viernes, 30 de diciembre de 2022

 

¡Bienvenido 2023!

Olga Consuelo Vélez

Comenzar un nuevo año es una oportunidad de llenarse de esperanza, de crecer en expectativas, de propiciar cambios. Por supuesto que todo esto no viene mágicamente porque aumenta un número del calendario, pero psicológicamente, ayuda el ritmo del tiempo y acompañado por las celebraciones de fin de año, parece que esas actitudes se potencian. Por lo tanto, es cuestión de aprovechar el momento y, en verdad, abrirse a nuevas perspectivas.

En Colombia tenemos la esperanza de que el nuevo gobierno pueda seguir generando cambios. Mucha gente tiene temores y prejuicios porque la resistencia a los cambios supera la evidencia de los hechos. Pero, personalmente creo, que tenemos muchas posibilidades de dar pasos hacia una sociedad más justa y en paz. Esto último es una de las mayores urgencias para nuestra dolida tierra porque más de cincuenta años de conflicto interno, pide a gritos un horizonte de paz. Y en eso esta empeñado el nuevo gobierno y hay un gran respaldo de la Iglesia colombiana en ese proceso. Ojalá nuestra esperanza siga firme y con nuestro apoyo lo hagamos posible.

A nivel mundial las situaciones son tan diversas y complejas que también es necesario redoblar la esperanza para apoyar los cambios necesarios. Brasil comienza un nuevo gobierno, con resistencias parecidas a las que hay frente al actual gobierno colombiano, pero es necesario insistir en que mucho de lo que se acusa a gobiernos que se ocupan de lo social es más fruto de los poderes hegemónicos que instalan en el imaginario social bastantes mentiras y temores. Por supuesto, la complejidad de las situaciones permite críticas y descontentos, pero si no se intentan los cambios nunca podremos ver una nueva realidad.

A nivel personal cada uno sabe lo que podría hacer mejor, planear distinto, realizar en este nuevo año. No es fácil imaginarse cambios porque una cosa es celebrar por todo lo alto el fin de año y otra comenzar de nuevo las labores y hacerlo con renovado empeño. Casi siempre se hacen buenos propósitos y al llegar el día a día, rápidamente volvemos a lo mismo. Pero no hay que perder la esperanza. Es posible hacernos al menos un buen propósito: ser mejores personas. Amar más y servir mejor. Dejar de quedarnos en lo pequeño y relativo que tantas veces nos enreda y mirar el horizonte más amplio de que solo tenemos esta vida por delante, solo este momento para amar a los seres queridos, solo el presente para trabajar por hacer de nuestro mundo un mejor lugar. Agradecer la vida, cuidar del planeta, humanizar más nuestro mundo desde esa perspectiva cristiana que nos hace ver en toda persona, no a un desconocido y menos a un enemigo, sino a un hijo e hija de Dios. Como bien dice la primera carta de Juan “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (4, 20).

Y a nivel de la institución eclesial, creo que se ha ido apagando el empuje dado por la propuesta del papa de una Iglesia sinodal y, aunque de alguna manera el proceso seguirá su marcha y se realizarán los encuentros previstos hasta llegar a la reunión de obispos en el 2024, se requiere de renovada esperanza para que nuestra iglesia se transforme desde adentro, ofreciendo un nuevo rostro más cercano al evangelio del reino. Hay muchos dolores que transformar como los escándalos de pederastia y de abuso de mujeres por parte de clérigos, o el clericalismo persistente que el papa Francisco ha criticado tanto y la urgencia de abrir las puertas de la Iglesia a la diversidad en tantos sentidos que ya constituye nuestro mundo y que la Iglesia se resiste a incluir efectivamente. Pero un nuevo año podría ayudarnos a soñar con esa iglesia de los orígenes y revivirla en nuestros espacios locales. Nadie nos impide soñar con una iglesia más inclusiva, más participativa, más servidora, más comprometida con la realidad. “La fe sin obras es muerta” (St 2,17) y una Iglesia que no traduce lo que predica en obras de justicia y amor, no puede ser atractiva para nadie.

Otras realidades podrían comentarse para iluminar este nuevo año que comenzamos. Pero lo importante es aprovechar este acontecimiento humano que compartimos con creyentes y no creyentes -de fin de año y comienzo de un año nuevo- para escuchar esa voz de ánimo y de nuevo comienzo que siempre nos regala nuestro Dios para no desfallecer en el camino. En el libro del Cantar de los Cantares donde la imagen nupcial expresa la relación de Dios con su pueblo, estas palabras que el amado dirige a la amada podrían inspirarnos este comienzo de año: “Levántate amada mía, hermosa mía y vente. Porque, mira, ha pasado ya el invierno y han cesado las lluvias y se han ido. Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones es llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra”. Sí, dejemos atrás los dolores vividos este año, los fracasos, las pérdidas, y potenciemos todas las experiencias positivas y, sobre todo, la posibilidad de seguir mirando el futuro con esperanza. Por parte de Dios, siempre hay la posibilidad de un nuevo comienzo, con el que él mismo se compromete desde el amor más íntimo y personal que toda persona pueda tener con él. ¡Bienvenido 2023! A vivirlo con fe, con esperanza y amor.

 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

 

Navidad como experiencia de crecimiento y sinodalidad

Llegamos a la celebración de Navidad y podríamos señalar dos aspectos que este año nos acompañan. El primero, hemos regresado a la “normalidad” porque, aunque la covid no se ha ido del todo, se logró controlar el contagio masivo y, gracias a las vacunas, a quien le da, lo más común es que no tenga complicaciones y solo parezca un leve resfriado. Pero vale la pena preguntarnos lo que tanto dijimos en tiempos de covid: ¿qué nos enseñó esa experiencia vivida? ¿nos hizo mejores seres humanos? Tal vez las personas que perdieron seres queridos tienen la dura experiencia de su partida. A otras les pudo quedar la sensación de miedo al saber que puede llegar una situación desconocida capaz de cambiar nuestras rutinas de un momento para otro. Posiblemente otros valoran más los medios digitales, a través de los cuales pudieron mantener la comunicación con los demás y simplificaron muchos procesos que se creía solo podían hacerse de manera presencial. Pero es posible que muchos no hayan aprendido nada y continúen la vida, olvidando lo que ha sucedido y viviendo la inmediatez del presente.  Esta última sería lo peor que podríamos sacar de estos más de dos años de pandemia.

Ojalá que hubiéramos aprendido que en nuestro mundo las posibilidades de responder a situaciones difíciles están muy desiguales. Los países ricos acapararon las vacunas y los pobres tuvieron muchas dificultades para adquirirlas. Muchas personas hoy en día son más pobres porque perdieron sus trabajos. Muchos niños se retrasaron en sus estudios porque no tuvieron acceso a internet y porque el confinamiento hizo más difícil el proceso de aprendizaje. Otros quedaron con una salud más frágil. De todas maneras, también hubo cosas positivas. En muchos lugares aumentó la solidaridad y el apoyo mutuo. Se desarrolló la creatividad para afrontar la pandemia tanto a nivel de nuevos emprendimientos como de sacar el mayor provecho a lo que era posible. La resiliencia (término que significa la capacidad que se tiene de superar la adversidad) se manifestó de muchas maneras. Además, la covid nos invitó a mirar la creación y a darnos cuenta que sin un cuidado real hacia ella, cualquier virus puede surgir y los desastres naturales se producen. El cambio climático que estamos viviendo con tanta intensidad, es un grito fuerte de la creación, llamando a nuestra responsabilidad.

Pues bien, ante el niño del pesebre que celebramos en este mes navideño, vale la pena acercarnos con los aprendizajes y las inadvertencias de estos años que hemos vivido de pandemia. La pobreza que rodeó su nacimiento –“Y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 7)- nos sitúa en la incerteza, la fragilidad, la incertidumbre a la que estamos continuamente abocados porque nadie tiene la asegurado nada por siempre. Pero también el pesebre nos convoca a la alegría que experimentaron los pastores cuando se les anunció que “había nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 11). La alegría de que seguimos vivos y podemos trabajar por hacer de nuestro mundo un mejor mundo. Nuestro Dios se hizo ser humano para enseñarnos cómo vivir, cómo amar, cómo trabajar, cómo construir comunidad, cómo vivir la solidaridad, cómo ser hijos e hijas del mismo Dios Padre y Madre, por quien somos hermanos y hermanas de la misma familia de Dios.

Y, precisamente por todo lo anterior, Navidad es tiempo de fiesta, de reuniones, de alegría, de luces, de música, de esperanza. Pero no para que termine cuando se acaben las fiestas navideñas sino para que impulsen a comenzar un nuevo año con la fe fortalecida, la esperanza renovada y el amor más abundante. Tal vez sea posible si, como dije antes, llegamos al pesebre con una mayor conciencia de lo que hemos vivido y nos dejamos iluminar por el niño Jesús para sacar de lo vivido el mayor provecho.

El segundo aspecto al que me quiero referir es a la llamada a la sinodalidad que ha hecho el papa Francisco. Ya sabemos que sinodalidad quiere decir “caminar juntos” y esto, en concreto, es que todos los miembros de la Iglesia nos sintamos responsables y protagonistas de la misión evangelizadora de la Iglesia. En navidad, al menos en Colombia en que acostumbramos a rezar la novena en familia, podemos potenciar este espacio como experiencia de sinodalidad. Tal vez navidad es el único momento en que no esperamos a qué el sacerdote dirija la oración o marque los pasos de la celebración. Las novenas son organizadas por la familia. Son espacios en que todos participan, especialmente, los niños. Se reza con espontaneidad, se canta con alegría y se vive un bonito y sentido momento de fe y celebración. Eso es sinodalidad y navidad puede ser un tiempo para tomar conciencia de las experiencias de sinodalidad que vivimos y, a partir de estas, potenciar otro tipo de experiencias en los otros espacios de fe y celebración que tendremos a lo largo del año.

Vivamos entonces este tiempo de Navidad con la alegría que trae el Niño Jesús que nace, pero también con la profundidad que este tiempo requiere. Que nuestra vida se disponga a acoger a Jesús con lo que somos, traemos, sentimos, deseamos. Preguntémosle cómo ser mejores personas y cómo hacer de nuestro mundo un lugar mejor para vivir. Cómo crecer en justicia social para que no haya nadie que pase necesidad entre nosotros (Hc 2, 45) y como trabajar para empujar la Iglesia hacia una mayor sinodalidad, una mayor comunidad, una mayor igualdad de todos sus miembros. La sinodalidad no se conseguirá por la propuesta de Francisco sino por el compromiso de todos en irla haciendo realidad en las ocasiones en que es posible hacerlo.

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

 

¿Y si aviváramos la esperanza?

Olga Consuelo Vélez

 

El tiempo litúrgico de Adviento se conoce como tiempo de esperanza. Y, como dice Pablo a los Romanos “la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (5, 5). En efecto, la esperanza cristiana no es una mera ilusión, una proyección, un deseo, un sueño, sino que es una persona -el mismo Jesús- quien, con su humanidad nos mostró que este mundo puede ser distinto y que todos nuestros esfuerzos pueden contribuir a la construcción de una realidad mejor. Más aún, Jesús nos dejó su mismo Espíritu para que continuemos su obra, sin desfallecer.

Sin embargo, en nuestro mundo son tantos y tan graves los problemas que nos agobian que, a veces pareciera, que la esperanza se ha ido. No logramos parar las guerras. No consolidamos sistemas políticos que garanticen la justicia social. No se consigue acabar la violencia contra las mujeres. No hay una conciencia ecológica que haga que se tomen medidas reales para frenar el cambio climático. No cambian las instituciones religiosas. Y así podríamos enumerar tantas otras realidades que nos duelen y las cuales no parecen vislumbrar un futuro distinto.

Pero, precisamente ante ese panorama de nuestro mundo, los cristianos estamos llamados a aportar lo que vivimos y celebramos. Mejor aún, como dice la primera Carta de Pedro, los cristianos hemos de estar “dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos lo pida” (3,15). De ahí la pregunta que encabeza este escrito: ¿y si aviváramos la esperanza?

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil que los conflictos se arreglaran con el diálogo y el encuentro. Lamentablemente, a veces los cristianos son los que menos creen en el diálogo y solo piden el castigo para los malos. No parece que esto tuviera que ver con el Niño del pesebre que desde el lugar de los últimos anuncia la paz para todos los pueblos (Lc 2, 14).

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil trabajar por la justicia social. La injusticia es fruto del ansia de tener, de acaparar, de llenar los graneros -como lo dijo Jesús en la parábola narrada por Lucas- en la que el rico acumula y construye graneros más grandes, diciéndose a sí mismo que tiene muchos bienes en reserva y por eso puede descansar, comer y beber. Pero Dios le dice: “Necio, esta misma noche te pedirán el alma y las cosas que tienes ¿para quién serán? Así es el que tiene riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios” (12, 16-21). El Niño del pesebre aviva la esperanza de que la felicidad no está en el tener sino en el compartir. Por eso los pastores que llegan al pesebre pueden sentir “una inmensa alegría” (Lc 2, 10) porque sin tener nada, saben reconocer al Salvador del mundo. Lástima que, muchas veces, tantos cristianos no viven desde estos valores sino buscando más riquezas y más poder.

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil hacer realidad la fraternidad y la sororidad donde todos pueden sentarse en la misma mesa. El Niño del pesebre no pudo nacer en el mesón porque no había lugar para ellos (Lc 2, 7). Pero desde el pesebre abrió las puertas a la verdadera hermandad, esa que se construye desde abajo, desde los últimos. La vida cristiana podría aportar esa sencillez de vida, esa capacidad de acoger a todos por lo que son y no por lo que poseen. Pero en tantas instancias eclesiales los títulos honoríficos siguen siendo los que marcan las distancias entre los hermanos e impiden la comunión de mesa a la que estamos llamados. O, con las palabras de hoy, solo desde la esperanza que brota del pesebre es posible una iglesia sinodal, donde todos caminan juntos porque “nadie se considera el primero entre ellos” (Jn 13, 14)

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil cuidar de la casa común porque ella es parte integrante de la fe que profesamos. No somos seres aislados sino en comunión con Dios, con los demás y con la creación. El texto del Génesis nos permite ver cómo el autor sagrado relata la creación del mundo donde todo lo creado ha sido querido por Dios: “vio Dios que era bueno” (Gn 1, 31). Pero en esa creación y en comunión con ella se da el aliento de vida para el ser humano a quien le confía su cuidado. Lamentablemente se entendió el verbo “dominar la tierra” (Gn 1, 28) como explotarla irracionalmente. Y así, muchos creyentes no se disponen a reorientar el progreso para que el objetivo no sea producir más sino garantizar la sostenibilidad. El Niño del pesebre nos habla de esa capacidad de vivir en armonía con la creación y encontrar en ella la fuerza de un anuncio de vida.

En otras palabras, Adviento nos invita a avivar la esperanza, dando cuenta de ella con nuestras obras. Que esto se haga realidad en estas fiestas que ya estamos celebrando.

jueves, 8 de diciembre de 2022

 

Adviento: Tiempo de espera “esperanzada” para las mujeres

Olga Consuelo Vélez

Las lecturas de la liturgia de este tiempo de Adviento nos invitan a la preparación, a la alegría, a la esperanza. Sobre todo, la figura de María, que es central en estos días (en los tres ciclos de adviento el primer domingo se dedica a la segunda venida del Señor, el segundo y tercero a Juan El Bautista y el cuarto a María), nos abre a la posibilidad de esperar la novedad del “Niño que viene” lleno de dones y bendiciones. De hecho, la palabra Adviento significa que alguien llega y en la antigüedad siempre que llegaba el rey, podía conceder favores a los que lograban verlo. Con la venida del Niño se esperaría que sus dones nos alcancen a todos.

Pero si pensamos en la realidad de las mujeres, ¿hay adviento -hay esperanza- para ellas? Por supuesto que sí. Aunque falta tanto para que en la sociedad y en la Iglesia sea real la igualdad entre varones y mujeres y que en todas partes del mundo se respeten los derechos de las mujeres y no haya ningún tipo de violencia contra ellas por el hecho de ser mujeres, muchas son también las conquistas y logros que se han adquirido en estos últimos tiempos y eso abre la puerta a seguir “esperando”, “esperanzadamente” en que los cambios continúen y se afirmen definitivamente.

Hay esperanza en la realidad social porque las leyes se consolidan y cobijan mucho más a las mujeres. La tipificación del feminicidio -asesinato de mujeres de la mano de hombres por machismo o misoginia- se va implementando cada vez más en los diferentes países y, efectivamente, se afianzan las penas correspondientes a ese tipo de delito. La igual remuneración laboral para mujeres y varones también está siendo una realidad. El que la mujer ocupe más espacios públicos y sea gestora de decisiones sociopolíticas va aumentando y en el imaginario colectivo comienza a ser más natural que todos los lugares puedan ser ocupados por varones y mujeres indistintamente. Lo que todavía sigue con una brecha muy grande es la violencia de género que se ejerce en los espacios públicos porque aún hay demasiada explotación sexual de la mujer y los medios de comunicación todavía utilizan el cuerpo femenino o el estereotipo de sus atributos para comercializar sus productos y avivar una sociedad de consumo, donde la mujer es un producto más. Pero la conciencia de que eso no debe ser así, crece y eso da esperanza.

En la realidad familiar se comienza a ver una nueva manera de constituirse como familia, con más igualdad, más respeto, más equidad, más distribución de tareas para ser hechas por todos en casa. Aunque hay ambientes -especialmente religiosos- que consideran que esta nueva manera de posesionarse de la mujer es la causa de la inestabilidad familiar, esto se desmiente fácilmente porque la crisis de la familia no viene del reconocimiento de los derechos de las mujeres sino de la falta de madurez humana y afectiva de varones y mujeres y la forma de entender las relaciones. De hecho, cualquier subordinación o sumisión o violencia contra la mujer no permite una familia estable, aunque aparentemente se crea que es así.

A nivel eclesial crece también la conciencia de que, sin abrir espacios de participación a nivel de decisión para las mujeres, la iglesia desdice de su ser sinodal, al que está llamada. Pero en este ámbito las mujeres no están simplemente esperando que se abran las puertas. La formación teológica que han adquirido tantas mujeres y los espacios de reflexión, celebración y sororidad que se han abierto, las han empoderado para saberse iglesia y hablar en su nombre. En realidad, todo el pueblo de Dios es sujeto eclesial y las mujeres han tomado la palabra creando espacios eclesiales que, a fuerza de su existencia, se van reconociendo y aceptando.

La situación de las mujeres no es la misma de hace cincuenta años y mucho menos de hace tantos siglos como tenemos de historia. Las jóvenes de hoy están encontrando un mundo mejor del que tuvieron sus madres y sus abuelas. Y la perspectiva de su realización y el cumplimiento de sus sueños se vislumbra mucho más. Todo lo anterior no significa que no falte demasiado, en todos los ámbitos descritos, para que la realidad de sufrimiento, exclusión y opresión de las mujeres se mire solo como algo del pasado. Pero el estar en camino, el constatar logros, el palpar un nuevo horizonte posible para las mujeres, garantiza que esta espera no es pasiva, no es resignación, no es aceptación, sino que es una espera “esperanzada” porque los logros alcanzados fortalecen para seguir alcanzando muchos otros.

En este sentido, la nueva manera de comprender la figura de María, gracias a los aportes de la teología feminista, puede seguir fortaleciendo desde la fe, estas conquistas de las mujeres y llevarlas a la realidad. Hoy entendemos que María no es la mujer pasiva que acepta sin réplica, sin preguntas, su colaboración en el plan de salvación. María pregunta ¿cómo podrá ser aquello? (Lc 1, 34) y ante la respuesta del ángel de que “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37), María no teme asumir el protagonismo de gestar a un Hijo que será la salvación para todos los pueblos. María es la mujer libre y fuerte que asume la responsabilidad que se le confía y lo hace con todas las consecuencias. Por eso, como dice el evangelista Juan, está al pie de la cruz (19, 25) -momento donde se pone en juego la posibilidad de dicha salvación-, reafirmando la fe por la que su prima Isabel la alabo, en el evangelio de Lucas: “Feliz tú porque has creído” (1, 45). ¡Cuántas mujeres han vivido un protagonismo capaz de abrir caminos de liberación para las mujeres! ¡Cuántas mujeres han conseguido derechos para las mujeres! ¡Cuántas se han mantenido de pie ante las dificultades y los retrocesos de algunos logros conquistados por las mujeres! La figura de María engrandece las luchas de tantas mujeres en la sociedad y en la Iglesia y las fortalece para no decaer en sus esfuerzos.

El texto del Magnificat, que el evangelista Lucas pone en boca de María, puede seguir avivando la espera “esperanzada” de que la situación de las mujeres puede dar un vuelco total y un mundo libre de violencia contra ellas, es posible. María afirma que Dios “despliega la fuerza de su brazo para dispersar a los soberbios y exaltar a los humildes, para colmar de bienes a los hambrientos y despedir vacíos a los ricos” (Lc 1, 52-53). Es decir, Dios está de parte de los que sufren y despliega su fuerza para cambiar las situaciones. Por eso, no está lejos de la situación de las mujeres, sino que, con certeza, ha sido su primer protagonista. De hecho, la praxis de Jesús con respecto a las mujeres fue una praxis de liberación, de inclusión, de igualdad. La llamada cristología feminista ha mostrado claramente que la Buena Noticia del Reino, anunciado por Jesús, es también para las mujeres y él mismo contribuyó a generar y sostener ese dinamismo.

Situarnos en Adviento con estos elementos que hemos reseñado nos permite vivir este tiempo como un verdadero adviento para las mujeres. El Niño que se espera es el mismo que con su praxis histórica y con la palabra de Dios consignada en la Sagrada Escritura, avala las llamadas “olas del feminismo” que han conseguido derechos civiles, sociales, políticos, culturales para las mujeres. Es el mismo que hoy continúa avalando el trabajo de las teologías feministas que enriquecidas con las categorías de análisis de las teorías feministas, han permitido apoyar y empujar los cambios necesarios para la vida digna y plena para las mujeres.

Adviento es tiempo de recoger tantos logros y esperar que sigan aconteciendo. Adviento es tiempo de avivar la esperanza de que un mundo donde varones y mujeres gocen plenamente de todos sus derechos es posible y que la opresión vivida por el género femenino ya no exista más. Que en este presente se pueda vivir que ¡ni una mujer más sufre ningún tipo de violencia, ningún tipo de discriminación ni de subordinación! ¡Ven, Señor Jesús! y consolida el regalo de un mundo libre de violencias de género, un mundo de hijos e hijas del mismo Dios Padre/Madre.

 

martes, 29 de noviembre de 2022

 

Preparándonos para el Adviento

Olga Consuelo Vélez

Hemos comenzado adviento y los textos bíblicos de la liturgia de este tiempo nos invitan a la preparación para el acontecimiento que se avecina. En efecto, que el Hijo de Dios se encarne en nuestra historia amerita que nos dispongamos para ello y revisemos si estamos preparados. Las lecturas del segundo y tercer domingo se refieren a Juan Bautista, precursor del Mesías, quien habla claramente de esta preparación.

En el segundo domingo de adviento el evangelista Mateo (3, 1-12) se refiere a la predicación de Juan Bautista: “Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos” Y haciendo referencia al profeta Isaías explica la misión que se le ha confiado: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Continúa el evangelista presentándonos la figura del Bautista diciendo que vestía piel de camello con una correa en la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Después se refiere a su dedicación a bautizar, pero también de su interpelación a los que quieren cumplir con un rito, pero no como signo de verdadera conversión. A fariseos y saduceos les dice: “¡Camada de víboras! ¿quién los ha enseñado a escapar del castigo inminente? Den el fruto que pide la conversión”. En otras palabras, Juan Bautista, como un verdadero profeta, es signo de otros valores -con su propia persona (expresado en su modo de vestir, de comer, de actuar) y con su predicación y, especialmente esta última, en la que interpela a sus oyentes de manera directa y firme.

En el tercer domingo de adviento con otro pasaje del evangelista Mateo (11, 2-11), se nos sigue presentando la figura del Bautista. En esta ocasión, el profeta manda a sus discípulos a preguntar directamente a Jesús si él es el Mesías o deben esperar a otro. La respuesta de Jesús es clara: “Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. Es decir, el profeta Jesús también manifiesta lo que avala la identidad de una vida: las obras que produce. Por eso invita a los discípulos a mirar lo que está aconteciendo y a descubrir en esas acciones la veracidad de su mesianismo. El evangelio termina con las palabras de Jesús sobre Juan el Bautista, confirmando también su profetismo y la manera como prepara el camino.

Estas lecturas también nos interpelan a nosotros frente a la vivencia de este tiempo. Aunque adviento es tiempo de alegría, de esperanza, de gozo, a la luz de estos textos bíblicos, también es tiempo de conversión, de testimonio, de acción. Pero aquí vienen las preguntas que nos hacemos, año tras año, y que parece no logramos responder con los hechos. ¿Qué distingue la vivencia cristiana de este tiempo de la manera secular de celebrar estos días? Los centros comerciales se decoran con motivos religiosos y no religiosos (árboles de navidad, Papá Noel, renos, nieve, etc.), adornos que también invaden las iglesias, las calles, los parques y los hogares. Pero ¿todos estos símbolos -que en sí mismos no son buenos ni malos- que mensaje nos transmiten? ¿a qué nos remiten? El otro aspecto que caracteriza este tiempo son los regalos. Por una parte, fomentan la sociedad de consumo porque parece que es de obligado cumplimiento comprar algo en estos días. Por otra, animan a la generosidad porque hay empresas y personas que destinan una parte de sus recursos a comprar regalos para los niños, con la motivación, como se dice, de “alegrarles la navidad”. Es decir, este tiempo de espera de la navidad tiene la ambigüedad de todo lo humano: una parte de superficialidad y consumo y otra parte de gratuidad, de compartir y de estrechar lazos con la familia y los amigos.

Pero eso no quita que no intentemos reorientar el sentido auténtico de estas fiestas y, no busquemos cómo conectarnos con lo realmente importante. Y las lecturas que hemos señalado nos dan algunas pistas. Sí Jesús es el Mesías esperado y en verdad queremos acogerlo, hemos de mirar más su actuar y ponernos en sintonía con ese horizonte. El Niño que nace trae el cambio de las situaciones injustas a situaciones justas expresadas en que los ciegos ven, los sordos oyen, etc. Este es el verdadero espíritu de adviento: transformar las situaciones, pero no mientras se viven estas fiestas, sino de manera estructural. No basta con dar regalos a los niños. Es necesario preguntarse qué hay que hacer para que todo niño tenga derecho a la salud, a la educación, a la comida, a la recreación, a la familia, todos los días de su vida. No basta con expresar el cariño en este tiempo sino convertir ese cariño en obras a lo largo de todo el año: más unión familiar, más solidaridad mutua, más compañía, verdadero amor expresado a través de los actos concretos. No basta con adornar las ciudades sino buscar que ellas pueden ser lugares de posibilidades para las personas en todos los tiempos. En otras palabras, Adviento es un tiempo cálido, colorido, festejado, pero ha de ser mucho más: tiempo de conversión a más justicia, a más solidaridad, a construir un país y un mundo donde la vida sea posible, también la vida del planeta. Un mundo donde se note que el Niño Jesús que viene y que los cristianos conmemoramos, año tras año, realiza lo que ha prometido a través de nuestro compromiso de hacerlo posible. Adviento es tiempo de ponernos en camino para transparentar con nuestras obras que el Mesías esperado efectivamente llega para “allanar todos los senderos” para “reunir el trigo en el granero y quemar la paja en la hoguera”.

martes, 22 de noviembre de 2022

 

25 de noviembre: ¡ni una violencia más contra las mujeres!

Olga Consuelo Vélez

Muchos aspectos se abordan sobre la mujer porque la historia universal ha sido una historia de invisibilización, subordinación y opresión del sexo femenino por razón de su género. Esto no significa que no se pueda recuperar “una historia de mujeres” en la que, a pesar de esa situación generalizada, las mujeres han sido protagonistas en todas las ciencias, en todos los ámbitos, en todas las luchas, en todas las conquistas. En este presente estamos en ese trabajo arduo, pero apasionante, de descubrir tantos nombres y tantos hechos realizados por mujeres que nos muestran la resistencia a la historia vivida y su capacidad de ser creadoras de historia a pesar de tantos obstáculos.

Pero el aspecto que hoy nos ocupa es tal vez el más doloroso que han vivido las mujeres. Nos referimos a la violencia que se ha ejercido sobre ellas y que no cesa. De ahí la necesidad de dedicar un día -el 25 de noviembre- para exigir que “se eliminen todas las formas de violencia contra las mujeres”. Sus antecedentes se remontan a 1981 cuando activistas contra la violencia de género propusieron honrar la memoria de las hermanas Mirabal, tres activistas políticas, asesinadas brutalmente por el dictador Trujillo de República Dominicana en 1960. En 1993 la ONU emitió una resolución que incluyó la “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer” pero es en el año 2000 cuando designa el 25 de noviembre como “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la Mujer”. Desde 2008 lanzó la campaña “Únete para poner fin a la Violencia contra las mujeres”. Cada año esta conmemoración sigue fortaleciendo a más mujeres para exigir la eliminación de toda violencia y convoca también a más varones, como lo expresó el Secretario General de la ONU en vistas a este próximo 25 de noviembre: “Alcemos la voz con firmeza para defender los derechos de las mujeres. Digamos con orgullo: todos somos feministas y releguemos la violencia contra las mujeres y las niñas a los libros de historia”. Pero tristemente, según datos de la ONU, todavía hay 37 estados donde no se juzga a los violadores si están casados o si se casan después con la víctima y 49 estados donde no existe legislación que proteja a las mujeres de violencia doméstica. Además, cada once minutos, muere una mujer o una niña a manos de su pareja íntima o algún miembro de su familia.

Pero más allá de las legislaciones y los avances en este campo, siempre hay que estar alertas a los movimientos de involución y de rechazo a estas iniciativas. Existen grupos explícitamente antiderechos y antifeministas que niegan la reivindicación con argumentos tales como, que las mujeres ejercen igual violencia contra los varones, que se cae en el victimismo, que se rompe el modelo familiar que da estabilidad a la sociedad y, así, muchas otras razones que depende cómo se presenten, convencen a más de una persona.

Por supuesto que también se ejerce violencia contra los varones y esta violencia ha de ser combatida. Pero lo que no se puede negar es que la violencia contra las mujeres es una violencia institucionalizada y sostenida por la mentalidad patriarcal que considera a la mujer como su propiedad, su complemento, la portadora de lo que falta al varón pero que no debe atreverse a traspasar los límites que se le han asignado, so pena de romper con el orden establecido y este último es el que cuenta y no el respeto a los derechos de las mujeres.

También el discurso de que las mujeres deben dejar su papel de víctima y simplemente sobreponerse y seguir adelante, es un discurso que atrapa a más de una porque parece algo positivo. Pero hay que distinguir entre una víctima en sentido de refugio psicológico para conseguir compasión a la denuncia de una víctima que exige la reivindicación de sus derechos. Denunciar toda violencia y no cansarse de hacerlo, es el camino para reivindicar derechos y soñar con que algún día nuestro mundo esté libre de la violencia de género.

La violencia de género existe y se manifiesta de muchas formas -aunque se disimule de tantas otras formas-. Hay violencia física, sexual, psicológica, laboral. Hay demasiado acoso sexual, callejero, cibernético. Aún existe la mutilación genital y el matrimonio infantil. Hay demasiado impunidad frente a los perpetradores y muchísima estigmatización y vergüenza padecida por las víctimas porque sus denuncias no se escuchan con el respeto y la diligencia que ameritan en los espacios privados y públicos y, por supuesto, en la legislación existente.

Pero sobre todo hay pasividad por parte de las iglesias y muy poco compromiso con la denuncia y la acción positiva frente a esta realidad. No pareciera que el Jesús de los evangelios fuera suficientemente conocido por los creyentes. Parecen olvidar que Jesús, ante la mujer adúltera, interpela a todos los que la acusan mostrándoles que ellos no están libres de pecado para convertirse en jueces de nadie (Jn 8, 1-11); o que se deja enseñar por la mujer siriofenicia cuando ella le pide que extienda los limites de su acción, más allá de las fronteras judías, solicitándole la curación de su hija (Mc 7, 24-30) o que se apareció en primer lugar a María Magdalena haciéndola portadora de la Buena Noticia de la Resurrección (Jn 20, 11-18), en una sociedad donde el testimonio de las mujeres no era creíble. Gracias a la teología feminista se ha recuperado el protagonismo de las mujeres en los orígenes cristianos, contando ya con mucha producción bibliográfica que, lamentablemente, no se ha incorporado suficientemente en los ámbitos académicos. Pero todavía se está lejos de que una praxis de igualdad, reconocimiento y defensa de los derechos de las mujeres sea una prioridad en las iglesias y en las personas de fe. Entre la figura de la mujer sumisa, callada y sacrificada que se ha valorado durante siglos en los ámbitos eclesiales y las posturas actuales que siendo algo más abiertas son temerosas de perder “la feminidad” o atacar “a los varones” o “crear división”, etc., se avanza tan poco que no podemos decir que las iglesias tengan una postura profética y comprometida con la eliminación de todas las formas de violencia contra la mujer. Ojalá este 25 de noviembre sea ocasión de sacudir tantos temores y miedos frente a las demandas feministas y las Iglesias y las personas creyentes acompañen decisivamente esta urgente y evangélica opción por los derechos humanos de todas las mujeres en todas las circunstancias: ¡Ni una violencia más!

lunes, 14 de noviembre de 2022

 

¿Orar por las vocaciones?

Olga Consuelo Vélez


 

Cada vez más, constatamos una realidad: las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, decrecen. A veces, se ven despuntes que animan. También en Asia y África hay más esperanza. Pero algunas llamadas “nuevas comunidades”, aunque parece que atraen un número significativo de jóvenes, muchas de ellas tienen una línea tradicionalista y moralista que desdice bastante del Vaticano II y los escándalos de sus fundadores no parecen garantía de esos carismas. Además, el papa Francisco insiste en que los seminarios se unan para que haya un número más razonable de seminaristas y se les pueda brindar una mejor formación. En conclusión, la crisis de vocaciones es real.

Pero este problema no es nuevo. Ha sido una preocupación constante expresada en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano y Caribeño. En la Conferencia de Río de Janeiro (1955) se anotaba como un angustioso problema del continente la escasez de clero y por eso el Documento conclusivo considera el tema de “Las vocaciones y formación del clero secular” en el primero y segundo capítulo.

En el documento de la Conferencia de Medellín (1968) también se constata “la escasez numérica de los presbíteros, más aún cuando se pondera en relación con el crecimiento demográfico” (Sacerdotes, 3) y de la vida religiosa: “La crisis en las comunidades religiosas toma grandes proporciones, mientras disminuye el número de los que se presentan para ingresar en las mismas (Religiosos, 10).

En la conferencia de Puebla se afirma lo siguiente: “La escasez de sacerdotes es alarmante, aunque en algunos países se da un resurgimiento de vocaciones” (n. 116). “A pesar del reciente aumento de vocaciones, hay una preocupante escasez de ministros, debida -entre otras causas- a una deficiente conciencia misionera (n. 674).

En la Conferencia de Santo Domingo (1992) aunque se reconoce “un aumento en las vocaciones sacerdotales” (n. 79) se vuelve a señalar “la escasez de ministros” (n. 68) y por eso se propone “la pastoral vocacional como una prioridad” (n. 79).

En la Conferencia de Aparecida (2007) también se habla de la “relativa escasez de vocaciones al ministerio y a la vida consagrada (n. 100e; 185) y por eso “ante la escasez en muchas partes de América Latina y el Caribe de personas que respondan a la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada, es urgente dar un cuidado especial a la promoción vocacional (n. 315).

Junto a esta realidad no se ha dejado de orar por las vocaciones, pero pareciera que Dios no escuchara porque la situación no cambia. ¿vale entonces la pena orar por las vocaciones? Se invoca la cita de: “Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38) para darle valor a tal pedido. Pero ¿qué pasa que los ruegos no parecen tener efecto en el dueño de la mies?

Aclaremos algunos aspectos para intentar responder estas preguntas. Por supuesto que la oración de petición es válida porque ella expresa el reconocimiento de nuestra limitación e impotencia ante muchas realidades y la confianza que ponemos en el Señor para seguir trabajando por conseguir aquello que necesitamos. Esto es muy distinto de la concepción más generalizada que tenemos de esta oración en la que por nuestras súplicas conseguimos que Dios se compadezca y “milagrosamente” intervenga para cambiar las cosas según se lo pedimos. Este Dios mágico no es el Dios de Jesús, aunque se enseñe, tantas veces, de esa manera.

Por otra parte, la petición por los obreros para la mies, no se refiere a las vocaciones sacerdotales y religiosas sino a todo el pueblo de Dios, llamado a anunciar el reino de Dios. Lo que esperamos no termine -y hemos de pedirlo- es el acoger la llamada de Dios a vivir el reino y a dar testimonio para que más y más personas reciban esta “buena noticia” y se dispongan a construir este mundo de hermanos y hermanas, hijas e hijos del mismo Dios Padre y Madre, donde se viva la igualdad fundamental y “nadie pase necesidad” (Hc 2, 45). Pero las estructuras -no el ministerio- de vida sacerdotal y religiosa, pueden terminar -como de hecho algunas comunidades se han acabado-, y, tal vez, es urgente que terminen en las formas y modos que hoy tienen para que puedan ser atrayentes para la juventud.

Se habla mucho de que la juventud no tiene ideales o no se compromete con nada o no le interesa lo que pasa en nuestro mundo, pero eso no es verdad. Al menos en América Latina, la juventud está siendo protagonista de las demandas sociopolíticas de nuestros pueblos. La conciencia ecológica es muy fuerte entre los jóvenes. Y basta con estar en las universidades para ver que la juventud sigue teniendo ideales y proyectos en lo que emplea todas sus fuerzas. Lamentablemente para muchos jóvenes esto no es posible pero no porque no tengan sueños sino porque la injusticia estructural no les permite realizarlos.

Tal vez no tengamos que pedir por las vocaciones sino porque descubramos en qué carismas, en qué ministerios, en que estructuras hoy la mies es abundante y allí podrían llegar los segadores. Hay carismas que ya no tienen sentido porque las necesidades que los suscitaron, hoy están cubiertas por el Estado o ya no tienen ningún sentido -por ejemplo, comunidades femeninas al servicio doméstico del clero-. El ministerio ordenado sería más fecundo si se abriera a las mujeres, a los casados -estas son peticiones constantes en muchas instancias eclesiales: sínodo de Amazonía, Asamblea Eclesial, Sínodo de la sinodalidad- pero no se quiere dar el paso. Y, definitivamente, las estructuras eclesiales necesitan una conversión radical para que cumplan su única razón de ser: estar al servicio de reino.

La vitalidad de nuestra fe no depende de mantener estructuras que están mostrando su insignificancia para el momento actual sino de escuchar al Espíritu que todo lo renueva (Ap 21,5). Pedir que sepamos escucharlo no debe estar lejos de pedir obreros para la mies allí donde efectivamente hoy el Señor está llamando pero que, tal vez, no queremos escucharlo.