martes, 10 de noviembre de 2020

Los creyentes y sus opciones políticas


Acaban de pasar las elecciones de Estados Unidos y un poco antes las de Bolivia. No voy a dar aquí una reflexión política porque no tengo los elementos suficientes para ello. Pero solo quiero compartir algunas inquietudes desde la experiencia creyente frente a la postura y el voto que emiten muchas personas que dicen ser seguidores de Jesús.

El cristianismo apuesta por la comunidad de hermanos y hermanas, pero no de cualquier manera sino comenzando por los últimos. Es decir, en la vida concreta no se puede ser neutro; hay que asumir posturas determinadas para trabajar por las causas que nos proponemos. Por eso ante las injusticias estructurales tan evidentes en nuestra América, es necesario apoyar todo aquello que favorezca a los más necesitados. Algunos dicen que esto es “populismo” pero yo no acabo de entender esta crítica y lo digo por lo siguiente: ¿hay algún candidato de derecha, izquierda o centro que no sea populista? Todos ofrecen cambios y se supone que la gente vota por las promesas que hace ese determinado candidato. Con lo cual todos los candidatos son populistas. Pero parece que lo malo es que los pobres crean en esas promesas y además se les dice que quieren ser “atenidos” (como, desafortunadamente, repite la vicepresidenta de Colombia). Conozco demasiados pobres que trabajan de sol a sol, que se juegan el día a día con una honestidad y entrega que merece todo nuestro respeto. Por supuesto hay pobres que no quieren trabajar como hay muchos ricos que no lo hacen porque nacieron con todas sus necesidades cubiertas, lo cual los hace verdaderamente atenidos, a veces disfrutando de herencias que en sus orígenes no fueron tan justas como se podría creer.  

Todo es muy complejo pero lo que quiero afirmar es que un cristiano debería revisar muy bien las promesas de los candidatos y votar por las que van a favorecer a más personas, pero comenzando por los más pobres. Todo esto independiente de si alguna propuesta no me favorece personalmente -ya que todo cambio supone ajustes y algunas poblaciones pueden ser afectadas- pero ¿no es eso pensar en el bien de todos para que “ninguno pase necesidad” -como relata el texto de hechos sobre la primera comunidad cristiana (Hc 4, 34)-? Muchas frases y sentimientos altruistas profesamos, pero llega la hora de ponerlos en práctica y parece que la fe no tiene nada que ver con la vida.

Un grave aspecto que hoy vivimos es el populismo de “palabras”, o mejor, los relatos construidos con mentiras sin ningún sustento. Los creyentes se supone que seguimos al Jesús “camino, verdad y vida” (Jn 14,6) o al Jesús que nos afirma que “la verdad nos hará libres” (Jn 8, 32). Pero no parece que esto se buscara verdaderamente, sino que se apoya el relato que justifica mis posturas, aunque esté lleno de mentiras. Lo repiten de manera tan convincente que se lo creen. No están dispuestos a escuchar otras voces. Ejemplos recientes son el “Castrochavismo” que tanto se invoca, sustentado en dos personajes que ya murieron o el comunismo en el que vamos a caer si no votamos por los personajes de la derecha más derecha. Esto acaba de ocurrir en Estados Unidos y es absurdo pensar que el candidato que ganó las elecciones es comunista, como lo afirmaron en la campaña para desprestigiarlo. Pero parece que muchos de los que no lo votaron así lo creen.

Todo eso no está lejos de la historia vivida en Colombia con el referendo por la paz. Las mentiras de que el Acuerdo tenía perspectiva de género o de que para sostener a los desmovilizados iban a gravar las pensiones de los jubilados y muchas más cosas -evidentemente falsas- motivaron a media Colombia a votar por el “no”. Conocí a muchos cristianos que así lo hicieron y lo peor a muchos clérigos y religiosos/as. Y, todavía hoy, siguen torpedeando la paz y no hay manera de aceptar la gran equivocación que tuvieron.

También la situación de Bolivia es muy compleja, pero podría ser un caso representativo de lo que nos cuesta a los católicos perder la hegemonía del poder religioso y valorar lo indígena y sus culturales ancestrales. Una cosa es hablar en el Sínodo de Amazonia del mundo indígena y repetir hasta el cansancio las maravillas de sus tradiciones, creencias y costumbres y otra muy distinta que haya un gobierno indígena y gane protagonismo. El discurso del vicepresidente electo David Choquehuanca mostró otra cosmovisión -muy distinta a la nuestra- pero muy valiosa y llena de principios que en nada desdicen de la experiencia cristiana. Pero, por supuesto, una cosa es que lo digamos nosotros, llevando la hegemonía y otra que lo propongan otros y nos quiten el protagonismo. Tendrán muchos errores y contradicciones, pero ¿qué gobierno no los tiene? Solo que cuando vienen del ala que nos desinstala, construimos relatos que nos justifican y no hacemos el esfuerzo suficiente para mantener el diálogo y abrirnos a propuestas que también tienen elementos de verdad, aunque no sean las que nos gustan o a las que estábamos acostumbrados. Es difícil mantenernos en una crítica seria para salvar lo positivo y transformar lo negativo.

No se comprende tampoco la altísima votación de los migrantes latinos por un candidato que denigra de los migrantes. Parece que una y otra vez se cumple lo que ya se advertía al pueblo judío: “no maltratarás ni oprimirás al extranjero porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto” (Ex 22,21) pero se olvida con facilidad y, como dice el adagio popular, “no hay cuña que mas apriete que la del mismo palo”.

Otros ejemplos podrían señalarse, pero la intención es volver a preguntarnos si la fe que profesamos se refleja en todos los aspectos de la vida o si rezamos mucho, pero a la hora de decidir por los destinos de nuestros pueblos actuamos como los que no tienen fe buscando solo el interés propio y sin un amor real y comprometido con los más necesitados de cada tiempo. Ser cristiano es muy difícil porque defender la vida no se limita a slogans universales y descontextualizados, sino que pasa por asumir seriamente la situación presente, mantener una conciencia crítica frente a ella y, sobre todo, apostar por los valores del evangelio que, nos guste o no, parece los representan, en este tiempo, más las políticas de corte social de sectores de centro, izquierda y muchas veces ateos que los que afirmando algunas posturas morales apoyadas desde el cristianismo, proponen políticas que solo favorecen a unos pocos, enmarcadas en contextos de exclusión, marginación o descarte como denuncia el papa Francisco en su última encíclica. No todas las épocas se configuran de la misma manera, pero en la actualidad las derechas tienen todo menos de evangelio, de defensa de la vida, de fraternidad/sororidad. Lamentablemente han sido apoyadas por numerosos cristianos y parece que lo seguirán haciendo.

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

 

Santidad en tiempos de coronavirus 

Comenzamos noviembre con la solemnidad de “Todos los Santos” y en seguida la conmemoración de “Todos los Difuntos”.  En realidad, el 2020 lo podemos considerar un año de muchos difuntos. No porque antes no hubiera, tampoco porque no se muera mucha gente por otras enfermedades, pero sí porque la pandemia nos ha confrontado de manera más directa con la muerte. Normalmente vivimos de espaldas a ella, pero la pandemia nos está recordando cada día su existencia real y cómo la muerte puede llegar a los que amamos y, por supuesto, también a cada uno de nosotros.

La suerte que tenemos desde la experiencia de fe es la creencia en una vida más allá de la muerte -que no conocemos como será- pero confiamos en la promesa de Dios. Además, esperamos estar con los seres queridos y afirmamos que esa “otra vida” es lugar de plenitud, de descanso, de paz.

Esa fe, esa esperanza, ese amor nos permite hablar de los santos y santas, personas que viviendo en la tierra como vivimos todos, supieron hacerlo de una manera distinta. Para ellos y ellas el amor fue la razón de ser de su existencia. En este sentido, la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (“Alégrense y regocíjense” Mt 5,12) del Papa Francisco, publicada en 2018, nos ayuda a no quedarnos en aquellos santos y santas reconocidas por la Iglesia sino también en los “de la puerta de al lado”. Es decir, la exhortación nos recuerda que la santidad no es para seres especiales o de otra época sino para vivirla en nuestro presente y esto porque “el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes”. Además, enfatiza que la santidad no se refiere a la perfección individual porque Dios nos salva como pueblo. En ese sentido, los “santos y santas de la puerta de al lado” son personas que han sabido vivir sin apartarse del mundo -durante siglos se creyó que había más santidad entre más se rechazara el mundo-, sino metidos en el corazón de este buscando hacer de él, el mejor mundo posible.

La propuesta para vivir esa santidad se podría resumir en el texto de las bienaventuranzas que van mucho más allá de los mandamientos y que son el programa del reino de Dios anunciado por Jesús. Los mandamientos son normas éticas (a excepción del primero) que se han de vivir en cualquier sociedad -sea confesional o no- para lograr convivir con los demás. Las bienaventuranzas, por su parte, nos dicen lo que nos puede hacer felices, centrándose en la capacidad de salir de sí para trabajar por los demás y por el mundo en que vivimos. No llaman a un intimismo, subjetivismo o espiritualismo, sino a un amor puesto en acto en la misericordia para con los demás, el trabajo por la justicia, por la paz, por el mundo de hermanos y hermanas que nuestro Dios Padre/Madre ideó desde el principio de la creación.

Sin embargo, la condición humana no deja de estar llena de egoísmos, intereses propios, miradas miopes y tantas otras realidades que impiden ver lo sencillo que sería vivir con los valores del reino y por eso surge la persecución y la muerte -como le sucedió a Jesús- contra aquellos que se atreven a vivir y proclamar que el amor es lo único y definitivo. La última bienaventuranza dice que hemos de alegrarnos cuando nos persigan y digan toda clase de mal contra nosotros porque nuestra vida está interpelando, desinstalando e invitando a vivir según el querer de Dios.

La santidad por tanto no parece ser para aquellos que viven en la “paz del cementerio” -como se dice popularmente- o que se glorían de no tomar partido por nada, o de no querer meterse en ningún asunto para no ganar mala fama o temer perder prestigio y, por que no, posibilidades de ascender en puestos de responsabilidad que tantas veces se confían a los que son lacayos del poder establecido y no fieles a los valores del reino.

La santidad no es una actitud pasiva sino activa y muchos santos nos estimulan para vivir así. Otros nos estimulan menos pero tal vez no porque su vida no haya sido llena de entrega generosa sino porque confundimos la santidad con milagros extraordinarios o con unas vidas que no tienen nada que ver con la realidad que todos los demás mortales vivimos. Un ejemplo reciente que nos puede confundir con la manera de vivir la santidad es el joven beato Carlo Acutis, que nos da testimonio de su dedicación a los más necesitados y su sensibilidad y amor a la eucaristía. Pero algunos sectores religiosos se quedan más en otros aspectos que, en verdad, no son así, como lo cuentan. Dicen que su cuerpo cuando fue exhumado estaba incorruptible. La verdad es que ya tenía la corruptibilidad propia de cualquier difunto, pero sus órganos estaban bastante íntegros y conectados entre sí -como sucede también con muchos otros cadáveres- y, con el propósito de preservar su cuerpo, fue sometido al proceso de embalsamiento y su rostro fue reconstruido utilizando una máscara de silicona que recreó su apariencia para la exposición de sus restos a la veneración de los fieles. Quedarnos en estas cosas externas y que, además, no son fieles a la realidad, no dejan que los santos y santas sean modelos para nuestra vida y nos impiden vivir la encarnación de nuestra fe, en el compromiso con el mundo en que vivimos.

Este 2020 está siendo un año de muchos difuntos como ya lo dijimos. Pero también puede ser un año en donde la santidad se haga más visible y cotidiana. Si el joven Carlo Acutis (1991-2006) vivió la caridad sin dejar de ser un joven común y corriente, pegado a las tecnologías de la información y la comunicación, propias de este tiempo en el que vivió, nosotros hemos de alegrarnos por tantos que van por la senda de la santidad en esa solidaridad efectiva y afectiva en tiempos de coronavirus y estamos invitados a también buscar esa puerta de al lado, viviendo los valores del reino en el aquí y el ahora de nuestro presente.

 

lunes, 26 de octubre de 2020

 

Que no nos acostumbremos a las cifras de muertos por la pandemia

 

Si contamos el tiempo que va desde el primer brote de covid-19 en la ciudad de Wuhan hasta ahora es mucho, pero, al mismo tiempo poco, si pensamos en lo que falta hasta que validen las vacunas, se produzcan y se distribuyan. Con lo cual, lo que parecía algo extraordinario, se está volviendo habitual y eso lo notamos en nuestro diario vivir. Aunque se está dando un segundo brote en muchos lugares, algunas personas se oponen a las medidas de restricción y están en las calles como si no pasara nada. Incluso algunos dudan de que el virus sea verdad o simplemente están en esa actitud de negación porque como no les ha afectado directamente, prefieren pensar que el virus no existe. Por eso podemos preguntarnos: ¿a qué nos tenemos que acostumbrar y a qué no en este tiempo de pandemia? Cada persona podrá aportar diferentes respuestas. Aquí propongo algunas que me parecen importantes.

Ojalá no nos acostumbremos a las cifras de contagiados y menos a la de muertos por este virus. Una sola vida -como afirmamos tantas veces desde la fe- tiene un valor incalculable y no es irrelevante que alguien se muera por este virus. Pero algunos, no dan importancia a estos muertos porque aducen que la mayoría de contagiados se recuperan y son muchos más los que mueren por otras causas. Creo que, aunque a diario mueren muchos seres humanos por diferentes enfermedades y también por accidentes, por violencia, etc., si no hubiera surgido este virus y si pusiéramos todos los medios posibles para evitar su propagación, morirían muchos menos y eso no podemos olvidarlo. Defender la vida también está en juego en esta situación. Por tanto, no hemos de acostumbrarnos a las cifras de muertos por día, sino que, por el contrario, hemos de seguir buscando cómo hacer para que no haya ni un muerto más.

Ojalá tampoco nos acostumbremos a seguir viviendo como si no pasara nada y se nos olvide fácilmente todo aquello que la pandemia evidenció. Un cambio climático que agota los recursos del planeta, debido a la depredación irracional que hacemos de la naturaleza. Una injusticia estructural que tiene sumida a las personas al rebusque diario y que literalmente casi se han muerto de hambre porque ante una cuarentena no tienen absolutamente nada para salvar la vida. Sistemas de salud sin capacidad para afrontar una realidad así y un Estado que se contenta con dar pequeñas ayudas a las inmensas mayorías pobres, pero no duda en favorecer a los grandes empresarios, justificando sus posturas con eso de la “reactivación económica”. Tal vez no ha sido lo mismo en todos los países, pero en muchos, el modelo económico es semejante y ni la pandemia, ni la encíclica del papa Francisco “Fratelli Tutti” -tan comentada por estos días, entre otras cosas por la denuncia de la injusticia estructural que entraña el neoliberalismo- parecen mover en lo más mínimo este sistema económico, generador de tanta pobreza.

Por otra, si conviene acostumbrarnos a las cosas “buenas” -suena paradójico decirlo- que ha traído la pandemia. Entre ellas, la solidaridad que se ha vivido con fuerza a muchos niveles porque ante las situaciones límite sale lo mejor de nosotros mismos. También la capacidad de estar más en familia, creando lazos afectivos más hondos y un compartir más asiduo -sin desconocer que también se disparó la violencia doméstica y esto ha sido muy doloroso-.

En lo que respecta a las redes y plataformas digitales -a veces tan demonizadas- nos mostraron la capacidad que tienen para mantenernos conectados y lo que todo esto supone para superar la soledad, los miedos, etc., e incluso para socializar la participación en eventos y espectáculos que se ofrecieron gratuitamente y que de otra manera hubiera sido imposible participar. Sin olvidar, por supuesto, a tantas personas quienes al no contar con esa conectividad perdieron oportunidades, especialmente los estudiantes. Una realidad más que muestra la inequidad social que no puede dejarnos indiferentes.

La vida de fe no ha sido ajena a las consecuencias de la pandemia. Ha cuestionado la manera cómo Dios se hace presente en nuestra vida, la realidad sacramental de la que participamos y la capacidad de afrontar una situación así sin perder la esperanza. Ojalá haya sido un tiempo de purificar la fe mágica, la fe ritualista, la fe escrupulosa, la fe intimista. En realidad, nada de eso es auténtica fe, pero lamentablemente, ha quedado evidente en las posturas de algunos creyentes. Pero quienes han tenido esa mirada amplia, han vivido con fuerza la presencia del Señor en la necesidad de los hermanos, han vuelto a lo esencial del ser iglesia -no el templo construido con piedras sino el templo vivo que es la comunidad cristiana-, han recuperado la vivencia sacramental fundada en el compromiso con los demás y con la situación presente, haciendo de la celebración litúrgica un punto de llegada y no una condición sin la que parece no se puede vivir la fe.

En fin, toda experiencia afecta, pero algunos se acostumbran y no crecen ni a nivel personal, ni social. Afortunadamente, algunos resisten y buscan los cambios necesarios. Esperemos ser de estos últimos, no acostumbrándonos a lo malo que evidencian las situaciones límite y acogiendo lo bueno que aún la situación más dolorosa trae. Solo en este mantenernos alertas podemos seguir construyendo un futuro mejor para todos y esa es la tarea que tenemos entre manos. Que en todo el tiempo que aún queda para librarnos del virus, no nos acostumbremos a lo que no debe ser así sino que sigamos empeñados en transformarlo.

lunes, 19 de octubre de 2020

 

Ni la pandemia detiene el grito de los pobres: a propósito de la Minga indígena 

La pandemia cambió las prioridades y muchas realidades quedaron detenidas porque solo había una urgencia: “preservar la vida”. Pero es imposible detener el grito de los pobres porque las situaciones son insostenibles. Entre los pobres están los indígenas que a lo largo y ancho del continente han sido relegados a las periferias y su voz se intenta ahogar una y otra vez.

Pero su identidad como pueblos originarios crece cada día y por eso el 12 de octubre ya no se conmemora el mal llamado “descubrimiento de América”, sino el “Día de la resistencia”. Este año, la Organización Nacional Indígena de Colombia celebró los 40 años de su primer encuentro como pueblos indígenas en el que acordaron los principios de “Unidad, Territorio, Cultura y Autonomía” como rectores de su ser y quehacer. Han logrado el reconocimiento de varios derechos políticos, sociales, económicos y territoriales, pero en la práctica “no se les garantizan todos, efectivamente”. Esto nos hace pensar en la afirmación que hace el papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti: “Muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos (…) nos lleva a peguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias” (No. 22).

De ahí que la “Minga Indígena por la defensa de la vida, del territorio y la paz” que actualmente está en Bogotá pidiendo hablar con el presidente de la República -el cual no quiere establecer tal diálogo- reclama lo que la pandemia ha hecho más evidente: “el modelo económico y de desarrollo que se vive, está llevando a la humanidad a una grave crisis planetaria. Y, en Colombia, esa crisis está cobrando la vida de miles de líderes, lideresas, dirigentes y jóvenes que levantan la voz en defensa de los derechos y también, la vida de miles de hermanos y hermanos indígenas por el contagio del virus, un virus que en el sentir de nuestros Mayores y Sabedores, tiene el espíritu de la época que vivimos y que se refleja en el Gobierno de Iván Duque, un gobierno que sin vergüenza, gobierna con y para unos pocos, para las empresas extractivistas y el capital financiero, triplicando la deuda extrema y empobreciendo cada vez más al país” (Declaración política – Defender el Derecho a la Protesta Social con plenas garantías para la Minga Social y comunitaria del Suroccidente).

Y continua esta Declaración Política diciendo “que en la medida que la crisis social y económica se hizo más tangible y afectó de manera desproporcionada a los más pobres mientras le servía a los ricos y poderosos para seguir aumentando sus privilegios, los pueblos y ciudadanos empezaron a retomar los procesos de lucha con la conciencia que necesitamos mantenerlos y fortalecerlos, con mayor ahínco, en medio del régimen que tenemos. La lucha es de largo aliento”.

Estas reivindicaciones se unirán el próximo 21 de octubre con el Paro Nacional convocado por las centrales obreras del país con el lema: “Por la vida, la democracia y negociación del pliego de peticiones”. A este Paro se unirán organizaciones sociales y campesinas que reclaman mejores condiciones laborales, derecho a la salud y, sobre todo, respeto a la vida.

La Conferencia Episcopal Colombiana sacó un comunicado el pasado 18 de octubre haciendo un llamado a las autoridades gubernamentales, las instituciones públicas y privadas y en general a todo el pueblo colombiano, a favorecer el diálogo social -como lo pide el papa Francisco en la Fratelli Tutti (No. 211), a evitar que se desvíen los legítimos propósitos de la minga, reconociendo los rostros indígenas y afrocolombianos a quienes no se les ha tratado con dignidad e igualdad de condiciones. Además, la iglesia colombiana en ese comunicado, se compromete “en la tarea de crear conciencia social acerca de la realidad de los pueblos indígenas y sus innumerables valores, impulsando el reconocimiento pleno de sus derechos individuales y colectivos y los acompañemos especialmente en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa de sus territorios, el acceso a la educación intercultural y el ejercicio de sus derechos ciudadanos”. Termina el comunicado reafirmando “la necesidad de crear entre los colombianos una verdadera cultura del encuentro fraterno que nos permita abrirnos a los hermanos, descubrir la riqueza de la diversidad, sanar heridas, tender puentes y abrir caminos para la convivencia y en la justicia y en el bien común”.

Por supuesto que la descalificación de todo este movimiento viene de muchas partes comenzando por el gobierno nacional. Se apela a decir que ya tienen mucho territorio -como si no fueran los dueños del mismo pero a los que se los arrebataron desde hace tantos siglos-, o que su defensa del agua y del territorio no aporta a la economía o que están infiltrados por intereses “populistas” o simplemente desde ese “racismo” introyectado que tenemos se desprecia todo lo que es indígena o afro porque no son “civilizados” como falsamente nos han hecho creer desde esa mirada occidental, blanca, hegemónica, etc.

Mucho se ha “alabado” la encíclica del papa Francisco. La iglesia colombiana, en este caso, ha hecho un pronunciamiento verdaderamente importante, evangélico y en comunión con lo dicho en la encíclica. Ojalá que tantos creyentes no dejen pasar la ocasión de mirar a los pobres y escuchar sus gritos para como el buen samaritano, curen sus heridas y no dejen de acompañarlos hasta que sus derechos sean efectivamente reconocidos.

domingo, 11 de octubre de 2020

 

Fratelli Tutti: una propuesta para pensar el mundo desde los pobres


Después de leer esta encíclica social del papa Francisco, algo extensa (8 capítulos y 287 numerales), me ha surgido abordarla a partir del título que le he dado, título que me lleva a pensar que tal vez muchos creyentes repetirán la actitud del sacerdote y del levita -de la parábola del buen samaritano- (texto que ocupa el segundo capítulo de la encíclica) y pocos tendrán la misma actitud del buen samaritano con los heridos, asaltados, vulnerados, explotados, marginados de nuestro mundo actual: “sentir compasión, vendar las heridas, echar en ellas aceite y vino, montar al herido en su propia cabalgadura y llevarlo a una posada para cuidarlo. Después, pagarle al posadero para que lo siga cuidando, asegurándole que, si gasta más dinero, él lo pagará a su regreso” (Lc 10, 25-37). Efectivamente, ser buen samaritano es asumir “una vida con sabor a evangelio” (n.1)[1] y esto sigue siendo un ideal loable pero un fracaso práctico. Si tantos cristianos que somos, viviéramos el evangelio, ni nuestro mundo tendría tanta injusticia, ni la dignidad humana de millones de seres humanos sería pisoteada, continuamente, de tantas formas.

La encíclica comienza presentando la realidad que vivimos, definiéndola como: “Las sombras de un mundo cerrado”. El papa señala los “sueños rotos” de una Europa unida y una integración latinoamericana (n. 10) y la negatividad que suponen los nacionalismos crecientes (n.11). También, la prevalencia de la economía y las finanzas como modelo cultural único, en el que los intereses individuales llevan la primacía por encima de la dimensión comunitaria (n.12), la colonización cultural que priva a los pueblos de su historia, de su identidad (n.14), la polarización que no permite el diálogo (n.15) ni el trabajo por la casa común (n. 17). Algo muy acuciante es el “descarte mundial” con políticas que buscan el crecimiento económico, pero no el desarrollo humano integral (n.18-21).

Un pensamiento transversal a toda la encíclica es el no respeto a la dignidad humana que tiene toda persona -sin importar su sexo, condición socioeconómica, etnia, religión, ideología política, y mejor aún, su bondad o su maldad -por eso afirma un “no” rotundo a la pena de muerte-, porque “ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal” (n.263-270). Por esa falta de respeto a la dignidad humana, “los derechos humanos” no son iguales para todos (n. 22), las mujeres siguen siendo excluidas, maltratadas y sometidas a muchas clases de violencia (n.23), se viven diversas formas de esclavitudes (n. 24), guerras y persecuciones por motivos raciales o religiosos (n.25), obsesión por el propio bienestar, avances en tecnología, pero no en la inclusión (n.31). La economía procura reducir costos humanos, asegurando que el mercado es la solución -teoría que nunca ha mostrado su eficacia (n.33). Fenómenos como las migraciones exigen la respuesta global por parte de todos los países de “acoger, proteger, promover e integrar” (n.129). Y los medios de comunicación, con todas las bondades que encierran, tienen el peligro de crear movimientos de odio, de agresividad (n.43-44) o de enmascarar la verdad, creyendo que esta depende de la cantidad de información y no de la fidelidad a los hechos (n. 208). Frente a este mundo de sombras, Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien y la esperanza es una actitud fundamental arraigada en lo profundo del ser humano que no deja de creer en un futuro mejor (n.54-55).

Por todo lo anterior, el papa propone la amistad social y la fraternidad universal pero no como simples actitudes personales -las cuales son necesarias e indispensables- sino como actitudes políticas y estructurales para transformar nuestro mundo. El derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente no puede ser negado en ningún país (n.107). “Mientras nuestro sistema económico y social produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal” (n.110). La solidaridad es servicio y cuidado a los más débiles (n.115). Es pensar en términos de comunidad, afirmando la prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra, de vivienda, de negación de derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero. Pero todo esto no se hace mágicamente. Se necesita la organización social y, concretamente, los movimientos populares (n.116) para exigir tierra, techo y trabajo para todos, verdadero camino hacia la paz (n.127)

Ante tantas demandas actuales, Francisco recuerda la función social de la propiedad: La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada. Este es un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes. En las sociedades actuales, este orden es invertido frecuentemente (n.118-120). El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima del derecho de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni del respeto al medio ambiente. La apropiación de algo solo debe ser para administrarlo pensando en el bien de todos (n.122).

La amistad social solo es posible desde una política puesta al servicio del bien común (n.154). En este sentido es muy importante entender la propuesta del papa porque, en momentos políticos tan convulsionados como los que vivimos en América Latina, se puede tergiversar fácilmente su pensamiento. Denuncia las “formas populistas” y las “formas liberales” que utilizan demagógicamente al pueblo (n.155) pero defiende la legitimidad de la noción de pueblo y denuncia los intentos de eliminar esta palabra del lenguaje. La democracia es el gobierno del pueblo, es la capacidad de tener un sueño colectivo. Por eso si los términos “pueblo” y “popular” no se incluyen, se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social (n.157), Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común (n.158). La política ha de promover el bien del pueblo, logrando un verdadero desarrollo económico (n.161-162).

Las visiones liberales rechazan la categoría pueblo porque tienen una visión individualista y acusan de populistas a los que defienden los derechos de los más débiles (n.163). Estas visiones liberales, impregnadas de neoliberalismo, pretenden que el mercado resuelva todo. La pandemia ha evidenciado la falacia de la libertad del mercado y la dictadura de las finanzas (n.168). Muchas visiones economicistas no dejan lugar a los movimientos populares, ni consideran que la política debe incorporar a los pobres como sujetos, sin embargo, sin ellos, “la democracia se atrofia, se convierte en un nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por su dignidad, por la construcción de su destino” (n.169). En definitiva, no puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y hacia la paz social sin una buena política y esta no es una política “para” los pobres sino “con” los pobres (n.176).

Por eso, rehabilitar la política es una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común (n.180). La caridad es más que un sentimiento subjetivo, es un compromiso con la verdad y con la construcción de proyectos y procesos de desarrollo humano de alcance universal. (n.184). La caridad, corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos que implica mucho más que obras asistenciales. Es sobre todo abrir los cauces de participación social a los pobres para vivir el principio de la subsidiariedad que es inseparable del de la solidaridad (n.187).

La propuesta del diálogo y la amistad social supone un reconocimiento del otro, de sus posibles verdades, una escucha sincera y una búsqueda conjunta del bien común, sin pretender salvar solamente el punto de vista propio. Supone abrirse a la verdad y aceptar principios fundamentales -como el de la dignidad humana- para poder construir consensos. Estos no implican relativismo sino la aceptación de valores fundamentales que pueden unir a ateos y a creyentes (n.198-214). En este mismo sentido, el diálogo favorece la cultura del encuentro que supone tender puentes y derribar muros. El sujeto de esta cultura del encuentro es el pueblo porque el diálogo que busca la paz social no puede callar las reivindicaciones sociales. Por el contrario, debe llevar a incluir a todos y garantizar los derechos para todos. Cuando un sector pretender disfrutar de todo como si los pobres no existieran, provoca tarde o temprano la violencia. Un pacto social realista e inclusivo debe ser también un pacto cultural (n.215-221).

La construcción de la paz supone la verdad histórica -el pueblo tiene derecho a saber lo que pasó-, y va de la mano de la justicia y la misericordia (n. 225-227). La amistad social implica acercamiento a los grupos sociales distanciados, pero también el reencuentro con los más empobrecidos y vulnerables (n.233). Quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de desarrollo humano integral no permiten generar la paz. Si hay que volver a empezar siempre será desde los últimos (n.235).

La superación de los conflictos implica el perdón y la reconciliación. Pero el perdón no es aceptar el mal que otros infringen ni dejar de luchar por los derechos vulnerados (n.241). Es no dejarse atrapar por la venganza y cultivar las virtudes que favorecen la reconciliación, la solidaridad y la paz (n.243). Es necesario vencer la tentación de caer en la lógica de la guerra con excusas supuestamente humanitarias. No hay guerra justa, ¡nunca más la guerra! (n.258)

La fraternidad universal no puede vivirse sin el aporte que tienen todas las religiones (n.271) y sin el testimonio de la unidad (n.280). Además, las religiones han de conversar y actuar juntas por el bien común y la promoción de los más pobres (n.282). La paz está inscrita en el corazón de todas las religiones (n. 284) y ninguna religión ha de promover la intolerancia, la guerra, ni los sentimientos de odio (n.285).

La encíclica termina haciendo referencia a Carlos de Foucauld, quien realizó su entrega a Dios, identificándose con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. Su deseo era sentir a cualquier ser humano como un hermano y pedía a un amigo suyo que rogara para que Él fuera realmente el hermano de todos. Quería ser el hermano universal. Y sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos (n.287).

Y retomo lo que dije al inicio. Este mensaje del pobre, del dejarlo todo para seguir a Jesús “es muy duro” y pocos entran por la “puerta estrecha” -como le pasó al joven rico del evangelio- (Mt 19, 16-30). Construir un mundo desde los últimos no es la lógica imperante. No es el ideal de muchos cristianos. No es el punto de vista de muchos que dicen creer en Dios y en la fraternidad universal. Por eso ante esta encíclica muchos enfatizan la alegría de la fraternidad, lo bonito de la amistad social, lo importante de recuperar la ternura y la amabilidad, la urgencia de no caer en populismos, lo bueno de entablar el diálogo ecuménico y muchos otros aspectos válidos e importantes pero que no constituyen el corazón de la encíclica, ni del evangelio. Pero la invitación de Jesús al banquete del reino (Mt 22, 1-14) sigue vigente y tal vez algunos decidan entrar y poco a poco la mesa se llene de comensales dispuestos a empezar por los últimos y hacer posible un mundo de hermanos y hermanas donde nadie sea el mayor sino todos servidores de los demás.

Lástima que el papa Francisco que habla con audacia y claridad en los temas aquí expuestos, no escuchó la voz de las mujeres que explícitamente le pidieron usar el lenguaje inclusivo para que la encíclica respondiera más al cambio de mentalidad y estructural que urge en la sociedad y en la iglesia para una inclusión real de ellas en estas instancias y que en su horizonte no parezcan entrar otras realidades actuales como la diversidad sexual, totalmente invisibilizada en este documento y sin la cual no se podrá construir nunca una fraternidad y sororidad universales.  

 



[1] Los números entre paréntesis corresponden al numeral de la encíclica

lunes, 28 de septiembre de 2020

 

EN TIEMPOS DE POSCUARENTENA ¿QUÉ HEMOS APRENDIDO DE LA PANDEMIA?

 

Las cuarentenas van terminando, aunque la pandemia continúe con alzas y bajas, aislamientos selectivos y medidas de bioseguridad. Comienza a haber distancia suficiente para hacer balances y sacar conclusiones, aunque siempre limitadas y parciales, vistas desde el propio lugar, sin pretensión de generalizarlas.

A nivel personal, la pandemia nos confrontó con la limitación y la vulnerabilidad humana. Comprobamos que no estamos exentos de ser afectados por circunstancias que ni imaginábamos y solo queda la opción de protegernos y asumir el dolor por las pérdidas de vidas que se han dado. Pero también estamos viendo cómo, a quienes no les ha afectado directamente, siguen como si no pasara nada, sin poner todas las medidas adecuadas para protegerse y proteger a los demás, inmersos en el día a día, sin mayor reflexión sobre la realidad que se vive. Parece que la superficialidad es parte también de nuestra humanidad y mucha gente vive en esa esfera. Con tal de que no les afecte directamente, no interesa lo que pase en el resto del mundo.

A nivel social es muy ambigua la reflexión que se hace. Ante las pérdidas económicas que han sufrido muchas personas, lo lógico es el rechazo a las cuarentenas porque, efectivamente, muchos se han visto afectados. Los más pobres no han recibido las ayudas ofrecidas por el gobierno y algunos sectores de la clase media la están pasando mal porque ni clasifican para dichas ayudas, ni pueden pedirlas abiertamente por eso “del qué dirán” -que condiciona tanto y que hace que la gente sufra en silencio-. Esto lleva a que ahora se diga que la cuarentena produjo la recesión económica -cosa que es verdad- pero no se complete la afirmación de que, sin cuarentenas, los muertos hubieran sido muchísimos más. Además, no siempre se sacan otras consecuencias que son importantes. La pandemia reveló, una vez más, la cantidad de gente que vive en pobreza y la informalidad del empleo que viven la mayoría.

A nivel educativo se constató la cantidad de niños que no tienen ni conexión a internet ni los medios tecnológicos para seguir sus clases. Con el mismo celular -si es que la familia tiene- se conectan todos en casa para trabajar y estudiar. Pero el problema no es la deficiencia de educación que genera la virtualidad sino la falta de los medios adecuados para que esta pueda ser de calidad.

Y podríamos seguir nombrando todas las consecuencias que ha traído la cuarentena -especialmente a nivel económico- y que nos deberían llevar a pensar cómo construir un sistema económico que garantice la vida digna para todos en pandemia y sin ella y no contentarnos con volver a hacer lo mismo de antes, sin aprender de lo vivido. Se escucha que, gracias al levantamiento de la cuarentena, se reactiva la economía, pero cabe preguntarse ¿cuál economía? ¿la misma que traíamos? Pareciera que sí.

Se constata, por tanto, que no se aprende fácilmente de las dificultades, sino que muchas personas solo esperan que estás pasen para volver a lo mismo. No olvidemos el bien que le ha hecho a la creación este parón que se ha dado a nivel global pero que ya va a quedar en un recuerdo lejano que no alcanzó a despertarnos frente al daño ambiental causado por el ritmo de vida y de economía que llevamos.

A nivel religioso parece que tampoco se ha aprendido demasiado. Algunos inclusive han tomado la cuarentena como posturas del gobierno contra la iglesia, lo cual es absurdo, en este caso concreto. Y actualmente algunos proclaman que “se reabren los templos” y el “derecho que tenemos de volver a ellos”, como si alguien con mala intención lo hubiera impedido. Me parece que se perdió, una vez más, la oportunidad de repensar nuestra fe y volver a lo esencial.

Creo que la iglesia tendría que ser la primera en defender la vida -como tanto lo proclama- pero también la vida en tiempos de pandemia. Por supuesto hubo sectores que lo hicieron, pero también hubo muchos que, desde una fe muy desorientada, invitaban a rezar para que Dios nos liberara de la pandemia o a hacer rituales y negarse a la cuarentena, creyendo que, por mucho rezar, Dios acabaría con el virus. Parecen creer que Dios mando el virus. Extraña fe que todavía se basa en un Dios que envía pruebas y castigos.

Además, en algunos ambientes eclesiales, se perdió la oportunidad de reflexionar sobre la iglesia doméstica -que no es solo rezar juntos-, sino vivir juntos las veinticuatro horas del día, en paz y armonía. Y vivir el significado de lo que es ser iglesia -una comunidad de personas reunidas en nombre de Jesús- mucho más profundo que el espacio físico llámese templo, iglesia, oratorio, capilla, etc., por bonitos y significativos que sean. La cuarentena podría haber sido un tiempo privilegiado para una vivencia profunda del ser iglesia que vive una misión más allá de lo litúrgico: una iglesia en salida que se compromete con el devenir humano, desde la solidaridad, la misericordia, la esperanza. Por supuesto, muchos creyentes han vivido muy bien su fe en este sentido, pero no queda claro, ahora que parece que volvemos a la “normalidad” si se creció en la experiencia de fe vivida en tiempos de pandemia.

Para algunos clérigos, abrir los templos es recuperar la “estabilidad económica” que se perdió por la falta de fieles -aunque esto no se diga abiertamente- y para algunos laicos es volver a esa fe que se aferra a lo externo y a la seguridad que dan los espacios mal llamados (después de Vaticano II) “sagrados” y no arriesgarse a vivir la fe que se compromete con los demás sin límite, ni medida, porque no hay mejor lugar para encontrar a Dios que el otro con el que Jesús se identifica totalmente: “aquello que hiciste con uno de esos, a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40).

Tal vez exagero un poco. Tal vez no. Los frutos de nuestra vida cristiana lo dirán. Veremos si la poscuarentena nos hizo más humanos, más comprometidos con la vida, más preocupados por la justicia social, más empeñados en formar comunidades vivas -templos vivos-, en los que todos reconozcan al Dios de la vida, presente en tiempos de pandemia, de cuarentena, de poscuarentena y, ojalá pronto, de pospandemia.

 

 

lunes, 21 de septiembre de 2020

 

¿Cómo ilumina la Palabra de Dios nuestro presente?

 

El mes de septiembre se conoce como el mes de la Biblia, especialmente, porque el 30 de septiembre se celebra a San Jerónimo quien tradujo la Biblia al latín, edición conocida como “la Vulgata” (esta palabra significa edición para el pueblo). Con Vaticano II y, concretamente, con la constitución Dei Verbum, se volvió a remarcar la centralidad de la palabra de Dios para la vida cristiana y se invitó a apropiársela realmente.

Las iglesias cristianas (no católicas) han logrado que la Biblia ocupe el centro de la vida creyente y sus cultos giran alrededor de la palabra. Sin embargo, algunos de estos grupos, tienen como desafío asumir la “interpretación” de la Biblia para no caer en una visión “literalista” o “fundamentalista” que hace imposible el diálogo con ellos. Interpretar la Biblia quiere decir preguntarse qué quiso decir el autor sagrado, cómo era su contexto para usar esos ejemplos, qué géneros literarios utilizó, cuál sería el propósito de esas afirmaciones, etc. Es decir, los estudios bíblicos son una mediación indispensable para no hacerle decir a la Palabra de Dios lo que no dice y para que esa palabra divina tenga sentido y vigencia para este presente.

En lo que respecta a los católicos, la Palabra de Dios es muy importante y se reconoce la necesidad de acudir a ella. Pero, por una parte, también se da, algunas veces, esa postura fundamentalista que señalamos antes y, por otra, aún no llega a ser, en muchos casos, una referencia fundamental para la vida de fe. Aunque en la celebración eucarística la “Liturgia de la Palabra” ocupa toda la primera parte, pocos pueden, al terminar la liturgia, recordar qué decían las lecturas. Y si a eso añadimos que a veces la predicación de los presbíteros no se centra en la palabra de Dios, sino que se alarga interminablemente tratando otros temas, es comprensible que la Sagrada Escritura no llegue a ser tan conocida ni ocupe un lugar central en la vida de muchos católicos. Sobre este aspecto de la predicación dominical, el Papa Francisco dedica en la Exhortación Evangelii Gaudium un largo apartado a la homilía y a su preparación (n.135-159) afirmando que esta no acaba de responder a lo que debería ser y, de hecho, el pueblo de Dios lo resiente (n.135). Señala que, a veces, el predicador se alarga tanto que el que brilla es el predicador y no el misterio de fe que se celebra (n.138). También dice que no se sabe escuchar la fe del pueblo para saber lo que se tiene que decir y cómo decirlo (n.139) o se queda en una actitud moralista o adoctrinadora lo cual no es el objetivo de ese momento (n.142). Pero, lo más importante -y que se refiere a la reflexión que estamos haciendo-, la homilía ha de centrarse en el texto bíblico buscando entenderlo bien para no manipular la Biblia (n.146) porque por más que nos parezca entender las palabras que están traducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendamos correctamente lo que quería expresar el escritor sagrado (n.147). En definitiva, Francisco señala la necesidad de un acercamiento serio a la Palabra de Dios realizando una interpretación correcta y dejándose tocar existencialmente por ella para anunciarla desde la propia experiencia (n.150).

Queda, por tanto, para todos los cristianos el desafío de disponerse mucho más a escuchar la Palabra de Dios, entenderla seriamente y dejar que esa palabra transforme la propia vida y el mundo en que vivimos. Ese debería ser el fruto de este mes en que la conmemoramos especialmente.

Pero ¿Qué nos puede decir la Palabra de Dios para este tiempo marcado por una pandemia que no ha discriminado ni países, ni estrato social, ni cultura, ni edad, ni religión y ha afectado globalmente toda nuestra realidad? Las consecuencias de sufrimiento y muerte han tocado, prácticamente todos los lugares de la tierra, con algunos más vulnerables: los ancianos por su edad, los que sufren otras enfermedades por su condición física y, la mayoría de pobres porque no cuentan con los medios básicos para protegerse y cuidar efectivamente de su vida.

¿Qué dice la Palabra de Dios a nuestra realidad presente? No podemos encontrar en ella referencias al covid-19 porque este virus no existía en ese tiempo como tampoco existían muchas otras realidades que son de este presente y que los autores bíblicos ni imaginaban que existirían. Pero quienes creen que allí están todas las respuestas ofrecen algunas soluciones bien extrañas a esta realidad del virus, como proponer ciertos tipos de exorcismos o rituales o curas milagrosas que nada tienen que ver con el texto bíblico.

Pero esto no quiere decir que la Biblia no ilumine nuestro presente. Por supuesto que sí, pero haciéndole la pregunta adecuada: ¿cómo entendió el pueblo de Dios y la primera comunidad cristiana la presencia de Dios en su historia? Y desde esa perspectiva preguntar ¿cómo podemos entender la nuestra y de qué manera Dios está presente en ella? Las respuestas surgirán de muchos modos según el texto que leamos, pero seguramente encontremos una actitud fundamental: Dios camina a nuestro lado, sosteniéndonos frente a toda circunstancia. Y no deja de invitarnos -como lo dice el texto bíblico- a superar esta situación con toda la fe, la esperanza y el amor que el Señor mismo pone en nuestros corazones. La vida cristiana iluminada y sostenida por la Palabra de Dios encuentra las fuerzas para estar ahí -en primera fila- atendiendo las necesidades inminentes, buscando soluciones científicas y humanas a este problema y proyectando un futuro más preparado para lo que siga aconteciendo. Una vida comprometida con cada presente histórico, da testimonio de la palabra “que desciende como la lluvia y no vuelve allá sin que empape la tierra, la fecunde y la haga germinar” (Is 55, 10).