miércoles, 24 de junio de 2020


¿Qué podría hacer el clero en este tiempo de pandemia?



No pretendo tener la respuesta a esta pregunta, porque quienes pueden responderla son los mismos protagonistas que conocen, de primera mano, la realidad que pastorean y que pueden ver la situación con todas las implicaciones que conlleva. Pero me atrevo a proponer algunas sugerencias más a modo de deseo que de poder hacerlas realidad en una situación tan compleja.

Antes de todo hay que reconocer cómo esta situación está afectando al mismo clero. No sólo tienen que asumir su propia realidad personal -afrontar la cuarentena, los miedos, las incertidumbres, las dificultades económicas, etc.- sino que también, junto a esto, han de responder por las obras que llevan entre manos, sean parroquias, obras sociales, educativas o administrativas. Los que son párrocos, tienen una feligresía tan variada, como es todo grupo humano, donde unos piden que se abran ya los templos, otros piden que no lo hagan; unos que atiendan pastoralmente todas sus peticiones, otros simplemente están alejados y no se acuerdan de apoyar en absoluto las necesidades de la parroquia. Otros están viviendo en carne propia lo que viven tantas personas: tienen que pagar salarios a sus empleados y, materialmente, no tienen cómo. Muchos otros han compartido lo poco que tienen con los más pobres de sus parroquias, pasando también necesidad. También están los que se han esforzado por alimentar la fe de la gente con las misas, oraciones, charlas, cursos, etc., por los medios de comunicación y no han ahorrado esfuerzos para buscar, con creatividad y dedicación, estar del lado de la gente y seguir viviendo su vocación de servicio. 

Los obispos, por su parte, llevan encima la preocupación de responder a todas las necesidades de su diócesis y de orientar el camino en esta situación que nadie imaginaba y no terminará pronto. Y todo esto en la situación concreta de cada país. En Colombia, por ejemplo, fuera de la pobreza estructural, que es evidente, y común a tantos países, existe la violencia fruto de esa pobreza, pero también del conflicto armado que aún se vive y de todas las dificultades para implementar el acuerdo de paz con los exguerrilleros de la FARC. 

¿Qué puedo, entonces, proponer que no estén ya haciendo muchos clérigos? Personalmente me gustaría que la Conferencia Episcopal no dejara de tener una voz profética frente al modelo social y económico que se vive en el país y que en esta ocasión vuelve a gritar por un cambio. Que no se contente con el discurso del gobierno nacional que solo apunta a la “reactivación de la economía” -haciendo lo mismo que se ha hecho siempre- sino que denuncie y anuncie que es el momento de pensar en otras formas de economía que no se basen en el lucro de los grandes empresarios, sino que se reparta y se comparta lo que se tiene -sea esto mucho o poco-. Que se comience a planear un sistema de salud que cobije realmente a todos y sea de primera calidad. Que no vuelvan a cortarle los servicios públicos -que se supone han reconectado por la pandemia- a ningún pobre que no pueda pagar. Estos servicios son un derecho para todos, no un favor que se hace en situaciones difíciles. Que no se queden quejándose, como muchos compatriotas, por los atentados que siguen produciendo los actores armados, sino que sigan insistiendo al gobierno nacional para que dé pasos hacia el diálogo, que cumpla con los compromisos adquiridos con los que firmaron la paz, que el gobierno no pase de largo ante las muertes de tantos líderes sociales, sino que busque como defender la vida, esa vida que le quitan en Colombia a los que luchan por los derechos humanos, por la justicia social. En otras palabras, que sean profetas de la vida digna y justa para todos. Todo esto forma parte de la dimensión social de la fe que el Papa Francisco explicitó tanto en su primera Exhortación Evangelii Gaudium.

Pero también me gustaría que todo el clero en general aprovechara este momento para seguir acompañando a los fieles invitándolos a una madurez en la fe. Este tiempo hace mirar hacia lo esencial y no a quedar presos de lo accesorio, circunstancial, cultural, o de la tradición eclesiástica. Desde la guarda del precepto dominical -que al paso que vamos volverá a ser realidad no sabemos cuándo- hasta todo lo que tiene que ver con la liturgia, los ritos, los gestos, etc. Es tiempo de que los cristianos entiendan que la vida de fe no es de cumplimiento de preceptos, ni de tener escrúpulos (por recibir la comunión en la mano, por ejemplo, algo tan sencillo y tan puesto en duda por tanto clérigo y laico), sino de amor y servicio como lo hizo Cipriano, obispo de Cartago quien, en la peste del año 250, no respondió celebrando actos de culto para invocar el favor de Dios, sino ocupándose de la ayuda de quienes sufrían las consecuencias e invitando a los cristianos a que hicieran eso mismo. 

Es necesario que los clérigos repitan a los fieles que la presencia de Jesús en el hermano y, especialmente, en el pobre, es tan real como su presencia en la Eucaristía y la comunidad no se mide por estar todos juntos en un lugar sino por el compartir los significados y valores de la vida cristiana que nos hacen uno en Cristo. Además, la mejor evangelización que podemos hacer es el amor que nos tenemos unos a otros, como lo hicieron los primeros cristianos. Podríamos preguntarnos: ¿Nos están reconociendo a los cristianos por ese amor a toda prueba? Tal vez predicar esto con más fuerza es más importante que justificar ante los fieles si es válida la eucaristía por televisión o si es urgente abrir el templo, etc. 

También es hora de un clero que no teme experimentar la pobreza y hacer real una iglesia pobre –como también lo ha señalado tanto el papa Francisco- que tal vez no pueda ofrecer grandes obras pero que vuelve a confiar en lo único importante, como dijo Pedro en los inicios de la predicación cristiana: “no tengo plata ni oro: pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesús, levántate y anda” (Hc 3,6). Estamos muy acostumbrados a una pastoral llena de recursos -muy buenos y necesarios-, pero también es importante creer que se puede evangelizar desde la pobreza, desde la precariedad, desde lo poco que se tenga. ¿No sería, así, una iglesia más parecida a lo que Jesús quería?

Todo lo que deseo es difícil vivirlo en una iglesia estructurada como lo está actualmente. Pero, acaso, ¿no es así el evangelio que anunciamos? Es lo que han sabido vivir aquellos obispos que han marcado la historia, aquellos clérigos que han roto con los moldes establecidos y se han arriesgado a vivir la radicalidad del evangelio y han hecho posible que la fe continúe, el amor se viva y la esperanza no se pierda. Ahora es nuestro tiempo, ojalá que no lo desaprovechemos con estas actitudes posibles y con tantas otras que, de hecho, ya están realizando muchos clérigos y que se pueden seguir proponiendo.

miércoles, 17 de junio de 2020


Devociones sí, pero con compromiso afectivo y efectivo



La devoción al Sagrado Corazón de Jesús se remonta, principalmente, a las revelaciones que tuvo Santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII, en las que Jesús le mostró su amor por la humanidad y la ingratitud de tantos hacia ese amor. La devoción se fue difundiendo por el mundo y Colombia fue consagrada al Sagrado Corazón en 1902, cuando el arzobispo de Bogotá, Bernardo Herrera, le aconsejó al presidente de la época que erigiera un templo para pedir la finalización de la guerra de “Los Mil Días” que afectaba al país desde 1899. Se construyó el templo del Voto Nacional en Bogotá y allí se renovó cada año, la consagración del país al corazón de Jesús hasta 1994 cuando se derogó ese decreto, por la libertad de cultos que estableció la constitución de 1991. Por supuesto, la festividad religiosa continúa celebrándose el segundo viernes después de la fiesta de Pentecostés.

Hablar del corazón de Jesús, es hablar de su amor inconmensurable por la humanidad. San Pablo lo expresó bien en la carta a los Gálatas como su propia experiencia personal: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20) y el evangelista Juan dice que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8), que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y que el amor consiste en que “Dios nos amó primero”. Sólo entonces se entiende que amemos a los demás con ese mismo amor (1 Jn 4, 10-11) porque amando a los demás es como se puede mostrar que se ama a Dios ya que, si no amamos a los hermanos que vemos, no podemos amar a Dios a quien no vemos (1 Jn 4, 20). 

Pero esta devoción, como tantas otras prácticas de la vida cristiana, se queda, a veces, en un sentimentalismo religioso que no va más allá de pedir favores a Dios por las necesidades personales o incluso de que libre al mundo de tantos pecados que lo agobian, pero sin poner rostro, contexto, realidad, a esas peticiones. Coloquialmente se dice que Colombia es “el país del Sagrado Corazón”, pero en este país se han vivido más de cincuenta años de conflicto armado y cuando se ha logrado firmar la paz, grupos de la sociedad civil -incluidos muchos cristianos- no apoyan tales procesos. Así sucedió en 1985, cuando se firmaron los acuerdos de cese al fuego, tregua y búsqueda de la paz con el Estado Mayor de las FARC, creando el partido político de la Unión Patriótica para la reincorporación a la vida civil de los guerrilleros. Tuvo muchos simpatizantes y fue ascendiendo en la política. Pero pronto se dio lo que se conoció como el genocidio contra ese partido, asesinando a más 5000 personas vinculadas de alguna manera a esa propuesta política. Ese genocidio fue llevado a cabo por las fuerzas de derecha, sostenidas por paramilitares, narcotráfico e incluso agentes del estado. En 2012 se tipificó este delito como genocidio y en 2016 el Gobierno Nacional reconoció en un acto público su responsabilidad en semejante atrocidad. 

En 2016 se logró nuevamente firmar un Acuerdo de Paz con la FARC, pero desde el inicio, tal proceso no ha hecho sino tener resistencias por parte de esa porción de la sociedad que pretende terminar los conflictos con la fuerza de las armas, negando cualquier reincorporación, reparación y reconocimiento de las acciones de todos los participantes en el conflicto -incluido el Estado-. Y, lamentablemente, parece que la historia se repite, encarnándose en el asesinato de muchos líderes sociales y defensores de derechos humanos. En lo que llevamos del 2020 hay más de 100 asesinatos y sigue recrudeciéndose la violencia, especialmente, en las zonas donde es urgente construir la paz y posibilitar un nuevo comienzo.

Junto a esta violencia -que ni la situación de pandemia ha logrado detener-, está toda la pobreza estructural y las políticas sociales y económicas que privilegian los intereses de los más ricos -grandes empresarios, bancos, etc., dejando, para los más pobres, lo mínimo que pueda garantizarse sin pensar a fondo en cambios que garanticen en este presente y en el futuro una salud cubierta y una dignidad de vida. A eso hay que añadirle todos los que sacan provecho de la situación, sobrecostos en los contratos, recortes salariales y, en fin, muchas acciones que se justifican con el salvar la economía, pero sin revisar a fondo cuál economía y para quiénes esa economía.

Pero ¿qué tiene que ver esto con la devoción tan arraigada en Colombia del Sagrado Corazón? Como dije antes, el reconocimiento de este Dios amor debe expresarse en el compromiso efectivo y afectivo con la sociedad en la que vivimos. Y con una piedad y expresiones litúrgicas que no olviden la realidad, sino que la pongan en el centro de toda oración e invocación a Dios. Pero esto no pasa siempre. Incluso aquellos que más dicen afirmar esta piedad religiosa, a veces, son los que tienen menos conciencia crítica frente a la historia colombiana y la juzgan como la pelea de buenos y malos, donde los militantes de izquierda y los líderes sociales son los malos y, simplemente, hay que eliminarlos. Piden por la paz de Colombia, pero no reflexionan sobre las causas, el cómo empezaron estos conflictos, cómo se han manejado, qué cambios hay que dar para hacer posible el futuro, etc. En fin, las devociones son buenas y muestran la sensibilidad del pueblo creyente ante la irrupción de Dios en la vida concreta, pero hace falta un cultivo, una catequesis, una actualización para que ellas movilicen a amar al estilo de Dios mismo y no que se conviertan en expresiones sin compromiso social que, con razón, alejan a muchos de la fe.

martes, 9 de junio de 2020


Distanciamiento social y amor cristiano



Poco a poco las ciudades se van abriendo a la vida productiva y vamos retornando a una “relativa” normalidad. Pero una de las consignas para este nuevo momento es el “distanciamiento social”. Este es uno de los remedios “efectivos” para evitar el contagio. Justamente, parece lo contrario de lo que la vida cristiana proclama en tantos pasajes bíblicos como, por ejemplo, el del Buen Samaritano: “Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y al verle tuvo compasión y acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10, 33-34). También muchos de los milagros conllevan ese contacto físico entre Jesús y el enfermo. Al ciego de nacimiento Jesús lo cura untándole barro en los ojos (Jn 9, 6), a un leproso lo cura extendiendo su mano, tocándolo y diciéndole “queda limpio” (Mc 1, 41); a la suegra de Pedro la toma de la mano y ella se levanta (Mc 1, 31) y así podríamos recordar algunos otros milagros e, incluso, lo contrario, como es el caso de la mujer hemorroísa que toca el manto de Jesús porque creía que con solo tocar su vestido quedaría curada. Jesús siente que alguien ha tocado su vestido y pregunta quién lo ha hecho. La mujer le contó la verdad y Él alaba su fe y la cura de su enfermedad (Mc 5, 25-34). 

También la psicología afirma que un abrazo cura mucho más que una medicina (sin quitarle valor a los medicamentos sino por el significado afectivo que esto implica) y, bien sabemos, que algo que ha costado mucho en la cuarentena, ha sido la soledad, la falta de relación con los demás, esa imposibilidad de sentir, tocar, palpar, mirar a los ojos, pronunciar palabras de manera cercana y directa. Los medios de comunicación han ayudado a mantener las relaciones, pero no suplen la distancia física, ni logran transmitir todo el afecto y cariño que se logra en el contacto directo.
Y, entonces ¿qué hacer para combinar esa necesidad indiscutible del distanciamiento social con esa necesidad -también indiscutible- de afecto real, palpable, sentido, experimentado? ¿Puede la fe darnos algún horizonte que ayude a esta situación actual?

Sin duda, el amor cristiano se expresa en ese tocar y acercarnos a los demás -como los textos que recordamos antes- pero no podemos olvidar que ese tocar de Jesús suponía cambiar la situación de enfermedad, discriminación y exclusión que sufrían los destinatarios de sus milagros. San Pablo en el himno a la caridad de la primera carta a los Corintios no ofrece esos ejemplos gráficos del tocar pero va a lo profundo del amor que se hace efectivo en las relaciones con los otros: “el amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe, es decoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no termina nunca” (13, 4-8). 

Mucho me temo que volveremos a la normalidad y habrá de nuevo abrazos y encuentros, pero la injusticia de nuestro mundo que, ha quedado tan evidente, no se habrá modificado. Es decir, nuestro amor se habrá quedado más en gestos que en obras. Porque el amor que se hace obra ha de pensar en otra economía posible que distribuya en verdad las riquezas, comenzando por los más necesitados; el amor que se hace obra ha de pensar en una organización social que privilegie los sistemas de salud y que garantice los servicios públicos para todos; el amor que se hace obra ha de promover un mundo sin racismo -ni la pandemia impidió que se levantará de nuevo el grito de los negros por tantos siglos de discriminación-; un mundo sin violencia contra las mujeres y sin exclusión de lugares de decisión; un mundo donde los indígenas sean reconocidos con sus culturas y sabidurías ancestrales; un mundo donde la orientación sexual no sea motivo de rechazo e incomprensión. En otras palabras, el amor que se hace obra no enfrenta la economía con la vida, sino que pone la economía al servicio de la vida, así ahora, los economistas y políticos nos convenzan de que la pobreza actual se dio por parar la economía y no digan nada de las consecuencias del sistema neoliberal y competitivo imperante, que en estos momentos difíciles ha sacado a la luz la injusticia y pobreza de las mayorías, fruto de este modelo económico. 

Deseamos que se acabe el distanciamiento social, pero ojalá sea para un acercamiento a los demás desde el amor que no se queda en una afectividad sensorial, sino que se compromete con la construcción del bien común y se dispone al servicio incondicional para hacerlo posible.

miércoles, 3 de junio de 2020


Que no abran las iglesias hasta que aprendamos algo de esta pandemia



 La participación en el culto eucarístico se ha visto alterado por la pandemia que vivimos. Las iglesias tuvieron que cerrarse y, de pronto, la gente acostumbrada, al menos, a la misa dominical, se quedó sin saber a dónde acudir. Proliferaron, entonces, las misas por televisión e internet y las homilías por whatsaap y otras redes sociales lo cual ayudó a muchas personas a mantener sus ritmos de celebración litúrgica. Ya se comienzan a reabrir las iglesias, pero hay que mantener las distancias y todas las prevenciones posibles porque el contagio sigue vivo y también ocurre en los lugares sagrados. 

Esto último es interesante reflexionarlo porque algunos han considerado que cerrar los templos y tardar en abrirlos ha sido una “estrategia” de los gobiernos ateos para ir en contra de la religión u otras intenciones similares. Me parece que esto es desproporcionado. Revela una falta de comprensión de lo que efectivamente pasa con el virus -se contagia muy fácilmente y cualquier reunión de personas se presta mucho más para ello- y tener apreciaciones de ese estilo se fundamenta en una mentalidad sacral que cree que, por ser una actividad religiosa, se está libre de las limitaciones y vulnerabilidades humanas. Es decir, no se llega a asumir que nuestro Dios se ha encarnado en esta historia y por eso no nos libra “mágicamente” de ninguna situación, sino que nos ha dado la inteligencia y la solidaridad necesarias para que desde los medios humanos superemos o aceptemos -según sea el caso- la realidad como ella es. Lamentablemente hasta gente del clero ha favorecido esa mentalidad porque han cuestionado el que no se dejen reabrir los templos invocando que los están comparando con discotecas o bares y que, es muy distinto lo que los fieles hacen en el templo a lo que se hace en otros lugares. Es decir, parecen creer que el virus se contagia si estás haciendo actividades “mundanas” pero no contagia si estás en actividades religiosas. 

Justamente porque en la iglesia se defiende la vida -desde el nacimiento hasta la muerte- como se dice en tantos espacios religiosos, ha de defenderse también en tiempos de pandemia y eso implicaría, si en verdad fuéramos coherentes con esto, que no haya prisas para abrir los templos, sino que justo, las personas de iglesia sean pioneras en cuidar la vida y evitar todo aquello que la pueda poner en peligro.

Ahora bien, poder tener esa libertad de los espacios físicos, supone una madurez religiosa y una comprensión auténtica de los sacramentos. Dios está en todas partes y eso lo afirmamos en la más elemental doctrina del catecismo. ¿Por qué no vivimos eso con la radicalidad que implica? La gran maestra de oración, Santa Teresa de Jesús, decía que “Dios se encuentra entre los pucheros” (entre las ollas). Pero nos empeñamos en hacer dos espacios en nuestra vida: lo corriente de cada día y lo religioso cuando vamos al templo. Esa dicotomía nos permite ser injustos e insolidarios en el día a día y luego parecer bien piadosos cuando acudimos al templo. La vida cristiana es una sola: la vida entera. Y lo maravilloso del cristianismo es caminar con el Señor todo el tiempo, en todo lo que hacemos, verle en todas las personas con las que nos encontramos, “amar a Dios en el hermano a quien vemos” para que sea creíble que “amamos al Dios a quien no vemos” (1 Jn 4, 20).

Por otra parte, los sacramentos son celebraciones de la comunidad, del pueblo de Dios reunido en su nombre. Pero, lamentablemente, los sacramentos se han convertido, muchas veces, en una relación individualista entre “Dios y la persona” y por eso se participa de la Eucaristía pero no se sabe quien está al lado, se va en la fila para la comunión pero al recibir la eucaristía solo se pide por las necesidades personales y no se vive la dimensión comunitaria que este y todos los sacramentos implican. Los sacramentos se han convertido en algo tan “sagrado” que se alejan de la vida. Por eso hemos oído comprensiones tan reduccionistas como la de que recibir la comunión en la mano es “mancillar” la sagrada eucaristía. Se entiende todo esto porque no se conoce la historia de los sacramentos ni cómo se han ido introduciendo modificaciones para responder a situaciones concretas. Los sacramentos se han alejado de la vida y se han adornado con una aureola de distante, sagrado, intocable, del que se desprende una gracia misteriosa que solo los “puros” reciben cuando los celebran. Parece que se olvida que la gracia de Dios abarca el universo entero y que el Espíritu “sopla donde quiere” (Jn 3,8). 

Los templos se abrirán tarde o temprano. De hecho, ya se van abriendo. Por supuesto, ir a ellos será una alegría. Recibir la comunión sacramental será una bendición. Pero ojalá que al volver hallamos madurado en nuestra fe y nuestro templo sea el universo entero y los sacramentos verdaderas experiencias de comunión con los demás y no de un intimismo estéril que nada tiene que ver con el Reino de Dios anunciado por Jesús.

Esta pandemia tiene que enseñarnos muchas cosas, pero ojalá nos haga más profundos, más espirituales, más comunitarios, más celebrativos, pero no de los templos, el culto o los ritos, sino de la vida, el servicio, la mística de “ojos abiertos” que ve en todo y en todos al Señor. Solo entonces, volver al templo, tendrá sentido y razón de ser.

viernes, 29 de mayo de 2020


En estos tiempos de pandemia: Necesitamos mucho del Espíritu de Jesús



Llegamos al final del tiempo pascual con la fiesta de Pentecostés. La promesa de Jesús de dejarnos su Espíritu para continuar su misión, se hizo realidad. El Espíritu de Jesús, como dice la carta a las Gálatas, nos trae amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (5, 22-23). ¡Qué gran regalo para estos tiempos de pandemia!

Necesitamos mucho del Espíritu de Jesús para vivir este momento con amor porque la prolongación de la cuarentena nos desgasta por dentro: los días se hacen rutinarios -en cierto sentido-, los espacios son pequeños -la propia casa-, la falta de hacer otras cosas que nos distraigan y, especialmente la falta de relaciones con los demás de manera presencial -porque a través de las redes se han podido tener- van agotando psicológicamente y solo la vivencia de un amor profundo nos ayuda a no perder la novedad y la fuerza que trae cada día. Amor a la vida, por eso cuidarnos y cuidar a los otros. Amor a las posibilidades con las que se cuenta en este momento. Amor a los que salen cada día, arriesgando la propia vida, para cuidar de los otros -especialmente el personal de la salud- y todos aquellos que proveen la alimentación, el transporte, las medicinas, etc., indispensables para abastecernos y continuar adelante.

Mucho amor para seguir cultivando las relaciones con los demás porque esto se contrasta fuertemente en estos tiempos. Salen a la luz las buenas relaciones y el fortalecimiento de ellas. Pero también las relaciones que no son tan buenas, acentuándose los desacuerdos, intolerancias, incomprensiones y, muchas veces, violencia tanto psicológica -silencios, indiferencia- como la física que no ha faltado y, según, algunos informes, se ha hecho mayor, con el agravante de no poder denunciar ni tener otro lugar a donde ir. 

Necesitamos mucho del Espíritu de Jesús para no perder la alegría y la paz. Aquí es donde se puede percibir qué tipo de alegría vivimos. La que surge de dentro, de la satisfacción con la propia vida y la orientación que le damos a ella -esa alegría que nadie nos puede quitar- (Jn 16,22) o la que proviene de las cosas de afuera que nos distraen -fiestas, cines, calle, música, etc.- pero una vez terminadas nos dejan con la ansiedad de buscar otro distractor. 

Necesitamos mucho del Espíritu de Jesús para tener paciencia, mansedumbre, dominio de sí y vivir la responsabilidad que implica este momento porque nada sacamos con depender de que el gobierno prolongue o levante la cuarentena, si no hay una actitud responsable y consciente de que este virus no ha sido controlado y es poco lo que pueden hacer las leyes externas si, interiormente, no ponemos todo de nuestra parte para cuidarnos y cuidar a todos.

Necesitamos mucho del Espíritu de Jesús para vivir la afabilidad y mansedumbre que se requiere. No podemos hacer demasiado para controlar la situación porque depende de una vacuna y de las políticas que se implementen. Pero si se necesita mantener la buena disposición, la mano que se extiende con generosidad a todos, el salir de sí para redoblar en bondad y saber que todos estamos afectados, pero dependiendo de las circunstancias personales, unos pueden dar mucho y otros recibir mucho. Un intercambio de vida y posibilidades de los bienes y dones que Dios nos ha dado, a cada uno, para el servicio de todos.

Y también necesitamos de ese Espíritu de Jesús que irrumpió en Pentecostés, como ráfaga de viento impetuoso (Hc 2, 1-13) y logró el milagro de que todos se entendieran manteniendo cada uno la propia lengua -es decir la capacidad de vivir la diversidad en la unidad- para que impulse nuestra vida hacia nuevos caminos post pandemia, es decir, que no volvamos a ser los mismos sino que de todo lo vivido ganemos en humanidad, en cuidado, en comunión con la creación, en justicia social, en interioridad espiritual, en riqueza sacramental -no desde el culto- sino ante todo desde la vida.

Es tiempo de anunciar que el espíritu de Jesús nos fortalece en todas las situaciones y de ellas podemos sacar las mejores consecuencias. El Señor no se ha ido, sino que su Espíritu se queda con nosotros para hacer de este mundo, la casa de los hijos e hijas de Dios, confiados en que nada ni nadie nos separa de su amor. Como dice Pablo a los Romanos: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿la angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿los peligros? ¿la espada? (…) Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó” (8, 35-37). 

Que el Espíritu de Jesús que celebramos en esta fiesta, nos impulse a más generosidad, a más amor, a más entrega, a más servicio, a más esperanza, a más apertura a su acción para hacer posible el reino en el aquí y ahora que nos toca vivir.

lunes, 25 de mayo de 2020


25 de mayo: Día nacional por la dignidad de las mujeres víctimas de violencia sexual



Hay gente que todavía duda del sufrimiento que llevan las mujeres por el hecho de ser mujeres. Para todos aquellos que lo dudan y que les parece inútil el seguir hablando de la realidad de las mujeres, podrían fijarse en la violencia sexual que vivieron las mujeres en el conflicto armado colombiano. Más de dos millones de mujeres sufrieron violencia sexual por parte de todos los actores armados: guerrilla, paramilitares y ejército nacional. Los testimonios que estas mujeres cuentan son desgarradores. Muchas niñas violadas por más de 40 hombres, uno tras otro. Muchas madres de familia violadas frente a sus hijos e hijas. Muchas esposas despreciadas por sus esposos o familiares por haber sido violadas por esos hombres desconocidos que hirieron “su honor” de jefes de familia. 

Algunas de estas mujeres no soportaron el sufrimiento que vivieron y se suicidaron, otras han vivido con el dolor y el silencio porque saben que hablar de eso les trae burlas y desprecio y porque les han introyectado una culpa que les impide ver que ellas no son culpables, lo son sus victimarios. Más de una, fue a poner la denuncia frente a las autoridades, pero allí sufrieron un doble abuso: miradas y palabras que las victimizaban nuevamente. Pero no faltaron las que se han levantado -como las mariposas- y hoy siguen luchando por su dignidad y la de todas las que sufrieron tanta violencia sexual y exigen justicia y reconocimiento de lo atroz de semejante violencia, invisibilizada por la sociedad patriarcal que no quiere reconocer su manera de concebir a las mujeres y la consecuencia que esto trae.

Gracias a esa lucha, se decretó en Colombia, en 2014, el “Día nacional por la dignidad de las mujeres víctimas de violencia sexual”. En esta conmemoración fue central el trabajo incansable de la periodista Jineth Bedoya quien en 2009 fue secuestrada, torturada y abusada por un grupo de paramilitares mientras estaba ejerciendo su tarea periodística. Actualmente, más de 23.000 mujeres están registradas como víctimas de ese tipo de violencia, muchas otras, por supuesto, no se atreven a hacerlo porque saben que la justicia tarda demasiado. 

Precisamente en los Acuerdos firmados con la FARC-EP, uno de los capítulos valiosos fue la perspectiva de género que permitía reconocer este crimen como uno de los más atroces cometidos en el conflicto armado colombiano. Pero la resistencia a comprender la profundidad de lo que sufren las mujeres, hizo que se tergiversara la perspectiva o enfoque de género de esos acuerdos y, lamentablemente, muchas personas -en su mayoría gente que se dice “creyente”, voto en contra de tales acuerdos. Afortunadamente, al final ganó la sensatez y se aprobó tal perspectiva que permite que estas víctimas hoy puedan reclamar sus derechos y exijan la reparación que merecen.  

Justamente el pasado 23 de mayo se presentó ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP, sistema de justicia creado, a raíz de los Acuerdos de Paz, para la verdad, justicia, reparación y no repetición) la denuncia de 47 casos de abusos sexuales de 39 mujeres entre 1983 y 2014 en los Montes de María (una región colombiana entre dos departamentos -Bolívar y Sucre-). Según este informe, estos actos fueron cometidos por miembros de la FARC-EP, seguidos por 10 cometidos por miembros del Ejército Nacional y uno por la Policía. En todos los casos la consigna era “castigar, dominar, regular o desplazar a las mujeres víctimas”. Ya se tienen acreditados otros casos, pero en todos ellos la mayor dificultad es que los victimarios reconozcan estos crímenes porque les resulta más fácil confesar que cometieron masacres a aceptar que la violación sexual es un crimen atroz que no puede ser ignorado y que exige la transformación real de la mentalidad patriarcal que ha modelado nuestras sociedades e iglesias.

La firma de los “Acuerdos de Paz” ha bajado la intensidad de la violencia en Colombia pero esta continúa porque existen otros grupos con los que es urgente firmar la paz (pero la ceguera humana hace que no se trabaje por hacerlo posible sino por dificultarlos) y siguen existiendo las otras violencias -o pandemias, por lo que hoy vivimos con el covid-19-, reales y devastadoras, llámense, injusticia social, violación de los derechos humanos más básicos, etc., de tantas mayorías en el país, impidiendo la construcción de la paz. Y en todo esto las mujeres siguen siendo víctimas de violencia sexual porque esto forma parte de la violencia que se ejerce de tantas formas.

Este 25 de mayo se está conmemorando esta fecha, con un documental “Mariposas violeta” que vale la pena verlo para entender un poco más el dolor vivido por tantas mujeres, pero también esa capacidad de entender “que no es hora de callar” y de “levantar el vuelo” como las mariposas y de color violeta porque en oriente el color violeta es el símbolo de la dignidad.

miércoles, 20 de mayo de 2020


La fiesta de la Ascensión del Señor: No mirar al cielo sino a la tierra





El tiempo pascual ahora nos trae la fiesta de la Ascensión del Señor. Cumplidos 40 días, el Señor se aparece nuevamente a los discípulos, pero esta vez para decirles que recibirán la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos hasta los confines de la tierra. Ellos no comprenden lo que Él les ha prometido porque están pensando en “cuando restablecerá el reino de Israel” y le hacen esa pregunta. Jesús les dice que eso solo lo sabe el Padre. Luego, asciende al cielo y los discípulos parece que se quedan inmóviles mirando hacia arriba. Para ponerse en camino, necesitaron que dos hombres vestidos de blanco se aparecieran y les dijeran: “¿Qué hacen mirando al cielo? Este Jesús que ha sido llevado, vendrá tal como lo han visto subir (Hc 1, 6-10).

Esto nos puede estar pasando con el covid-19. Está siendo una situación tan inesperada y difícil que, por supuesto, hemos acudido a Dios y confiamos en su fortaleza. Pero, tal vez, no llegamos a ponemos en camino para ser sus testigos en esta circunstancia que nos toca vivir. No estamos solos porque la promesa del Espíritu -que celebraremos la próxima semana- ya es una realidad. La iglesia ha vivido estos XXI siglos gracias a su impulso y, efectivamente, la buena noticia se ha extendido hasta los confines de la tierra. Pero cada presente nos lanza nuevos desafíos y en esas circunstancias concretas es que tenemos que mostrar que no nos quedamos mirando al cielo, sino que caminamos con los pies en la tierra, haciendo presente el reino de Dios. En otras palabras, no hay que preguntar, ¿cuándo vendrá Jesús? sino como hemos de hacerlo presente aquí y ahora. 

Ya se ha dicho, casi hasta el cansancio, que no podemos volver a la normalidad sin cambiar absolutamente nada. Eso sería haber perdido estos meses que llevamos de cuarentena y que seguirán por más tiempo (aunque se vaya dando una apertura gradual), jugándose en cada salida la posibilidad de contagiarse. ¿Qué es urgente cambiar? ¿Cuál es la Buena Nueva que hoy el Espíritu nos esté invitando a comunicar? No hay duda de que lo de una ecología integral es uno de los horizontes ineludibles. Justamente esta semana se están celebrando los cinco años de la publicación de la encíclica Laudato si y, sin embargo, fueron cinco años en los que no hubo acciones contundentes para un cambio. Por el contrario, al menos en Colombia, algunos siguen diciendo que se ha de implementar el fracKing, otros que se han de continuar las aspersiones aéreas con glifosato para erradicar los cultivos ilícitos y, aunque el año pasado se llevó a cabo el Sínodo de Amazonía, si hay una región que está mostrando la precariedad de recursos para afrontar la pandemia, es Amazonas en su vasto territorio compartido por nueve países. ¿Qué estará cambiando en nuestra vida cristiana sobre este aspecto del cuidado de la ‘casa común’?

Por otra parte, hay una búsqueda de espiritualidad y de confiar en Dios para salir de esta situación. Pero ¿a qué Dios se sigue buscando? ¿cuál es el contenido de la oración que se hace en estos días? Escucho a gente decir que salen confiadas de sus casas porque rezan antes de hacerlo y están seguras de que Dios las protege. Y, todos aquellos que se infectan ¿será que Dios nos los protege? ¿se contagiaron porque no rezaron? Ya hemos visto a ciertos pastores y hasta a algún sacerdote católico repartiendo bendiciones, agua bendita, rosarios y más gestos -como al estilo exorcista- buscando que salga el virus de ese lugar. Es tiempo de purificar nuestra imagen de Dios y de no esperar esos hechos asombrosos -como tal vez esperaban los discípulos con el restablecimiento del reino de Israel-, sino de entender la “encarnación” del Dios al que decimos amar: ese que cuenta con el trabajo humano para hacer de este mundo un lugar de amor y vida para todos y todas.

La liturgia también es uno de los aspectos que merecen una renovación profunda. Al cerrarse los templos, muchas personas quedaron muy afligidas porque parecía que, al no poder ir al templo, perdían sus prácticas religiosas. Y, están deseando que se vuelvan a abrir e incluso, en algunos lugares, se ha llegado a afirmar que los gobiernos “les han robado la misa” o están violando su libertad religiosa, etc. Pero esta circunstancia ha hecho preguntas hondas a la propia fe: ¿está se basa sólo en los sacramentos? Y ¿dónde está la vivencia de estos en la vida concreta? Y ¿qué pasó con la iglesia doméstica? Y ahora que tendremos que seguir practicando el distanciamiento social y las no aglomeraciones ¿se van a celebrar más eucaristías para que puedan ir todos los fieles? Pero ¿habrá que pedir turno para poder ir en determinado horario? Y eso de ser comunidad ¿dónde queda? En fin, tantas preguntas que surgen nos invitan a superar el sacramentalismo y a vivir los sacramentos en la vida.

Muchos otros aspectos podríamos retomar y hacernos preguntas. Las respuestas serán múltiples porque las situaciones particulares son distintas. Pero el desafío que queda es qué rumbo debemos emprender no cuando termine la pandemia sino desde ya, en nuestro día a día, en lo que pensamos, sentimos, sufrimos, celebramos. No solamente las personas de fe han de buscar este cambio sino todos porque la pandemia nos está afectando de la misma manera. Pero, los que nos confesamos creyentes, no podemos hacer menos. Y esta festividad de la Ascensión nos invita a “no mirar al cielo” porque allí no está el Señor sino a “mirar a la tierra” y caminar por donde Jesús caminaría en esta circunstancia concreta con la fe, la esperanza y el amor que su Espíritu nos regala. Lo que se afirmó al inicio del evangelio de Mateo sobre Jesús: Él es el Emmanuel -Dios con nosotros- (1,23), la ascensión nos lo vuelve a recordar: Jesús no subió al cielo sino se quedó en la tierra, de otra manera, con nosotros, a través nuestro.