jueves, 19 de mayo de 2022

 

¿Cómo va el Sínodo de la sinodalidad?

 

El año pasado, cuando el papa Francisco inauguró el Sínodo sobre la Sinodalidad (9-10 de octubre), hubo un gran movimiento. A la semana siguiente (17 de octubre) se inauguró en las Iglesias particulares y, a partir de ahí, se hicieron conferencias, encuentros, oraciones, foros, etc. En algunos lugares, se realizó la llamada “etapa de consulta” a todos los miembros del pueblo de Dios y sus aportes se enviaron a las Conferencias Episcopales. Estas deben estar enviando la síntesis de dichos aportes a la secretaria del Sínodo para que allí se elaboré el primer documento de trabajo (Instrumentum Laboris 1). Con este documento se pasará a la etapa de reuniones de las Conferencias episcopales y, a partir de los aportes que salgan de dichas reuniones, se elaborará el segundo documento de trabajo (Instrumentum laboris 2). Después de ese recorrido se completará la experiencia sinodal con la reunión presencial de obispos en octubre del próximo año (2023) en Roma.

En otros lugares, la etapa de consulta no ha sido tan fecunda. Algunas parroquias, comunidades religiosas y otros colectivos que podrían haber realizado la fase de escucha, no lo hicieron. Bastantes personas no han participado de ningún encuentro sinodal y, prácticamente, no han oído hablar del sínodo (siendo personas que asisten a la parroquia). No se ve demasiado movimiento en algunas Conferencias Episcopales sobre este proceso, ni en las noticias eclesiales que se publican.

La Secretaría del Sínodo continúa animado el proceso y en el pasado mes de abril se reunieron en Roma las cuatro comisiones encargadas de llevar adelante el sínodo: la de Metodología, de Espiritualidad, de Comunicación y de Teología. Según algunas noticias que se publicaron sobre dicha reunión, fue una experiencia de sinodalidad entre las personas de cada comisión. El objetivo de ese encuentro fue analizar la Constitución Apostólica Episcopalis Communio, publicada por Francisco en 2018, buscando leerla a la luz del camino sinodal.

Ante este panorama que acabamos de describir, la pregunta sobre ¿Cómo va el Sínodo de la sinodalidad? Se responde de diversas maneras según del lado del que estemos. Los que se lograron involucrar, siguen comprometidos con el proceso. Pero está quedando la sensación de que muchos no fueron convocados y, una vez más, los procesos eclesiales no logran tener la trascendencia que nos gustaría.

De todas maneras, tenemos que recordar que la propuesta de Francisco va más allá de la misma realización del Sínodo. Es una oportunidad de repensar nuestra manera de ser Iglesia y buscar caminos concretos para la conversión eclesial que nos urge. Justamente, el título del sínodo -Por una Iglesia sinodal-, no pone en camino para preguntarnos qué necesitamos hacer para que la Iglesia sea verdaderamente sinodal.

Los tres términos que acompañan el título, nos dan pistas para recorrer ese camino. Estos términos son: “Comunión, Participación, Misión”.

Una Iglesia comunión significa que se viva efectivamente la fraternidad/sororidad, es decir, el amor mutuo con todo lo que ello significa. De los primeros cristianos decían: “miren cómo se aman” (Tertuliano, S. II) y eso era lo que cuestionaba a los paganos. La conversión sinodal a la que estamos llamados puede hacerse preguntas en este sentido: cuándo los que no pertenecen a la Iglesia nos observan, ¿se asombran del amor que nos tenemos? ¿se da ese conocimiento mutuo, esa preocupación por los demás, esa ayuda concreta en nuestras comunidades eclesiales? ¿Es verdad aquello de que amamos a Dios en el hermano que vemos ya que en ellos se hace presente el Señor al que no vemos?

Sobre el término “Participación” también tenemos un desafío inmenso. Nuestra Iglesia no está acostumbrada a tener espacios de participación de todo el pueblo de Dios. La forma piramidal que ha configurado a la Iglesia durante tantos siglos no se ha podido abandonar -hasta el día de hoy- aunque ya llevamos más de 50 años de la celebración de Vaticano II, en el que se definió a la Iglesia como pueblo de Dios, donde todos por el Bautismo, participamos de la misma dignidad y, por tanto, del sacerdocio, profetismo y realeza de Cristo. La participación no es posible sin erradicar el clericalismo. Pero tampoco es posible sin un laicado que se sienta responsable del caminar eclesial. Por una parte, se necesita invertir papeles: que el clero recupere su vocación al servicio y el laicado su responsabilidad frente a la misión recibida. Por otra parte, se necesita caminar juntos, como bien lo expresa la sinodalidad, donde cada una recuperando lo esencial de su vocación en la Iglesia, vive la corresponsabilidad eclesial.

La “misión” es la razón de ser de la Iglesia. Sin embargo, a veces creemos que la finalidad de la Iglesia es conseguir que se construyan templos y que se tenga poder social para garantizar su existencia, incluso económicamente. Sin negar que la estructura visible es necesaria, no se puede invisibilizar lo único esencial: el anuncio de la Buena Noticia del reino de Dios. Un reino donde el Dios Padre/Madre es misericordia infinita y su opción por los últimos es inherente a su mensaje. Una misión que no se centra en la doctrina o los ritos -aunque ellos sean parte necesaria de la organización eclesial- sino en el compromiso transformador del mundo en el que vivimos para que sea mesa para todos y todas, experiencia de amor, servicio sin límite, ni medida.

Muchas otras cosas sería importante reflexionar sobre el Sínodo de la Sinodalidad. Pero ante la pregunta ¿cómo va el sínodo? Podemos decir que independiente de lo que se diga al finalizar la reunión de obispos el próximo año, desde ahora podemos ir implementando la sinodalidad en nuestras propias comunidades eclesiales, en los sentidos que hemos dicho y en otros aspectos que se podrían nombrar. Esta es la tarea en la que nos podemos involucrar aquí y ahora para que el Sínodo de la sinodalidad no se quede en una idea o en una experiencia vivida por unos pocos, sino que dé frutos eclesiales de conversión y cambio, tan urgentes en la configuración eclesial que hoy vivimos -distante de la concepción eclesial de Vaticano II- pero sobre todo, tan ajena a esa Iglesia de los orígenes en la que “tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 32).

 

viernes, 13 de mayo de 2022

 

A quince años de la Conferencia de Aparecida: muchos desafíos pendientes

 

Olga Consuelo Vélez

 

El 13 de mayo de 2007 se inauguró la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Han pasado quince años y muchos desafíos siguen pendientes. Conviene destacar algunos de los aspectos positivos de dicha conferencia. Con ella, se continuó la tradición latinoamericana de celebrar conferencias en el propio continente, ayudando así a la descentralización de la iglesia. Es bueno saber que, en un primer momento, Juan Pablo II quería que la conferencia se realizará en Roma. Lo que significaría mantener la hegemonía romana y quitar protagonismo a las Iglesias particulares. Pero, al final, se aprobó que se realizará en Aparecida (Brasil). Juan Pablo II murió en 2005 y fue Benedicto XVI quien vino a inaugurar esta conferencia.

Otro aspecto muy significativo de Aparecida fue recuperar la continuidad con la tradición teológica latinoamericana. En la IV Conferencia de Santo Domingo, el documento final invirtió el método latinoamericano (ver-juzgar-actuar), colocando en primer lugar el juzgar, mostrando con esto la ruptura con el método de Medellín y Puebla. Además, la consulta a teólogos y teólogas de la línea de la liberación fue prohibida. Pero Aparecida no solo mantiene el método, sino que afirma “En continuidad con las anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano este documento hace uso del método ver, juzgar y actuar. (…) Muchas voces venidas de todo el Continente ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente” (n. 19).

Aparecida fue también una oportunidad de reafirmar la opción preferencial por los pobres. El mismo Benedicto XVI en el discurso inaugural así lo expresó: “Nuestra fe proclama que Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Por eso ‘la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (Discurso Inaugural y DA n. 392).

Quienes estuvimos cerca de la realización de la Conferencia de Aparecida pudimos ser testigos de que más allá del desarrollo de la conferencia hasta el día 31 de mayo, hubo un movimiento de personas esperanzadas en la trascendencia que podía tener ese acontecimiento. Por parte de teólogas y teólogos convocados por Amerindia (Red de católicos con espíritu ecuménico e interreligioso en perspectiva liberadora) no se escatimaron esfuerzos en apoyar con nuestra producción teológica el desarrollo de los temas y, muchos de nuestros aportes quedaron plasmados en el documento final. Además, se vivió un ambiente de fe y compromiso tanto en la llamada “tienda de los mártires” (una carpa instalada en las afueras de la Basílica de Aparecida) en la que todas las noches algún obispo o presbítero celebraba la Eucaristía. Cabe anotar que quienes presidieron esas celebraciones eran los que en verdad estaban comprometidos con el caminar latinoamericano, la mayoría tal vez, ni estaban de acuerdo, ni les interesaban estas expresiones del pueblo de Dios, de ahí que, aunque el documento pueda tener muy buenas aportaciones, su puesta en práctica distó mucho de lo que hubiera podido hacerse. Es lógico que quienes no vibraron por lo que el documento contiene, no pudieron comunicarlo para entusiasmar a sus respectivas iglesias locales. Y, esto fue lo que en realidad pasó, al final de la Conferencia. Los obispos volvieron a sus diócesis, hubo un impulso inicial al promover la llamada “Misión Continental” pero se fue diluyendo “en lo que siempre se ha hecho así” y, pasados estos quince años, muchas iglesias locales conocen muy poco y, por supuesto, no han asumido, lo propuesto por esta conferencia.

Las comunidades Eclesiales de Base del Brasil hicieron una peregrinación hasta Aparecida. A su llegada pocos obispos las recibieron en la celebración eucarística que se hizo en la Basílica. Una muestra más de que una cosa es escribir: “En la experiencia eclesial de algunas Iglesias de América Latina y de El Caribe, las Comunidades Eclesiales de Base han sido escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades” (n. 178) y otra caminar con el pueblo de Dios, en las formas que encuentra para vivir su fe. Sabemos que por esos años se apoyaban a los llamados “Nuevos movimientos eclesiales” y muchos obispos los consideraban la esperanza de la Iglesia. Tristemente, bastantes de estos movimientos han mostrado sus fundamentos casi prevaticanos, pero lo que es más doloroso, los escándalos de muchos de los fundadores y también de algunos de sus miembros, especialmente, en lo que se refiere a la pederastia. Aún hoy, algunas iglesias locales ponen su esperanza en movimientos de carácter retardatario, fundamentalista y moralista, pero como parece que convocan gente, los apoyan sin la mirada crítica que deberían tener.

Pero volvamos a Aparecida. El CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) actualmente está intentando organizarse y proyectarse a la luz de las líneas trazadas por Aparecida. Es valioso el esfuerzo, pero sin duda, las circunstancias cambian más rápido de lo que pensamos y hoy se nos plantean nuevos desafíos. El protagonismo del laicado, expresado en Aparecida como discipulado misionero, hoy se hace más claro con la apuesta por la sinodalidad. En una Iglesia sinodal todos hemos de caminar juntos, el clero debe recuperar su ministerio de servicio para ir adelante, en medio, pero sobre todo detrás del pueblo -para entenderlo y acoger el sensus fidei que este posee- para discernir lo que realmente viene de Dios (Evangelii Gaudium n. 31; 119); y el laicado ha de decir su palabra y, sobre todo, responsabilizarse de la misión evangelizadora de la Iglesia que es un encargo de Jesús para todos y, no solo para el clero.

Hacer memoria de este acontecimiento sirve para reconocer los avances, pero también los retrocesos.  Ahora bien, lo más importante es que sirva para relanzar una vez más “las redes” (Lc 5,5) no por las aguas del tradicionalismo, del fundamentalismo, del moralismo, del conservadurismo, del clericalismo, sino por aquellas que siempre marca el Espíritu de Dios y que Francisco ha expresado como este corazón misionero que “nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu y entonces, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (Evangelii Gaudium n. 45.). Ojalá una iglesia en salida que abra puertas y ventanas para que entre el soplo del Espíritu fuera realidad en este tiempo que vivimos. Falta mucho, pero ojalá que todas estas reflexiones que hacemos, nos ayuden a seguir empeñados en hacerla posible.

jueves, 5 de mayo de 2022

 

María, modelo de discipulado para varones y mujeres

 

Latinoamérica se ha caracterizado por ser un continente mariano. En sus diferentes advocaciones, las personas de cada país han mantenido una presencia cercana y confiada a María y algunas, aunque no participen de otros espacios eclesiales, visitan los santuarios marianos porque saben que allí pueden expresar sus necesidades y confían en una respuesta positiva hacia ellas. Por eso el mes de mayo se reconoce, en algunos ambientes, como un mes mariano que congrega y aviva la devoción a María.

Sin embargo, es importante ir resignificando su figura si queremos que más personas encuentren en ella una referencia válida para sus vidas, especialmente las mujeres más jóvenes. Esto es necesario por varias razones, entre ellas, porque las comprensiones bíblicas y teológicas actuales ofrecen un mejor acercamiento a la figura de María, pero también porque las sociedades van cambiando y los estereotipos de qué es ser mujer y qué es ser varón, se van transformando más rápido de lo que pensamos. En este sentido a María se le ha identificado con lo que en la sociedad patriarcal debe ser una mujer (no es la imagen que nos dan los textos bíblicos) pero que ha hecho daño al reafirmar para las mujeres esa imagen.

Las sociedades patriarcales son aquellas en las que se da preeminencia a lo masculino porque en los varones reside la razón y la fuerza y lo femenino es el complemento, atribuyéndole la intuición y la delicadeza. Esta simple descripción (en realidad es más compleja) nos sirve para explicar que lo femenino, en esa distribución de roles, se toma como secundario, menos valioso, subordinado y por eso las mujeres han tenido tantas puertas cerradas durante siglos y, aún hoy, hay muchos espacios impenetrables para ellas, además de la violencia de todo tipo que sufren, incluido el feminicidio.

Volvamos a la figura de María según los textos bíblicos. En el texto de la anunciación que nos relata Lucas (1, 26-38), la predicación más generalizada pone la fuerza en la aceptación de María al plan de Dios. Y esto es importantísimo y decisivo. Pero se olvida lo que también el texto dice de María. Ella pregunta: ¿cómo podrá ser eso si no conozco varón? Y de esa manera rompe la lógica de las muchachas de aquel tiempo a las que se les organizaba el matrimonio sin que ellas pudieran intervenir o tener algún cuestionamiento frente al destino que les marcaban. Pero el evangelista nos la muestra como una joven muy despierta, asertiva y dispuesta a entender bien lo que se le propone. O sea, en María podemos alabar su disponibilidad a Dios, pero también su capacidad de preguntar para responder libremente. Si remarcáramos también esta actitud de María, posiblemente tantas mujeres no serían tan sumisas, tan conformes, tan resignadas.

Muy interesante es también el conocido texto del Magnificat (Lc 1, 46-56) porque si en las predicaciones se ha aducido tanto al supuesto “silencio de María” (tal vez haciendo alusión a aquel texto de que María guardaba todo en el corazón”, Lc 2, 51), el Magnificat la muestra como una mujer capaz de tener voz, pero más aún, de alzar la voz. Lo que dice no es irrelevante sino bastante profético e interpelante: La misericordia de Dios es infinita, pero en esa misericordia “Él derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos”. Nada de resignación frente a la situación social que se vive en su tiempo. Por el contrario, profetiza que la voluntad de Dios exige un cambio y para conseguirlo, la opción es ponerse del lado de los más pobres.

Por su parte el evangelista Juan nos relata las bodas de Caná (2, 1-12). En las predicaciones muchas veces se enfatiza en el servicio de María, en no hacer quedar mal a los novios, en tener la intuición de salir al paso de las necesidades, etc. Pero en realidad, lo que interesa en este texto es la actitud de discípula que María muestra, invitando a que también los demás la tengan: “Hagan lo que Él les diga”. A partir de ahí Jesús hará signos a través de los cuales podrán creer los discípulos en Jesús mientras llega la hora en la cual se les manifestará plenamente y allí, al pie de la cruz (Jn 19, 25-27), María dará comienzo a la nueva comunidad de los discípulos.

En este sentido del discipulado, María es modelo para varones y mujeres y no solo para las mujeres. Este es otro de los aspectos que es necesario potenciar para no caer en esa división que la sociedad patriarcal ha proyectado sobre María -modelo para las mujeres- y, desde ahí, se nos dice que no aspiremos a más participación en la Iglesia porque ya tenemos en María la plenitud del ser mujer. Esto no es así. En ella tenemos la plenitud del discipulado, como ya lo dijimos, para varones y mujeres. Los rasgos femeninos o masculinos que la sociedad patriarcal determina, son más culturales que esenciales y los y las jóvenes de hoy no están aceptando esos estereotipos, reclamando una humanidad más en reciprocidad que en complementariedad, más en plenitud personal que en división de roles, más de colaboración y cooperación que en mantener una asimetría de géneros.

Sería muy bueno que en este mes descubramos a la María que emerge de los evangelios que, como dijo el Documento de Aparecida, ella aparece como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre” (n. 266); “María, Madre de la Iglesia, además de modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión” (n. 268), “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros (n. 269).

En definitiva, la transformación de la sociedad patriarcal no depende solo de las movilizaciones sociales sino también de un recuperar la figura de María que quiebra con estereotipos de género y nos impulsa a la construcción de esa igualdad fundamental entre varones y mujeres, propio del ser cristiano porque “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

 

 

 

 

viernes, 29 de abril de 2022

 

De suegras, biblia y algo más….

 

Olga Consuelo Vélez 

 

En la Audiencia General del pasado miércoles 27 de abril, el papa Francisco hizo una catequesis sobre la vejez, refiriéndose a Noemí, la suegra de Rut (del libro bíblico que lleva este nombre), buscando llamar la atención sobre el cuidado y amor que merecen los ancianos en una sociedad que los está dejando de lado, perdiendo así, esa “fuerza de amor inimaginable, capaz de relanzar la esperanza y el futuro”.

 

Por supuesto el amor de la familia y, especialmente, el cuidado de los ancianos es un tema importante que ha de ser tratado, profundizado, reflexionado y, sobre todo, asumido como parte de la experiencia humana ya que los ancianos, lejos de ser un estorbo, son fuente de sabiduría, memoria colectiva y posibilidad de generosidad recíproca entre el cuidado que ellos requieren y las personas que ejercen esa labor. Sin embargo, resulta curioso el texto que Francisco emplea para hacer esta catequesis y las concepciones que él tiene sobre las suegras. Por una parte, refleja la mentalidad generalizada que la sociedad ha acuñado sobre la relación suegra-nuera y, por esto, ha tenido resonancia en los diarios que han titulado, entre otros, así: “El papa Francisco, sobre las suegras: No sois el diablo pero tened cuidado con vuestras lenguas” (El Correo); El papa Francisco pide que se trate mejor a las suegras pero que ellas no critiquen” (El Tiempo); “El Papa aconseja: Cuidad las relaciones con las suegras. A veces, son especiales, pero te lo dieron todo. Hacedlas felices” (Religión Digital); Papa Francisco ora por las suegras y les hace un curioso llamado: tengan cuidado con su lengua” (Revista Semana); etc.

 

No es la primera vez que los diarios hacen eco de las palabras de Francisco. Es excelente cuando retoman sus pronunciamientos sobre temas sociales porque, en general, son muy acertados y reflejan los valores del evangelio. Pero en este caso, no ha sido acertado y, desde mi punto de vista, decepciona en un doble sentido. Como ya lo dije, la imagen sobre suegra y nuera es típica de la sociedad patriarcal en la que a las mujeres se nos atribuyen rivalidades y, especialmente, por el “varón” que la madre pierde y la esposa gana. Incluso el Papa, como lo destacan el Religión digital, le dice a la nuera que ha de ser agradecida con la suegra porque ‘se lo dio todo’. En esa concepción de la mujer que tiene como finalidad de su vida tener un marido, efectivamente, la suegra es la que lo hace posible. Y a las suegras, -parece que el papa quiere corregir a estas dos mujeres rivales-, les exhorta a que tengan cuidado con la lengua que es uno de sus pecados. Típica imagen de la mujer como chismosa, enredista y celosa de su nuera porque le robó el cariño de su hijo. Pero estas imágenes de mujer están cada vez más lejos de la realidad actual. Gracias al feminismo y, también desde el punto de vista religioso -a la teología feminista-, la mujer tiene unos horizontes más amplios y su realización es mucho más integral. Por supuesto, esto sigue viviéndose literalmente como lo dice el papa en algunos contextos y, lo grave, es que se refuerza con los textos bíblicos en lecturas tan acomodadas como Francisco lo hizo en esta catequesis.

 

El Papa se refiere al libro de Rut, como un espléndido libro, una joya de la Biblia. Y, en verdad es así. Habla de la alianza entre las generaciones, destacando el protagonismo de las mujeres. Pero es necesario liberar esta historia de esos estereotipos que Francisco infiere de un texto que no está centrado en suegras y nueras sino en la genealogía de David, concluyendo que “Booz engendró a Obed, Obed engendró a Jesé y Jesé engendró a David” (Rut 4, 21). En esa genealogía, el protagonismo de las mujeres es central: Rut y Noemí, encarnan la valentía de las mujeres para sobrevivir en aquellas sociedades donde no tienen lugar, si no cuentan con un varón que las sustente. Pero ellas no solo enfrentan la adversidad, sino que buscan que se cumpla la ley del levirato, es decir, la responsabilidad que tiene otro varón de la familia de garantizar la descendencia del difunto. El texto presenta la figura de Booz como un varón dispuesto a cumplir con dicha ley, lo que hace posible que la historia termine bien. Pero esto no ha de opacar que es una mujer extranjera la que hace posible esa descendencia y que el mismo texto así lo reconoce al introducirla en la lista de las mujeres ancestrales que edificaron la casa de Israel -Raquel y Lía- y esperando que sea como Tamar, ejemplo de sostén de la descendencia de Israel (Rut 4, 11-12). El texto dice mucho sobre la solidaridad entre Rut y Noemí y entre todas las mujeres (a las que no se les da nombre), todas ellas testigas de esta historia vivida por las protagonistas y, regocijándose con ellas, al punto de ser las que le ponen el nombre de Obed al hijo de Rut y reconociendo en ella a la mediadora de la bendición que llega de nuevo a Noemí.

 

Las catequesis son espacios privilegiados para que la Palabra de Dios ilumine nuestra realidad. Pero no ha de reforzar estereotipos y, para el caso que nos ocupa, imaginarios sobre las mujeres que no se pueden tolerar más. Pero esto supone enriquecer la lectura bíblica con las hermenéuticas actuales las cuales permiten abrir horizontes acordes con los tiempos que vivimos. El papa Francisco repite que las mujeres han de ocupar más espacios, pero no ha logrado entender los nuevos tiempos que vivimos las mujeres. Pero Él no es el único. Gran parte del clero tampoco lo entiende. Por el contrario, niegan la posibilidad de una hermenéutica feminista y se llenan de prejuicios contra ella. Por eso, no es de extrañar, que los titulares de los periódicos aprovechen los desaciertos y, de esa manera, contribuyan a que la Iglesia se vea cada vez más lejos de lo que los varones y mujeres de hoy viven, sienten, expresan y realizan. 

miércoles, 20 de abril de 2022

 

Mirar al mundo desde las víctimas para elegir al próximo presidente

 

Olga Consuelo Vélez

 

Estamos a un mes de las elecciones presidenciales en Colombia. Se intensifica, por tanto, el tiempo de campaña y los ánimos se encienden ante la necesidad de decidir por quién votar. Tendría que ser un tiempo de reflexión sobre las propuestas de cada uno de los candidatos. Sin embargo, esto no se hace con la suficiente dedicación porque en la política, como en otros aspectos de la vida, priman los sentimientos antes que la razón (no es que no haya que ponerle sentimiento a la política, pero se necesita un sano equilibrio para una correcta decisión).

Por esto, las expresiones espontáneas que la gente hace sobre los candidatos, se mueven más -al nivel de los afectos, imaginarios, slogans-, que sobre las propuestas de gobierno que proponen. Y, cuando se aduce a algunas de estas propuestas, están bastante mediatizadas por lo que los medios de comunicación transmiten que, casi siempre, las descalifican o distorsionan porque les interesa posicionar a un candidato y denigrar de los otros. De ahí que sea tan difícil hablar de política porque, muchas veces, no se esgrimen razones sólidas sino este nivel de afectos que, casi siempre, no admite diálogo porque no se está dispuesto a ceder por ningún motivo. Afortunadamente existen excepciones y por eso vemos a personas abiertas a cambiar sus opciones y, en concreto para estas elecciones, me sorprende gratamente la conciencia política de muchos jóvenes que “no están comiendo cuento” -como decimos los colombianos-; sino que aducen razones para determinarse por qué candidato votar. Ojalá que sean muchos más, no solo jóvenes sino también adultos los que se abran a lo que necesita el país y se comprometan conscientemente con ello.

De todas maneras, no sobra insistir, desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, algunos de los criterios que podrían iluminar nuestra opción electoral y, para esto, la Encíclica Fratelli tutti (2020) del papa Francisco, tiene total vigencia. La propuesta que atraviesa la encíclica es precisamente la que se expresa en el título: “Hermanos/as todos”. Es la propuesta del reino de Dios anunciado por Jesús y es, en definitiva, lo central de la fe que profesamos. Sin detenernos ante los caídos en el camino y encargarnos de socorrerlos hasta que se recuperen totalmente (parábola del Buen Samaritano Lc 10, 25-37), no podemos decir que vivimos la fe cristiana porque en esto se concreta el amor a Dios o, en otras palabras, el bien común que, precisamente, es el objetivo de toda política.

La Encíclica afirma que la amistad social y la fraternidad universal no consisten solamente en actitudes individuales, sino que han de ser actitudes políticas y estructurales. Es decir, cuando el cristiano dice que quiere vivir la fraternidad no puede limitarla a amar a los suyos y a ayudar a unos cuantos pobres que encuentra en su camino. Esa fraternidad ha de encarnarse en las estructuras sociopolíticas y económicas en las que vive. De ahí que pensar en el bien común implica pensar en un proyecto de economía que no produzca víctimas: “ni una sola persona descartada”.

Por eso la encíclica, al referirse a la prioridad de la vida, señala la necesidad de luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra, de vivienda, de negación de los derechos sociales y laborales. Supone enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero. Es exigir tierra, techo y trabajo, condiciones que hacen posible el camino hacia la paz. Es notoria la fuerza que el papa le ha dado en su pontificado (y que lo reafirma en esta encíclica) a los movimientos y a los líderes populares. Ellos encarnan los sueños colectivos del pueblo. Y la política ha de responder a estos sueños colectivos.

Francisco continúa denunciando que las visiones liberales rechazan la categoría pueblo porque tienen una visión individualista y acusan de populistas a los que defienden los derechos de los más débiles. Más aún afirma que la política no ha de hacerse para los pobres sino con los pobres, porque sin ellos la democracia se atrofia, se convierte en un nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por su dignidad, por la construcción de su destino. Al referirse a la propiedad privada, recuerda que previo a este derecho está el destino universal de los bienes, colocándola como un derecho natural secundario.

La encíclica no habla de “polarizaciones” -término tan esgrimido en la actual contienda política- pero si aboga por la cultura del encuentro que no tiene nada que ver con estar en una postura neutra (lo cual es imposible) sino en encontrarse con el pueblo, quien es el sujeto de dicha cultura, y que exige no callar las reivindicaciones sociales porque si se pretende vivir como si los pobres no existieran y no se resuelven estructuralmente las casusas de su pobreza, no será posible la paz. En este sentido, la paz exige la verdad y la memoria histórica porque el pueblo tiene derecho a saber lo que pasó. Todo esto supone la justicia, la reconciliación, el perdón, el ser capaces de volver a empezar desde los últimos, desde las víctimas. Las religiones juegan un papel fundamental si en verdad contribuyen al bien común y a la promoción de los más pobres y, con mucha más razón, a la construcción de la paz. Ninguna religión debería admitir la intolerancia, la guerra, ni los sentimientos de odio.

En conclusión, leer esta encíclica con detenimiento, haría mucho bien a los creyentes. Y aunque sea difícil dejar ese nivel de los afectos que señalé al inicio, vivimos en un país que ha sido gobernado por la derecha, por las clases altas y, desafortunadamente, la iglesia institucional y muchos que se dicen creyentes, han estado casi siempre apoyando esa visión de país, de política, de economía, de sociedad. Por alguna razón que no acaba de entenderse, la institución eclesial cree que aliarse a este tipo de política garantiza los valores cristianos. Pero eso nunca se ha cumplido. La política que hemos vivido ha mantenido y profundizado la pobreza de las mayorías. Colombia se considera una de las naciones del continente con más injusticia social. ¿No será hora de promover un cambio? ¿de intentar caminos distintos? ¿de sentirnos pueblo (que de hecho lo somos, pero un pueblo con mentalidad clasista que no quiere ser confundido con el pueblo) y exigir cambios estructurales que garanticen la vida para los más pobres? ¿No será hora de “no comer cuento” y aliarnos al pueblo pobre que, aunque creemos que siempre se deja comprar el voto por una migaja, cada vez está más empoderado para luchar por sus derechos y exigir una política que responda a sus necesidades?

Ningún candidato tiene un programa perfecto. Ninguno logrará cambiar en cuatro años la injusticia estructural tan arraigada en nuestra patria y que además depende de muchas variables internas y externas. Todos nos pueden defraudar con el paso del tiempo. Pero sí hay programas mejores que otros. Sí hay candidatos que miran el mundo desde las víctimas y que han compartido esa misma condición y hablan con la autoridad de su origen y sus luchas. Sí hay programas que apuntan más al cuidado de la creación, al cumplimiento de los acuerdos de paz, al compromiso con la vida. Falta, por supuesto, liberarnos de tantos imaginarios falsos que continuamente nos asedian y desde la fe que decimos profesar “escuchar” el clamor de los pobres y elegir al candidato que nos parezca que, efectivamente, piensa más en el bien común. Esta es nuestra responsabilidad como creyentes y no podemos evadirla.

Nota: no es de extrañar que Francisco tenga enemigos dentro de la misma Iglesia. Su mensaje es contundente. Nos pide mirar el mundo desde los últimos, totalmente coherente con el reino de Dios anunciado por Jesús, a quién ya le dijeron sus discípulos: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60).

viernes, 15 de abril de 2022

 

Celebremos la Pascua en femenino

 

Olga Consuelo Vélez


 

Lo que sucede en el triduo pascual es bastante conocido para los que celebramos la fe. Entre la historia sagrada que nos contaron de niños/as, las muchas películas que relatan los acontecimientos de estos días y la liturgia anual con la que conmemoramos el triduo pascual, logramos conocer los personajes y los hechos acontecidos. Sin embargo, hasta ahora es que se hace el esfuerzo de visibilizar a las mujeres en estas celebraciones, no desde el papel asignado a ellas en la sociedad patriarcal sino desde lo que en realidad significaron en esos momentos cruciales de la vida de Jesús.

En el imaginario patriarcal es normal que las mujeres estén presentes en los acontecimientos, pero que no cuenten demasiado. Por ejemplo (aunque este texto no se refiere al misterio pascual, pero es muy conocido), en la multiplicación de los panes, el escritor sagrado dice que hubo comida para casi 5000 hombres sin contar mujeres y niños (Mt 14, 13-21). Ellas forman esa multitud que ronda la vida, pero no hace falta identificarlas con detenimiento; en ese caso sirven para mostrar que la multitud era inmensa y esto es suficiente. Es Jesús quien multiplica los panes y los discípulos los que los reparten.

En los momentos dolorosos, con más razón están presentes las mujeres porque el sufrimiento forma parte del papel que han de cumplir en la vida y que la sociedad patriarcal, refuerza. Las mujeres no le huyen al dolor, están ahí, de pie, más, si son sus seres queridos los que están sufriendo. Por eso no extraña que María, la madre de Jesús este allí, porque así son las madres, siempre acompañando a sus hijos en todas las situaciones. Y las otras mujeres, también aparecen solidarias y entre todas forman aquellos cuadros que las películas nos muestran de gritos, dolor, desgarro, haciendo muy trágicos y dolorosos esos relatos. No estoy diciendo que no hubo demasiado dolor en un hecho como la crucifixión, lo que quiero expresar es que las mujeres son las que lo encarnan ya que los discípulos, según el relato, habían huido muy asustados y preferían negar su pertenencia a ese grupo para no correr la misma suerte del maestro (curiosamente, aunque negaron a Jesús, parece que a los varones se les perdonan las cosas más fácilmente porque luego no se les recrimina demasiado…)

Ahora bien, los estudios sobre los orígenes cristianos y la presencia de las mujeres en ellos, nos están permitiendo descubrir otra manera de leer lo femenino y de remarcar el protagonismo que ellas tuvieron. Al acudir a las fuentes bíblicas, con los medios que hoy tenemos para interpretarlas, se rescatan sus nombres, liberándolas de ese anonimato plural de “las mujeres” que casi siempre se les aplica. Al pie de la cruz, según el evangelio de Marcos (15, 40-41) estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén. Según los exégetas, para referirse a ellas se usan los dos verbos que tipifican el discipulado: “le seguían y le servían”. Es decir, estas mujeres son verdaderas discípulas y no solo ellas tres sino “otras muchas”, como dice el evangelista, quienes estaban con Jesús desde Galilea hasta Jerusalén. No es un grupo de mujeres que se conmueven ante el sufrimiento de Jesús y le acompañan por el sentimentalismo propio de las mujeres en la sociedad patriarcal, sino porque son discípulas y forman parte del movimiento de Jesús.

El evangelista Mateo (27, 55-56) nombra a María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Como podemos ver, a diferencia de Marcos que nombra a Salomé, Mateo nombra a la madre de los hijos de Zebedeo. Mateo dice que le servían. Esto podría identificarse con el servicio propio de las mujeres, con lo cual se quita fuerza al discipulado, pero convendría recordar que si algo caracteriza a los discípulos es el servicio. Según Lucas, Jesús les dice que “El está en medio de ellos como el que sirve” (22,27). Si esto es así, ¿por qué cuando relacionamos esa palabra con las mujeres se refiere al servicio ordinario y cuando es a los varones al servicio propio del discipulado? Necesitamos cambiar la mentalidad para asociar las palabras a las mujeres y recuperar todo el protagonismo que tuvieron.

Lucas no nombra a las mujeres que están al pie de la cruz porque este evangelista tiende a invisibilizarlas. Se refiere al genérico las mujeres que le habían seguido desde Galilea y que estaban lejos mirando estas cosas (Lc 23, 49). Pero al inicio del evangelio si había dado nombres concretos (8, 1-3): Algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían con sus bienes. Por supuesto esta expresión de servirle con sus bienes, las vuelve a colocar en el papel que la sociedad patriarcal les asigna de ayudar de muchas maneras. Pero lo que interesa es el conjunto de los evangelios que testimonian esa presencia discipular de las mujeres en el movimiento de Jesús.

El evangelista Juan (19, 25) es quien nos presenta a María la madre de Jesús, a la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y a María Magdalena. Pero aquí no podemos olvidar que Juan presentó a María como discípula en las bodas de Caná, cuando ella dice: “hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). Por tanto, María no es solamente la madre que acompaña a su hijo hasta el final de sus días, es ante todo la primera discípula que estará en el acontecimiento de pentecostés, testimoniando que esta comunidad es, en verdad, un grupo de varones y mujeres que excede el clericalismo que hoy se sigue esgrimiendo como círculo dominante en la Iglesia y que nuestras liturgias siguen reforzando con la presencia de tanto clérigo en los altares.

María Magdalena llevará el día de la resurrección un protagonismo único: Jesús se le aparece y la envía a anunciar la buena noticia a los hermanos (Jn 20, 17-18; Mt 28, 8-10; Mc 16, 9-11). De ahí que hoy se le reconozca como primera testiga de la resurrección y apóstola entre los apóstoles.

Por lo tanto, recuperar los nombres de estas mujeres de los orígenes nos ayuda a pensar la pascua en femenino y esto no por una moda actual sino por justicia con el proyecto de reino, proyecto por el que Jesús entregó su vida y que consiste en esta familia de hermanas y hermanos, donde todos están llamados a ejercer los distintos ministerios para el bien de la comunidad. Dejar a las mujeres en el anonimato sigue sumergiendo a la Iglesia en esa institución anacrónica para este presente porque las mujeres ya no admiten más un segundo lugar, así, las autoridades eclesiásticas se empeñen en justificarlo como voluntad divina.

 

jueves, 7 de abril de 2022

Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección

 

Olga Consuelo Vélez

 

La vida cristiana gira en torno al misterio pascual. “Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” (1 Cor 15,14), resurrección que no solo es un recuerdo del pasado, sino que se sigue viviendo cada vez que se pasa “de la muerte a la vida” en nuestra historia actual.

La resurrección de Jesús fue la superación de su muerte con el “sí” de Dios a toda su vida. Ante el aparente triunfó de aquellos que gestaron su asesinato, se fue generando un movimiento de seguidores que afirmaban que Jesús había resucitado y seguía vivo entre ellos. Y no se quedaban en repetir las frases sino en mostrar con su vida que eso era así. Se notaba por “las obras y prodigios que realizaban en el pueblo” (Hc 5, 12) y sobre todo por el amor que vivían entre ellos: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 32).

Estamos cercanos a celebrar nuevamente el misterio pascual y podríamos preguntarnos qué gestos, qué signos, qué señales harían creíble para nuestros contemporáneos nuestra fe en la resurrección del Señor. Cómo decirles no solo con palabras, sino sobre todo con hechos, que la vida del Resucitado nos sigue impulsando hoy a comprometernos para transformar las realidades de muerte en realidades de vida. Intentemos proponer algunas actitudes pero que cada cual señale las que cree son más necesarias.

Creemos en la resurrección y la testimoniamos cuando defendemos la vida, toda vida y en todas las circunstancias. A veces los cristianos somos muy dados a levantar la voz cuando se habla del inicio de la vida o del final de la misma, pero olvidamos la vida de los niños, de los jóvenes, de los adultos y, sobre todo, la vida de los más empobrecidos, excluidos, marginados. Haría falta que nuestra voz se levante más claramente en todas las circunstancias donde la vida está en peligro. Ha sido muy valiosa la voz de los obispos del pacífico colombiano que han hablado claro y de manera contundente defendiendo la vida de sus comunidades de la convivencia de los alzados en armas con las fuerzas estatales. Verdaderamente han levantado su voz y corren peligro, pero si no hacen, desdicen del evangelio que predican.

Creemos en la resurrección cuando nos ponemos del lado de las víctimas, de los que exigen sus derechos, de los que trabajan por hacer de este mundo, un lugar posible para todos y todas. Aquí muchos rostros encarnan esas realidades: las mujeres, los indígenas, los negros, los jóvenes, la población de diversidad sexual, los migrantes, y podríamos nombrar a otros colectivos que realmente son excluidos y marginados, que no gozan de los derechos que por ser personas les pertenecen.

Creemos en la resurrección cuando cuidamos la creación, casa común para el bien de toda la humanidad. Está siendo muy difícil que los gobiernos tomen las medidas necesarias para detener la devastación ambiental. Además, los poderosos nos convencen de que es necesario generar ingresos y por eso no se pueden tomar otras alternativas. Y entonces ¿cuándo empezaremos a cuidar la creación? Recordemos que la resurrección no es solo de las personas sino de toda la creación, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios: “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (15, 28). La “nueva creación” como se suele llamar en los estudios de escatología no será algo nuevo que baje del cielo, sino este mismo mundo cuidado por quienes lo habitamos.

Creemos en la resurrección cuando apostamos por una iglesia sinodal, es decir, por una iglesia comunión, una iglesia donde todos y todas puedan sentirse en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y deberes. La Iglesia es sacramento de Cristo Resucitado, por lo tanto, si no se esfuerza por mostrar los valores del reino, no puede hacer presente al Señor en medio de su pueblo. Y el papa Francisco ha propuesto el sínodo sobre la sinodalidad porque es consciente de que la forma cómo la iglesia hoy está organizada, no está siendo un testimonio creíble para muchos. Mientras no haya más espacios de participación para el laicado -mujeres y varones-, no se acabe el clericalismo -no sólo de los mismos clérigos sino de tanto laicado que lo fomenta- y mientras no sea una iglesia en salida, es decir, una Iglesia con las puertas abiertas que salga hacia las periferias humanas (…) que no tema herirse o accidentarse por salir a la calle en lugar de quedarse como una iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…) Una iglesia con menos miedo a equivocarse y más a quedarse encerrada en sus estructuras, en las normas que la vuelven implacable, en las costumbres donde se siente tranquila mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ‘dadles de comer’ (Mc 6, 37) (Evangelii Gaudium nn. 46.49), no podrá ser la iglesia en la que se palpe que la resurrección de Jesús nos convoca y nos anima en todo nuestro compromiso.

Que la Semana Santa que celebraremos esta próxima semana, nos comprometa a dar un testimonio de la resurrección de Jesús a través de todas nuestras obras. Los discípulos afirmaban: “Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hc 3, 15) y hoy somos nosotros los que hemos de seguir dando este testimonio. El Señor nos lo confía, esperemos no defraudarlo.