lunes, 28 de septiembre de 2020

 

EN TIEMPOS DE POSCUARENTENA ¿QUÉ HEMOS APRENDIDO DE LA PANDEMIA?

 

Las cuarentenas van terminando, aunque la pandemia continúe con alzas y bajas, aislamientos selectivos y medidas de bioseguridad. Comienza a haber distancia suficiente para hacer balances y sacar conclusiones, aunque siempre limitadas y parciales, vistas desde el propio lugar, sin pretensión de generalizarlas.

A nivel personal, la pandemia nos confrontó con la limitación y la vulnerabilidad humana. Comprobamos que no estamos exentos de ser afectados por circunstancias que ni imaginábamos y solo queda la opción de protegernos y asumir el dolor por las pérdidas de vidas que se han dado. Pero también estamos viendo cómo, a quienes no les ha afectado directamente, siguen como si no pasara nada, sin poner todas las medidas adecuadas para protegerse y proteger a los demás, inmersos en el día a día, sin mayor reflexión sobre la realidad que se vive. Parece que la superficialidad es parte también de nuestra humanidad y mucha gente vive en esa esfera. Con tal de que no les afecte directamente, no interesa lo que pase en el resto del mundo.

A nivel social es muy ambigua la reflexión que se hace. Ante las pérdidas económicas que han sufrido muchas personas, lo lógico es el rechazo a las cuarentenas porque, efectivamente, muchos se han visto afectados. Los más pobres no han recibido las ayudas ofrecidas por el gobierno y algunos sectores de la clase media la están pasando mal porque ni clasifican para dichas ayudas, ni pueden pedirlas abiertamente por eso “del qué dirán” -que condiciona tanto y que hace que la gente sufra en silencio-. Esto lleva a que ahora se diga que la cuarentena produjo la recesión económica -cosa que es verdad- pero no se complete la afirmación de que, sin cuarentenas, los muertos hubieran sido muchísimos más. Además, no siempre se sacan otras consecuencias que son importantes. La pandemia reveló, una vez más, la cantidad de gente que vive en pobreza y la informalidad del empleo que viven la mayoría.

A nivel educativo se constató la cantidad de niños que no tienen ni conexión a internet ni los medios tecnológicos para seguir sus clases. Con el mismo celular -si es que la familia tiene- se conectan todos en casa para trabajar y estudiar. Pero el problema no es la deficiencia de educación que genera la virtualidad sino la falta de los medios adecuados para que esta pueda ser de calidad.

Y podríamos seguir nombrando todas las consecuencias que ha traído la cuarentena -especialmente a nivel económico- y que nos deberían llevar a pensar cómo construir un sistema económico que garantice la vida digna para todos en pandemia y sin ella y no contentarnos con volver a hacer lo mismo de antes, sin aprender de lo vivido. Se escucha que, gracias al levantamiento de la cuarentena, se reactiva la economía, pero cabe preguntarse ¿cuál economía? ¿la misma que traíamos? Pareciera que sí.

Se constata, por tanto, que no se aprende fácilmente de las dificultades, sino que muchas personas solo esperan que estás pasen para volver a lo mismo. No olvidemos el bien que le ha hecho a la creación este parón que se ha dado a nivel global pero que ya va a quedar en un recuerdo lejano que no alcanzó a despertarnos frente al daño ambiental causado por el ritmo de vida y de economía que llevamos.

A nivel religioso parece que tampoco se ha aprendido demasiado. Algunos inclusive han tomado la cuarentena como posturas del gobierno contra la iglesia, lo cual es absurdo, en este caso concreto. Y actualmente algunos proclaman que “se reabren los templos” y el “derecho que tenemos de volver a ellos”, como si alguien con mala intención lo hubiera impedido. Me parece que se perdió, una vez más, la oportunidad de repensar nuestra fe y volver a lo esencial.

Creo que la iglesia tendría que ser la primera en defender la vida -como tanto lo proclama- pero también la vida en tiempos de pandemia. Por supuesto hubo sectores que lo hicieron, pero también hubo muchos que, desde una fe muy desorientada, invitaban a rezar para que Dios nos liberara de la pandemia o a hacer rituales y negarse a la cuarentena, creyendo que, por mucho rezar, Dios acabaría con el virus. Parecen creer que Dios mando el virus. Extraña fe que todavía se basa en un Dios que envía pruebas y castigos.

Además, en algunos ambientes eclesiales, se perdió la oportunidad de reflexionar sobre la iglesia doméstica -que no es solo rezar juntos-, sino vivir juntos las veinticuatro horas del día, en paz y armonía. Y vivir el significado de lo que es ser iglesia -una comunidad de personas reunidas en nombre de Jesús- mucho más profundo que el espacio físico llámese templo, iglesia, oratorio, capilla, etc., por bonitos y significativos que sean. La cuarentena podría haber sido un tiempo privilegiado para una vivencia profunda del ser iglesia que vive una misión más allá de lo litúrgico: una iglesia en salida que se compromete con el devenir humano, desde la solidaridad, la misericordia, la esperanza. Por supuesto, muchos creyentes han vivido muy bien su fe en este sentido, pero no queda claro, ahora que parece que volvemos a la “normalidad” si se creció en la experiencia de fe vivida en tiempos de pandemia.

Para algunos clérigos, abrir los templos es recuperar la “estabilidad económica” que se perdió por la falta de fieles -aunque esto no se diga abiertamente- y para algunos laicos es volver a esa fe que se aferra a lo externo y a la seguridad que dan los espacios mal llamados (después de Vaticano II) “sagrados” y no arriesgarse a vivir la fe que se compromete con los demás sin límite, ni medida, porque no hay mejor lugar para encontrar a Dios que el otro con el que Jesús se identifica totalmente: “aquello que hiciste con uno de esos, a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40).

Tal vez exagero un poco. Tal vez no. Los frutos de nuestra vida cristiana lo dirán. Veremos si la poscuarentena nos hizo más humanos, más comprometidos con la vida, más preocupados por la justicia social, más empeñados en formar comunidades vivas -templos vivos-, en los que todos reconozcan al Dios de la vida, presente en tiempos de pandemia, de cuarentena, de poscuarentena y, ojalá pronto, de pospandemia.

 

 

lunes, 21 de septiembre de 2020

 

¿Cómo ilumina la Palabra de Dios nuestro presente?

 

El mes de septiembre se conoce como el mes de la Biblia, especialmente, porque el 30 de septiembre se celebra a San Jerónimo quien tradujo la Biblia al latín, edición conocida como “la Vulgata” (esta palabra significa edición para el pueblo). Con Vaticano II y, concretamente, con la constitución Dei Verbum, se volvió a remarcar la centralidad de la palabra de Dios para la vida cristiana y se invitó a apropiársela realmente.

Las iglesias cristianas (no católicas) han logrado que la Biblia ocupe el centro de la vida creyente y sus cultos giran alrededor de la palabra. Sin embargo, algunos de estos grupos, tienen como desafío asumir la “interpretación” de la Biblia para no caer en una visión “literalista” o “fundamentalista” que hace imposible el diálogo con ellos. Interpretar la Biblia quiere decir preguntarse qué quiso decir el autor sagrado, cómo era su contexto para usar esos ejemplos, qué géneros literarios utilizó, cuál sería el propósito de esas afirmaciones, etc. Es decir, los estudios bíblicos son una mediación indispensable para no hacerle decir a la Palabra de Dios lo que no dice y para que esa palabra divina tenga sentido y vigencia para este presente.

En lo que respecta a los católicos, la Palabra de Dios es muy importante y se reconoce la necesidad de acudir a ella. Pero, por una parte, también se da, algunas veces, esa postura fundamentalista que señalamos antes y, por otra, aún no llega a ser, en muchos casos, una referencia fundamental para la vida de fe. Aunque en la celebración eucarística la “Liturgia de la Palabra” ocupa toda la primera parte, pocos pueden, al terminar la liturgia, recordar qué decían las lecturas. Y si a eso añadimos que a veces la predicación de los presbíteros no se centra en la palabra de Dios, sino que se alarga interminablemente tratando otros temas, es comprensible que la Sagrada Escritura no llegue a ser tan conocida ni ocupe un lugar central en la vida de muchos católicos. Sobre este aspecto de la predicación dominical, el Papa Francisco dedica en la Exhortación Evangelii Gaudium un largo apartado a la homilía y a su preparación (n.135-159) afirmando que esta no acaba de responder a lo que debería ser y, de hecho, el pueblo de Dios lo resiente (n.135). Señala que, a veces, el predicador se alarga tanto que el que brilla es el predicador y no el misterio de fe que se celebra (n.138). También dice que no se sabe escuchar la fe del pueblo para saber lo que se tiene que decir y cómo decirlo (n.139) o se queda en una actitud moralista o adoctrinadora lo cual no es el objetivo de ese momento (n.142). Pero, lo más importante -y que se refiere a la reflexión que estamos haciendo-, la homilía ha de centrarse en el texto bíblico buscando entenderlo bien para no manipular la Biblia (n.146) porque por más que nos parezca entender las palabras que están traducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendamos correctamente lo que quería expresar el escritor sagrado (n.147). En definitiva, Francisco señala la necesidad de un acercamiento serio a la Palabra de Dios realizando una interpretación correcta y dejándose tocar existencialmente por ella para anunciarla desde la propia experiencia (n.150).

Queda, por tanto, para todos los cristianos el desafío de disponerse mucho más a escuchar la Palabra de Dios, entenderla seriamente y dejar que esa palabra transforme la propia vida y el mundo en que vivimos. Ese debería ser el fruto de este mes en que la conmemoramos especialmente.

Pero ¿Qué nos puede decir la Palabra de Dios para este tiempo marcado por una pandemia que no ha discriminado ni países, ni estrato social, ni cultura, ni edad, ni religión y ha afectado globalmente toda nuestra realidad? Las consecuencias de sufrimiento y muerte han tocado, prácticamente todos los lugares de la tierra, con algunos más vulnerables: los ancianos por su edad, los que sufren otras enfermedades por su condición física y, la mayoría de pobres porque no cuentan con los medios básicos para protegerse y cuidar efectivamente de su vida.

¿Qué dice la Palabra de Dios a nuestra realidad presente? No podemos encontrar en ella referencias al covid-19 porque este virus no existía en ese tiempo como tampoco existían muchas otras realidades que son de este presente y que los autores bíblicos ni imaginaban que existirían. Pero quienes creen que allí están todas las respuestas ofrecen algunas soluciones bien extrañas a esta realidad del virus, como proponer ciertos tipos de exorcismos o rituales o curas milagrosas que nada tienen que ver con el texto bíblico.

Pero esto no quiere decir que la Biblia no ilumine nuestro presente. Por supuesto que sí, pero haciéndole la pregunta adecuada: ¿cómo entendió el pueblo de Dios y la primera comunidad cristiana la presencia de Dios en su historia? Y desde esa perspectiva preguntar ¿cómo podemos entender la nuestra y de qué manera Dios está presente en ella? Las respuestas surgirán de muchos modos según el texto que leamos, pero seguramente encontremos una actitud fundamental: Dios camina a nuestro lado, sosteniéndonos frente a toda circunstancia. Y no deja de invitarnos -como lo dice el texto bíblico- a superar esta situación con toda la fe, la esperanza y el amor que el Señor mismo pone en nuestros corazones. La vida cristiana iluminada y sostenida por la Palabra de Dios encuentra las fuerzas para estar ahí -en primera fila- atendiendo las necesidades inminentes, buscando soluciones científicas y humanas a este problema y proyectando un futuro más preparado para lo que siga aconteciendo. Una vida comprometida con cada presente histórico, da testimonio de la palabra “que desciende como la lluvia y no vuelve allá sin que empape la tierra, la fecunde y la haga germinar” (Is 55, 10).

domingo, 13 de septiembre de 2020

La vida en Colombia vale muy poco

 

Es muy triste tener que presentar, una y otra vez, la realidad dolorosa que vive Colombia. No acabamos de levantarnos de las masacres que han ocurrido en los últimos días y nos toca afrontar un abuso de la fuerza policial en la ciudad de Bogotá, con un saldo de 13 muertos y más de 175 heridos, unos con arma de fuego por disparos indiscriminados de la fuerza pública. También resultaron heridos unos 170 policías. Lo grave es que no fue un abuso puntual o un error involuntario de la policía, sino que revela una estructura institucional que no defiende los derechos humanos por encima de cualquier realidad. Y este punto es muy importante entenderlo: las instituciones policiales y militares han de defender la vida de los ciudadanos, independiente si estos cometen errores o si provocan actos vandálicos -como lo hicieron algunos aprovechando el caos y el desorden- porque es deber del Estado defender a sus ciudadanos y no seguir la lógica de los violentos -que siempre existen en toda sociedad-.

El conflicto armado que Colombia ha vivido por más de 50 años -y que aún no cesa por la resistencia a apoyar los procesos de paz (inclusive por parte de personas creyentes, lo cual resulta incomprensible)- nos ha llevado a vivir en un país donde el ejercicio de la fuerza se ha vuelto normal y la policía ha dejado su papel civil y se ha convertido en poder militar (de hecho, depende del ministerio de Defensa). Además, nuestras ciudades y carreteras están bastante militarizadas, añadiendo que muchos de los edificios y condominios cuentan con seguridad armada, para evitar los asaltos y la violencia social.

Pero en medio de este caos, hay muchas esperanzas que nos sostienen, entre ellas, que quienes rechazan toda esta situación, son en su mayoría jóvenes que crecen en conciencia social y en la lectura de la realidad, libre de prejuicios e ideologías, y con estas palabras no me refiero a las corrientes de izquierda que parece son las que tachan siempre de ideología, porque en el caso Colombiano, las ideologías están casi más del lado de las corrientes de derecha, con sus mentiras sistemáticas y con unos medios de comunicación que los apoyan, modelando mentalidades y afectos de gran parte de la población. Para poner un ejemplo, los medios de comunicación se complacen en presentarnos una y otra vez los “desmanes de los vándalos” pero presentan de manera muy rápida y casi invisible, las acciones de los jóvenes que protestan legítimamente y exponen con claridad sus posturas y sus reivindicaciones.

Ahora bien, una y otra vez hay que preguntarse cómo salir de esta situacion que crece y no parece encontrar salidas. No hay respuestas fáciles y se necesita seguir buscándolas. Pero quiero referirme a la urgencia -ya bastante conocida- de que mientras no haya justicia social no puede cesar la violencia y la inseguridad que golpe tan fuertemente a los países, especialmente, los azotados por tanta pobreza. Mientras las personas no tengan las necesidades básicas cubiertas, ¿cómo pueden dejar de robar, asaltar, matar y dedicarse a cualquier tipo de violencia callejera? si los jóvenes no tienen estudio gratis y de calidad, ¿cómo pueden soñar con un futuro distinto? Por supuesto hay excepciones y hay personas que, con pocas oportunidades, salen adelante y otras que, brindándoselas, no las aprovechan. Mientras seamos humanos existirá esa realidad. Pero la vida sería muy distinta si la redistribución de ingresos llegara a la mayoría y pudieran mejorar sus condiciones de vida. “La paz es fruto de la justicia” no es un lema más sino una realidad que hemos de poner en práctica.

También se habla mucho de la “educación” como un medio para transformar la realidad porque así las nuevas generaciones pueden construir un país distinto. A esta medición le ha apostado la iglesia desde siglos atrás y no cabe duda de los resultados positivos que se han obtenido. Ahora bien, no parecen suficientes porque muchas generaciones han pasado por colegios cristianos y, sin embargo, ni la justicia, ni otros valores morales parecen crecer en la sociedad. Incluso a veces da vergüenza que algunas personalidades hayan sido formadas en un colegio confesional porque sus acciones no parecen ser coherentes con lo que allí se supone se enseña.

Por eso es tan urgente pensar qué educación y con qué orientación. En algunas instancias se habla de “proyecto socioeducativo” y me parece que es un término supremamente iluminador. Si la educación no involucra la realidad social y no se trabaja por una conciencia crítica, reflexiva, formada sobre lo que acontece en la sociedad, será una educación de contenidos y de acumulación de conocimiento, pero no de construcción del mundo en el que vivimos. Ya Paulo Freire habló de la pedagogía crítica que analizaba la sociedad y buscaba tomar postura frente a ella. Creo que dicha educación dio sus frutos, pero como toda perspectiva va siendo enriquecida e incluso sustituida por otras expresiones para responder al devenir histórico. Pero cada teoría deja también elementos a los que no se puede renunciar y creo que esa articulación entre educación y sociedad es irrenunciable y habría que tomársela mucho más en serio.

En Colombia como en tantos otros países, la vida vale muy poco. Se hace evidente cuando ocurren hechos absurdos que conmueven la sociedad, pero estos hechos son solo la punta de iceberg de problemas más hondos: la vida vale realmente cuando se cuida y se le garantiza la posibilidad de existir con los medios necesarios. Mientras la justicia social no se implante en nuestras sociedades no cesará la violencia y la inseguridad así aumente el pie de fuerza o se impongan medidas represivas que impidan que la población exija sus derechos. Y, una fe que no vela porque esto se haga posible, más vale que no se profese porque desdice del Dios de la vida, aquel que oye la voz del oprimido y sale a socorrerlo (Ex 3, 7-15).

 


martes, 8 de septiembre de 2020

¿El evangelio es también para los ricos?

No falta conferencia, conversatorio, clase o reunión en los que al decir frases como “los primeros destinatarios del evangelio son los pobres” o “el Reino de Dios es buena noticia para los pobres” o “los preferidos de Dios son los pobres”, etc., alguna persona pregunte si acaso el evangelio no es para todos, si no se está discriminando a los ricos, o si cuando Jesús habló de pobreza no se refería a la pobreza espiritual. Aunque se den respuestas aclaratorias, una y otra vez, no falta el que sigue preguntando o mejor, haciendo una especie de “defensa” de los ricos.

Intentemos, una vez más, sugerir algunas reflexiones para buscar una respuesta. Por supuesto que el amor de Dios es para todos y de eso no deberíamos dudar ni por un instante. Pero lo que hay que ver es si tenemos la claridad suficiente sobre el Dios anunciado por Jesús, sobre el reinado de Dios que se hace presente con Él, sobre las consecuencias que este reino trae. Y aquí es tal vez donde se deja ver qué algo no se ha comprendido suficientemente.

Lucas 4, 16-21 se considera un texto programático de la misión de Jesús: “Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues a decirles: ‘Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy’”.  

Este texto condensa la actividad de Jesús:  anunciar a los pobres la liberación y hacerla efectiva a través de sus palabras (parábolas), gestos (estar con los marginados de su tiempo e incluso sentarse a comer con ellos) y obras (milagros). Y por esa manera de obrar, se gana la enemistad de los poderosos de su tiempo y ya sabemos que consiguen asesinarlo con el castigo más duro de aquella época: la crucifixión.

Lo que acabo de decir de manera tan resumida, tiene muchos desarrollos que cualquier estudioso de teología los conoce. Pero algo pasa en la catequesis ya que, en la práctica, muchos cristianos parecen desconocer esto tan fundamental y, por el contrario, limitan su fe a rezar (y entre más recen, se creen más cristianos), a asistir más asiduamente a los sacramentos y a hacer algunas obras de caridad. Pero lo que se dice de los pobres, a veces, creen que no tiene nada que ver con el evangelio y, lo que es peor, llegan a tildarlo de socialismo, comunismo, lucha de clases, etc.

¿Por qué es tan difícil entender la centralidad que Jesús le da a los pobres si Él mismo se hizo pobre, vivió entre los pobres, les anunció la Buena Noticia del reino y llamó de entre ellos a sus discípulos? La liberación que Jesús ofrece abarca todas las dimensiones de la existencia humana, es decir, quiere que todos tengan “tierra, techo y trabajo” -como dice el Papa Francisco-, lo que constituye el mínimo vital para una vida digna.

El evangelio es para todos y se anuncia a todos. Pero ¿quiénes pueden entenderlo? Normalmente los pobres, tan carentes de todo, viven con esa gratuidad a flor de piel y comparten hasta lo que no tienen. En ellos se cumple aquello “del pan nuestro de cada día”. Pero, lamentablemente, muchos pobres no tienen la formación ni la fuerza para exigir sus derechos, para denunciar los atropellos que sufren, para entender que Dios no quiere eso para ellos y que Él es el primero que se pone de su lado para buscar la transformación de sus situaciones. Ahora bien, muchos pobres luchan por sus derechos y no se cansan de hacerlo, a través de organizaciones sociales -pocos desde la fe porque no siempre encuentran apoyo en las iglesias-, precisamente, por lo dicho anteriormente. Pero, con mucho esfuerzo, los pobres de la tierra van conquistando derechos. Y esto es lo que Dios quiere para ellos.

Mientras tanto, muchos cristianos que no entienden esta prioridad de Dios para con sus hijos e hijas más necesitadas, se “molestan” de que se hable de los pobres y de su absoluta prioridad. Seguro les pasa lo del joven rico que le pregunta a Jesús cómo ganar la vida eterna y al oír la respuesta “vende lo que tienes y dáselo a los pobres”, “se marchó entristecido porque tenía muchos bienes” (Mt 19, 16-22). Dios no excluye a nadie, pero los que no entran por el camino de la solidaridad se excluyen a sí mismos.

El problema no es la riqueza, ni la pobreza en sí. La riqueza es buena cuando se reparte y beneficia a todos. Si esto no es así, comienza a ser injusta. Así sea, la que cada uno gana con su trabajo honesto porque todos los bienes han de tener un destino común, como bien lo entendió la primera comunidad cristiana: “vendían sus posesiones y sus bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hc 2, 45). La pobreza es mala cuando supone privación y necesidad humana, pero es buena cuando se asume voluntariamente en aras de la solidaridad, de la libertad de lo superfluo, de hacer efectivo el destino universal de los bienes.

Pretender seguir a Jesús sin asumir la causa de los pobres es no haber comprendido su mensaje. No querer que nos hablen de los pobres es ignorancia. Estar abiertos a desinstalarnos, a valorar las personas antes que a las cosas, a cambiar estilos de vida, a comprometernos con la justicia social es signo de estar entendiendo el camino trazado por Jesús y, seguramente, la posibilidad de seguirle verdaderamente.


lunes, 31 de agosto de 2020

La triste y dura realidad que vivimos en Colombia

 

Colombia tiene una larga, triste, dura, horrenda, historia de violencia que no cesa porque, entre otras razones, no hay voluntad política del actual gobierno para afrontarla y cambiar el rumbo de país. Y hay mucha ceguera en una buena parte de los colombianos porque o tienen intereses propios en esta situación y no les interesa que cambie o viven encerrados en su pequeño mundo sin prestar atención a la realidad o son borregos acríticos de los discursos oficiales o de algunos medios de comunicación que interpretan la situación de manera simplista aduciendo que todos los males vienen de los guerrilleros o de los disidentes del Acuerdo de paz firmado en 2016 con las FARC o del narcotráfico o del “castrochavismo” que está a la vuelta de la esquina esperando apoderarse de nuestro país a través de los líderes sociales o de cualquiera que se atreva a denunciar lo que en realidad pasa y urgir los cambios que se necesitan.

Este año han sucedido más de 43 masacres en Colombia con más de 181 personas asesinadas. En este mes ya van 9, con más de 43 muertos. La mayoría de los asesinados son jóvenes, indígenas, campesinos y población afrodescendiente. Muchos de ellos líderes sociales. Pero el gobierno responde no llamándole “masacres” sino “homicidios colectivos” y para el ministro de defensa todo es culpa del narcotráfico. Y por eso, la solución que anuncia es reanudar la fumigación con glifosato de los cultivos de coca. No denuncia la vinculación de los grupos de narcotráfico con los paramilitares ni tiene en cuenta las múltiples protestas que los campesinos llevan haciendo por los daños que causa el glifosato en su región, pero sobre todo porque la sustitución de cultivos y la atención a su realidad no parece tener ningún interés para el gobierno.

Si en varios países de América Latina las derechas ganan espacios y echan por la borda conquistas de otras orientaciones políticas, en Colombia una derecha muy bien posicionada, ahoga la vida de los más pobres con sus políticas neoliberales -comandadas por el nefasto ministro de Hacienda que desde su llegada no ha hecho sino beneficiar a los más poderosos-. Además, todas las promesas de campaña del actual presidente, las está incumpliendo descaradamente y cada vez ahoga más la democracia porque el uribismo ha logrado ocupar todos los poderes del Estado. En este momento, la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría -órganos de control- están en manos del partido de gobierno, además de tener un congreso que se pliega sin vergüenza a sus deseos.  

Pero todo lo anterior se calla e incluso algunas autoridades eclesiásticas descalifican a los pocos obispos que levantan la voz para denunciar tantos atropellos. Afortunadamente, hay también una porción de colombianos que no deja de apostarle a la paz y de exigir respuestas efectivas. Entre muchas iniciativas, ayer domingo, un grupo de artistas levantó su voz para que no nos acostumbremos a la violencia o a que se le naturalice y no pase desapercibida tanta muerte y dolor. No se puede aceptar que sigan ocurriendo las masacres, menos que los niños y jóvenes sean asesinados y que la vida en Colombia no valga nada.

Al relatar esta situación, mi pretensión no es hacer un análisis político porque no tengo la competencia suficiente para ello. Mi interés también es levantar la voz para decir que estas masacres no pueden seguir ocurriendo y esto no solo por el derecho a la vida que se ha de garantizar en un estado de derecho sino también porque la fe no puede ser ajena a todo esto. ¿Qué hacemos los creyentes? ¿nos duelen estas masacres? ¿las denunciamos? ¿exigimos que se investiguen? ¿pedimos respeto por la vida de nuestros jóvenes? No veo a muchos creyentes comprometidos con esta realidad. Los veo afanados por volver a los templos -lo cual es legítimo- pero parece que la espiritualidad que les está haciendo tanta falta es la de celebrar ritos para pedir la protección divina ante el virus pero no echan en falta la espiritualidad de la vida, esa a la que “le duele desde las entrañas” la realidad del prójimo asaltado en el camino -como lo relata la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37) y se detiene ante ello y no sigue adelante hasta que cura sus heridas y garantiza que efectivamente se recupere.

Definitivamente a nuestra fe católica le falta algo. No es posible que una historia tan dolorosa se siga escribiendo en un país creyente. O tal vez es posible porque el gobierno que banaliza las masacres es el que invoca a la Virgen de Chiquinquirá en sus trinos o participa de la misa en la Catedral con la complacencia de la jerarquía eclesiástica. Tal vez un gran porcentaje de creyentes viven así su fe. Definitivamente no es el Covid-19 el que impide vivir la fe, son esas comprensiones de espiritualidad, alejadas de la vida concreta, las que permiten que en el país del “sagrado corazón”, la vida valga tan poco y no haya muchas más voces que se levanten a defenderla y protegerla.

domingo, 23 de agosto de 2020


Aborto ¿de quién?

Hace algunos días la Conferencia episcopal de Brasil, algunos, religiosos/as y laicado de diferentes corrientes lamentaron el aborto practicado a una niña de 10 años, en Recife, Brasil, quien estaba de cinco meses de embarazo, fruto de la violación de su tío, quien desde que ella tenía 6 años la había hecho objeto de sus abusos y la tenía amenazada para que no dijera nada. La niña había sido abandonada por su mamá, su papá está preso y por eso vivía con su abuela. La llevaron al hospital porque “le dolía el estómago”. No parece que supiera muy bien que le ocurría. Uno de los obispos dijo que “es infame y horrendo el dolor que causa la violación y el abuso sexual pero la muerte de un ser inocente e indefenso por el aborto es igual de terrible. Ambos son delitos”. Algunas noticias decían que los que fueron a defender a la niña para que no le practicaran el aborto, le gritaban a la pequeña de 10 años “asesina”, igual que a los médicos que lo practicaron y al juez que lo autorizó. Se aducía que había posibilidad de acompañar las dos vidas y garantizar sus cuidados. Un obispo dijo: “Hoy hago una oración por todos los niños que quisieran nacer, jugar, llorar y vivir, ¡pero fueron asesinados antes de nacer! Esperamos explicaciones y respuestas sobre este caso”.

Personalmente me gustaría que no hubiera ningún aborto y más me gustaría que no hubiera ninguna violación. Pero eso es en el mundo ideal. El mundo real, no cesa de dar noticias parecidas a esta, y son muchas, demasiadas, las niñas, jóvenes y mujeres adultas violadas, abusadas, maltratadas, explotadas no en una ocasión, sino muchas de ellas, múltiples veces y, de maneras aberrantes, como la de esta niña que llevaba 4 años viviendo esa situación en manos de alguien que todos pensaríamos, sería de confianza: su tío.

No veo, en general, a muchos jerarcas o a los llamados grupos “provida” levantar su voz y salir a protestar para proteger efectivamente a las niñas, jóvenes y mujeres adultas para que no sean abusadas. Por el contrario, estos que dicen defender la vida, catalogan de “ideología de género” o de “pro abortistas” a los que denuncian la violencia contra las mujeres, violencia que ha sido sostenida por una visión patriarcal del mundo, pero también por una visión religiosa que muchas veces culpa a las mujeres de los que les pasa.

Aquellos que dicen defender la vida deberían trabajar sin descanso para que tantas niñas pueden jugar y reír y no se les “aborte” su infancia siendo víctimas de abusos desde tan temprana edad. No sé porque no defienden el cuerpo de tantas niñas que no están preparadas ni física, ni psicológica, ni afectivamente para un embarazo que ellas ni pueden entender en qué consiste.

En verdad, creo que estas personas que se dicen de iglesia tienen un desenfoque muy grande para afrontar una realidad tan evidente. Parece que nunca leyeron el pasaje de la mujer adúltera (Jn 8, 2-11) frente a la cual los fariseos y escribas “celosos de la ley” le llevaron a Jesús una mujer sorprendida en adulterio aduciendo que según la ley había que apedrearla. Ya la sola pregunta nos hace inferir que Jesús actuaba, no conforme a la “letra de la ley” sino al “espíritu” de esta: poniendo a la persona en el centro y toda ley a su servicio. Pero que duros de corazón fueron algunos contemporáneos de Jesús (justamente los más religiosos) y que duros son también algunos cristianos de hoy. Ellos solo miraban la ley -del mundo ideal- y no la realidad de las personas. Para el caso de la adúltera, no sabemos por qué había cometido el adulterio, pero por supuesto, no se dijo nada del varón adúltero que estaba con ella. Y Jesús prefiere callar porque ya conoce la ceguera de esos corazones y solo por su insistencia les responde: “Aquel que este libre de pecado, que tire la primera piedra”. Para el caso que nos ocupa -la violación y abuso de una niña desde los 6 años- no hay nadie libre de pecado frente a tanta violencia física, sexual y psicológica que históricamente se ejerce contra las mujeres. Es una situación que exige que todos/as levantemos la voz. Es una realidad que llevaría a que todo caso que ocurra merezca nuestra atención, defensa y, sobre todo, unas respuestas adecuadas al mundo real y con derroche de misericordia.

Jesús le pudo decir a la mujer: “¿dónde están? Nadie te ha condenado. Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más”. Para la situación de la interrupción del embarazo no se puede acudir a la biblia para encontrar allí la norma explicita. Pero si es clara la praxis de Jesús sobre la ley al servicio de la vida y no al revés.

Creo que en lugar de algunos pronunciamientos se necesita gran dosis de humildad para no hablar tanto y comprender más. Para seguir buscando las soluciones reales -no ideales- frente a estas barbaridades que vivimos. Es exigencia cristiana protestar contra la vida de tantas niñas, jóvenes y mujeres adultas a las que la violencia sexual, les arrebata sus sueños y las coloca en situaciones que no buscaron, no están preparadas y no merecen. Esto también es un aborto y me parece que mucho más grave y doloroso.

 

 

martes, 18 de agosto de 2020

“Devuelvan a Dios lo que es de Dios”

La conocida cita de Mateo: “Dar (la traducción correcta es “devuelvan”) al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-22) se emplea muchas veces para justificar que la fe no tiene que meterse en la política. Pero no es ese el sentido del texto.

A Jesús le quieren poner una trampa (como tantas veces se ve en el evangelio) y por eso le preguntan: ¿Es lícito dar tributo al César? La pregunta surge de los herodianos que están a favor del tributo, pero el texto dice que fueron enviados por los fariseos que no lo están. Jesús se da cuenta de las intenciones que persiguen porque si contesta que sí, contentará a los herodianos y dejará enfadados a los fariseos y si contesta que no, quedará bien con estos últimos, pero podrá ser acusado por los herodianos de estar en contra del César. Jesús responde -consciente de esa trampa-, situando las cosas como deben ser. El César, en el imperio romano, ha sido divinizado y esa divinización se ve en la moneda, la cual tiene la imagen del César -para los judíos las imágenes son idolatría- y una inscripción que dice: “César, hijo de Dios”.  Por eso Jesús les pregunta: ¿qué imagen ven ahí?, ellos dicen, del César. Entonces Jesús responde “devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es decir, el César se ha apropiado de un lugar que solo pertenece a Dios.

Su respuesta es totalmente coherente con el reino que anuncia: sólo Dios ha de reinar y se han de denunciar todas las usurpaciones que se dan y que impiden que la vida digna y plena llegue a todos y todas. En otras palabras, la respuesta de Jesús fue mucho más política de lo que nos han hecho creer -con la lectura ingenua del texto- y muestra la dimensión profético-política que tiene la vida cristiana.

A los cristianos, en este tiempo, no nos hacen ese tipo de preguntas que le hicieron a Jesús, pero si nos manipulan de muchas maneras. Cuando conviene que no se diga nada, se nos dice que no debemos meternos en política. Cuando en la campaña electoral se necesitan votos, se nos vende la idea de que debemos apoyar al candidato que este a favor de algún principio cristiano, pero casi siempre, no se hace un análisis completo y a fondo de todo su proyecto político para tomar una decisión adecuada. Lamentablemente, más de un político que se dice cristiano, apoya políticas neoliberales que dejan en la miseria a la mayoría del pueblo y políticas de guerra que hacen imposible construir la paz. Pero todo esto lo enmascaran y manipulan, como lo querían hacer con Jesús, y muchos electores caen en ese juego.

Pero también preocupa esa relación iglesia-estado que es usada por el estado para ganar prestigio y buenos réditos y, por parte de la iglesia, o se presta para esa manipulación o cae ingenuamente o le interesa estar en esos estamentos, creyendo que así podrá ganar respaldo para las obras que emprende. Esto es lo que, a mi juicio, me parece se vio en la misa que se celebró en la catedral de Bogotá, el pasado domingo, 16 de agosto. Por parte de la iglesia hubo durante toda la semana una peregrinación del Señor de Monserrate por las catedrales de las diferentes diócesis de la ciudad. Fue un gesto simbólico para animar al pueblo de Dios que tantos domingos sube a pie a Monserrate para visitar al Señor caído, de que, en esta situación de pandemia, no está solo y Dios camina a su lado. Pero finalizar ese gesto con la misa a la que asistió el presidente, la vicepresidenta, el ministro de salud y sus respectivas familias, da mucho que pensar. Se convierte en un gesto muy ambiguo más cuando el presidente, recientemente, ha mostrado que no respeta la independencia de poderes al criticar a las cortes por su decisión frente a su mentor político. Él, como presidente, no puede tener esa postura. Pero justamente aparece al lado de las autoridades religiosas, con la mayor solemnidad y rezando frente a los colombianos como en una campaña de fervor y rectitud. Esto sin nombrar que no están autorizadas las misas con público. En fin, este acto, como tantos otros, no contribuyen a la postura profética que la iglesia podría tener queriendo ser fiel a Jesús.

Gracias a Dios otros pastores no callan su voz, como el arzobispo de Cali, Darío Monsalve, que a pesar de haber sido desautorizado por el Nuncio hace unas semanas cuando utilizó el término “genocidio” para referirse a la actitud que tiene el actual gobierno frente al proceso de paz, nuevamente levanta su voz para denunciar el “genocidio generacional” que envuelve hoy a los jóvenes y adolescentes caleños, condenados al exterminio por la falta de oportunidades en su vida. “Cali y Colombia no pueden dejar que avance este genocidio generacional urbano, bajo ninguna justificación”. Este comunicado lo hizo el pasado 13 de agosto ante el asesinato de cinco jóvenes que residían en el sector de Llano verde. El sábado 15 de agosto masacraron a otros 8 jóvenes en Samaniego (Nariño). El arzobispo de Bogotá, Luis José Rueda, sacó un comunicado rechazando la masacre y pidiendo la paz y la reconciliación. Pero como dijeron los dirigentes de ese departamento, el gobierno tiene que apoyar el proceso de paz y hacer efectiva su presencia allí, si quiere parar esa violencia. Pero este gobierno está más preocupado por mantener sus privilegios que por construir la paz. La iglesia no puede mantener una postura ambigua cuando la situación colombiana está marcada por tanto dolor.

Es urgente no dejarnos manipular por los “César” de este tiempo y seguir anunciando que Dios reina cuando se levanta la voz por la vida, la justicia, la paz y se realizan gestos que respaldan las palabras que decimos.