martes, 20 de abril de 2021

 

¿ES TODO DEL ESPÍRITU?

 

En las últimas décadas han surgido “nuevos movimientos eclesiales” que luego se diversifican y algunos cuentan con ramas de vida religiosa, de clérigos, de matrimonios, laicos/as consagradas y toda una serie de diferentes compromisos de sus miembros, pero vinculados a dicho movimiento o instituto o grupo. Casi todos han surgido de personalidades fundacionales relevantes y han congregado a muchas personas, especialmente, jóvenes. Algunos de estos movimientos se han caracterizado por una doctrina rígida basada en un apego a las “tradiciones eclesiásticas” (muy distinto de “Tradición eclesial” – a la cual siempre hay que volver) y promueven una obediencia exigente a las normas y deberes marcados por dichos movimientos. Muchos de estos grupos han conseguido una solvencia económica considerable porque han sabido permear las capas altas de la sociedad y esto les ha permitido tener una estructura sólida con obras y proyectos que les da presencia y poder para influir en diversas instancias. Algunos de esos grupos desarrollan apostolados loables de servicio a los más necesitados y otros se disponen a colaborar en la pastoral de las diócesis, lo que significa una gran ayuda para los obispos que sienten que no cuentan con tantos colaboradores. Pero “toda esta maravilla” que, sobre todo en el pontificado de Juan Pablo II, se consideró una “primavera eclesial” se ha venido derrumbando por los escándalos que han producido sus fundadores y bastantes de los miembros pertenecientes a dichos grupos.

Ahora bien, estos grupos no se han derrumbado del todo porque se han iniciado procesos de investigación que “lentamente” concluyen que sí hay conductas reprochables y se dictan normas de confinar a esos personajes a lugares apartados o que no ejerzan más sus apostolados y se retiran los escritos de dichos personajes para que esos movimientos no se sigan alimentando con esas doctrinas, pero en términos generales, dichas comunidades continúan su existencia, sus obras, su influencia en la sociedad. Pero aquí surge la pregunta del título de este escrito: ¿es todo del Espíritu? ¿deberían continuar existiendo dichos grupos o tendrían que cerrarse definitivamente? Personalmente creo que no todo es del Espíritu, aunque haya experiencias que parece que tienen tanto auge y convocan a tantas personas. Por supuesto que muchos de los integrantes han llegado allí con la mejor disposición y no se puede negar la sinceridad de su fe. Pero, precisamente desde esa sinceridad de algunos de los miembros de esos grupos, ¿no deberían buscar otros caminos para desplegar en un horizonte sano la llamada que han sentido? A mi me parece muy difícil que en un horizonte que nació ya distorsionado pueda rescatarse algo para seguir llevándolo adelante. Algunos dirán que es más grande la gracia de Dios que las realidades humanas y de lo negativo, Dios saca salvación y posibilidades. Supongo que es verdad, pero me queda la duda si en verdad esto es posible.

Además lo que me parece más complejo es que así se identifiquen los responsables de escándalos y abusos y se les aparte, la espiritualidad que ha acompañado a muchos de esos grupos no parece estar en sintonía con el espíritu de Jesús, capaz de poner al ser humano por encima de la ley, abierto a entender los signos de los tiempos para responder a ellos, capaz de una aggiornamento constante, dispuesto siempre al servicio de los últimos no solo a través de obras -como algunos de esos grupos tienen- sino con el testimonio vivo de pobreza y coherencia que toda realidad eclesial debería mostrar. No parece que sigan los caminos abiertos por el espíritu con Vaticano II. Por el contrario, muestran un recelo de dicho concilio y sus prácticas parecen más retrocesos que avances.

En fin, estas reflexiones las tenía hace mucho, pero las he traído de nuevo al escuchar el testimonio de una joven, abusada por un miembro de uno de estos grupos, quien relataba toda la dificultad que supuso poner la denuncia y que se tomarán medidas que, en realidad, fueron apartar al abusador del sacerdocio, pero la comunidad continúa desplegando el mismo apostolado de siempre, como si nada de eso hiciera cuestionar ese carisma y todo su despliegue apostólico, máxime cuando no fue solo este sujeto el abusador, sino que en ese grupo lo fue también el fundador y muchos otros de sus miembros. Como bien lo expresó un artículo que acaba de salir en la revista Teología y Vida (62), titulado “Revisión y actualización de la teología de los fundadores a partir de la crisis de los abusos”, escrito por el presbítero Juan Bautista Duhau, “Evidentemente la crisis de los abusos obliga a reflexionar sobre los estilos de liderazgo en la Iglesia y en las organizaciones carismáticas. Asumir en la reflexión teológica el nuevo paradigma de abuso sexual, que ‘si bien apunta al abuso sexual cometido a menores de edad, busca no reducirse a la edad, sino a las asimetrías de poder posibles que hacen que una interacción sea abusiva y vulneratoria’, supone una verdadera transformación de la Iglesia y, por tanto, de la dimensión carismática en ella” (p. 58).

El tema hay que reflexionarlo desde muchos aspectos y ese artículo aporta muy buenos elementos. Pero desde una reflexión más espontánea me cuesta trabajo entender que no se hagan preguntas más hondas sobre la espiritualidad que acompaña todavía hoy estos grupos y no haya una reacción más contundente para desmontarla. Seguir “encandelillados” porque convocan multitudes o tienen jóvenes en sus filas o están dispuestos a servir en las diócesis donde a veces hay pocos colaboradores es más un agarrarse a lo “único que hay” que seguir buscando con sinceridad lo que es del Espíritu. Se necesita más valentía para asumir las crisis eclesiales que de hecho se viven y disponerse a buscar caminos idóneos para superarlas, que contentarse con mantener “las tradiciones eclesiásticas” de la mano de estos grupos que si algún día dejaron que el espíritu entrara, muchos de sus personajes y muchas de sus doctrinas lo han debido alejar de allí, hace mucho tiempo.

lunes, 12 de abril de 2021

 

La mejor política es la búsqueda del bien común

 

La política es una de esas realidades difíciles de abordar porque es de las que despierta más pasiones y, en cierto sentido, más posturas irreconciliables. Por eso muchos prefieren no hablar de política (ni de religión) para mantener la armonía familiar, social, religiosa. Y, esta última, porque la política no está ajena a las visiones religiosas y estas, muchas veces, se convierten en un obstáculo fuerte para un diálogo más amplio y sensato.

El papa Francisco trató de “la mejor política”, en el capítulo quinto de su última encíclica Fratelii Tutti, mostrando cómo ella es necesaria para hacer posible la fraternidad entre los pueblos. Esta supone la búsqueda del verdadero bien común, objetivo que lamentablemente no se cumple, la mayoría de las veces, y por eso el mundo va, fácilmente, por un rumbo distinto (n. 154).

Podríamos preguntarnos por qué habla de “verdadero” bien común ya que, si es bien, debería ser verdadero. Pero el papa lo aclara enseguida: “Muchas formas actuales de política, sean de izquierda o de derecha (populismos o liberalismos) no responden al bien común, sino a sus propios intereses. El bien común supone pensar en un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas. Pero los populismos esconden su desprecio a los débiles utilizándolos demagógicamente para sus fines y a las formas liberales solo les interesan para el servicio de sus intereses económicos (n. 155). Para no caer en populismos se tiene que garantizar un desarrollo económico dependiendo de las posibilidades de cada región y asegurando así una equidad sustentable. Por otra parte, los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras (n. 161). Estas propuestas de la encíclica son muy sensatas porque el mundo tampoco puede uniformizarse o dejarlo al azar de la libertad de mercado. Cada país ha de reconocer sus posibilidades y desarrollarlas adecuadamente, buscando garantizar la vida digna para todos sus habitantes. Esto supone garantizar el trabajo porque la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización social asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y esfuerzos. El trabajo no es solo para ganarse el pan sino también para el crecimiento personal (n. 162). ¿Cómo traducir todo esto en una práctica real?

El papa continúa diciendo que actualmente el término “populista” sirve para clasificar a los políticos o “desacreditándolos injustamente o enalteciéndolos en exceso” (n. 156). Me gusta esa primera expresión “desacreditándolos injustamente” porque así ha pasado con algunos gobiernos de izquierda del Continente, con unos medios de comunicación que triplican esa imagen negativa y cuando la justicia los reivindica, esos mismos medios permanecen en silencio absoluto. Además, añadiría que muchos gobiernos de derecha son mucho más populistas -para la muestra el presidente de Colombia -Iván Duque- y su última propuesta de reforma tributaria, llamada “Ley de solidaridad sostenible” que bajo un nombre tan “aparentemente social” solo pretende grabar con más impuestos a la clase media/baja, argumentando que es la forma de sostener para los pobres un ingreso solidario. No se plantean verdaderas reformas que garanticen “tierra, techo y trabajo”, como lo pide el papa Francisco.

La encíclica continúa aclarando que, aunque el término populista está tan desprestigiado, no se pueden dejar de lado las nociones de “popular” y de “pueblo” (n. 157). La noción de pueblo es la que hace posible la democracia “gobierno del pueblo” y la que construye grupo, comunidad, a diferencia del individualismo. Un cambio social no se puede hacer sin proponer un sueño colectivo. Por eso para el Papa son tan importantes los movimientos populares porque ellos expresan lo que la gente siente y por lo que lucha.  Ser pueblo es tener una identidad común, tener lazos sociales y culturales que unan a las personas (n. 158). Ahora bien, estas palabras no se entienden fácilmente porque en la práctica, los poderosos y los medios de comunicación a su servicio, se han encargado de desprestigiar a los movimientos populares “magnificando” los hechos negativos que tal vez se presentan en una marcha, por ejemplo, e “invisibilizando” todo lo positivo que ese mismo movimiento social supone.

Retomando de nuevo el término populismo, también existe la idea generalizada de que el pueblo es ignorante y que se deja comprar por cualquier cosa que le ofrezcan. Sin duda esta situación se da, pero creer que todos los pobres responden desde esas categorías es pensar que no tienen dignidad o que no saben lo que necesitan o que son incapaces de tener sueños colectivos y eso no es verdad.

En fin, la mejor política es la del bien común que incluye a los últimos y escucha sus demandas. Es la que logra sentar en la mesa donde se toman las decisiones a los que piden cambios. Pero esta es la lógica que no quiere asumirse en la política y mientras todo se mire desde arriba y solo se busquen soluciones desde los que están en el poder, las cosas no cambiarán realmente.

En todo esto la fe podría jugar un papel más relevante apoyando decisivamente las demandas del bien común, fijándose, en primer lugar, en las inmensas necesidades de las mayorías más pobres. Pero eso, normalmente no ocurre. Parece que a los creyentes los captan más fácilmente las políticas que mantienen el status quo baja capa de libertad o de que se van a defender algunos valores morales propuestos por las religiones.

En tiempos tan complejos como los que vive nuestra América Latina, profundizar en la encíclica es una oportunidad de confrontar nuestra fe y pensar si esta va en sintonía con las necesidades urgentes de nuestros pueblos. Pareciera que Francisco tiene más acogida entre gente comprometida socialmente que entre los creyentes. Esto es signo de que algo no va bien en la vivencia de nuestra fe, de ahí la necesidad de confrontarnos y hacer los cambios necesarios.

 

 

 

 

sábado, 3 de abril de 2021

 

¡Ha resucitado! Y de esto damos testimonio 

 

Llegamos nuevamente a la celebración de la Vigilia Pascual que es la fiesta central de nuestra fe. Jesús venció la muerte, no está en el sepulcro, ¡ha resucitado!

Esa experiencia vivida por los primeros cristianos ha llegado hasta nosotros. Ellos creyeron y nosotros creemos por su testimonio. Así ha seguido creciendo la experiencia cristiana y año tras año volvemos a profesar nuestra fe “en la vida que no termina con la muerte”, “en el sí de Dios a la praxis de Jesús”, “en la solidaridad del Señor con nuestra humanidad” de la que se espera viva según los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Gál 5,22).

Todo esto es lo que expresamos en la Vigilia Pascual -aunque este año, por segunda vez- sin una asistencia presencial por la situación de pandemia que vivimos- pero esa liturgia ha de hacerse vida para que tenga sentido. De lo contrario se queda en ese rito vacío que tanto criticaron los profetas de Israel: “Yo detesto, desprecio sus fiestas, no me gusta el olor de sus reuniones solemnes (…) Aparta de mi lado la multitud de tus canciones, no quiero oír la salmodia de tus arpas. ¡Que fluya sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!” (Am 5, 21-14). Esto sigue pasando en muchos lugares porque año tras año se celebran las liturgias -con demasiado lujo, solemnidad, inciensos, y demasiados varones en el altar- (desde mi punto de vista), pero nada parece cambiar en nuestras vidas, ni en las realidades en las que nos movemos. Y como dice el profeta Amós, Dios desprecia tanto rito, pero sí acepta, si le gusta, que se desborde “el juicio y la justicia” como un arroyo que no se seca nunca. ¡muy linda metáfora para expresar ese querer de Dios!

Sería bueno, entonces, preguntarnos ¿qué debe cambiar en nosotros y en nuestra realidad para que se nota que la pascua de este 2021 ha revitalizado nuestra fe y sus frutos pueden verse de alguna manera?

Cada persona sabrá por donde deben ir los cambios, pero nombremos algunos para que luego cada uno los complete según su propia realidad.

A nivel personal hay tantos aspectos en los cuales cambiar y crecer cada día. Siempre estamos llamados a amar mejor, a servir más, a mirar a los demás con más comprensión y misericordia, a quitarnos el pan de la boca para ayudar a los necesitados de nuestro mundo, a romper barreras sociales, culturales o religiosas para comprender al otro desde lo que es y siente y querer que sea él mismo y no lo que yo quiero que sea.

La dimensión social nos constituye y por eso también hemos de crecer, cambiar, mejorar en nuestro mundo de relaciones. En estos tiempos de covid parece que esa red de relaciones se ha roto, pero no es exactamente así. Precisamente esta situación ha develado las anomalías que se viven en lo que creemos son relaciones adecuadas.

Comencemos por nuestra relación con la creación. Al inicio de la pandemia fue muy claro que el ambiente parecía ser más respirable gracias a las cuarentenas que detuvieron ese ritmo frenético de nuestro mundo. Pero rápidamente lo hemos olvidado y por las necesidades económicas todo se ha vuelto a reactivar “de la misma manera”, sin que parezca hayamos aprendido nada. La vida cristiana podría aportar mucho más en este sentido a partir de esa nueva conciencia que hemos ido adquiriendo de la creación como don de Dios para cuidar y preservar y no para dominar y explotar. La figura de Francisco de Asís es un referente muy grato y necesario para repensar nuestra relación con la casa que habitamos. Hemos de velar por políticas que preserven el ambiente, pero no estaremos atentos a ellas si a nivel individual no cultivamos la comunión con la creación.

La dimensión socioeconómica y política de nuestras vidas ha de pasar por lo que tanto insistió el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti. Trabajar por el diálogo y la amistad social. Por la política que construye el bien común. Por aquella política que parte de las necesidades del “pueblo” y de lo “popular” (FT n.157), es decir, la que construye nación comenzando por los últimos. Esto parece una utopía irrealizable porque no nos convencemos de que “la mano invisible del mercado” no “derrama” bienestar a los pobres. Por el contrario, los empobrece cada vez más porque el lucro siempre beneficia a los más fuertes. Aquí la vida cristiana que cree en la solidaridad, en la comunidad, en la fraternidad, en la sencillez, en el desprendimiento, tendría tanto que aportar para nuestra visión de mundo. Pero no es así. Muchas veces aquellos que deberían dar testimonio de sencillez y libertad del tener, son los que parecen más apegados a las riquezas y no dejan de darse experiencias de entidades religiosas donde los salarios, la estabilidad laboral o la ganancia de esa entidad se rige por el capitalismo más salvaje y no por el beneficio para todos los que llevan adelante esa obra.

La vida familiar sigue siendo un desafío constante para que sea lugar de crecimiento y ayuda mutua y no de sufrimiento y traumas insuperables. En este ámbito, entre otras realidades, la violencia contra las mujeres y niñas sigue siendo una pandemia urgente de superar. Pero existen tantas fuerzas contrarias a la promoción de la mujer -y muchas veces sostenidas por personas que se dicen creyentes- que la tarea está siendo muy ardua. Un cristianismo sin una superación del machismo, del clericalismo, de los prejuicios contra el feminismo, no logra aportar la visión de humanidad que predica y, no es de extrañar, por tanto, que las personas se alejen de una institución que no camina al ritmo de los tiempos y no se adelanta a las respuestas urgentes.

¿Cómo dar testimonio del Resucitado? Que cada uno se examine a sí mismo -como invitaba Pablo a la comunidad de Corintios (1 Cor 11,28; 2 Cor 13, 5)- para que la vida del Resucitado, a través de la nuestra, se haga presente en el aquí y ahora que vivimos y muchos otros puedan decir: “En efecto, ha resucitado y de eso somos testigos” (Hc 2, 32).

jueves, 25 de marzo de 2021

 

¡Cuánta necesidad tenemos en la iglesia de urgentes y necesarios cambios!


 

Nos acercamos nuevamente a la celebración de la Semana Santa, pero una vez más, con muchas medidas restrictivas. La pandemia sigue confrontándonos con la vulnerabilidad humana y ni siquiera, los esfuerzos por vacunar a la población son suficientes para mitigar los contagios. En muchos lugares se han cancelado las procesiones y se pide que no haya aforos grandes en los templos. Ahora bien, como hemos dicho tantas veces, posiblemente esta situación nos ayude a interiorizar el misterio que vivimos descubriendo mejor su auténtico sentido.

De ahí que acercándose el Domingo de Ramos nos preguntamos: en un tiempo de pandemia, sin posibilidad de hacer procesiones, ¿qué nos dice Jesús entrando a Jerusalén sentado en un asno y siendo reconocido por los que le seguían como alguien que viene en nombre del Señor? (Mc 11, 1-11)

Muy fácilmente entendemos que el rey de los cielos, en Jesús, es un rey muy distinto. No entra con la pompa y honra de los reyes de la tierra sino con la sencillez que reflejan el asno y el pueblo que le sigue. No son los grandes y poderosos los que salen a su encuentro sino todos los necesitados que le piden “por favor, salva” (uno de los significados del término ‘Hosanna’ en la Biblia). ¡Cuanta necesidad de recuperar esa sencillez en la vida de la iglesia, esa humildad en su forma de actuar, esa capacidad de estar entre los últimos de cada tiempo presente!

El que Jesús entre a Jerusalén nos remite a que el anuncio del reino ahora llega al corazón de la religión de Israel. Y allí Jesús va a actuar con “autoridad” -como le van a increpar después los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos- con un signo muy cuestionador: derribando las mesas de los vendedores del templo y acusándolos de haber convertido esa casa -que debía ser de oración- en una cueva de ladrones (Mc 11, 15-19) ¡Cuánta necesidad de purificar nuestra imagen de Dios, nuestra liturgia, nuestra espiritualidad de todo aquello que se convierte en sucedáneo, justificación personal, bienestar propio, tranquilizador de conciencia, y no responde al Dios del reino anunciado por Jesús!

Como ya dijimos, las autoridades judías le reprochan a Jesús sus acciones preguntándole con que autoridad actúa (Mc 11, 27-33). Pero Él sabe que ellos no están abiertos a entender su respuesta porque no les conviene confrontarse con sus propias justificaciones. El texto muestra que evaden la pregunta de Jesús sobre el bautismo de Juan -si era del cielo o de los hombres- porque conocen muy bien que si dan las razones correctas no tienen excusa y prefieren no continuar el diálogo. ¡Cuánta necesidad en nuestra iglesia de un diálogo sincero, abierto, con las realidades actuales para dar respuestas apropiadas! En varios temas sean sobre moral sexual, sobre participación de las mujeres, sobre inclusión de las poblaciones diversas y otros desafíos actuales, ¡qué difícil es para la jerarquía y para una parte del laicado escuchar otras razones y confrontarse con maneras distintas de valorar la realidad para dar un testimonio de acogida, respeto, valoración, aceptación en sociedades cada vez más plurales en todo sentido!

A partir de este momento, las palabras de Jesús se hacen más fuertes. Sea el texto de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12), o la acusación que les hace a los escribas de que solo buscan “pasear con amplo ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas, y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones” (Mc 12, 38-40), todos ellos dan las razones que lo llevaran a la muerte: se atreve a denunciar aquello que no se corresponde con la fe de Israel porque se aleja del Dios del reino -misericordia sin límites e inclusión sin condiciones- y se erigen como promotores de un Dios que les beneficia y justifica su falta de amor hacia los demás. ¡Cuanta necesidad tenemos todos en la Iglesia de dejarnos interpelar por las palabras fuertes de los jóvenes -que cada vez se alejan más de la experiencia religiosa-, de las mujeres que ya están cansadas de tanta exclusión y marginación patriarcal, de las poblaciones diversas a las que les dicen que no se les juzga en nombre de Dios pero se les niegan bendiciones y, así, tantos que alguna vez conocieron el mensaje de Cristo pero no logran seguir dentro de la institución porque el testimonio que encuentran no se parece nada a lo que un día escucharon como buena noticia!

En definitiva, celebrar la Semana Santa no es descansar unos cuantos días, o celebrar ritos litúrgicos, o dedicarse un poco más a la oración o lamentarse por no poder ir al templo. Celebrar esta semana es preguntarse si no seremos nosotros los que hoy también matamos a Jesús con nuestra manera de actuar contraria a los valores del reino, domesticando la buena noticia sin dejarle desplegar todo el potencial liberador que encierra. ¡Cuanta necesidad tenemos en la iglesia de la profunda libertad que pone la ley y el templo al servicio de los seres humanos para testimoniar al Dios del reino, de la vida, de la libertad, de la misericordia!

 

jueves, 18 de marzo de 2021

 

Queremos “ver” a Jesús, pero el de los evangelios

 

Vamos terminando el tiempo de cuaresma y nos preparamos para la Semana Mayor. Las lecturas de estos domingos de cuaresma nos han preparado el camino para lo fundamental: reconocer en Jesús de Nazaret, en sus hechos y palabras, al Hijo de Dios. El evangelio de este próximo domingo -V de cuaresma- nos puede ayudar para reflexionar qué tanto lo reconocemos o si, por el contrario, tenemos otras imágenes de Hijo de Dios que no son las reveladas por los textos bíblicos.

El evangelio comienza diciendo que unos griegos se dirigen a Felipe, rogándole: “queremos ver a Jesús”. El relato dice que Felipe fue a decírselo a Andrés y ambos van y se lo dicen a Jesús. La respuesta de Jesús es contundente: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12, 20-25). No podemos entender estas palabras de manera literal en el sentido de odiar el mundo y amar la eternidad, porque esta oposición que el evangelista Juan presenta en sus escritos es la manera de la que él se sirve para manifestar lo absoluto de Dios, contrario a todo lo demás, sin que eso signifique rechazar lo humano y las contingencias de nuestra realidad.

Un análisis exegético del texto nos brindaría muchos detalles ricos e iluminadores, pero no es nuestro objetivo aquí. Lo que buscamos es encontrar en este pasaje algunas pistas de reflexión para nuestra vida cristiana. Por eso estas palabras de Jesús, en vísperas de su pasión y precedidas del “en verdad, en verdad, les digo” nos interpelan sobre la comprensión que tenemos de la manera cómo él ha anunciado el reino de Dios y las consecuencias que esto ha traído para su vida.

Jesús, después de proclamar la buena noticia de misericordia y acogida a todos -especialmente de los más pobres-, de sus cuestionamientos a un cumplimiento de la Ley que tantas veces ahoga a las personas o de unas ofrendas en el Templo que dejan a muchos por fuera, sea por su condición económica o por su condición étnica o sexual (las mujeres deben quedarse en el patio del templo), llega al momento de recoger las consecuencias de sus acciones: un gremio sacerdotal que se ha visto atacado por sus críticas, unos escribas y fariseos que no aceptan la libertad que Jesús les invita a tener frente a la Ley y hasta un pueblo que está contento cuando recibe algún beneficio pero no logra comprender a fondo la propuesta de Jesús. Y en momento de dificultad, la deserción se hace más evidente: aquellos que le siguieron empiezan a dudar de si ese sería el camino, de si no fue exagerado, si no podría haber sido más prudente, si no está llevando las cosas al extremo y con eso está rompiendo la armonía, en fin, todas aquellas dudas que ayer y hoy nos asaltan cuando emprendemos un camino de fidelidad al evangelio y, por las dificultades que conlleva, nos hacen dudar, retroceder y hasta renegar de haber emprendido dicho camino.

Pero Jesús mantiene la fidelidad al proyecto del Padre y nos invita a mantenerla: “ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. Si para Marcos la “hora” de Jesús es la cruz “Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora” (14, 35), para Juan es la Pascua: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! (12, 27).

¿Habremos entendido la manera cómo Jesús ha puesto en acto el reinado de Dios y su fidelidad a pesar de todas las incomprensiones e incluso de la muerte en cruz que se avecina? ¿Queremos “ver” a este Jesús del evangelio o esperamos otro Jesús, aquel que nos bendiga nuestra manera de ser y de actuar y que no nos desinstale de nuestros propios beneficios? La respuesta no vendrá de un sí o un no que pronunciemos sino de las implicaciones que el tiempo que vivimos esté dejando en nuestra vida. Como se ha dicho tantas veces, si esta experiencia de pandemia no nos está transformando, habremos perdido la oportunidad de leer este signo de los tiempos, a través del cual Dios nos interpela. La pandemia reveló una estructura socio económica muy precaria, en la mayoría de los países, un sistema de salud demasiado frágil y una estructura privada capaz de controlar las vacunas desde las farmacéuticas y mantener la desigualdad en su adquisición. La universalidad de los derechos y la inclusión de todas las personas en ellos no es algo conseguido en nuestro mundo, falta demasiado. A nivel eclesial, hemos constatado que la vida cristiana estaba (o sigue estando) demasiado centrada en el culto y que el protagonismo del laicado aún es un ideal por conseguir ya que en tiempos de pandemia parece haberse quedado huérfano por la falta de templos abiertos a los cuales acudir. Todo lo anterior no quita el que también se ha dado una creatividad inmensa y una generosidad desbordante desde diferentes instancias para responder a la realidad social y para seguir alimentando la fe.

Pero es importante preguntarnos: ¿Cómo prepararnos para vivir el misterio pascual con los retos y compromisos que la pandemia nos ha traído? Podemos dejarlos de lado, acostumbrarnos a vivir con esa llamada “nueva normalidad” o repensar a fondo como transformar lo negativo que la pandemia ha revelado, sabiendo que si queremos cambios hemos de morir como el grano de trigo, conscientes de que no es una tarea fácil, pero sí inaplazable. Ojalá nos dispongamos con Jesús y como Él para no huir de la hora definitiva, sino disponernos a ella, sabiendo que en esto se juega la fidelidad al Jesús de los evangelios, nuestra verdadera pascua.

 

viernes, 12 de marzo de 2021

 

Una llamada al diálogo interreligioso entre los hijos e hijas de Abraham 



El viaje del papa Francisco a Irak no tuvo la trascendencia mediática que han tenido otros viajes por razones conocidas -la situación de pandemia- y también porque su itinerario fue sin encuentros multitudinarios y en una tierra muy difícil donde los cristianos son una minoría. Pero los que acompañaron de cerca el viaje, resaltaron el valor de este, especialmente, lo que significa para impulsar el diálogo interreligioso, diálogo que en la actualidad no es algo insignificante sino urgente e imprescindible porque, entre otras cosas, crece la presencia de las otras religiones en los países tradicionalmente católicos. También fue importante la presencia del papa como pastor cercano y solidario con esa pequeña comunidad católica tan golpeada por la violencia.

 

Sobre el impulso al diálogo interreligioso fue muy importante el encuentro que el papa tuvo en 2019 con el jeque Ahmed el-Tayeb, gran imán de Al-Azhar en Egipto, con quien firmó un documento sobre la fraternidad humana y, en esta ocasión, con el gran ayatolá Ali al-Sistani en Najaf, considerado el líder más influyente de los musulmanes chiítas. Los líderes religiosos cada vez son más conscientes de que la religión tiene mucho que aportar a la paz mundial y estos encuentros impactan positivamente para reforzar este mensaje.

 

En el capítulo octavo de la Encíclica Fratelli Tutti, titulado, “Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo”, Francisco señaló la importancia del acercamiento entre las religiones: “el diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia (…), el objetivo es establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencia morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor’” (n. 271). Más aún, señaló el fundamento creyente para la vivencia de esta fraternidad: “Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que ‘sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros’. Porque la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad” (n. 272). En la encíclica el papa llama a establecer dicho diálogo desde la propia identidad, vivida con responsabilidad y apertura, buscando caminos para “conversar y actuar por el bien común y la promoción de los más pobres” (n. 282) y reconociendo “los valores fundamentales de nuestra humanidad común, los valores en virtud de los que podemos y debemos colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer, permitiendo que el conjunto de las voces forme un noble y armónico canto, en vez del griterio fanático del odio” (n. 283).

 

Este viaje, por tanto, ayudó a poner en práctica lo expresado en la Encíclica y a visibilizar a ese país que a pesar de todas las dificultades que ha vivido, sigue con esperanza y alegría, creyendo que un futuro mejor es posible. Cabe destacar las palabras del papa antes de rezar por todas las víctimas de la guerra en la ciudad de Mosul: “Si Dios es el Dios de la vida -y lo es- a nosotros no nos es lícito matar a los hermanos en su nombre. Si Dios es el Dios de la paz -y lo es- a nosotros no nos es licito hacer la guerra en su nombre. Si Dios es el Dios del amor -y lo es- a nosotros no nos es lícito odiar a los hermanos”. Dichas palabras hemos de reflexionarlas una y otra vez porque se aplican igualmente para nuestros propios contextos donde sigue habiendo muerte -de muchas formas- entre quienes deberían sentirse y vivirse como hermanos.

 

En su encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos/as, seminaristas y catequistas, les recordó lo que ha sido insistencia en sus discursos a estos miembros de la iglesia: “Sabemos que nuestro servicio conlleva también una parte administrativa, pero esto no significa que debamos pasar todo nuestro tiempo en reuniones o detrás de un escritorio. Es importante que estemos en medio de nuestro rebaño y que ofrezcamos nuestra presencia y nuestro acompañamiento a los fieles de las ciudades y de los pueblos (…) Sean pastores, servidores del pueblo y no administradores públicos, clérigos funcionarios. Siempre con el pueblo de Dios, nunca separados como si fueran una clase privilegiada. No renieguen de esta “estirpe” noble que es el santo pueblo de Dios.”. Terminó su viaje encontrándose con el padre de Aylan, el niño encontrado muerto en la playa turca en 2015, víctima como tantos migrantes de unas rutas peligrosas para tocar otras tierras que les hagan posible una vida digna.

 

Una palabra final sobre la “fraternidad de los hijos de Abraham” -como titularon algunos diarios el encuentro del papa con los líderes musulmanes-. Las imágenes (fotos) (las cuales hablan más que mil palabras) siguen mostrando que los líderes religiosos son varones y las mujeres son invitadas para decir algunas palabras -en los itinerarios y actividades que ellos organizan- y también pueden ser reconocidas en su labor, en su entrega, como el papa lo expresó dirigiéndose a los responsables de la iglesia: “no se olviden de sus madres y de sus abuelas, que los han “amamantado” en la fe, como diría san Pablo (cf. 2 Tm 1,5)”. Pero aún sigue interpelándonos aquel pasaje de la mujer encorvada en el que el jefe de la sinagoga le reprocha a Jesús por haberla curado en sábado y Él le responde: “Y esta que ES HIJA DE ABRAHAM, a la que ató Satanás, hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día sábado?” (Lc 13, 16). Todas las religiones siguen teniendo esta deuda pendiente con la mujer, no solo de desatarlas de sus circunstancias dolorosas (expresadas generalmente como “violencia de género”) sino reconocerlas, en verdad, como verdaderas hijas de Abraham, con lo cual no podría haber espacios negados para ellas en razón de su sexo.

 

lunes, 1 de marzo de 2021

 

Hasta que la igualdad se haga costumbre en todo lugar y tiempo

 

Hace poco un amigo muy querido me dio un consejo: “me gustan tus escritos, pero sería mejor no escribir tan seguido sobre la mujer porque la gente te va a encasillar en ese tema y, de pronto, algunos van a dejar de leerte”. Por supuesto mi amigo lo hizo desde la mejor buena voluntad y, en el fondo, tiene razón, porque comprometerse con una causa trae muchos problemas. En realidad, molestas a los que no quieren cambiar o a los que no ven la necesidad de cambiar y corres el riesgo de perder algunas oportunidades que esas personas podrían ofrecerte. Pero, al mismo tiempo, sabiendo que vas a contrariar a algunos (o a muchos), las realidades que nos llaman al compromiso despiertan en nosotros una sensibilidad que no se puede dejar de lado. Se comienzan a ver las cosas con otros ojos y descubres lo que para muchos pasa desapercibido. Creo que la experiencia podría compararse, de alguna manera, con lo que dijeron Pedro y Juan cuando fueron llevados ante el Sanedrín para que dejaran de predicar en nombre de Jesús. Su respuesta fue contundente: “no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hc 4, 20) y, yo diría lo mismo: no puedo dejar de hablar de aquello que a diario constato como subordinación, maltrato, exclusión y violencia contra las mujeres, contrario a los derechos humanos y muy contrario al plan de Dios sobre la humanidad.

Por eso al acercarse el 8 de marzo, “Día Internacional de la mujer”, es necesario, una vez más, seguir apostando por la causa. Aunque muchas leyes ya han cambiado para garantizar la igualdad de mujeres y varones, los imaginarios y las prácticas aún están lejos de modificarse. Además, todos los procesos son muy lentos y toca seguir empujándolos para que algún día se “hagan costumbre”. Justamente con ese lema se vienen convocando varios eventos y se intensificarán este mes con respecto a la situación de las mujeres en la Iglesia: “Revuelta de mujeres. Hasta que la igualdad se haga costumbre en la iglesia”. Seguramente a muchos/as no les gusta la palabra “revuelta”. Otros/as invocarán que hay que tener mucha cautela para que no se rompa la comunión en la Iglesia. Por supuesto, hay que evitar todo tipo de violencia, pero levantar la voz, exigir derechos, insistir en el cambio, develar tantas actitudes ocultas, no es contrario a la comunión eclesial sino exigencia de la misma. La comunión se basa en el respeto, valoración, acogida e igualdad mutua. De lo contrario la comunión está rota, aunque externamente parezca que no pasa nada.

Sobre muchos detalles se podría reflexionar en este mes para seguir cambiando la realidad de las mujeres. Pero quedemos con dos que hablan de las leyes que favorecen o discriminan a las mujeres. En Colombia, por estos días se está volviendo a estudiar -por petición de un joven universitario- que se derogue un artículo del Código sustantivo del Trabajo que obliga a las empresas a establecer en su reglamento los oficios que no pueden ser desempeñados por mujeres. Seguramente cuando se formuló ese artículo estaba el imaginario de evitar trabajos pesados para las mujeres porque se cree que ellas son más débiles físicamente. Ya está de sobra comprobado que en realidad no debe haber limitaciones por ser mujer o por ser varón, sino por condiciones particulares de cada persona, pero independiente del sexo. Mantener leyes de ese tipo es discriminatorio y se presta para una remuneración menor para las mujeres, como todavía sucede en muchos campos. Cabe anotar que es muy interesante que no fue una mujer sino un varón -tal vez, educado con otra visión-, quien interpone la demanda para conseguir el cambio, porque en realidad la justicia en todos los campos no la tienen que pedir solo los afectados, sino cualquier ser humano que lucha por un mundo justo e inclusivo para todos, todas y todes.

A nivel eclesial ya se ha comentado el cambio que oficializó el papa Francisco, con el motu proprio Spiritus Domini, del canon 230 del Derecho Canónico que limitaba los ministerios del acolitado y lectorado a los varones. Al quitar esa restricción, se ayuda a cambiar el imaginario patriarcal y se abren nuevas posibilidades que beneficiaran a toda la iglesia, haciendo posible un modelo eclesial donde mujeres y varones ejerzan funciones ministeriales (por supuesto, de servicio; no de poder -este último es el que engendra el clericalismo) y haya así mucha más corresponsabilidad en la Iglesia. Es verdad que las leyes no cambian la realidad automáticamente. pero sin ellas es más difícil conseguirlo.

Sigamos pensando en este mes de marzo cómo avanzar en la igualdad de género para tener un mundo inclusivo que refleje mucho más el sueño de Dios sobre la humanidad: “Creó, pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Gn 1, 27). Cultivemos la sensibilidad por la justicia, esa que no deja pasar la multitud de sutilezas que nos impiden avanzar en los cambios necesarios, pero sobre todo la sensibilidad por tantas mujeres que siguen hoy en pleno siglo XXI sufriendo violencia de todo tipo, discriminación y exclusión en el ámbito familiar, laboral, social y eclesial, todo esto sin olvidar todas las transversalidades que se juntan y hacen más fuerte la violencia de género: si eres negra o indígena, si eres pobre o rica, si has tenido estudios o no, etc. Es un mes para alegrarnos por tanto conseguido, pero para seguir caminando tras todo lo que aún hace falta, “hasta que la igualdad se haga costumbre en todo lugar y tiempo” (Es justo decir que el amigo al que hice referencia al comienzo leyó este artículo e insistió en que le gustó mucho).