para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Sería bueno poder decir que vamos a “celebrar” el que ya se erradicó la estructura patriarcal de las sociedades y las iglesias y no hay espacios de opresión para las mujeres en razón de su sexo. Pero todavía falta mucho para que este día sea de celebración. Aún es necesario seguir trabajando por la transformación de nuestro mundo en relación a su manera de concebir, entender, describir e incluir a las mujeres. Todavía hay demasiados feminicidios. Mucha violencia contra ellas de muchos tipos. Hay también espacios laborales, educativos y, especialmente, en los niveles de decisión, a los que las mujeres llegan con mucha dificultad. Los trabajos domésticos y de cuidado siguen estando a cargo, mayormente, de las mujeres. La remuneración salarial, por el mismo trabajo que los varones, sigue siendo más bajo para las mujeres. Y así, podríamos enumerar muchas otras situaciones, por las que bajar la guardia o dejar de insistir en esta urgente transformación, no puede hacerse.

Además, si miramos al interior de la iglesia, la situación tampoco ha mejorado demasiado. En el documento final del sínodo (fruto de la reunión sinodal presencial del pasado mes de octubre) ya no se considera el tema de los ministerios ordenados (temática que salió en la consulta al Pueblo de Dios) y, sobre el diaconado, dicen que se va a tratar, pero sería un “milagro” (aunque esperamos ocurra) que se permitiera para las mujeres, ya que, una porción de los participantes del sínodo considera que atender a esta petición supondría “una peligrosa confusión antropológica”, “alineándose con el espíritu del tiempo”, es decir, prestar atención a los signos de los tiempos, es negativo para algunos. Y aunque haya más mujeres en puestos eclesiales y se siga repitiendo que las mujeres son las que sostienen la iglesia y realizan muchas actividades eclesiales, no parece que su presencia fuera tan importante en los niveles de decisión, donde los ministros ordenados solo las “invitan” para escucharlas, sin que eso se traduzca en reformas estructurales de fondo.

Porque todavía falta mucho, es válido y necesario que grupos como “La revuelta de las mujeres en la Iglesia”, en España, estén saliendo durante esta semana a manifestarse en las puertas de las Iglesias de muchas ciudades españolas y que otros grupos alrededor del mundo, realicen actividades, cada vez con más conciencia, de que no es un día para regalar flores y chocolates a las mujeres, sino para entender esta causa y solidarizarse con ella.

Pero quiero detenerme en un aspecto que me parece interesante considerar. Continuamente escuchamos decir que es muy importante el “aporte de la mujer” en aquellos espacios donde históricamente no ha estado. El papa Francisco así lo ha expresado desde el inicio de su pontificado: "es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia porque el ‘genio femenino’ es necesario en todas las expresiones de la vida social” (Evangelii Gaudium n. 104). Es decir, se echa en falta el “aporte” o la “contribución” de las mujeres a una realidad que ya está dada y ha funcionado por siglos así, una realidad construida por los varones a lo que ahora se le va a añadir esa parte femenina que, se dice, tienen las mujeres. Por una parte, entendemos que expresarlo así pretende mostrar que, en verdad, las mujeres han estado ausentes y, en muchos espacios faltan actitudes como el cuidado, la sensibilidad, la intuición, el servicio, la generosidad, la delicadeza, etc., que la sociedad patriarcal atribuye a las mujeres pero que, en este momento histórico, bien sabemos que esas actitudes son propias del género humano, de varones y mujeres, y mejor aún, que las mujeres tienen muchas otras actitudes que se han atribuido a los varones y que son de todo el género humano: inteligencia, racionalidad, visión, claridad, fortaleza, empeño, coraje, constancia, etc.

Y, es por lo anterior, que viene el otro aspecto que queremos comentar. Sería mucho mejor decir que hace falta que cambiemos de paradigma, dándonos cuenta que la realidad se ha construido sin las mujeres, sin todas las características que ellas tienen -iguales que las de los varones- porque sistemáticamente se les ha excluido e invisibilizado. Lo que necesitamos no es que ellas “aporten” lo que falta, sino que repensemos cómo construir un mundo y sus estructuras donde mujeres y varones sean protagonistas, donde todas las personas se sientan incluidas, donde se valore todo lo que cada ser humano es y se eche en falta que las mujeres no estén presentes en todas las instancias.

En conclusión, esperemos que en este 8 de marzo, sigamos creciendo en claridad, conciencia y exigencia de un mundo donde la inclusión sea una realidad -en plenitud- no a nivel de “aportes” o “contribuciones”, para que podamos celebrar que se ha erradicado el sexismo en nuestras sociedades y, especialmente, en nuestras iglesias haya un testimonio visible de que a las mujeres no se les excluye de ninguna participación porque ellas al igual que los varones “han sido creadas a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 27), es decir, sin ninguna exclusión en razón de su sexo.

miércoles, 6 de marzo de 2024

 

Mirar a Jesús para estar en la luz y actuar en coherencia con su praxis

Comentario al evangelio del 4° domingo de cuaresma (10-03-2024)

 

Olga Consuelo Vélez

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 14-21)

 

El evangelio de Juan fue el último de los evangelios en escribirse y, por lo tanto, presenta discursos más elaborados, caracterizados por un lenguaje dualista: Dios-mundo; luz-tinieblas; creer-no creer; verdad-mentira, etc., consecuencia de la cercanía con el pensamiento griego. El texto de hoy es la segunda parte del diálogo que Jesús sostiene con Nicodemo, a quien se le conoce como un fariseo rico que se acerca a Jesús mostrando apertura a su mensaje y reconociéndolo como maestro por las obras que realiza. En la primera parte del diálogo, Jesús le dice que no basta entender lo que Jesús está diciendo, sino que se necesita nacer del agua y del espíritu para entrar al Reino de los cielos. En la segunda parte, correspondiente al evangelio de hoy, Jesús ahonda en lo que eso significa. La respuesta hace referencia, utilizando la imagen veterotestamentaria de la serpiente levantada por Moisés en el desierto, a su misterio pascual frente al cual, los que creen, tienen vida eterna.

Con un lenguaje más teológico que histórico, el evangelista pone en boca de Jesús el plan de salvación que Dios ha trazado para la humanidad. Por su amor infinito ha enviado a su Hijo al mundo para que, quién crea en Él, tenga vida eterna. Y quienes creen, son los hijos de la luz que hacen las obras de la luz, las obras del Reino de Dios. El Hijo no ha venido a juzgar, ni a condenar a nadie, sino que aquellos que no reconocen a Dios en las obras de Jesús, permanecen en las tinieblas, actuando de manera contraria a los valores del Reino. Prefieren las tinieblas y se incomodan con la luz que alumbra su incoherencia.

Conviene aclarar que el mundo es símbolo del ambiente hostil que se crea en torno a Jesús, pero no significa que el mundo sea malo. Por el contrario, tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, dice el texto bíblico. Es decir, en este lugar amado por Dios se pueden realizar las obras de la luz o las obras de las tinieblas y eso depende de los seres humanos que creen en Jesús y en su praxis o no creen en Él, mostrándolo en su rechazo a lo que dijo e hizo.

El texto termina haciendo referencia a la verdad que no está usada en el sentido helénico como sinónimo de afirmación de realidad sino en el sentido semítico, como fidelidad, aceptación, lealtad. Por tanto, la verdad se realiza en las obras y son ellas las que dan testimonio del creer en Jesús.

Una vez más, en este tiempo de cuaresma, tiempo de conversión y cambio, se nos invita a mirar a Jesús para estar en la luz y actuar en coherencia con su praxis. No se nos piden sacrificios, liturgias o penitencias, se nos pide más acciones de amor, de misericordia, de acogida, de perdón, de reconciliación, de fidelidad, de justicia. Se nos pide contrarrestar las obras de las tinieblas que con tanta facilidad muchos en el mundo secundan, justificándose en que las cosas no pueden cambiar o que no tenemos nada que ver con ello. Es urgente salir de la pasividad ante la injusticia, del silencio ante las exclusiones, del conformismo ante la violencia, del desinterés frente a la suerte de los pobres, en otras palabras, de todo aquello que es hostil a los valores del Reino. Necesitamos hacer las obras de la luz, mostrando que, este mundo que tanto Dios ama, es campo propicio para hacer presente la luz de la paz, la justicia y la vida en abundancia.

viernes, 1 de marzo de 2024

 

Pasar del “tema” de la sinodalidad a la práctica de la misma

Olga Consuelo Vélez

Por estos días se están promoviendo varios cursos sobre sinodalidad con la participación de “expertos” en este tema. Toda formación ha de ser ¡bienvenida! Porque la ignorancia, definitivamente, hace mucho mal. Sin embargo, queda el mayor desafío: ¿cómo pasar de la sinodalidad como tema a la experiencia de sinodalidad? ¿cómo transformar las estructuras para hacerla posible? ¿cómo repensar todos los espacios eclesiales en los que vivimos y comenzar a dar pasos para irla haciendo realidad? Se me ocurren algunas actitudes o propuestas que no son del mismo nivel, ni producirían los mismos efectos, pero las enumero sin pretender dar un orden de importancia. Solo diciendo lo que tantas veces pienso y lo voy diciendo según los auditorios.

Sería muy conveniente que dejáramos de usar los títulos honoríficos en el seno de la Iglesia. ¿Cuándo llegará el día que los obispos renuncien al título de eminencias o excelencias? ¿cuándo será el día que no haya superiores o superioras de comunidades religiosas sino coordinadoras/os o encargadas/os de alguna responsabilidad? Algunas comunidades han hecho ese cambio en la manera de nombrar a las personas de su gobierno, pero todavía existe en muchos ambientes esa manera de rotularse. La palabra crea realidad y psicológicamente no deja de influir el ser llamado superior o llamar a otros con ese título. Por supuesto en la sociedad civil existen las jerarquías y títulos, necesarias para distinguir quién hace cada cosa, con la lógica consecuencia de tener privilegios y honores según el título que se ostenta. Ojalá todo eso cambiara algún día en nuestras sociedades. Pero en la Iglesia, llamada a ser signo de los valores del reino, ¿cuándo se tomará en serio que su forma de organización debería ser distinta a la de la sociedad, mostrando con ello la igualdad fundamental de todas las personas, independiente de la responsabilidad que ejerzan?. Eso sería testimonio de sinodalidad.

¿Cuándo llegará el día en que el sensus fidei o sentido de la fe que posee todo miembro de la Iglesia sea tomando en cuenta y los grupos, las comunidades, las parroquias se organicen de manera que garanticen que todos sus miembros tienen posibilidad de organizar, dirigir y decidir en las actividades que se llevan a cabo en esos ambientes? ¿cuándo los párrocos tomarán conciencia de que la parroquia es de todos los fieles que allí acuden y por eso no pueden llegar con sus ideas y proyectos, sino que han de hacer una construcción colectiva con todos los fieles para que en verdad sean una comunidad de fe?

Las casas de formación a la vida religiosa o sacerdotal mantienen sus distancias entre formadores y formandos y, aunque se han dado cambios en algunos ambientes para una mayor participación y protagonismo de los/as jóvenes en formación ¿cuándo se les tratará como adultos y se planeará con ellos/as sus procesos formativos?

¿Cuándo se buscará que haya una paridad de géneros en todas las obras eclesiales no solo porque faltan varones para cubrir las responsabilidades existentes sino porque la discriminación de la mujer ha de acabarse con actos de justicia y la iglesia como comunidad incluyente podría dar un testimonio claro e inequívoco de inclusión? Lamentablemente en este tema, de la inclusión de las mujeres, parece que la iglesia llegara de últimas, como ha llegado a tantos otros temas. Va dando pasos, pero, ¡cuántos faltan!

¿Cuándo se reconocerá la formación teológica de tantos laicos y laicas valorando su saber que, en muchos casos excede al del clero, y se les consulte en los ámbitos eclesiales? Eso implicaría que un párroco, por ejemplo, se pregunte qué laicado de su jurisdicción tiene una formación suficiente para saber con quién se relaciona y establecer relaciones de paridad y no creyendo que él es el único que sabe sobre lo que concierne a los asuntos religiosos.

¿Cuándo habrá espacios eclesiales donde los pobres ocupen el lugar privilegiado, donde ocupen los primeros puestos en nuestras celebraciones? ¿cuándo romperemos la barrera entre lo sagrado y lo profano y entenderemos que si no trabajamos por la justicia social no estamos viviendo los valores del reino y si vivimos estos valores nos lleva necesariamente a cuidar que en nuestros contextos “nadie pase necesidad”, como lo muestran los textos de Hechos de los apóstoles que nos transmiten el ideal de las comunidades cristianas de todos los tiempos?

¿Cuándo habrá consultas al pueblo de Dios sobre todos los aspectos de la Iglesia y su palabra es acogida, respetada y se buscan caminos para mostrar que, si se pone en práctica lo que se dice, pide, recomienda? ¿Cuándo se revisarán a fondo las actitudes clericales no solo de clero sino, en gran proporción, del laicado?

Muchas otras realidades podrían seguirse nombrando y que cada persona piense qué sería bueno que se implementara en su propio contexto para comenzar a vivir la sinodalidad y pasar de la teoría a la práctica. La sinodalidad no es un tema, no es una moda, no es una idea que se le ocurrió al papa Francisco. Es constitutiva de la Iglesia porque si la iglesia no es una comunidad de iguales, una comunidad donde todos caben, una comunidad donde todos tienen voz y voto, no es la iglesia que Jesús quería. Y, como los cambios, casi siempre vienen de abajo hacia arriba, junto con formarse con las ofertas sobre sinodalidad que hoy existen, pensemos, sobre todo, en qué cosas, en qué actitudes, en qué palabras, en qué organizaciones, en qué estructuras, hemos de cambiar para que la sinodalidad comience a ser la forma de ser cristiano/a. Mirar nuestra propia realidad e intentar transformarla, es lo más difícil pero, es el único camino, para comenzar a saborear la tan urgente y necesaria “reforma” de la Iglesia.

 

lunes, 26 de febrero de 2024

Nuevas respuestas a desafíos actuales - De una fe mágica a una fe razona...


De una fe mágica a una fe razonable. Olga Consuelo Vélez
 Enlace para que se pueda ver el video: https://www.youtube.com/watch?v=kcEfOeRumeU

jueves, 22 de febrero de 2024

 

En camino hacia la segunda asamblea sinodal en Roma … ¿Qué podemos esperar?

Olga Consuelo Vélez

Se puso en marcha la etapa final del sínodo y ya sabemos las fechas de realización, en Roma, de la segunda sesión presencial. Esta será del 2 al 27 de octubre, precedida por dos días de retiro espiritual. Además, Francisco ha dispuesto que los Dicasterios de la Curia Romana, desde sus competencias específicas, colaboren con la Secretaría General del Sínodo, estableciendo grupos de estudio -utilizando el método sinodal- sobre algunos de los temas que surgieron en la primera sesión. Los grupos de estudio se conforman de mutuo acuerdo entre los dicasterios y la secretaria del sínodo y está última llevará la coordinación general. Fueron nombrados seis consultores para la secretaría que se suman a los 10 ya nombrados anteriormente, quedando compuesto por 12 varones y 4 mujeres. De los últimos nombramientos hay dos teólogas latinoamericanas, bien conocidas en nuestro contexto: María Clara Bingemer y Birgit Weiler.

Pero surgen varias dudas. Según noticias que se escuchan, una de las comisiones estudiará la sinodalidad de la iglesia. Quedó evidente en la pasada asamblea que no todos los obispos ni todos los laicos estaban de acuerdo con la propuesta de la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia. No ha bastado el documento de la Comisión Teológica Internacional sobre el tema ni la multitud de webinars, charlas y cursos que han ido ofreciendo a lo largo de este tiempo, para asumirla y caminar en esa dirección. En una entrevista que le hicieron hace poco a Rafael Luciani, teólogo participante del sínodo, respondía sobre este punto anotando que la cuestión está más en “el miedo a replantearse lo que significa el poder en la Iglesia y esto supone el ejercicio de la autoridad, no se trata de negar la autoridad en cualquier institución, que es necesaria. El problema es cómo se ejerce y en la iglesia se ejerce para servir, no para tener poder sobre los demás y hacer lo que la persona quiera”. Lo cierto, es que de nuevo será objeto de estudio, lo que llevamos tres años estudiando.

Otro tema será el diaconado femenino. Algunas noticias recientes decían que el Papa está muy abierto a este tema. El haber invitado a tres mujeres a la reunión con su consejo de obispos, parece mostrar su apertura a las cuestiones de la mujer. Incluso la religiosa que coordinó el encuentro, Sor Linda Pocher, salesiana, afirmó que Francisco está “muy a favor del diaconado femenino”. Ahora bien, la pregunta que queda es a favor ¿de qué tipo de diaconado femenino? Según se dice en muchas instancias no se está hablando del diaconado que reciben los varones sino otro tipo de diaconado de servicio a la comunidad. Todo eso puede ser muy positivo, pero lo cierto, confirmado por la misma hermana Linda, es que los ministerios ordenados son un tema cerrado para Francisco e, incluso, desapareció su formulación en el documento final de la anterior reunión sinodal. De hecho, en este documento se consignaron las diversas posturas frente al diaconado, los que lo encuentran inaceptable y los que lo ven necesario; sin embargo, la frase más extraña es sobre los que piensan que dar el diaconado a las mujeres “sería expresión de una peligrosa confusión antropológica, acogiendo la cual, la Iglesia se alinearía con el espíritu del tiempo”. Ojalá expliquen esa frase porque ¡qué confusión antropológica tiene ese sector de Iglesia que identifica sexo con ministerio ordenado! En este sentido, hace poco el secretario de la Pontificia Comisión para América Latina afirmó que “la materia” del sacramento del Orden era el varón. Parece que lo que estudiamos sobre sacramentos donde nos enseñan que la materia de ese sacramento es la “imposición de manos”, es desconocido en altos ambientes vaticanos.  

No sé qué otras comisiones se crearán, estaremos atentas a las noticias. Ahora bien, quiénes estarán en las comisiones, hacia dónde orientarán la reflexión solo lo saben los mismos que están en los altos cargos vaticanos y a los que no les conviene demasiado desinstalarse.

A la segunda sesión del sínodo se llegará sin que las iglesias locales hayan sido consultadas de nuevo y hayan enviado sus aportes. De lo que conozco no se ha hecho absolutamente nada y los aportes han de enviarse a mediados de mayo. Con certeza las conferencias episcopales de cada país mandarán las reflexiones que ellas mismas hagan o que tomen de sus más cercanos colaboradores no de ninguna consulta hecha al pueblo de Dios y, menos de personas que estén más alejadas de la Iglesia como fue la intención inicial. Esperemos que algunos lugares sí hayan realizado el proceso.

También se llegará con un camino sinodal interrumpido y cuestionado. La Iglesia alemana que se había adelantado al sínodo propuesto por Francisco y que concluyó su experiencia con la decisión de crear un comité compuesto por clero y laicado para tomar decisiones sobre temas álgidos, fuera de haber sido puesta bajo sospecha durante todo el proceso y de que el mismo Francisco hubiera escrito el año pasado prohibiendo la creación de un comité sinodal, ahora recibe una carta firmada por el secretario de Estado Parolin y los cardenales Fernández y Prevost pidiendo detener el proceso que se llevaría estos días de aprobar los estatutos de dicho Comité sinodal.

No es fácil el camino sinodal. Demasiados miedos, demasiados retrocesos, demasiados argumentos para no desinstalarse, demasiadas reuniones para no avanzar casi nada. Ahora bien, casi nunca los cambios vienen de arriba para abajo porque se necesita demasiada apertura al Espíritu de Dios para desinstalarse a sí mismo y perder los privilegios alcanzados. Hay que continuar remando de abajo hacia arriba. Seguir construyendo sinodalidad en nuestros espacios locales -casi siempre al borde de las estructuras eclesiales- y seguir hablando “a tiempo y a destiempo”. Toda militancia por una causa ha costado demasiado tiempo, trabajo, descalificaciones, exclusiones, rechazos y hasta pérdida de la propia vida. Pero ¡cuántos cambios se han logrado a nivel social en muchos aspectos! y ¡cuántos a nivel eclesial! Más lentos, más tímidos, bien retrasados pero algún día llegan. Por eso seguimos acompañando el camino sinodal, aunque las expectativas sean bien pocas. Algún día, desde abajo y, por la fuerza de los hechos, lo conseguiremos.

miércoles, 14 de febrero de 2024

 

Convertirse a la misericordia de Dios sería una buena manera de comenzar esta cuaresma

Comentario al evangelio del 1° domingo de cuaresma (18-02-2024)

 

Olga Consuelo Vélez

 

 

A continuación, el Espíritu empuja a Jesús al desierto y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentando por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Marcos 1, 12-15).

 

Comienza el tiempo de cuaresma y el evangelista Marcos, en cuatro versículos, nos relata las tentaciones y el contenido de la predicación de Jesús. Sabemos que Mateo y Lucas describen más detalladamente las tentaciones. Aquí sólo se nos dice que Jesús fue tentado durante cuarenta días lo cual podría ser más semejante a nuestra propia vida. Las crisis, dudas, retrocesos y caídas no son solo en un momento puntual, superándolas en el acto. Por el contrario, la vida es ese continuo caminar con toda la ambigüedad, dificultad, avances y retrocesos que nuestra condición humana implica. En el caso de Jesús sabemos que sus tentaciones son mesiánicas, es decir, respecto a su misión y no a lo que comúnmente llamamos tentaciones en la vida cotidiana. Jesús permanece firme en la misión encomendada, Jesús no cambia la radicalidad de la misma. De ahí que se gane la cruz y la asuma con todas las consecuencias. Precisamente porque se conoce el final de la vida de Jesús, el evangelista puede afirmar desde el inicio del evangelio la fidelidad durante toda su vida. Considerar este pasaje de la vida de Jesús es, entonces, confrontar nuestra propia fidelidad a la misión encomendada preguntándonos seriamente si mantenemos el vigor primero o si lo hemos acomodado a nuestros intereses o a lo socialmente aceptado para evitar conflictos y persecuciones.

Pero ¿cuál es la misión de Jesús y, por ende, la nuestra? En otro versículo, Marcos nos presenta a Jesús anunciando que el tiempo se ha cumplido, es decir, lo que anunciaba Juan el Bautista ya se hace realidad con su presencia y es hora de dar una respuesta contundente: convertirse y creer en la buena nueva. La palabra “convertirse” no significa lo que comúnmente entendemos de arrepentirnos de algo malo que hemos hecho. En este caso es situarse en otro horizonte -el del reino de Dios-, cambiar de mirada, darse la vuelta para iniciar un camino distinto. En eso consiste la vida cristiana. Es encontrar en la vida de Jesús lo que Dios espera de la humanidad y por eso disponernos a vivir como Él vivió, a mirar el mundo desde el horizonte que Él lo hizo.

Ese horizonte no es otro que el amor inconmensurable de Dios sobre la humanidad. En Dios solo hay misericordia y generosidad. En Él no hay castigo, ni reproches. Por eso mismo escandaliza y se rechaza. Nos gustaría más que Dios castigue a los malos y premie a los buenos -entre los cuales creemos estar nosotros- y nos cuesta creer que la metodología de Dios es transformar el corazón humano a punta de amor y no de miedo. Y como nos cuesta creerlo y vivirlo, el anuncio del evangelio que hacemos no tiene la fuerza de transformación que Jesús nos dijo que tendría.

Pero la Palabra de Dios nos sigue insistiendo por dónde se hace presente el reino. Tal vez en esta cuaresma podríamos poner el énfasis no en sacrificios o confesiones de los pecados de siempre sino en mirar la vida de Jesús a ver si le logramos entenderlo a fondo y convertirnos al Reino de Dios, muy distinto de normas, liturgias, confesiones, inciensos y sermones de castigo que surgen con tanta fuerza en este tiempo. Convertirse al amor, a la misericordia, a la generosidad del mismo Dios sería una buena manera de comenzar este tiempo de cuaresma.

jueves, 8 de febrero de 2024

 

Desmasculinizar a la Iglesia, pero ¿cómo?

Olga Consuelo Vélez

El papa Francisco está hablando de “desmasculinizar” a la Iglesia y, en la última reunión que tuvo del grupo C9 -consejo de cardenales con quienes se reúne periódicamente- invitó a tres mujeres para tratar de ese tema. También el papa habla de “la dimensión femenina” de la Iglesia y, de que “la iglesia es mujer”. Reconoce que uno de los grandes pecados que se han cometido ha sido el de masculinizar a la Iglesia y está buscando dar mayor participación a las mujeres en la vida eclesial.

Todo lo anterior es lo mínimo que se puede hacer en una institución que por siglos ha marginado a las mujeres. Sin embargo, la propuesta de desmasculinizar a la Iglesia me sugiere algunos comentarios. Por supuesto, el cambio a nivel externo es imprescindible. Por siglos hemos estado acostumbrados/as a ver a los varones ocupando los espacios de gobierno, de dirección, de liturgia, de enseñanza, etc., y no se sentía ningún reparo. Pero con los cambios sociales a favor de la mujer, “los ojos se nos abrieron” y la situación se hace cada vez más insostenible. Últimamente en las redes sociales salen fotos de clérigos y teólogos varones reunidos por pertenecer a una institución o porque preparan algún evento o simplemente porque concelebran en la eucaristía y bastantes personas dejan sus comentarios preguntándose: y ¿dónde están las mujeres? Reunidos para hablar de sinodalidad y ¿todos varones? Y así, los comentarios se multiplican.

Definitivamente es urgente revisar la composición de todos los estamentos eclesiales para que haya la paridad necesaria entre varones y mujeres porque, aunque sea un dato externo que no garantiza que esos varones y mujeres hayan dejado su mentalidad patriarcal, “una imagen vale más que mil palabras” y si no se propician esos cambios -aunque sean externos- no lograremos transformar la visión androcéntrica de nuestro mundo ni crear estructuras donde, efectivamente, las mujeres puedan participar sin que se les niegue ese derecho por el hecho de ser mujeres.

Pero lo anterior es todavía muy superficial. El verdadero cambio es de fondo y aquí es donde la expresión “desmasculinizar” a la iglesia no me resulta suficiente. Francisco dice que hay que escuchar a las mujeres porque ellas tienen otro punto de vista y, de esa manera, la iglesia se enriquece. Escuchar a las mujeres es una tarea que tienen que “estrenar” demasiados obispos, presbíteros, diáconos, religiosos, varones laicos y muchísimas religiosas y mujeres laicas. Este último aspecto es bien complicado porque hay muchas mujeres que no creen en las mujeres y, cómo dice la antropóloga Marcela Lagarde, la mayor fuerza que tiene el patriarcado ha sido la de conseguir la desconfianza y poca valoración entre las mujeres. Por el contrario, la sororidad es una gran fuerza transformadora, de ahí la necesidad de cultivarla.

Ahora bien, no todo es escuchar a las mujeres. Y no estoy muy convencida de que aportemos una visión diferente. Cada persona aporta una visión distinta en todo grupo humano, pero no por ser del colectivo “mujeres” sino por ser esa persona -única e irrepetible-. Lo que quiero decir es que hablar del lugar de las mujeres en la iglesia no es para que le aporten algo que a ella le falta, sino porque no las han tratado con la dignidad fundamental de todo bautizado y las han marginado de los niveles de decisión y liderazgo. O sea, abrir espacios a las mujeres en la iglesia es reconocer la injusticia que se ha cometido contra ellas y no presentarlo simplemente cómo un “complemento” de lo que ahora existe. La iglesia tal y como se ha configurado, con esa distancia tan fuerte entre clero y laicado y, especialmente mujeres, ha de reconstituirse desde dentro, pensarse de otra manera y, no simplemente, añadirle “el punto de vista de las mujeres” que ahora se dan cuenta que “enriquecería tanto a la Iglesia”.

Y volvamos a ese “punto de vista diferente de las mujeres”. Ya dije que no estoy tan segura de que exista por el hecho de ser mujeres. Estoy constatando que cuando los teólogos varones, por ejemplo, entienden y asumen la hermenéutica feminista, realizan su labor de la misma manera que las teólogas que han asumido esa hermenéutica. Y, viceversa, las teólogas hacen su trabajo teológico con la misma rigurosidad, cientificidad, precisión, teorización que lo hacen los varones. No es que ellas aporten “dulzura o intuición o feminidad” a la teología. Teólogos y teólogas, cada uno/a hace su propio trabajo por lo que cada persona es, pero si utilizan las fuentes y las hermenéuticas adecuadas, sus aportaciones se sitúan al mismo nivel y no se distinguen por su sexo. Es verdad que al inicio del trabajo teológico hecho por mujeres se habló mucho de ese aporte femenino -nunca se había pensado ni que pudiera ser posible- pero en la medida que hay más producción teológica hecha por mujeres se confirma lo que dije antes. Esto puede ser discutible para algunas personas, pero el fondo de la idea no es que a la iglesia le falta la “feminidad” que aportan las mujeres, sino que la falta la justicia para que “no haya distinción entre quien es varón y es mujer” (cf. Gál 3, 28).

En definitiva, desmasculinizar a la Iglesia es mucho más que invitar a las mujeres a formar parte de cuerpos directivos en ella o formadoras en seminarios o escucharlas más -aunque todo esto es necesario-. Desmasculinizarla es plantearse a fondo cómo recuperar la intuición original del movimiento de Jesús y hacer posible que “lo que afecta a todos/as, sea decidido por todos/as”.