domingo, 31 de octubre de 2021

 

Conmemoración del día de los santos y de los difuntos: una llamada para nuestra propia vida

 

Olga Consuelo Vélez

 

El mes de noviembre comienza con la solemnidad de todos los Santos. Sin embargo, muchas personas recuerdan más la conmemoración de los Difuntos que se celebra al día siguiente. México, por ejemplo, tiene muy arraigada esta tradición y la celebran familiarmente haciendo altares con fotos de los que ya fallecieron, colocando flores y otros objetos, además de compartir diversas comidas porque, de alguna manera, es una forma de volver a convivir con los seres queridos que ya murieron. En otros países, se va al cementerio, aunque, actualmente, con la cremación, esa práctica ha perdido algo de fuerza. Lo cierto es que ante la muerte de los seres que amamos, surge en muchas personas la necesidad profunda de creer que la muerte no apagó para siempre sus vidas y que preservar su memoria es una forma de prolongar su presencia. Además, se espera que ya descansen en la paz de Dios y que, cuando muramos, nos encontremos nuevamente con ellos.

Ese desear que nuestros familiares difuntos estén en la paz de Dios podría motivarnos más a vivir nuestra propia vida con mucha más responsabilidad para alcanzar esa misma paz, no solo después de muertos sino ya en este presente. Por supuesto la vida trae muchos problemas y circunstancias que se nos escapan de las manos y que conllevan dolor, preocupación, fracaso, sufrimiento. Pero también hay tantas otras realidades que sí está en nuestras manos remediar que sería muy importante que, al menos, esas circunstancias, las viviéramos mejor y pudiéramos disfrutar de la paz que ellas nos traen. Entre estas últimas podríamos señalar las relaciones con los demás, especialmente con la familia, las cuales por complejas que parezcan podrían ser mucho más gratificantes si tuviéramos menos orgullo, más tolerancia, menos prepotencia, más humildad. En otras palabras, si supiéramos reconocer que todos nos equivocamos pero que todos podemos enmendar nuestros errores y tener otra oportunidad para comenzar de nuevo. Si fuéramos capaces de ver que la muerte llegará tarde o temprano y lo que no hagamos aquí, ya no lo podremos hacer más adelante, tal vez nos esforzaríamos más por superar los desencuentros y vivir la alegría que da el llorar y el reír con los demás, el celebrar y el superar juntos las dificultades, el sentir que no somos seres para la soledad sino llamados a la riqueza del compartir.

Si hiciéramos lo anterior, no estaríamos lejos de alcanzar la santidad. Es verdad que esta palabra cada vez dice menos a las generaciones actuales y a muy pocos les atrae ser santos. Pero, entre otras cosas, no atrae la santidad, porque se cree que ser santo es tener unos dones extraordinarios o vivir unos sacrificios de tal magnitud que casi nadie puede imitarlos. Pero, en realidad, los santos y santas que hoy reconocemos, fueron personas de su época y con toda seguridad tuvieron limitaciones y equivocaciones, pero supieron apostar por hacer el bien y eso hizo insignificante lo negativo de sus vidas. El papa Francisco en la Exhortación Gaudete et exultate (2018) ha procurado rescatar la cotidianidad del ser santo, hablando de “los santos de la puerta de al lado”. En realidad, la santidad es para todos porque consiste en vivir nuestra vida de la mejor manera posible. Los santos de la puerta de al lado no son los otros sino también nosotros. Santidad es vivir con todo lo que supone nuestra humanidad y la de los demás y aprender a caminar con ello; supone retroceder y avanzar, temer y arriesgar, equivocarnos y corregirnos, en otras palabras, aceptar la limitación inherente a nuestra creaturalidad, pero desde ella seguir caminando porque no hemos sido creados para el fracaso sino para el amor y, mientras tengamos vida, es posible amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, ser felices y hacer felices a los demás.

En fin, tal vez la relación de las dos celebraciones de estos primeros días de noviembre podría ayudarnos a entender que la santidad es vivir la humanidad y que la humanidad, vivida desde el amor, es santidad. Podría ayudarnos a entender lo que el hombre rico no comprendió: Maestro ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna? (Mc 10, 17-23) y Jesús le respondió con los mandamientos, pero fue un poco más allá: “Ve y vende lo que tienes y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme”. Es decir, le invitó a salir de sí y compartir su vida y sus bienes con los demás, pero según el texto, parece que él no fue capaz de hacerlo. Quien quita que esta vez nosotros comprendamos que lo que “idealizamos con nuestros seres queridos que ya no están”, lo podemos vivir con los que tenemos todavía a nuestro lado. Quien quita que en este mundo sea posible la santidad, porque nos abrimos al diálogo y al encuentro, al perdón y a la reconciliación, a la comprensión y al comenzar siempre de nuevo, aprovechando el presente que tenemos para saborear desde aquí la paz que deseamos tengan ya nuestros difuntos y que un día deseamos alcanzar cada uno de nosotros.

 

domingo, 24 de octubre de 2021

 

La vida vivida como vocación

 

Olga Consuelo Vélez

 

La experiencia cristiana es, ante todo, una vocación, una llamada. No somos nosotros los que buscamos a Dios, sino que es Él, quien sale a nuestro encuentro. Es la experiencia que la Sagrada Escritura nos testimonia en figuras como Abraham, Moisés, Judit, Esther, Rut, María, los discípulos y discípulas y tantas otras personas que vivieron en carne propia el encuentro con Dios y no pudieron seguir siendo los mismos, sino que se sintieron convocados a anunciar y hacer posible el reino de Dios en el aquí y ahora. “En esa inmensa nube de testigos”, como lo relata bellamente la Epístola a los Hebreos (11, 2-12,4), vamos añadiendo nuestros nombres y, aunque reconociendo la precariedad de nuestro propio testimonio, nos esforzamos por entrar en esa dinámica para seguir construyendo un mundo desde la fe, la esperanza y el amor.

 

La respuesta a esa llamada del Señor se teje a lo largo de toda la vida, se consolida en la fidelidad del día a día y nos hace decir con el apóstol Pablo "No creo haber conseguido ya la meta, ni me considero perfecto, sino que prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance" (Flp 3,12). Supone un encuentro personal: "¿me amas?, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo" (Jn 21, 15-17). Y en esa historia de amistad, en esa vida compartida la persona se transforma desde dentro. La vocación se convierte así, no en algo accidental, sino en constitutiva de todo el ser y quehacer, abriéndose al horizonte de una misión que nos reclama: "apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17).

 

Esta llamada que se experimenta como irresistible es lo que diferencia la fe cristiana de cualquier otra opción que se hace en la vida. Supone la decisión personal, pero es más que eso: Es el don del amor que nos hizo “arder el corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras” (Lc 24,31). Esta experiencia nos pone en marcha como a los peregrinos de Emaús que vuelven a Jerusalén cuando reconocen al Resucitado (Lc 24,33) y nos hace anunciar a otros “lo que hemos visto y oído” (Hc 4, 20).

 

La vida vivida como vocación se constituye en sentido de vida. Surge en la persona la disposición interior a la realización de una misión que abarca todo su ser y se confirma con las aptitudes que se poseen. Moviliza de tal modo las energías personales que absolutamente todo lo que la persona realiza se convierte en realización de esa vocación. En este sentido el jesuita Pedro Arrupe, compuso un poema titulado “Enamórate” que dice mucho de lo que supone este horizonte vocacional: “(…) Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud (…)”. Otro santo, Pedro Poveda, fundador de la asociación laical Institución Teresiana, desde el horizonte educativo que propuso como vocación para sus miembros, decía: "Denme una vocación y les devolveré una escuela, un método, una pedagogía".

 

La profesión vivida en este horizonte más amplio, se convierte en una verdadera vocación. Esto nos sitúa en la misma dinámica de los primeros cristianos "que no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres (...) sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras (...) y adaptándose en comida, vestido y demás géneros de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de vida superior y admirable y por confesión de todos, sorprendente" (Carta a Diogneto V, 1-4). Aquí alguna sensibilidad puede rechazar la frase un tenor de vida superior. Es comprensible. La limitación del lenguaje y los usos de la época siempre son susceptibles de modificarse. Pero entendamos bien: la vocación imprime a nuestra vida un talante interior que es el aporte fundamental que podemos ofrecer a nuestros contemporáneos. Sin embargo, lo que es ineludible y tenemos que ofrecer es una vida que se vive como vocación y que le imprime la presencia del Espíritu en todo lo que hacemos. Nuestra profesión es el horizonte en que probamos nuestro amor a Dios y nuestro compromiso fraterno, pero si la profesión no está informada por el Espíritu, pierde su esencia, su razón de ser, su fecundidad.

 

En definitiva, quien vive su vida como vocación ensancha el espacio de su tienda y experimenta la fecundidad del Reino. Sabe que todo lo que hace tiene una dimensión trascendente. Su ser y quehacer se convierten en la acción de Dios mismo en nuestra historia. De hecho, Dios no tiene otra manera de hacerse presente entre nosotros. De ahí la radicalidad de la llamada a colaborar con el Reino: "quién pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9, 62). Efectivamente, la experiencia cristiana es la vida entera que se apasiona por hacer presente a Dios mismo en esta historia y en ello compromete todo lo que se es. Cuando se ha vivido la vida en este horizonte, la terminación de un empleo formal no significa el fin de un quehacer, sino un cambio en la realización de ese mismo quehacer que, ha sido, el que cada persona ha encontrado para desplegar lo mejor de sí misma. Por eso, en la vida cristiana, no existe la figura de la jubilación laboral, sino el gozo de hacer aquello que se sabe hacer, cada vez con más gratitud, más generosidad, más pasión, más desprendimiento.

 

Y una nota final: en tiempos en que se dice que “hay escasez de vocaciones”, entender la propia vida como vocación ayuda a matizar esa afirmación porque es verdad que hay escasez de vocaciones a la vida religiosa y presbiterial, pero eso no tiene que ir de la mano de falta de vocaciones a la vida cristiana. Tal vez este momento está diciendo que esos estilos de vida están urgidos de una renovación de fondo para que puedan ser atrayentes para la juventud de hoy y, posiblemente, tienen que entenderse desde el sentido más profundo que tiene esa vocación específica: pequeños grupos, como lo fueron las pequeñas comunidades cristianas, que desde su estilo de vida interpelan, alientan y dan testimonio del seguimiento de Jesús.

 

 

jueves, 14 de octubre de 2021

 

Santa Teresa de Jesús: inquieta, andariega, desobediente y mucho más….

 

Olga Consuelo Vélez

 

El 15 de octubre se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Su vida y su obra mantienen actualidad porque ella fue una mujer que supo vivir en “su tiempo” y “adelantada a este”. Vivió en su tiempo y afrontó las circunstancias que su momento le deparaban, con naturalidad, confianza, intrepidez. Pero también vivió adelantada a su tiempo porque rompió moldes y estereotipos de su época, ganándose así enemigos y contradictores. Muchas cosas podríamos decir de ella para mostrar la actualidad de su legado. Recordemos algunas para recordarla en su fiesta.

Fue una mujer a la que le importaba lo que pasaba y sentía la necesidad de implicarse en ello para dar alguna respuesta. Así lo expresa: “Está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que, por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”. O, como también lo expresó: “Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Por supuesto esta expresión refleja la comprensión sobre las mujeres de aquella época -y de aún hoy en ciertos sectores-. Pero para ella, aquellas que tildan de “débiles”, en realidad tienen “ánimos virtuosos y fuertes”.

Su mayor legado fue la experiencia de oración que supo vivir y enseñar, especialmente, a sus monjas. En tiempos donde no estaba permitida la oración mental para las mujeres, ella no duda en instar a sus hermanas que emprendan el camino de oración y que ante las críticas que puedan recibir de parte de los clérigos por tener la osadía de seguir ese camino, no les hagan caso porque, según ella, esas críticas –“son opiniones del vulgo”-; y también les recomienda que cuando les digan que dejen la oración, apelen a la regla que “manda a orar sin cesar”.

Dos cosas son centrales para ella en la oración: (1) la importancia del amor y (2) la humanidad de Cristo. Lo primero es muy significativo porque no es la oración por la oración, no la propone como una técnica, un ascetismo -como a veces se enseña hoy- porque lo que interesa es el amor: “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced”. Lo segundo es definitivo: la humanidad de Cristo es el medio para la más subida contemplación, aunque sus contemporáneos lo negaban: “Y veo yo claro (…) para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (…) He visto claro que por esta puerta hemos de entrar (…) Así que vuestra merced, señor (el P. García de Toledo) no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación, por aquí va seguro (…) y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y lo vemos con flaquezas y trabajos y es compañía”. Busca orientaciones sobre su propio proceso de oración, pero lo hace con personas “letradas” -porque sabe lo fácil que es caer en cualquier tipo de explicaciones falsas- pero, al mismo tiempo, para ella la oración es fuente de sabiduría porque “la verdad de Dios se nos entrega en la oración, en el trato amistoso con Él”. Por eso puede contradecir a quienes le dicen que no tiene razón.

Algo sorprendente son las fundaciones que hace. No hay dificultad humana que se lo impida porque su confianza es absoluta en Dios y sabe que, si ella pone todo de su parte, Dios no dejará la obra inconclusa. Sabemos que no solo funda conventos de mujeres sino también de varones. Y parece que no le tema a nada. Es capaz de enfrentarlo todo y no cesa de buscar soluciones a las dificultades que se le presentan. Actúa con astucia para conseguir lo que persigue y sabe ocultar sus intenciones para no ser reprobada por los superiores hasta que se realiza la obra: “Y así me determiné de hablar al gobernador, y me fui a una iglesia que está junto con su casa y le envié a suplicar que tuviese por bien de hablarme. Había ya más de dos meses que se andaba en procurarlo y cada día era peor. Como me vi con él, le dije que era recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor. Estas y otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me daba el Señor; de manera le movió el corazón, que antes de que me quitase de con él, me dio la licencia.”

Gracias a sus escritos podemos hoy seguir profundizando en su legado. Una y otra vez se estudian, se meditan, se oran, se reflexionan sus obras y siempre se saca mucho provecho de ellas. En sus escritos también muestra su osadía y su estar adelantada a su tiempo. Más de una obra fue cuestionada y retirada, pero la fuerza de su experiencia permitió que se recuperaran y podamos seguir aprendiendo hoy de su inmensa hondura espiritual.

Pero lo que más me encanta de Teresa es lo que un nuncio del Papa, afirmó de ella: "...femina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino y Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen”. Precisamente esas palabras muestran todo lo que ella fue en su tiempo, saliéndose de los moldes establecidos porque en realidad amaba a la Iglesia y no se resignaba a que en ella no se viviera la radicalidad del evangelio.

Personas como Teresa son las que necesitamos en este tiempo en que el Papa Francisco ha convocado al sínodo sobre sinodalidad: un tiempo para escucharnos, encontrarnos y discernir sobre los desafíos que vivimos. Pero esto solo dará buen fruto si en estos diálogos afrontamos lo que en verdad va mal en la iglesia y con la creatividad y audacia evangélica proponemos nuevos caminos que rompan moldes y se arriesguen a estrenar horizontes distintos e inéditos.

 

 

 

jueves, 30 de septiembre de 2021

 

Sinodalidad: tiempo de escuchar al Espíritu

 

Olga Consuelo Vélez

 

Nos preparamos para la apertura del Sínodo de los Obispos sobre el tema: “Por una Iglesia sinodal: comunión, misión, participación”. El 9-10 de octubre, el Papa Francisco, lo inaugurará en Roma y el 17, cada obispo lo hará en su respectiva diócesis. La novedad de este Sínodo -porque los sínodos se están realizando desde 1967- es que empieza con la ‘fase de escucha’ y se cierra con la ‘asamblea de los obispos’ en 2023. Es decir, forma parte del sínodo ‘la fase de escucha’ que el papa espera se realice en todas las diócesis y de ahí surjan los insumos para el discernimiento de los obispos en la tercera fase en 2023. La segunda fase será la elaboración de dos Instrumentum laboris (uno con los aportes diocesanos y otro con los aportes continentales). Es, por tanto, un largo camino, en el que ojalá no perdamos el rumbo.

Pero hoy quiero referirme a una actitud primera y fundamental: “escuchar al Espíritu”. De hecho, entre las preguntas que propone el Documento preparatorio (que se publicó el pasado 7 de septiembre), se formula la siguiente: ¿qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro caminar juntos? Para responderla hay que escuchar al Espíritu. Pero, ¿quiénes han de preguntar y quiénes han de escuchar? Todo el Pueblo de Dios, es decir, el laicado, la vida consagrada y el clero.

Un peligro grande que se puede correr es que parezca que quien tiene que hacer este ejercicio es el laicado porque el clero, al tener que organizar los espacios de participación y de recogida de respuestas, va a estar tan involucrado en ese trabajo, que puede que se sienta el gestor de tal esfuerzo, pero no se detenga a preguntarse, a escuchar y a aportar sus respuestas. Por eso quiero insistir, en que un verdadero proceso sinodal, implica que todo el pueblo de Dios se disponga a reflexionar y deje que el Espíritu suscite las preguntas y respuestas pertinentes para este momento.

De hecho, la oración que se propone para acompañar el Sínodo dice lo siguiente: “Estamos ante ti, Espíritu Santo, reunidos en tu nombre. Tú que eres nuestro verdadero consejero: ven a nosotros, apóyanos, entra en nuestros corazones. Enséñanos el camino, muéstranos como alcanzar la meta (…) concédenos el don del discernimiento (…) Esto te lo pedimos a ti que obras en todo tiempo y lugar, en comunión con el Padre y el Hijo por los siglos de los siglos. Amén”.

Se recomienda que este proceso se haga en ambiente de oración y se propongan celebraciones significativas para que acompañen esta actitud de apertura al Espíritu de Dios. Todo un gran desafío porque esto no es tan común, por ejemplo, en la vida parroquial, a la que los fieles acuden a la celebración eucarística, casi siempre celebrada de la misma manera, pero donde no hay demasiado diálogo -por no decir nada- entre los participantes y menos entre estos y el celebrante. Esto ya es una primera respuesta a otra de las preguntas formuladas en el documento preparatorio: ¿cómo se realiza hoy este caminar juntos en la propia iglesia particular? Por supuesto, siempre hay excepciones, porque hay parroquias con mucha más cercanía entre sus miembros y espacios eclesiales en los que hay experiencias comunitarias muy valiosas.

Pero volvamos al objetivo de esta reflexión. Todo el Pueblo de Dios ha de ponerse en actitud de escucha del Espíritu. Si en verdad le escuchamos, no dudo de que nos desinstalaría demasiado porque hay tanta costumbre de decir: “esta es la voluntad de Dios”, “así lo señala el Derecho Canónico” “así es la norma establecida por la Congregación para la Liturgia”, “así lo he hecho siempre y no voy a cambiarlo”, por decir algunas expresiones que escuchamos más de una vez, que el Espíritu tal vez nos diría todo lo contrario de lo que hemos mantenido tan estable durante tanto tiempo porque si es el Espíritu de Jesús, es espíritu de novedad, de cambio, de riesgo, de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Algunos dirán que no hay que exagerar diciendo que el Espíritu ‘haría nuevas todas las cosas’. Pero es que la situación eclesial no es la mejor que pudiéramos tener. Los jóvenes son los grandes ausentes. ¿Por qué? Muchas razones, pero digamos alguna: esta estructura, esta espiritualidad, esta manera de vivir la fe no les entusiasma. Todavía las mujeres llenan las iglesias, pero no las jóvenes, ¿Por qué? Parece que la manera cómo ellas están viviendo hoy su ser mujeres no parece tener eco en la Iglesia. Además, encuentran que es una de las instituciones que todavía sigue teniendo muchas puertas cerradas para ellas. Y muchas otras realidades que el mismo papa Francisco ha denunciado a lo largo de su pontificado, como el clericalismo, que ha desvirtuado el ministerio de servicio al que está llamado el clero y sigue retrasando la ‘hora de los laicos’ que haría posible una iglesia más parecida a la de los orígenes.

En fin, escuchar al Espíritu, ha de ser la actitud fundamental para comenzar este Sínodo. Por supuesto el Espíritu hablara a través nuestro -no esperamos una voz mágica que aparezca de repente- con nuestras preguntas, nuestros deseos, nuestras mociones interiores, nuestras búsquedas. Formular preguntas nos conducirá a buscar respuestas y, posiblemente estas, comiencen a hacer real una Iglesia sinodal, como siempre ha debido serlo.

viernes, 24 de septiembre de 2021

 

¿Es la biblia Palabra de Dios?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Planteo esta pregunta de si la Biblia es “Palabra de Dios” porque últimamente he escuchado algunas afirmaciones que parecen relativizarla, también porque mucha gente no cae en cuenta de lo que significaría esto si lo creyéramos a fondo y, finalmente, porque otras personas buscan “palabras de sabiduría” en muchos otros escritos fuera de la tradición cristiana y, sin duda, les ayudan mucho para su vida.

Vayamos por partes. En el primer caso, hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros. Ante esto hay que reconocer que la interpretación adecuada del texto bíblico es una conquista “relativamente” reciente y por eso durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente. Por ejemplo, se toma al pie de la letra que Jesús calmó la tempestad (Mt 8, 26) pero no se toma al pie de la letra el que “si tu ojo es ocasión de pecado, arráncatelo” (Mt 5, 29).

Ya es una afirmación aceptada por la Iglesia que la Biblia fue escrita mucho después de que suceden los acontecimientos que allí se narran y no con la intención de relatarnos detalles precisos de lo que allí pasó sino de testimoniar la presencia de Dios a favor de su pueblo en esos acontecimientos que se cuentan allí. Lo hacen con los géneros literarios de su tiempo y desde las categorías y esquemas de su contexto. Por eso es imprescindible utilizar los métodos exegéticos y hermenéuticos adecuados para entender el texto. Ahora bien, aunque esa tarea es propia de los/as biblistas, no significa que no se enseñe a todo el pueblo de Dios que para acercarse a dicho texto hay que hacerse por lo menos dos preguntas básicas: ¿qué quiso decir el autor bíblico con ese texto en su contexto? ¿Qué dice ese texto bíblico hoy para nosotros? Sin olvidar que las circunstancias son distintas y que la biblia no es un recetario para aplicar literalmente sino un horizonte de sentido para interpretar nuestro presente.

Es decir, lo que es “Palabra de Dios” no es la literalidad del texto sino el testimonio de fe que los autores/as sagrados nos han dejado en el texto bíblico -una maravillosa mediación humana para mantener en el espacio y tiempo dicho testimonio-. Por lo tanto, tienen razón aquellos que ya están cansados de escuchar predicaciones bíblicas fundamentalistas o literales que no se entienden para el hoy. Por eso es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia.

En el segundo caso, también es entendible que una tradición tan antigua se vaya desgastando y, más si no se actualiza. Con lo cual, en cada Eucaristía escuchamos al finalizar las lecturas que el lector dice: “Palabra de Dios” y el pueblo responde: “Te alabamos Señor” o “Gloria a Ti, Señor” en el caso del Evangelio. Pero se ha vuelto tan rutinario o se motiva tan poco esa lectura o se explica tan mal esa palabra que la gente no permanece atenta o no llega a “saborear” lo que eso significaría si lo creyéramos a fondo. No estamos escuchando una palabra cualquiera sino una que nos hace posible que sepamos cómo han entendido a Dios los que nos precedieron y cómo podemos entenderlo nosotros hoy. Eso sí, con la humildad suficiente de saber que lo que entendemos sobre Dios siempre es mucho menos de lo que Él es y que como está mediado por nuestra comprensión, podemos matizarla y señalar nuevos aspectos, en la medida que seguimos meditando sobre ella. En este último sentido, si creyéramos que la Biblia es Palabra de Dios, la tarea teológica se referiría mucho más a ella, no solo invocándola para “justificar” alguna idea que decimos, sino para dejarnos sorprender y enriquecer con lo que ella nos dice -ya que es una palabra viva, no muerta-. Pero, como ya lo he dicho otras veces, muchas publicaciones teológicas y muchos eventos académicos, adolecen de la perspectiva bíblica a la hora de presentar sus reflexiones.

Finalmente, nuestro mundo ya esta mucho más configurado con la pluralidad de expresiones culturales y religiosas. De ahí que la cercanía con otras maneras de ver la vida, de darle sentido, de enriquecer las comprensiones ya es una práctica adquirida. Y, resulta una experiencia muy rica -como variada y polifacética es la vida humana-, reconocer que toda la verdad o la manera de ver las cosas, no la tenemos desde la tradición cristiana y que hay muchos libros de sabiduría que nos ayudan y enriquecen. Pero dos observaciones sobre esto. La primera, para los que somos cristianos ojalá que no perdamos la riqueza que nuestra propia tradición nos regala y siga siendo fuente de sentido para nuestra vida. La segunda, saber que con cualquier otro libro de sabiduría hay que tener el mismo cuidado interpretativo que señalé para la Biblia. A veces, veo tanta ingenuidad en los que nutren su vida con otras tradiciones que creen que todo lo que leen es verdad absoluta. Eso también puede revelar una ignorancia o ingenuidad total, admitiendo a veces planteamientos que rayan con lo absurdo. Como toda mediación humana, cualquier horizonte de sentido que se proponga, puede tener errores, manipulaciones, intencionalidades que nos siempre son positivas. Ojalá que el discernimiento sea siempre la actitud para acercarnos a todo libro de sabiduría, pero, a los que nos ha constituido la tradición cristiana, sería muy importante, no olvidar la profundidad de lo que creemos: en una mediación humana -bien interpretada- Dios nos habla como un amigo y su palabra es viva y eficaz, capaz de penetrar el alma y el espíritu y discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (Cf. Hb 4,12).

 

jueves, 16 de septiembre de 2021

 

Celebrar el mes de la Biblia reconociendo el papel de las mujeres en su traducción y divulgación

 

Olga Consuelo Vélez

 

Septiembre se conoce como el mes de la Biblia. En el ámbito católico, por la figura de Jerónimo que murió el 30 de septiembre y fue quien tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín. Esa traducción se conoce como la Vulgata, habiendo sido este el texto bíblico oficial de la Iglesia católica hasta 1979. En el ámbito protestante, de habla hispana, se recuerda la aparición impresa que hizo Casiodoro de Reina en 1569, conocida como la Biblia del Oso, porque en la tapa aparecía un oso comiendo miel desde un panal. Esta versión fue revisada posteriormente por Cipriano de Valera, dando origen a la famosa versión “Reina Valera”, que ha sido la Biblia más usada por los evangélicos de lengua castellana.

Más allá de que la Biblia se celebre este mes, siempre es importante recordar que la Sagrada Escritura nos transmite la revelación divina, no a modo de una doctrina fija y literal, sino como bien lo explica la Constitución Dogmática Dei Verbum, mediante los géneros literarios y las condiciones particulares de los escritores sagrados, es decir, siendo ellos verdaderos autores, utilizando sus propios recursos, eso sí, contando con la inspiración divina que nos permite reconocer dichos escritos como Palabra de Dios. El número 12 de la Dei Verbum se refiere a la necesidad de investigar qué quisieron expresar los autores sagrados y para esto es imprescindible conocer bien los géneros literarios y el contexto desde el que escribieron, para interpretar los textos en consonancia con el sentido general de toda la Sagrada Escritura de manera que se pueda entender lo que Dios nos sigue diciendo hoy a través de su palabra. Es muy importante tomarse en serio esta responsabilidad para no hacerle decir al texto bíblico lo que no dice y menos para justificar nuestras posturas, trayendo un texto bíblico como ‘prueba’ de lo que decimos, cuando muchas veces el texto significa todo lo contrario.

Tomarnos en serio esta responsabilidad todavía resulta difícil. Aunque Vaticano II afirmó que la “Sagrada Escritura debe ser el alma de la Teología” (Decreto Optatam Totius, 16), en muchas de las publicaciones teológicas que abordan distintos temas, no es tan frecuente encontrar el aporte desde la Sagrada Escritura a dicho tema. Por supuesto, la mayoría de los artículos, tratando la temática desde la perspectiva sistemática, hacen referencia de alguna manera a la Sagrada Escritura, pero esto no es lo mismo que indagar con la profundidad suficiente y los métodos exegéticos adecuados, la temática que se va a presentar. Algunas veces he recomendado a los organizadores de las obras colectivas que pidan a más biblistas esa colaboración, pero no veo que sea algo que se incorpore suficientemente.

Pero más preocupante todavía es que la Biblia no llega a formar parte de la espiritualidad cristiana católica, como una medicación imprescindible y un texto que el pueblo de Dios reconozca como fuente de vida, o de “alimento dulce” -haciendo referencia al oso comiendo miel de la Biblia protestante-, como podría ser. Falta más formación bíblica para todo el pueblo de Dios, incluidos los presbíteros que en sus homilías a veces se percibe que le hacen decir al texto lo que no dice o que los usan como ‘excusa’ para pasar a otro tema -casi siempre del ámbito moral- en lo que los predicadores gastan mucho tiempo exhortando a los fieles para que no caigan en esos pecados de los que la Biblia generalmente no habla. El papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium (n. 146-147) insiste en que la homilía debe “prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación (…) Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto al que utilizamos ahora (…) Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posible que su predicación tampoco tenga unidad ni orden: su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movilizar a los demás”.

Finalmente, conviene recordar el papel de las mujeres en el trabajo de traducción de la Sagrada Escritura. Según testimonios escritos de San Jerónimo, fue un grupo de mujeres -Paula, Eustoquia, Blesila, Fabiola y, especialmente Marcela, entre otras, las que no solo lo sostuvieron económicamente para realizar su trabajo, sino que fueron las que, con su insistencia, interés y dedicación al estudio del texto bíblico, le ayudaron a mantener la constancia en su trabajo y llegar a los logros que la historia le reconoce. El mismo Jerónimo agradece la insistencia de estas mujeres y dice que muchos le critican por enseñarle a las mujeres -a las que se les considera el sexo débil- y no a los varones, pero él mismo cuenta, que los varones no le preguntaban nada y en cambio ellas estaban ahí, haciéndole preguntas con gran rigor intelectual y pertinencia sobre los temas bíblicos. Más aún, alaba la inteligencia de estas mujeres y la rapidez con que alguna de ellas aprendió el hebreo -ya sabían griego y latín-, reconociendo que había aprendido mucho más rápido que él y con mucha más fluidez y excelente pronunciación.

En una de sus cartas llama a Marcela “supervisora de sus trabajos”, es decir, ella no solo controlaba el rigor intelectual de Jerónimo sino también organizaba su trabajo. Fue tanta la ayuda que ellas le prestaron que muchas de sus obras las dedica a estas mujeres. Pero aún más. Cuando Jerónimo perdió buena parte de su visión, fueron estas mujeres las que le ayudaron en su tarea, con lo cual no sería de extrañar que algunos de los escritos de Jerónimo sean de autoría de estas mujeres o por lo menos le hayan dado muchos de los insumos que luego este redacta en sus obras. Ellas también se encargaron de la edición y divulgación de sus escritos, a pesar de las resistencias que encontraron en los inicios.

En definitiva, celebrar la Sagrada Escritura es comprometernos con el estudio serio sobre ella y el propósito de hacerla alimento sólido de nuestra espiritualidad pero también -para actuar en justicia-, reconocer el papel de las mujeres en tantas realidades en las que han sido protagonistas y se les ha invisibilizado y, en este caso, si se honra la memoria de San Jerónimo, con más razón deberíamos honrar la memoria de estas mujeres, sin las cuales no hubiera sido posible dicha traducción que fue tan importante para la Iglesia católica durante tanto tiempo.

 

 

 

 

 

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

 

Por un laicado decididamente sinodal

  

Un modelo de Iglesia sinodal es lo que se espera para este tercer milenio, según las palabras del papa Francisco. Ya Vaticano II inició este proceso de transformación al definir la Iglesia como Pueblo de Dios en el que Jerarquía, laicado y vida religiosa son miembros plenos de la Iglesia por la dignidad que da el bautismo haciendo a todos, participes del sacerdocio, profetismo y realeza del mismo Jesucristo. A lo largo de estos más de cincuenta años -después de realizado el Concilio- no se ha podido consolidar tal modelo e, incluso se ha desvirtuado, con el clericalismo que tanto ha denunciado Francisco y que no parece fácil desmontarlo. Pero el papa sigue insistiendo, utilizando ahora este término -sinodalidad- que significa “caminar juntos”.

La sinodalidad no es un mero sentimiento de estar todos reunidos. Como lo explicó la Comisión Teológica Internacional en su documento sobre “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia” (2018) esta afecta a los sujetos, las estructuras, los procesos y los acontecimientos sinodales. Y aquí viene la dificultad de hacerlo realidad porque cambiarnos a nosotros mismos -los sujetos- supone demasiado desprendimiento y apertura; modificar -las estructuras- implica transformaciones reales que dan mucho miedo porque supone salir de esa zona de confort que ofrece una estructura ya consolidada y no digamos la dificultad que trae proponer -procesos y acontecimientos sinodales- que se realicen de manera diferente a lo que estábamos acostumbrados.

Superar la barrera de desigualdad que históricamente ha vivido la jerarquía y el laicado y que ha llevado a que no todos participen en los niveles de decisión eclesial, será una tarea muy ardua y difícil. Pero lo que más llama la atención o parece casi inconcebible es que en grupos de iglesia formados solo por laicado también se presente tanta resistencia a dar participación plena a todos los miembros que conforman aquellos grupos. Conozco algunas asociaciones de fieles laicos que, en sus orígenes, se constituyeron con diversos tipos de grupos: uno de ellos que centraliza las instancias de decisión y los otros que, compartiendo la misión, no participan en los niveles de gobierno. A lo largo de las últimas décadas se ha visto que un laicado activo -como se ha buscado vivir en el postconcilio- implicaba niveles de mayor participación de todos los miembros de cualquier grupo eclesial. Por eso, algunas de estas asociaciones han hecho procesos para dar mayor participación en los niveles de misión y de gobierno. Pero ante esa propuesta, se han levantado algunas voces invocando el carisma fundacional donde pareciera que el fundador o fundadora habría dispuesto esa jerarquía entre grupos como algo constitutivo y, por tanto, hacer cualquier cambio, sería atentar contra dicho carisma. Algunos procesos que llevaban un buen tiempo de reflexión y de puesta en práctica de un modelo mucho más sinodal se han parado por esas voces que no están dispuestas a cambiar.

Valga este ejemplo para recordar que un carisma nace en el seno de la iglesia y tiene su vigencia en la medida que siga siendo significativo para los modelos eclesiales que los signos de los tiempos van configurando. Además, es importante saber que la tradición eclesial tiene tres funciones: (1) Función constructiva: es la forma fundacional en la que se sustenta y desarrolla un carisma. (2) Función de conservación: corresponde a la fidelidad de los seguidores para mantener la sustancia vital del carisma recibido (3) Función innovadora: que se refiere a la capacidad de apropiarse del carisma fundacional y, manteniendo la fidelidad, recrearlo en los nuevos contextos, de manera que responda verdaderamente a los desafíos de cada tiempo presente. Un carisma que no asume los modelos eclesiales que el espíritu va suscitando, no puede mantener su vitalidad y significado y es sensato preguntarse si tiene sentido seguir manteniéndolo.

Muchas personas que apelan a la fidelidad carismática para no dejar que haya cambios, parecen olvidar, negar o no conocer la tercera función de toda tradición eclesial y, sobre todo, da la impresión de que divorcian el carisma del modelo de Iglesia que la actualidad reclama. Si es urgente que clero y laicado, caminen juntos, con más razón, es indispensable que todos los miembros de una asociación laical, por ejemplo, tengan voz y voto para dar testimonio de una iglesia capaz de bajar para que todos crezcan, de desprenderse para vivir el poder como servicio y no como honor, de mirar a la iglesia de los orígenes donde el ideal de “la mesa común” hizo posible vivir una fraternidad/sororidad, signo del Reino.

En definitiva, toda la Iglesia ha de ponerse en camino para hacer posible un modelo de Iglesia sinodal. Como ya dije, está siendo muy difícil que la jerarquía dé un paso decisivo en ese sentido -ni siquiera el mismo papa Francisco ha logrado llevar a cabo la tan esperada reforma de la Curia-. Pero, ¿no podría el laicado empujar ese cambio? El Dicasterio para los laicos, la vida y la familia que coordina las asociaciones de fieles laicos decretó hace poco que “Todos los miembros “pleno iure” (pleno derecho) tendrán voz activa, directa o indirectamente en la constitución de las instancias que eligen al órgano central de gobierno a nivel internacional”. Ojalá que algunas asociaciones de fieles donde ese pleno derecho de todos sus miembros de participar en instancias de decisión y de gobierno no es una realidad, no se queden pensando y en el peor de los casos -argumentando desde el carisma fundacional- para resistirse a hacer visible una Iglesia sinodal que, en definitiva, si los fundadores o fundadoras hoy vivieran, seguramente no dudarían en acoger esta voz del Espíritu que clama al cielo por un cambio para que la Iglesia salga de su anquilosamiento y se disponga a ser signo creíble de un “caminar juntos” de hecho y de derecho.