jueves, 28 de diciembre de 2023

 

Nuevo año, nueva oportunidad para seguir creciendo en la fe

Olga Consuelo Vélez

Cada vez que comienza el año da la sensación de que todo puede ser nuevo, con resultados más positivos que los del año anterior. Sin embargo, en la medida que pasan los meses, el ritmo de las cosas va siendo más fuerte que los buenos propósitos, llega el cansancio, los muchos quehaceres y cuesta trabajo recordar los planes que habíamos trazado. Parece que solo se espera concluir con lo que se lleva entre manos y llegar nuevamente a un fin de año que descanse y fortalezca para un nuevo comienzo.

Visto así parece que nuestra vida, año tras año, es un ciclo repetitivo. Esa misma dinámica la podemos vivir en la vida de fe, marcada por el año litúrgico que nos brinda la celebración de los momentos intensos del cristianismo -navidad y pascua- y lo cotidiano, marcado por el tiempo litúrgico denominado -tiempo ordinario-.

Por una parte, esos ciclos de vida caracterizan la vida humana. Por otra, el ser humano tiene tanta capacidad de novedad y creatividad que puede recrear esa continuidad que parece marcar la vida y seguir creciendo más y más con el paso del tiempo. Precisamente es ese “crecer” en todos los sentidos, lo que nos libra de la rutina y la repetición de los ciclos vitales y nos permite adentrarnos a ricas, fecundas y reconfortantes experiencias.

En lo que respecta a la fe: ¿Qué significa crecer en la fe? Para algunos no parece que esta conlleve crecimiento porque están tan seguros de seguir unas normas de moral enseñadas por la iglesia, unos ritos litúrgicos practicados durante años, unas oraciones y tradiciones aprendidas desde infantes que no conciben que algo pueda actualizarse, modificarse o transformarse con el paso del tiempo. Pero para otros, especialmente los que cultivan la vida espiritual, la nutren con estudios teológicos, se permiten pensar, debatir, reflexionar, cuestionar sobre ella, la fe crece cada día y se va comprendiendo mejor e, incluso, admite cambios que dejan de lado comprensiones anteriores, aunque estas hayan persistido durante siglos. Esto no quiere decir que la fe sea relativa -como aducen algunos- sino que es humana y su comprensión es procesual, gradual, histórica.

La experiencia de fe no es un conjunto de normas. Es un encuentro con Dios que, como todo encuentro humano, supone conocimiento mutuo, relación, crecimiento del amor, encuentros y desencuentros. De ahí que nuestra pregunta es por el crecimiento en ese amor a Dios. Esto es lo primero y fundamental en la experiencia de fe. Las normas morales son una expresión del amor a Dios y no al contrario. Lamentablemente algunos creen que Dios es un juez que dicta normas y su forma de vivir la fe es cayendo en el legalismo de su cumplimiento sin pensar que ellas están al servicio del ser humano y no al contrario. Jesús denunció ese legalismo de la Ley vivida en su tiempo, pero a veces, da la impresión, que no se entiende el lugar que Jesús dio a la Ley y siguen pensando solo en normas por cumplir.

La fe no es un conjunto de ritos litúrgicos. Sin negar la importancia de la liturgia para celebrar la fe, ella es fruto de la experiencia humana y se ha ido consolidando según las costumbres del tiempo en que surge. La liturgia católica tiene mucho de imperial porque se fue consolidando en esos tiempos donde a Dios se le comparaba con los reyes y se le quería rendir un honor mayor que a ellos. Pero ya no son esos tiempos y no en vano, Vaticano II, decretó una liturgia que fuera entendida por la gente para que todos participaran efectivamente de lo que se celebra. Pero en este aspecto, lamentablemente algunos insisten en volver a la liturgia pre-vaticana, creyendo que dicha liturgia es la “correcta”.

La fe no es repetición ciega y sin preguntas de las respuestas del catecismo aprendidas cuando se era pequeño. Por el contrario, como dice la primera carta de Pedro: “ha de darse razón de la fe a todo aquel que nos pregunte” (1 Pe 3, 15). Aquí la interpretación bíblica, la reflexión teológica y los signos de los tiempos, continuamente preguntan, interpelan y exigen reflexiones nuevas a las realidades de la fe. Lamentablemente muchos se contentan con lo que se ha dicho desde siempre y se niegan a hacer nuevas preguntas, considerando que eso sería atentar contra la supuesta “inmutabilidad” de la fe.

Lo único inmutable, no cambiante, verdad absoluta es Dios mismo. Creemos ser creaturas suyas, creemos en su hacerse ser humano en Jesús, creemos en su presencia actual a través de las mediaciones sacramentales -la iglesia sacramento de Cristo, los siete sacramentos, sacramentos de la Iglesia-; creemos en su ser comunidad de amor -Dios Trinidad- y creemos en su designio salvador -Todos llamados a vivir la plenitud del reino que comienza aquí y llegará a su plenitud en la vida definitiva-. Podría precisarse algo más del núcleo de nuestra fe, pero lo esencial está dicho. Todo lo demás es necesario actualizarlo, renovarlo, recrearlo, contextualizarlo, hacerlo entendible para el hoy con sus nuevas comprensiones y desafíos.

En conclusión, que este 2024 sea un año para crecer en la fe preguntándonos seriamente qué formación he recibido, que tan actualizada puede estar, qué preguntas me permito hacer y hacerme sobre la propia experiencia de fe, cómo responder a los desafíos actuales desde la fe cristiana, de qué manera no encerrarnos en la actitud defensiva y temerosa de los que se apegan al fundamentalismo o a la “auto referencialidad” como lo señala el papa Francisco (Cfr. Evangelii Gaudium n. 49) sino que se mantienen en el espíritu de Vaticano II -el aggiornamento o actualización de la fe- y, hoy con términos de Francisco, en la sinodalidad, donde la fe se hace diálogo, misión, apertura, novedad, actualidad. Que el 2024 sea un año de crecimiento en la fe no solo por la parte que nos interesa a cada uno de renovar nuestra propia experiencia sino pensando en un mundo que necesita una palabra de fe, pero no aquella anquilosada y rancia que ya casi nadie entiende, sino la que es capaz de abrirse al presente y buscar responder a este con creatividad y audacia.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Recuperar lo esencial de la Navidad

Olga Consuelo Vélez

Diciembre es un mes lleno de esperanza, alegría, fiesta, familia, novedad. A nivel social se celebra el fin de año con todo lo que esto trae de celebración, de terminar tareas y de esperar nuevos proyectos para el año que viene. A nivel religioso, para los que somos cristianos, se suma el acontecimiento que cambió la historia hace XXI siglos: la encarnación del Hijo de Dios y con ello la posibilidad de conocer a Dios a través de Jesús, de comprender lo que quiere sobre la humanidad, de experimentar que nuestro Dios no está lejos, sino que vive en medio de nosotros, porque Él es el Emanuel: “Dios con nosotros” (Mt 1, 23).

Sin embargo, en medio de nuestras sociedades cada vez más secularizadas, se hace urgente volver a recordar el significado de esta fiesta y hacer el esfuerzo de vivirla con la profundidad que ella merece. No es una tarea fácil porque el clima de fiesta que acompaña estos días, no distingue mucho entre una tradición cultural y una religiosa. No quiere decir que han de oponerse, sino que muchos viven la navidad porque la sociedad de consumo la utiliza para promocionar sus ventas, pero no entienden prácticamente nada de lo que significa.

Navidad es alegría y fiesta, pero no puede ser ajena al dolor del mundo, a la exclusión de miles de personas de una vida digna, a las víctimas de las guerras y a tantos dolores, fruto del egoísmo humano y que no logramos revertir o no ponemos el suficiente empeño para ello. De eso nos habla lo que sufrieron María y José al llegar como peregrinos a Belén y “no encontrar sitio para ellos en el mesón” (Lc 2, 7).

Navidad es alegrarnos porque Dios ha tomado rostro humano y podemos reconocerlo en nuestra realidad, pero esto no puede ser ajeno a que vivimos en un mundo donde no se reconoce la presencia de Dios en los más vulnerables, en los más pobres, en los más necesitados. Continuamente se cumple lo que pasó en aquella noche del nacimiento de Jesús: solo los pastores creen el anuncio de los ángeles y van a ver al Niño, reconociéndolo y alabando a Dios por lo que habían visto y oído (Lc 2, 15-20). Los demás habitantes de Belén ni se dan cuenta de esa presencia divina en medio de ellos.

Navidad es donación y generosidad, pero lamentablemente este tiempo es más de derroche y lujo, gastos y desborde, pero no práctica de la solidaridad, constitutiva de la vida cristiana. Algunos se contentan con comprar regalos para algunos niños pobres, pero no lo relacionan con la urgente actitud de dar y repartir no solo de lo que nos sobra sino de incluso lo que estrictamente tenemos para vivir, a imagen de la primera comunidad cristiana, donde todo lo ponían en común para que nadie pasara necesidad entre ellos” (Hc 2, 44-45).

Necesitamos volver a la simplicidad del relato de Lucas sobre el nacimiento de Jesús (Lc 2, 1-20), dejando que este texto tan conocido, tan representado, tan invocado, vuelva a conectarnos con lo esencial de la Buena Noticia que nos transmite. Es urgente recuperar lo esencial de la Navidad, liberándonos de tanta superficialidad que no tienen nada que ver con este acontecimiento. Lo esencial de la navidad es reconocer al niño Jesús entre nosotros, sentirlo en nuestro mundo, alegrarnos porque se ha hecho parte de nuestra historia y sigue viviendo entre nosotros. Lo esencial también es darnos cuenta que Jesús al encarnarse se puso de un lado de la historia: del lado de los más necesitados, de los excluidos, de los pobres. Pero también del lado de la justicia, de la misericordia, de la entrega, de la paz, de la reconciliación, del perdón, del cuidado de la creación. ¿Será que, junto a la fiesta, las luces, la música, los regalos, la comida, las novenas y todo el trajín de la navidad como tradición cultural, podremos volver a lo esencial, buscar lo esencial, querer lo esencial? Este podría ser el mejor propósito que podamos tener para este tiempo de navidad que viviremos. Vale la pena recrear, resignificar, recuperar la navidad con todo lo que ella trae para alimentar nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor.

Especial importancia tiene también en la navidad la presencia de María por su papel en la historia de salvación. El sí que dio cuando el ángel le anunció lo planes de Dios sobre ella, hizo posible la navidad. No fue un sí ingenuo, irreflexivo, ciego. Fue un sí consciente y comprometido: ¿Cómo podrá ser esto si no conozco varón? (Lc 1, 34) y ante la respuesta del ángel, confirmó su aceptación y se dispuso a colaborar para hacerlo posible. De alguna manera, navidad también es una pregunta a cada cristiano sobre nuestra disposición a colaborar en hacer presente a Dios en la historia que vivimos. No somos espectadores de algo que pasó hace tantos siglos, sino que somos continuadores del misterio de la salvación en este presente.

Pidamos, entonces, que este tiempo navideño sea más que un tiempo festivo. Que sea la renovación de nuestro si al estilo de María, que aceptó, gestó, dio a luz y acompañó la vida de su Hijo hasta el final. Estamos llamados a trasparentar a Jesús en nuestras vidas, testimoniarlo con nuestras actitudes, hacerlo creíble con nuestras obras. Navidad es el compromiso de hacer posible un mundo donde “amor y verdad se han dado cita, justicia y paz se abrazan, la verdad brota de la tierra y de los cielos baja la justicia” (Salmo 85,10).


domingo, 10 de diciembre de 2023

 

¡Qué susto vivir en Argentina!

Olga Consuelo Vélez

No soy argentina, no conozco la situación de primera mano, no soy política, no sé hacer análisis políticos con la rigurosidad que se requiere, solo me refiero al discurso de posesión del presidente Javier Milei, según mi interpretación desde el sentido común.

Me parece que un presidente no puede pensar solo en lo económico sino en todo un proyecto de país. El discurso de Milei solo habló de lo económico, pero según logro entender, una economía basada en el individualismo, en la libre competencia, en el sálvese quien pueda. Y sin anestesia ya anunció que se vienen tiempos difíciles, la pobreza aumentará y ese “sacrificio” es totalmente necesario. Eso sí, se salvará la inversión privada porque los recortes no caerán sobre ellos sino sobre el Estado, este quien debe velar por el bien común y, especialmente por los más pobres. Y el público “aplaudiendo”. ¿Cuántos pobres estarían aplaudiendo? Posiblemente muchos porque las votaciones así lo mostraron. Casi siempre los que son sacrificados aplauden su suerte, están tan convencidos de lo que les han dicho que parece se alegran de la suerte que van a correr.

Otra cosa que me llamó la atención: anunció que los que salgan a protestar perderán los auxilios sociales. ¿No es esa la maquinaria de los llamados “populismos” para tener en su redil al pueblo? Al menos podría ser coherente de no usar los medios que critica. Pero tranquilamente lo dijo con todas las letras. Y el público aplaudiendo. Pero esto no es lo más grave: total represión a quien no acepte lo que propone. ¿dónde queda la libertad de expresión y la lucha legítima por los derechos humanos?

Cuando escribo esto todavía no se ha dado la oración interreligiosa que parece se va a dar en la catedral. No sé que Dios les estará escuchando. Por lo menos el Dios de Jesús pone en el centro a los pobres, los defiende, reivindica sus derechos, son el principal y preferencial sujeto de atención. Milei los desprecia. Son aquellos que roban al Estado con los auxilios sociales. No son la “gente de bien” que, para él, son los que tienen capital y acumulan sus grandes fortunas.

Y los políticos presentes en la posesión, comenzando por Macri, apoyando a este que les dice en la cara que todo lo que pasa ahora es culpa de todos los políticos anteriores. Pero ¿ningún político se siente afectado con esa manera de humillar a todos los que no son él? Inconcebible, pero Macri alabó el discurso y dijo que estaba 100% de acuerdo.

De verdad, me duele desde mi ser creyente que un país haya elegido a un presidente que solo piensa en lo económico, pero de esa forma individualista y egoísta, donde estorban todos los que no producen algo. Muchos dirán que justo lo económico es la solución para beneficiar a los pobres. Ojalá así fuera. Pero no creo que el Dios de Jesús vaya por esos caminos, ni que la economía vista de esa manera unilateral pueda salvaguardar el bien común, la dignidad humana, la justicia social, los derechos humanos, en fin, todo aquello que constituye lo humano.

Ese discurso libertario si que desfigura la libertad cristiana, esa que se basa en el bien común, en el amor a todos, comenzando por los más pobres. Tan cercanos a la Navidad, donde nuestro Dios se encarna entre los últimos, muestra la distancia de lo que es capaz de gestarse en esas personas, aplaudido por tantos, votado por tantos, alabado por tantos. Una vez más, aquel Niño del pesebre, solo es reconocido por los pobres y pequeños, no por estos grandes y poderosos que, lamentablemente, son bendecidos por tantos que se dicen creyentes.

Que me perdonen los argentinos por opinar sobre su país, pero me ha resultado una mañana de domingo, dolorosa, incomprensible, infinitamente alejada de mis más profundas convicciones.

 

 

martes, 5 de diciembre de 2023

 

La Inmaculada desde una mirada más actual sobre María

Olga Consuelo Vélez

El próximo 8 de diciembre celebramos la fiesta de la Inmaculada concepción de María, es decir, el reconocimiento que hace la Iglesia de que María, por ser madre de Jesús, fue preservada de todo pecado desde su nacimiento hasta su muerte. No es un dogma que tenga fundamento bíblico, pero expresa una convicción de fe que el pueblo reconoce como consecuencia de la divinidad de Jesús. Este último dato es importante: los dogmas marianos son, ante todo, dogmas cristológicos. Es decir, están vinculados a la persona de María, pero no por ella misma sino por su papel en la historia de salvación como madre de Jesús. Corremos el peligro -y así se ha vivido y se vive en algunos contextos- de pensar a María como una “semidiosa” o alguien lleno de poderes para alcanzarnos favores, casi compitiendo con Jesús en su capacidad de conceder milagros. Vaticano II corrigió esas desviaciones al hablar de ella no en un documento aparte y menos proclamándola corredentora -como algunos pretendían-, sino en el documento sobre la Iglesia -Lumen Gentium-, mostrando así su papel único como madre de Jesús, pero no aparte o desligada del pueblo de Dios.

Conviene también, a propósito de esta fiesta mariana, recordar que, aunque el amor a María es una de las devociones más fuertes del pueblo cristiano, su figura y las actitudes que se le han atribuido en su vida histórica están diciendo cada vez menos a la juventud. Se puede amar a la madre de Jesús, pero no es fácil reconocer en ella un modelo de mujer que abra caminos de realización plena para ellas hoy. De ahí la necesidad de seguir actualizando su figura para que pueda decir algo a los tiempos actuales. Esta actualización no significa que inventemos cosas sobre ella, sino que volvamos a los datos bíblicos, reconozcamos que han sido interpretados desde una mirada patriarcal -propia de la sociedad en la que se ha vivido-, haciendo que se haya puesto más atención a unos aspectos que a otros, concretamente en aquellos que la sociedad ha designado para las mujeres y que han permitido ese papel secundario y sufriente que todavía hoy tantas mujeres padecen.

Basta recordar el texto de la anunciación (Lc 1, 26-38). Se ha puesto más énfasis en la aceptación de María “Hágase en mí según tu palabra” que en la pregunta que ella dirige al ángel cuando le anuncia que será la madre de Jesús: “¿Cómo podrá ser esto si no conozco varón?”. Es decir, esa joven campesina, tiene palabra, la pronuncia, cuestiona, interpela, no importa que sea un enviado de Dios el que le está hablando. Una María así entendida, impulsa y respalda las preguntas que hoy las mujeres nos hacemos: ¿por qué tan relegadas de la Iglesia? ¿por qué no podemos tomar decisiones? ¿por qué no podemos ser mediación de Cristo?, entre muchas otras que actualmente se formulan.

Otros textos bíblicos van en la misma línea. El texto del Magnificat (Lc 1, 46-55) aunque se reza cada tarde en las vísperas, pareciera que no transmite la profundidad de esas palabras puestas por el evangelista en boca de María, mostrando cómo ella expresa lo que es el reinado de Dios: misericordia y transformación de las injusticias haciendo que los excluidos sean colmados de bienes. Ese texto tiene un hondo contenido sociopolítico, pero se ha espiritualizado de tal manera que no se conecta con la realidad y menos con una María llena de compromiso transformador.  Podríamos comentar más textos bíblicos (aunque en realidad hay muy pocos textos donde aparezca María) pero sirvan estos como ejemplos de la necesidad de una lectura que no pone el énfasis en el silencio de María, en su capacidad de sufrir y de llevar todo en su corazón (Lc 2, 19) sino que reconoce su protagonismo y liderazgo.

Volviendo a la fiesta de la Inmaculada convendría resignificarla mostrando que el Hijo de Dios se encarnó en una mujer de carne y hueso y a ella, sin dejar su humanidad, se le reconoce como llena de gracia, es decir, capaz de vivir la plenitud de vida que Dios quiere para todos sus hijos e hijas. La vida cristiana es una vida que actuando según el espíritu de Jesús crece cada día a más plenitud de amor, de misericordia, de compromiso, de generosidad, de reflexión crítica, de palabra profética, de militancia, de llegar a hacer posible el reino de Dios en nuestra historia. Todo esto es distinto a esa visión reducida de entender la Inmaculada en un sentido de separada del mundo. Por el contrario, todos y todas estamos llamados a buscar esa plenitud de vida -llena de gracia- pero en la encarnación del aquí y el ahora, con lo que tiene de alegría y tristezas, de logros y de fracasos, de avances y retrocesos, de aciertos y equivocaciones. María fue proclamada Inmaculada por su consecuente vida de gracia para ser la madre de Jesús, pero, en ningún momento, alejada de su historicidad, de su humanidad, de su ser mujer de Nazaret, pobre, sencilla, campesina, una más entre los suyos.

María vista desde estos horizontes más encarnados en la realidad es modelo no solo para las mujeres sino también para los varones porque en el pueblo de Dios todos estamos llamados a ser bienaventurados como ella, discípulos como ella, seguidores de Jesús como ella. La dimensión femenina de la Iglesia no la encarna solo María ni las mujeres porque en todo el pueblo de Dios reside la riqueza de los diversos dones que culturalmente se han atribuido a las mujeres, pero que, en la realidad, son dones de todos los seres humanos. ¡Que María, quien vivió la plenitud de vida desde su nacimiento hasta su muerte nos acompañe en este mismo camino de gracia y plenitud al que todos y todas somos llamados!

 

 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

 

La homilía, un desafío pendiente

Olga Consuelo Vélez

El cristianismo no pasa por su mejor momento. Más y más personas dejan de asistir a la Iglesia y se está volviendo bastante común, en países de gran tradición cristiana, la no práctica de los sacramentos, la no asistencia a la Eucaristía y la poca o nada referencia a sus creencias religiosas. Frente a esto hay mucho que pensar, reflexionar, cambiar, innovar. Pero, por hoy, detengámonos en la homilía como ese espacio que aún influye sobre los creyentes que van a la eucaristía y que podría ser una medicación adecuada para revitalizar la experiencia de fe, tan necesitada de ello.

Ahora bien, si hay algo que a la gente le aburre de la celebración eucarística, es la homilía. Por supuesto hay presbíteros que la hacen muy bien, pero hay muchos más que no logran comunicar un mensaje significativo. Algunos se dedican a recordar la lista de pecados de la que debemos arrepentirnos y pretenden despertar el mal entendido “temor de Dios” confrontando a los presentes con su vida pecadora. No parece que eso tenga mucho éxito. Otros pretenden explicar el texto bíblico, pero dejan ver su ignorancia frente al mismo. En este punto pocos saben que el presbítero está entendiendo mal el texto bíblico -por la inmensa carencia de formación  bíblica de la mayoría del pueblo de Dios- pero quienes si saben algo de Biblia, se dan cuenta que el predicador no coloca las palabras en su contexto, no sabe identificar la idea principal del texto sino que lo usa como un trampolín para hablar de lo que ellos quieren que, desgraciadamente, casi siempre se identifica con temas de moral, arraigados en ideas tradicionalistas, incapaz de confrontarla con los desafíos actuales.

Cabe anotar que la Palabra de Dios no es un mensaje moralista. Es, ante todo, un testimonio de la manera cómo el pueblo de Dios descubre la presencia de Dios en su historia, invitándonos a encontrar su presencia en nuestro presente. La Palabra de Dios no habla de un Dios castigador sino del Dios que nos tiende su mano incondicionalmente y siempre nos abre caminos de esperanza y de buenas noticias.

En la exhortación Evangelii Gaudium, el papa Francisco dedicó un apartado a la homilía (nn.135-151) para hacer caer en cuenta el papel que juega en la evangelización y la oportunidad que se tiene cada vez que se predica. Pero no parece que muchos presbíteros lo hayan puesto en práctica. Según Francisco, “la homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente de constante renovación y de crecimiento (…) Con la palabra, nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes. Se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas. Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad. Con la palabra, los apóstoles (…) atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos”

Además, Francisco recuerda que “la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza (…). La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto”.

También se refiere a cosas prácticas sobre la homilía: “no debe prolongarse demasiado porque el centro de la celebración eucarística no son las palabras del presbítero sino la buena noticia del reino. La homilía debe conecta con la cultura de los oyentes, transmitiendo ánimo, aliento, fuerza, impulso. Es necesario prestar atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación (…) detenerse a estudiarla con sumo cuidado y con un santo temor de manipularla (…) la preparación de la predicación requiere amor. Ha de ser consciente de la distancia que hay entre el texto bíblico y el presente para entender bien las palabras y, sobre todo el mensaje central que este texto comunica. No se puede sacar el texto de su contexto ni utilizarlo como plataforma para hablar de lo que el predicador quiere”.

En otras palabras, es urgente y necesario revisar a fondo la homilía y, al menos, ajustarse a lo dicho en esta exhortación. La homilía no es una catequesis. La homilía no es un discurso moralista. La homilía no es para asustar a los oyentes. La homilía es para ofrecer y desentrañar la “buena noticia” del reino: amor incondicional de nuestro Dios; aceptación total y definitiva de todas las personas sin ponerles ninguna condición; defensa de los derechos humanos, búsqueda de la justicia y transformación de todo lo que oprime, agobia o excluye a cualquier ser humano.

Ojalá los presbíteros tomen en serio la inmensa responsabilidad que tienen con su predicación. Pero ojalá también volvamos a aquellos esfuerzos de renovación que se dieron después de Vaticano II, donde la homilía se hacía entre todos los miembros del Pueblo de Dios, espacio de compartir y enriquecernos mutuamente. Sería una forma de poner en práctica el sensus fidei que habita en todo el pueblo de Dios y posiblemente ayudaría decisivamente a erradicar algo del clericalismo que tanto mal sigue haciendo en nuestra Iglesia. 

 

 

lunes, 13 de noviembre de 2023

 

La centralidad de los pobres en la vida cristiana

Olga Consuelo Vélez

El próximo 19 de noviembre se celebrará la VII Jornada Mundial de los pobres. Estas Jornadas fueron iniciativa del papa Francisco, durante el cierre del Año de la misericordia (2016). En aquella ocasión, el Papa celebró una eucaristía con unas 6000 personas sin hogar. Allí Francisco hizo una sentida petición de perdón: “Perdón por todas las veces que los cristianos pasamos delante de una persona pobre y miramos para otro lado”. Y no queriendo que esas palabras se quedaran en el olvido, decidió establecer que cada año la iglesia de todo el mundo tuviera una jornada exclusivamente para los pobres, en el domingo anterior al de Cristo Rey. Desde entonces se han celebrado seis jornadas y nos preparamos para la séptima. En cada jornada se ha dado un mensaje que podemos recordar aquí: I Jornada (2017): “No amemos de palabra sino con obras”; II Jornada (2018): “Este pobre gritó y el Señor lo escucho”; III Jornada (2019): “La esperanza de los pobres nunca se frustrará”; IV Jornada (2020): “Tiende tu mano al pobre” (Cfr. Si 7,32); V Jornada (2021); “A los pobres los tienen siempre con ustedes” (Mc 14,7); VI Jornada (2022): “Jesucristo se hizo pobre por ustedes” (Cf. 2 Co 8,9) y VII Jornada (2023) “No apartes tu rostro del pobre” (Tb 4,7).

El texto para esta jornada tomado del libro de Tobías se inserta en el relato del testamento espiritual que Tobías da a su hijo: “Acuérdate del Señor todos los días de tu vida, hijo mío, y no peques deliberadamente ni quebrantes sus mandamientos. Realiza obras de justicia todos los días de tu vida y no sigas los caminos de la injusticia (…) Haz limosna con tus bienes y al hacerlo, que tu ojo no tenga rencilla. No vuelvas la cara ante ningún pobre y Dios no apartará de ti su cara”. Este testamento de Tobías a su hijo no era una teoría sino una vivencia propia. Por su testimonio de caridad, el rey lo había privado de todos sus bienes, dejándolo completamente pobre. Pero el Señor le permitió recuperar su puesto de administrador y Tobías siguió practicando la solidaridad con los pobres. Sin embargo, acudiendo a enterrar a un pobre, cayó sobre sus ojos estiércol y se quedó ciego. Pero esto no fue impedimento para que él siguiera comprometido con las numerosas formas de pobreza que le rodeaban. Al final, Dios le devuelve la vista y logra ver a su Hijo. Con esta referencia a Tobit se nos pide que cuando estemos ante un pobre no volvamos la mirada hacia otra parte porque esto nos impedirá encontrarnos con el rostro del Señor Jesús. Y se nos invita a fijarnos bien en la expresión “ningún pobre” sin importar el color de la piel, la condición social, la procedencia.

Francisco continúa el mensaje de este año refiriéndose al mundo actual que favorece solo el bienestar e invisibiliza las situaciones de dolor humano. Sin embargo, estas siguen creciendo y hoy podemos reconocer nuevos rostros y formas de pobreza. Todo aquello que atenta contra la dignidad de la persona como la falta de servicios básicos, de trabajo digno o de negación de cualquier derecho, constituye una interpelación fuerte a la vida cristiana porque en los pobres Dios se manifiesta de manera preferencial y es en ellos donde hemos de responderle: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40). Francisco también recuerda lo que escribió en la Evangelii Gaudium: “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (n. 28).

Para la vida cristiana no es desconocida la realidad de las pobres y son muchas las obras apostólicas que los acogen y les sirven. Pero aún falta poner en práctica la solidaridad con el mundo de los pobres, es decir, ser testimonio de una vida sobria, único lugar desde donde nuestra ayuda no es una limosna de lo que sobra, sino una vida que se parte y se reparte como lo hizo Jesús. Y esta es la diferencia fundamental entre los que hacen obras de caridad, pero mantienen sus privilegios, su estatus, sus títulos honoríficos, su vida de lujo y comodidad, su derroche de bienes, en fin, la separación de clases que permite el escandalo de la “brecha inmensa entre ricos y pobres”, de los que entienden el mensaje del reino y comprenden que la pobreza no se transforma si la propia vida no se desacomoda, no se desinstala, no está dispuesta a dar y a darse.

Lamentablemente estas Jornadas Mundial de los pobres no han tenido la repercusión eclesial que podrían tener. No se insiste sobre ellas. No marcan a fondo la celebración dominical. Se anuncia al inicio de la liturgia, pero todo continúa como siempre se hace. Para esta jornada el Papa propone que a ejemplo de Tobit que le pide a su hijo que busque entre los hermanos deportados de Nínive a algún pobre y comparta con él su comida, nosotros invitemos también a algún pobre al almuerzo dominical, después de haber compartido la mesa eucarística porque “si en torno al altar somos conscientes de que todos somos hermanos y hermanas, ¡cuánto más visible sería esta fraternidad compartiendo la comida festiva con quien carece de lo necesario!”.

El mensaje termina haciendo referencia al 150 aniversario del nacimiento de Santa Teresa del Niño Jesús quien en su profunda experiencia espiritual comprendió que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón, sino que ha de alumbrar y alegrar, no sólo a los más queridos sino a todos, sin exceptuar a nadie. Y la invoca para que ella nos ayude en esta Jornada Mundial, a “no apartar el rostro del pobre” porque ellos son la faz humana y divina de nuestro Señor Jesucristo.

martes, 31 de octubre de 2023

 

Algunas reflexiones sobre las elecciones territoriales en Colombia

Olga Consuelo Vélez

El pasado domingo, 29 de octubre, se realizaron las elecciones territoriales en Colombia. Se eligieron concejales, ediles, alcaldes y gobernadores. No tengo una formación política como para hacer un análisis profundo de lo que sucedió. Por eso mi comentario es muy subjetivo y solo responde a mis propias interpretaciones.

Siguiendo el sentir general, los resultados se han leído como una derrota del partido de gobierno, comenzando porque no ganó la alcaldía de Bogotá y tampoco tuvo una representación muy significativa en las demás regiones. Efectivamente así fue. Y, por supuesto ha sido la gran ocasión para que los medios de comunicación -casi todos contrarios al gobierno- y todos los que no han podido asumir el triunfo de Petro en las pasados elecciones, se regocijen en afirmarlo una y otra vez. No pueden estar más felices porque es la ocasión perfecta para sacarse esa “espina” que se les clavó hace más de un año.

Soy consciente de que gobernar no es nada fácil y menos en esta realidad colombiana tan compleja y tan llena de problemas. Esta realidad no es de ahora, la hemos arrastrado prácticamente a lo largo de nuestra historia, pero con más fuerza en las últimas décadas por el conflicto armado interno y por la dificultad inmensa de construir la paz. Pero, para mí, desde que Petro asumió la presidencia ha buscado trabajar por la paz y concretar las propuestas de reformas que había prometido en su campaña. Nada de eso está siendo fácil porque ha encontrado una oposición totalmente enfilada a obstaculizar todo lo que provenga del gobierno. Y es normal esa oposición porque cualquier cambio que desinstale, que implique estrenar nuevas comprensiones, causan miedo y, aunque la evidencia de los hechos pida que haya cambios, se prefiere seguir en lo “que siempre fue así”. Pero además de esto y, es lo más decisivo, todos aquellos que están beneficiados con las estructuras actuales, no están dispuestos a perder sus privilegios y los defienden con todas sus fuerzas. Nunca vi un gobierno anterior que desde el primer día buscara llevar adelante sus promesas de campaña, sino que fueron gobernando manteniendo lo que estaba e introduciendo algunas reformas de las que ni íbamos siendo conscientes porque tenían toda la maquinaria a su favor para hacer los cambios que querían, casi siempre buscando mantener los privilegios de los mismos. Pero todas estas décadas de gobiernos incapaces de transformar la realidad no son criticados en la mayoría de los estamentos y parece que muy pocos recuerdan su inoperancia.

Hay momentos en que se logran levantar las voces y exigir cambios y eso lo vivimos en la historia reciente con todas las protestas, especialmente de los jóvenes, contra el gobierno de Duque, preparando la posibilidad de elegir, por primera vez en la historia de Colombia, un gobierno que rompía la hegemonía de los clanes políticos colombianos y sembraba la esperanza de que se podría gobernar de otra forma.

Pero estos cambios no son fáciles. Ya hablé de la oposición férrea de las clases dirigentes de siempre. También cada gobernante tiene sus limitaciones personales y sociales con las que hay que contar. Y a Petro no le faltan como a ninguno de todos los demás gobernantes. Junto a esto, hay que contar con la condición humana de todos los que acompañan cualquier gobierno. Esa condición humana que podría llegar a ser honesta y comprometida hasta el fondo con lo que se le ha encomendado, es también capaz de las mayores traiciones y de caer en las mismas contradicciones que se han criticado. Hay que asumir que varios de los cercanos a Petro, incluido su propio hijo, dejan mucho que desear.

Ahora bien, es bueno preocuparnos porque se ha perdido la oportunidad de gobernar en muchos espacios, pero de igual forma debería preocuparnos que los clanes de siempre hayan vuelto a ganar esos espacios. Si los hubieran ganado personas que siguen proponiendo cambios, sería buenísimo. Pero muchos de los que llegaron son los mismos de antes. Muestran que supieron mover muy bien sus fuerzas para recobrar el poder perdido y también invitan a las fuerzas de gobierno a revisar tanto su gestión como las fuerzas que se oponen que son inmensas.

De todas maneras, me parece bien que se haya dado esta posible derrota. Invita a seguir redoblando esfuerzos y revisar lo hecho hasta ahora. Pero también conviene ver qué tanto logran los ganadores con su gestión. Todos han llegado diciendo que van arreglar el desastre en lo que Petro ha convertido a Colombia. Pues ojalá cumplan con lo prometido. Si lo consiguen, eso es lo que queremos, venga de las fuerzas que vengan. Pero si las cosas no cambian ojalá, reconozcamos, que estas elecciones no fueron un triunfo sobre el gobierno, sino una vuelta atrás, a lo mismo que siempre hemos tenido.