domingo, 15 de septiembre de 2019


SE NECESITAN MÁS OBRAS QUE PALABRAS

“Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Si a un hermano o a una hermana le falta ropa y el pan de cada día y uno de ustedes les dice: ‘que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre’ sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: está completamente muerta (…) Ya lo ven: son las obras las que hacen justo al hombre y no sólo la fe” (Stgo 2, 14-18.24)

La tensión fe y obras, presente desde los inicios del cristianismo, constituye un desafío para los creyentes. Se corre el peligro de vivir una fe intimista, limitada al ámbito de la persona con Dios, en un verticalismo que no da como fruto el compromiso fraterno. Fue mérito de la teología latinoamericana volver a explicitar y enfatizar lo que ya el Espíritu desde el inicio del cristianismo venía manifestando en la multitud de carismas y servicios presentes en la Iglesia.

La fe en Dios no se demuestra, no se comprueba, no se examina como un objeto de laboratorio. Pero la fe se muestra, se valida, se hace eficaz en el compromiso solidario con los otros.

El Documento de Puebla describió con claridad quiénes son esos “otros”, o como preguntaba el Maestro de la Ley en el evangelio “¿quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). Los destinatarios predilectos de este compromiso solidario son los más pobres, los excluidos, los marginados de cada momento histórico con rostros muy concretos: niños golpeados por la pobreza, jóvenes desorientados, indígenas y afro-americanos, campesinos, obreros, sub-empleados y desempleados, marginados y hacinados urbanos y ancianos (Puebla 32-39), rostros que aumentaron en el Documento de Santo Domingo al tomar en cuanta las políticas de corte neoliberal que profundizan la brecha entre ricos y pobres al desregular indiscriminadamente el mercado, la legislación laboral y reducir los gastos sociales que protegían a las familias de los trabajadores (Cf. 179). Hoy en día, la situación no ha cambiado sino que por el contrario continúan aumentando los rostros de los excluidos por el sistema socio económico imperante y en razón del género, la raza, la religión, la nacionalidad, etc.

En este horizonte son muchas las preguntas que pueden interpelar nuestra vida cristiana: ¿Qué transmiten nuestras obras? ¿De qué dan testimonio? ¿Es un testimonio elocuente? ¿Responde eficazmente a los desafíos de este tiempo presente? Al estilo de los primeros cristianos las obras son las que hablan sin palabras, convencen sin polémicas, atraen sin coacción. De los primeros cristianos, según Tertuliano, se decía “mirad como se aman” y ese testimonio fue el que permitió la expansión del cristianismo en un contexto tan difícil y contrario a la vivencia cristiana.

Muchos no conocen a Dios. Otros no creen en él. Talvez sólo en las obras -fruto del compromiso cristiano- podrán encontrar esas “huellas” de Dios que les permitiría su reconocimiento explícito.

“El árbol se conoce por sus frutos” (Mt 7, 15-19). Son ellos los que dejan ver lo que realmente sostiene, anima, orienta y dirige toda obra. Un árbol malo no puede dar frutos buenos. Pero un árbol bueno produce frutos al estilo de la semilla que cae en tierra buena y fructifica plenamente (Cf. Mt 13, 8). Este fruto nos remite a la “elocuencia incomparable” con que deben hablar nuestras obras. Es una elocuencia que no se confunde con el prestigio ni el poder. Es la elocuencia que surge de la vida animada por el Espíritu y que hace preguntar por el motivo, la causa, la razón de una vida puesta al servicio de los demás y, en nuestra sociedad, de los más necesitados, de los preferidos de Dios que en cada momento histórico tienen rostros concretos que debemos privilegiar.

Basta de muchas palabras. Basta de justificaciones. Basta de razones y propósitos. La insistencia en las obras nos sitúa en el corazón de la eficacia de la evangelización que llevamos entre manos: las obras son las que hablan, las que nos permiten transparentar lo que somos, las que podrán decir a los contemporáneos que un actuar así vale la pena.

lunes, 9 de septiembre de 2019


ORAR LA VIDA


Una amiga que lee esta página cada mes, me dijo hace unos días -en broma- que me iba a cobrar ‘derechos de autor’ porque una de las reflexiones hechas en este espacio, correspondía a un hecho vivido por ella. Tiene razón porque siempre escribo sobre algo que me ha impactado de mi vida o de la vida de los otros. En efecto, todo lo que vivimos, cuando lo reflexionamos, nos da muchas enseñanzas. En realidad, eso era lo que hacía Jesús, tomaba ejemplos de la vida cotidiana y, a partir de ahí, hablaba de Dios a sus contemporáneos. En eso consisten las parábolas: la oveja perdida, la semilla que crece, el tesoro que se encuentra, la red repleta de peces, el grano de mostaza, el trigo y la hierba mala, etc., no son más que ejemplos sencillos a través de los cuales Jesús enseñaba que Dios es misericordioso, que él siempre está presente, que su acción puede pasar desapercibida pero que es actuante, que él busca vencer el mal a fuerza de bien, etc. Ninguna imagen dice todo lo que Dios “es”, pero cualquier imagen nos enseña mucho sobre Dios. 

Pues bien, los hechos de nuestra vida deberían ser materia de nuestra oración. Muchas veces en ella pedimos por nosotros, por las situaciones que vivimos, por los problemas de los amigos, etc., y todo eso está muy bien. Sin embargo, la oración es ante todo, un “diálogo”, es decir, un hablar y un escuchar, un pedir y un recibir, un acoger y un entregar.

¿Cómo no sólo pedir sino también escuchar a Dios? La Palabra de Dios, sin duda, es un medio privilegiado para el encuentro con él pero también son igualmente importantes, los acontecimientos que pasan en nuestra vida y en la de los otros.

En la oración podemos recordar lo vivido durante el día y simplemente preguntarle al Señor: ¿Cómo te hiciste presente en este acontecimiento? ¿Qué me quisiste decir con esto? Estas son preguntas que tal vez ya las hacemos pero que podríamos hacerlas en la oración de cada día y descubrir así la manera real y fuerte como Dios actúa y está presente en todo lo que vivimos. 

La experiencia cristiana nos lleva a ver todo con los ojos de la fe, es decir, a buscar y descubrir la presencia de Dios en todo y a dejarnos enseñar, dejarnos conducir y, sobre todo, abrirnos a los nuevos horizontes que la vida nos trae. La oración es diálogo que nos puede cambiar por dentro, cuando encontramos el sentido de las situaciones que vivimos. Pero se necesita volver sobre nuestra vida, meditarla, reflexionarla, no para darnos la razón o para justificar nuestras acciones, porque ¡atención! ese peligro también existe, sino para preguntarle al Señor qué podemos aprender de cada situación y cómo él hubiera actuado en ella. En fin, las enseñanzas son innumerables y la vida es siempre una parábola capaz de enseñarnos cosas nuevas.

Acostumbrémonos a tomar como materia de oración nuestra vida. Con seguridad nos entenderemos más a nosotros mismos, entenderemos a los otros y encontraremos alguna “salida” a todas las situaciones. En este horizonte, la Palabra de Dios dará mucho fruto porque es “semilla que cae en tierra buena” (Mt 13,8) y no haremos dicotomías entre la oración y la vida, entre pedirle a Dios solución a nuestros problemas y no hacer nada de nuestra parte para cambiar actitudes, posturas, sentimientos y decisiones.

“No digan muchas palabras como hacen los paganos (Mt 6, 7) nos dice Jesús al hablarnos de la oración. Por el contrario, “cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos” (Mt 6,6). Ese contemplar la vida con lo que conlleva y que Dios conoce, nos revelará su presencia en nuestra propia existencia. 

La oración es diálogo transformador. Con humildad pidámosle al Señor que nos enseñe a “orar la vida” para que cambiemos y crezcamos cada día. Nuestra realidad necesita ser transformada y nuestra vida es un “necesario” punto de partida.

domingo, 1 de septiembre de 2019


Vivir la Palabra de Dios para comunicarla


Cada vez es más clara la importancia de la Sagrada Escritura para la vida cristiana y por eso, la celebración en septiembre del mes de la Biblia, es ocasión propicia para seguir impulsando la centralidad que ella ha de tener en nuestra vida y la necesidad de entenderla mejor y más profundamente.


Y es que la Palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4,12), es interpelante, amorosa, capaz de cambiar nuestro corazón y de transformar nuestra vida. Es una palabra que reconocemos inspirada por Dios mismo. Nos muestra la manera como el pueblo de Israel y los primeros cristianos reconocieron el actuar de Dios en sus vidas y nos invita a reconocer esa presencia divina en nuestra historia. Si Dios actúo de determinada manera en el pasado, con certeza actuará, de la misma manera, en hechos similares del presente. No es que se vayan a repetir las circunstancias del pasado sino que Dios continua vivo y operante en el devenir humano de nuestro aquí y ahora. 


Porque esa palabra es palabra “de” Dios, cada vez que la escuchamos con el corazón abierto y disponible, es Dios mismo quien nos habla y es a Él mismo a quien respondemos. Se crea con facilidad esa comunión de vida con Él y su Palabra se convierte en alimento sólido (Hb 5,14) que fortalece nuestra vida.


Así expresa el Profeta Isaías la eficacia de la Palabra de Dios: “como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca, no volverá a mí sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (55,10-11). Es decir, la Palabra de Dios cae en el corazón humano y no deja de empapar nuestra tierra, haciéndonos  dóciles, sensibles, atentos al amor de Dios que nos llama de tantas y variadas formas, a través de nuestros hermanos y de las circunstancias de la vida.


La Palabra de Dios comunica esperanza y abre caminos. Sustenta en las dificultades y consuela en los sufrimientos. Fortalece en los momentos de debilidad y aligera las cargas pesadas. Alimenta la fe y mantiene el fuego del amor en nuestros corazones. Y, sobre todo, la palabra de Dios nos abre a la comunión con los demás y nos compromete con el servicio y la generosidad para con los más débiles.

Que este mes de la Biblia nos permita un encuentro más fuerte y vivo con esa Palabra divina. Que cultivemos el espíritu de oración y silencio para disponernos mucho mejor a escucharla. Pero también que busquemos formarnos cada vez más para entenderla en su significado más auténtico, evitando así, manipularla, haciéndole decir lo que no dice, o acomodándola a nuestros intereses. Por el contrario, que saboreemos mucho más el amor de Dios que se regala en ella y entendamos el mensaje liberador y profético que encierra. Así la celebración de este mes podrá convertirse en anuncio e invitación para los demás. Porque hoy hacen falta palabras de sabiduría que orienten a los seres humanos hacia el bien y la bondad, hacia la solidaridad y el compromiso. Pero se necesitan cristianos que vivan esa palabra para que la comuniquen y la hagan creíble a los demás. El espíritu nos anima en esta tarea y de nosotros depende que fructifique y sea verdadera luz para el mundo.

lunes, 26 de agosto de 2019


Y siguen doliendo los escándalos de la Iglesia

No son tiempos fáciles para la iglesia por muchos motivos. El primero, el mundo ha cambiado y esto exige cambios eclesiales que no son fáciles de asumir porque pesa más la tradición de lo que “siempre ha sido así” que la creatividad y apertura para “caminar al ritmo de los tiempos”. El segundo, la credibilidad de la jerarquía eclesiástica que se ha visto minada por los innumerables abusos cometidos por el clero, especialmente todo lo relacionado con la pederastia, pero también los escándalos por la doble moral que algunos viven y por la vida de lujos y despilfarros que desdicen totalmente del evangelio de Jesús. En ese contexto, ayer en un canal de la televisión colombiana mostraron lo que escribió el francés Frederic Martel, en su libro: “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano” sobre -tal vez el cardenal más influyente que ha tenido la iglesia colombiana-, el Cardenal Alfonso López Trujillo (1935-2008). Por supuesto es una denuncia sobre la doble moral del cardenal y lo absurdo de haberse posicionado como un defensor de los principios morales, mientras su vida transcurría por otros senderos totalmente contrarios.

Personalmente, no he leído el libro. Tampoco tengo ninguna prueba de lo que dicen del Cardenal. No dudo que haya exageración y falsedad. Pero lo que me preocupa es que mientras pasaba el programa me llamaron por teléfono varias personas mayores mostrando su sorpresa y dolor frente a lo que allí se relataba. En verdad, hay personas que quedan afectadas cuando conocen ese tipo de noticias y su fe se siente golpeada porque, aunque saben que es en Dios en quien han de creer, no logran asumir que sus representantes tengan tantos pecados y de tal magnitud.

El Cardenal López Trujillo fue nombrado cardenal en 1983. Ejerció varios cargos: Secretario General del Celam (1972-1984), Arzobispo de Medellín (1979-1991) y Presidente del pontificio consejo para la familia (1990-2008). Aunque mientras ejerció esos cargos gozó de prestigio y muchas personas le guardaron (y tal vez todavía le guardan) mucho respeto y admiración, muchos otros tienen la imagen del cardenal que persiguió ferozmente a la teología de la liberación y a las comunidades eclesiales de base y que sus planteamientos morales rayaban en el rigorismo más extremo, haciendo declaraciones que incluso contradecían los más mínimos principios de confrontación científica. Además, vivió -lamentablemente como tantos otros jerarcas- una vida de lujos y de honores que no pasan desapercibidos para el pueblo de Dios y que tarde o temprano cuestionan profundamente, preguntándose si así han de vivir los que dicen explícitamente que siguen a Jesús y que llevan los rumbos de la iglesia.

Lo único que pude decirle, a las personas que me llamaron, es que eran tiempos difíciles para la Iglesia porque efectivamente estaban saliendo a la luz muchos escándalos, ocultos por décadas. Que no se podía creer todo lo que se decía porque también existe el sensacionalismo y el deseo de desprestigiar más allá, muchas veces de lo que es verdad. Pero que si había que rezar mucho para que todo esto sirviera de verdadera purificación de la iglesia y la jerarquía se convirtiera, de una vez por todas, de esa autoridad que ejercen, no centrada en el servicio -como tendría que ser- sino en el poder y el honor que los hace sentirse más que el resto de la gente, por encima del pueblo, sin tener la más mínima actitud de escucha y respeto por la comunidad que pretenden presidir. Hay mucha urgencia de una jerarquía sencilla, austera, humilde, pobre. En otras palabras, como tantas veces les ha dicho el Papa Francisco, un clero que deja de creerse “príncipe” y quiere ser “pastor con olor a oveja”. Y, en cuestiones de moral, un clero capaz de acompañar los desafíos actuales con fidelidad y apertura a la voz del Espíritu que siempre abre caminos de vida y liberación.

lunes, 19 de agosto de 2019


La incondicionalidad del amor

“¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque se encontrara alguna que lo olvidase, ¡Yo nunca me olvidaría de ti! (Isaías 49,15).

Con estas palabras Dios pone a la madre como ejemplo de la incondicionalidad del amor. Y este amor es verdad. Son innumerables las madres que dan todo por sus hijos, que se entregan y se sacrifican a diario por ellos. Pero también es posible -y de hecho sucede- que algunas los abandonan y les causan mal. En este texto bíblico, Dios apuesta por un amor maternal de excelentes cualidades y como si quisiera garantizar que es posible vivirlo, El se pone como ejemplo de esa realización. Además, nos llama a vivirlo. No basta que reconozcamos que Dios es “Padre y Madre” o que agradezcamos el amor de nuestras madres sino que debemos comprometernos en la vivencia de un amor con esa misma calidad, poniendo los medios necesarios para ello.

Amar no es tarea fácil, ni siquiera para una mamá. Hay muchos equívocos al respecto. A veces el deseo de ser madre encierra cierto egoísmo: “quiero tener un hijo para que sea mi compañía, la razón de mi vida”. Otras veces las madres consienten tanto a sus hijos que les impiden crecer, ser fuertes, salir de sí mismos, comprometerse con lo que hacen. No permiten que su hijo se esfuerce por nada y les solucionan fácilmente todos los problemas. En algunas ocasiones, el amor maternal es “ciego” impidiéndole reconocer los aspectos negativos del hijo y disculpándole todo. Así, sin negar las buenas intenciones de las madres, van creciendo hijos incapaces de amar, centrados en sí mismos, que el día de mañana ni siquiera saben amar a sus padres.

Esto sucede porque aunque el amor brota espontáneamente –y mucho más por la criatura que se da a luz-, una vez que surge, debe cuidarse, trabajarse, orientarse, purificarse, hacerlo crecer. Nadie nace sabiendo cómo amar. Es una tarea de toda la vida porque siempre se puede amar más y mejor.

¿Cómo se aprende a amar? ¿Cómo liberarse del egoísmo y ponerse al servicio de los demás? ¿Cómo orientar, reforzar y crecer en un amor incondicional capaz de hacer de la vida un don de amor para el mundo? No existen recetas ni fórmulas mágicas. Sólo se pueden dar pistas  e intuiciones que posiblemente pueden ayudarnos.

Se precisa un conocimiento propio. De nosotros brota espontáneamente el amor que hemos recibido. Reconocer vacíos, carencias, dolores, puede ayudarnos a entender nuestros egoísmos e intereses propios. Pero no basta trabajar las causas. Los seres humanos tenemos el gran don de ser mucho más de lo que recibimos. La capacidad de superación física que se ve cuando se tienen limitaciones de ese tipo, es también fuerte en el mundo interior de afectos y sentimientos profundos. Los seres humanos podemos crecer en el amor ¡y en qué medida! Muchas personas nos dan testimonio de ello. Ahora bien, es necesario optar una y otra vez por el servicio, el desprendimiento, la ayuda fraterna, la disponibilidad, la colaboración. Supone esforzarnos por purificar nuestras intenciones, desprendernos una y otra vez de todo lo que queremos poseer –bienes, circunstancias, honores, personas- y que nos mantiene encerrados en nosotros mismos. Implica estar convencidos de que “ser amor” es la mejor realización que podemos alcanzar.

Un amor así ya es real en tantas personas que conocemos -especialmente en las madres- pero no olvidemos que este amor maternal incondicional es una llamada para todas y todos. Dios nos los ofrece sin medida y confía en que cada uno seamos sacramento de este mismo amor para el mundo.


viernes, 9 de agosto de 2019


Con María más libres y fuertes



Para el pueblo latinoamericano la figura de María es muy importante y significativa. Esto se muestra en las asiduas peregrinaciones a los santuarios marianos, en las fiestas religiosas que la recuerdan, en los grupos apostólicos reunidos en torno a su figura y, especialmente, en la confianza y cercanía con la que la gente acude para pedirle por sus necesidades, para confiarle sus preocupaciones y para agradecerle todos sus favores. Pero esta piedad popular y este amor filial seguirán siendo un instrumento invaluable de evangelización y de revitalización de nuestras comunidades cristianas siempre y cuando la figura de María sea significativa para las sensibilidades y expectativas actuales. 


Una figura de María alejada de las preocupaciones del mundo o que no contribuya a fortalecer la nueva situación de la mujer en la sociedad y en la iglesia, no puede generar un compromiso misionero en el pueblo cristiano. Aunque aquí caben algunas reflexiones. Últimamente han surgido grupos que ponen en el centro a María y se dedican a “cautivar” a más personas para que se integren al grupo. Pero si se revisa su doctrina y su manera de acercarse a la gente, es fácil detectar que la doctrina tiene más de pre-vaticano que de Vaticano II y su misión es más proselitismo e “invasión de conciencias” -creando culpas y miedos- que el anuncio gozoso de la buena noticia, propia del evangelio del reino.


En el Documento conclusivo de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en el Santuario Mariano de Aparecida (Brasil) en 2007, se presentó la imagen de María que “emerge del evangelio” como mujer “libre y fuerte”, como la discípula más perfecta del Señor, “interlocutora del Padre en el proyecto de encarnación del Hijo de Dios”, “primer miembro de la comunidad de creyentes” (266), “la gran misionera” (269), “quien crea comunión y educa en un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida al otro, especialmente al pobre o necesitado” (272) y “capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella –tal y como lo expresa en el canto del Magnificat- (451).


Todas estas afirmaciones no son para recordarlas simplemente. Conviene que revisemos nuestras prácticas marianas a la luz del dinamismo que ellas manifiestan. María no nos invita a la pasividad como a veces ciertas imágenes la evocan. O a permanecer en silencio con abnegada resignación. O creando miedo porque el mundo es pecador y debemos rezar muchos rosarios para redimirnos. Por el contrario, el rezo del rosario o cualquier peregrinación y advocación en su nombre, deben dejar en las personas que realizan esas prácticas la valentía y el coraje de quien se siente llamada a anunciar la buena nueva del Reino. Ser como María “discípula y seguidora” del Señor; “líder” en medio de la comunidad cristiana; con verdadera libertad y profetismo, empujando la iglesia hacia un modelo de iglesia más fraterno, incluyente y comprometido con la realidad en respuesta a los desafíos de cada tiempo presente.


Ojalá que fiestas como la que se aproxima -la asunción de María, el 15 de Agosto- ponga en contacto a cada cristiano con esa figura de María que invita al impulso misionero. Que como ella sientan la fuerza para anunciar el evangelio y permanezcan de pie en medio de las dificultades. Pero sobretodo que con fortaleza y amor sean profetas de un modelo eclesial más acorde con el querer de Jesús, menos poderoso y más servicial, menos excluyente y más acogedor de todos/as, menos poseedor de la verdad y más buscador de ella con otros y otras que también desean un mundo más justo y fraterno. Al estilo del actuar de María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11) que denuncien las necesidades y malestares que hoy se perciben en la iglesia e inviten a mirar a Jesús para hacer lo que “El nos dice” en lugar de lo que creemos saber y hemos practicado por siglos. El Reino es novedad y María supo abrirse siempre a ella. Y precisamente por todo eso, el pueblo reconoció su “asunción al cielo”, es decir, la plenitud de una vida que merecía desde ya la plenitud de la vida definitiva con Dios.  

jueves, 1 de agosto de 2019


Formación Bíblica y experiencia de fe


Cada vez se es más consciente en la vida cristiana de la importancia de la Palabra de Dios para alimentar la fe y de la formación bíblica para mantener la vigencia de esa Palabra para la humanidad.

La Biblia no es un libro tan fácil de entender como parece a primera vista. Para un lector crítico hay contradicciones y realidades desfasadas para el momento actual. Para un creyente ingenuo a veces la Biblia le lleva a fundamentar creencias equivocadas. Y al lector común le puede suceder que aunque encuentre palabras válidas y atractivas para su vida, por falta de un mejor conocimiento, la Biblia no llega a ser tan significativa como otros “libros de sabiduría” –expresión utilizada para referirse a tantos libros que promueven el conocimiento propio, la positividad, recuperación de la autoestima, el liderazgo y la asertividad-.

La Sagrada Escritura nos comunica el designio de Dios sobre la humanidad a través de la historia de Israel interpretada desde la fe –Antiguo Testamento- y la percepción de las primeras comunidades cristianas de esa misma historia salvífica acontecida en Jesucristo –Nuevo Testamento-. Pero se escribe en géneros literarios, figuras y símbolos que hemos de comprender bien porque están condicionados por esa cultura particular con sus costumbres y tradiciones, visión de mundo y de ser humano. Por ser escrita así, la Biblia merece un estudio serio y profundo para comprender su lenguaje y su contexto pero sobre todo para poder discernir cuál es ese designio divino sobre la humanidad, en su sentido más profundo, libre de formas culturales y rico en sentido y orientación de vida.

Quien comienza a entender cómo se fue formando la Biblia y cómo la historia fue condicionando la comprensión de Dios y del mundo, se llena de razones para entender su propia historia y la forma cómo Dios va actuando en ella. A modo de ejemplo, los cuatro evangelios nos relatan 4 experiencias distintas de las primeras comunidades cristianas, donde se ve con claridad el énfasis vivido por cada grupo, la finalidad que persiguen dependiendo de los destinatarios y la manera cómo desde su contexto fueron entendiendo a Jesucristo. Esa pluralidad manifestada en la Sagrada Escritura nos posibilita entender la unidad de fe –imprescindible- pero la diversidad de vivencia y énfasis de cada momento particular, abriéndonos a la comunión con los otros, a la aceptación de la pluralidad y a la mutua acogida de diferentes perspectivas.

Y qué decir de la riqueza que se va descubriendo en el texto bíblico en la medida que se interpreta desde lo que hoy se llama hermenéutica de la mujer, indígena, afro –refiriéndose a los sujetos- o de liberación, ecológica, ecuménica e interreligiosa –refiriéndose a las realidades-.

Todos los domingos se proclama la Palabra de Dios en la Eucaristía. La homilía no es el espacio para brindar la formación bíblica pero no debería excluirlo si se quiere decir una palabra con sentido para los hombres y mujeres de hoy. Y ya que el pueblo cristiano no tiene incorporada la necesidad de dedicar espacios para ese tipo de formación, sería importante aportar en la homilía algunos elementos iluminadores para comprender el texto sagrado, de manera que el Pueblo de Dios se vaya sintiendo más capacitado para acercarse a éste, más protagonista de su vida cristiana, con un bagaje suficiente para dar razón de su fe, contrastada cada semana con la Palabra divina. Estamos en mora de cristianos/as que dejen de sorprenderse por cualquier comentario sobre la Biblia que no responde a lo siempre sabido y, por el contrario, tengan una formación adecuada para entender ese alimento “sólido” -la Palabra de Dios- capaz de transformar la mente y el corazón de todos los que se acercan a ella.