lunes, 26 de agosto de 2019


Y siguen doliendo los escándalos de la Iglesia

No son tiempos fáciles para la iglesia por muchos motivos. El primero, el mundo ha cambiado y esto exige cambios eclesiales que no son fáciles de asumir porque pesa más la tradición de lo que “siempre ha sido así” que la creatividad y apertura para “caminar al ritmo de los tiempos”. El segundo, la credibilidad de la jerarquía eclesiástica que se ha visto minada por los innumerables abusos cometidos por el clero, especialmente todo lo relacionado con la pederastia, pero también los escándalos por la doble moral que algunos viven y por la vida de lujos y despilfarros que desdicen totalmente del evangelio de Jesús. En ese contexto, ayer en un canal de la televisión colombiana mostraron lo que escribió el francés Frederic Martel, en su libro: “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano” sobre -tal vez el cardenal más influyente que ha tenido la iglesia colombiana-, el Cardenal Alfonso López Trujillo (1935-2008). Por supuesto es una denuncia sobre la doble moral del cardenal y lo absurdo de haberse posicionado como un defensor de los principios morales, mientras su vida transcurría por otros senderos totalmente contrarios.

Personalmente, no he leído el libro. Tampoco tengo ninguna prueba de lo que dicen del Cardenal. No dudo que haya exageración y falsedad. Pero lo que me preocupa es que mientras pasaba el programa me llamaron por teléfono varias personas mayores mostrando su sorpresa y dolor frente a lo que allí se relataba. En verdad, hay personas que quedan afectadas cuando conocen ese tipo de noticias y su fe se siente golpeada porque, aunque saben que es en Dios en quien han de creer, no logran asumir que sus representantes tengan tantos pecados y de tal magnitud.

El Cardenal López Trujillo fue nombrado cardenal en 1983. Ejerció varios cargos: Secretario General del Celam (1972-1984), Arzobispo de Medellín (1979-1991) y Presidente del pontificio consejo para la familia (1990-2008). Aunque mientras ejerció esos cargos gozó de prestigio y muchas personas le guardaron (y tal vez todavía le guardan) mucho respeto y admiración, muchos otros tienen la imagen del cardenal que persiguió ferozmente a la teología de la liberación y a las comunidades eclesiales de base y que sus planteamientos morales rayaban en el rigorismo más extremo, haciendo declaraciones que incluso contradecían los más mínimos principios de confrontación científica. Además, vivió -lamentablemente como tantos otros jerarcas- una vida de lujos y de honores que no pasan desapercibidos para el pueblo de Dios y que tarde o temprano cuestionan profundamente, preguntándose si así han de vivir los que dicen explícitamente que siguen a Jesús y que llevan los rumbos de la iglesia.

Lo único que pude decirle, a las personas que me llamaron, es que eran tiempos difíciles para la Iglesia porque efectivamente estaban saliendo a la luz muchos escándalos, ocultos por décadas. Que no se podía creer todo lo que se decía porque también existe el sensacionalismo y el deseo de desprestigiar más allá, muchas veces de lo que es verdad. Pero que si había que rezar mucho para que todo esto sirviera de verdadera purificación de la iglesia y la jerarquía se convirtiera, de una vez por todas, de esa autoridad que ejercen, no centrada en el servicio -como tendría que ser- sino en el poder y el honor que los hace sentirse más que el resto de la gente, por encima del pueblo, sin tener la más mínima actitud de escucha y respeto por la comunidad que pretenden presidir. Hay mucha urgencia de una jerarquía sencilla, austera, humilde, pobre. En otras palabras, como tantas veces les ha dicho el Papa Francisco, un clero que deja de creerse “príncipe” y quiere ser “pastor con olor a oveja”. Y, en cuestiones de moral, un clero capaz de acompañar los desafíos actuales con fidelidad y apertura a la voz del Espíritu que siempre abre caminos de vida y liberación.

lunes, 19 de agosto de 2019


La incondicionalidad del amor

“¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque se encontrara alguna que lo olvidase, ¡Yo nunca me olvidaría de ti! (Isaías 49,15).

Con estas palabras Dios pone a la madre como ejemplo de la incondicionalidad del amor. Y este amor es verdad. Son innumerables las madres que dan todo por sus hijos, que se entregan y se sacrifican a diario por ellos. Pero también es posible -y de hecho sucede- que algunas los abandonan y les causan mal. En este texto bíblico, Dios apuesta por un amor maternal de excelentes cualidades y como si quisiera garantizar que es posible vivirlo, El se pone como ejemplo de esa realización. Además, nos llama a vivirlo. No basta que reconozcamos que Dios es “Padre y Madre” o que agradezcamos el amor de nuestras madres sino que debemos comprometernos en la vivencia de un amor con esa misma calidad, poniendo los medios necesarios para ello.

Amar no es tarea fácil, ni siquiera para una mamá. Hay muchos equívocos al respecto. A veces el deseo de ser madre encierra cierto egoísmo: “quiero tener un hijo para que sea mi compañía, la razón de mi vida”. Otras veces las madres consienten tanto a sus hijos que les impiden crecer, ser fuertes, salir de sí mismos, comprometerse con lo que hacen. No permiten que su hijo se esfuerce por nada y les solucionan fácilmente todos los problemas. En algunas ocasiones, el amor maternal es “ciego” impidiéndole reconocer los aspectos negativos del hijo y disculpándole todo. Así, sin negar las buenas intenciones de las madres, van creciendo hijos incapaces de amar, centrados en sí mismos, que el día de mañana ni siquiera saben amar a sus padres.

Esto sucede porque aunque el amor brota espontáneamente –y mucho más por la criatura que se da a luz-, una vez que surge, debe cuidarse, trabajarse, orientarse, purificarse, hacerlo crecer. Nadie nace sabiendo cómo amar. Es una tarea de toda la vida porque siempre se puede amar más y mejor.

¿Cómo se aprende a amar? ¿Cómo liberarse del egoísmo y ponerse al servicio de los demás? ¿Cómo orientar, reforzar y crecer en un amor incondicional capaz de hacer de la vida un don de amor para el mundo? No existen recetas ni fórmulas mágicas. Sólo se pueden dar pistas  e intuiciones que posiblemente pueden ayudarnos.

Se precisa un conocimiento propio. De nosotros brota espontáneamente el amor que hemos recibido. Reconocer vacíos, carencias, dolores, puede ayudarnos a entender nuestros egoísmos e intereses propios. Pero no basta trabajar las causas. Los seres humanos tenemos el gran don de ser mucho más de lo que recibimos. La capacidad de superación física que se ve cuando se tienen limitaciones de ese tipo, es también fuerte en el mundo interior de afectos y sentimientos profundos. Los seres humanos podemos crecer en el amor ¡y en qué medida! Muchas personas nos dan testimonio de ello. Ahora bien, es necesario optar una y otra vez por el servicio, el desprendimiento, la ayuda fraterna, la disponibilidad, la colaboración. Supone esforzarnos por purificar nuestras intenciones, desprendernos una y otra vez de todo lo que queremos poseer –bienes, circunstancias, honores, personas- y que nos mantiene encerrados en nosotros mismos. Implica estar convencidos de que “ser amor” es la mejor realización que podemos alcanzar.

Un amor así ya es real en tantas personas que conocemos -especialmente en las madres- pero no olvidemos que este amor maternal incondicional es una llamada para todas y todos. Dios nos los ofrece sin medida y confía en que cada uno seamos sacramento de este mismo amor para el mundo.


viernes, 9 de agosto de 2019


Con María más libres y fuertes



Para el pueblo latinoamericano la figura de María es muy importante y significativa. Esto se muestra en las asiduas peregrinaciones a los santuarios marianos, en las fiestas religiosas que la recuerdan, en los grupos apostólicos reunidos en torno a su figura y, especialmente, en la confianza y cercanía con la que la gente acude para pedirle por sus necesidades, para confiarle sus preocupaciones y para agradecerle todos sus favores. Pero esta piedad popular y este amor filial seguirán siendo un instrumento invaluable de evangelización y de revitalización de nuestras comunidades cristianas siempre y cuando la figura de María sea significativa para las sensibilidades y expectativas actuales. 


Una figura de María alejada de las preocupaciones del mundo o que no contribuya a fortalecer la nueva situación de la mujer en la sociedad y en la iglesia, no puede generar un compromiso misionero en el pueblo cristiano. Aunque aquí caben algunas reflexiones. Últimamente han surgido grupos que ponen en el centro a María y se dedican a “cautivar” a más personas para que se integren al grupo. Pero si se revisa su doctrina y su manera de acercarse a la gente, es fácil detectar que la doctrina tiene más de pre-vaticano que de Vaticano II y su misión es más proselitismo e “invasión de conciencias” -creando culpas y miedos- que el anuncio gozoso de la buena noticia, propia del evangelio del reino.


En el Documento conclusivo de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en el Santuario Mariano de Aparecida (Brasil) en 2007, se presentó la imagen de María que “emerge del evangelio” como mujer “libre y fuerte”, como la discípula más perfecta del Señor, “interlocutora del Padre en el proyecto de encarnación del Hijo de Dios”, “primer miembro de la comunidad de creyentes” (266), “la gran misionera” (269), “quien crea comunión y educa en un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida al otro, especialmente al pobre o necesitado” (272) y “capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella –tal y como lo expresa en el canto del Magnificat- (451).


Todas estas afirmaciones no son para recordarlas simplemente. Conviene que revisemos nuestras prácticas marianas a la luz del dinamismo que ellas manifiestan. María no nos invita a la pasividad como a veces ciertas imágenes la evocan. O a permanecer en silencio con abnegada resignación. O creando miedo porque el mundo es pecador y debemos rezar muchos rosarios para redimirnos. Por el contrario, el rezo del rosario o cualquier peregrinación y advocación en su nombre, deben dejar en las personas que realizan esas prácticas la valentía y el coraje de quien se siente llamada a anunciar la buena nueva del Reino. Ser como María “discípula y seguidora” del Señor; “líder” en medio de la comunidad cristiana; con verdadera libertad y profetismo, empujando la iglesia hacia un modelo de iglesia más fraterno, incluyente y comprometido con la realidad en respuesta a los desafíos de cada tiempo presente.


Ojalá que fiestas como la que se aproxima -la asunción de María, el 15 de Agosto- ponga en contacto a cada cristiano con esa figura de María que invita al impulso misionero. Que como ella sientan la fuerza para anunciar el evangelio y permanezcan de pie en medio de las dificultades. Pero sobretodo que con fortaleza y amor sean profetas de un modelo eclesial más acorde con el querer de Jesús, menos poderoso y más servicial, menos excluyente y más acogedor de todos/as, menos poseedor de la verdad y más buscador de ella con otros y otras que también desean un mundo más justo y fraterno. Al estilo del actuar de María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11) que denuncien las necesidades y malestares que hoy se perciben en la iglesia e inviten a mirar a Jesús para hacer lo que “El nos dice” en lugar de lo que creemos saber y hemos practicado por siglos. El Reino es novedad y María supo abrirse siempre a ella. Y precisamente por todo eso, el pueblo reconoció su “asunción al cielo”, es decir, la plenitud de una vida que merecía desde ya la plenitud de la vida definitiva con Dios.  

jueves, 1 de agosto de 2019


Formación Bíblica y experiencia de fe


Cada vez se es más consciente en la vida cristiana de la importancia de la Palabra de Dios para alimentar la fe y de la formación bíblica para mantener la vigencia de esa Palabra para la humanidad.

La Biblia no es un libro tan fácil de entender como parece a primera vista. Para un lector crítico hay contradicciones y realidades desfasadas para el momento actual. Para un creyente ingenuo a veces la Biblia le lleva a fundamentar creencias equivocadas. Y al lector común le puede suceder que aunque encuentre palabras válidas y atractivas para su vida, por falta de un mejor conocimiento, la Biblia no llega a ser tan significativa como otros “libros de sabiduría” –expresión utilizada para referirse a tantos libros que promueven el conocimiento propio, la positividad, recuperación de la autoestima, el liderazgo y la asertividad-.

La Sagrada Escritura nos comunica el designio de Dios sobre la humanidad a través de la historia de Israel interpretada desde la fe –Antiguo Testamento- y la percepción de las primeras comunidades cristianas de esa misma historia salvífica acontecida en Jesucristo –Nuevo Testamento-. Pero se escribe en géneros literarios, figuras y símbolos que hemos de comprender bien porque están condicionados por esa cultura particular con sus costumbres y tradiciones, visión de mundo y de ser humano. Por ser escrita así, la Biblia merece un estudio serio y profundo para comprender su lenguaje y su contexto pero sobre todo para poder discernir cuál es ese designio divino sobre la humanidad, en su sentido más profundo, libre de formas culturales y rico en sentido y orientación de vida.

Quien comienza a entender cómo se fue formando la Biblia y cómo la historia fue condicionando la comprensión de Dios y del mundo, se llena de razones para entender su propia historia y la forma cómo Dios va actuando en ella. A modo de ejemplo, los cuatro evangelios nos relatan 4 experiencias distintas de las primeras comunidades cristianas, donde se ve con claridad el énfasis vivido por cada grupo, la finalidad que persiguen dependiendo de los destinatarios y la manera cómo desde su contexto fueron entendiendo a Jesucristo. Esa pluralidad manifestada en la Sagrada Escritura nos posibilita entender la unidad de fe –imprescindible- pero la diversidad de vivencia y énfasis de cada momento particular, abriéndonos a la comunión con los otros, a la aceptación de la pluralidad y a la mutua acogida de diferentes perspectivas.

Y qué decir de la riqueza que se va descubriendo en el texto bíblico en la medida que se interpreta desde lo que hoy se llama hermenéutica de la mujer, indígena, afro –refiriéndose a los sujetos- o de liberación, ecológica, ecuménica e interreligiosa –refiriéndose a las realidades-.

Todos los domingos se proclama la Palabra de Dios en la Eucaristía. La homilía no es el espacio para brindar la formación bíblica pero no debería excluirlo si se quiere decir una palabra con sentido para los hombres y mujeres de hoy. Y ya que el pueblo cristiano no tiene incorporada la necesidad de dedicar espacios para ese tipo de formación, sería importante aportar en la homilía algunos elementos iluminadores para comprender el texto sagrado, de manera que el Pueblo de Dios se vaya sintiendo más capacitado para acercarse a éste, más protagonista de su vida cristiana, con un bagaje suficiente para dar razón de su fe, contrastada cada semana con la Palabra divina. Estamos en mora de cristianos/as que dejen de sorprenderse por cualquier comentario sobre la Biblia que no responde a lo siempre sabido y, por el contrario, tengan una formación adecuada para entender ese alimento “sólido” -la Palabra de Dios- capaz de transformar la mente y el corazón de todos los que se acercan a ella.

lunes, 22 de julio de 2019


“La vida es sagrada”: La iglesia católica se suma a la marcha

contra el asesinato de líderes sociales en Colombia


El próximo 26 de julio se realizarán marchas en diferentes partes de Colombia para exigir el respeto de la vida y la defensa de los líderes sociales. Todo esto se debe a la situación que se vive en el país marcada por el Acuerdo de Paz firmado con la FARC (2016), cuya implementación es lenta y difícil, no sólo por todo el esfuerzo que conlleva salir de un conflicto de más de 50 años, sino porque reconstruir la sociedad será un proceso mucho más largo que supone paciencia, coraje, fortaleza, constancia, esperanza. Pero, aunque parezca increíble, no todo el mundo apoya este proceso y como se dice coloquialmente, algunos sectores no piensan sino en poner “palos en la rueda”, es decir, dificultar las cosas lo más que se pueda para que el acuerdo no prospere y se proclame su fracaso.

¿Con qué intereses pueden actuar aquellos que son obstáculo para la construcción de la paz? Sin duda intereses personales -es más fácil anclarse en el odio y la venganza que trabajar por el perdón y el nuevo comienzo-; intereses grupales -la guerra es un negocio-; intereses mezquinos -solo mirando la propia realidad sin importar lo que suceda alrededor. Y, en fin, por muchas otras razones que solo afirman la complejidad del ser humano y la difícil, pero apasionante tarea de construir un mundo justo y en paz.

En este horizonte, el asesinato de muchos líderes sociales es una situación que clama al cielo por la defensa de la vida. De las noticias más recientes tenemos que el 23 de junio asesinaron en Tierralta (Córdoba) a la lideresa María del Pilar Hurtado, y desde entonces han matado al menos a 10 líderes sociales más en el país. La última asesinada fue el pasado 21 de julio en Floridablanca. Se trata de la abogada y lideresa ambientalista Yamiel Guerra Suárez quien había dedicado una parte importante de su vida a la defensa del páramo del Santurbán en esa región. 

Por todo esto se invita a salir a la calle para reclamar el respeto a la vida y defender la vida y la paz en los territorios. En otras palabras, es un grito fuerte a “defender la paz”. 

Pero un dato que no debe pasar desapercibido es que el Cardenal Rubén Salazar, convocó a participar de esta marcha por la vida. En el video donde se puede ver al Cardenal, se comienza haciendo alusión a que “las organizaciones civiles y los partidos políticos que defienden el Acuerdo de paz con la guerrilla de la FARC y que buscan la protección de los derechos sociales y de los líderes sociales, convocan a una marcha el 26 de julio”. Pero se añade que la iglesia católica se sumó a esta convocatoria y así lo expresa el Cardenal Salazar: “La violencia se está ensañando últimamente de una manera especial en los líderes sociales, en todas aquellas personas que de alguna manera están luchando en sus territorios, en sus regiones, en sus sitios, para que Colombia sea lo que soñaron nuestros libertadores. Por eso la marcha que va a tener lugar el 26 de julio es un llamado a la conciencia de toda la nación a unir fuerzas, el gobierno, el Estado, los partidos políticos, las personas naturales, todas las confesiones religiosas, todos, que todos los colombianos nos unamos en un solo grito de que la vida es sagrada”.

Estas palabras permiten creer en una iglesia que no se queda encerrada en la comodidad de su autorreferencialidad sino que no teme herirse y mancharse con la realidad que se vive (como dice el Papa Francisco). La postura del Cardenal es muy importante porque recordemos que el referendo por el Acuerdo de paz se perdió, entre otras cosas, por la “falsa afirmación” de que el acuerdo tenía “ideología de género”. El Cardenal en aquella ocasión afirmó que el acuerdo no tenía dicha ideología pero cuando ya se había perdido el referéndum. La iglesia católica no puede llegar tarde a la cita con la defensa de la vida. En esta ocasión parece estar caminando a tiempo. Ojalá así lo siga haciendo más y más explícitamente (no se puede negar el compromiso eclesial tantas veces callado de muchos miembros de la iglesia) pero es urgente que la voz profética que ha de acompañar a los seguidores de Jesús, se oiga más alto e interpele a todos a la coherencia con el querer de Dios: “La vida es sagrada”, “toda vida es sagrada”.  

viernes, 12 de julio de 2019


Por una Iglesia y una espiritualidad profética y ecológica



Del 6 al 27 de octubre del presente año se llevará a cabo el Sinodo Panamazónico convocado por el Papa Francisco en 2017 con el objetivo de “encontrar nuevos caminos para la evangelización de aquella porción del Pueblo de Dios, sobre todo de los indígenas, muchas veces olvidados y sin una perspectiva de un futuro sereno, también por la causa de la crisis de la foresta amazónica, pulmón de fundamental importancia para nuestro planeta”.

La Amazonía está formada por nueve países: Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Suriname, Guayana Inglesa y Guayana Francesa. Allí se concentra un tercio de las reservas forestales primarias del mundo. Habitan unos 34 millones de habitantes, de los cuales más de tres millones son indígenas, pertenecientes a más de 390 grupos étnicos.

La preparación al Sínodo la inauguró oficialmente el Papa en su viaje a Puerto Maldonado (Perú) en 2018, donde mostró su preocupación por los indígenas: “Probablemente los pueblos originarios amazónicos, nunca estuvieron tan amenazados como ahora. La Amazonía es una tierra disputada desde varios frentes”. Posteriormente se elaboró el Documento preparatorio y se escucharon alrededor de 87.000 voces distintas, unas 22.000 en consulta directa y 65.000 en procesos preparatorios hacia la consulta. Participaron comunidades, parroquias, vicariatos y diócesis. Hubo 260 eventos: asambleas territoriales, foros temáticos y ruedas de conversación. El 90% de los obispos amazónicos participó en el proceso. Todo esto lo recogió la REPAM (Red Eclesial Panamazónica), organismo eclesial creado para establecer una pastoral de conjunto con prioridades diferenciadas, buscando un modelo de desarrollo que privilegie a los pobres y sirva al bien común. Este insumo contribuyó a la elaboración del Documento de Trabajo (Instrumentum laboris). Este documento fue publicado el pasado 17 de junio y será el punto de partida del Sínodo.

¿Qué tiene que ver este Sínodo con nuestra fe y espiritualidad? Puede parecer una realidad distante y que prácticamente no nos afecta. Pero no es así. El Sínodo nos hace una fuerte interpelación que deberíamos acoger y dejarnos transformar por ella.

En primer lugar, el cuidado de la “casa común” nos implica a todos y tiene que ver con nuestra fe. El libro del Génesis comienza afirmando a Dios como creador de cielo y tierra y de todo lo que hay en ella, incluido el ser humano. Ese mundo fue puesto en nuestras manos para preservarlo y garantizar la vida en todos los sentidos. En otras palabras, la preocupación ecológica no sólo es un problema mundial y un desafío actual, sino que también es un compromiso inherente a la fe si creemos en el Dios bíblico. De ahí la Encíclica de Francisco, “Laudato si” (2015), en la que nos llama a la “conversión ecológica”, una conversión integral por la defensa de la vida en todo sentido pero, especialmente, la vida de la creación, tan amenazada por la explotación irracional que solo busca el lucro y la mayor ganancia y que afecta, en primer lugar, a los más pobres de la tierra.

En segundo lugar, tanto la Encíclica Laudato Si como el Sínodo Panamazónico, nos están hablando de una fe “profética” y “ecológica”. El Instrumentum laboris es un ejemplo muy claro de una fe que se toma en serio la realidad, se compromete con los problemas actuales y busca transformarlos pero, no de cualquier manera, sino levantando la voz y “denunciando” todo aquello que no está de acuerdo con el plan de Dios y necesita una conversión urgente. 

El Instrumentum laboris está estructurado en tres partes: (1) La voz de la Amazonía (2) Ecología integral: clamor de la tierra y de los pobres (3) Iglesia profética en la Amazonía: desafíos y esperanzas-. Comienza haciendo un llamado a los obispos para que “escuchen” a los pueblos amazónicos: “Pidamos ante todo al Espíritu Santo, para los padres sinodales, el don de la escucha: escucha de Dios, hasta escuchar con Él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama” y continua describiendo muy bien las amenazas que afectan la Amazonía: la destrucción extractivista, la urgencia de protección de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario, la migración, la urbanización, la corrupción, la falta de salud, de educación, de respeto a sus culturas, etc. Y con la misma voz profética de la Biblia que levanta la voz ante la opresión del pueblo en Egipto (Ex 3, 7-8) (n.23), el instrumentum laboris denuncia “la connivencia o permisividad de los gobiernos locales, nacionales y las autoridades tradicionales (los mismos indígenas)” para permitir la explotación de la creación solo buscando intereses económicos sin detenerse a pensar en las nefastas consecuencias para la creación y los pueblos (n.14). Más aún, hace un fuerte llamado a las instituciones eclesiales a que no caigan en el juego de recibir donaciones que parece van a mejorar la situación, cuando en verdad, los que las ofrecen están buscando solo intereses económicos (n. 83).

El instrumentum laboris “sugiere” lo que la Iglesia podría hacer para responder a todas estas amenazas. Lógicamente la iglesia no pretende solucionar un problema que es de toda la sociedad y que, además, excede sus pretensiones que son propiamente evangelizadoras, pero el documento si muestra “nuevos caminos para la Iglesia y para la ecología integral” -título del sínodo- al proponer la “escucha” a esos pueblos, el “diálogo” con los pueblos amazónicos considerándolos verdaderos interlocutores y la puesta en práctica de la inculturación e interculturalidad (ser capaces de dejarse enseñar también por la sabiduría indígena y el “buen vivir” que estos pueblos poseen) a nivel de doctrina, liturgia, pastoral, ecología, conversión.

Los medios de comunicación se han centrado en la posibilidad de ordenar varones casados de entre los mismos indígenas para responder a la falta de ministros para celebrar la eucaristía en los lugares más apartados. Pero esto no es lo más importante de este Sínodo. Lo importante es todo lo que dijimos antes. “Escuchar, dialogar y transformar” permitirán una iglesia con rostro amazónico, abriendo así la posibilidad a una iglesia con distintos rostros; una iglesia en salida -como tanto ha repetido Francisco- en salida de sus propias seguridades y puntos de vista para estrenar nuevos caminos de evangelización; una iglesia profética que se compromete con la realidad actual y no teme ser criticada por ello -se sabe de la incomodidad de algunos gobiernos y empresas extractivistas por estas denuncias de la iglesia-; y una iglesia comprometida con los más pobres de la tierra, en este caso, los indígenas que en el pasado fueron colonizados con el beneplácito, muchas veces, de la misma iglesia, y que aún hoy nos son tenidos en cuenta como verdaderos sujetos eclesiales.

Ojalá el sínodo sea un kairós de novedad, profecía y compromiso. Y que todos en la iglesia acojamos esos horizontes para que lo que en Amazonía se pueda hacer realidad, se haga también en todos los otros rostros de la iglesia que necesitan pasos audaces para mostrar efectivamente que nuestra fe no es un intimismo autoreferencial sino una fe profética y ecológica, defensora de la vida en su sentido pleno: la creación y los más pobres de la tierra.

lunes, 8 de julio de 2019


Mujeres nuevas


Tal vez muchos conocen la canción “Danos un corazón grande para amar, danos un corazón fuerte para luchar” que comienza sus estrofas con la frase “Hombres nuevos creadores de la historia (….) Hombres nuevos luchando en esperanza (…) Hombres nuevos amando sin fronteras (….)”.  Se ha cantado desde hace muchas décadas y su mensaje es bien rico y comprometido. Pero acabo de conocer la versión adaptada por el sacerdote jesuita Cristóbal Fones y una cantante Patricia Abarca con el título “Mujeres nuevas” (Puede verse en: https://www.youtube.com/watch?v=ZtN2eaNP4qk) y quiero compartir lo “bien que se siente” escuchar la palabra “Mujeres” y “Mujeres nuevas” (en lugar de hombres nuevos) invitadas a ser gestoras de transformación de la historia.

Pensé en todas las personas que se oponen al lenguaje inclusivo, diciendo que con la palabra “Hombre” se están refiriendo a varones y mujeres. Así se ha usado y todavía muchas personas siguen hablando solo “en masculino” y defendiendo que así debe ser para “no dañar el lenguaje” (como si el lenguaje fuera algo muerto que no se enriquece como la vida misma). Pero desde que hemos tomado conciencia de la sociedad patriarcal en la que hemos vivido y la invisibilización que esta configuración social y mental nos ha dado, el lenguaje se ha convertido en uno de los recursos poderosos para dejar de ser invisibles y darnos nombre, reconocernos, sentirnos presentes, cambiar los imaginarios, dejando de pensar que solo los varones están presentes en tantas realidades o solo ellos son capaces de hacer muchas cosas.

Al escuchar la canción, cantada por mujeres, pero también con presencia de varones sin que les de vergüenza decir “mujeres” y cantar en “femenino” -como nos ha pasado en la sociedad patriarcal que cuando hablamos en femenino y hay varones, hay que pedir perdón porque ellos se ofenden- parece que se agranda “el ser mujer” en este momento presente. 

Todo lo que dice la canción -que fue super animador hace décadas- y además se cantaba en la liturgia, introduciendo la vida y el compromiso en ella, cobra de nuevo pertinencia y significado (aún se canta, pero creo que sin la fuerza que tuvo en sus orígenes). Más aún, las jovencitas de hoy, cuando oigan esta canción van a sentirse muy distintas. De hecho, ya se están sintiendo bien distintas en la sociedad porque se han dado avances, pero, a veces, no se sienten así en la iglesia porque se dan cuenta que es la institución que más se aferra a modelos patriarcales sobre las mujeres y no acaba de comprender el nuevo momento que ellas viven. 

Es verdad que diferentes voces eclesiales afirman la urgencia de abrir espacios para las mujeres en la iglesia pero las estructuras se corren demasiado poco y no se ven avances de fondo, ni significativos. 

Las “mujeres nuevas”, como dice la canción, conscientes de su dignidad y sabiendo que son mucho más que lo que se les ha dicho, sienten, muchas veces, “estrechos” los límites de la iglesia, los límites de la teología, los límites de la liturgia que no acaban de abrir puertas y ventanas y estrenar nuevas mentalidades que, en realidad, no son tan nuevas, si volvemos al evangelio y a las comunidades cristianas de los orígenes en las que la participación de las mujeres fue una realidad, cada día más comprobada por los avances en los estudios bíblicos y teológicos. 

Muchas canciones tienen que ser modificadas. Mucho lenguaje de cada día tiene que visibilizar a las mujeres. Muchas conversiones de mente y corazón se necesitan todavía en la sociedad y en la iglesia, en los varones y en las mujeres para que el mundo sea un lugar donde todos y todas sean reconocidos/as en su dignidad y se avance en la participación plena, especialmente de las mujeres, en tantos espacios que todavía no se abren para ellas. Los cambios siguen dándose, aunque haya tantos miedos y resistencias. Es que el Espíritu no deja de soplar y, gracias a Dios, no faltan las personas que siguen sus impulsos.