sábado, 11 de diciembre de 2021

 

Adviento: tiempo de preparación y de esperanza

 

Olga Consuelo Vélez

 

Por segundo año consecutivo estamos celebrando Adviento marcados por la pandemia. Parece que la incertidumbre y la esperanza, de nuevo se dan cita para mostrar que así es la vida humana. En efecto, no dejamos de toparnos con la limitación, el sufrimiento, la enfermedad e incluso la muerte, pero al mismo tiempo, mantenemos la esperanza en un futuro mejor.

Por eso la gente, a pesar de los dolores que trae consigo la pandemia, se prepara para vivir este tiempo. Las casas se han adornado, las calles están llenas de luces, la música navideña comienza a sonar a nuestro alrededor y, ya con menos limitaciones de aforos, hay muchos más encuentros y se planean reuniones para celebrar las fiestas que se acercan.

Es un tiempo que contagia alegría, independiente de sí las personas se dicen creyentes o no. Simplemente se entra en ese ambiente que parece distinto y da la sensación de descanso, de tranquilidad, de que se acaba algo y puede empezar otra cosa nueva.

Para los que tenemos fe, este tiempo de adviento nos anuncia una buena noticia, aunque esta, a veces, se diluye entre tantas luces y fiestas. Conmemoramos el nacimiento de Jesús en quién Dios se ha hecho presente en lo humano. Desde entonces, podemos celebrar que ya Dios no es el misterio lejano y desconocido sino el ser humano cercano y solidario, que comparte todas nuestras alegrías y preocupaciones.

Si nos fijamos en las lecturas bíblicas de estos domingos de adviento, encontramos en ellas la invitación a prepararnos para este acontecimiento. En la figura de Juan el Bautista se nos anuncia que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6) en la medida que se “allanen los senderos, los barrancos se rellenen, las colinas se rebajen, lo tortuoso se haga recto” (Lc 3, 4-5). Es decir, que las situaciones cambien y sean favorables para la humanidad. Al oír la predicación del Bautista, la gente le pregunta: ¿Qué hemos de hacer? (Lc 3, 10) y Él les responde: “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3, 11) y el texto continúa con las respuestas de Juan el Bautista a los publicanos y a los soldados que también parecen buscar un cambio y quieren saber cómo hacerlo. De esa manera Juan exhorta a sus contemporáneos para que orienten su vida hacia el amor, la solidaridad, el bien común, la ayuda mutua, de manera que sea posible la buena noticia de la salvación que el Niño Dios ofrece.

Dicho de otra manera, el Dios hecho ser humano en Jesús, nos viene a mostrar que la salvación consiste en el bienestar de la humanidad. Su deseo es que a nadie le falte nada para vivir. Pero eso solo se puede hacer si el que tiene más es capaz de compartir con el que tiene menos. Ese sería el sentido de los regalos navideños: repartir todo aquello que somos y tenemos. Lamentablemente los regalos se convirtieron en un acto social, más expresión del consumismo desmedido que de un compartir solidario o signo de un formalismo social de dar para recibir, de dar para quedar bien ante los otros, de dar para mostrar que se tiene poder adquisitivo.

Fuera de la figura de Juan el Bautista, el evangelio del cuarto domingo nos habla de María e Isabel y el encuentro entre ellas. Allí Isabel reconoce que, en ese niño pequeño en el seno de María, se hace carne la salvación ofrecida por Dios y alaba a María porque, gracias a su fe, se hizo posible el cumplimiento de las promesas divinas (Lc 1, 39-45).

De ahí que nuestra preparación en este tiempo de adviento no consiste en obras extraordinarias sino en mirar nuestra cotidianidad y buscar vivirla con las mejores actitudes posibles. Hay tanto bien que podemos hacer. Tantas palabras que podemos corregir, tantas actitudes que podemos mejorar, tanto pasado que podemos perdonar, tantos desencuentros que podemos superar. Adviento nos invita a toparnos con la humanidad de Dios para que nos ayude a vivir la nuestra a todos los niveles: personal y social.

Aprovechar este tiempo para crecer en las relaciones de familia, de amistad, de colegas de estudio o de trabajo, de vecinos, de todos aquellos con los que de alguna manera nos topamos cada día. Pero también aprovechar el tiempo para pensar en un país distinto en el que la vida se garantice para todos y todas. Por eso, la dimensión socio política de la vida humana, no es ajena a la buena noticia de la salvación que el Niño que nace nos anuncia. Hay que atreverse a soñar con que se puede hacer otro tipo de política, otro tipo de economía, otro tipo de sociedad. Supone riesgo y apuesta por el cambio. Pero también revela nuestros miedos y la incapacidad de pensar que las cosas pueden ser distintas. Tal vez el Niño del pesebre nos ayude a creer que de donde parece no puede surgir nada, es posible que se transforme todo. Y que la esperanza que parece más propia de este tiempo, nos siga fortaleciendo para no dejar de creer en la buena noticia del Reino: “el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene”.

 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

 

¿Experiencia de sinodalidad en la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Finalizada la Primera Asamblea Eclesial nos preguntamos: ¿Qué se logró en ese evento y que queda de aquí en adelante? Para los que participaron directamente en ella les queda una experiencia positiva de encuentro, esperanza, optimismo, gratitud por haber tenido esa oportunidad de estar en primera fila pensando y soñando con una Iglesia distinta. Así lo expresaron muchos de los participantes y se sienten animados para responder a los doce desafíos pastorales que la Asamblea presentó al final de la misma. Dichos desafíos destacaron la necesidad de reconocer el protagonismo de los jóvenes, de las mujeres, del laicado, de los pueblos originarios y afrodescendientes, escuchar el clamor de los pobres, excluidos, descartados, de las víctimas de las injusticias sociales, dar prioridad a una ecología integral y renovar la experiencia de Iglesia como Pueblo de Dios, erradicando el clericalismo y formando en la sinodalidad a todo el pueblo de Dios.

Pero también el desarrollo de la Asamblea mostró las dificultades de hacer un proceso verdaderamente sinodal. Aunque Francisco afirme que la sinodalidad es la forma de ser y de actuar de la Iglesia en este milenio, más valdría decir que es la forma que debe aprender a vivir porque hace mucho no es esa la praxis eclesial.

Una mirada de conjunto nos permite ver que la preeminencia de lo clerical fue notoria. Casi todos los discursos, ponencias y agradecimientos giraron en torno del clero para el clero. Yo esperaba que se destacará mucho más la presencia de la vida religiosa, del laicado, especialmente de los jóvenes, por supuesto de las mujeres, y que se viera una configuración entre los participantes de mayor pluralidad étnica y cultural. Sí hubo gestos, especialmente en los momentos de oración, que rompieron la hegemonía de lo que siempre se hace. Pero las principales celebraciones no contaron con ninguna novedad: un altar lleno de clérigos y un laicado con las pocas participaciones que le son permitidas en la liturgia tal y como hoy la tenemos.

Pero donde veo que sí se pueden notar avances en la sinodalidad es en aquellas voces que se levantaron a lo largo de la Asamblea para hacer caer en cuenta que algo no estaba funcionando como se esperaba. De lo que tuve conocimiento, la Conferencia de Religiosos/as del Perú, envió una carta a la Asamblea Eclesial demandando una metodología en continuidad con el proceso de escucha: “Súbitamente experimentamos que este proceso se frenó para dar paso a una lista de afirmaciones, sensatas y razonables, pero que no corresponden al proceso desarrollado, a lo vivido anteriormente desde la convocatoria de esta I Asamblea Eclesial. De manera particular, queremos llamar la atención a lo ocurrido entre el segundo y el tercer día. En muchas conversaciones de grupo del miércoles hubo voces absortas por el descarrilamiento que tuvo lugar en la redacción de la síntesis. Es como si el proceso de escucha hubiera culminado con la premura de arribar a las cuarenta y tantas afirmaciones y estas quedaron descarriladas de todo lo vivido en las etapas previas. ¿qué ocurrió?”. Fue una interpelación muy clara, directa y oportuna.

En un sentido parecido, los asambleístas de Chile también expresaron disconformidad porque en la Asamblea no se le dio el puesto que se debía a la crisis de abusos en la Iglesia. En su comunicado también expresan la falta de continuidad entre el proceso de escucha y lo que se comenzó a hacer en la Asamblea. Parecía que el Documento para el discernimiento no hubiera sido el punto de partida, sino que comenzaran todo de nuevo.

Pero tal vez lo más significativo fue la comunicación de los jóvenes quienes también expresaron sus sentimientos y reflexiones sobre el camino que habían hecho. Primero reconocieron todo lo positivo que supuso la Asamblea y su experiencia en ella, pero expresaron de manera muy clara lo que habían notado a lo largo de la misma: “hemos notado que muchos mayores quieren liderar y no nos dejan soñar. De 1000 asambleístas es inadmisible que sólo 82 sean jóvenes laicos (menores de 35 años) (…) ha faltado que se nos involucre en los espacios de planificación y toma de decisiones de esta Asamblea (…) existen dificultades para participar como: (…) la anulación de la voz juvenil en algunos grupos de discernimiento. (…) Pareciera que a veces se pidiera la integración de las voces jóvenes de manera infantil o demandante (…) el aporte de los jóvenes queda condicionado al discernimiento, proyecciones y decisiones de alguien más y pierde la vida que hay detrás. Reiteramos, el camino recorrido hasta ahora es muy bonito, pero todavía no hemos superado pasar la estructura episcopal en la que los discursos y espacios se conceden a obispos y presbíteros, las voces de los laicos, las mujeres, los jóvenes y los religiosos no han sido escuchadas”.

De otras apreciaciones que leí en las redes sociales de personas que habían participado, supe que algunos clérigos quedaron molestos con algunas de las intervenciones porque claramente se pedía que el clero dejara su protagonismo y también que algunos invocaban que no deberían levantarse críticas para “no romper la sinodalidad”. Este último comentario es muy interesante porque es algo que es necesario reflexionar. A veces se cree que, para vivir la comunión, la sinodalidad, el amor fraterno, etc., se ha de abandonar la actitud crítica y aceptar las cosas como son, sin exigir nada, sin denunciar nada, sin pedir nada. A los que se atreven a levantar la voz se les mira con recelo y se les acusa de entorpecer los procesos. Personalmente creo que es todo lo contrario y que si podemos rescatar algo de sinodalidad en esta Asamblea Eclesial son los testimonios que acabé de señalar porque son esas voces las que en verdad confrontan el ser y actuar de la Iglesia y son ellas las que contribuyen decisivamente a que algún día, la sinodalidad sea una experiencia más real en la Iglesia.

En conclusión, ¿qué queda de esta Asamblea? Ojalá que los episcopados asuman estos desafíos y se preocupen por responder a ellos, pero, sobre todo, ojalá que reflexionen sobre lo que quedó evidente que no fue sinodalidad para que sean capaces de una conversión y las siguientes experiencias puedan seguir abriendo caminos en esa dirección. No es un camino fácil, pero sin duda es lo que “Dios quiere para la Iglesia” y ya que se habló tanto en la Asamblea de “desborde del Espíritu”, que ese desborde se note en una actitud de conversión de fondo, acogiendo las voces que se levantan para mostrar qué las cosas no están funcionando como deberían porque es en esas voces donde el camino de la sinodalidad comienza a ser posible.

 

 

 

martes, 23 de noviembre de 2021

 

La otra pandemia de nuestro tiempo: la violencia contra las mujeres

Olga Consuelo Vélez

El próximo 25 de noviembre conmemoramos nuevamente el “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la mujer”. Lo ideal sería que ya no hubiera que conmemorarlo, ni fuera necesario seguir insistiendo en la necesidad de erradicar dicha violencia, sino que se pudiera afirmar que ya ninguna mujer sufre en razón de su sexo. Pero mientras llega ese día, sólo queda seguir insistiendo en develar tal violencia que, tantas veces, es solapada, disimulada, justificada y supone todo un esfuerzo evidenciarla y mostrar que no se puede tolerar de ninguna manera. La sociedad patriarcal en la que vivimos la ha introyectado tanto en la conciencia de varones y mujeres, jóvenes y adultos que, por mucho que se muestren las evidencias, más de uno las niega sistemáticamente.

El origen de esta conmemoración se remonta a las hermanas Mirabal -Patria, Minerva y María Teresa- dominicanas que lucharon contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y, como a tantos que luchan, las asesinaron vilmente, pretendiendo hacer pasar su muerte como un accidente. Pero, en realidad, fueron secuestradas y asesinadas por los agentes del Servicio de Inteligencia militar dominicano el 25 de noviembre de 1960. Pero fue el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe de 1981, el que propuso que el asesinato de las hermanas Mirabal fuera recordado como día contra la violencia hacia las mujeres. Más adelante, en 1993, la ONU aprobó la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer reiterando su derecho a la igualdad, la seguridad y la dignidad y en el año 2000, declaró oficialmente esta fecha como Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.

Independiente de conmemoraciones, lo cierto es que la violencia contra las mujeres sigue, como lo constatan, entre otros, los informes de la ONU. Según este organismo, un 35% de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia física o sexual en algún momento de sus vidas y 137 mujeres son asesinadas cada día por miembros de la propia familia. Las mujeres y niñas representan el 72% de las víctimas globales de trata de seres humanos y las adolescentes tienen el mayor riesgo de experimentar relaciones sexuales forzadas. Con la pandemia la violencia contra las mujeres aumentó considerablemente pero solo un 40%, ha denunciado las agresiones que esta situación ha supuesto para ellas.

Las cifras nos alertan y reflejan algo del panorama mundial. Pero cada persona puede detenerse a mirar a su alrededor y darse cuenta cómo se vive esa violencia contra la mujer. Personalmente veo que muchas jovencitas están comenzando a crecer con otra forma de percibirse -exigiendo sus derechos- y eso da esperanza de que llegará el día para el cambio. Pero muchas otras repiten la historia de sus progenitoras: madres a temprana edad y viviendo la interminable cadena de violencias que se desprenden de las relaciones que se establecen en nuestras sociedades patriarcales, donde la mujer carga con la peor parte y depende en muchos sentidos del varón.

Pero, lo que más me sorprende, es la cantidad de mujeres que rondan los treinta-cuarenta años, con estudios y carreras profesionales exitosas que establecen relaciones con parejas violentas, pero no los denuncian, sino que lo disimulan y, las que llegan a separarse, guardan esa historia como un secreto y aducen que no dicen nada para no dañar la carrera profesional de la expareja o para evitar represalias.

También hay muchas mujeres profesionales que dicen no sentirse ofendidas, maltratadas, invisibilizadas, violentadas, ni con gestos, palabras, actitudes, estructuras o acciones concretas. Señalan que las mujeres pueden obtener lo que quieran y no deben existir cuotas de género porque eso es darles alguna ventaja que no deben aceptar. Seguro han vivido situaciones privilegiadas, pero también puede ser que prefieren no enfrentar esta realidad porque algo tendrían que reconocer sobre sí mismas y cuando la verdad es dolorosa, se evita fácilmente. No parece que se hubieran enterado de que la sociedad patriarcal a todos nos condiciona y, de alguna manera, todas hemos sufrido por ella.

Y, conozco también muchas otras que no sufren violencia física sino psicológica: constantemente sus parejas las critican, les exigen incluso económicamente para sostener el hogar y, aunque a simple vista parecen tan liberadas y tranquilas, solo con observar un poco, se percibe esa doble carga de la mujer en el hogar y esa violencia patriarcal expresada de tantas y variadas formas. Por supuesto, las realidades que he señalado no se cumplen en todas las mujeres y, muchas tienen una conciencia feminista muy honda y están abriendo caminos de liberación y nuevas perspectivas para las mujeres.

Pero la reflexión que quiero hacer es sobre todo desde el punto de vista creyente. Todavía no hay muchas voces que se levanten en nombre de la fe denunciando toda la violencia ejercida sobre las mujeres. No hay una autocrítica sobre la espiritualidad que se vive, permitiendo tanta violencia sin que se exija un cambio. Es importante incorporar esta realidad como un compromiso cristiano ineludible en aras de coherencia con la dignidad inviolable de todo ser humano, en este caso, de las mujeres. Y no solo levantar la voz frente a las violencias que se viven en la sociedad sino también las de dentro de la Iglesia porque mantener esquemas asimétricos entre varones y mujeres en su seno, es también violencia ejercida contra ellas, contrario al plan divino de salvación que no admite ninguna diferencia en razón del sexo: “(…) ya hay diferencia entre varón y mujer porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

lunes, 15 de noviembre de 2021

 

Y las mujeres siguen pidiendo lo que les pertenece 

¿cuándo se les devolverá lo que es suyo?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Se ha dado a conocer el “Documento para el Discernimiento comunitario” de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe que fue inaugurada el 24 de enero de 2021, seguida por una fase de escucha cuyo resultado ha sido este Documento y que tendrá su encuentro presencial y virtual en la semana del 21 al 28 de noviembre próximos en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México. Recordemos que esta Asamblea tiene como novedad que no es sólo Episcopal sino de todo el Pueblo de Dios. El propósito de esta Primera Asamblea es hacer memoria de los aportes teológicos y pastorales de la V Conferencia de Aparecida, celebrada en 2007 y formular las orientaciones pastorales prioritarias que animarán nuestro caminar para los próximos años.

 

El Documento para el Discernimiento comunitario tiene cuatro capítulos. El primero presenta el horizonte y propósito de la Asamblea recordando que desde las Conferencias de Medellín y Puebla la opción preferencial por los pobres ha sido una característica central de la Iglesia del Continente. El segundo capítulo muestra el entronque de esta Asamblea con la Conferencia de Aparecida resumiéndolo en la afirmación de “Todos somos discípulos misioneros en salida”. El capítulo tercero se refiere a los signos de nuestro tiempo que nos interpelan: la pandemia, el cuidado de la Casa Común, la creciente violencia en nuestras sociedades, el fortalecimiento de la democracia y la defensa y promoción de los derechos humanos y la educación integral y transformadora. Finalmente, el capítulo cuarto, trata los signos eclesiales que más nos interpelan: la Iglesia sinodal, el reto de anunciar el evangelio a las familias hoy, los jóvenes protagonistas de la sociedad y de la Iglesia hoy, de la pastoral en la ciudad a la pastoral urbana, un nuevo lugar para la mujer en la Iglesia y en la sociedad, el clericalismo, los casos de abuso en la Iglesia y el movimiento evangélico-pentecostal. En cada uno de estos signos se recoge lo expresado en la fase de escucha. Con seguridad no todos los participantes en esa fase expresaron las mismas inquietudes, ni las plantearon desde la misma perspectiva. Pero el Documento hace una síntesis que nos permite ver lo que preocupa, interpela, pide una respuesta.

 

En lo que me quiero fijar es en el signo eclesial sobre las mujeres que es uno de los temas pendientes en la Iglesia y en el que no se acaban de dar todos los pasos necesarios. Si recordamos, en el Documento final del Sínodo sobre la Amazonía (2019), documento que el papa Francisco dice que hay que tener en cuenta junto con la Exhortación Querida Amazonía (2020), se hicieron peticiones muy concretas sobre conferir ministerios a las mujeres y a los varones de forma equitativa e incluso se solicita el diaconado para las mujeres. El papa responde en Querida Amazonía que los ministerios ordenados están reservados a los varones. De todas maneras, hay que reconocer pequeños pasos que se han dado desde entonces. Por una parte, se modificó, por petición del papa, el canon del Derecho Canónico que restringía los ministerios de lectorado y acolitado solo a varones. Ahora ya no hay excusa para que algunos presbíteros impidan que la mujer ejerza esos ministerios. Por otra parte, el papa ha nombrado a varias mujeres en algunos puestos de responsabilidad.

 

Pero la urgencia de una participación plena de las mujeres en la Iglesia sigue pendiente y es así como se expresa en el Documento para el Discernimiento comunitario de la Asamblea eclesial. En el numeral correspondiente a este ítem se estructura con las siguientes expresiones: lo que más duele, lo que nos da esperanza, lo más ausente, lo más presente y propuestas. Se refiere al ámbito social en el que se pide, especialmente, erradicar todas las violencias contra las mujeres y cómo la Iglesia también ha de levantar su voz para denunciar y exigir un cambio en este aspecto. Pero en el ámbito eclesial se sigue insistiendo en lo que todavía falta: que se acabe la desigualdad en razón del género, fruto del machismo, la falta de escucha y el no reconocimiento del empoderamiento de la mujer. Además, se recuerda, que la verdadera Iglesia de Jesucristo será aquella que reconozca en plenitud el trabajo de las mujeres y así contribuya también como institución social, a un mundo sin misoginia ya que, en no pocos casos, algunas autoridades son conservadoras, machistas y clericalistas dificultando el acceso de las mujeres a roles de liderazgo o dirección en una Iglesia dominada por varones, cuando ellas son la gran mayoría del pueblo de Dios. Refiriéndose a las religiosas llama la atención la conciencia, cada vez mayor, de que muchas veces se les relega al servicio doméstico de los varones, supeditadas al sacerdote o diácono permanente, ignorando o minimizando su voz. En ámbitos eclesiales la teología sigue siendo patriarcal, no liberadora, sin considerar el pensamiento de la mujer. La Iglesia no se abre seriamente a la reflexión sobre la posibilidad de recepción de ministerios ordenados para las mujeres cuando la Iglesia está poblada mayoritariamente por mujeres y duele que la mujer no pueda votar en algunas de las estructuras formales de la Iglesia.

 

Como puede verse, las mujeres siguen pidiendo lo que les pertenece. En efecto, los estudios sobre la praxis de Jesús -su anuncio del reinado de Dios y el discipulado que se formó en torno suyo- y la organización de las primeras comunidades cristianas muestran la inclusión efectiva de las mujeres en roles de decisión, liderazgo y ministerial. O sea, las mujeres no están pidiendo algo inédito para ellas sino lo que les pertenece pero que la institucionalización y sacerdotalización posterior de la Iglesia fue quitándoles. Y, lamentablemente, la resistencia a hacer cambios es muy grande, expresándose en la creación de comisiones para estudiar si hubo diaconas en los orígenes de la Iglesia -vamos por la segunda comisión con el papa Francisco pero este tema ya había sido abordado antes, sin resultados positivos- y también en la resistencia de muchos cristianos, no solo clérigos sino varones y muchas mujeres, que no logran entender el sistema patriarcal en el que vivimos y se refleja en una iglesia encarnada en la historia y por eso, el documento para el discernimiento, afirma explícitamente: “falta a la mujer una mayor educación para cambiar el paradigma de sí misma y de su aporte a la sociedad y a la Iglesia”.

 

En definitiva, la Asamblea ya está a puertas de realizarse y esperemos dé frutos abundantes de renovación no solo para esta deuda pendiente con las mujeres sino para todos los otros signos sociales y eclesiales que interpelan y exigen una respuesta desde la fe. No me cabe la mejor duda de todo el esfuerzo, dedicación y compromiso que han puesto los organizadores. Pero mirando la dinámica de lo propuesto para su realización ya se ven ciertas ausencias del protagonismo laical: los saludos de bienvenida y discursos iniciales serán hechos por el clero. Las tres charlas sobre temas de reflexión están a cargo de presbíteros. La secretaria general la encabezan los clérigos. Sólo en algunos paneles y en ayudas para las síntesis y discernimiento aparecen algunos laicos/as y religiosas. Por supuesto los grupos de discusión contarán con la presencia fuerte del laicado, pero sigue la pregunta: ¿cuándo la estructura de la Iglesia y la de los eventos eclesiales comenzará a reflejar una Iglesia sinodal? Esperemos que algo se avance aquí y el Sínodo sobre la sinodalidad continue trabajando hacia ello.

 

domingo, 31 de octubre de 2021

 

Conmemoración del día de los santos y de los difuntos: una llamada para nuestra propia vida

 

Olga Consuelo Vélez

 

El mes de noviembre comienza con la solemnidad de todos los Santos. Sin embargo, muchas personas recuerdan más la conmemoración de los Difuntos que se celebra al día siguiente. México, por ejemplo, tiene muy arraigada esta tradición y la celebran familiarmente haciendo altares con fotos de los que ya fallecieron, colocando flores y otros objetos, además de compartir diversas comidas porque, de alguna manera, es una forma de volver a convivir con los seres queridos que ya murieron. En otros países, se va al cementerio, aunque, actualmente, con la cremación, esa práctica ha perdido algo de fuerza. Lo cierto es que ante la muerte de los seres que amamos, surge en muchas personas la necesidad profunda de creer que la muerte no apagó para siempre sus vidas y que preservar su memoria es una forma de prolongar su presencia. Además, se espera que ya descansen en la paz de Dios y que, cuando muramos, nos encontremos nuevamente con ellos.

Ese desear que nuestros familiares difuntos estén en la paz de Dios podría motivarnos más a vivir nuestra propia vida con mucha más responsabilidad para alcanzar esa misma paz, no solo después de muertos sino ya en este presente. Por supuesto la vida trae muchos problemas y circunstancias que se nos escapan de las manos y que conllevan dolor, preocupación, fracaso, sufrimiento. Pero también hay tantas otras realidades que sí está en nuestras manos remediar que sería muy importante que, al menos, esas circunstancias, las viviéramos mejor y pudiéramos disfrutar de la paz que ellas nos traen. Entre estas últimas podríamos señalar las relaciones con los demás, especialmente con la familia, las cuales por complejas que parezcan podrían ser mucho más gratificantes si tuviéramos menos orgullo, más tolerancia, menos prepotencia, más humildad. En otras palabras, si supiéramos reconocer que todos nos equivocamos pero que todos podemos enmendar nuestros errores y tener otra oportunidad para comenzar de nuevo. Si fuéramos capaces de ver que la muerte llegará tarde o temprano y lo que no hagamos aquí, ya no lo podremos hacer más adelante, tal vez nos esforzaríamos más por superar los desencuentros y vivir la alegría que da el llorar y el reír con los demás, el celebrar y el superar juntos las dificultades, el sentir que no somos seres para la soledad sino llamados a la riqueza del compartir.

Si hiciéramos lo anterior, no estaríamos lejos de alcanzar la santidad. Es verdad que esta palabra cada vez dice menos a las generaciones actuales y a muy pocos les atrae ser santos. Pero, entre otras cosas, no atrae la santidad, porque se cree que ser santo es tener unos dones extraordinarios o vivir unos sacrificios de tal magnitud que casi nadie puede imitarlos. Pero, en realidad, los santos y santas que hoy reconocemos, fueron personas de su época y con toda seguridad tuvieron limitaciones y equivocaciones, pero supieron apostar por hacer el bien y eso hizo insignificante lo negativo de sus vidas. El papa Francisco en la Exhortación Gaudete et exultate (2018) ha procurado rescatar la cotidianidad del ser santo, hablando de “los santos de la puerta de al lado”. En realidad, la santidad es para todos porque consiste en vivir nuestra vida de la mejor manera posible. Los santos de la puerta de al lado no son los otros sino también nosotros. Santidad es vivir con todo lo que supone nuestra humanidad y la de los demás y aprender a caminar con ello; supone retroceder y avanzar, temer y arriesgar, equivocarnos y corregirnos, en otras palabras, aceptar la limitación inherente a nuestra creaturalidad, pero desde ella seguir caminando porque no hemos sido creados para el fracaso sino para el amor y, mientras tengamos vida, es posible amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, ser felices y hacer felices a los demás.

En fin, tal vez la relación de las dos celebraciones de estos primeros días de noviembre podría ayudarnos a entender que la santidad es vivir la humanidad y que la humanidad, vivida desde el amor, es santidad. Podría ayudarnos a entender lo que el hombre rico no comprendió: Maestro ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna? (Mc 10, 17-23) y Jesús le respondió con los mandamientos, pero fue un poco más allá: “Ve y vende lo que tienes y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme”. Es decir, le invitó a salir de sí y compartir su vida y sus bienes con los demás, pero según el texto, parece que él no fue capaz de hacerlo. Quien quita que esta vez nosotros comprendamos que lo que “idealizamos con nuestros seres queridos que ya no están”, lo podemos vivir con los que tenemos todavía a nuestro lado. Quien quita que en este mundo sea posible la santidad, porque nos abrimos al diálogo y al encuentro, al perdón y a la reconciliación, a la comprensión y al comenzar siempre de nuevo, aprovechando el presente que tenemos para saborear desde aquí la paz que deseamos tengan ya nuestros difuntos y que un día deseamos alcanzar cada uno de nosotros.

 

domingo, 24 de octubre de 2021

 

La vida vivida como vocación

 

Olga Consuelo Vélez

 

La experiencia cristiana es, ante todo, una vocación, una llamada. No somos nosotros los que buscamos a Dios, sino que es Él, quien sale a nuestro encuentro. Es la experiencia que la Sagrada Escritura nos testimonia en figuras como Abraham, Moisés, Judit, Esther, Rut, María, los discípulos y discípulas y tantas otras personas que vivieron en carne propia el encuentro con Dios y no pudieron seguir siendo los mismos, sino que se sintieron convocados a anunciar y hacer posible el reino de Dios en el aquí y ahora. “En esa inmensa nube de testigos”, como lo relata bellamente la Epístola a los Hebreos (11, 2-12,4), vamos añadiendo nuestros nombres y, aunque reconociendo la precariedad de nuestro propio testimonio, nos esforzamos por entrar en esa dinámica para seguir construyendo un mundo desde la fe, la esperanza y el amor.

 

La respuesta a esa llamada del Señor se teje a lo largo de toda la vida, se consolida en la fidelidad del día a día y nos hace decir con el apóstol Pablo "No creo haber conseguido ya la meta, ni me considero perfecto, sino que prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance" (Flp 3,12). Supone un encuentro personal: "¿me amas?, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo" (Jn 21, 15-17). Y en esa historia de amistad, en esa vida compartida la persona se transforma desde dentro. La vocación se convierte así, no en algo accidental, sino en constitutiva de todo el ser y quehacer, abriéndose al horizonte de una misión que nos reclama: "apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17).

 

Esta llamada que se experimenta como irresistible es lo que diferencia la fe cristiana de cualquier otra opción que se hace en la vida. Supone la decisión personal, pero es más que eso: Es el don del amor que nos hizo “arder el corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras” (Lc 24,31). Esta experiencia nos pone en marcha como a los peregrinos de Emaús que vuelven a Jerusalén cuando reconocen al Resucitado (Lc 24,33) y nos hace anunciar a otros “lo que hemos visto y oído” (Hc 4, 20).

 

La vida vivida como vocación se constituye en sentido de vida. Surge en la persona la disposición interior a la realización de una misión que abarca todo su ser y se confirma con las aptitudes que se poseen. Moviliza de tal modo las energías personales que absolutamente todo lo que la persona realiza se convierte en realización de esa vocación. En este sentido el jesuita Pedro Arrupe, compuso un poema titulado “Enamórate” que dice mucho de lo que supone este horizonte vocacional: “(…) Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud (…)”. Otro santo, Pedro Poveda, fundador de la asociación laical Institución Teresiana, desde el horizonte educativo que propuso como vocación para sus miembros, decía: "Denme una vocación y les devolveré una escuela, un método, una pedagogía".

 

La profesión vivida en este horizonte más amplio, se convierte en una verdadera vocación. Esto nos sitúa en la misma dinámica de los primeros cristianos "que no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres (...) sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras (...) y adaptándose en comida, vestido y demás géneros de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de vida superior y admirable y por confesión de todos, sorprendente" (Carta a Diogneto V, 1-4). Aquí alguna sensibilidad puede rechazar la frase un tenor de vida superior. Es comprensible. La limitación del lenguaje y los usos de la época siempre son susceptibles de modificarse. Pero entendamos bien: la vocación imprime a nuestra vida un talante interior que es el aporte fundamental que podemos ofrecer a nuestros contemporáneos. Sin embargo, lo que es ineludible y tenemos que ofrecer es una vida que se vive como vocación y que le imprime la presencia del Espíritu en todo lo que hacemos. Nuestra profesión es el horizonte en que probamos nuestro amor a Dios y nuestro compromiso fraterno, pero si la profesión no está informada por el Espíritu, pierde su esencia, su razón de ser, su fecundidad.

 

En definitiva, quien vive su vida como vocación ensancha el espacio de su tienda y experimenta la fecundidad del Reino. Sabe que todo lo que hace tiene una dimensión trascendente. Su ser y quehacer se convierten en la acción de Dios mismo en nuestra historia. De hecho, Dios no tiene otra manera de hacerse presente entre nosotros. De ahí la radicalidad de la llamada a colaborar con el Reino: "quién pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9, 62). Efectivamente, la experiencia cristiana es la vida entera que se apasiona por hacer presente a Dios mismo en esta historia y en ello compromete todo lo que se es. Cuando se ha vivido la vida en este horizonte, la terminación de un empleo formal no significa el fin de un quehacer, sino un cambio en la realización de ese mismo quehacer que, ha sido, el que cada persona ha encontrado para desplegar lo mejor de sí misma. Por eso, en la vida cristiana, no existe la figura de la jubilación laboral, sino el gozo de hacer aquello que se sabe hacer, cada vez con más gratitud, más generosidad, más pasión, más desprendimiento.

 

Y una nota final: en tiempos en que se dice que “hay escasez de vocaciones”, entender la propia vida como vocación ayuda a matizar esa afirmación porque es verdad que hay escasez de vocaciones a la vida religiosa y presbiterial, pero eso no tiene que ir de la mano de falta de vocaciones a la vida cristiana. Tal vez este momento está diciendo que esos estilos de vida están urgidos de una renovación de fondo para que puedan ser atrayentes para la juventud de hoy y, posiblemente, tienen que entenderse desde el sentido más profundo que tiene esa vocación específica: pequeños grupos, como lo fueron las pequeñas comunidades cristianas, que desde su estilo de vida interpelan, alientan y dan testimonio del seguimiento de Jesús.

 

 

jueves, 14 de octubre de 2021

 

Santa Teresa de Jesús: inquieta, andariega, desobediente y mucho más….

 

Olga Consuelo Vélez

 

El 15 de octubre se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Su vida y su obra mantienen actualidad porque ella fue una mujer que supo vivir en “su tiempo” y “adelantada a este”. Vivió en su tiempo y afrontó las circunstancias que su momento le deparaban, con naturalidad, confianza, intrepidez. Pero también vivió adelantada a su tiempo porque rompió moldes y estereotipos de su época, ganándose así enemigos y contradictores. Muchas cosas podríamos decir de ella para mostrar la actualidad de su legado. Recordemos algunas para recordarla en su fiesta.

Fue una mujer a la que le importaba lo que pasaba y sentía la necesidad de implicarse en ello para dar alguna respuesta. Así lo expresa: “Está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que, por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”. O, como también lo expresó: “Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Por supuesto esta expresión refleja la comprensión sobre las mujeres de aquella época -y de aún hoy en ciertos sectores-. Pero para ella, aquellas que tildan de “débiles”, en realidad tienen “ánimos virtuosos y fuertes”.

Su mayor legado fue la experiencia de oración que supo vivir y enseñar, especialmente, a sus monjas. En tiempos donde no estaba permitida la oración mental para las mujeres, ella no duda en instar a sus hermanas que emprendan el camino de oración y que ante las críticas que puedan recibir de parte de los clérigos por tener la osadía de seguir ese camino, no les hagan caso porque, según ella, esas críticas –“son opiniones del vulgo”-; y también les recomienda que cuando les digan que dejen la oración, apelen a la regla que “manda a orar sin cesar”.

Dos cosas son centrales para ella en la oración: (1) la importancia del amor y (2) la humanidad de Cristo. Lo primero es muy significativo porque no es la oración por la oración, no la propone como una técnica, un ascetismo -como a veces se enseña hoy- porque lo que interesa es el amor: “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced”. Lo segundo es definitivo: la humanidad de Cristo es el medio para la más subida contemplación, aunque sus contemporáneos lo negaban: “Y veo yo claro (…) para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (…) He visto claro que por esta puerta hemos de entrar (…) Así que vuestra merced, señor (el P. García de Toledo) no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación, por aquí va seguro (…) y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y lo vemos con flaquezas y trabajos y es compañía”. Busca orientaciones sobre su propio proceso de oración, pero lo hace con personas “letradas” -porque sabe lo fácil que es caer en cualquier tipo de explicaciones falsas- pero, al mismo tiempo, para ella la oración es fuente de sabiduría porque “la verdad de Dios se nos entrega en la oración, en el trato amistoso con Él”. Por eso puede contradecir a quienes le dicen que no tiene razón.

Algo sorprendente son las fundaciones que hace. No hay dificultad humana que se lo impida porque su confianza es absoluta en Dios y sabe que, si ella pone todo de su parte, Dios no dejará la obra inconclusa. Sabemos que no solo funda conventos de mujeres sino también de varones. Y parece que no le tema a nada. Es capaz de enfrentarlo todo y no cesa de buscar soluciones a las dificultades que se le presentan. Actúa con astucia para conseguir lo que persigue y sabe ocultar sus intenciones para no ser reprobada por los superiores hasta que se realiza la obra: “Y así me determiné de hablar al gobernador, y me fui a una iglesia que está junto con su casa y le envié a suplicar que tuviese por bien de hablarme. Había ya más de dos meses que se andaba en procurarlo y cada día era peor. Como me vi con él, le dije que era recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor. Estas y otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me daba el Señor; de manera le movió el corazón, que antes de que me quitase de con él, me dio la licencia.”

Gracias a sus escritos podemos hoy seguir profundizando en su legado. Una y otra vez se estudian, se meditan, se oran, se reflexionan sus obras y siempre se saca mucho provecho de ellas. En sus escritos también muestra su osadía y su estar adelantada a su tiempo. Más de una obra fue cuestionada y retirada, pero la fuerza de su experiencia permitió que se recuperaran y podamos seguir aprendiendo hoy de su inmensa hondura espiritual.

Pero lo que más me encanta de Teresa es lo que un nuncio del Papa, afirmó de ella: "...femina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino y Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen”. Precisamente esas palabras muestran todo lo que ella fue en su tiempo, saliéndose de los moldes establecidos porque en realidad amaba a la Iglesia y no se resignaba a que en ella no se viviera la radicalidad del evangelio.

Personas como Teresa son las que necesitamos en este tiempo en que el Papa Francisco ha convocado al sínodo sobre sinodalidad: un tiempo para escucharnos, encontrarnos y discernir sobre los desafíos que vivimos. Pero esto solo dará buen fruto si en estos diálogos afrontamos lo que en verdad va mal en la iglesia y con la creatividad y audacia evangélica proponemos nuevos caminos que rompan moldes y se arriesguen a estrenar horizontes distintos e inéditos.