viernes, 13 de octubre de 2017


La formación teológica y la adultez de la fe

Aumenta el interés de laicos y laicas por la teología y eso es una buena señal. Significa que las personas quieren entender su fe y dar razón de ella. Quieren adquirir madurez espiritual y prepararse para compartir el don recibido. Significa que el rostro eclesial puede cambiar y una iglesia con diversidad de ministerios, reconociendo la igualdad fundamental de todos sus miembros, es posible.

Pero aún falta más empeño e interés por los estudios teológicos. Para muchas personas con tal de que Dios les “sirva” para socorrer sus necesidades, es suficiente. Y aunque nadie puede juzgar y menos negar la fe de quienes sólo mandan celebrar misas por sus difuntos o de los que acuden a santuarios en busca de milagros, bien se puede preguntar, si estas personas están poniendo todo el esfuerzo que amerita el cultivo de una vida de fe y se disponen a crecer en ella, con una formación adecuada a los desafíos del presente. Ahora bien, es bueno reconocer que no se ha cultivado con suficiente fuerza, por parte de la autoridad eclesiástica, la urgencia y necesidad de una formación teológica para el Pueblo de Dios.

Además, a veces, se tiene miedo y reparo frente a la teología. Unos piensan que quien la estudia “pierde” la fe o cae en la “especulación teórica” y se aleja de la vida. Y no faltan los que temen la formación del Pueblo de Dios porque a decir verdad esto lleva a que los “pocos” que saben ya no puedan ostentar el poder del conocimiento y los “muchos” que van aprendiendo exijan reconocimiento a su palabra y valoración de sus contribuciones.

Es cierto que la teología tiene peligros como cualquier realidad humana y no están exentos los teólogos y teólogas de saber mucho y vivir poco. También es verdad que la teología hace “perder” la fe. Pero, ¡atención! hace perder aquella fe infantil, basada en la imagen de un Dios que hace portentos y maravillas y soluciona mágicamente nuestra vida. En realidad la teología, ayuda profundamente a purificar la fe y a colocar al creyente en camino del misterio de la encarnación. Es decir, a descubrir que el Dios cristiano compartió nuestra suerte y nos sigue invitando a seguirlo en nuestra historia.

Por tanto, no hay que temer a la formación teológica. Por el contrario, estamos en mora de propiciarla y favorecerla. Dios quiere nuestro crecimiento a todos los niveles y el “entender” la fe es parte central de nuestro dinamismo humano. La teología no garantiza la fe pero una fe con una formación adecuada hace mucho bien a la humanidad. Eso sí, como todo proceso educativo exige preguntarse dónde, quién, qué orientación, con cuál enfoque. No todas las personas se inscriben en la misma línea de pensamiento pero es deseable que al menos se inclinen por las teologías que respondan más a las preguntas del mundo de hoy.

Y no hace falta esperar a estudiar teología en un centro universitario –aunque es muy deseable-. Se pueden propiciar muchos otros espacios para lograrlo. Sólo hace falta voluntad, determinación e incorporar de una vez por todas en nuestra vida cristiana, el hecho de que la teología no es patrimonio de unos pocos sino exigencia de la adultez en la fe, llamada a dar razón de sí misma en medio de un mundo cambiante y a mostrar con argumentos razonables, su viabilidad en este presente. La teología no tiene todas las respuestas, pero su contribución es invaluable si no queremos quedarnos rezados en el devenir de la historia, propiciando que efectivamente muchos pierdan la fe, no por estudiar teología sino por no encontrar respuestas a sus interrogantes y necesidades actuales.

jueves, 5 de octubre de 2017


Una Iglesia en permanente estado de misión


Una Iglesia misionera fue el sueño de Jesús y es también el de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña que en la Conferencia General del Episcopado celebrada en 2007 en el santuario de Aparecida (Brasil), hizo este llamado fuerte a ser una Iglesia “en permanente estado de misión”. Es decir, la Iglesia no está llamada a ejercer una misión sino que ella, en sí misma, es misión (DA 551). Pero ¿Cómo encarnar este deseo? ¿Cómo desprenderse de tantos siglos de estabilidad y seguridad que le ha proporcionado el ser reconocida por el poder civil? El mismo Documento de Aparecida al hacer ese llamado “al estado permanente de misión”, continúa diciendo: “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas”.

Y es que la misión es desestabilidad, riesgo, audacia, camino, búsqueda. En el pasaje en que Jesús envía a sus discípulos a la misión, les indica lo que supone esa situación: “Vayan proclamando que el Reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No procuren oro, ni plata, ni calderilla en sus fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento…” (Mt 10, 7-10).

En otras palabras, la Iglesia es misión porque tiene una Buena Noticia que anunciar y cuando algo se quiere comunicar se necesita salir, llegar más allá de los propios horizontes, atravesar nuevos caminos para que a muchos más les llegue esa Buena Noticia. Y no se hace por voluntad propia o intereses personales, sino porque se recibió gratuitamente y se reconoce la inmensidad de ese don. Pablo, el gran misionero, así lo expresa: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Más si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado” (1 Cor 9, 16-17).

Ahora bien la Buena Noticia que se anuncia no es un conjunto de “doctrina” que se comunica a los demás. Esto será un segundo paso. Lo primero, lo esencial, es la actitud de misericordia y compasión, de amor gratuito y generoso –actitudes del mismo Dios para con la humanidad- que Jesús expresa claramente en ese salir al encuentro de las necesidades de los demás y buscar transformar esas situaciones. La Buena Noticia consiste en anunciar que Dios nos ama como somos, desde lo que cada uno es y lo que Él quiere para cada uno es hacernos felices, desarrollar lo mejor de nuestras posibilidades, abrirnos caminos de liberación y esperanza, en toda situación que nos encontremos.

Por eso “una Iglesia en permanente estado de misión” ha de ser una Iglesia capaz de salir al encuentro de las necesidades del mundo, no para reprender y castigar sino para comprender y liberar, no para poner cargas pesadas sobre los hombros –como hacían los fariseos (Mt 23,4)- sino para contagiar -con el testimonio-, la vida de Dios que se nos regala, su amor incondicional y para siempre.

Por supuesto, la Iglesia no es la estructura de los templos, ni su organización jerárquica. La Iglesia somos todos y todas, convocados al seguimiento, de quienes depende, esta conversión a una vida discipular y misionera -como dos caras de la misma moneda-, donde no se puede seguir a Jesús sin anunciarle y se le anuncia porque se le sigue con fidelidad.

En este mes donde se explícita este dinamismo misionero, especialmente, hacia los que no han oído hablar de Cristo, es tiempo propicio para recrear y renovar este aspecto esencial de la vida cristiana. Como lo señala el Documento de Aparecida, “Recobremos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo (…) con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios” (DA 552).

viernes, 29 de septiembre de 2017


El Espíritu de paz, signo visible de la vida cristiana


En el Evangelio de Juan 20, 19-23, se presenta a Jesús Resucitado dándole a sus discípulos el don de la paz como señal de su presencia. Ellos lo reconocen precisamente en ese gesto y son enviados a ser sus testigos en medio del mundo.

Ese mismo Espíritu de paz sigue presente entre nosotros cada vez que nos comprometemos activamente a hacerla posible. La paz que no supone una actitud de quietud o indiferencia, sino una manera de asumir la realidad con sus luces y sombras. Una manera de discernir que nos lleva a denunciar críticamente todo aquello que hace mal a la humanidad y anunciar proféticamente el amor cristiano que “se entrega por los otros” en cada una de las circunstancias particulares que se van presentando.

En el contexto colombiano Jesús Resucitado -dador de la paz- sólo podrá estar presente en la medida que los cristianos le dejemos habitar en nuestra vida y realicemos sus obras.

Es signo del Espíritu no permanecer indiferentes ante la difícil situación política por la que atravesamos  -no sólo en nuestro país sino en otros países de América Latina- preguntándonos muy a fondo qué políticas son las que se proponen y si esas políticas benefician a los más pobres. Sólo estas merecerían nuestro apoyo incondicional. En este sentido poco se pregunta sobre las “políticas en sí” sino que nos movemos por los afectos/desafectos frente a los candidatos. Es necesario crecer en el compromiso político en este sentido.

Es signo del Espíritu comprometernos con la justicia social afrontando con valentía el modelo económico que ha dado los resultados desastrosos que hoy estamos constatando. No cerrar los ojos a los datos alarmantes que siguen existiendo de desempleo y carencia de medios básicos de muchos de nuestros compatriotas. Las cifras que se ofrecen para mostrar los avances en algunos aspectos son irrisorias ante el aumento real de desplazados, desempleados, en otras palabras, de excluidos de las posibilidades para vivir dignamente.

Es signo del Espíritu no cansarnos de construir la “cultura del encuentro” como tanto señaló el Papa Francisco. Se necesita una actitud de reconciliación sin dejar de lado el reconocimiento de la verdad y la reparación de los actos cometidos.

Es signo del Espíritu afrontar los problemas actuales que comprometen el cuidado ambiental, la sociedad plural, la coexistencia de diferentes creencias religiosas, la diversidad sexual, la articulación entre el ámbito civil y religioso. No se pueden afrontar esas realidades con lenguajes y actitudes beligerantes que cierren la posibilidad de existencia de lo diferente.

Es signo del Espíritu mantener una actitud evangelizadora que no imponga sino que ofrezca, que no condene sino que abra caminos de vida, que no defienda sino que exponga razones, que no divida sino que haga posible la unidad. Pero no hay que olvidar que también es signo del Espíritu la palabra “profética” que interpela y cuestiona y no evita los desencuentros. Pero es desde aquí que se puede construir la verdad y superar las realidades que no hacen posible la paz.

El Espíritu de paz con el que el Resucitado se presenta entre los suyos es uno de los signos que puede seguir hablando a nuestros contemporáneos. Es urgente que ese lenguaje se oiga con más fuerza y hoy somos nosotros los llamados/as a mostrar que el Espíritu de paz es signo visible de nuestro compromiso cristiano.
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jueves, 21 de septiembre de 2017


Comenzar la renovación eclesial desde los pobres




La misión es la razón de ser de la Iglesia porque ella no vive para sí sino para anunciar a Jesucristo. Por eso, a la hora de hablar de renovación, de cambio, de conversión eclesial, no podemos hacerlo sin tener presente la finalidad a la que tendemos, el para qué de esta renovación. En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco señala con claridad, que el cambio es para que la iglesia “se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (n.27). Y esto es importante aclararlo porque si no se ve el para qué, no se genera ningún cambio o se realiza en la dirección equivocada.

Más aún, hoy vivimos un momento en que es difícil ver la urgencia de un cambio eclesial porque la Iglesia tiene –por lo pronto- un lugar asegurado en la sociedad. Territorialmente tiene posesiones, bien sea por sus obras apostólicas o por la identidad católica que constituye a países como el nuestro. Está presente en instancias oficiales y su voz es escuchada. Además, en el Pueblo de Dios hay la ambivalencia de querer cambios y no estar de acuerdo con muchas cosas pero, al mismo tiempo, permanecer en una mentalidad acrítica que sin darse cuenta, mantiene la realidad eclesial como está porque, de alguna manera, la iglesia le “sirve” para tener esa relación con Dios, que en cierta forma, todos buscamos. Todo esto puede llevar a trabajar por la “autopreservación” -como dice la Exhortación-, buscando mantener lo que tiene y/o recuperando espacios perdidos, pero no “sacudiéndose” profundamente para “que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual”.
El momento eclesial que vivimos apunta a esto: “a procurar que todas ellas (las estructuras) se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad”.

La conciencia de que hemos de cambiar como iglesia, existe. Más aún, es “impostergable”. Urge renovar su vocación evangelizadora, su actitud de servicio incondicional, la fuerza de su testimonio veraz, mostrando -con sus hechos y palabras- en qué consiste el Reino de Dios que anuncia, la Buena Noticia que quiere comunicar.

¿Por dónde comenzar esta transformación radical? Aunque pueda resultar una “piedra de escándalo” –porque lamentablemente así parece vivirse en algunos ambientes- la primera conversión que tiene que hacerse es hacia los pobres. Ellos son los destinatarios privilegiados del Reino, -no porque sean buenos, como ya decía la teología de la liberación- sino porque Dios, en su infinito amor, se inclina siempre por los últimos y desde ellos llama al seguimiento a todo el Pueblo de Dios.

Este lenguaje es “duro” –como le decían los discípulos de Jesús cuando les hablaba en su vida histórica- (Jn 6,60), porque es más fácil no mirar la realidad que nos rodea, ni preocuparnos por la suerte de tantos pobres de este mundo sino solamente buscar en la religión “bienestar personal”, “seguridad emocional”, “protección divina”, etc.

Pero no hay otro camino. Nuestra fe y el amor a los pobres son inseparables (Mt 25, 31-46). El Papa lo ha expresado al decir que desea una “Iglesia pobre para los pobres”. Y es así porque en los evangelios, Jesús se puso del lado de los pobres. Salió a su encuentro y buscó devolverles su dignidad. Denunció las estructuras que impedían que ellos estuvieran incluidos en la sociedad e interpeló fuertemente a las autoridades religiosas de su tiempo que, en nombre de Dios, cerraban las puertas a muchos por no cumplir las leyes y observancias religiosas. Olvidaban así la misericordia y quedaban presos de su autosuficiencia y orgullo como el publicano de la parábola (Lc 18,9-14).

Por aquí van entonces los desafíos que tenemos. La alegría de la llamada del Señor sigue tocando nuestros corazones. No temamos, entonces, salir a las periferias para desde allí llevar adelante la conversión pastoral que el mundo de hoy espera de la Iglesia.

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viernes, 15 de septiembre de 2017


La hermenéutica o interpretación del texto bíblico


Como se ha dicho tantas veces, la Palabra de Dios requiere ser interpretada para poderla entender en su contexto, no haciéndole decir lo que no dice, y develando todo el mensaje profético que encierra. Esto no es propio de la Biblia sino de toda realidad humana porque dependiendo del tiempo, del lugar, de las circunstancias, todo toma un significado propio que necesitamos indagar bien, para evitar malos entendidos. Basta tomar como ejemplo, las sorpresas que nos llevamos cuando vamos de una región de Colombia a otra, o de un país a otro y vemos cómo las mismas palabras significan distinto y las costumbres obvias en un lugar son, muchas veces, totalmente diferentes en otros.

Pues bien, la tarea de interpretar la realidad y, por lo tanto, la Sagrada Escritura, supone mucha dedicación, esfuerzo e interés. Esta tarea se llama “hermenéutica”, palabra tomada del Dios griego Hermes, experto en el arte de interpretar los misterios ocultos. La teología se considera una ciencia hermenéutica porque su tarea es interpretar la revelación divina presente en la historia, en los signos de los tiempos y consignada, de modo privilegiado, en la Sagrada Escritura. Continuamente, por tanto, hay que preguntarse qué significa ese texto, en qué contexto se escribió, a qué situación respondía, cómo se entendían las palabras y los ejemplos usados en el texto sagrado en el tiempo que se escribieron, etc. Además, hoy en día también se está hablando de “hermenéutica de la sospecha” o de la “hermenéutica de la experiencia” o de la “hermenéutica de la imaginación” o “hermenéutica del recuerdo” y, de muchas otras clases de hermenéutica, que a veces sorprenden a quienes escuchan esos términos y hasta “escandalizan” porque cómo vamos a “sospechar” de la interpretación del texto sagrado hecha por personas que se consideran autoridad eclesiástica.

Aclaremos entonces, brevemente, cómo entender esas hermenéuticas que se van empleando cada vez más. A la raíz de esas propuestas está el asumir que las interpretaciones no son “neutras” porque siempre vienen mediadas por los intereses de quien realiza esa interpretación. Por eso, aunque el objeto de interpretación sea el texto sagrado, no está exento de intereses personales, grupales o institucionales y de ideologías sexistas, racistas, culturales o religiosas, de los que lo interpretan. Por tanto, lo que pretenden hermenéuticas como las de la sospecha o de la imaginación es develar estos intereses que muchas veces han favorecido posturas de dominación o han defendido puntos de vista que no son realmente evangélicos. Los resultados de ese trabajo incomodan a algunos (normalmente los que gozan de privilegios o de poder gracias a determinada interpretación de un texto) y, por eso, es un trabajo difícil, pero es una exigencia ética y religiosa que no se puede dejar de lado, si se quiere vivir en fidelidad al evangelio y pretende mantener el profetismo propio del evangelio.

Para la realidad de la mujer, por ejemplo, esas hermenéuticas han permitido recuperar su presencia en los textos bíblicos, darnos cuenta del papel que cumplieron en los orígenes cristianos, de su actitud mucho más proactiva en la dinámica evangelizadora de los inicios o de los ministerios que ejercieron, entre muchas otras realidades. Porque “sospechar” que puede haber otras interpretaciones, “imaginar” que las situaciones pudieron ser distintas, “recordar” la presencia de las mujeres en los orígenes del cristianismo, “experimentar” la situación existencial de quienes sufren las discriminaciones, da unos “ojos” más claros para ver y una mente más “abierta” para interpretar el sentido profundo del texto bíblico. Y así podríamos hablar de muchas otras realidades con las que hoy nos confrontamos que reclaman una interpretación mucho más integral del texto bíblico de manera que encuentren también en éste, lugar y posibilidad de vivirse por muy nuevas, audaces o distintas que parezcan.

Hay que orar mucho el texto bíblico para que cambie nuestro corazón pero hay que interpretarlo bien para que esa oración nos haga cada vez más abiertos, comprometidos, audaces y profetas en tiempos como estos, donde la centralidad del ser humano es innegable y el reconocimiento de todos sus derechos es inseparable del seguimiento fiel a Jesucristo.
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domingo, 10 de septiembre de 2017


El Papa en Cartagena: “Esclavos de la paz para siempre”




Último día del Papa Francisco en Colombia y sus palabras siguieron igual de claras o “más claras” que todas las dichas a lo largo de su viaje. Lo primero, sus “actos”. Su entrada a la “ciudad amurallada” –orgullo turístico de los colombianos- la hizo por los lugares más pobres, aquellos que no se muestran a los turistas y de los que nadie se ocupa. San Francisco, un barrio sin transporte público, donde viven más de 8000 personas, la mayoría afrodescendientes, sumidas en la pobreza y el abandono de la administración pública. Pero allí brota la esperanza en obras sociales auspiciadas por la Arquidiócesis, como las que el Papa fue a visitar: El programa “Thalita Cum (que en arameo significa: niña, a ti te digo, levántate), obra que quiere proteger a las niñas de caer en la prostitución o ser víctimas de la trata de personas y la “Misión María revive” que busca construir casas para los habitantes de la calle. El Papa bendijo la primera piedra para estas obras.

En ese barrio le ocurrió el pequeño accidente en el que se golpeó el rostro. Creo que no le interesó mucho porque él sabe que cuando se vive “la iglesia en salida en las periferias” eso y mucho más puede pasar. Podría haber pasado en cualquier otro lugar, por supuesto, pero no es de extrañar que en un barrio de calles estrechas y con toda la gente volcada con tanta sencillez en las calles, un frenazo a destiempo, fuera lo más posible que ocurriera.

Y en ese barrio también entró a la casa de Doña Lorenza Pérez, humilde mujer que alimenta a más de 100 niños de escasos recursos de su comunidad. Así relató ella lo que ocurrió en ese encuentro. “me agarro de la mano, me abrazó fuerte, me dio un beso en la mejilla y me estrechó la mano fuerte y me dijo: usted vale mucho doña Lorenza”.

Posteriormente se dirigió a la Iglesia San Pedro Claver donde rezó el Ángelus, introduciéndolo con las preocupaciones que lleva en su corazón: los pobres que sufren exclusión y de los que Pedro Claver fue verdadero defensor. Pidió por la situación venezolana haciendo un llamado a rechazar todo tipo de violencia e invitando a buscar una solución a la grave crisis que afecta a todos pero, especialmente, a los más pobres y desfavorecidos de la sociedad.

Después de bendecir a la Virgen del Carmen en la bahía de Cartagena se dirigió al área portuaria de Contecar para la celebración de la Eucaristía. Y allí, con la homilía, cerró con palabras claras, directas y exigentes el mensaje central que quería dejarnos a los colombianos: “si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz (...) Él no dejará estéril tanto esfuerzo”.

Estas palabras tienen que calar hondo en nuestra conciencia. ¡Ojalá que así sea! Son muchos los obstáculos que se han puesto a la paz. Hay muchos corazones cerrados a un nuevo comienzo. Muchos otros no quieren incluir sino excluir. Y los cristianos no han estado ajenos a estas actitudes que desdicen de su fe en Jesús y que se olvidan de que hay algo “innegociable”: la construcción de la paz.

Posiblemente al recoger todas las palabras dichas en la homilía se va abriendo el camino para poder dar ese “primer paso” que tanto hemos repetido en estos días. Cartagena desde hace 32 años es sede de los Derechos Humanos y en este contexto la palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración. Los testimonios de las víctimas interpelaron al Papa –más adelante dice que le hizo mucho bien escuchar tantos testimonios-. Y desde ahí apela a la necesidad de incorporar a muchos más actores al diálogo y dejar que prime la razón sobre la venganza, armonizar política y derecho y tener en cuenta los procesos de la gente. “No se necesita un proyecto de unos pocos para unos pocos o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie del sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural”. Generar “desde abajo” un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, responder con la cultura de la vida, del encuentro. Levantar una palabra profética contra todos aquellos que atentan contra los derechos humanos, contra la casa común y los graves problemas del narcotráfico, la explotación laboral, el blanqueo ilícito de dinero, la especulación financiera, la prostitución, la trata de seres humanos, la tragedia de los emigrantes y, en definitiva, todo aquello que vulnera la dignidad humana. Ante todo eso no se puede dejar de levantar la voz. Además, no se puede dejar de reconocer el valor de tantos defensores de derechos humanos que han perdido la vida defendiéndolos.

Y, precisamente con esa voz profética el Papa nos preguntó: ¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente!

El Papa hizo todo lo que pudo por comprometernos con la paz. Y ahora ¿qué haremos nosotros? Nuestro empeño en esta tarea dará la respuesta. Ojala no hagamos inútiles tantos esfuerzos del Papa pero sobre todo no nos defraudemos a nosotros mismos en la construcción del futuro que nos pertenece y mucho menos al Dios de la paz que está de nuestra lado y en este paso de Francisco por nuestra tierra nos ha hablado claro y contundente: “Sean esclavos de la paz para siempre".


El Papa Francisco en Medellín: un cambio real en la vida de la iglesia



Hay mucho debate en sí el Papa cambia la doctrina o mantiene la continuidad con el magisterio anterior. Los expertos dicen que no cambia la doctrina. Los más tradicionalistas dicen que sí y “se rasgan las vestiduras” (en secreto, muchas veces, para no desentonar porque es sabido que siempre se ha respetado el magisterio pontificio) y los que desde siempre han vivido con esa inquietud profética de que la iglesia podría parecerse más a la iglesia de Jesús, no debaten si cambia o no la doctrina pero si se sienten muy alegres al oír al Papa y al verlo actuar porque su presencia trae otro estilo de Iglesia, trae otra manera de situarse ante el mundo, invita a otra forma de ser y de juzgar, de actuar y de comprometerse.

Francisco habla muy claro pero no es de extrañar que muchos quieran mantener oídos sordos. El Papa dice todo lo contrario de lo que muchos jerarcas y católicos han enfatizado por décadas. En lugar de hablar de la “pureza” de la doctrina, de los ritos, de las tradiciones, se dedica a decir que en la iglesia han de caber TODOS porque la iglesia no es una aduana que impide la entrada a nadie. Además afirma que la rigidez, las seguridades y los apegos –a lo que se cree es la ley de Dios- no es de Dios. Todo esto constituye un cambio real en la manera como algunos jerarcas y no pocos laicos viven la predicación, las actitudes y las costumbres en la iglesia.

Como ya lo dijo Benedicto XVI, no se comienza a ser cristiano por una idea sino por el encuentro con una persona. Esto es el seguimiento de Jesús. Y Francisco recuerda que seguir a Jesús es preguntarse ¿qué es lo que le agrada al Señor? en lugar de escudarse en el cumplimiento de unas normas -que son mediaciones que pueden cambiar como todo lo humano-. Ante esto el Papa propone tres actitudes fundamentales del verdadero seguidor de Jesús: (1) ir a lo esencial (2) renovarse (3) involucrarse.

Para ir a lo esencial se requiere dejar esa mentalidad farisea, apegada a la norma y lejana a la experiencia de Dios. Por lo contrario, lo esencial es escuchar la Palabra y desde ella ver las necesidades de los hermanos que nos reclaman y no podemos dejar de atender. Renovarse respondiendo al llamado del Señor que nos habla a través de sus llagas presentes en la vida de los más pobres y nos invitan a la superación de la violencia buscando caminos de reconciliación y paz. Involucrarse, saliendo de sí para encontrarse con todos y no impedirle a nadie que entre a la iglesia, no sentirse dueño sino servidor. La manera de involucrarse es haciendo uso del método latinoamericano: ver-juzgar-actuar (el Papa recordó que este método surge con la Conferencia de Medellín en 1968), “sin miopías heredadas” (¿estaría refiriéndose a todo el recelo frente al camino latinoamericano de tantos sectores eclesiales?) para examinar la realidad con los ojos de Jesús y juzgar y actuar desde esa mirada. Todo esto supone un cambio en la vida eclesial. Una nueva mirada, un nuevo juicio. Un nuevo actuar.

En el encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, seminaristas y sus familias el Papa ahondó más en este cambio de mentalidad que se exige hoy a la Iglesia. A partir del texto bíblico de la vid y los sarmientos el Papa les propuso tres modos de hacer efectivo el permanecer: (1) Permanecer tocando la humanidad de Jesús, contemplando la realidad no como juez sino como samaritano, conmovido ante la necesidad de las personas; (2) Permanecer contemplando su divinidad, a través de las Sagradas Escrituras para conocer a Jesús y saber lo que él quiere de nosotros, (3) Permanecer en Cristo para vivir en alegría la cual es el mejor testimonio que podemos ofrecer al mundo. En el fondo, en el mensaje que el Papa quiso dar a los consagrados continuaba insistiendo en lo que él ve como esencial: contemplar a Jesús en la realidad, servirle allí asumiendo todo lo que esta conlleve, encarnar definitivamente la fe en la historia que nos toca vivir. Y en Colombia esta historia nos invita a superar los diluvios de los desencuentros y de las violencias, dando frutos de encuentro y solidaridad.

Sí, el Papa está cambiando la manera de ser iglesia. La manera de vivir el seguimiento. La manera contemplar el mundo. Pero no por un gusto personal sino porque mirando el evangelio de Jesús, quiere zarandear la iglesia para que lo asuma de una vez por todas, para que deje de estar acomodada y dé el primer paso y muchos otros pasos en el auténtico seguimiento.

¿Asumiremos esta propuesta? Sinceramente lo veo difícil. Pero no hay que perder la esperanza porque el mismo Espíritu que suscitó un Papa venido del fin del mundo que ha vuelto a lo esencial del evangelio puede hacer que la iglesia colombiana, de una vez por todas, asuma el compromiso de construir la paz y la reconciliación porque entiende que si esto no es evangelizar, ¿qué podría serlo?