domingo, 19 de junio de 2022

 

¡Y ganó “El cambio por la vida”

 

Olga Consuelo Vélez

 

Han sido tres semanas muy difíciles desde la primera vuelta y por fin, “ganó el pacto por la vida”. En este día no ganó una persona -Petro- sino que ganaron las periferias, las víctimas, los y las nadies, la población afro, y tantos pobres con diferentes necesidades y exclusiones. Además ganó un relato que se acerca más a la verdad (todo relato es limitado como la misma vida humana) porque no es verdad que los guerrilleros insertados no puedan acogerse a la legalidad y seguir construyendo patria, porque no es verdad que el único sistema confiable es el neoliberalismo, porque no es verdad que hay que esperar indefinidamente para empezar el cuidado de la casa común, porque no es verdad que los gobiernos progresistas son comunismo, porque no es verdad que no podamos tener un Estado de Bienestar -como tantos países del llamado primer mundo- para garantizar una educación, una salud, una pensión, una vivienda y tantas otras necesidades básicas a lo que tienen derecho todo colombiano/a. Los/as pobres, los/as nadies ¡no son vagos!, ¡no son atenidos!, -como los califican tantas personas desde su comodidad-. Ellos son víctimas de la injusticia social de la que esta parte de Colombia, hoy ganadora, se cansó y ha puesto todo de su parte para comenzar a revertirla. Que la injusticia se haga justicia, que le vida triunfe sobre la muerte, que la paz acabe con la guerra.

Espontáneamente mucha gente ha salido a la calle para celebrar este triunfo. No importa la lluvia (en Bogotá) porque es más grande la alegría del triunfo. Pero lo más interesante es la presencia masiva de tantos jóvenes. A ellos también les debemos este triunfo porque son los que hace un año protestaron en las calles porque la situación que vivimos no se puede tolerar más. Su constancia, audacia y fortaleza muestra la conciencia política de los jóvenes y su compromiso con construir nuestra patria. No es verdad que los jóvenes son vándalos -como también los califican tantas personas que solo viven en su pequeño mundo, temerosos de cualquier cambio-.

La alegría de este momento refleja un sentir del “pueblo”. Ese pueblo que se logra unir y luchar por causas comunes. De este pueblo nos habla el papa Francisco en la Fratelli Tutii, pero lamentablemente, hay una porción de Iglesia que no puede salir a celebrar con este pueblo, porque parece que nunca esta con él, aunque en teoría dice seguir al Jesús del reino, donde los pobres ocupan el primer lugar. ¡Esas son las incoherencias de nuestra fe!

Los periodistas de los medios casados con el gobierno actual, no saben muy bien cómo transmitir este triunfo. Se les ve rígidos, como a muchos de los invitados a comentar. Es que después de tantos meses contribuyendo al desprestigio de la campaña del Pacto Histórico, ahora no saben ni qué decir. Porque, aunque fue verdad que de todas las campañas hubo iniciativas de atacar personalmente al contrincante, es verdad de toda verdad que contra Petro todo eran ataques, todo era distorsión, no hubo un solo debate en que los oponentes no partieran de una mentira para atacarlo y que los periodistas no le hicieran preguntas con la intencionalidad de reforzar prejuicios infundados.

Por supuesto que las cosas no van a cambiar mágicamente. Creo también que errores no faltarán. Estaremos escribiendo en el futuro con desacuerdos frente a decisiones que tomen. Pero no olvidemos que cualquier decisión necesita la aprobación del congreso y será una “obra de arte” conseguir unir fuerzas para el bien de Colombia. No faltará la oposición férrea de los contrarios. Sin embargo, Colombia no va a ser la misma después de este triunfo. Por primera vez nuestro país se mira desde la periferia, por primera vez los que nos hablan son representantes de los indígenas, de los afro, de los campesinos, de las víctimas, de los pobres, de los nadies y las nadies, pueblo colombiano que trabaja con tanta dignidad y que por siglos ha sido víctima de tanta injusticia social.

Gracias Francia Márquez por hacer realidad que una mujer como tú -a los que tantos tienen recelo por ser negra, ser lideresa, ser valiente- ocupe este segundo cargo de la nación, rompiendo el techo para las mujeres pobres, negras, del pueblo. Desde tu maravillosa votación en las consultas nos has mostrado que existe esta porción de pueblo que levanta la voz y es capaz de encargarse de liderar el rumbo del país por la senda de la vida, vida que has defendido con el compromiso de tu propia vida.

Gracias Gustavo Petro por no haberte cansado a pesar de tanta oposición. Tu vida vale la pena ¡y sin duda! Como dijo algún periodista o comentador, has sabido interpretar el sentir del pueblo y merecías ser nuestro presidente. Tus primeras palabras, después de este triunfo, son las que necesitamos: una política del diálogo, del amor, de la reconciliación, de la paz y, sobre todo, abrir las puertas del cambio. No estamos bien y tenemos derecho a estarlo. Confiamos que estos cuatro años que vienen sigamos trabajando por la unidad y la paz, por la justicia social y la inclusión de todos/as, por superar tanta violencia que no tenemos porque vivir. ¡Tenemos derecho a vivir en paz! ¡Tenemos derecho a ser felices! ¡Tenemos derecho a vivir sabroso!

miércoles, 15 de junio de 2022

 

Que sea lo que Dios quiera

 

Olga Consuelo Vélez

 

Cuando uno ha puesto todo lo que puede para apoyar una causa y siente que no hay nada más que hacer, brota, espontáneamente, la siguiente frase: “Que sea lo que Dios quiera”. Sin embargo, es bueno reflexionar sobre esta expresión porque tiene su sentido positivo y su sentido negativo. Como positivo está el hecho de que uno deja en manos de Dios el futuro que no puede controlar y confía que Él siga presente, venga lo que venga. Pero lo negativo es que parece que Dios será el artífice de lo que suceda y esto, en realidad, no es así. Y, en este sentido podemos hacer preguntas en torno a la oración de petición, a la figura de Dios, a la responsabilidad humana. Sobre esto quiero decir alguna palabra.

 

Sobre la oración de petición, teniendo esta oración, el profundo sentido de reconocer la limitación humana y la apertura confiada a Dios, es la más manipulada y deformada porque puede evadir la responsabilidad humana y, por otra parte, se convierte en medio de pedirle a Dios las cosas más absurdas. Conocemos las muchas peticiones que se hacen a Dios para que gane un equipo de futbol u otro. Lo mismo para que ganemos la lotería o cualquier concurso en el que se participa. O en la política, para que gane un candidato u otro. Si hiciéramos un mínimo de reflexión crítica, nos daríamos cuenta de lo irracional de estas peticiones porque Dios no puede manipular la realidad para que suceda lo que le pedimos, máximo cuando los peticionarios están pidiendo cosas opuestas. Si creyéramos que Dios intervino por la fuerza de nuestras oraciones en esos asuntos, podríamos quedar rápidamente decepcionados porque gana el contradictor y, entonces parecería, que Dios no está de nuestra parte. Otras peticiones como por la salud, el trabajo, la paz, los seres queridos, etc., son más razonables porque, en verdad, son situaciones que las intentamos vivir desde la fe, reconociendo la presencia de Dios en todas ellas. Pero, en todos los casos, hemos de tener claro el sentido de la oración de petición que se conecta directamente con la imagen de Dios que tenemos y con la responsabilidad humana que no podemos evadir.

 

El conocido texto de Mateo (7,7): “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá, porque todo el que pide recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá” parece que justifica que pidamos mucho y que al final ganará el que más haya pedido. Esto se usa bastante para manipular con la psicología de masas a muchas personas que reunidas en las llamadas vigilias de oración o reuniones similares, el dirigente incita a los participantes a que griten con más fuerza, oren con más intensidad, pidan con más convencimiento, en fin, mueve las masas a esos estados de histeria colectiva que, sinceramente, tienen muy poco que ver con la experiencia cristiana y si mucho con la manipulación colectiva que se hace en nombre de muchos asuntos, pero lamentablemente, también en nombre de Dios.

 

Las cosas que resultan de cualquier situación que vivimos, no son “lo que Dios quiere” sino lo que nosotros hemos querido que sean. Por supuesto hay algo de azar como un partido de futbol, pero eso no exime que entre mejor jueguen, hay mucha más probabilidad de ganar. En los juegos de azar, son precisamente eso, “azar”. A veces pareciera que hay gente más afortunada que otra, pero no por ser mejor, sino por el azar que así lo determina. En la política, saldrá el candidato que elijamos, de eso no hay duda. Si fuera así, Dios tendría la culpa de tanto dictador o presidente nefasto que se ha tenido en la historia.

 

Por lo tanto, “que sea lo que Dios quiera” nos puede evadir de nuestra responsabilidad en cada una de las situaciones que vivimos. Hasta el último momento, lo que cuenta son nuestras acciones. El bien común depende de nosotros. El cambio climático es consecuencia de nuestros comportamientos. Los resultados electorales dependerán de la conciencia con que se haya votado, pero también de la pasividad, la indiferencia, la falta de conciencia crítica, los intereses propios y tantas otras realidades humanas que son las que, en definitiva, producen unas consecuencias u otras.

Y, entonces ¿tiene sentido la oración de petición? Tiene sentido si es para pedirle a Dios que nos haga responsables, comprometidos, generosos, auténticos. Tiene sentido para que nos ayude con su presencia a realizar todo lo que esta en nuestros manos hacer. Tiene sentido para que purifique nuestros intereses egoístas y podamos hacer cada vez mayor bien. Hay que “pedir”, pero no que Dios mande mágicamente del cielo algo sino pedir que no nos cansemos de hacer todas las acciones necesarias para que las cosas sean mejores para todos. Hay que “buscar” nuevas maneras de mirar la realidad para cambiar todo aquello que no ha funcionado, hay que “llamar” a la conciencia humana para que no se canse de hacer el bien. De esa manera “se recibe, se encuentra, se halla” (retomando el texto de Mateo que señalamos antes) un mundo más justo, un mundo más fraterno/sororal, un mundo no excluyente, en otras palabras, un mundo como Dios quiere.

 

Lo que Dios quiere es que prime la justicia y la vida digna para todos. Lo que Dios quiere es que no haya exclusiones, marginaciones, opresiones por razón de sexo, género, etnia, condición socioeconómica, etc. Lo que Dios quiere es que construyamos la paz, que haya reconciliación y posibilidad de comenzar de nuevo. Lo que Dios quiere es que en este mundo se les garantice la vida a todos los seres humanos. Pero cuenta absolutamente con la libertad humana para hacerlo posible. La oración nos introduce en este horizonte donde el querer de Dios se confía al querer humano y el querer humano cree que Dios no lo deja de su mano y lo expresa en la oración de petición, sin esperar una intervención mágica de Dios ni muchos menos sin dejar de sentirse responsable por cada una de sus acciones.

martes, 7 de junio de 2022

Una Iglesia con Espíritu

Consuelo Vélez

 

Con el papa Francisco hemos soñado con una Iglesia distinta. Ya desde el inicio de su pontificado, nos animó con sus palabras: “quiero una Iglesia pobre y para los pobres”. Después nos ha ido enriqueciendo con sus escritos:  Evangelii Gaudium en la que destaca la dimensión social de la fe; Laudato Si, y Querida Amazonia, en los que, el compromiso con una ecología integral, nos interpelan profundamente sobre el cuidado de la casa común. También Amoris laetitia sobre el amor en la familia, Gaudete et exsultate sobre “los santos de la puerta de al lado”, Christus vivit sobre los jóvenes y Fratelli tutti sobre la fraternidad/sororidad y la amistad social, destacando la política como la forma más alta de la caridad. Fuera de estos documentos están las muchas cartas apostólicas y las constituciones, la última de las cuales, Praeticate Evangelium, entró en vigor el pasado 5 de junio, en la que propone la reforma de la curia a partir de la misión esencial de la Iglesia: predicar el evangelio. Cada uno de estos documentos merecen una lectura detenida para entender y poner en práctica todo lo que proponen para cambiar el rostro de la Iglesia.

 

Efectivamente, esta iglesia necesita con urgencia una reforma, un cambio. Si confrontamos lo que Vaticano II trazó para ella según la Constitución Lumen Gentium -una Iglesia Pueblo de Dios-, constatamos que falta mucho para hacerlo realidad. Con la propuesta de la sinodalidad -una iglesia donde todos caminan juntos- el papa volvió a impulsar este esfuerzo de reformar la Iglesia. Pero los logros no parecen ser demasiados. Especialmente los jóvenes se van alejando más y más y esto no es un dato menor. De ahí que sea importante seguir pensando qué hacer para que la reforma de la Iglesia sea una realidad. En este sentido, si miramos los evangelios, encontramos la respuesta contundente: necesitamos una Iglesia con Espíritu, es decir, una Iglesia donde Él pueda ser el protagonista, conduciéndola por los caminos de la sencillez, el testimonio y el compromiso decidido con los pobres de la tierra.

 

Pero ¿acaso la Iglesia actual no está guiada por el Espíritu? ¿acaso no es Él quien nos anima e impulsa en nuestro compromiso cristiano? Por supuesto que sí y, afortunadamente, hay mucha gente abierta a su acción, haciendo posible tanta bondad y bien. Pero las estructuras eclesiales no parecen muy llenas del Espíritu. Se ven rígidas, inmóviles, excluyentes, apegadas a lo que siempre se hizo de una manera, recargadas de lujos, protocolos, reverencias. Y los que se empeñan en mantener ese tipo de estructuras invocan que lo sagrado ha de ser así. No parece que ese estilo tenga algo que ver con el Espíritu de Jesús. Los evangelios nos muestran a un Jesús que vive lo sagrado en medio de la gente. Lo que le interesa es la misericordia y la inclusión, la solidaridad y el compromiso, la liberación de todas las esclavitudes: “El Espíritu me ha ungido para anunciar la Buena Nuevas a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Jesús anuncia el reino de Dios con palabras y signos que siempre van a favorecer a la gente. Las curaciones (Mc 5, 21-43; 6, 53-56) liberan a los enfermos, sobre todo, del estigma social que suponía la enfermedad en el contexto judío. La multiplicación de los panes (Mc 6, 30-44; 8, 1-10), que podríamos interpretar como un gesto eucarístico, muestra claramente que ese pan repartido no es para los puros sino para la población hambrienta por las carencias que cada persona puede tener. Y así, toda la praxis de Jesús habla de cercanía y misericordia, contrastando a los fariseos y escribas de su tiempo que solo se fijan en los mandatos de la ley, olvidando que la persona es quien debe ser el centro y la ley ha de estar a su servicio.

 

Una Iglesia con Espíritu es la Iglesia que recupera la praxis de Jesús. Que pone a las personas en primer lugar. La Iglesia con Espíritu es la que no condena, no excluye, no discrimina, no ataca, no sataniza lo distinto. La Iglesia con Espíritu es la que se detiene en el camino como el buen samaritano (Lc 10, 29-37) para curar a todos los caídos en el camino. Es la que sabe que su misión es abrir caminos de esperanza siempre y en todas las circunstancias. Es la que desde su sencillez ofrece lo que tiene, sin pretensión de ser la única que sabe o la que tiene la última palabra. La Iglesia con Espíritu es la que sabe estar en camino discerniendo los signos de los tiempos de cada momento histórico para responder a lo que las situaciones hoy demandan. Es la iglesia que abre puertas y ventanas para que el Espíritu limpie, renueve, transforme, cambie, desinstale. Es la Iglesia en salida, es la Iglesia misionera, es la Iglesia sinodal. Es la Iglesia pobre y para los pobres donde ellos se pueden sentir en casa porque no hay clases sociales o moralismos excluyentes. Es la Iglesia donde los clérigos no están en puestos de honor sino sirviendo a los demás, conforme a la vocación que han escogido. Es la iglesia donde el laicado puede tener voz y protagonismo y se corresponsabiliza de la misión evangelizadora que el mismo Jesús le ha confiado. Es la Iglesia en la que la vida religiosa se convierte en un símbolo claro de la vida que se entrega al servicio sin atarse al poder, al honor, a los privilegios. A esta Iglesia estamos invitados y, está en nuestra apertura al Espíritu, hacerla posible.

 


domingo, 5 de junio de 2022

 

Elecciones presidenciales ¿hacia cuál cambio?

 

Olga Consuelo Vélez

 

La segunda vuelta en las elecciones presidenciales en Colombia, han mostrado que el sentimiento de cambio frente al actual gobierno se ha manifestado. Sin embargo, esto nos lleva a un momento crucial: ¿hacia cuál cambio? Sería maravilloso que pudiéramos construir ese cambio entre todos, pero así no funciona la democracia. Tenemos que escoger entre las dos opciones que ganaron, nos guste o no nos guste. Ninguna es completa, pero sinceramente, no creo que sean dos opciones de igual peso y, por eso, invocar razones y ayudar a un buen discernimiento es nuestra tarea en estos días.

Afirmo que no son dos opciones del mismo peso porque la del Pacto Histórico es una propuesta pensada y con una articulación de todas sus partes a partir de un horizonte distinto al que tenemos hoy. Y, precisamente, esto es lo que causa resistencias. No porque no sea válida, coherente y posible, sino porque nos obliga a mirar desde otra orilla y, lamentablemente, cuesta demasiado “salir de lo que siempre fue así”. Y, para completar, tenemos la mente tan colonizada que tantas personas que viven con lo mínimo y luchan día a día por sobrevivir, son los primeros en temer al cambio y defender el sistema neoliberal que los mantiene sumidos en sus condiciones precarias. No salgo de mi asombro al escuchar a personas a las que las EPS no les cumplen con la salud a la que tienen derecho y temen que las reformen; a personas que teniendo estudios universitarios no logran conseguir trabajo y llaman de vagos a los que piden oportunidades laborales; otros han fracasado en sus pequeños emprendimientos porque el sistema neoliberal les hizo imposible competir con los grandes empresarios y siguen defendiendo este sistema; a los que han pagado abogados para pasar de los sistemas de pensión privados a Colpensiones porque saben que aquellos fondos no les darán sino lo mínimo, pero defienden a los fondos privados; en fin, los ejemplos son infinitos y estas mismas personas llaman de vándalos o vagos a estas personas, especialmente jóvenes, que están empeñados en conseguir cambios y, gracias a su conciencia política, su generosidad y su lucha, van abriendo caminos distintos (nadie niega que haya algunos grupos que se exceden pero con estas ambigüedades se han hecho todas las luchas y son inevitables).

La opción de Hernández no es un cambio. Son consignas atractivas sin ningún horizonte que las sostenga porque la respuesta casi mayoritaria que él da cuando le preguntan “cómo va a hacer eso”, es que acabará con los corruptos. O sea, para él parece que todos los problemas sociales derivan de que los corruptos se apropian del dinero y cuando se les quite se acabará el problema. Por supuesto que hay que ir contra la corrupción, pero esta no es la única causa y no se soluciona de esa manera. Sin nombrar que él forma parte de la clase corrupta que aprovechándose de circunstancias que se le presentan, se queda con la mejor parte a costa de los demás. Abundan los videos en este sentido.

Finalmente, conozco gente muy sincera que votó por Fajardo porque les parecía que era la opción más “honesta”. En verdad me da pena que, según parece por sus acciones, tanto Fajardo como Robledo y Amaya serán capaces de quedarse en sus odios y resentimientos, antes que optar por el bien común. Y no salgo de mi asombro como todos los llamados “antipetristas”, defienden lo “indefendible” al referirse a Hernández. Minimizan, justifican y hasta alaban a Hernández, aunque se les muestre las evidencias de lo contrario, con tal de no reconocer que, en este momento, la opción real, concreta y posible es Gustavo Petro.

Ojalá gane el Pacto Histórico. Será una señal de que lo razonable se impuso ante lo irracional, que el bien común triunfo sobre la visión individualista, pero sobre todo que la política seria, reflexionada y planificada triunfó sobre el populismo y la insensatez que parece que tantos, en este momento histórico, enarbolan sin darse cuenta del daño real que harán a Colombia por seguir anclados en sus odios infundados y razonamientos mentirosos.

 

martes, 31 de mayo de 2022

 

Muchos creyentes en Colombia están en aprietos frente a las elecciones presidenciales

 

Olga Consuelo Vélez

 

No pensé que escribiría tanto sobre las elecciones, pero es que me parece imposible dejar de hacerlo. Amo a mi país y no me da la mismo quién lo dirija en los próximos cuatro años. Por supuesto ya tengo una opción tomada desde el principio, opción cuestionada por algunas personas -porque la diversidad existe y es bueno para repensar, una y otra vez, si la opción escogida está bien- y apoyada por muchas otras personas porque tenemos un sueño similar sobre nuestro país.

Ahora bien, lo que hoy me hace escribir es que siento que algunos que hacen tanto alarde de ser creyentes, siempre enarbolan las banderas por el candidato que no apoye el aborto, ni los derechos de la comunidad de diversidad sexual, ni la ideología de género, ni la legalización de la marihuana y cosas de este estilo. Pero también son los que se declaran “antipetro” por su pasado guerrillero y por el comunismo y no se cuántas más frases vacías.  ¿Por quién votarán en estas elecciones? Increíble si lo hacen por Rodolfo Hernández. Serían incoherentes con lo que enarbolan como decisorio para sus opciones. Y todos los clérigos que desde el púlpito han hecho campaña (porque más de uno la hizo y algún pronunciamiento oficial que parece “neutro” tiene su tendencia), definitivamente ¡no pueden votar por Rodolfo Hernández!

Personalmente no son estas propuestas la que me llevan a no votar por Rodolfo porque siempre he mirado la totalidad del programa de los políticos para decidir cuál programa en su conjunto es mejor. Ningún programa es perfecto, ninguno responde a los deseos de todos, pero algunos, mirados en su conjunto, pueden ser más viables para optar por ellos. Y, precisamente esto es lo que me parece espantoso de Rodolfo Hernández. En su conjunto, su programa es una cantidad de afirmaciones de todo tipo y condición, respondiendo a lo que la gente quiere oír -es decir populista- sin desarrollar el cómo lo va a realizar y que imagen de país tiene para articular cada una de sus propuestas. Este programa no debe ser conocido por su fórmula a la vicepresidencia porque Marelen Castillo, siendo entrevistada ayer por una emisora de radio, dijo que ella no sabía de programas políticos y que, inicialmente, creía que era hacer un proyecto de investigación académico y que ahora se estaba enterando de qué se trataba, porque algunos asesores le estaban enseñando.

A mí me cuesta creer que haya gente que opte por Hernández, teniendo tantas pruebas de que fuera de decir que acabará con la corrupción y donará dinero para esto y aquello, no tiene un programa pensando a largo plazo que haga posible una Colombia distinta. Si desde el día que ganó el segundo lugar no ha hecho más que decir lo que se le ocurre -ese ha sido su estilo y cómo le ha dado réditos lo sigue implementando- no hay que pensar que gobernará de una manera distinta. Estaremos abocados a la improvisación, a los gritos, a las pataletas, a los discursos vacíos, a los decretos que se le ocurran, a vender lo que encuentre para dárselo a los pobres -populismo- sin tener planes y proyectos que garanticen la sostenibilidad de un programa de gobierno.

Pero los creyentes también han de abocarse a más aprietos. La Conferencia Episcopal de Colombia invitó a votar a conciencia, a discernir sobre los candidatos, a tener en cuenta la Doctrina Social de la Iglesia y, en fin, a tomarse en serio este momento. Y nada de esto parece que algunos cumplen porque sus posturas “antipetro” no tienen nada que ver con un discernimiento maduro ni con la fe cristiana. No logró entender porqué invocan tantas veces que Petro fue guerrillero. ¿No logran entender que “fue” y que se reinsertó y desde entonces ha hecho con su vida lo mejor que ha podido, entregándola al servicio de la política? A no todos les tiene por qué gustar lo que ha dicho o ha hecho como político pero lo que no puede negarse es que ha vivido en la legalidad y se ha dedicado a servir al país desde el ingrato camino que él escogió: la política. Sin embargo, ¿cómo es posible que desde la fe no se logre acoger de nuevo al que tomo un camino y lo rectificó? ¿de que valen tantas meditaciones del hijo pródigo y todos esos textos de la misericordia de Dios que se predican domingo a domingo si siguen empeñados en satanizar el pasado guerrillero de Petro?

Me parece muy bien que esgriman razones de peso para no estar de acuerdo con Petro pero que no invoquen mentiras. Pueden no estar de acuerdo con que a los ricos del país se les deje de exonerar los impuestos, o que se proponga el derecho de educación gratuita para la juventud, o que se invierta en el agro, o que se implementen seriamente los acuerdos de paz, o que se busquen maneras de cambiar el sistema de salud para que sea eficiente y así una a una las propuestas del programa de Petro. Pero que digan que no votan a Petro porque fue guerrillero, es comunista, va a expropiar, nos va a robar las pensiones y todas las demás mentiras que se invocan, no tiene nada que ver con lo que nos piden los obispos colombianos: “Es importante discernir a conciencia entre las ‘opciones reales’ que se tienen para poner un presidente en la dirección del país”.

No sé cómo ese tipo de creyentes a los que me refiero -gracias a Dios no son todos, ni tal vez la mayoría, pero si muchos que conozco y me duelen- van a salir de esta encrucijada que vivimos para la segunda vuelta. Más les valdrá que no voten y que revisen, de una vez por todas, si son capaces de pensar en el bien común, como sería lo lógico desde la fe que dicen profesar para que su voto ciudadano no fuera fruto de opciones irracionales sino de argumentos verdaderos y fundamentados.  

domingo, 29 de mayo de 2022

 

¡Y vamos por la segunda vuelta!

 

Olga Consuelo Vélez

 

Las elecciones en Colombia de este domingo 29 de mayo dieron como resultado una segunda vuelta con un primer candidato, Gustavo Petro, y un segundo, Rodolfo Hernández; este último, un casi desconocido personaje que con una campaña totalmente populista, ganando con su manera de ser desobligante, grosera, de improvisación, con muy poca preparación política, manejándose con un discurso anti corrupción -discurso que no está claro que él mismo encarne según los resultados de su gestión política como alcalde- pero que convence a los electores que han sido incapaces de liberarse de los imaginarios “antipetristas” y pensar seriamente en el país.

De las cosas positivas de esta elección, podemos señalar algunas, especialmente, la derrota del uribismo. Por lo menos, eso es una buena señal, porque ya es “justo y necesario” salir de las “garras” de esa visión de país que nos ha llevado a lo que hoy tenemos hoy: un país en el que no se ha logrado consolidar la paz y un país cada vez más empobrecido porque lo único que la línea uribista tiene claro es mantener sus privilegios a costa de sembrar miedos en la gente para que no se atrevan a soñar con ningún cambio.

Otra cosa positiva es la cantidad de gente que quiere un cambio y que seguimos empeñados en lograrlo. No hay que bajar la guardia y serán tres semanas de mucho esfuerzo para consolidar que gane Gustavo Petro quien verdaderamente está preparado para asumir los destinos de nuestro país.

Pero el no haber podido ganar en primera vuelta revela los imaginarios de tantos colombianos que personalmente creo, impidieron que Petro lo lograra. Un primer imaginario es resistirse a votar por Petro por haber sido guerrillero. Muestra la incapacidad de tanta gente -y desgraciadamente muchos diciéndose creyentes- de aceptar la reincorporación de los guerrilleros a la vida pública, el valorar la capacidad de rectificar sus opciones; pero, sobre todo, de una persona que ha seguido luchando por el país, aportando desde lo que él es, sabe y puede, toda su vida al servicio de los demás.

Ahora bien, lo que más me preocupa es el machismo y racismo que han mostrado estas elecciones. Escuché a demasiadas personas hablando mal de Francia Márquez diciendo que era negra e inculta. No había manera de que entendieran que ella es abogada, líder social, activista medioambiental, defensora de los derechos humanos, una persona que desde su condición socio económica de mujer pobre, ha sabido superar todas las adversidades y tener tantos logros personales y sociales. Pero una mujer todavía no está en los imaginarios de mucha gente que pueda ocupar los principales puestos en el país y menos si es una mujer negra y pobre. Esto me ha dolido mucho en este tiempo de campaña porque fueron muchos los comentarios que oí en este sentido.

También he constatado cómo tanta gente repite esos slogans falsos de que el país había que salvarlo del comunismo, del socialismo, del castro chavismo, etc. Y, en el momento que escribo esto, alguno de los candidatos está diciendo que se adhiere a la campaña de Rodolfo Hernández, invocando que no se dejarán quitar a Colombia para que caiga en el socialismo. Definitivamente es difícil entender que tanta gente que parece tan inteligente en muchos aspectos, no pueda tener la madurez suficiente de hacer críticas al programa de Petro, sin esos slogans falsos sino mostrando razones válidas. Los debates presidenciales mostraron como los otros candidatos basaron sus discursos en repetir esas fórmulas.

Creo que ha llegado el momento de la verdad. Los que seguimos con Petro, no decaeremos en nuestros sueños y seguiremos poniendo todo para hacer posible un cambio. Veremos si todos los demás prefieren tener un voto “contra Petro” y dejar el país en manos de una persona que ha mostrado la inmadurez de su propuesta política para afrontar una Colombia tan necesitada de paz, de justicia social, de ponerse a la altura de los cambios que se requieren en el contexto mundial.

Y, como siempre digo en mis escritos por mi postura creyente, veremos si los que decimos tener fe, seguimos empeñados en excluir a las personas por su pasado, incapaces de superar el clasismo, el racismo, el patriarcado, el neoliberalismo, en otras palabras, esa mirada tan lejana del Reino de Dios, anunciado por Jesús, que parece no conocen tantos que comulgan a diario o que se glorían de la fe que dicen profesar.

lunes, 23 de mayo de 2022

 

Hagamos posible “el cambio por la vida”

Olga Consuelo Vélez

Es bien difícil escribir sobre las elecciones para presidente que tendremos en Colombia el próximo 29 de mayo. Cada cuatro años debemos asumir la responsabilidad de elegir a quien conducirá al país y, es válido afirmar que tenemos muy poca cultura política para hacerlo a conciencia. Esto no solo pasa en Colombia. Es un problema que se percibe en muchos lugares y responde a la inmediatez e individualismo con el que mucha gente vive, sin tomarse en serio el compromiso de construir el bien común que, en otras palabras, es lo propio de la política.

Tampoco tenemos una formación sólida en lo que supone la Democracia. Ni los elegidos responden a lo que prometieron -y por lo que fueron elegidos-, ni los que los elegimos sabemos exigir democráticamente que cumplan cabalmente aquello que prometieron. Pero tampoco podemos exigir esa “madurez” política porque son muchas las circunstancias que no ayudan, entre ellas, que el voto es optativo y, por lo tanto, la abstención es grande. Sin embargo, así como se dice que “cada pueblo tiene el dirigente que se merece” -haciendo alusión a lo que acabamos de decir-, también podemos constatar que hay momentos de avance, de cambios, de logros. Algunas cosas se consiguen -con todas las limitaciones inherentes a lo humano- como, por ejemplo, la constitución de 1991 y el Proceso de paz firmado en 2016, que han sido logros recientes en Colombia. Pero sigue siendo un desafío inmenso lo que Juan Pablo II decía en 1979: “entre nosotros hay ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”

Estas elecciones son una nueva oportunidad de soñar con un país mejor en el que los más pobres puedan tener un futuro distinto. Y hay signos de esperanza muy fuertes. Esta campaña presidencial está mostrando que hay más gente entusiasmada por un cambio. Colombia ha sido un país gobernado siempre por la derecha. En la época del Frente Nacional, cambiábamos de color de partido -rojo o azul- pero no de propuestas políticas, continuando -unos y otros- profundizando las desigualdades sociales. Y con la larga permanencia del uribismo en el poder, esa lógica se ha perpetuado acrecentando, además, la lógica de la guerra, de la corrupción, y encarnando todo aquello que dicen, es propio de los de las izquierdas: “populismo, polarización y posverdad”, pero que, para nuestro caso, lo han encarnado las derechas que han gobernado este país desde siempre. No es difícil concluir que “si estamos como estamos” es porque así nos han gobernado los de siempre, y es más que sensato cambiar.

Ahora bien, en las elecciones del próximo domingo nos jugamos la capacidad de romper con el continuismo -que nos tiene como nos tiene- y apostar por posibles cambios. Muchas invocan que atrevernos a cambiar será avocarnos a acabar con la democracia. Pero, ante esto, no se muestran razones válidas, sino slogans sin sustento en la realidad, mostrando la incapacidad de discutir con fundamentos y no con imaginarios falsos o montados por la llamada posverdad, tan en boga en nuestros días. De ahí que no sobre contar el por qué, personalmente elijo votar por los candidatos del Pacto Histórico, ya que en la medida que se exponen nuestras comprensiones, podemos contribuir al discernimiento propio y al de los demás.

Votaré por estos candidatos porque su programa me parece coherente, claro, esperanzador, fundamentado, audaz. Veo cambios y es lo que espero que los candidatos ofrezcan. Los slogans de que la libre competencia mejorará las condiciones de los pobres o de que no podemos salirnos de lo establecido por los países más ricos, sí benefician a unos pocos -los mismos de siempre- pero muy poco, por no decir nada, a las grandes mayorías. Sé muy bien que no es fácil enfrentar este sistema neoliberal que impera en el mundo y que controlan las grandes potencias, sé que los intentos que se han hecho en Latinoamérica para buscar otros caminos han sido demonizados, pero no me resigno a que no podamos seguir soñando que otras maneras posibles de organizar la economía, es posible.

Votaré por el Pacto Histórico porque creo que Gustavo Petro es una persona coherente con una visión de país y su vida lo sostiene. El que haya sido guerrillero y se haya reinsertado -en lugar de ser un impedimento como muchos invocan- para mí es garantía de alguien que ha tenido ideales, convicciones, errores y capacidad de rectificar el camino; además, otros países como Brasil y Uruguay han tenido presidentes que fueron guerrilleros y sus gobiernos tuvieron logros considerables (aunque también persecución y desprestigio por aquellos que, de ninguna manera, quieren un cambio). Creo, además, que Francia Márquez es una mujer comprometida con la realidad, una líderesa social, defensora del medio ambiente, de los derechos humanos y de los pueblos y comunidades históricamente discriminados en la historia colombiana. Además, en nuestra sociedad racista, clasista y patriarcal, que una mujer como ella llegue a la vicepresidencia, es una posibilidad real de comenzar a transformarla.

Por supuesto no espero que el país se transforme en cuatro años. Si gana el Pacto Histórico -ojalá así suceda- la oposición será férrea -y con frecuencia insensata- como se ve ha ocurrido en tantos países de nuestra América Latina. Cualquier intento por cambiar contará con la resistencia de aquellos que hoy se benefician de las cosas como están, pero también de tantas otras personas que, sin tener sus derechos cubiertos, tienen la mente colonizada por la sociedad clasista y defienden a aquellos que solo les tiran algunas dádivas para que sobrevivan. Personalmente quiero apostar por un horizonte distinto donde se intente hacer florecer el agro, comenzar a trabajar por las energías limpias, seguir luchando por los derechos humanos y por la consolidación de la paz y todo esto desde una clara y firme opción por los pobres, coherente con la opción cristiana que profeso.

Ninguno de los otros candidatos apunta tan alto. Medianamente tienen algunas políticas similares porque hay cosas que son tan evidentes que imposible no hablar de ello. Pero es fácil saber quién representa el continuismo. También quien puede decir algunas verdades, pero no tiene al país en su cabeza. Y alguno que tal vez hubiera podido ser mejor candidato, pero que ha mostrado que, al final, se inclina también por el continuismo.

Ahora bien, aunque en teoría cada persona puede votar por quien quiera, en la realidad, si nos tomamos en serio la responsabilidad social, esto no es posible. Y menos si decimos tener fe en el Dios de Jesús. Pero, lamentablemente, muchos cristianos representan la defensa del status quo y están afincados en votar por los candidatos que solo defienden la vida de los no nacidos, pero matan a todos los nacidos con sus políticas de hambre, de guerra, de venganza, de incapacidad de perdonar y de construir la paz. Pero, afortunadamente, no todas las personas y, entre ellas, no todos los creyentes, se conforman con lo que hay, sino que creen que otra Colombia es posible. “Vivir sabroso” nos lo merecemos y “quien quita” -como decimos en Colombia- que esta vez lo consigamos.

Nota: El cierre de campaña de Petro y Francia en la Plaza de Bolívar ayer domingo 22 de mayo, expresa mucho mejor porque vale la pena votar por esta visión de país. Si ese horizonte no está en sintonía con lo que predicamos los cristianos, no sé que evangelio vivimos. Muchas veces los que nos decimos Iglesia hemos estado en la acera equivocada. Ojalá está vez, estemos en el lugar correcto.