lunes, 26 de julio de 2021

 

De redes sociales, posverdad y creencias religiosas

 


Este tiempo de pandemia se ha prestado para que todos hagamos más uso de las redes sociales y expresemos lo que pensamos, sentimos, creemos, etc. En este sentido, la pandemia ha favorecido la socialización del pensamiento y la interconexión de manera universal. Han sido muchos los congresos, charlas, encuentros en los que se ha podido participar de manera gratuita, posibilitando que, lo que antes era para unos pocos, sea posible para muchos.

Pero preocupa lo que últimamente se llama la “posverdad”, es decir, que se afirma cualquier cosa sin tener criterios para hacerlo y los lectores lo reciben con un grado de ingenuidad que siguen divulgando lo que, bajo apariencia de cierto, son verdaderas mentiras que se instalan en el consciente o inconsciente de las personas y resulta muy difícil desmontarlas.

Por ejemplo, esto ha pasado con las vacunas, donde los mensajes en redes sociales muestran que tienen más fuerza que las noticias oficiales y por eso mucha gente se resiste a vacunarse, repitiendo los argumentos que han leído en las redes, sin saber siquiera las bases reales que se tienen para aquella afirmación y sin molestarse ni un mínimo por indagarlas.

Igual sucede con la política donde se multiplican las afirmaciones falsas y las personas las repiten como si tuvieran toda la certeza de que eso es verdad, simplemente porque cualquiera lo escribió en la red y si está escrito parece que ha de tener credibilidad absoluta.

A nivel eclesial, las redes sociales han prestado un servicio muy bueno para alimentar la fe con las celebraciones litúrgicas y muchos otros mensajes y espacios de reflexión que se han propiciado pero, no han faltado quienes pudiendo tener tanta y tan buena influencia con sus seguidores (por ejemplo, algunos clérigos), han convertido sus publicaciones en “defensa de la fe” contra este mundo “ateo” que nos impide ir al templo o que no cree suficientemente en Dios y por eso acude a las vacunas o simplemente queriendo hablar de temas eclesiales reflejan su falta de formación o de actualización teológica lo cual conlleva a que sus seguidores, no puedan ir mucho más allá de reforzar una fe infantil, intimista, acrítica, irracional y tantos otros apelativos que hacen que el testimonio de vida cristiana sea cada vez anacrónico para los tiempos actuales.

No son tiempos de demonizar lo distinto o de creer que todo es ataque a la iglesia. Son tiempos de aceptar la pluralidad cultural y religiosa en la que vivimos y de aprender a convivir con otros que no creen lo mismo que nosotros y no por eso están atacando a la iglesia. La critican sí, por su falta de testimonio o por los escándalos de sus clérigos o por su postura ante algunas situaciones sociales, pero esto es muy distinto a creer que la atacan y promover una postura de defensa en lugar de contribuir a abrir la mente y el corazón para entender el mundo actual y ofrecer una fe que sabe caminar con otros y que no quiere imponer ni reivindicar todo para sí. Eso fue lo que hizo Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes al invitar a leer los signos de los tiempos y responder a ellos. Ya sería bueno asumir este Concilio cuando han pasado más de cincuenta años de aquel acontecimiento.

A veces también algunos clérigos que fueron ordenados en los papados anteriores se sienten tan descolocados con las palabras y acciones del papa Francisco que no saben acompañar a sus feligreses para que comprendan que la iglesia va caminando en el tiempo y debe siempre revisarse y ajustarse si quiere ser fiel al evangelio. Hay momentos en la historia en que este movimiento se nota mucho más y estamos en él. No era gratuito que en las décadas pasadas se hablara de “invierno eclesial” o de “involución” y por eso este papado ve la urgencia de una reforma eclesial. Pero tal vez estos clérigos ni se enteraron del invierno que se vivía, ni entienden porque le llaman a Francisco el papa de la “primavera”. Están tan centrados en sus propias convicciones que no acompañan los signos de los tiempos -como lo dije antes- y no saben interpretar el presente. Los clérigos podrían ser los primeros en mantener la lucidez, la formación y la capacidad de acompañar al pueblo de Dios para que, asumiendo los errores, retrocesos y escándalos de la iglesia, amplíen la visión y siempre estén buscando caminos de conversión, en aras a ser una iglesia cada vez más creíble.

Las redes sociales seguirán existiendo y ahora con más fuerza, por lo tanto, conviene que nos preguntemos si estamos cuidando de no caer en la falacia de la posverdad y si hemos afrontado esta circunstancia de la mejor manera, creciendo en todo sentido, pero especialmente, en la vida de fe que a veces, pareciera, no ha sido la más relevante a la hora de acompañar tanto dolor y muerte, tanta incertidumbre y soledad que ha traído la pandemia. Conviene que aprendamos a utilizar las redes sociales con una lectura crítica de cualquier información buscando que tenga fundamentos sólidos y constables, pero también que los aprovechemos para una formación cristiana a la altura de estos tiempos en los que es necesario derribar muros y construir puentes -como dice el papa Francisco-, actitud que solo es posible si salimos de lo conocido para abrirnos a lo nuevo, si no tenemos miedo al cambio y a un futuro eclesial distinto.

lunes, 19 de julio de 2021

¿Tradición o tradicionalismo?

 

El pasado 16 de julio el papa Francisco publicó la “Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Traditionis custodes” sobre el uso de la Liturgia Romana antes de la Reforma de 1970. En ella el papa recuerda que los obispos, custodios de la tradición y garantes de la unidad eclesial, han de discernir cómo vivir la fidelidad a la Tradición sin que eso se oponga al necesario aggiornamento (actualización) que la iglesia ha ido haciendo a lo largo del tiempo y que ha de seguir haciéndolo. En concreto se refiere a la liturgia que tal vez fue el mayor cambio que el pueblo de Dios notó a partir de Vaticano II porque supuso pasar de la misa en latín a la misa en la propia lengua y de un clero de espaldas a la gente a una celebración más comunitaria y participativa, por nombrar algunos de los cambios litúrgicos propuestos en la Constitución Sacrosanctum Concilium. Deja entonces, en manos de los obispos locales, el autorizar la celebración extraordinaria del rito tridentino a casos muy particulares, pero dejando claro que la liturgia promovida por Vaticano II es la única expresión de la “lex orandi” para la iglesia (lex orandi quiere decir que la forma como rezamos refleja en realidad lo que creemos).

Esta carta fue necesaria porque los grupos que actualmente celebran su liturgia con el rito tridentino no lo hacen como expresión de pluralidad eclesial, sino oponiéndose al Vaticano II, como ya lo hiciera al finalizar el concilio, Monseñor Lefebvre.

Una vez más, los hechos nos muestran lo difícil que es avanzar en el caminar eclesial y todo lo que cuesta hacer las reformas necesarias. Aunque Vaticano II fue una irrupción del Espíritu, un verdadero “aggiornamento” (actualización) de la Iglesia, no faltaron las resistencias a dichos cambios desde el inicio. Y aunque Francisco es muy delicado al referirse a los decretos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI que permitieron volver a implementar el rito tridentino, en realidad dicha vuelta a tal liturgia, ha mostrado ese buscar contentar a todos pero que, a la larga, significa un retroceso. Lamentablemente junto con el permitir el rito tridentino se fue creando un ambiente de tradicionalismo, manifestado incluso en jóvenes seminaristas a los que se les ha formado así en los seminarios o casas religiosas y que hoy se sorprenden con el pontificado actual porque, en la práctica, desconocen Vaticano II.

Todo es supremamente complejo y existen tantos argumentos como personas para justificar la adhesión a una postura u a otra. Pero, desde una lectura de sentido común sobre la reforma litúrgica de Vaticano II, es casi incomprensible que haya gente que crea que una liturgia donde el clero es prácticamente el único protagonista pueda tener más sentido que una celebración de la comunidad o que se haga en una lengua casi desconocida pueda dar más frutos que entender y participar desde la propia lengua.

Pero esto que parece tan obvio, no lo es para aquella porción de clero que quiere ser el único protagonista. Y, por desgracia eso les interesa a muchos y hoy en día a bastantes jóvenes. Revestirse con casullas, estolas y demás ornamentos litúrgicos que los “separan” literalmente del resto de pueblo, es un honor que muchos buscan. Además, ser los únicos que dirigen y realizan todo el culto los pone de protagonistas y eso lo busca más de uno. Pero nada de eso tiene que ver con el Jesús pobre, cercano y compasivo, del evangelio (Hb 4, 15).

Pero también la otra deformación es sobre la espiritualidad que se fomenta en muchos ambientes. Parece que, entre más solemne, con más incienso, con más ritos, con más misterio, con más majestuosidad, más cerca se está de Dios. Pero en este caso tampoco nada de esto tiene que ver con el Dios hecho ser humano en Jesús que nos mostró con hechos y palabras que el culto que a Dios le agrada es el de la justicia y el derecho, es el de la compasión y la misericordia (Mateo 9,13; 12,7; 23,23).

Muchos apelan a la “belleza” de la liturgia o al respeto a lo sagrado. Por supuesto no hay que dejarlo de lado, pero siempre habrá que hacerse la pregunta sobre la integración de esos elementos en la dinámica que el Espíritu de Jesús va suscitando en la iglesia.

Francisco está en sintonía con Vaticano II y eso es un horizonte de esperanza. Pero faltan muchos cambios estructurales para lograr desmontar toda la burocracia vaticana y todo ese estilo tan tradicionalista que se fue consolidando en las últimas décadas. Pero es un alivio que se afirme nuevamente que no es lo mismo el rito tridentino que la reforma litúrgica de Vaticano II. Con esto se sigue mirando hacia adelante, aunque haya tantos que se aferran al pasado creyendo que es Tradición eclesial cuando solo es tradicionalismo e incapacidad de cambio.

 

 

 

 


lunes, 12 de julio de 2021

 

Salir de la autorreferencialidad

  

El papa Francisco ha insistido en salir de la autorreferencialidad para poder mirar más allá de nosotros mismos y responder, efectivamente, a los desafíos del presente. Pero esto no es solo un propósito personal -aunque lo supone- sino, sobre todo, fruto de encontrarse con el amor de Dios “que se derrama en nuestros corazones” (Rom 5,5) (muy linda la expresión “derramarse” porque el agua derramada ya no puede recogerse, como el amor de Dios que nunca vuelve atrás).

En la Evangelii Gaudium (n. 7), Francisco recuerda las palabras de Benedicto XVI “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” y señala que precisamente ese encuentro nos libera de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad y esa liberación nos hace ser personas más plenas -porque nuestra verdadera esencia no está en el egoísmo sino en la relación-. Además, el encuentro con Jesucristo nos hace auténticos evangelizadores porque la evangelización consiste en comunicar a otros lo que personalmente se ha experimentado (EG n.8).

Por todo esto, es urgente que la iglesia salga de su autorreferencialidad y, de una vez por todas, asuma lo que la Constitución Gaudium et Spes, de Vaticano II, marcó como camino para la iglesia de este tiempo: estar atenta a los signos de los tiempos (GS 4) y respetar la autonomía de las realidades terrestres (GS 36). Sin embargo, esta no acaba de ser la dinámica de una gran porción de la iglesia (ni jerarquía, ni laicado). Basta mirar los titulares de portales con noticias religiosas, en los que casi siempre, se refieren a la oposición de los episcopados a las cuestiones morales que ciertos sectores de la sociedad valoran de manera diferente, pero son muy pocas las noticias sobre “posturas proféticas” frente a la injusticia, las políticas neoliberales, las noticias falsas, la violación de los derechos humanos y tantas otras realidades sociales que afectan la vida de tantas personas.

La iglesia no acaba de “arriesgarse, mancharse, herirse” por defender la vida de su pueblo, sino que, muchas veces, sigue del lado más cómodo y menos arriesgado. Bajo capa de invocar la paz, la reconciliación, cae muchas veces en posturas “tan tibias” que pocos pueden descubrir en ella la Buena Noticia de la “justicia”, la “vida” o las “4T” de las que habla el papa Francisco: Tierra, Techo, Trabajo y Tecnología”.

El laicado necesita tener también otra mentalidad más abierta, más comprometida con este presente. Sin embargo, no sé qué pasa con algunos grupos apostólicos que en lugar de abrir “puertas y ventanas” para que “entre aire fresco y renueve toda la casa”, fomentan un moralismo y un tradicionalismo que asfixia y enrarece el ambiente. ¿No han tomado conciencia de las consecuencias de ese moralismo exacerbado presente en tantos fundadores/as y miembros de grupos “tan supuestamente apostólicos” pero tan llenos de podredumbre que hoy causa tanto dolor a nuestra iglesia?

También a veces esa autorreferencialidad se presenta en comunidades religiosas o grupos laicales con respecto a sus fundadores/as o en su estar en continuas reuniones para tratar de las cosas internas de la comunidad. En el primer caso, la excesiva referencia a los fundadores/as, a veces da la impresión que les hace perder la referencia al mismo Dios. Se invocan más los textos de los fundadores que el evangelio. Por supuesto que es importante mantener la particularidad del carisma que se expresa en los escritos fundacionales, pero estos no deberían perder el contexto de la iglesia en la que se inserta dicho carisma y menos en la palabra de Dios que es, en definitiva, la referencia primera y fundamental. En el segundo caso, todo grupo necesita evaluar su caminar, señalar sus prioridades, organizar sus objetivos. Pero, a veces, la vida se va en organizar una reunión detrás de la otra, en hablar y revisar, pero a la hora de la verdad, las decisiones se toman tan lentamente que el día que llegan, ya ni son útiles porque la realidad cambia.

Dejar la autorreferencialidad sería un buen propósito para recuperar lo esencial de la iglesia: ser medio para favorecer la vida y no obstáculo para impedirla. Pero hace falta más audacia y riesgo para darse cuenta que el mundo sigue su marcha -con la iglesia o sin ella- y lo que en él ocurre no todo es perdición y maldad. Por el contrario, hay mucha “bondad y bien” expresados en tantos deseos de cambio que se levantan en muchos países, en las transformaciones que, efectivamente, se consiguen y en ese deseo humano de seguir adelante a pesar de tantas dificultades que se presentan.

La Encíclica Fratelli tutti es una buena carta de navegación para concretar una iglesia que deja su autorreferencialidad y, en verdad, se dedica a caminar al ritmo de los tiempos, aportando todo lo que ella tiene, pero acogiendo todo lo que también se vive independiente de ella: “La iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la construcción de un mundo mejor ni dejar de despertar las fuerzas espirituales que fecundan toda la vida en sociedad (…) La iglesia tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación sino que procura la promoción del ser humano y la fraternidad universal. No pretende disputar poderes terrenos sino ofrecerse como un hogar entre los hogares -esto es la iglesia- abierta para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección. Una casa de puertas abiertas (…) una iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación” (FT n. 276).

 

 

 

 

 

 

martes, 6 de julio de 2021

En medio de las dificultades, muchos signos de “esperanza”

 

Cuando miramos la realidad latinoamericana se perciben muchas dificultades, con las particularidades específicas de cada país. Pero también hay muchos signos de esperanza que vale la pena explicitar porque, muchas veces, los medios de comunicación despliegan insistentemente lo negativo y pasan casi desapercibido lo positivo.

No me voy a referir a todos los signos, ni tal vez a los más significativos, sino a los que tengo presentes en este momento. Cada persona podrá recordar muchos otros o considerar que algunos de los que señalaré no son signos de esperanza para ellos, pero lo que interesa es darnos cuenta que “no todo pasado fue mejor” y que cada presente tiene grandes dificultades, pero también infinitas esperanzas.

Pensando en Colombia, aunque casi todo está por resolverse -después de estos dos últimos meses de marchas y demandas sociales- quedará para la historia una juventud que ha sido capaz de levantarse y exigir lo que les corresponde. Algunos se quedan atrapados en los desmanes y destrozos que causan algunos -lo más seguro infiltrados- pero el énfasis no puede ponerse en eso. La seguridad con la que los jóvenes hablan y exigen sus derechos es conmovedora. Frente a opiniones que se escuchan de que la juventud no tiene ideales, que es apática, que son superficiales, etc., la movilización juvenil que se ha dado en Colombia las deja sin piso. Habrá jóvenes apáticos y desinteresados frente a la realidad que viven, pero lo más cierto, es que con la juventud viene el deseo de un futuro posible para ellos y, siempre hay jóvenes dispuestos a luchar por conseguirlo. Justamente el 4 de julio conmemoramos los treinta años de la Constitución que rige actualmente el país, la cual fue también fruto de las iniciativas juveniles que creyeron que el cambio podía llegar por esa vía constitucional. Según se ha recordado estos días, la Constitución es muy buena pero aún falta reglamentarla suficientemente y vigilar porque no sigan aprobándose modificaciones que, en realidad, son retrocesos promovidos por aquellos que empujan la historia para atrás en aras de defender sus privilegios o intereses particulares. Pero eso no impide que también quede en la historia el hecho de haber conseguido una nueva Constitución y de los cambios que ella ha permitido.

Chile ha comenzado el proceso de redactar una nueva Constitución y, por lo menos, los inicios, parecen muy esperanzadores. Las palabras de la presidenta de la Convención Constitucional, Elisa Loncon, indígena, reconocida activista de la causa de su pueblo, con una preparación intelectual muy sólida, mostró en su discurso de posesión, unos horizontes muy valiosos: “… Felices por esta fuerza que nos dan, pero esta fuerza es para todo el pueblo de Chile, para todos los sectores (…) para todos los pueblos de las naciones originarias que nos acompañan (…). Este saludo y agradecimiento es también para la diversidad sexual, este saludo es para las mujeres que caminaron en contra de todo sistema de dominación (…) agradecer que estamos instalando aquí, una manera de ser plurales, una manera de ser democráticos, una manera de ser participativos (…) Esta convención que hoy me toca presidir transformará esta nación en un Chile plurinacional, en un Chile intercultural, en un Chile que no atente contra los derechos de las mujeres (…) en un Chile que cuide la madre tierra (…)”. Desde mi punto de vista esto es un avance inmenso en un país que lideraba una visión muy distinta -neoliberal- y que parecía nunca llegaría a su fin.

Sobre este protagonismo de los indígenas, es bueno reconocer cómo se levanta su voz en el Continente. Bolivia es un Estado plurinacional y las constituciones de otros países también subrayan la pluralidad étnica. En Colombia por Constitución se garantiza su representación en el congreso. Pero bien sabemos que no es suficiente que quede escrito en las leyes, sino que la transformación de las mentalidades es más lenta y requiere de mayor esfuerzo. Es así como la práctica de derrumbar estatuas de los conquistadores se ha convertido en un signo -que molesta a muchos- pero que interpela suficientemente la mentalidad colonial que llevamos introyectada y la urgencia de reescribir la historia desde los vencidos, desde los pueblos originarios quienes sufrieron la crueldad de una colonización hecha con la “cruz y la espada” al mismo tiempo.

Muchos otros signos se podrían anotar porque en cada país, a pesar de sus problemas, no dejan de levantarse voces, exigir derechos y conquistar avances, lamentablemente tantas veces a costa de mucha sangre y sufrimiento. Pero ojalá que los cristianos sepamos alimentar y mantener esta mirada de esperanza. La resurrección que “esperamos” no es solo para después de esta vida, sino que comienza aquí y ahora, en las circunstancias que vivimos. Hay resurrección cuando los jóvenes, los indígenas, las mujeres, los negros, la población de diversidad sexual y tantos otros, hoy levantan su voz pidiendo igualdad, inclusión, respeto, derechos, etc., y creyendo que los cambios pueden ser posibles.

Nuestra fe no puede ser ajena a estos procesos. Más aún, se valida en ellos. Que si tantas veces en la historia algunos sectores eclesiales han estado del lado equivocado -dictaduras, statu quo, poderosos, etc.- hoy procuremos estar del lado correcto: allí donde se lucha por la vida, la dignidad para todos los hijos e hijas de nuestro Dios y que los signos de esperanza que se van constatando, nos sostengan para seguir adelante, apostando más y más por un futuro distinto, difícil pero posible.  

lunes, 28 de junio de 2021

El aporte de los cristianos ante la realidad que vivimos


La situación tan convulsionada de muchos países de América Latina hace que se levanten voces invocando la contribución cristiana en términos de paz y reconciliación. Pero esto ¿qué significa exactamente?

Para algunos, es no irse a ningún extremo y mantenerse en una postura “neutral”. ¿Es posible ser neutral en la realidad humana que vivimos? Verdaderamente eso es imposible. Es necesario definirse por algo, de lo contrario se deja el vacío para que lo contrario acontezca. Por eso hay que pensar muy bien, cuál es la opción que se asume y en qué razones se sustenta.

Para otros, es defender los “valores cristianos” pero estos casi siempre consisten en oponerse a las leyes que buscan legalizar el aborto, la eutanasia o los derechos de la población LGTBIQ pero no parecen incluir la exigencia de una vida digna para todos y todas, especialmente los más pobres. Salir a la calle para exigir esos derechos fundamentales no es muy común entre muchos cristianos, pero hacerlo por las causas antes aducidas si es bastante cotidiano. No parece que haya mucha coherencia con la praxis de Jesús del que bien conocemos su preocupación por las situaciones que aquejaban a sus contemporáneos -enfermedades, exclusiones, pobreza- y a las que respondió buscando transformarlas. Leer el pasaje programático de la misión de Jesús de Lucas 4, 18-19, debería ser una acción cotidiana para no olvidar que se sigue al Jesús que ofrece la liberación de los males que aquejan al ser humano, cuestionando a los que los producen, sabiendo que eso incomoda, trae persecución e incluso la muerte (como le sucedió a Jesús).

Otros buscan formar “lideres cristianos” para que influyan en las estructuras sociales. Esta ha sido la tarea de las instituciones educativas católicas, pero no parece que se puedan recoger demasiados frutos. No se ve que su influencia se note en políticas incluyentes y que, en realidad, respondan a los cambios estructurales que los países necesitan. ¿Qué tipo de liderazgo aprenderán que solo parecen repetir “más de lo mismo” sin lograr algún cambio significativo?

Definitivamente no es fácil acertar en el cómo nuestra fe debería notarse, enriquecer, proyectar, transformar y cuidar de la realidad, haciendo posible un mundo que sea cada vez mejor, más fraterno y sororal, una casa común donde se garantice la vida para todos y todas. Sin embargo, algunas reflexiones pueden plantearse y quizás, tal vez ayuden, para responder a la situación actual de manera comprometida.

Situándonos en América Latina hace poco escuché a alguien que describía la situación como un momento de populismos de izquierda y de derecha y que la tarea del cristiano era no caer en ningún extremo e ir contra toda violencia. Esto último me parece sensato pero esa presentación general de todo el continente me hizo pensar que, no podemos tomar a América Latina en bloque ni creer que sus procesos políticos son meros extremismos. Cada país tiene una historia muy distinta y unos desarrollos propios, en el que se entremezclan características particulares que no pueden compararse. Una cosa es Colombia con una historia de conflicto interno y una porción de pueblo que se opone a los Acuerdos de paz (incluidos sectores creyentes) y otra muy distinta es, por ejemplo, la realidad boliviana donde la impronta de la cultura indígena, por nombrar alguna particularidad, presenta un horizonte diferente. Y así de cada país se podría decir algo que hace única su situación. Creo, entonces, que es responsabilidad del ser cristiano no caer en relatos ingenuos o simplistas sino en indagar muy a fondo cuáles son las fuerzas que están en juego en cada realidad para comprenderla y poder hacer juicios más sensatos. No siempre sucede eso y vemos a algunos creyentes e incluso jerarquías eclesiásticas repitiendo discursos más ideológicos (ideas sin fundamento) que reales, negando datos importantes para comprender la realidad y sin la sensatez suficiente para discernir que no todo son extremismos sino exigencias sociales, que no todo es comunismo sino búsqueda de propuestas políticas distintas, que no todo está en contra de la iglesia, sino que hay reformas que pueden afectarle, pero tal vez debe ser así para dejar sus privilegios.

También me parece importante comprender que el no estar de acuerdo con la violencia no significa evadir los temas y no dialogar sobre ellos. Precisamente frente a la realidad que vivimos necesitamos más que nunca un diálogo sincero y abierto que esté dispuesto a escuchar al otro y darle alguna credibilidad, que ofrezca argumentos sustentados y discierna las consecuencias reales de una determinada postura. La solución de no hablar de política para no pelearse con la familia o los amigos, no es la más adecuada, porque nuestra responsabilidad nos pide buscar soluciones, buscar la paz y la reconciliación, pero esto no se logra evadiendo los problemas sino afrontándolos hasta que encontremos alguna salida.

Por último, es válido y hasta necesario que haya pluralidad y que todos no pensemos lo mismo. Pero tampoco podemos pensar de manera opuesta. Si esto pasa, no estamos mirando desde el mismo lado y los cristianos tenemos un lado para mirar: el evangelio, la praxis de Jesús, el proyecto de Dios sobre la humanidad. Son tiempos convulsionados, realmente, pero los cristianos estamos llamados no a decir “reconciliémonos” sino a entender las causas de lo que pasa para iluminarlas desde la fe, discernirlas y comprometernos con acciones concretas que, en verdad, hagan posible la reconciliación.

 


martes, 15 de junio de 2021

 

De cargos casi vitalicios a la descentralización del poder y el relevo generacional

 

La iglesia, como toda institución humana, tiene que regirse por leyes para garantizar su funcionamiento. Por eso el Código de Derecho Canónico y los reglamentos particulares de cada asociación son necesarios. A propósito de esto, quiero hacer referencia al último cambio que ha promulgado el “Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida” sobre el periodo de duración de los órganos máximos de gobierno de las “Asociaciones de Fieles” que no debe exceder dos períodos de cinco años cada uno. Se recomienda lo mismo para los/as fundadores/as aunque para ellos/as puede darse alguna excepción, en vistas a garantizar el desarrollo del carisma.

No voy a hacer una reflexión desde el punto de vista legal (que excede mi competencia) sino sobre esos períodos “casi vitalicios” que ejercen algunas de las autoridades de los grupos, bien porque dichas autoridades se asientan en el poder y no lo sueltan fácilmente o porque los miembros del grupo crean a su alrededor una cierta “aureola” que parece irremplazable o porque es difícil confiar en otro que parece “demasiado igual a nosotros” o porque los grupos van teniendo menos personas y no hay tantas opciones o por otras muchas razones que se podrían formular. Lo cierto es que ciencias, como la psicología, alertan sobre ese deseo o necesidad de tener “padres”, “superiores”, “reyes”, líderes”, “jerarcas”, “madres”, ídolos, etc., y proyectar en ellos lo que tal vez no logramos nosotros mismos. Ser personas autónomas, libres, maduras, es tarea de toda la vida y siempre hay que correr tras de ello. Pero es fácil dejar la carrera y resguardarse tras alguna figura superior.

El Decreto afirma que reduce esos períodos tan largos del ejercicio del poder porque es necesaria la “sana rotación y para evitar las apropiaciones que degeneran en violaciones y abusos”. Además, porque se ve lo positivo de un “relevo generacional” y de que todos los miembros de un grupo -de manera directa o indirecta- participen en la elección de tales autoridades.

¿Por qué se tienen que decretar algunas normas que deberían ser obvias en instituciones que tienen como objetivo la vivencia del evangelio, el servicio, la fraternidad, la humildad, el desprendimiento y tantos otros valores que decimos caracterizan nuestra fe? Además, textos como el del evangelista Marcos: “si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35) o el de Mateo: “Ustedes saben que a los que gobiernan entre las naciones les gusta mostrar su poder. A sus principales dirigentes les gusta ejercer su autoridad sobre la gente. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, el que quiera ser más importante entre ustedes debe hacerse su siervo. (Mt 20, 25-26), deberían ser el horizonte de cualquier ejercicio de gobierno ejercido en la iglesia.

Pero tal vez, la iglesia como toda organización humana se acomoda continuamente al contexto en el que vive y nuestro mundo está lleno de “honores”, “vanagloria”, “apegos” y, sobre todo, deseo “de poder y de prestigio”. Ahora bien, el Decreto dice que los nuevos movimientos eclesiales, surgidos después de Vaticano II, han traído “una época de gran florecimiento, aportando a la Iglesia y al mundo contemporáneo una abundancia de gracia y de frutos apostólicos”. Seguro es verdad, pero no se puede olvidar que algunos de estos movimientos han producido mucho dolor a la iglesia por los abusos cometidos por sus fundadores/as u otros miembros y por su manera de ejercer el poder con autoritarismo y coacción de conciencia de sus miembros. ¿Será que esto ha llevado a decretar estas nomas? Sería bueno explicitarlo porque solo aceptando los errores y buscando enmendarlos, se pueden ver otros horizontes. El Decreto también dice que estas normas no aplican “a los cargos de gobierno que están vinculados a la aplicación de las normas de las asociaciones clericales, institutos de vida consagrada o sociedades de vida apostólica”. Supongo que cada decreto debe darse para cada tipo de grupo, pero me parece que debería ser válido para todos y más para los institutos clericales donde me parece que, todavía hoy, aunque entre sus miembros haya religiosos (no clérigos) los superiores generales, siempre han de ser clérigos.

En verdad, en tiempos en que la iglesia apuesta por un modelo más sinodal, conviene revisar muchas cosas. Es urgente un ejercicio más compartido del poder y, por supuesto, purificando este poder para entenderlo como servicio y no como superioridad. De la mano iría el cuidado del lenguaje: títulos como superior/a, padre/madre, excelencia, eminencia, reverendo/a, director/a, etc., desdicen mucho de lo que las personas de gobierno deberían significar para un grupo que quiere vivir la fraternidad/sororidad en su seno. La descentralización del poder sería algo que ayudaría mucho a quitar tanto “unipersonalismo”. Algunos grupos laicales tienen toda una estructura organizativa, pero en la práctica, las decisiones quedan en manos de la persona que ejerce el cargo central, haciendo que los que ejercen otros cargos (consejeros, administradores, secretarias, etc.) sean ayudas funcionales, pero no decisorias.

Las leyes formuladas no cambian automáticamente la realidad, pero presionan para hacerlo. La práctica concreta ayuda para cambiar las leyes. Es decir, los dos movimientos van de la mano y se retroalimentan. Ojalá que este Decreto haga replantear bien a fondo el ejercicio del poder para despojarlo de tantos accesorios y recuperar lo único importante -el servicio- y que una nueva práctica -realmente sinodal (caminar juntos)- florezca una iglesia -testimonio creíble- de un estilo de comunidad que puede vivir sin prestigio, ni poder, sin superiores ni inferiores, sin gente excepcional y gente insignificante, sino donde todos son hermanos y hermanas, hijos e hijas, del Dios del Reino que es padre y madre, pero que sobre todo, en su Hijo nos mostró que “no vino para ser servido sino para servir y dar su vida por muchos” (Mt 20, 28).

lunes, 7 de junio de 2021


¿Qué habremos aprendido en este tiempo de pandemia?

  

Hace más de un año que estamos oyendo noticias sobre el coronavirus. En los últimos meses las vacunas han aliviado, en buena parte, la situación y se respira un aire de “confianza” para seguir adelante con las tareas emprendidas. No está ganada la batalla y seguimos afrontando los llamados “picos” de la pandemia en diversas partes del mundo, pero pareciera que un regreso a la “normalidad” comienza a ser más evidente. Para algunos, esa “normalidad” ya ha sido asumida en sus vidas porque o ya se contagiaron y no fue grave su enfermedad o han vivido sin prestar atención a la situación -casi jugando a la ruleta rusa, es decir, si les toca, lo asumirán y si no, siguen con su vida sin que les importe mucho lo que pasa a su alrededor, y no han faltado los que siguen negando que esta pandemia exista.

Mirando otro aspecto -las medidas tomadas por los gobiernos para controlar la pandemia-. algunos las han rechazado aduciendo que atentan contra su libertad. Otros, ante la necesidad “innegociable” de trabajar para comer, no han podido cumplir con las medidas propuestas y celebran cada apertura que se hace para “sobrevivir”, sin detenerse en ninguna otra reflexión. Esto último es entendible y doloroso. Ha sido la realidad, especialmente, de los países pobres porque en aquellos donde el Estado ha cubierto las necesidades básicas, no se ha sentido tanta angustia y, hasta algunos están contentos de recibir el sustento sin tener que trabajar. En fin, las posturas ante esta pandemia, como ante tantas otras realidades que vivimos, son tan distintas según las personas y sus circunstancias vitales, que cabe la conocida expresión “hay de todo en la viña del Señor” y con esa realidad tenemos que contar a la hora de asumir lo que en cada momento histórico tenemos que vivir.

Pero visto desde nuestra experiencia de fe, ¿habremos aprendido algo de esta pandemia? ¿hemos dado testimonio del valor de la fe cristiana ante las realidades que vivimos? O simplemente ¿hemos aguantado -como todos- esta circunstancia, dejándonos llevar por lo que depara cada día, sin muchos cambios -más que los impuestos desde fuera- y deseando no hablar más de esto para seguir en la “normalidad” que traíamos desde siempre? Las respuestas no son unánimes, pero algunas líneas de reflexión podemos señalar.

A nivel de conciencia social, la pandemia ha revelado la precariedad de nuestros países a muchos niveles, especialmente, calidad en los servicios de salud y cubrimiento de las necesidades básicas. En Colombia esto se ha hecho tan evidente -ya se tenía conciencia de ello, pero en este tiempo se ha hecho inaplazable- y por eso estamos viviendo la urgencia de un cambio para que se garantice -en palabras de Francisco- las tres “T” -Tierra, Techo y Trabajo- para todos y todas.  Ahora bien, ¿esa conciencia social es fuerte entre los que nos decimos creyentes? Aquí hay mucho para reflexionar. Es verdad que algunos grupos de iglesia han apoyado explícitamente las movilizaciones y unen fe y vida, fe y justicia social, fe y derechos humanos. Pero mucho me temo que hay una gran porción de iglesia que siente tanto pavor de salir del “status quo” establecido, que invocando actitudes profundamente cristianas -paz, reconciliación, fraternidad- no levantan su voz exigiendo un cambio, sino que, en cierta medida, se hacen cómplices de mantener las cosas como están, sin darle nombre a las causas de tanta injusticia. Las palabras del documento de Puebla de hace más de cuarenta años siguen vigentes: “Es un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la inmensa brecha entre ricos y pobres, en naciones que se dicen creyentes”. Conviene reflexionar más a fondo sobre esto.

Mirando lo que corresponde a la oración y la vida sacramental, mucho me temo que no hemos reflexionado lo suficiente. Sobre la oración, incluso hoy, pasado más de un año, se sigue invocando a Dios “para que retire la pandemia” -hasta el papa Francisco se ha expresado así-. Por supuesto es legítimo acudir a Dios para que nos fortalezca en esta experiencia tan dura. Pero “pedirle que quite la pandemia”, ¿no supone la imagen de un Dios al que se le reza hace más de un año y no ha querido ayudarnos? Pasa el tiempo y los creyentes no asumimos que el Dios cristiano es un Dios que respeta la “autonomía de las realidades terrestres” y su presencia entre nosotros no es para intervenir si rezamos o no, sino para sostenernos en la inmensa tarea de continuar su obra creadora, comprometiéndonos con todo lo que somos y podemos para hacer de este mundo una casa común donde “ninguno pase necesidad” (Hc 2, 45).

Finalmente, ya se ha hablado mucho de la vida sacramental y litúrgica y de la urgencia de recuperar lo esencial -la vida- para celebrarlo -cuando sea posible- en los templos. Algunos solo han vuelto a los templos, como quien le gana la batalla a un gobierno que los cerró -parece que injustamente, según interpretan- pero sin la certeza de que nada ni nadie nos separa del amor de Dios porque Él no solo está en el templo, sino en la vida concreta de cada día, en casa, en cuarentena, en la red, en el deseo de volver a abrazar y encontrarnos con los demás, en la muerte que ha visitado y sigue visitando a tantas familias, etc.

En conclusión, ya es tiempo de preguntarnos ¿qué nos va dejando esta experiencia? ¿qué cambios ha producido en nuestra vida, en nuestra pertenencia eclesial, en nuestra participación social, etc.? Si no hacemos estas preguntas, de nada habrá servido todo este tiempo. Pero si nos detenemos y nos examinamos, saldremos una vez más, fortalecidos, “como el oro en el crisol” (1 Pe 1,7), a seguir viviendo con alegría y esperanza esta vida humana en la que Dios no nos deja de la mano, pero cuenta con las nuestras para vivir esta situación y tantas otras que seguirán llegando.