lunes, 28 de diciembre de 2020

 

Pensando en un balance de este 2020

Estamos próximos a celebrar el fin de año. Para muchos un año que solo nos ha traído dolor y sufrimiento. Ojalá se acabe ya y se vislumbren tiempos mejores. Para otros un año de muchos aprendizajes, cambios y situaciones desconcertantes. Para todos, un año para tocar la fragilidad de la vida humana, su vulnerabilidad y la necesidad que tenemos de afrontar todas las dificultades que vienen. Y como en todo año que termina, un balance no viene mal, aunque, esta vez, marcado por esta situación del Covid-19 tan imprevista.

A nivel de movilidad, cuantas cosas se detuvieron. Fueron muchos los viajes y eventos cancelados, poco a poco se pasaron a versión virtual -con las diferencias que conllevan- pero se sintió el detener el ritmo de vida acelerado que llevaban tantas personas. También se puede vivir de manera más sosegada y, seguro, eso nos hacía mucha falta.

A nivel de trabajo y estudio, la modalidad virtual se ocupó de transformarlos para bien y para mal. La creatividad no se hizo esperar y fue mucha la entrega de las personas para aprovechar estos recursos y proponer muchas iniciativas que permitieron avanzar en estos aspectos. Pero también, con el paso del tiempo, se ha visto el cansancio y no todos los estudiantes pudieron aprovechar de la misma manera. El rendimiento escolar no pudo ser el mismo en todos los jóvenes y para el próximo año, sé de jóvenes que no continuarán sus estudios universitarios porque consideran que se paga demasiado dinero para una educación que, si continúa virtual, no ofrece lo mismo. Y, esto para los que han podido tener estos medios. Pero grandes mayorías de personas no cuentan con la tecnología necesaria y es imposible, a pesar de tantos esfuerzos, que con un solo celular puedan estudiar cinco hijos, sin contar lo que los padres tenían que hacer con el mismo recurso.

A nivel de medio ambiente, al inicio de la cuarentena mucha gente notó la diferencia de un aire más puro, con menos contaminación. Pero la reactivación de la economía ha hecho que rápidamente esto se olvide porque es más fuerte la urgencia del día a día que la capacidad de pensar a largo plazo y moverse decididamente al cuidado de la casa común. La inmediatez de la vida lleva a la incapacidad de contemplar, de cuidar, de preservar.

A nivel familiar, muchas familias están compartiendo más y la casa se convirtió en lugar de encuentro y crecimiento. Pero muchas otras se enfrentaron a lo que arrastraban de años atrás y las separaciones no se han hecho esperar. Además de toda la violencia doméstica que se conoce se ha vivido en este tiempo. Por supuesto aquí hablamos de los que cuentan con una casa adecuada. Muchos no tienen una vivienda digna y para ellos la cuarenta ha sido simplemente insostenible. El problema no es entre cuidarse o no hacerlo sino en constatar que la diferencia de condiciones socioeconómicas, condicionan la vida en todos los sentidos.

A nivel de relaciones interpersonales, ya se extrañan demasiado y se percibe lo que tal vez en la vida normal no siempre se valora: el encuentro, el abrazo, el beso, la compañía, la sonrisa, la mirada, la palabra. Pero también ha quedado en evidencia la calidad de relaciones que se viven, las personas con las que en verdad se siente falta de estar y a las que les hacemos falta. Algunos han constatado que la red de amigos es más una red de conocidos circunstanciales que unos verdaderos lazos entrañables que permanecen firmes en tiempos de cercanía o de distancia.

A nivel religioso, aunque muchas personas han acudido a la oración y han sentido la falta de ir al templo, también se pueden ver algunas consecuencias en la poca formación en la fe que se ve en ciertos contextos. Ese laicado adulto con el que soñamos para hacer de la iglesia un pueblo de Dios donde todos y todas participan con sus diferentes carismas y ministerios, no logra mostrar su empoderamiento. Muchos han quedado dependientes de lo que el clero programe por los medios digitales y esperando la reapertura de los templos. Esta circunstancia es ocasión para pensar qué experiencia de fe, qué sentido de iglesia, qué compromiso social y, sobre todo, qué sentido de los sacramentos se vive. El balance, tiene aspectos positivos, pero también convendría pensarlo más a fondo para que la iglesia, gracias a esta circunstancia, tome el pulso de su ser y quehacer y haga cambios. Las propuestas que Francisco ha hecho a la iglesia para su reforma deberían tomarse en peso y ponerse en práctica porque la pandemia ha revelado que en verdad hace falta una iglesia más comprometida con lo social que con el culto, una iglesia más pobre y misericordiosa, una iglesia más sinodal, una iglesia menos afincada en sus seguridades y más dispuesta a vivir “en salida”, “sin miedo a herirse o accidentarse” (Evangelii Gaudium 49).

Muchas otras cosas se podrían señalar en un balance de este año y cada cual puede añadir lo que ha vivido personalmente. Pero lo que interesa es tomar conciencia de la propia realidad para vislumbrar un nuevo año mejor. La pandemia pasará algún día (aunque en nuestro mundo estructuralmente injusto, ya los países más ricos están vacunando a sus ciudadanos y otros ni tienen esperanza de que tal vacuna llegue a ellos) pero lo vivido en este tiempo no puede dejarnos indiferentes. Por el contrario, es tiempo de crecer en humanidad y en corresponsabilidad. Es tiempo de hacer verdad en nuestra vida, lo que nos trajo el Mesías esperado, el Niño Jesús que acabamos de celebrar en navidad: “Reposará sobre Él, el espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra (…) justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos (…) nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh (Is 11, 1-9). El 2021 traerá sus propios problemas, pero el “Dios con nosotros” (Mt 1,23) está sosteniendo nuestras vidas y, si le acogemos, dará sus frutos en cada uno y en la historia que vivimos.

lunes, 14 de diciembre de 2020


Y llegamos a Navidad ¡con la pandemia a cuestas!

 

Este año hemos vivido en medio de la pandemia del covid-19, sin que lo hubiéramos esperado, ni imaginado. El mundo entero se ha visto afectado y se ha sentido impotente para detener el avance. Con mucho empeño se ha buscado una vacuna, pero ha sido un año para constatar la fragilidad, la limitación, la vulnerabilidad humana. Tal vez esta circunstancia nos ayude a entender la vulnerabilidad del Niño que nace, “en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lc 2, 7).

Pero esa vulnerabilidad no es lo más relevante de nuestras celebraciones de navidad. Por lo general, es un tiempo lleno de alegría, esperanza, festejos, regalos, que expanden el corazón y animan el espíritu. Todo esto es muy positivo y el ciclo litúrgico de adviento/navidad así lo expresa. Sin embargo, ese ambiente festivo puede impedirnos ver el nacimiento de Jesús como realmente fue. Su encarnación no llegó con festejos, ni fue esperada por las élites representativas de su tiempo. El evangelio de Lucas nos aproxima a lo que en realidad fue: Jesús nace en un lugar apartado y los que lo reconocen son los pastores del lugar: personas insignificantes en ese contexto, que no tienen mucho que ofrecerle, más que la sencillez de su vida (Lc 2, 8-18).

Esto marca la vida de Jesús y el lugar desde el que se sitúa para ejercer su misión. Asume la humanidad desde los más vulnerables y así continuará a lo largo de su vida. Incluso, cuando sus oponentes deciden asesinarlo lo hacen con el peor castigo -la cruz- que solo se infringía a los “malditos por Dios” (Dt 21,23; Gál 3,13).

Ahora bien, a los pastores se les anuncia la llegada del Niño, como “una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10-11). Esa es la paradoja de nuestra fe: desde la vulnerabilidad confesamos el poder de Dios; desde la pobreza, reconocemos la riqueza divina: “Conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre, a fin de que se enriquezcan con su pobreza” (2 Cor 8, 9).

Tal vez este año lleno de incertidumbres, sufrimiento, pobreza, carencias, nos abra los ojos a la verdadera humanidad de Jesús y logremos entender mejor el misterio de su encarnación y la salvación que Él nos trae.  Jesús se hace ser humano con todas las consecuencias. No es una encarnación aparente o simbólica, es real y asume las circunstancias tal y como ellas son, buscando caminos para superarlas. En eso consiste la predicación de Jesús. En un pueblo que excluía a muchos, inclusive en nombre de Dios, Él viene a anunciarles que Dios no quiere esa realidad y por eso invita a todos a sentarse en la mesa del Reino, comenzando por los últimos, por los que menos posibilidades tienen. Precisamente Él se hace uno de ellos para empezar “desde abajo”, haciendo efectiva la inclusión de los más pobres y marginados.

Navidad nos introduce en esa lógica de Dios. Nos invita a mirar el mundo desde los más pobres, todos aquellos que viven en los pesebres de hoy porque no tienen trabajo, casa, educación, salud, alimento, en otras palabras, los derechos fundamentales para una vida digna. Navidad nos confronta con la injusticia del mundo que deja a tantos en la insignificancia y en las márgenes. Navidad, desde la experiencia de la pandemia, nos hace mirar las consecuencias de las estructuras que sostienen nuestro mundo actual en las que unos pocos gozan de todos los beneficios y la mayoría solo puede comer las migajas que caen de las mesas de los dueños o mejor de los que se apoderaron de los bienes de la tierra, que en justicia deberían ser de todos.

La pandemia ha dejado en evidencia esta injusta realidad de nuestro mundo. Demasiadas muertes porque los hospitales, por lo general, no tienen la infraestructura para contener casos como estos ya que solo se accede a buenos servicios si se paga grandes cantidades de dinero por una salud privada.

Demasiadas personas sin una casa digna para vivir la cuarentena y ha contrastado, por ejemplo, las grandes mansiones desde donde algunos artistas brindaron conciertos por internet, con aquellos barrios marginales, de calles llenas de gente, porque en la habitación en que vive toda una familia, es imposible estar encerrados, cuidándose del virus.

Tantas otras realidades quedaron evidentes en este año de pandemia y esto es lo que podemos traer en esta navidad para vivirla con la profundidad que el misterio de la encarnación supone. Si los reyes magos trajeron incienso, oro y mirra (Mt 2, 11-12), nosotros traemos un año lleno de dolor, muerte, enfermedad, temor, incertidumbre, pero también, lleno de solidaridad, de fortaleza, de esperanza, de apuesta por la vida. Ahora bien: ¿qué buena noticia nos trae el Niño que nace?

Navidad alienta la esperanza de que este mundo, tal y como ha manifestado ser en esta pandemia, tiene que cambiar para mejor. El Niño del pesebre ha venido para quedarse entre nosotros y acogerlo es construir un futuro que esté preparado para afrontar mejor la vulnerabilidad humana y, sobre todo, para garantizar -desde ahora- las condiciones necesarias para cuidar la vida en pandemia y sin ella, en tiempos difíciles y en tiempos fáciles. En otras palabras, Navidad es la esperanza renovada de que llegarán tiempos de pospandemia y nuestro mundo podrá ser distinto para entonces.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Escandalizarse ¿de qué?


En la iglesia católica se realizan diferentes propuestas pastorales con el ánimo de atraer a los fieles, alimentar su fe y despertar su espiritualidad. Entre muchas de esas experiencias, hace poco se propuso, en la arquidiócesis de Bogotá, un “Madrugón a la oración” (desconozco si se ha hecho más veces) invitando a personas del clero, la vida religiosa y el laicado a que animaran ese espacio con una reflexión sobre las bienaventuranzas. También contó con un grupo musical y otras intervenciones que propiciaron un ambiente de oración y recogimiento.

Esta iniciativa, con seguridad, gustó a los participantes y, en estos tiempos de pandemia, estas propuestas han sido muy valiosas. Ahora bien, una de las reflexiones fue ofrecida por un sacerdote que hace algunos años entró por el camino de la “meditación” inspirada en prácticas orientales, como el yoga, el control de la respiración, la alimentación sana, etc. (no puedo entrar en detalles porque no conozco a fondo los fundamentos de dicha meditación) pero, a grandes rasgos, van por esa línea. Además. Él ofreció la meditación sentado sobre una piedra, en posición de loto, vestido con un traje artesanal blanco y con un lindísimo paisaje de fondo. Algunos o muchos -según se relató en un reportaje que se hizo sobre este hecho- quedaron “escandalizados” por ver a un sacerdote sin su tradicional clériman y ofreciendo ese tipo de meditación. Le tildaron de “nueva era”, de que “por ahí entra el demonio”, de ser señal de la decadencia eclesial, etc. El texto en el que leí el comentario sobre las opiniones frente a este estilo de meditación decía que los grupos conservadores se habían quedado escandalizados y no entendían estas expresiones que rompen con los moldes establecidos.

Personalmente no es esto lo que me escandaliza. Hay muchos caminos para hacer oración y casi siempre esta viene acompañada de los espacios de silencio, de la meditación, del recogimiento, de la interioridad. Las técnicas orientales se han ido introduciendo en nuestra realidad occidental y, entendidas como técnicas que ayudan a la salud, al recogimiento, a la concentración, son válidas y no tienen nada de satánico o algo parecido. Pero algo que es muy importante recordar, es que los caminos que me ayudan a mí no necesariamente han de ser asumidos por todos. No hay un solo camino de espiritualidad porque no todas las psicologías humanas son iguales y a unas personas les ayuda más unas técnicas que otras. Ese querer erigirnos como dueños de una verdad y buscar imponerla a todos, es lo que sí es nefasto y no ayuda a la experiencia cristiana. Tan válido es el camino de San Ignacio de Loyola con su propuesta de Ejercicios espirituales como el de Santa Teresa de Jesús con su definición de oración: “tratar de amistad, muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama”. Y todo el cultivo del dominio de sí, de una alimentación saludable, de la elasticidad corporal, del danzar o cantar, del contemplar, de hacer ritos y expresiones que manifiesten nuestros sentimientos religiosos, es loable, necesario y forma parte de nuestra realidad humana “encarnada”. Por lo tanto, repito una vez más, lo escandaloso no es proponer diferentes maneras de orar y expresarlas.

Pero si tengo dos realidades que no me escandalizan, pero si me preocupan. La primera, consiste en hacerle decir a los místicos/as cristianos lo que ellos no dicen. Por dar un ejemplo, el libro de “Las moradas” de Santa Teresa no tienen nada que ver con un proceso de grados o escalones a conseguir, a semejanza del dominio que se adquiere con algunas técnicas de meditación.

La segunda -que me preocupa mucho más- es que la Palabra de Dios que se comenta en estos espacios de oración o en las predicaciones y catequesis, la desvinculemos de su contexto original, de lo que realmente quisieron decir los evangelios -con la pluralidad de interpretación que también cada uno le da- y le hagamos decir lo que no dice. En concreto, el texto de las bienaventuranzas presenta el “programa del reino de Dios anunciado por Jesús” y según conocemos, ese programa interpeló profundamente el contexto religioso de su tiempo, a tal punto que Él se ganó la muerte y lo crucificaron con el significado que esto conllevaba para ese tiempo, como un “maldito de Dios”. De ahí la hondura de la experiencia de la resurrección: esta constituye el sí de Dios a la praxis de Jesús, es la confirmación de que un amor inclusivo, libre, misericordioso, profético como él que vivió y propuso a sus seguidores, es el que Dios quiere para hacer presente el reino de Dios en nuestra historia.

Por supuesto que en el “Madrugón de oración” se dijeron muchas cosas que van en la línea de lo que acabo de decir, pero tanto en ese evento como en muchos otros, se dicen muchas cosas que no tienen nada que ver con la palabra de Dios que se invoca y se cae fácilmente en una oración intimista, moralista, de búsqueda de un bienestar personal, algo dulzona, muy alejada de una mística encarnada en la realidad, comprometida con su transformación. Por supuesto que este tipo de oración le gusta a mucha gente porque ante tantas problemáticas que se viven y la necesidad que todo ser humano experimenta de apoyo, compañía, sostén, hacen que la gente se sienta bien y confortada. Sin embargo, hay que estar más atentos para no “domesticar” la Palabra de Dios, no acomodarla a lo más fácil. Por poner un ejemplo, la paz del reino que anuncian las bienaventuranzas -si no las sacamos de su contexto- no se refieren al bienestar personal -aunque esto sea muy válido y necesario para todo ser humano- sino que tiene una connotación social y religiosa que interpela, incomoda, compromete.

En fin, el cristianismo pasó de ser, un movimiento marginal a convertirse en la religión oficial del imperio. Eso nos ha dado la idea de que ella “es” la religión para todo el mundo y que su hegemonía hay que defenderla por todos los medios.  Pero la experiencia reciente nos muestra que el pluralismo religioso es cada vez más evidente, además de que un buen grupo de católicos abandona la iglesia, especialmente, los más jóvenes. Por supuesto nos gustaría que no fuera así pero la manera de mantenerlos no puede ser “rebajando”, “domesticando” “endulzando” el mensaje de Jesús sino manteniendo la vitalidad profética y el “sabor a evangelio” -como dice el papa Francisco en su última encíclica Fratelli Tutti- porque lo que hará posible la presencia del reino, no será la cantidad de fieles, ni los ritos que se celebren, ni las técnicas de meditación, sino la vivencia de los valores del reino que como el trigo de la parábola, irán transformando, efectivamente, la cizaña (Mt 13, 24-30).


martes, 1 de diciembre de 2020

Vivir la esperanza del adviento en tiempos de pandemia

 

Comenzamos el año litúrgico con el inicio de adviento. Serán cuatro semanas de preparación para la navidad, en un horizonte de alegría (a diferencia de cuaresma que también es tiempo de preparación, pero en un sentido más de conversión), porque esperamos el complimiento de una Buena Noticia: el Dios de los cielos se hace uno de los nuestros, asume nuestra condición humana y desde entonces no hay que buscarlo en las alturas, ni afuera de la historia sino en ella y en los seres humanos con los que se identifica definitivamente. En términos bíblicos: “lo que hiciste a uno de estos pequeños a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40) o “nadie puede amar a Dios a quien no ve sino ama al hermano a quien ve” (1 Jn 4, 20).

En el primer domingo de adviento que acaba de pasar, el evangelista Marcos nos invitó a estar vigilantes porque “no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa” (13, 33-37). Esto es lo que nos ha sucedido con la pandemia. No sabíamos, ni imaginábamos que algo así pudiera cambiar nuestro estilo de vida, afectando nuestros planes y proyectos. Por supuesto hemos seguido adelante -con más o menos dificultad-, y esta experiencia nos está ayudando a entender nuestra limitación y vulnerabilidad y la necesidad de estar preparados para afrontar experiencias de este tipo. Ha sido necesario volver a las fuentes de nuestra fe: el Dios vivo, sosteniéndonos en todo momento, no encerrado en templos o liturgias, sino convocándonos siempre a la vida y a superar toda situación.

El segundo domingo de adviento nos presentará la figura de Juan el Bautista (Mc 1, 1-8) anunciando la diferencia entre su bautismo de agua y el que trae Jesús en el Espíritu. Nos convoca a salir de una religiosidad individualista para acoger la vida del Espíritu que siempre impulsa a la liberación de todas las esclavitudes y nos constituye en hijos e hijas de Dios. Podríamos conectarlo con el inicio de la misión de Jesús que Lucas (4, 18-19) describe como acción del espíritu quien lo envía a dar la buena noticia a los pobres de que sus situaciones de dolor van a transformarse. Con la pandemia a cuestas, este bautismo en el espíritu nos invita a cambiar tantas situaciones de pobreza que han hecho tan difícil el cuidado mínimo contra el coronavirus, por falta de agua, de vivienda, de trabajo, de recursos para “cuidar y cuidarse”.

El tercer domingo de adviento nos presentará de nuevo la figura de Juan el Bautista, pero esta vez lo hace el evangelista Juan (1, 6-8. 19-28), aclarando que Él no es el Mesías sino el que allana los caminos para su llegada. Hay que descubrir a este Jesús que viene y la lógica del reino que anuncia. Romperá con los moldes de lo establecido por la ley judía y propondrá otra manera de ser hijo e hija de Dios, basada en la misericordia y el servicio y no en el cumplimiento de la ley y el culto. Buena semana para pensar en todo lo que la pandemia trajo para nuestra vivencia de fe. Esta no se pude basar en ir al templo, ni en la celebración de los sacramentos ni en el cumplimiento del precepto dominical o en cualquier otra de las prácticas tan bien establecidas que teníamos. Nos ha hecho ver que antes que el culto es la vida y antes que el templo es la iglesia viva que somos cada uno de nosotros. Podrán delimitarse los aforos en los templos, con normas de bioseguridad y ayudarán, pero se hace necesario agrandar las fronteras de nuestra experiencia de fe para sentir que “no dejamos de asistir al templo” -por lo dicho antes- sino que podemos estrenar otras formas de ser iglesia que, tal vez, han llegado para quedarse.

El cuarto y último domingo de adviento Lucas (1, 26-38) nos presentará a María como protagonista del acontecimiento que esperamos. El diálogo que sostiene con el ángel es uno de los aspectos más significativos del texto. Esperar al Mesías y acogerlo supone la libre aceptación, pero, sobre todo, la pregunta reflexiva que indaga por cómo será aquello o cómo será posible dadas las circunstancias, es decir, la actitud madura de un seguimiento de Jesús que la hace a ella, no solo madre de Jesús sino la primera discípula y modelo para varones y mujeres en la iglesia.

Una lectura más atenta de cada uno de estos textos bíblicos nos dará muchas más luces para vivir este tiempo de adviento. Pero es importante que articulemos la fe con lo que estamos viviendo. Esperamos tiempos de pospandemia que nos hayan transformado a cada uno y hayan hecho mejor nuestro mundo. Sería una lástima y, sobre todo, una inconciencia, no haber crecido como personas, como sociedad y como iglesia en este tiempo difícil que nos ha tocado vivir y volver a lo de antes, sin ninguna diferencia. A semejanza de María sería bueno preguntarnos muchas veces ¿cómo podemos vivir con más conciencia para afrontar tantas cosas nuevas que pueden llegarnos? ¿Cómo sacar lo mejor de cada uno para responder a los desafíos presentes? ¿cómo estar dispuestos a aceptar las incertidumbres del camino desde una fe viva y activa? Que este adviento -tiempo de esperanza- nos llene de optimismo y fortaleza para asumir lo que va llegando y responder de la mejor forma posible.   

 


lunes, 23 de noviembre de 2020

 

A propósito del 25 de noviembre: Un “pueblo de hermanas” que erradique tanta violencia

 

El 25 de noviembre es el “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la mujer”. Desde 1981 comenzó esta iniciativa en conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana. En 1999 la Asamblea General de las Naciones Unidas lo asume, definiendo la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la liberad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”. En otras palabras, hay un reconocimiento de la violencia que a lo largo de la historia se ha ejercido contra las mujeres, por el hecho de ser mujer. Esto no es una retórica, un invento, un intento de hacerse las víctimas, un desenfoque de la feminidad y tantas otras cosas que argumentan los que no quieren reconocer la difícil, dura y verdadera situación, padecida por tantas mujeres de todo el mundo, de todas las condiciones socioeconómicas y culturales, de todas las religiones, etnias y color de piel. Es una triste historia que en muchos casos viven “abuela-madre-hija-nieta”, sin lograr romper esa cadena de violencia. Eso es doloroso, alarmante y urgente.

¿Por qué no logramos eliminar tanta violencia? ¿por qué se le quita importancia? ¿por qué algunas mujeres son las que menos apoyan estas conmemoraciones y relativizan esta realidad?

En la última encíclica del papa Francisco (n. 157-158) encontré una categoría que podría iluminar una posible respuesta. El papa, refiriéndose a la política, critica los populismos y los liberalismos, pero dice que eso no debe llevar a eliminar la categoría “pueblo” y esto porque “ser pueblo” es tener “una identidad común”, “un proyecto común”, “un sueño colectivo”.  Sin esta pertenencia a un pueblo es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo que se convierta en un sueño colectivo. Y sin este sueño colectivo la gente no se empeña en transformaciones concretas para hacerlo realidad.

Sin usar esa categoría de pueblo, el feminismo hace mucho ha denunciado que el patriarcado se sostiene fácilmente porque lleva en sí la división entre las mujeres. Por eso, la mejor arma contra el patriarcado es la sororidad, es decir, la hermandad entre las mujeres. Esto es verdad. A las mujeres nos han enseñado a tener miedo de las otras mujeres. Ellas son nuestras antagonistas. Nos pueden quitar al “príncipe azul” porque el objetivo de sus vidas es conquistar a los varones, son las que destruyen los matrimonios, las que crean chismes, envidias, competencias. Ellas siembran cizaña a nuestro alrededor, son muy complicadas y por eso es mejor tener amigos varones. Por supuesto, en la práctica esto coexiste con una amistad entre las mujeres, pero es tan fuerte el imaginario patriarcal con que nos han configurado, que muchas mujeres, hasta el día de hoy, por ilustradas o liberadas que sean y por muchas amigas que tengan, piensan así de las otras mujeres.

No sé si se puede usar la categoría pueblo también para esta realidad de las mujeres, pero me parece que sirve para lo que ha denunciado el feminismo y su propuesta de vivir la sororidad. Tener identidad y pertenencia a un pueblo es lo que nos hace sentir dolor por las víctimas de tanta violencia patriarcal y nos llama a trabajar por superarlo. Mientras no sintamos que la violencia de las mujeres le ocurre a “una de las nuestras”, no salimos de nuestro confort para hacer algo por las demás.

Pero como ya dijimos, el patriarcado se ha encargado de quitarnos esta identidad de colectivo femenino y por eso hay muchas mujeres que no sienten a las demás como “una de las nuestras”. Por el contrario, se afanan en dejar claro que ellas “no son feministas”. Añaden que no necesitan de esas luchas ya que nunca han sufrido ninguna discriminación. Se sienten incluidas en el lenguaje masculino y no tienen ningún reparo en expresarse de esa manera, aunque se refieran a grupos de mujeres o a profesiones ejercidas por ellas. Consideran que las mujeres que hablan de la defensa de sus derechos, en realidad, están atacando a los varones y ellas ven la necesidad de defenderlos. Traen a la luz historias que han oído o que tal vez conocen en las que las mujeres han agredido a los varones y por eso no quieren ser identificadas con las luchas feministas, lo consideran un gran desprestigio.

Parece que es necesario repetir, una y otra vez, que la urgencia de eliminar la violencia contra las mujeres no es una lucha contra los varones sino contra la sociedad patriarcal que ha colonizado tanto nuestras mentes que nos hace incapaces de ver una estructura machista que permea las sociedades y las iglesias a nivel de mentalidad, actitudes, prácticas, estructuras. No es que las mujeres sean buenas y los varones malos. Es que la estructura patriarcal pone a las mujeres en desventaja y todo lo que tenga que ver con ellas es desvalorizado y ridiculizado. Es que ninguna mujer está libre de ser violada -si se llegara a presentar una ocasión para ello- y ninguna mujer esta libre de ser puesta en “sospecha” en su capacidad intelectual o en su madurez afectiva y psicológica. Y cuando alguna mujer brilla, se alaba como una cosa extraordinaria: esa mujer “si” es inteligente, “si” es equilibrada, etc.

Eliminar la violencia -todo tipo de violencia- contra la mujer es urgente. La pandemia ha dejado ver, una vez más, esa violencia doméstica que no cesa. Por eso, sin una identidad colectiva que nos identifique con todas las mujeres de la tierra, es difícil que nos unamos para que esto no ocurra más. Eso sí, da mucha esperanza ver a tantas jóvenes comprometidas con esta causa, con sus cantos, marchas, protestas, slogans y estilos de vida que rompen lo que parece invencible. Trabajar por la identidad colectiva como pueblo de hermanas, tal vez nos ayude a acelerar el cambio y a que llegue el día de que la violencia contra la mujer -por el hecho de ser mujer- sea un triste recuerdo del pasado, pero algo impensable para el presente.

 

 

 

martes, 17 de noviembre de 2020

 

La urgencia de impulsar una iglesia sinodal 

Acaba de publicarse el libro “La sinodalidad en la vida de la Iglesia. Reflexiones para contribuir a la reforma sinodal”, fruto del trabajo de un grupo de teólogas y teólogos que hace algunos años nos estamos reuniendo bajo la denominación “Grupo Iberoamericano” para reflexionar y apoyar las reformas del papa Francisco. Vale la pena leerlo porque se aborda la sinodalidad desde diferentes aspectos y puede hacer mucho bien a la vida de la Iglesia. A propósito de este libro quiero comentar algunas realidades que no permiten avanzar en este empeño.

Según el papa Francisco la iglesia del tercer milenio ha de ser una iglesia sinodal. La palabra sínodo significa “caminar juntos” y aunque Vaticano II no uso este término, con la definición que dio de Iglesia abrió las puertas para hacerlo posible: la iglesia es pueblo de Dios, la iglesia es comunidad. Pero lo difícil es concretarlo. En efecto, mientras no se abran canales de participación para el laicado en los niveles de decisión, no habrá posibilidad de vivir una iglesia sinodal.

Pero ¿cómo hacemos para empujar ese modo sinodal de vivir y de actuar en la Iglesia? No pareciera que en los niveles de la jerarquía haya demasiado interés en llevarlo a la práctica. Inclusive el mismo papa Francisco, aunque ha impulsado amplias participaciones en el nivel de consultas en los sínodos que ha convocado (de la evangelización, la familia, los jóvenes, la Amazonía) cuando escribe las exhortaciones postsinodales no siempre recoge lo que se pidió con tanta insistencia en las consultas. Sobre todo, en la “Exhortación Querida Amazonia” quedó muy evidente que el sentir del pueblo de Dios no fue escuchado en temas centrales para un acompañamiento efectivo de esas comunidades. Muchas personas han hecho ver que no deberíamos quedarnos en lo que no fue aceptado, sino mirar todo lo positivo que también se dijo allí. Por supuesto que no se puede dejar de valorar lo positivo, pero ante la pregunta ¿cuándo esta iglesia nuestra llegará a ser sinodal? es imposible no mirar los hechos concretos para dar una respuesta.

Además, en las otras instancias jerárquicas, llámense obispos o presbíteros, no se ve tampoco mucha voluntad de abrir los espacios para una participación efectiva del laicado. Son siglos de una organización donde todos los puestos de responsabilidad tienen como condición que quien los ocupe haga parte de la jerarquía. Cuando se abre algún espacio para el laicado, la mayoría de las veces es por falta de clero para ejercerlo.

Pero lo más difícil es ver al mismo laicado convencido de que su lugar es en dependencia del clero y, lo que es peor, la poca confianza que los mismos laicos tienen entre ellos. Hay asociaciones laicales que se resisten a una participación en condiciones de igualdad entre sus miembros, -comprensible en un sentido- porque en sus orígenes nacieron con cierta jerarquía entre ellos, pero incomprensible cuando se han dado tantos pasos en la toma de conciencia de la vocación laical, de su llamada plena a la evangelización, de la responsabilidad compartida que ha de tener todo el pueblo de Dios que quiere ser signo de una comunidad de iguales.

Las primeras comunidades cristianas nacieron con esa corresponsabilidad y vocación compartida. Como todo grupo que quiere perdurar en el tiempo se fue institucionalizando. Pero llegados a donde estamos bien sabemos que, sin poder renunciar a una organización funcional, es urgente recuperar lo esencial de la experiencia cristiana en la que solo hay un Padre y todos los demás hermanos (Mt 23,8).

Por otra parte, hay preocupación por el crecimiento de la iglesia católica ya que cada día se separan más personas de la iglesia y el aumento de vocaciones a la vida consagrada o presbiteral no es tan significativo. Posiblemente una de las causas sea esta. En tiempos donde la igualdad fundamental de todos los seres humanos se reclama y exige como principio básico de convivencia, no convoca mucho una institución en la que unos mandan y los demás obedecen, unos deciden y los demás solo pueden opinar -si les dejan, como concesión, los que mandan-, unos parecen tener la plenitud del Espíritu y otros solo colaboran en la medida que se les permite alguna participación. Podría creerse que esto es una exageración, pero sigue siendo así. Los procesos de evangelización son dirigidos por el clero a nivel parroquial, diocesano y universal. Las comunidades religiosas y asociaciones laicales están bastante controladas por la jerarquía de tal modo que para cambiar un reglón de sus estatutos tienen que hacer un proceso de justificación desgastante y hasta temeroso porque pueden decir que no. Además, a los mismos grupos de iglesia les cuesta mucho trabajo actualizar su carisma porque parece que algunos sectores creen que traicionaran la intención del fundador o fundadora, olvidando que ellos casi siempre fueron adelantados a su tiempo y si vivieran en este tendrían mucha más osadía y audacia.

Ojalá que todos en la iglesia revisáramos si a nivel de “mentalidades, estructuras y prácticas” vamos haciendo posible una iglesia sinodal. Es verdad que se necesita la voluntad política de la jerarquía para desmontar toda la estructura que hoy tiene montada, pero también es verdad, que sin un laicado que quiera dar pasos en ese sentido, tampoco será posible. Quien pueda entender que entienda (Mt 11,15) y lo ponga en práctica en su manera de ser y vivir la iglesia.

 

martes, 10 de noviembre de 2020

Los creyentes y sus opciones políticas


Acaban de pasar las elecciones de Estados Unidos y un poco antes las de Bolivia. No voy a dar aquí una reflexión política porque no tengo los elementos suficientes para ello. Pero solo quiero compartir algunas inquietudes desde la experiencia creyente frente a la postura y el voto que emiten muchas personas que dicen ser seguidores de Jesús.

El cristianismo apuesta por la comunidad de hermanos y hermanas, pero no de cualquier manera sino comenzando por los últimos. Es decir, en la vida concreta no se puede ser neutro; hay que asumir posturas determinadas para trabajar por las causas que nos proponemos. Por eso ante las injusticias estructurales tan evidentes en nuestra América, es necesario apoyar todo aquello que favorezca a los más necesitados. Algunos dicen que esto es “populismo” pero yo no acabo de entender esta crítica y lo digo por lo siguiente: ¿hay algún candidato de derecha, izquierda o centro que no sea populista? Todos ofrecen cambios y se supone que la gente vota por las promesas que hace ese determinado candidato. Con lo cual todos los candidatos son populistas. Pero parece que lo malo es que los pobres crean en esas promesas y además se les dice que quieren ser “atenidos” (como, desafortunadamente, repite la vicepresidenta de Colombia). Conozco demasiados pobres que trabajan de sol a sol, que se juegan el día a día con una honestidad y entrega que merece todo nuestro respeto. Por supuesto hay pobres que no quieren trabajar como hay muchos ricos que no lo hacen porque nacieron con todas sus necesidades cubiertas, lo cual los hace verdaderamente atenidos, a veces disfrutando de herencias que en sus orígenes no fueron tan justas como se podría creer.  

Todo es muy complejo pero lo que quiero afirmar es que un cristiano debería revisar muy bien las promesas de los candidatos y votar por las que van a favorecer a más personas, pero comenzando por los más pobres. Todo esto independiente de si alguna propuesta no me favorece personalmente -ya que todo cambio supone ajustes y algunas poblaciones pueden ser afectadas- pero ¿no es eso pensar en el bien de todos para que “ninguno pase necesidad” -como relata el texto de hechos sobre la primera comunidad cristiana (Hc 4, 34)-? Muchas frases y sentimientos altruistas profesamos, pero llega la hora de ponerlos en práctica y parece que la fe no tiene nada que ver con la vida.

Un grave aspecto que hoy vivimos es el populismo de “palabras”, o mejor, los relatos construidos con mentiras sin ningún sustento. Los creyentes se supone que seguimos al Jesús “camino, verdad y vida” (Jn 14,6) o al Jesús que nos afirma que “la verdad nos hará libres” (Jn 8, 32). Pero no parece que esto se buscara verdaderamente, sino que se apoya el relato que justifica mis posturas, aunque esté lleno de mentiras. Lo repiten de manera tan convincente que se lo creen. No están dispuestos a escuchar otras voces. Ejemplos recientes son el “Castrochavismo” que tanto se invoca, sustentado en dos personajes que ya murieron o el comunismo en el que vamos a caer si no votamos por los personajes de la derecha más derecha. Esto acaba de ocurrir en Estados Unidos y es absurdo pensar que el candidato que ganó las elecciones es comunista, como lo afirmaron en la campaña para desprestigiarlo. Pero parece que muchos de los que no lo votaron así lo creen.

Todo eso no está lejos de la historia vivida en Colombia con el referendo por la paz. Las mentiras de que el Acuerdo tenía perspectiva de género o de que para sostener a los desmovilizados iban a gravar las pensiones de los jubilados y muchas más cosas -evidentemente falsas- motivaron a media Colombia a votar por el “no”. Conocí a muchos cristianos que así lo hicieron y lo peor a muchos clérigos y religiosos/as. Y, todavía hoy, siguen torpedeando la paz y no hay manera de aceptar la gran equivocación que tuvieron.

También la situación de Bolivia es muy compleja, pero podría ser un caso representativo de lo que nos cuesta a los católicos perder la hegemonía del poder religioso y valorar lo indígena y sus culturales ancestrales. Una cosa es hablar en el Sínodo de Amazonia del mundo indígena y repetir hasta el cansancio las maravillas de sus tradiciones, creencias y costumbres y otra muy distinta que haya un gobierno indígena y gane protagonismo. El discurso del vicepresidente electo David Choquehuanca mostró otra cosmovisión -muy distinta a la nuestra- pero muy valiosa y llena de principios que en nada desdicen de la experiencia cristiana. Pero, por supuesto, una cosa es que lo digamos nosotros, llevando la hegemonía y otra que lo propongan otros y nos quiten el protagonismo. Tendrán muchos errores y contradicciones, pero ¿qué gobierno no los tiene? Solo que cuando vienen del ala que nos desinstala, construimos relatos que nos justifican y no hacemos el esfuerzo suficiente para mantener el diálogo y abrirnos a propuestas que también tienen elementos de verdad, aunque no sean las que nos gustan o a las que estábamos acostumbrados. Es difícil mantenernos en una crítica seria para salvar lo positivo y transformar lo negativo.

No se comprende tampoco la altísima votación de los migrantes latinos por un candidato que denigra de los migrantes. Parece que una y otra vez se cumple lo que ya se advertía al pueblo judío: “no maltratarás ni oprimirás al extranjero porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto” (Ex 22,21) pero se olvida con facilidad y, como dice el adagio popular, “no hay cuña que mas apriete que la del mismo palo”.

Otros ejemplos podrían señalarse, pero la intención es volver a preguntarnos si la fe que profesamos se refleja en todos los aspectos de la vida o si rezamos mucho, pero a la hora de decidir por los destinos de nuestros pueblos actuamos como los que no tienen fe buscando solo el interés propio y sin un amor real y comprometido con los más necesitados de cada tiempo. Ser cristiano es muy difícil porque defender la vida no se limita a slogans universales y descontextualizados, sino que pasa por asumir seriamente la situación presente, mantener una conciencia crítica frente a ella y, sobre todo, apostar por los valores del evangelio que, nos guste o no, parece los representan, en este tiempo, más las políticas de corte social de sectores de centro, izquierda y muchas veces ateos que los que afirmando algunas posturas morales apoyadas desde el cristianismo, proponen políticas que solo favorecen a unos pocos, enmarcadas en contextos de exclusión, marginación o descarte como denuncia el papa Francisco en su última encíclica. No todas las épocas se configuran de la misma manera, pero en la actualidad las derechas tienen todo menos de evangelio, de defensa de la vida, de fraternidad/sororidad. Lamentablemente han sido apoyadas por numerosos cristianos y parece que lo seguirán haciendo.