domingo, 22 de agosto de 2021

 

La próxima Asamblea Eclesial: un paso en el largo y difícil camino hacia una Iglesia sinodal

 


Seguimos en el camino de la “Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe” que fue inaugurada en enero de este año y tendrá su realización presencial en ciudad de México del 21 al 28 de noviembre en México (también se participará vía virtual). Actualmente se está en la “fase de escucha” que culminará el próximo 30 de agosto.

Por recordar algo para quienes no han seguido este evento, la iniciativa de esta Asamblea fue del papa Francisco quien, ante la petición de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) de celebrar la VI Conferencia (recordemos que la V fue la de Aparecida en 2007), propuso que en su lugar se celebrara una Asamblea Eclesial porque le parecía que podría ser más acorde con la idea de una Iglesia sinodal -según lo que Él mismo ha dicho sobre lo que tiene que ser la Iglesia del tercer milenio-, para que el laicado y la vida religiosa pudiera participar en pie de igualdad con los obispos. Quienes están implicados en esa tarea, están muy entusiasmados y esperan que, de verdad, el espacio de escucha sea aprovechado y que muchos participen -sea a nivel personal o grupal-, dejando sus reflexiones en la página web de la Asamblea, donde hay espacio para ello.

Personalmente he participado de algunos encuentros, organizados por diferentes movimientos laicales o de vida religiosa, con la intención de tratar algunas temáticas y así realizar un aporte que recoja el sentir de más personas. Creo que esos encuentros han sido ricos en sus reflexiones y anima ver cómo hay confianza de que “algo” va a cambiar en la Iglesia. Yo quiero que así sea, espero que así sea, confío que así sea.

Pero al mismo tiempo, tengo temores legítimos porque todavía veo que los que más participan son los grupos “establecidos” en la dinámica eclesial y sus aportes van en la línea de lo comúnmente aceptado. Aún, me parece, que no encontramos los mecanismos adecuados para que los que no están en la Iglesia o los que la dejaron por alguna razón, participen activamente diciéndonos lo que ven desde su posición. Esa sería una “escucha” muy valiosa porque entenderíamos mejor por dónde van los desafíos actuales -no desde el horizonte religioso que vivimos- sino desde el mundo tal como él es y dónde, sin duda, Dios habita, habla y nos interpela.

Pero también desde los que participamos activamente sería muy interesante que nos hiciéramos preguntas hondas y desafiantes. Pero no lo he visto demasiado ni en los encuentros que he estado, ni en los foros que se han propuesto en la página web de la Asamblea. En estos últimos he leído algunas intervenciones desde el horizonte de “conservar” lo que siempre fue así y de lamentarse por el mundo “perdido y pecador” que rechaza a la Iglesia. En los encuentros, aunque se han convocado con temas de actualidad, se percibe que falta mucho para una conciencia crítica que promueva y pida que se haga realidad un cambio de modelo eclesial, un fin del clericalismo, una participación plena del laicado y, especialmente, de las mujeres, etc.

En este sentido quiero recordar lo que dice el documento de la Comisión Teológica Internacional sobre la sinodalidad: un modelo de Iglesia sinodal implica a los sujetos, las estructuras, los procesos y los acontecimientos sinodales.

El que implique a los sujetos supone que revisemos a fondo el clericalismo que marca nuestra iglesia actual y se señalen formas, actitudes, estructuras que lo mantienen, buscando caminos que lo transformen. Y, por parte del laicado y vida religiosa supone que nos apropiemos de la participación plena a la que tenemos derecho. Y por plena me refiero a que tengamos “voz y voto” en los niveles de decisión. A este nivel hay mucha confusión en las mismas personas porque cuando se plantean estas demandas, muchos salen a “defender” diciendo que a ellos nunca les han impedido “servir” en la Iglesia y que “de hecho” el laicado y, especialmente las mujeres, organizan y llevan adelante la pastoral eclesial. Y, sí, eso ocurre en la mayoría de los casos. Pero una cosa es servir y hacer y otra cosa es pensar, planear y dirigir. Las dos cosas son necesarias y han de ser ejecutadas -sin ninguna exclusión- por todos los miembros del Pueblo de Dios, a los que la dignidad del bautismo, les hace “sacerdotes, profetas y reyes”, en sentido pleno.

Sobre las estructuras eclesiales se necesita repensar a fondo este modelo eclesial centrado en el clero, en la parroquia, en el obispo, en el papa, etc. Ya es hora de proponer modelos más circulares, donde hasta externamente se vea que en la iglesia “no hay diferencia entre quien es judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer” (Gál 3, 28).

Sobre los procesos sinodales, es muy valioso este proceso de escucha que la Asamblea Eclesial está propiciando. Pero la difusión para que más gente participe, no ha sido suficiente y queda ver cómo se recogen los aportes y qué papel jugarán en la realización de la Asamblea. En el Sínodo de la Amazonía hubo también una participación valiosa pero no sé si se “escuchó” en verdad el sentir del pueblo de Dios, al menos en lo que respecta a las mujeres. La Exhortación “Querida Amazonía” fue muy contraria en este último punto, a lo pedido insistentemente.

Finalmente, los acontecimientos sinodales serán los que muestren si, en verdad, se comienza a proceder de manera diferente en la Iglesia para hacerla verdaderamente sinodal. Me parece que la Asamblea Eclesial, siendo un espacio valioso, no tiene la categoría de una Conferencia o de un Sínodo. ¿Tendrá repercusión dicha Asamblea? Y ¿cuándo se propondrá un “acontecimiento sinodal” que de verdad incluya al laicado en su seno para testimoniar que la Iglesia apuesta por un modelo de Iglesia sinodal? Es lo que hay que seguir pidiendo, empujando, proponiendo. Tal vez algún día, el Espíritu, que nos sigue inquietando a muchos de los que amamos a la Iglesia y a otros que, habiéndola dejado, tienen razón en las críticas que hacen, sea escuchado con todas las consecuencias y no nos contentemos con pequeños pasos que, siendo necesarios, no son suficientes para la renovación eclesial que con tanta urgencia este tiempo exige, si no queremos que el éxodo de tantas personas siga creciendo.

 

martes, 10 de agosto de 2021

 

María, plenitud de mujer

(A propósito de la fiesta de la Asunción)

 

Una vez más, recordaremos, el próximo 15 de agosto, la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Este no es un dato bíblico, pero si un dogma proclamado por petición del pueblo de Dios que reconoció en María una ‘plenitud de vida’ que alguien como ella, sin duda, alcanzó.

Ahora bien, cada momento histórico interpreta la plenitud de vida según sus percepciones, imaginarios, situaciones, comprensiones alcanzadas. De ahí que la figura de María que todavía más cala en el imaginario de muchas personas es la de aquella mujer obediente a la voluntad de Dios, disponible para cumplir su querer, solicita con las necesidades de todos, madre amorosa que no niega a ninguno de sus hijos sus peticiones. También se reconoce en ella la mujer fuerte que estuvo al pie de la cruz acompañando a su Hijo en el momento más difícil y doloroso de su vida, sin perder la fe y la fidelidad prometida a Dios. Su plenitud de vida se ha reconocido, por tanto, en el horizonte asignado a las mujeres en la sociedad y en la iglesia: fieles, serviciales, humildes, capaces de entregarlo todo sin pedir nada a cambio.

La pregunta que surge hoy es si este modelo de mujer le dice algo a las jóvenes de hoy e, incluso a tantas mujeres adultas que han tomado conciencia de que la vida plena no significa solamente ‘entrega, renuncia y sacrificio por amor a los demás’, sino que ha de suponer también dignidad personal, lo cual implica, derechos y protagonismo, palabra y autoridad, descanso y fiesta, posibilidad de romper todas las barreras que por razón de su sexo se le han impuesto -a nivel civil, social, político, educativo, laboral, familiar, económico, eclesial, etc.-.

Surge entonces esa otra figura de María profundamente bíblica, aquella que según Lucas canta el Magnificat -texto profético y revelador de cómo actúa Dios: “derribando a los poderosos de sus tronos y ensalzando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo vacíos a los ricos” (Lc 2, 52-53) y que acoge el plan de Dios no con la sumisión de quién se doblega ante el que es más grande que ella, sino que dialoga para entender la propuesta –“¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc 2, 34). También la María que, según el evangelio de Juan, acepta con un protagonismo activo acompañar la misión de su Hijo –“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5) y en el momento de la cruz, cuando “Jesús entrega su espíritu” (Jn 19,30), recibe a otro hijo -Juan- concretando así la familia de los hijos e hijas de Dios (Jn 19, 26) que supera los lazos de sangre e inaugurando la naciente Iglesia que Lucas, en Hechos de los Apóstoles, expresará ya constituida con la venida del Espíritu Santo (Hch 1, 12-14).

No es que acomodemos a María a nuestros intereses personales o a las modas de cada momento. Es que el Dios que se revela en la historia sigue actuando en cada presente y nos permite interpretar de nuevas maneras la Palabra de Dios que dicha en un momento histórico -con sus géneros literarios, costumbres, códigos, visiones de su época-, es capaz de seguir hablando para todos los momentos haciendo posible que no pierda su vigencia y siga iluminando el caminar de los varones y mujeres de este presente.

Precisamente la hermenéutica feminista, ha permitido releer los textos desde la realidad de las mujeres y subrayar lo que en otro contexto quedó invisibilizado; entender los alcances y límites de todo texto bíblico y distinguir la revelación de las categorías socioculturales de un momento determinado. Por eso puede y debe proponer nuevos sentidos que iluminen este presente y transformen todo aquello que no corresponde a la intencionalidad del querer de Dios.

Desde aquí es posible afirmar que la vida plena que la Iglesia reconoció en la Virgen María y expresó como ‘asunta en cuerpo y alma al cielo’, hoy invita a seguir trabajando por esa vida plena para todas las mujeres de todas las edades, de todas las culturas, de todas las religiones. Celebrar la asunción de la Virgen María supone comprometernos a hacer posible ya -aquí y ahora- la erradicación de toda violencia contra las mujeres y el reconocimiento pleno de sus derechos, sin ninguna exclusión en razón de su sexo.

Es verdad que en muchos lugares ya existe una legislación que ha superado las muchas barreras que tuvieron las mujeres durante siglos. Que sigue creciendo la conciencia de la urgencia de transformar la sociedad patriarcal y machista por una sociedad igualitaria e incluyente en el que las mujeres no ocupen un segundo lugar. Que hay más educación, más posibilidades, más equidad para las mujeres. Pero también es verdad que hay muchos frenos, temores y prejuicios frente a esta nueva manera de ser mujeres y, no pocas veces, liderados por las iglesias. Por eso repensar nuestras fiestas religiosas y, especialmente, recuperar la ‘vida plena’ que María nos señala, no es una estrategia feminista sino una exigencia ética y evangélica de liberar a la Virgen de los estereotipos patriarcales, para encontrarla como abanderada de esa igualdad fundamental que la comunidad que surgió en torno a Jesús proclamó como querer de Dios y que Pablo expresó en la conocida cita de su carta a los Gálatas: “ya no hay judío, ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (3,28). En otras palabras, celebrar la Asunción de María es seguir creyendo que si en ella fue posible esa vida plena, también debe serlo para todas las mujeres, aquí y ahora, sin ninguna excepción.

lunes, 2 de agosto de 2021

 Libertades individuales y bien común

 


La tensión entre las libertades individuales y el bien común siempre existirá refiriéndose a muchas situaciones de cada día. Con el coronavirus de nuevo esa tensión ha salido a la luz y no es fácil ponerse de acuerdo. Desde Francia y otros países que se precian de la defensa de las libertades individuales hasta los países que ni siquiera tienen todavía acceso a las vacunas, hay muchos que piensan que no les deben imponer nada porque sería violentar sus libertades, como muchos otros que defienden la necesidad de que haya regulaciones y se decreten las medidas necesarias para garantizar la marcha de la sociedad. Y así seguiremos en ese debate y tal vez nunca logremos estar de acuerdo.

Pero me quiero referir a las experiencias religiosas y, concretamente al cristianismo, en el que la propuesta central es la fraternidad/sororidad, el bien común, la defensa del más desfavorecido, el compartir de bienes, etc., para cuestionar si, en verdad, nuestra fe se pone en primer plano para funcionar en la sociedad, si nuestro testimonio es claro y creíble, si lo que predicamos lo aplicamos.

Independiente de que el Estado regule o no, la coherencia entre lo que creemos y vivimos podría ser mucho más evidente en nuestra sociedad. Si el coronavirus es tan contagioso ¿cómo es posible que dudemos en tomar todas las medidas necesarias -y hasta exagerando- para evitar que los demás sean contagiados? Si la muerte ha golpeado tan real y de manera indiscriminada a tantos, ¿cómo no evitar a toda costa que las personas mueran y que se colasen los servicios de salud pública? Sinceramente a mi me parece tan obvio que, desde la fe, lo que nos interese sea el bien común, que no logro entender por qué tantas personas de fe, no se disponen con diligencia y generosidad a pensar en los otros/as antes que en sí mismos.

Ya la Conferencia Episcopal Latinoamericana y Caribeña celebrada en Puebla (1979) la Iglesia se preguntaba cómo era posible que, en un continente creyente, fuera tan inmensa la brecha entre ricos y pobres, tan inmensa la injusticia estructural. Y han pasado más de cuarenta años y la pregunta sigue vigente porque quienes luchan por erradicar la injusticia estructural y buscan caminos de transformación social, muchas veces son las personas menos creyentes, mientras que tantas otras que se precian de ser cristianas, engrosan cada vez más las tendencias neoliberales y las visiones de extrema derecha, fundamentadas en el beneficio propio, en las libertades individuales, en la mayor ganancia, en el progreso de los más fuertes.

La vida cristiana podría sacudirse de su ceguera evangélica y lanzarse a vivir lo más propio de ella: la acogida del reino de Dios que se inauguró con Jesús, en la comunidad de hermanos y hermanas que testimonian la fraternidad/sororidad de los hijos e hijas de Dios. Esto implicaría que fuéramos los primeros en apostar por el bien común en todos los casos, en todas las circunstancias, en todos los momentos. Por supuesto el bien común limita nuestra libertad individual, impide que tengamos más beneficios propios, deja en segundo lugar los intereses particulares para que el bien de los demás se ponga en primer plano. Esto es lo que Francisco expresó muy bien en la Encíclica Fratelli Tutti (n. 120), refiriéndose a la propiedad privada: “(…) Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. En esta línea recuerdo que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. El principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social, es un derecho natural, originario y prioritario. Todos los demás derechos sobre los bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluidos el de la propiedad privada y cualquier otro, no deben estorbar, antes, al contrario, facilitar su realización (…). El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y eso tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica”.

Y más sencillo aún, el mandamiento del amor: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mc 12, 28-31) es a la vez, tan claro y tan determinante, que solo con tenerlo presente podría ser suficiente para que los cristianos antepongamos el propio interés, frente al bien común. Hablar de comunidad no es un slogan, una moda o una característica abstracta. Es vivir con otros/as en la vida real, con lo que ella nos trae cada día y que en este tiempo pasa por el control del coronavirus, la distribución de los bienes de la tierra, el cuidado de la cosa común, y tantos otros desafíos actuales que reclaman mucha calidad humana, mucha honestidad y verdaderos principios éticos. Y si los que nos decimos creyentes no vamos de primeras mostrando que creemos en el Padre/Madre de todos y por eso anteponemos los propios intereses en favor del bien común ¿de qué fe estamos hablando?

 

lunes, 26 de julio de 2021

 

De redes sociales, posverdad y creencias religiosas

 


Este tiempo de pandemia se ha prestado para que todos hagamos más uso de las redes sociales y expresemos lo que pensamos, sentimos, creemos, etc. En este sentido, la pandemia ha favorecido la socialización del pensamiento y la interconexión de manera universal. Han sido muchos los congresos, charlas, encuentros en los que se ha podido participar de manera gratuita, posibilitando que, lo que antes era para unos pocos, sea posible para muchos.

Pero preocupa lo que últimamente se llama la “posverdad”, es decir, que se afirma cualquier cosa sin tener criterios para hacerlo y los lectores lo reciben con un grado de ingenuidad que siguen divulgando lo que, bajo apariencia de cierto, son verdaderas mentiras que se instalan en el consciente o inconsciente de las personas y resulta muy difícil desmontarlas.

Por ejemplo, esto ha pasado con las vacunas, donde los mensajes en redes sociales muestran que tienen más fuerza que las noticias oficiales y por eso mucha gente se resiste a vacunarse, repitiendo los argumentos que han leído en las redes, sin saber siquiera las bases reales que se tienen para aquella afirmación y sin molestarse ni un mínimo por indagarlas.

Igual sucede con la política donde se multiplican las afirmaciones falsas y las personas las repiten como si tuvieran toda la certeza de que eso es verdad, simplemente porque cualquiera lo escribió en la red y si está escrito parece que ha de tener credibilidad absoluta.

A nivel eclesial, las redes sociales han prestado un servicio muy bueno para alimentar la fe con las celebraciones litúrgicas y muchos otros mensajes y espacios de reflexión que se han propiciado pero, no han faltado quienes pudiendo tener tanta y tan buena influencia con sus seguidores (por ejemplo, algunos clérigos), han convertido sus publicaciones en “defensa de la fe” contra este mundo “ateo” que nos impide ir al templo o que no cree suficientemente en Dios y por eso acude a las vacunas o simplemente queriendo hablar de temas eclesiales reflejan su falta de formación o de actualización teológica lo cual conlleva a que sus seguidores, no puedan ir mucho más allá de reforzar una fe infantil, intimista, acrítica, irracional y tantos otros apelativos que hacen que el testimonio de vida cristiana sea cada vez anacrónico para los tiempos actuales.

No son tiempos de demonizar lo distinto o de creer que todo es ataque a la iglesia. Son tiempos de aceptar la pluralidad cultural y religiosa en la que vivimos y de aprender a convivir con otros que no creen lo mismo que nosotros y no por eso están atacando a la iglesia. La critican sí, por su falta de testimonio o por los escándalos de sus clérigos o por su postura ante algunas situaciones sociales, pero esto es muy distinto a creer que la atacan y promover una postura de defensa en lugar de contribuir a abrir la mente y el corazón para entender el mundo actual y ofrecer una fe que sabe caminar con otros y que no quiere imponer ni reivindicar todo para sí. Eso fue lo que hizo Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes al invitar a leer los signos de los tiempos y responder a ellos. Ya sería bueno asumir este Concilio cuando han pasado más de cincuenta años de aquel acontecimiento.

A veces también algunos clérigos que fueron ordenados en los papados anteriores se sienten tan descolocados con las palabras y acciones del papa Francisco que no saben acompañar a sus feligreses para que comprendan que la iglesia va caminando en el tiempo y debe siempre revisarse y ajustarse si quiere ser fiel al evangelio. Hay momentos en la historia en que este movimiento se nota mucho más y estamos en él. No era gratuito que en las décadas pasadas se hablara de “invierno eclesial” o de “involución” y por eso este papado ve la urgencia de una reforma eclesial. Pero tal vez estos clérigos ni se enteraron del invierno que se vivía, ni entienden porque le llaman a Francisco el papa de la “primavera”. Están tan centrados en sus propias convicciones que no acompañan los signos de los tiempos -como lo dije antes- y no saben interpretar el presente. Los clérigos podrían ser los primeros en mantener la lucidez, la formación y la capacidad de acompañar al pueblo de Dios para que, asumiendo los errores, retrocesos y escándalos de la iglesia, amplíen la visión y siempre estén buscando caminos de conversión, en aras a ser una iglesia cada vez más creíble.

Las redes sociales seguirán existiendo y ahora con más fuerza, por lo tanto, conviene que nos preguntemos si estamos cuidando de no caer en la falacia de la posverdad y si hemos afrontado esta circunstancia de la mejor manera, creciendo en todo sentido, pero especialmente, en la vida de fe que a veces, pareciera, no ha sido la más relevante a la hora de acompañar tanto dolor y muerte, tanta incertidumbre y soledad que ha traído la pandemia. Conviene que aprendamos a utilizar las redes sociales con una lectura crítica de cualquier información buscando que tenga fundamentos sólidos y constables, pero también que los aprovechemos para una formación cristiana a la altura de estos tiempos en los que es necesario derribar muros y construir puentes -como dice el papa Francisco-, actitud que solo es posible si salimos de lo conocido para abrirnos a lo nuevo, si no tenemos miedo al cambio y a un futuro eclesial distinto.

lunes, 19 de julio de 2021

¿Tradición o tradicionalismo?

 

El pasado 16 de julio el papa Francisco publicó la “Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Traditionis custodes” sobre el uso de la Liturgia Romana antes de la Reforma de 1970. En ella el papa recuerda que los obispos, custodios de la tradición y garantes de la unidad eclesial, han de discernir cómo vivir la fidelidad a la Tradición sin que eso se oponga al necesario aggiornamento (actualización) que la iglesia ha ido haciendo a lo largo del tiempo y que ha de seguir haciéndolo. En concreto se refiere a la liturgia que tal vez fue el mayor cambio que el pueblo de Dios notó a partir de Vaticano II porque supuso pasar de la misa en latín a la misa en la propia lengua y de un clero de espaldas a la gente a una celebración más comunitaria y participativa, por nombrar algunos de los cambios litúrgicos propuestos en la Constitución Sacrosanctum Concilium. Deja entonces, en manos de los obispos locales, el autorizar la celebración extraordinaria del rito tridentino a casos muy particulares, pero dejando claro que la liturgia promovida por Vaticano II es la única expresión de la “lex orandi” para la iglesia (lex orandi quiere decir que la forma como rezamos refleja en realidad lo que creemos).

Esta carta fue necesaria porque los grupos que actualmente celebran su liturgia con el rito tridentino no lo hacen como expresión de pluralidad eclesial, sino oponiéndose al Vaticano II, como ya lo hiciera al finalizar el concilio, Monseñor Lefebvre.

Una vez más, los hechos nos muestran lo difícil que es avanzar en el caminar eclesial y todo lo que cuesta hacer las reformas necesarias. Aunque Vaticano II fue una irrupción del Espíritu, un verdadero “aggiornamento” (actualización) de la Iglesia, no faltaron las resistencias a dichos cambios desde el inicio. Y aunque Francisco es muy delicado al referirse a los decretos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI que permitieron volver a implementar el rito tridentino, en realidad dicha vuelta a tal liturgia, ha mostrado ese buscar contentar a todos pero que, a la larga, significa un retroceso. Lamentablemente junto con el permitir el rito tridentino se fue creando un ambiente de tradicionalismo, manifestado incluso en jóvenes seminaristas a los que se les ha formado así en los seminarios o casas religiosas y que hoy se sorprenden con el pontificado actual porque, en la práctica, desconocen Vaticano II.

Todo es supremamente complejo y existen tantos argumentos como personas para justificar la adhesión a una postura u a otra. Pero, desde una lectura de sentido común sobre la reforma litúrgica de Vaticano II, es casi incomprensible que haya gente que crea que una liturgia donde el clero es prácticamente el único protagonista pueda tener más sentido que una celebración de la comunidad o que se haga en una lengua casi desconocida pueda dar más frutos que entender y participar desde la propia lengua.

Pero esto que parece tan obvio, no lo es para aquella porción de clero que quiere ser el único protagonista. Y, por desgracia eso les interesa a muchos y hoy en día a bastantes jóvenes. Revestirse con casullas, estolas y demás ornamentos litúrgicos que los “separan” literalmente del resto de pueblo, es un honor que muchos buscan. Además, ser los únicos que dirigen y realizan todo el culto los pone de protagonistas y eso lo busca más de uno. Pero nada de eso tiene que ver con el Jesús pobre, cercano y compasivo, del evangelio (Hb 4, 15).

Pero también la otra deformación es sobre la espiritualidad que se fomenta en muchos ambientes. Parece que, entre más solemne, con más incienso, con más ritos, con más misterio, con más majestuosidad, más cerca se está de Dios. Pero en este caso tampoco nada de esto tiene que ver con el Dios hecho ser humano en Jesús que nos mostró con hechos y palabras que el culto que a Dios le agrada es el de la justicia y el derecho, es el de la compasión y la misericordia (Mateo 9,13; 12,7; 23,23).

Muchos apelan a la “belleza” de la liturgia o al respeto a lo sagrado. Por supuesto no hay que dejarlo de lado, pero siempre habrá que hacerse la pregunta sobre la integración de esos elementos en la dinámica que el Espíritu de Jesús va suscitando en la iglesia.

Francisco está en sintonía con Vaticano II y eso es un horizonte de esperanza. Pero faltan muchos cambios estructurales para lograr desmontar toda la burocracia vaticana y todo ese estilo tan tradicionalista que se fue consolidando en las últimas décadas. Pero es un alivio que se afirme nuevamente que no es lo mismo el rito tridentino que la reforma litúrgica de Vaticano II. Con esto se sigue mirando hacia adelante, aunque haya tantos que se aferran al pasado creyendo que es Tradición eclesial cuando solo es tradicionalismo e incapacidad de cambio.

 

 

 

 


lunes, 12 de julio de 2021

 

Salir de la autorreferencialidad

  

El papa Francisco ha insistido en salir de la autorreferencialidad para poder mirar más allá de nosotros mismos y responder, efectivamente, a los desafíos del presente. Pero esto no es solo un propósito personal -aunque lo supone- sino, sobre todo, fruto de encontrarse con el amor de Dios “que se derrama en nuestros corazones” (Rom 5,5) (muy linda la expresión “derramarse” porque el agua derramada ya no puede recogerse, como el amor de Dios que nunca vuelve atrás).

En la Evangelii Gaudium (n. 7), Francisco recuerda las palabras de Benedicto XVI “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” y señala que precisamente ese encuentro nos libera de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad y esa liberación nos hace ser personas más plenas -porque nuestra verdadera esencia no está en el egoísmo sino en la relación-. Además, el encuentro con Jesucristo nos hace auténticos evangelizadores porque la evangelización consiste en comunicar a otros lo que personalmente se ha experimentado (EG n.8).

Por todo esto, es urgente que la iglesia salga de su autorreferencialidad y, de una vez por todas, asuma lo que la Constitución Gaudium et Spes, de Vaticano II, marcó como camino para la iglesia de este tiempo: estar atenta a los signos de los tiempos (GS 4) y respetar la autonomía de las realidades terrestres (GS 36). Sin embargo, esta no acaba de ser la dinámica de una gran porción de la iglesia (ni jerarquía, ni laicado). Basta mirar los titulares de portales con noticias religiosas, en los que casi siempre, se refieren a la oposición de los episcopados a las cuestiones morales que ciertos sectores de la sociedad valoran de manera diferente, pero son muy pocas las noticias sobre “posturas proféticas” frente a la injusticia, las políticas neoliberales, las noticias falsas, la violación de los derechos humanos y tantas otras realidades sociales que afectan la vida de tantas personas.

La iglesia no acaba de “arriesgarse, mancharse, herirse” por defender la vida de su pueblo, sino que, muchas veces, sigue del lado más cómodo y menos arriesgado. Bajo capa de invocar la paz, la reconciliación, cae muchas veces en posturas “tan tibias” que pocos pueden descubrir en ella la Buena Noticia de la “justicia”, la “vida” o las “4T” de las que habla el papa Francisco: Tierra, Techo, Trabajo y Tecnología”.

El laicado necesita tener también otra mentalidad más abierta, más comprometida con este presente. Sin embargo, no sé qué pasa con algunos grupos apostólicos que en lugar de abrir “puertas y ventanas” para que “entre aire fresco y renueve toda la casa”, fomentan un moralismo y un tradicionalismo que asfixia y enrarece el ambiente. ¿No han tomado conciencia de las consecuencias de ese moralismo exacerbado presente en tantos fundadores/as y miembros de grupos “tan supuestamente apostólicos” pero tan llenos de podredumbre que hoy causa tanto dolor a nuestra iglesia?

También a veces esa autorreferencialidad se presenta en comunidades religiosas o grupos laicales con respecto a sus fundadores/as o en su estar en continuas reuniones para tratar de las cosas internas de la comunidad. En el primer caso, la excesiva referencia a los fundadores/as, a veces da la impresión que les hace perder la referencia al mismo Dios. Se invocan más los textos de los fundadores que el evangelio. Por supuesto que es importante mantener la particularidad del carisma que se expresa en los escritos fundacionales, pero estos no deberían perder el contexto de la iglesia en la que se inserta dicho carisma y menos en la palabra de Dios que es, en definitiva, la referencia primera y fundamental. En el segundo caso, todo grupo necesita evaluar su caminar, señalar sus prioridades, organizar sus objetivos. Pero, a veces, la vida se va en organizar una reunión detrás de la otra, en hablar y revisar, pero a la hora de la verdad, las decisiones se toman tan lentamente que el día que llegan, ya ni son útiles porque la realidad cambia.

Dejar la autorreferencialidad sería un buen propósito para recuperar lo esencial de la iglesia: ser medio para favorecer la vida y no obstáculo para impedirla. Pero hace falta más audacia y riesgo para darse cuenta que el mundo sigue su marcha -con la iglesia o sin ella- y lo que en él ocurre no todo es perdición y maldad. Por el contrario, hay mucha “bondad y bien” expresados en tantos deseos de cambio que se levantan en muchos países, en las transformaciones que, efectivamente, se consiguen y en ese deseo humano de seguir adelante a pesar de tantas dificultades que se presentan.

La Encíclica Fratelli tutti es una buena carta de navegación para concretar una iglesia que deja su autorreferencialidad y, en verdad, se dedica a caminar al ritmo de los tiempos, aportando todo lo que ella tiene, pero acogiendo todo lo que también se vive independiente de ella: “La iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la construcción de un mundo mejor ni dejar de despertar las fuerzas espirituales que fecundan toda la vida en sociedad (…) La iglesia tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación sino que procura la promoción del ser humano y la fraternidad universal. No pretende disputar poderes terrenos sino ofrecerse como un hogar entre los hogares -esto es la iglesia- abierta para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección. Una casa de puertas abiertas (…) una iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación” (FT n. 276).